Opinión

Published on marzo 23rd, 2013 | by Máximo Eléutheros

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A quién nos dirigimos

A todo aquel que quiera progreso, bienestar, ciencia y arte para todos los hombres y mujeres. Tan simple y anodino como esto. Decir que el anarquismo tiene otro objetivo que no sea conseguir las mejores condiciones materiales y mentales para el hombre sería mentir a sabiendas, bien por ignorancia bien por encono personal. Liberación individual y social; bienestar individual y social no son sino sus bases; la cultura, en sus dos sentidos, su método principal. ¿Pero –se pensará– quién no querría tal avance, tal vida para todos y cada uno de sus congéneres? A primeras tintas, me vienen a la mente sensaciones dispares, mezcolanza quizá de la confianza que profeso a la capacidad empática del hombre y, a su vez, la constatación de que las condiciones en las que éste se desenvuelve en la actualidad son, tanto física como moralmente, paupérrimas; por un lado, diría que sí, que todo el mundo, en términos generales y con infinitos matices, aspira a tales fines armónicos; pero, por otro lado, no veo  que esta voluntad esté, en efecto, materializada más que como lo inverso, es decir, como abulia del individuo ante la miseria social.

Todas las ideologías, al menos en apariencia, formulan los métodos que debe seguir el ser humano para alcanzar el mayor bienestar social y, por tanto, pretendidamente individual… Sin embargo, a poco que veamos su actuar, su devenir histórico, sus formas y sus oquedades teórico-prácticas, nos hallaremos en la terrible conclusión de que no pretenden en verdad acabar con la miseria; en todo caso pretenden ser sus gestores, y a lo sumo, los mejores en esta función. Todo queda en pura charlatanería. Un ejemplo relativamente meridiano de esto que digo es la irremediable contradicción que la mayor parte de ideologías cometen respecto a sus fines y sus métodos. Sus fines, como ya he dicho, parecen ser los mismos que los de los anarquistas, y se ajustan al querer humano. No obstante, y he aquí lo importante del asunto, todas divergen con el ideal ácrata en los métodos, que al final son los que determinan la forma en la que se llega a un objetivo y como éste se materializa. Mientras instan a buscar una sociedad más libre y justa, se valen de herramientas coercitivas tales como el Estado, el cual no es sino un aparato represivo al servicio de muchos o de pocos que aplasta al individuo, quedando en evidencia su hipocresía y sus verdaderas intenciones: obtener el poder, y una vez conseguido éste,  perpetuarse todo el plazo temporal que les sea posible. El anarquismo se ha cuidado mucho en este aspecto, buscando siempre una concordancia absoluta entre fines y medios. La máxima que reza que no se puede llegar a una sociedad sin imposición alguna mediante la autoridad efectiva sobre los sujetos que la compondrán con posterioridad es algo que los anarquistas, no así los marxistas, han comprendido siempre. El anarquismo es, en esencia, pacifista (aunque las condiciones históricas le hayan llevado a ejercer la violencia, ésta no es ni será parte de su código moral, ni podría serlo, ya que esta violencia ha respondido las más de las veces a ataques contra los propios anarquistas, es decir, ha surgido como autodefensa, lo que dista muchísimo de un método autoritario sistemático y arraigado). No busca, como otros, que el yugo de los muchos caiga sobre el cuello de unos pocos, por justificadas que pudieran ser o parecer las razones. Tampoco busca un pretendido orden basado en un implacable aparato represivo, como desean los diferentes fascismos, sean del tipo que sean. Y mucho menos se contenta con fórmulas que maquillan la explotación diaria, técnica que la socialdemocracia usa con gusto a diario. No, los libertarios, en palabras del filósofo ácrata Christian Ferrer: ‘’ (…) se parecían [los anarquistas] más bien a santos, es decir, a personas que evangelizaban en pos de su idea a las poblaciones, pero que sobre todo asustaban; lo que asustaba de los anarquistas no es tanto su supuesta violencia, sino sus demandas, y sus demandas era de traer el cielo a la tierra ya, algo que implicaba una transformación tal de la sociedad que asustaba a los poderosos’’. Nuestro compañero argentino usa el pasado porque se refiere, claro está, a momentos pretéritos del movimiento anarquista. De estas claras palabras se pueden extraer tres ideas primordiales para entender lo que es el anarquismo. Primero, es evangelizador (espero no se desprecie este término por sus connotaciones religiosas), es decir, cultural, pero no representa la cultura elitista del pensador académico que mira desde lo alto acontecimientos sociales que, aunque estudia con detenimiento, no vive, no palpa; se refiere a una labor casi de apostolado, como haría el anarquista gaditano Fermín Salvochea la mayor parte de su vida, yendo de cortijo en cortijo y de pueblo en pueblo hablando a las gentes analfabetas de otra forma de sociedad. Los ejemplos a este respecto son infinitos. Y segundo, reproduciendo la expresión de Ferrer, la cual me parece muy acertada para que sea entendido mediante una imagen mental contundente: ‘’traer el cielo a la tierra’’, esto es, reproducir las condiciones materiales mejores para que todo individuo, y por descontado todo grupo humano, pueda desarrollarse libremente. Todo ello sin necesidad de estructuras ajenas al propio individuo o al grupo, pues ese desarrollo debe lograrse en colaboración de unos con otros, lo cual entra en claro contraste con el resto de ideologías, que necesitan de líderes, de partidos, de estructuras opresivas, etcétera. La tercera idea a destacar sería su inmediatez, ese ‘’ya’’ que acompaña a la oración anterior y que la completa, así como esa radicalidad de transformación de la realidad que asusta, y asusta al poder. Las reformas, como ya se ha dicho, son mero maquillaje, vendas que se ponen a una enfermedad demasiado avanzada, en definitiva, son un método que se ha visto repetidamente fracasado para mejorar la condición vital de las personas. Por todo esto, el anarquismo preconiza la revolución del individuo de adentro hacia afuera, desde abajo hacia arriba, sin intermediarios, sin ningún tipo de férula que frene al hombre en su lucha por la libertad más absoluta.

Y, bueno, se me espetará, qué tiene que ver todo este circunloquio, este rodeo, con el asunto inicial. Tiene mucho que ver. Si visto está que el anarquismo tiene claras diferencias con el resto de fuerzas en tanto al método, también podríamos decir que guarda ciertas distinciones en cuanto a quién llama a la lucha. Y las guarda, precisamente, por ese fondo filosófico que se ha esbozado con ligereza en el párrafo anterior. A diferencia de otras fuerzas revolucionarias que llaman continuamente al proletariado, el anarquismo, aun cuando no se pueda obviar la importancia que éste le da, sobre todo desde la vertiente anarcosindicalista, clama al hombre y a la ética, a todo aquel que quiera un orden justo, pero sin tibieza ni moralina, sea de la clase que sea. Y es esto, a mí entender, lo que lo hace especialmente interesante, acertado y hermoso. Yo, que no soy ningún proletario, más bien lo contrario, me he visto embaucado por su filosofía por esta misma razón: por su llamada a la humanidad en general y al individuo en particular a construir unos con otros una sociedad más armónica. En este sentido, podríamos decir que es más interclasista que el marxismo; esto, que para algunos podría resultar una debilidad, para mí representa uno de sus principales atractivos. Por ello digo, al igual que empecé este escrito, que el anarquismo se dirige a todo aquel que quiera progreso, bienestar, ciencia y arte para todos los hombres y mujeres. Ni más ni menos.

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Anarcoindividualista. Stirneano sui géneris. Socialista mutualista. Antiindustrialista, puesto que reniego de los grandes conglomerados industriales y urbanos. Vegetariano ético. Antiteísta.



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