Opinión

Publicado el 11 de septiembre de 2018 por Colaboraciones

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A vueltas con el discurso

La ventana de Overton es una teoría política que describe el mecanismo mediante el cual se puede modificar la aceptación de posturas políticas o morales por parte de la sociedad, estableciendo la viabilidad política de una propuesta.

Y creo que es la clave de lo que ha sucedido a raíz de la noticia del Sindicato de Prostitutas OTRAS. No se trata solo de los problemas legales que impiden que pueda incluirse en el registro del Ministerio de Trabajo (el sindicato de manteros tampoco es reconocido como tal de facto, pero da igual porque se trata de una organización creada para apoyar a los mismos y toma ese nombre). En su artículo 6 concreta y cierra la afiliación a quien ejerza la prostitución por cuenta ajena.

El problema es que la prostitución por cuenta ajena implica proxenetismo, recogido este en el CP.

Por otro lado, existe también una contradicción con su art 22.

Pero al margen de estas problemáticas legales, a mi lo que me interesa ahoraes enfocarlo desde el punto de vista del discurso.

En sus inicios, el movimiento se autodenomina prosex. Esto a mi me recuerda al término “provida” de los que están en contra de la capacidad de decidir sobre el propio embarazo. Ahora hay quien responde que se refiere a “profesionales del sexo”, pero en realidad viene de una traducción del término estadounidense sex-positive, dejando deducir que el que no lo es,es sex-negative o algo. Mal vamos cuando nos imponen un marco falso y nos dejamos encerrar en él.

Pero además en sus inicios, el discurso prosex hablaba de que frente a todas esas prostitutas atrapadas en burdeles, había muchas ejerciendo por cuenta propia, siendo sus propias jefas, estableciendo sus horarios, clientes y servicios en base a sus propias necesidades y situaciones. Se hablaba mucho de que ese modelo podía aportar mucha más autonomía que el de las trabajadoras de la limpieza o muchas otras profesiones también feminizadas, devaluadas, con riesgos para la salud, violencias y estigmatizadas. Pero sí se establecía esa condición de prostitución autónoma para poder decidir. Durante un tiempo el argumento fuerte era precisamente esa autonomía sobre el propio cuerpo. A pesar de que podamos o no ideológicamente estar cómodas con la idea de que mercantilizar el cuerpo sea algo que nos acerque como grupo social a una mejora, el hecho es que es difícil contraargumentar que alguien que prefiera poner su cuerpo en una prostitución donde decide cliente, servicio, horario y condiciones (salvo lo que viene impuesto por el mercado, claro) a ponerlo limpiando váteres, o trabajando de percebeira (por poner otros ejemplos de trabajo arriesgado y mal pagado y no concentrarlo siempre en las trabajadoras de la limpieza como ejemplo eterno de “lo que nadie quiere hacer”, que tampoco me parece ni neutral, ni casual ni ajeno a la moral actual donde limpiar váteres y culos da mucho asco a todo el mundo, por muy necesario que sea).

Lo que plantea este sindicato sin embargo es precisamente formalizar una contratación, que precisamente se requiere de jefes que den de alta en la SS, que regulen horarios, etcétera. Y yo aquí lo que observo es lo que puede representar un sutil cambio de discurso, pero el suficiente como para que comencemos a asumir con naturalidad la prostitución de burdel. Algo en lo que parece que podíamos estar de acuerdo, que era la firme oposición al proxeneta, parece que se diluye. ¿Por qué? Simplemente porque asumir que existe ese sindicato con ese estatuto implica que se asume como “normal” esa relación contractual. Pero no sólo no lo es, sino que algunas entendíamos que desde ninguna de las propuestas para la prostitución se pretendía que lo fuera.

Algunas leímos, preguntamos, escuchamos e incluso varias nos planteamos personalmente sobre la prostitución. Al margen de que añorásemos una sociedad no mercantilizada, comprendemos que la realidad actual es la que es. Vimos noticias de la creación de alguna cooperativa y asociación y nos pareció bien (y si no, podría también haber dado igual, no lo digo como intento de “avalar nada”). El problema es que lo hicimos concibiendo que una cosa estaba clara y es que, trata mediante o sin trata, los burdeles eran infernales, los proxenetas unos cabrones y los clientes de esos establecimientos mucho más agresivos e incontrolables. Así que era lógico concebir, porque fue lo que muchas dijeron desde el discurso prosex, lo que mejoraba los derechos de las putas era apoyarlas en su autonomía e independencia de empresarios.

Ahora sin embargo estamos debatiendo sobre nuevas necesidades y nuevas formas de favorecer a las putas que esta vez implican aceptar el burdel como un espacio de seguridad y mejores condiciones para las putas. Y lo que ha sucedido con este acontecimiento es modificar el marco de lo aceptable. Y a mí no me parece adecuado aceptar la prostitución en burdeles, porque son espacios de aislamiento y donde las putas dependen y se ven forzadas de maneras más o menos sutiles o violentas a acatar las órdenes del proxeneta.

Esta relación contractual implica quizá un avance en algunos derechos, como Seguridad Social, vacaciones, cotización, etc. El problema es que todo trabajo implica una serie de derechos acompañados de deberes: tareas a realizar por la trabajadora, no puedes seleccionar las que te apetece realizar y cuando sino que debes obedecer a las indicaciones de tu jefe. Así que lo que hacemos es normalizar que “libertad sobre tu cuerpo” implica entregar esta capacidad de decisión bajo contrato. No sabemos tampoco si podría haber un convenio colectivo acerca de condiciones y servicios, pero lo más probable es que no y esa autonomía no se tenga. Se podría pensar que eso ya les sucede en los burdeles, y es terrible. Así que en todo caso tendrían el mismo maltrato pero ahora con algunas de las ventajas expuestas anteriormente. Pero el golpe no ya a las putas, sino a todas las mujeres y a toda la clase obrera con el establecimiento de un tipo de contrato tal que tenga sustento legal el hecho de tener que verte forzada por cumplimiento de contrato a realizar determinadas prácticas y no poder negar a clientes desde luego suena a una horrible distopía y no a ganancia de derechos de ningún tipo. Al respecto por cierto hay varias noticias sobre en qué ha derivado el modelo alemán, holandés y neozelandés al respecto.

Pero además porque es una herramienta para asumir algunos preceptos que tienen mucho que ver con la moral hegemónica según la cual el mundo se afronta desde una serie de decisiones individuales. Como comentaba, esto no sólo puede afectar a las relaciones entre hombres y mujeres, sino a la relación de toda la clase obrera con el capital. Eso, unido al desparpajo con el que se utiliza la neolengua desde hace tiempo, creo que no es adecuado aceptar acríticamente todo lo que por nombre o aspecto suene a “revolucionario”. Igual lo que hace es conseguir que normalicemos la mercantilización de cada aspecto social, que normalicemos que tenemos derecho a comprar aquello que deseamos y podemos pagar, que normalicemos que todo son “libres contratos entre adultos”, mito clásico del liberalismo y que menciona Despentes, causando no poca acidez estomacal a muchas de nosotras que como poco vemos una confusión clara de conceptos, etc.

Desde cualquiera de las perspectivas del feminismo yo entiendo que no se pretende atacar a las putas. Se estará en desacuerdo respecto a la sociedad que queremos lograr e incluso a las herramientas para conseguirla. Pero no me he encontrado aún una feminista que persiga causar perjuicio a las putas como colectivo.

Tras conocer, hablar, leer, escuchar a un amplio abanico de putas, creo que las putas no son un grupo monolítico y con una misma visión sobre las herramientas que puedan favorecerles. Algunas hacen mucho hincapié en la inserción laboral para salir de la prostitución. Otras prefieren incidir en la eliminación de Ordenanzas Municipales persecutorias, pero mantener la situación en esta situación de alegalidad, por motivos que van desde ahorrarse la cotización a concebir que la legislación lo que va a hacer es convertir al Estado en proxeneta y muchas veces conlleva más estigma al ser ellas las que son obligadas a realizarse analíticas de ETS periódicamente, etc; las hay que no quieren ni de broma eso de que se legalice; otras sí prefieren la despenalización confiando en el modelo neozelandés y las hay incluso abolicionistas.

Y existe esta variedad porque las prostitutas son personas, con distintas perspectivas de lo que debería ser un mundo mejor y cómo encaminarnos a él, así como de lo que hay que hacer para sobrevivir en este en mejores condiciones.

Siempre se eleva el mantra de que la visión que se opone a todo esto, lo hace desde una postura moral. Como si existiera una neutralidad moral desde la que se pudiera proponer algo. Como si concebir la mercantilización, la libertad de comprar, la atomización del funcionamiento social, no respondiera a una visión moral. Sucede que si coges un lápiz de pintura blanca y pintas sobre un folio, no puedes apreciar casi el trazo, no se ve y pasa desapercibido. Así que si algo parece carente de carga moral es sencillamente porque está avalado por la moral que rige en ese momento. Y hoy en día esa moral es la del capitalismo, la del neoliberalismo, incluido el sexual, y la invisibilización de las estructuras de poder. Es imposible que una propuesta sea ajena a la moral.

Y estas críticas a este sindicato y a lo que establece no significan deseos de taparle la boca a las putas. Pero me preocupa mucho el cambio de discurso que en un primer momento se centró en la imagen de la puta autónoma, empoderada y con capacidad de decisión sobre su cuerpo, para situarse ahora en el de la puta bajo mando del proxeneta. Y me preocupa porque no creo que nos esté acercando a la sociedad que realmente queremos, y lo que es peor, lo está haciendo con juegos discursivos. Así que sería interesante que por lo menos fuéramos conscientes de ellos para poder debatir con claridad sobre lo que se quiere conseguir, lo que se puede conseguir y lo que se pretende.

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Una respuesta para A vueltas con el discurso

  1. PEPE TORRE says:

    Leí uno se los artículos que hablaba sobre la legalización en Alemania y me pareció evidente que el.problema derivó no de la la legalización en si, si no de "una lrgalizacion" sin control ni regulación. Cualquier sector abierto al mercado libre sin regulación laboral se convierte en un foco de explotación de trabajaores/as. ¿Cómo puede ser que se permita en la experiencia akemana por ejemplo que solo 44 trabajadoras sean autónomas y miles estén trabajando en negro?
    Realmente es una legalización favorable al empresario que sin control es un proxeneta de la misma o peor calaña que los que tenemos por aqui

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