Opinión

Publicado el 17 de julio de 2018 por J.

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Anarca y Sumisa (I). ¿Qué es esto del BDSM y por qué importa?

¿Qué se te viene a la cabeza cuando piensas en sadomaso? Quizá la infame saga de Cincuenta sombras de Grey. Quizá Donatien Alphonse François, alias Marqués de Sade. Quiźa, directamente, pienses que es pura violencia. ¡Vayamos por partes!

Definiciones básicas.

BDSM es un acrónimo múltiple que responde a bondage, disciplina, dominación, sumisión, sadismo y masoquismo. Es un término paraguas muy amplio que recoge comportamientos y formas de sexualidad no normativas, desde el fetiche sexual por los monos de látex hasta las relaciones de intercambio total de poder 24/7, pasando por el voyeurismo. En general, esta laxa comunidad también se acoge al término kink –literalmente: vicio– para autodefinirse. Porque, sobre todo, el BDSM es un vicio, algo que proporciona placer en un espacio de seguridad.

Algunos principios.

¿Qué pinta todo esto en el debate sobre los feminismos? Muchas cosas, en realidad. Empecemos con lo que define las relaciones BDSM: el intercambio de poder.

Desde los ochenta (¡e incluso antes!) nos venimos dando cuenta, cada vez más, de que la supremacía masculina (y blanca, y de clase alta) es el régimen que gobierna el mundo, no sólo en lo parlamentario sino en lo cultural. Cualquiera que pertenezca a un grupo marginalizado, sea del tipo que sea, experimenta el rechazo, la opresión y en ocasiones la represión que este entramado deja caer sobre su persona. Lo mismo da que seas mujer, que seas una persona de color, o que tu sexualidad no se ajuste al modelo heterosexual: lo hegemónico carga contra todas, apoyado en las muletas de la publicidad, los medios de comunicación, y las políticas estatales. La intención es mantener el control.

El BDSM entra a jugar en este espacio normativo de poderes impuestos involuntariamente. Su juego es una lucha. Su propuesta: hacer que esas dinámicas de poder se debatan, se discutan, sean consensuadas y consentidas entre los que participan de ellas. Una podría pensar que, a título personal, su opción es, simplemente, no acceder al intercambio de poder, evitar la dominación a toda costa; y eso está bien. Sin embargo, seguimos quedando a quienes nos interesa este pacto de dominación y encontramos en él un espacio para probar los límites, las estrategias y el funcionamiento de sus dinámicas.

A veces es difícil de entender, incluso para una misma. ¿Por qué posicionarse voluntariamente como una víctima de la dominación (que puede o no ser sexual) cuando luchas contra ella, cuando un mundo libre no puede existir sin la dominación? Vuelvo a un ejemplo histórico, a modo de analogía. El Movimiento de Objeción de Conciencia del estado español llevaba a cabo reclusiones voluntarias de sus miembros, con el objetivo de prepararlos para una posible estadía en la cárcel. Una vez dentro, cuando quisieron amnistiarlos a todos de manera silenciosa y sin hacer ruido, se organizaron y quisieron quedarse presas para levantar escándalo en la sociedad, para hacer de su encarcelamiento un asunto político.

Resignificar la violencia.

Intentemos trazar analogías con un ejercicio de similitud casi poética. El BDSM es un buen escenario para experimentar los distintos niveles de sumisión y violencia sexual que, ahí afuera, en el mundo, en La Vida Real®, acontecen todos los días (se estima que hay una media de tres o cuatro violaciones al día en España; los cinco de La Manada salen de la cárcel mientras esperan su sentencia definitiva, la violencia de género e infantil en el ámbito doméstico no parece estar decreciendo; han asesinado a 27 mujeres en lo que va de 2018; y así). Como las compañeras del MOC que participaban en los encierros voluntarios, los que en el sexo o en la vida nos alineamos con el BDSM experimentamos con la crudeza de la norma heteropatriarcal que asesina y humilla. Mediante el aprendizaje de los límites propios y las posibles respuestas ante la opresión analizamos y estudiamos el sistema en general: somos un pequeño nodo privado que replica el sistema. Es un ejercicio de sandboxing. Y, como tal, en ambos casos, el del MOC y el del BDSM, se realiza en una situación controlada, donde existen mecanismos de control por ambas partes para hacer del momento algo seguro.

Sí: mecanismos de control por ambas partes. Se habla mucho de cómo la persona en situación de inferioridad física es la que realmente lleva las riendas en una escena BDSM. De cómo, con una palabra, un gesto, o una simple mirada acordada de antemano, la violencia cesa y se ponen en marcha los mecanismos de cuidado. Porque el BDSM es, también y por encima de muchas cosas, cuidado mutuo.

Esto no es todo, claro. No todo el mundo que practica sexualidades disidentes lo hace en todo momento como reivindicación política. Muchas de nosotras, simplemente, lo hacemos por vicio. Porque nos da la gana. Porque nos gusta. Porque podemos. Porque estamos orgullosos de no fiscalizar nuestra (a)sexualidad ni la de los otros.

Lo cual, si nos fijamos, es también una acción política. Una profundamente feminista, liberadora y necesaria.


El resto de la serie aquí:

2ª parte.

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Acerca del autor

J.

Feminista blanca y más cosas que acaban en -ista. Salud mental, sexualidad e identidades queer, poliamor. Amo a mi perra y soy bibliotecaria amateur. Tengo IG porque también soy millenial, al parecer: @betifvfv



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