Opinión

Publicado el 24 de julio de 2018 por J.

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Anarca y Sumisa (II). Consenso y consentimiento.

Foto de Gemma Evans.

Puedes leer aquí la 1ª parte de la serie.


La Manada vs. La Realidad: ¿son situaciones tan distintas?

Volvamos a la lamentable historia de La Manada. La sentencia ha resonado con fuerza en gran parte de la sociedad debido a su injusticia y a que, quizá por primera vez, las mujeres en masa nos hemos empoderado para salir a la calle y gritar lo que ya sabíamos pero no decíamos: que algo diferente a un claro y contundente significa, simplemente, no*.

Tristemente, incluso cuando un no es articulado con claridad (tanto en el BDSM como en las relaciones vainilla), la voluntad de la persona puede ser atropellada –a esto nos referimos, en un contexto sexual, cuando hablamos de violación–. La gran lección que nos deja la respuesta ante agresiones como las de La Manada es que, en ocasiones, no negarse no significa inmediatamente sí. Es decir, que situaciones en las que la superviviente o la víctima no se defiende, no grita, no huye, no dice que no, son también, de facto, una violación. Quiero remarcar la importancia de esto para introducir un concepto, el de la date rape –violación durante una cita–, que suma un porcentaje muy alto de las agresiones sexuales. El término se refiere a las violaciones cometidas por una pareja, amigo, marido o conocido, y en EEUU supone el 78% del total**.

Por lo tanto, para hablar de consentimiento es necesario analizar cómo nos comunicamos y, sobre todo, cómo no nos comunicamos, pues es en este impasse de la duda o el silencio en el que las violaciones de los límites son más frecuentes.

Consentimiento explícito vs. consentimiento tácito.

En una entrada sobre la cultura del consentimiento (en inglés), Cliff Pervocracy escribe:

(…) forzar a la gente a que haga cosas forma parte de nuestra cultura, en general. Destierra esa mierda de tu vida. Si alguien no quiere ir a una fiesta, probar un plato nuevo, levantarse y bailar, o charlar durante la comida, está en su derecho [de no hacerlo]. Evita los “venga, anda”, y los “venga, sólo esta vez”, y los jueguecitos en los que obligas mediante bromas a alguien a participar [en algo que no quiere]. Acepta que no significa no –en cualquier situación.

Otro ejemplo, esta vez del mainstream más mainstream, acerca de la cultura de la no-comunicación y el no respeto a las necesidades de la otra persona: una reportera de Playground va entrevistando por la calle a hombres de todas las edades –y a alguna mujer– sobre el sexo y el orgasmo. La respuesta media a la pregunta “y ella, ¿llega al orgasmo?” es “ni lo sé ni me importa” (o, alternativamente, “no lo puedo saber porque las mujeres fingen”, o sea, “todo es culpa de las mujeres, una vez más”).

La relación entre la cultura de la violación y la cultura de la no comunicación es bidireccional. No estamos educados para preguntar y, si preguntamos, no nos educan para respetar. La comunicación de los deseos no se enseña, y el consentimiento tácito, que es una práctica generalizada en la mayoría de interacciones sexuales, está basado en la normalización social de las mismas de acuerdo al patrón coitocéntrico que gira en torno al orgasmo masculino como punto final.

Quizá ayudaría, para comenzar a ponerle solución a esto, redefinir el consentimiento: pensar que va más allá de respetar una negativa, y enfocarlo desde la perspectiva de los privilegios, según la cual alguien en una situación de coerción no puede tomar una decisión plenamente voluntaria y consciente, dado que pesan muchas variables sobre su sí, quiero.

En un contexto como el BDSM, donde muchas veces las acciones pactadas acarrean dolor o incomodidad física, prima la necesidad de la comunicación clara y respetuosa. Dar por sentado el consentimiento puede llevar a malinterpretaciones con consecuencias graves, tanto físicas como psicológicas, por lo que la comunicación se establece como una parte fundamental de la relación desde un comienzo. Esto no significa que la escena kinkster esté exenta de dinámicas comunicativas nocivas; pero existe, por lo general, un interés muy marcado en el consentimiento, que tiene por resultado una defensa de la integridad de las personas y la denuncia de aquellos individuos que reiteradamente se niegan a respetar los límites marcados por sus compañeros. Es decir, que existe una comunidad local que vela, con más o menos éxito, por la seguridad y la ética de la práctica del BDSM.

La Lista de Límites: ¿realmente existe?

Usemos de nuevo ese boom editorial y cinematográfico que ha supuesto un aumento exponencial en la visibilización del (supuesto) BDSM: 50 Sombras de Grey y el resto de la saga***. Si no habéis leído la trilogía, no os lo recomiendo. Pero os cuento, para quien sea ajeno a la historia, que un multimillonario hecho a sí mismo se enamora perdidamente y a primera vista de una estudiante universitaria de último año. Además de acosarla, seguirla a todas partes y no permitirle ver a sus amigos sin que él esté presente, decidir por ella el método anticonceptivo que deberá usar, prohibirle la masturbación, e inundarla con regalos excesivos que ella no quiere y no puede reciprocar –una táctica de gaslighting y chantaje emocional en toda regla–, entre otras cosas, el tipo en cuestión le presenta una larga lista de actividades sexuales y kinks que ella debe aceptar o no.

Junto a cosas como el sexo anal, recibir latigazos, dejarse amordazar o el uso de pinzas en los pezones, aparecen las palabras mágicas: límite fuerte, límite débil, y no, en absoluto, de ninguna manera. Hasta aquí todo bien: las personas tenemos preferencias distintas, y si nos decidimos a mantener una relación sexual o de otro tipo con alguien lo más lógico es discutir qué y qué no nos gusta, qué nos apetece probar y qué está fuera de discusión. Lo que no es tan normal es pisotear las preferencias de alguien una vez que esta las ha expresado. Grey intenta convencer y revocar las decisiones de Ana en cada uno de los kinks que esta no quiere probar pero él sí. Esto es coacción, chantaje, y abuso. No BDSM.

La comunicación en torno a las preferencias sexuales o de juego de dos o más personas se articula siempre en base al consenso de todas las partes implicadas. Sin esto no puede existir el juego seguro. Recordemos los requerimientos para llegar a un consenso:

  1. Que todas las partes tengan un objetivo común.
  2. Que todas las partes quieran llegar al consenso.
  3. Que exista confianza y apertura entre las partes.
  4. Que las partes expresen sus deseos y necesidades, y que estos sean escuchados.
  5. Tiempo suficiente para hablar de los deseos y las necesidades de las partes implicadas.
  6. Un proceso definido para llegar a soluciones consensuadas.
  7. Participación activa de las partes implicadas.

Grey pasa como una apisonadora por encima de todos y cada uno de estos puntos: el objetivo no es común, sino el suyo propio; desde luego no quiere llegar al consenso, sino que la otra persona se atenga a sus normas; la confianza y la apertura desde luego no son su fuerte; las necesidades y deseos de la otra parte no están siendo escuchadas y consideradas con respeto; no le da a Anastasia el tiempo suficiente para reflexionar e impone límites; el proceso que se sigue para alcanzar el consenso es la firma sin cortapisas de un contrato redactado por él; y la participación activa no se valora, ya que él prefiere que Ana acepte y calle sin poner muchos problemas.

Nunca en mi vida me he encontrado con una persona dispuesta a relacionarse conmigo de esta forma. Espero que vosotras tampoco, sea en el BDSM o en cualquier otra relación. Y si lo habéis hecho, el consejo de hoy es: corred y no miréis atrás.

Negociaciones básicas.

No obstante, sí que existe una negociación inicial en el BDSM, especialmente si es tu primera experiencia con una persona. Se asume que existe un objetivo compartido –follar, pasárselo bien, recibir o dar dolor–, y las especificidades se consensúan de acuerdo a las necesidades y límites de las personas. –¿Quieres recibir dolor? +Sí, pero no con demasiada fuerza. –¿Está bien si utilizo una fusta? +No, no me gusta el dolor inflingido con instrumentos accesorios. –¿Sólo con las manos? + Sí, pero sólo con las palmas, no con los puños. –¿Podemos tener sexo mientras tanto? +No, cuando estoy sintiendo dolor no estoy en un estado emocional en el que quiera follar. –¡Perfecto!

Todo el mundo está contento, se ha hablado, los límites de la gente han sido escuchados y respetados, se han buscado soluciones comunes con las cuáles todo el mundo está cómodo, win-win, línea y bingo. Imaginémonos que por un momento todas nuestras interacciones fueran así; que no se asumiera que podemos abrazar o tocar el pelo a otra persona sin su consentimiento; que no insistiéramos para que otro nos acompañara a un festival o se bebiera otra copa más. Imaginémonos que un no significara siempre no, y que nada más que un sí, por favor significara sí.


*La polémica ha surgido, y con razón, en las redes sociales, cuando las violaciones sistemáticas denunciadas por un grupo de trabajadoras de la fresa no ha recibido tanta atención mediática ni la misma expresión de inconformismo y rabia social que el caso de La Manada; recibiendo críticas bastante acertadas sobre cómo afecta la racialización a este tipo de problemáticas y también cómo las respuestas de apoyo en Andalucía no han sido visibilizadas por el sector feminista mayoritario (o sea, urbano).

**No he encontrado estadísticas similares para el estado español o los países hispanohablantes, pero algo me dice que las cifras serían asombrosamente similares.

***Supuesto BDSM, porque nada en la relación de abuso psicológico entre los protagonistas tiene semejanza con un pacto voluntario y entusiasta entre dos personas.

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Acerca del autor

J.

Feminista blanca y más cosas que acaban en -ista. Salud mental, sexualidad e identidades queer, poliamor. Amo a mi perra y soy bibliotecaria amateur. Tengo IG porque también soy millenial, al parecer: @betifvfv



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