Opinión

Publicado el 28 de agosto de 2012 por Colaboraciones

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Anarquismo y desmitificación del trabajo

La enésima crisis socioeconómica del capitalismo contemporáneo, y en especial sus manifestaciones más crueles, el desempleo y la precariedad laboral, no pueden alejar al anarquismo -algo que está ocurriendo- de una de sus reivindicaciones más interesantes y transgresoras: la lucha contra el trabajo.

Cada día que pasa se hace más necesario desterrar de las filas del izquierdismo la figura estimada del trabajador. Ser un trabajador no es ningún orgullo, sino una penitencia. Nuestro pecado capital ha sido y será la mitificación del trabajo como valor humano. El marxismo y el anarcosindicalismo han hecho suyas la tesis nacionalsocialista de que el trabajo nos hará libres, cuando, realmente, el laborar está más próximo al contravalor, al suicidio del alma. Más allá de la advertencia realizada por Engels y Marx acerca del salario, donde la plusvalía era la única explotación dada, hay que comprender que el trabajo en sí, en toda su dimensión, es un crimen; la forma de dominación más efectiva creada por los poderes.

El hombre, por naturaleza, no desea trabajar. Las conquistas del movimiento obrero han ido siempre encaminadas en esa dirección. Las reducciones en la jornada laboral y la mejora de las condiciones, bajas médicas, de lactancia, etcétera, son en esencia formas merecidas de escaqueo. Amamos el tiempo libre, las vacaciones. Deseamos disponer tiempo para el ocio. El trabajo es uno de los mayores productores de enfermedades mentales y sociales contemporáneos. El estrés o la depresión, así como las rupturas de los núcleos familiares o sentimentales, la soledad, la incomprensión familiar o la ausencia de tiempo pedagógico, son la metástasis del trabajo.

Es en los centros de trabajo donde más se nos enseña a respetar las reglas, donde se nos configura como seres del sistema. Se imponen un horario; unas obligaciones no consensuadas, puesto que el trabajo es un aprovechamiento por parte de patrón de la necesidad del trabajador de existir; unos turnos para realizar nuestras funciones fisiológicas de aseo, excreción y alimentación; y un temor constante provocado por la creciente incertidumbre que crea el despido libre, el trabajo temporal y, en definitiva, la inestabilidad del puesto de trabajo. Es, el trabajar, una manifestación de poder en carne viva comparable al sistema penitenciario. Y no lo es porque las actuales condiciones laborales sean precarias, el simple hecho de intercambiar experiencias por dinero ya es una maldición para el hombre. El dinero, y el trabajo como manera de generarlo, es jerarquía y represión, esto es, némesis del anarquismo revolucionario.

Es desesperanzador ver al trabajador esforzarse en contentar las apetencias fetichistas de la patronal. Estos caprichos son estéticos, modificando el aspecto personal; de consumo, modificando las vestimentas; de trato, sumiéndose en un proceso autoritario en el que el respeto es el mismo que el ejecutado tiene al verdugo tratando de ganarse el perdón de su vida con la amabilidad; de tiempo, pues empleamos el máximo del nuestro a modificar nuestra posición laboral -del desempleo al empleo, y del empleo a otra posición laboral más privilegiada- con la elaboración de currículums atractivos y haciendo marketing sobre nosotros mismos. El currículum, en sí mismo, es fruto de la depravación más devastadora del trabajo, en el que de conformidad resumimos nuestra experiencia vital a aquel conocimiento que consideramos susceptible de ser empleable.

En este sentido, tanto el patronato como la organización sindical, principalmente esta última, insiste en la necesidad de formar al trabajador para ser un mejor trabajador. El trabajo ha dejado de ser un derecho para ser un deber, en el cuál es necesario estar preparado y competir con el prójimo en una inhumana batalla por demostrar quién posee unas habilidades más eficazmente explotables. Pasamos la vida, y más aún los periodos de desempleo, entrenando nuestra capacidad de ser esclavizados.

Los trabajadores ya no conocen el mundo por simple interés espiritual. No se conoce un arte por afán creador, sino profesionalizador. La enseñanza superior, la Formación Profesional y la cada vez más mercantilizada formación universitaria, no tienen más interés que el dotarnos de unos conocimientos inútiles fuera del trabajo. Éste es el centro hegemónico de la vida. El consenso en torno a los valores de sacrificio y disciplina ligados al trabajo es claro. Nosotros mismos, como clase, miramos con recelo al vago, al que busca equilibrar la balanza del aprovechamiento con el patrón, al que trata de ponerse a su nivel rebajando la calidad y jornada de trabajo. Nada más lejos de la realidad, parar la producción, romper la cadena que nos une al capital, es tarea cotidiana del anarquista. No importa la naturaleza del patrón, si es estatal o iniciativa privada. El trabajo es el método de control social de nuestro tiempo, y es necesario reaccionar contra él privándole de su existencia.

Y es ahí donde cobra sentido la huelga general revolucionaria, esta es, indefinida, sin plazos. No es útil poner fecha de caducidad a la protesta, puesto que dotar de información al poder es siempre concederle una ventaja estratégica que no podemos permitirnos. La imprevisibilidad, el caos como forma de lucha, es un arma de vital importancia para la organización anarquista. Es más fuerte el temor a poder morir en cualquier momento que el propio pavor a la muerte. Pero a la huelga, que supone la paralización del sistema productivo y económico, así como alivia nuestra pena por tener que trabajar, hay que sumarle el boicot y el rechazo a la patronal, tanto en la calle como el centro de trabajo. Y es necesario vencer a la patronal siempre que se crea en la lucha de clases. No hay lugar a la tolerancia y a la comprensión con el explotador deshonesto. Que nadie os confunda con la expresión de que no todo empresario es un demonio, ése es un debate estéril en los tiempos que corren. La dicotomía no es entre el empresario y el trabajador, sino entre quién está dispuesto a luchar y quién está dispuesto a parar la lucha. El nuestro es un destino ineludible.

Como ya hemos dicho, sabemos que frenar la producción hace daño a la patronal. Es por eso por lo que convenimos que se realicen las huelgas. Pero el fin de las mismas, incluso de las indefinidas, no puede ser alcanzar un mejor trabajo, porque ello supondría perpetuar el sistema de explotación del patronato; sería conciliación. Y como anarquistas hemos decidido combatir cualquier autoridad, destruirla, y esto es, destrozar la patronal. Así pues, la huelga definitiva es un fin revolucionario, no un instrumento. Hay que dejar quieta la herramienta, pero para siempre.

Es por ello por lo que el sindicalismo no puede ser un referente, ni siquiera el anarcosindicalismo. Respetamos el trabajo de las  compañeras en este campo, puesto que el anarquista ha de valorar siempre la honestidad. Conocemos que quienes sacrifican su pan por el de los demás, por crear unas condiciones de trabajo más cómodas, lo hacen con toda su bondad. Pero no por ello tenemos necesariamente que quedarnos en la reforma. Trabajar no es revolucionario. Exigir seis horas de trabajo al día no es revolucionario. Es sólo mantenernos en el sistema de explotación del patronato en una situación más privilegiada que la anterior. La lucha debe continuar hasta la abolición del trabajo.

Tampoco es cierto que los sindicatos sean los únicos interlocutores legítimos en la lucha contra la patronal. En primer lugar porque, en demasiadas ocasiones, estos sindicatos no buscan la confrontación sino la conciliación, por lo que no existe lucha tal contra la patronal, sino contra una coyuntura concreta. Y en segundo lugar porque, aunque sea cierta la legitimidad de la organización sindical, a los anarquistas es algo que nunca nos ha preocupado. ¿Desde cuándo la institución nos sirve de argumento? Las huelgas, los sabotajes, el mal trabajar a propósito, son herramientas más eficaces que los comités. Hay que implantar el estilo de vida parasitario (contra el poder, no contra tu igual) como forma de lucha.

Ello no significa que debamos abandonar de manera autónoma y unilateral el mundo del trabajo. Tenemos los pies en el suelo de una manera tan constante que enraizamos hace tiempo. Sabemos que hoy el desempleo es un drama y que no es fácil sobrevivir sin dinero, no sólo biológicamente sino también humanamente. Y sabemos, además, que en la mayoría de los casos, tampoco sería honrado vivir del trabajo de los demás compañeros –diferente es vivir del trabajo del patrón, algo que debería ser obligatorio dentro de nuestra labor de sabotaje. Sin embargo, en nuestra madurez está, a nuestros plazos individuales, caminar cada vez más firme en la senda del socialismo libertario. Poco a poco ir creando las condiciones necesarias para depender menos del dinero y, por tanto, del trabajo. Aprovechando, aquellos que puedan, la posición táctica de pertenecer a la empresa o al Estado, para dificultar en la medida de lo posible su desarrollo y expansión, es decir, su eficaz funcionamiento.

Es por ello que la anarquía reivindica la creación y el juego, conceptos contrarios a toda lógica laboral. No contemplamos la pereza como la simple inactividad aislada y que busca vivir del trabajo de otro, sino como forma de ocio, de recreo, de felicidad. Vivir para uno y para sus compañeras, y no para el trabajo. Por tanto, rechazo amistosamente el estoicismo de parte del anarquismo que pretende una vida tan carente de placeres por considerarlos burgueses que acaba olvidando la propia vida. No hay nada de inmoral en el placer, sino en determinados tipos de placer. Flojear como ocio puntual no tiene nada que ver con el alcoholismo o con el consumismo, formas de expansión que sí son contrarrevolucionarias.

Y a pesar de necesitar la pereza, nadie debe preocuparse por una posible disfunción sistémica en el anarquismo. Las asociaciones libres seguirán existiendo, pero no de trabajadores, sino de creadores y de jugadores. Crear y jugar es innato al hombre. Nuestra infancia lo pone de manifiesto. Sentimos la necesidad más o menos constante, en su justa medida, de hacer cosas, la mayoría de ellas útiles, tanto para el individuo como para la sociedad. Es la verdadera vocación, la verdadera aplicación de nuestras habilidades, al margen de salarios o prestigios sociales vinculados a la profesión. El individuo puede producir bienes y bondades para la comunidad sin necesidad de estar sometido al yugo y al látigo de la explotación laboral. Más allá de ganar o perder, el juego se realiza por la propia experiencia de jugar cuando éste es entendido sanamente. Esta es la alternativa propuesta al trabajo: la libertad.

Adrián Tarín

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8 Respuestas para Anarquismo y desmitificación del trabajo

  1. Nemo Nemo says:

    No puedo, Adrián, evitar estar en desacuerdo con tu artículo. Quiero que sepas, antes de nada, que mi ánimo no es menospreciar tu artículo (al contrario, considero que trata temas fundamentales y muy importantes), sino abrir paso a un debate que estimo necesario.
    Para empezar, consideras al trabajo negativamente, pues lo identificas con el trabajo asalariado, un trabajo que provoca que el trabajador venda su fuerza de trabajo a un capitalista que extraerá cada goda de sudor del trabajador a cambio de limosnas. Tú, como yo, estamos en contra de considerar a esta forma de trabajo como algo positivo.
    Sin embargo, el trabajo no solo no tiene por qué ser negativo, sino que es inseparable del propio ser humano. Nosotros, en nuestra estrategia evolutiva, no desarrollamos grandes fauces para cazar, tampoco potentes estómagos para digerir la hierba. No somos muy rápidos y tampoco demasiado resistentes. No tenemos una gran capa de grasa o de pelo que los aísle del frío. Hemos perdido nuestra habilidad para trepar a los árboles a por fruta. En lugar de todas estas adaptaciones la especie humana desarrolló un gran cerebro y unas manos hábiles. ¿Para qué? Para crear, para transformar su entorno a sus necesidades. Tal actividad es a lo que llamamos trabajo. Del mismo modo que no hay ser humano sin sociedad, no lo hay sin trabajo, pues sin transformar nuestro entorno no tendríamos oportunidades de supervivencia.
    A pesar de que no considero que el fin del ser humano sea trabajar, si que es cierto que el trabajo forma una parte importante de su vida. Trabajar es crear, y creando es como el ser humano aprende y crece. Piensa en todos esos sectores de la población liberados del trabajo, tales como aristócratas, las capas más altas de la burguesía o al clero, y verás una abundancia de seres que gastan su tiempo en dar rienda suelta a vicios antisociales, o enfermedades mentales producto de su inactividad y su aislamiento respecto al resto de la sociedad.
    Hablas del juego como alternativa al trabajo. El juego, y esto es algo bien sabido, es un proceso que aparece en los animales con cerebros más desarrollados (especialmente en mamíferos y aves) y que sirve para aprender la actividad que deberán reproducir durante el resto de sus vidas. Así, los cervatillos juegan a huir de sus depredadores, los lobos a perseguir a sus presas y los niños humanos tienden a jugar a juegos que les prepararán para su vida adulta, juegos en los que aparecen (en todas las culturas) el mundo del trabajo y de las relaciones sociales.El ser humano, y en eso estoy de acuerdo, juega durante toda su vida, pues sus necesita de un continuo aprendizaje, pero el juego no es un sustituto del trabajo productivo.
    Comentas también que la izquierda ha mitificado al trabajador. No seré yo quien lo niegue. Tampoco considero ningún orgullo el pertenecer a la clase explotada (pero tampoco lo consideraría pertenecer a la explotadora) y no creo que eso tenga nada que ver con la conciencia de clase. Sin embargo, como socialista y anarquista, persigo una sociedad en la que no existan ni explotados ni explotadores y tal sociedad solo puede existir si no se dan en ella elementos parásitos, si la sociedad está constituída, toda ella, por trabajadores. Es por eso que defiendo una revolución proletaria que socialice la producción y acabe con el Estado.
    En cuanto a la cuestión del sindicalismo. No comparto la concepción anarcosindicalista de que un sindicato sea por si mismo suficiente para llevar a cabo la revolución, creo que hacen falta, además, organizaciones políticas revolucionarias y un conjunto de organizaciones sociales que escapan a lo que sería competencia de un sindicato revolucionario.
    Sin embargo, considero que los sindicatos juegan un importante papel a la hora de preparar el terreno para la revolución. La revolución social necesita de cambios sociales profundos, de cambios en las relaciones de producción, y tales cambios solo se consiguen desde la organización de los trabajadores en organizaciones formales que les permitan avanzar en la lucha de clases. Solo ello permite, frente a las luchas espontáneas, la acumulación de experiencias suficiente como para que puedan aparecer cambios en el subsistema económico. Soy firme defensor de que, tal y como Kropotkin dijo, unos cuantos kilos de dinamita no tienen nada que hacer contra un poder, el del Estado, que lleva en pie desde hace siglos. Para derribarlo es necesario organizar una alternativa obrera y libertaria plenamente convertida en la institución política y social de la clase trabajadora.
    Para terminar, creo que nada de lo que he dicho ha sido producto de mitificación alguna, sino del pensamiento razonado producto de mi experiencia y de la de otros que vivieron antes que yo. Siempre me he considerado enemigo del mito y la superstición, es lo que tiene ser un materialista convencido.
    Te animo a sacar más artículos que poder debatir, dejándote solo un pequeño consejo, y es el de no hablar tan a la ligera en nombre de "los anarquistas".
    Salud compañero.

  2. Adrián Tarín says:

    ¡Salud compañero!

    Realmente creo que estamos de acuerdo en algunos puntos en los que podría parecer que no lo estamos. Principalmente, creo, por un problema de terminología. Aquello que tú llamas trabajo productivo yo llamo creación ["Es por ello que la anarquía reivindica la creación y el juego, conceptos contrarios a toda lógica laboral"]. Para mí, la combinación de creación y juego es más que suficiente para dar rienda suelta a nuestra creatividad como especie y a su progreso social. No sólo me declaro contrario al trabajo asalariado, también al del trabajador autónomo por estar sometida a la lógica monetaria y de mercado. Por eso, en otra sociedad -aquella a la que, con nuestros diferentes matices, aspiramos-, pienso que con la creación voluntaria y el juego podría bastar. Incluso tú mismo dices que "trabajar es crear". A eso me refiero. Para mí el trabajo es un tráfico interesado, mientras que la creación voluntaria que nace más de una mezcla de ego y utilidad social.

    Por otro lado, aunque pueda parecer otra cosa, respeto mucho el trabajo del sindicalismo, y más aún del anarcosindicalismo, sobre todo en lo concerniente a la acumulación de fuerzas y la concienciación de clase anarquista. Mi crítica iba en otro sentido, en lo referido a considerar que el último fin del anarcosindicalismo debe ser defender los derechos de los trabajadores sin más, generalmente frente a una coyuntura concreta.

    Por último, acepto gustosamente el consejo final. He hablado muy alegremente de "los anarquistas", sin tener en cuenta lo heterogéneo que es nuestro movimiento.

    Muchas gracias por comentar.
    Salud!

    • carlos estrada says:

      El trabajo es lo que permitió el desarrollo del cerebro humanopor lo tanto , es bueno. La esplotación del trabajo, eso es otra cosa muy diferente. Eso es lo que vino acompañado con la civilización, donde todo se convirtio en mercancía, la fuerza de trabajo, el intelecto la belleza de la mujer, y aparecieron los vicios, el hurto el crimen, la mentira. Cuanta gente de ciencia se ha desvelado para encontrar un invento para mejorar la VIDA DE La humanidad, pero los poderosos. Poderosos por las fuerzas de las armas, se han apropiado de esos inventos, y esclavisan a la humanidad.

  3. Miguel Ángel says:

    No estoy de acuerdo. El trabajo impuesto como única y obligada forma de subsistencia no dignifica a nadie, es más, es otra forma de esclavitud. El clásico, y moderno, concepto de independencia económica, sobreimpuesto, asociado a la actividad que te permite VIVIR no deja de ser un modelo "moderno" de esclavitud.

    El trabajo dignifica, sin ningún lugar a dudas. El trabajo elegido libremente, sin dependencia de ningún gestor laboral, te permite explayarte, crear, desarrollarte, ... No se puede exigir a un esclavista que te arregle la vida y a la misma vez te haga sentir feliz.

    No le eches la culpa a nadie.

    ¡¡Creado para ti creas para todos!!

  4. marcelo says:

    muy bueno

  5. Diana says:

    Estoy de acuerdo con todo esto, el trabajo debe ser voluntario, y para ayudarnos a nosotros mismos y ayudar a las demás personas, no para conseguir dinero y seguir fabricando productos que solo van a poder consumir las personas que tienen plata, olvidándonos de nuestros hermanos que tienen necesidades reales como hambre y frío y falta de educación y no simple deseos o caprichos que al final salen perjudicando hasta al medio ambiente. Pero veo muy difícil lograrlo simplemente esperando a que el proletariado se alce contra sus amos, porque vamos a tener que esperar muchísimo tiempo, y eso que ni siquiera estamos seguros si llegue a pasar, porque los que están en sus puestos de trabajo no quieren perder su estabilidad laboral, además hay muchas personas que no piensan todavía en una revolución, sino que siguen creyendo que todo está muy bien, y que no hay que cambiar nada, y que existe la pobreza es porque la gente no se esfuerza por salir adelante, y en fin, todavía sigue muy arraigada la lógica del capitalismo en sus mentes.
    Lo que yo propongo y me parece más viable y más realizable es la abolición del dinero, creando una conciencia de trabajar por el bienestar de las personas y no por ganar dinero; una sociedad donde todos sirvan a todos, en lo que cada uno sabe hacer, pero no porque alguien lo obligue, sino porque quiere ayudar a alguien, y a su vez, la sociedad trabajará para ayudar. O sea, nunca va a faltar nada porque todos se ayudan mutuamente; una sociedad libre, en la que la educación no esté orientada a formar personas para seguir perpetuando el consumismo y el capitalismo, saliendo a trabajar para grandes empresas y en últimas preocupándose únicamente por su propio bienestar y el de su familia, olvidando que hay miles de hermanos que viven una vida miserable ¿Qué piensan ustedes de la abolición del dinero para cambiar la sociedad? A mí me parece que esa es la solución, y estoy dispuesta a luchar por eso. La mayoría de los males de ésta sociedad son originados por éste. Si se elimina, podremos ver un nuevo mundo

  6. NOEMI PARDO says:

    EL TRABAJO DIGNIFICA EN LA MEDIDA,QUE TRABAJES PARA VIVIR Y NO VIVIR PARA TRABAJAR,ESTA BUENO QUE TODA LA SOCIEDAD GANE LO SUFICIENTE PARA VIVIR DIGNAMENTE,PERO FALTA MUCHOOOOOOOOOO PARA QUE ESO SUCEDA,DESGRACIADAMENTE
    CAPITALISMO,GLOBAKIZACION,NO LO PERMITIRAN,

    • Comparto la idea. No sé hasta qué medida el ser humano es homo laborans como diría Marx, pero lo que sí que tengo claro es que los seres humanos tenemos un impulso creativo innato; un impulso que nos mueve a crear cosas, a modificar nuestro entorno, a emplear los elementos que tenemos a nuestro alrededor para crear cosas.

      El problema para mí viene cuando pasamos a estar alienados de los medios de producción y de los frutos de nuestra actividad productiva. En otras palabras: cuando las relaciones sociales de producción implican subordinación a un patrón o a un comprador. Hoy en día no somos más que mendigos de salario, que diría Galeano.

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