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Published on junio 25th, 2013 | by La Colectividad

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Anarquismo y drogas: última vuelta de tuerca

Con este artículo pretendo poner fin a las reflexiones que estas últimas semanas he venido haciendo sobre anarquismo y consumo de drogas. Lo expresado en el primer y segundo artículo está sujeto a ser modificado en un futuro, pues lo bonito de todo esto es que la opinión personal cambia como el viento. En este tercer artículo daré mi punto de vista personal sobre una dimensión del consumo de drogas que, a mi parecer, no se suele tocar mucho (o no tanto como a mí me gustaría). Ésta es la «salud de nuestro cuerpo». Para ello presentaré un argumento utilitarista que, hoy por hoy, me convence bastante. Aquí os lo presento.

En los anteriores textos expuse que el consumo de drogas es una forma de control social que ejerce el Estado (como garante del capital) sobre la población, y que además era más bien irresponsable consumir drogas porque éstas están ligadas a redes de explotación humana y animal. Eliminando el componente de explotación, pero también el de beneficio capitalista, llegamos al ejemplo del amigue que cultiva marihuana y la regala. Para este ejemplo expuse el argumento sobre el control personal, por el cual opiné que la libertad individual de cada une se ve suprimida al estar bajo los efectos de las drogas (sin control no hay libertad).

Hasta aquí el pequeño resumen de lo que he venido argumentando hasta ahora. Hoy nos toca hablar de los efectos nocivos para la salud que supone el consumo de drogas. Indudablemente, y no hace falta que me ponga a dar datos científicos, las drogas producen algún tipo de malestar en nuestro cuerpo, el cual puede ser más o menos grave. (Si estáis interesades en los efectos de las drogas sobre nuestro organismo os recomiendo este libro sobre drogas editado por compas anarquistas). Mi argumentación sobre este punto, la cual fue brevemente presentada en los comentarios del primer artículo, defendía una postura utilitarista al respecto. En otras palabras:

  1. Las drogas perjudican nuestra salud física y mental. Su consumo acorta nuestra esperanza de vida y, lo que es más importante, la calidad de vida.
  2. Un estado físico y mental debilitado no permite desarrollar todo el potencial humano que tenemos.
  3. El Estado y el capital no se van a marchar por decisión propia. Hay que resistir y darles cara (en todos los planos: en la calle, en las huelgas, en los grupos de lectura, en Internet, etcétera).
  4. Por lo tanto: cuanto más vivamos, cuánto mejor vivamos, y cuánto mejor podamos desarrollar nuestras capacidades humanas mejor podremos combatir al Estado y al capital. Así pues, es responsabilidad individual de cada anarquista intentar maximizar su colaboración con la revolución social.

Del cuarto punto se saca que mi argumentación tiene tintes utilitaristas, pues pretende maximizar el bien común ante todo. Ese bien común lo defino en términos de la revolución social, y el medio que propongo para alcanzarlo es individual (el no-consumo de drogas). En mi segundo artículo ya argumenté que no deberíamos forzar a nadie a no consumir drogas, por ello que aquí habla de «medios individuales». Cada une tiene que preguntarse a sí misme sobre el papel que quiere jugar en la revolución social, cómo, y hasta dónde. Esto es lo que llamé «responsabilidad revolucionaria» en textos anteriores.

No obstante, en el primer artículo un lector me comentaba que eso de «no consumir drogas para mantener un cuerpo sano» era la lógica del capital, pues éste lo que quiere es trabajadores en buenas condiciones. Desde aquí expreso mi más firme desacuerdo con lo que comentó el compañero. El capital no busca trabajadores sanes, mucho menos el Estado, pues en las sociedades capitalistas avanzadas siempre hay una importante bolsa de desempleo que crea graves problemas estructurales. Ni al capital ni al Estado les importa realmente el desempleo, no en el aspecto humano, pero saben muy bien que un gran porcentaje de personas desempleadas es la mecha que prende el polvorín de la sublevación.

Es por ello que no quieren una población sana, sino una población decayente. En términos demográficos hay un problema de superpoblación, y en términos económicos esto se traduce en desempleo. El juego de la socialdemocracia no es tan sencillo como «opresores» versus «oprimides». El juego de la socialdemocracia es mucho más complejo, y en él podemos encontrar sinceras y genuinas muestras de humanidad provenientes de las instituciones estatales, y maquiavélicas estrategias de control estatal. El juego tiene estas dos caras, de ahí que existan campañas anti-tabaco o anti-drogas entre los jóvenes.

Ahora, dicho esto no quiero decir que el Estado quiera proteger completamente nuestra salud (si fuera así prohibiría completamente el tabaco y el acohol). Desde mi perspectiva, el tabaco y el alcohol juegan un papel muy importante en el control demográfico, y sobre todo «revolucionario», de la población. 6 millones de parades es un gran problema para un Estado que tiene unas reglas (la Constitución) a seguir (se sigan mejor o peor, eso es otro asunto). ¿Qué puede hacer el Estado? Mantener distraída a esa masa de gente: fútbol, tabaco, alcohol, juerga… Pongamos un ejemplo histórico: en 1848 la población de París se alzó en armas contra Louis-Philippe de Orléans. Las bajas se cifraron desde las 16.000 personas muertas hasta las 50.000. Sea como sea, el general Cavaignac pudo haber negociado desde el principio y haber evitado tan atroz baño de sangre. ¿Por qué no lo hizo? ¿Por qué además esperó a que más gente se sumara al movimiento revolucionario? Porque Francia tenía un problema gravísimo de desempleo. ¿Cómo se solucionó? Haciendo desaparecer a les desempleades. Con este ejemplo histórico no quiero decir que el Estado-nación moderno aniquile de la misma forma a les parades. Pero sí que opino que esa aniquilación sigue existiendo, bajo otras formas, bajo otras sutilezas, pero bajo la misma lógica.

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Ser autónomx, simplemente, bien podría significar aprender a luchar en la calle; a okupar casas vacías; a parar de currar; a amarnos lxs unxs a lxs otrxs enloquecidamente, y a expropiar.



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