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Publicado el 1 de octubre de 2012 por Colaboraciones

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De victorias y derrotas: crónica del 29-S

Como respuesta a la represión sufrida el pasado martes 25 y miércoles 26 de septiembre, miles de personas nos desplazamos desde diferentes puntos del Estado a Madrid para rodear el Congreso, exigir la libertad de los detenidos y forzar la dimisión del Gobierno. ‘Hemos ganado’, exclamaron desde la organización. Esta es una crónica de esa victoria y de su irreal resultado.

La tercera jornada de protestas iniciadas por el movimiento Rodea el Congreso (uno de sus múltiples nombres) comenzó con los tintes habituales que caracterizan las movilizaciones masivas que desde mayo de 2011 se vienen realizando por todo el Estado español: plazas y calles adyacentes abarrotadas de individuos de heterogénea ideología, estética, extracción social, género y edad. El ambiente durante las primeras horas era un calco de otras protestas a las que ya estamos acostumbrados, pero que son visualmente muy diferentes a las de antaño. Apenas hay símbolos ideológicos, partidos políticos o banderas, más allá de algunas enseñas tricolores republicanas, y son muchas las pancartas y cánticos contra la clase política y la policía. No hay consignas tradicionales de lucha de clase y casi no se habla del capitalismo. Semióticamente esto también significa algo. El escepticismo de la postmodernidad puede respirarse entre una multitud que minutos más tarde abandonaría la Plaza de Neptuno dejando un reguero de latas de cerveza vacías por la acera.

El perímetro de vallado que rodeaba el Congreso se extendía desproporcionadamente, cortando las calles a gran distancia del que, a priori, parecía el objetivo de la concentración. El Paseo del Prado en dirección a Cibeles y a Atocha estaba rodeado de furgones policiales; en torno a unos 50 o 60 podían verse a simple vista. Donde no alcanzaba el mirar era seguro que había más. Hasta poco antes de que se pusiera el sol sólo provocaba la indignación de los presentes las apariciones cada quince minutos de un helicóptero que sobrevolaba Neptuno.

La gente seguía llegando en masa y la cantidad de horas de pie y de inactividad –más allá de los cánticos- daban pie a diferentes comentarios, la mayoría en torno a la conveniencia del uso de la violencia por parte de los manifestantes, así como a la posible presencia de infiltrados. Algunos de los congregados descansábamos sentados en el suelo e intermitentemente subíamos a las ventanas de los edificios colindantes para comprobar la afluencia. Por no disponer de telefonía con Internet, las únicas noticias “del exterior” las conocí a través de mensajes de texto: la policía amenazaba a los medios de comunicación advirtiéndoles de que debían abandonar la plaza ante la posibilidad de que se produjesen cargas policiales.

Una vez caída la noche, desde la megafonía de la coordinadora se desconvocó la manifestación. “Ya hemos ganado”, dijeron. Quienes resistiesen en la plaza lo harían bajo su responsabilidad. La medida se tomaba, según expusieron, para que no se repitiesen los altercados del 25 y del 26. En ese momento me pregunté: ¿Para qué he recorrido más de 500 kilómetros en autobús y he invertido parte de mi escaso salario? ¿Cuál era el objetivo político real de esta manifestación? ¿En qué momento puede finalizar un sitio al Congreso? ¿Qué es exactamente lo que hemos ganado permaneciendo cuatro horas de pie frente a una valla? ¿No nacía esta plataforma como un método de protesta indefinido? Todas estas cuestiones rondaban mi cabeza, defraudado, mientras comprobaba el poder de convicción de un megáfono. Aunque todavía seguíamos siendo legión, la mitad de los convocados abandonaron Neptuno. Algunos para cenar, otros a sus casas y un grupo de unas 150 personas a intentar realizar una patética cadena humana alrededor del Congreso atravesando la Calle Cervantes, con evidente e infructuoso resultado.

No es la primera vez que presencio cómo desde las organizaciones convocantes de una manifestación, cuando ésta empieza a tomar un cariz combativo, se anima a los asistentes a desmovilizarse. ¿Cuál es el objetivo de incitarnos a que tomemos una determinada actitud? ¿Por qué hay que coaccionarnos para que finalice un acto de protesta en el momento en que ellos elijan? Cuando esto ocurre sólo me queda sospechar que, en esos instantes, los convocantes están pensando más en la imagen de su plataforma y sus necesidades como organización que en los fines de la protesta.

A pesar del vaciado, como se ha dicho, todavía un nutrido grupo de personas ocupaba la plaza. Entonces ya eran abrumadora mayoría los jóvenes. Aparecían las primeras capuchas y verdugos, así como una mayor cantidad de personas con estética tradicional de izquierdas. Los cánticos contra la policía aumentaron. No podía ver lo que pasa en la bocacalle que orienta el tráfico hacia Cibeles, pero me constaba que había cierta provocación policial, aunque nada grave. Frente a la valla más próxima al Congreso comenzaron a volar los primeros objetos y algunos manifestantes fueron reprendidos. Se les acusó de estar infiltrados. Otros les defendieron. El ambiente se caldeaba y terminó de estallar con el lanzamiento de un petardo hacia el otro lado de la valla. Hubo mucha gente que no vio la trayectoria del explosivo y su detonación cogió por sorpresa a la mayoría de los asistentes, que huyeron al pensar que se había lanzado una pelota de goma. Algunos de los que vimos qué había pasado tratamos de arengar a quienes corrían para que se quedasen quietos, nos tapamos las caras y lanzamos botellas a los antidisturbios para evitar una posible carga al verles ponerse los cascos y cargar sus escopetas. Era absurdo pensar que los agentes podían agredirnos desde detrás de un triple vallado, pero las escenas de histeria colectiva y las carreras contagiosas se repitieron toda la noche.

Con este primer amago de carga se vació un poco más la plaza y volvió la calma. No obstante, quienes allí estábamos ya teníamos el convencimiento de que habría violencia, algo que no podía adivinarse con claridad horas antes. Más tarde, en un extremo de la plaza hubo movimiento, carreras, algún golpe seguro, pero desde donde me encontraba no podía verlo con claridad. Entre 6 y 10 furgones policiales subieron desde Atocha a Neptuno y entraron en el corazón de la misma, dividendo a los manifestantes en dos grupos. Uno orientado hacia Cibeles y otro hacia Atocha. Un pequeño colectivo permanecía todavía de cara al Congreso, en el centro. Parte de los manifestantes se situaron frente a las furgonetas para evitar que avanzaran. No sé qué ocurrió –más tarde lo vería por televisión- a los compañeros acorralados entre Cibeles y Neptuno, pero en la zona en la que quedé atrapado comenzó el lanzamiento de objetos. Un nuevo petardo, esta vez verde, estalló bajo los furgones. Los agentes bajaron de sus vehículos y corrieron hacia la multitud, que resistió como pudo y se refugió en la Calle Cervantes. Volcamos en la bocacalle algunos contenedores y se improvisó una barricada. Un grupo de policías aguardaba en la esquina del Palace y Cervantes, recibiendo el impacto de latas y botellas con una banda sonora antológica: El pueblo unido jamás será vencido. En el otro extremo de la plaza, aunque no pudimos verlo, le reventaron la cabeza a un joven que tuvo que ser hospitalizado y detuvieron a dos compañeros.

A partir de entonces todo fue un correcalles. En cada esquina en la que tuvimos que apostarnos tras retroceder levantamos una barricada, que al tiempo era sorteada por los agentes o bien por el mismo camino o por calles laterales. Poco a poco esto hizo que nos dividiésemos y que, por nuestra propia cuenta, acabáramos abandonando cualquier posibilidad de resistencia y de retomar Neptuno. Durante estas carreras recibimos algunos pelotazos de goma y varios destacamentos de agentes de la UIP entraron en locales de la zona amenazando a los clientes y golpeando a los manifestantes que se habían refugiado en ellos.

Según contaron los medios, después de desalojar a los manifestantes de Neptuno un grupo de pacifistas se apostaron, sentados, frente a la valla del Congreso. Allí permanecieron hasta que pactaron su salida sin consecuencias. Para haber ganado, como decían desde la coordinadora, el triunfo tuvo un sabor amargo.

Vídeo relacionado: http://www.youtube.com/watch?v=r1LYYaPk7zI

Anónimo.

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Una respuesta para De victorias y derrotas: crónica del 29-S

  1. La lucha es el único camino: no nos gusta la violencia, es el sistema el que nos obliga a luchar (a resistir). Somos violentes precisamente porque amamos la paz y la libertad; porque sabemos que el sistema sólo caerá cuando caigan les opresores. Vive la résistance!

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