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Publicado el 25 de marzo de 2013 por Colaboraciones

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Desmontando el Darwinismo Social

Charles Darwin fue el primero en interpretar la ‘evolución’ como un proceso mediante el cual las variaciones y la selección natural determinan la preexistencia o la desaparición de individuos. La selección natural es el proceso de supervivencia de los organismos cuya variabilidad los hace más aptos para vivir en cierto medio particular, y que a través de éste proceso, las poblaciones se alteran y aparecen especias nuevas, con la adaptación necesaria para sobrevivir en el medio.

Esta propuesta, que pretende explicar el origen y la evolución de todas las especies existentes, fue acogida con entusiasmo, en el siglo XIX, por el público de los países imperialistas y colonialistas. Encontraron en Darwin, gracias a una errónea extrapolación de su teoría, una justificación teórica y magnífica acerca del dominio y del reparto del mundo. Surgió el darwinismo social.

El darwinismo social es una teoría pseudocientífica que surgió a partir de la selección natural y de la despiadada lucha por la supervivencia de Darwin. Es la creencia de que la evolución social puede ser explicada a través de las leyes de la evolución biológica. Fue planteado por Herbert Spencer, contemporáneo de Darwin. Éste interpretó la selección natural en términos de ‘la supervivencia del más apto’ y lo trasladó, fatalmente, al campo de la sociología. De este modo, Spencer defendió que las características innatas o heredadas tienen una influencia mucho mayor que la educación o las características adquiridas. Dicha postura puede estar impulsada bien por la maldad, bien por la ignorancia, pero fuera como fuese es errónea y perversa, y en base a esta perversión moral los capitalistas justifican las desigualdades sociales.

Los que están en el poder -la clase burguesa, en este caso- no tratan más que de realizar fundamentos teóricos que den consistencia y estabilidad al orden social, es decir, dotar de justificación las desigualdades sociales, tanto dentro del país -con el abismo entre burgueses y proletarios, ricos y pobres- como en el exterior -con la dominación y colonización de pueblos en estadios más atrasados de civilización-. No es descabellado pensar que el darwinismo social fue y es la cimentación teórica más potente de la moral capitalista en base a los cuales se modelaron todos los sistemas políticos afines.

Los principales sostenedores y defensores de esta teoría fueron y son los dueños del capital. Permitió la ejecución de políticas económicas absolutamente degradantes y cuanto menos antagónicas ante los sentimientos de piedad, solidaridad y compasión entre personas. Se deduce que surgió la ‘moral’ capitalista en su forma más salvaje y despiadada, donde muchos aspectos antes condenables, se permiten y socialmente se adaptan y aceptan, en función de la explicación ‘científica’ y de ‘las leyes de la naturaleza social’. Eso es la razón por la que el darwinismo social se constituye como moral capitalista. Insignes banqueros del siglo XX como Rockefeller o Rothschild afirmaron que solo los mejores y más aptos por medio de su adaptación a los cambios económicos de las revoluciones industriales han prosperado. A eso se debe que las personas con mentalidad capitalistas no sienten ninguna obligación ética.

La teoría de Darwin es el equivalente biológico de la filosofía burguesa, cuya doctrina de libre competencia es la manifestación económica, la lucha por la existencia es así transformada a la lucha por satisfacer necesidades humanas. Por la competencia del poder surge el mejor, el más capaz de gobernar.

Cabe mencionar que la ideología que se desprende de esta visión se encuentra a lo largo de la historia íntimamente relacionada con posturas sexistas, racistas y etnocéntricas. Del darwinismo social se inspiró más tarde Adolf Hitler para justificar el holocausto judío y su idea de eugenesia.

Ilustres pensadores, como Kropotkin o Lynn Margulis, explicaron de forma científica dónde radica la importancia de la cooperación y el apoyo mutuo entre las diversas especies que han existido a lo largo de la historia de la vida. El libro más renombrado sobre esta cuestión es «El apoyo mutuo: un factor en la evolución«, publicado por Piotr Kropotkin en 1902.

Aun a riesgo de que no se me entienda, empiezo diciendo la conclusión a la que he llegado: el darwinismo social es erróneo porque olvida que los humanos podemos ejercer la libertad como opción de vida.

Hemos aceptado de forma reduccionista que somos animales. Los científicos nos repiten una y otra vez que, genéticamente, el chimpancé y el humano se diferencian de apenas unos pocos genes. No digo que no sea verdad, pero si miramos también los genes, es lo mismo una poesía de Antonio Machado que un anuncio de Mercadona, porque genéticamente son iguales: ambos tienen ‘a’ ‘s’ ‘b’ o ‘p’, y varía muy poco, pero una cosa es una poesía de Antonio Machado y otra muy diferente un anuncio de un supermercado. Y una cosa es un animal y otra muy diferente una persona -a pesar de que a veces la animalidad de ciertas personas supera con creces a la de cualquier bestia salvaje-.

Los humanos nos caracterizamos, entre otros rasgos, en la cuasi total ausencia de instintos animales. Cuasi ausencia, que no ausencia del todo. Entre los pocos instintos animales que quedan dentro de nuestro repertorio conductual se encuentra el egoísmo y la lucha de uno contra otros, en la que tanto hacen énfasis los darwinistas sociales. El egoísmo no es otra cosa que la prolongación del instinto de supervivencia animal.

No sólo nos caracteriza la cuasi ausencia de instintos, sino que, además, podemos elegir si acogernos a esos pocos instintos que poseemos o no. Tenemos libertad de decisión. Solo ejerciendo la libertad -de la que los darwinistas sociales parecen haberse olvidado- podemos y debemos obviar y desechar el instinto egoísta y elegir la opción de cooperar los unos con los otros. ¿No es esto una diferencia abismal entre humanos y animales?

El egoísmo, del que tanto hacen gala los capitalistas y los defensores del darwinismo social, no es idéntico al amor a sí mismo, sino su opuesto. El egoísmo es una forma de codicia, es insaciable y, por consiguiente, nunca puede alcanzar una satisfacción real. Si bien el egoísta nunca deja de estar angustiosamente preocupado de sí mismo, se halla siempre insatisfecho, preocupado, torturado por el miedo de no tener bastante, de perder algo, de ser despojado de alguna cosa. Se consume de envidia por todos aquellos que logran algo más. En esencia, el egoísta no se quiere a sí mismo sino que se tiene una profunda aversión. Este individualismo y egoísmo tan costosamente fundamentado en los habitantes de una sociedad tiene una única función; el egoísta deja de lado los problemas de la sociedad en conjunto, de manera que cada uno sólo se preocupa de sus propios problemas. Esto está llevando a que cada vez la sociedad esté más dividida y más inconexa, y es justamente lo contrario a lo que queremos. Nunca nada fue tan cierto como el refrán que dice: «En la unión está la fuerza».

De esta forma, de entre todos los seres que habitan la tierra, el humano es a la vez el más social y el más individualista. Es, sin contradicción, también el más inteligente. Hay animales más sociales que nosotros, como por ejemplo las abejas o las hormigas; pero al contrario que nosotros, son tan poco individualistas que los individuos que pertenecen a esas especies están absolutamente absorbidos por ellas y quedan aniquilados en su sociedad: son todo para la colectividad, nada o casi nada para sí mismos. Parece que existe una ley natural conforme a la cual, cuanto más elevada es una especie de animales en la escala de los seres, por su organización más completa, tanto más latitud, libertad e individualidad deja a cada uno. Los animales feroces, que ocupan incontestablemente el rango más elevado, son individualistas en un grado supremo.

Los humanos somos los seres más individualistas de todos. Pero al mismo tiempo -y este es uno de nuestros tantos rasgos distintivos- somos eminente e instintivamente socialistas. Esto es de tal modo verdadero que nuestra inteligencia misma, que nos hace tan superiores a todos los seres vivos y que nos constituye en cierto modo en el amo de todos, no puede desarrollarse y llegar a la conciencia de sí mismo más que en sociedad y por el concurso de la colectividad eterna. [1]

Extrapolando, de esta manera, la libertad de decisión -de elegir entre la competitividad o la cooperación- al cuerpo humano, vemos que todos nuestros órganos y nuestras células reciben todo lo que necesitan para su buen funcionamiento. Si introdujéramos el capitalismo al cuerpo humano, y las células empiezan a pelearse, a competir entre ellas, a vivir a costas de otras, a contaminarse, a crecer de manera infinita, a robar, a parasitar, a perpetuar la escasez; viviríamos menos de cuatro horas. Por lo tanto tenemos que vivir de forma muy similar al cuerpo humano, a saber; mediante la cooperación de unos con otros y mediante el apoyo mutuo. Pero, ¿por qué el darwinismo social no contempla esta opción de vida, es decir, la opción de cooperar, y elige la opción instintiva de competir unos con otros? Evidentemente, porque hay intereses detrás.

Todos los animales son esclavos -en mayor o menor medida- de sus instintos. La historia de la humanidad puede caracterizarse como un proceso creciente de individualización y libertad. El humano emerge del estado prehumano al dar los primeros pasos que deberán librarlo de los instintos coercitivos. Si entendemos por instinto un tipo específico de acción que se halla determinada por ciertas estructuras neurológicas heredadas, puede observarse dentro del reino animal una tendencia bien delimitada. Cuanto más bajo se sitúa un animal en la escala del desarrollo, tanto mayor es su adaptación a la naturaleza y mayor es la importancia que ejercen los mecanismos reflejos e instintivos sobre todas sus actividades. Por otra parte, cuanto más alto se halla colocado en esta escala, tanto mayor es la flexibilidad de sus acciones y tanto menos completo es su adaptación tal y como se presenta en el momento de nacer. Los humanos somos, al nacer, el más desamparado de todos los seres, pues carecemos prácticamente de instintos coercitivos. La plasticidad de la mente infantil nos permite que nuestra adaptación a la naturaleza se funde sobre todo en el proceso educativo y no en la determinación instintiva y heredada. Vemos aquí que Spencer se equivocó ya de entrada al afirmar que las características innatas o heredadas tienen una influencia mucho mayor que la educación o las características adquiridas, cuanto justamente es al contrario.

La existencia humana empieza cuando la adaptación a la naturaleza deja de tener carácter coercitivo, cuando la manera de obrar ya no es fijada por mecanismos hereditarios -los instintos-. En otras palabras, la existencia humana y la libertad son inseparables desde un principio. Y si se pretende lo contrario, como sostienen los defensores del darwinismo social -al coartar nuestra libertad y afirmar que solo existe una única forma de vida, que es la competitividad- no hay otro final posible sino la aniquilación de la humanidad misma. Los humanos nacemos desprovistos del aparato instintivo necesario para obrar adecuadamente en el medio, aparato que, en cambio, posee el animal. Dependemos de nuestros padres durante un tiempo más largo que cualquier otro animal y nuestras reacciones con el ambiente son menos rápidas y eficientes que las reacciones automáticamente reguladas por el instinto. Tenemos y debemos de enfrenar todos los peligros y temores debido a esa carencia del aparato instintivo, y, sin embargo, este mismo desamparo constituye la fuente de la que brota el desarrollo humano. La debilidad biológica instintiva del humano es la condición de la cultura humana. Y si en algún momento se pretende, de nuevo, afirmar que los humanos podemos obedecer única y exclusivamente a nuestros instintos competitivos y egoístas -como hacen fatalmente los defensores del darwinismo social y los capitalistas-, y que no tenemos libertad de elección para cooperar entre nosotros, no hacen más que destruir la cultura misma sobre la que se cimienta la humanidad.

Desde el comienzo de nuestra existencia los humanos nos vemos obligados a elegir entre diversos cursos de acción. En el animal hay una cadena ininterrumpida de acciones que termina con un tipo de conducta más o menos determinada por sus instintos heredados. En los humanos esa cadena se interrumpe. La forma de satisfacer ciertas necesidades permanece «abierta», es decir, debemos elegir entre diferentes cursos de acción. En lugar de una acción instintiva predeterminada, los humanos debemos valorar mentalmente diversos tipos de conducta posibles; empezamos a pensar. Modificamos nuestro papel frente la naturaleza, pasando de la adaptación pasiva a la adaptación activa. Y he aquí la gran diferencia que los defensores del darwinismo social no ven -o que no quieren ver-, y que califican al humano como otro animal más de la escala biológica común, incapaz de elegir libremente para una mejor adaptación al medio. Podemos y debemos elegir. Elegir es opción de vida, es ejercer nuestra libertad, y podemos elegir entre la competencia despiadada por la supervivencia del más apto -de la que hablan los capitalistas y defensores del darwinismo social- o la cooperación y el apoyo mutuo -de la que hablamos los anarquistas-, porque nuestra adaptación puede y debe ser una adaptación activa, es decir, que nosotros podemos intervenir de forma directa en nuestra adaptación al medio que nos rodea, y ésta adaptación activa no puede llevarse a cabo sino únicamente mediante la libertad de decisión; ejerciendo la libertad y abogando siempre a favor de la cooperación de unos con los otros.

Lo que los darwinistas sociales pretenden al recurrir de forma tan obstinada a nuestros instintos animales solo puede tener una única función; que seamos predecibles y fácilmente manipulables. En la sociedad capitalista y consumista, siempre se apela para que actuemos, no de forma consciente y reflexiva, sino que, al contrario, se apela a una forma de conducta instintiva y refleja, de forma animal y autómata, de forma que nos sintamos obligados -como los animales- a consumir, a obedecer, y a hacer un llamamiento descarado a la irresponsabilidad.

Así que, no viendo ya en cada persona un enemigo necesario, por la ley de la naturaleza, sino un cooperador indispensable para nuestra vida y la de la especie, estamos más prontos a dejarnos invadir por las más altas ideas del altruismo, que son, a la vez, las más seguras servidoras del interés individual. Sabemos ya que el apoyo mutuo y la cooperación sirven para algo; que, lejos de contradecir la selección natural, contribuye a afianzar la vida y a vencer los obstáculos del medio en provecho de todos. El ser humano es, pues, un ser con genuinas esencias de ser sociable y comunitario, capaz de convivir con sus semejantes sin necesidad de coacciones externas, porque hay en nuestra propia naturaleza necesidades morales, preponderantes sobre todas las demás necesidades, que nos incitan a la cooperación y no a la lucha.

¿Se me entiende ahora cuando afirmé, al principio del artículo, que el darwinismo social es erróneo en tanto que no contempla la libertad humana? ¡La mayoría de los animales no pueden elegir si luchar o cooperar, porque sus instintos coercitivos se lo impiden! ¡Pero nosotros sí que tenemos opción de vida! ¡Ejerzamos, pues, nuestra libertad! ¡Ejerzamos la cooperación y el apoyo mutuo, y no la lucha despiadada! [2]

Cierto es que la falta de instintos por nuestra parte es una bendición -porque podemos ejercer nuestra libertad-, pero es también una maldición. Los animales, dominados casi y exclusivamente por sus instintos, son incapaces de realizar alguna conducta que perjudique la supervivencia de su especie. Pongamos como ejemplo a un león. El león es un animal territorial, y si otro león se adentra en los dominios de éste, ambos están obligados de forma instintiva a luchar entre ellos para que sólo el más fuerte y apto se quede con el territorio deseado. Una vez finalizada la lucha, el vencedor percibe la debilidad y la sumisión por parte del perdedor, y el vencedor raramente matará al perdedor, sino que lo dejará huir. Primero ha intervenido el instinto de la lucha por el territorio, y luego ha intervenido el instinto de la supervivencia de la especie. Así, el perdedor puede salir herido, pero no muerto, lo que asegura una mayor probabilidad de supervivencia de la especie. Pero nosotros, los humanos, al carecer casi completamente de instintos coercitivos, no tenemos ninguna obligación de dejar vivo a nuestro contrincante, puesto que tenemos libertad de elección. Este hecho explica el por qué la animalidad de ciertas personas supera la de cualquier bestia salvaje. Los humanos somos capaces de cometer atrocidades porque somos libres para elegir; y a menudo se elige el mal. Por eso el libre albedrío que la naturaleza y la evolución nos ha procurado debe de estar siempre acompañado de responsabilidad.

¿Quién habría de decirme, pues, que los humanos estamos condenados a la lucha entre nosotros de forma continua, y que solo el más apto puede sobrevivir? El darwinismo social es una justificación errónea de las desigualdades sociales ante una sociedad capitalista que tiene unos valores erróneos. El darwinismo social se ha convertido en un intento despreciable por justificar las desigualdades sociales bajo el sistema capitalista.

Sólo durante un periodo a lo largo de la historia de la humanidad se puede afirmar que se aplicó realmente el darwinismo social -la lucha despiadada de uno contra todos-, y este periodo fue en los albores de la humanidad, cuando los humanos todavía vivían en clanes y no había ningún tipo de civilización ni de cultura.

La lucha despiadada por los recursos y por la supervivencia, tanto en animales como en humanos, se produce, sobre todo, cuando existe escasez de recursos que son necesarios para sobrevivir. Es de sobra sabido que la naturaleza, en su estado común, es decir, sin que nadie intervenga ni se superponga por encima -como sabiamente hacemos los humanos, mediante la adaptación activa– no siempre produce abundancia de recursos. En los inicios de la humanidad, cuando la inteligencia de los hombres y su conciencia colectiva todavía estaba en desarrollo, no existía la tecnología suficiente para producir abundancia de recursos, y, por consiguiente, se producía la lucha despiadada por la supervivencia. Y ni siquiera entonces la lucha despiadada por la supervivencia se producía entre humano individual contra humano individual -como fatalmente pretenden y defienden los capitalistas y los defensores del darwinismo social-, la lucha se producía entre grupos de individuos, nunca entre individuos aislados.

Afortunadamente apareció la cultura, se desarrolló la inteligencia y la conciencia colectiva humana, y se descubrió la agricultura. Desde ese preciso momento, desde el momento que el hombre pudo y supo controlar la naturaleza a su voluntad, los recursos disponibles iban siempre de acuerdo con las necesidades y con la cantidad de personas que conformaban aquellas sociedades primitivas. Muy pronto se produjo abundancia de recursos, y finalmente terminó por desaparecer la lucha despiadada por la supervivencia, convirtiéndose en cooperación y apoyo mutuo. Huelga decir que hoy en día, con la tecnología que dominamos, producimos, en todo el mundo, dos veces más comida de la que realmente necesitamos. Hay abundancia de recursos y, sin embargo, el capitalismo -respaldado siempre por el darwinismo social- nos hace creer que es justo que unos tengan más que otros, porque «son los más aptos». No veo la lógica alguna en ese absurdo.

Por todo esto, prefiero compartir, y no competir. Prefiero el altruismo, no el egoísmo. Prefiero una sociedad que posea el equilibrio entre la libertad individual y la cooperación social. Por eso prefiero, en fin, una sociedad anarquista, y no un capitalismo desfasado que amenaza con la destrucción de la especie humana.

Notas

[1] Mijail Bakunin, El principio del Estado. P. 6-7.

[2] El tema tratado, sobre el instinto egoísta y la opción de cooperar, lo he enfocado desde un punto de vista de «obligación moral», es decir, he considerado al egoísmo como instinto y a la cooperación como opción a elegir. Lo he considerado de esta manera porque la mayoría de estudios realizados -y la propia experiencia- nos dice que tenemos ese instinto egoísta, aunque bien es cierto que en otras partes consideran la cooperación entre personas como instinto, y quizás sea cierto. Si es cierto que tenemos un instinto a cooperar entre nosotros, mejor que mejor, así tendríamos una base instintiva y otra base moral sobre las que respaldarnos, y si no es cierto que tengamos dicho instinto, nos sustentamos únicamente sobre la base moral, y de ahí la «obligación moral». Sobre esto todavía no hay nada aclarado y aun no se sabe a ciencia cierta la verdadera naturaleza del comportamiento y la conducta humana. Escribo esto porque el debate entre egoísmo-cooperación suele ser un tema polémico, y la discusión sigue estando abierta tanto en el ámbito científico como en el ámbito filosófico. De todas formas, fuera como fuese el verdadero instinto, he intentado limitarme al ámbito moral, dejando el debate de la base instintiva a vuestro juicio -en caso de no partir de la misma base de la que he partido yo-.

Radix

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12 Respuestas para Desmontando el Darwinismo Social

  1. Por fin he sacado tiempo y he podido terminar todo el artículo 🙂

    Me gustaría plantear un par de cosas para el debate. Lo primero de todo: ¿realmente tenemos los seres humanos instintos? Muchos psicólogos sociales afirman que no tenemos ni uno solo, sino que tenemos reflejos. Sin entrar en los tecnicismo—que además estudié psicología social ya hace cuatro años y la tengo un poco olvidada—me gustaría reseñar que el egoísmo, a mi parecer, no es instinto. La preservación de la vida propia podría serlo, después de todo evitamos el dolor y lo peligroso, pero no el egoísmo, que podría ser mejor definido como una manifestación cultural de este otro "instinto" (significando que, si es cultural, podría haber sido de otra forma).

    Multitud de experimentos hay con niñxs pequeñxs que sin pestañear comparten todo lo que tienen a partes iguales con otrxs niñxs. Parece ser que eso de "ser egoísta" se aprende.

    Por otro lado me gustaría hablar de la cultura: ¿casual o inevitable? Yo creo que inevitable, pero espero a ver qué dice el resto de la gente.

    Abrazos.

  2. Radix says:

    Hola compañero,

    Antes de escribir este artículo estuve pensando largo y tendido acerca de lo que tú has comentado. Primero, hablando de forma completamente objetiva, es verdad que el egoísmo no es un instinto, de hecho creo que lo digo en el artículo: "El egoísmo no es otra cosa que la prolongación del instinto de supervivencia animal." El instinto es el de supervivencia -o autoconservación, como se le llama hoy en día-, por tanto, el egoísmo no sería otra cosa que su prolongación, y esta prolongación puede ser considerada como una manifestación cultural.

    Peor ahora bien, como bien has señalado tú, dicha prolongación cultural, ¿es evitable o inevitable? Creo, como tú, que es inevitable -en la mayoría de los casos es así, aunque seguramente habrán excepciones-, y por esa misma inevitabilidad cultural, he considerado finalmente al egoísmo como instinto, aunque, repito, quizás objetivamente hablando no sea la palabra más correcta, porque es la consecuencia inevitable de un instinto, no un instinto en sí mismo.

    Era por no marear la perdiz demasiado. De todas formas, este es un tema complejo y, por consiguiente, muy debatible. No poseo la verdad absoluta, tampoco lo pretendo, pero después de mucho pensarlo llegué a estas conclusiones.

    ¡Un saludo!

    • Sí, esa parte de que el egoísmo es más bien resultado de un instinto queda clara en el texto—y la cual comparto. Yo no estoy seguro si pienso si el egoísmo es inevitable o no. Quiero pensar que se puede evitar mediante una cultura más solidaria y comunal, pero siempre quedarán esos elementos tan humanos como es el recelo, la envidia, etcétera... No soy muy amigo de las teorías biologicistas, pero tampoco me voy a poner "cultural radical", porque no se sustenta en pie—no todo es cultural, para qué vamos a decir lo contrario.

      Seguramente lo más seguro y acertado sería decir que la cultura puede controlar y modificar la parte biológica de nuestro comportamiento, y lo hace en gran medida y de forma decisiva. Como dices tú, éste es un debate peliagudo que ha hecho correr ríos y ríos de tinta en la academia—y fuera de ella. Seguramente nunca lleguemos al final del asunto, como pasa con casi todas las cuestiones; simplemente son demasiado grandes para el ser humano.

  3. Lusbert Lusbert says:

    ¡Hola!

    En las teorías de Darwin sobre la evolución de las especies, Kropotkin señaló también que, no solo la lucha entre las especies fue un factor principal, sino que ha tenido un mayor peso la ayuda mutua como factor en la evolución en las especies. Sin embargo, para la moral capitalista, les interesa que se extrapolen las ideas de la lucha mutua que los principios del apoyo mutuo y es por ello que hacen mayor énfasis en la competencia.

    No obstante, discrepo totalmente en la diferenciación entre animal y ser humano. Pertenecemos al Reino Animal y somos mamíferos y primates. Lo que nos diferencia de las otras especies de primates es el desarrollo del cerebro, que no expresamente de la inteligencia. Al tener mayor masa cerebral, nos ha permitido procesar mayor cantidad de datos, lo que se traduce en una mayor capacidad de raciocinio y por lo tanto, nos permite tomar decisiones. Ello no significa la supresión de los instintos, sino que la razón posibilita un mayor control de dichos instintos.

    La evolución de las especies no ha seguido una línea en la cual unas especies han alcanzado un grado de desarrollo mayor que otras, poniéndose por encima, y no se puede medir por la capacidad cerebral de cada especie. En la naturaleza no existen seres superiores a otros porque la evolución ha sido ramal, es decir, que a lo largo de la historia, hubieron especies que sufrieron variaciones y salieron otras variedades que, bien se adaptaron o bien no. Por poner un ejemplo práctico, solo hay que analizar un ecosistema para ver que en ella todas las especies que la habitan lo mantiene en equilibrio y es en la interrelación de esas especies la que permite su supervivencia (hablando a nivel colectivo). No somos la cumbre de la evolución, somos otra de las muchas ramas evolutivas que partieron de un microorganismo.

    Pensar que los animales se mueven por instinto me resulta erróneo. Supongo que te habrás leído el libro de Kropotkin "El apoyo mutuo. Un factor en la evolución". Bien, pues en los primeros capítulos, cuando demuestra que entre los animales también se encuentra la práctica del apoyo mutuo, quiere decir que incluso entre los animales no humanos existen indicios de inteligencia e incluso de sentimientos (podemos observarlo claramente entre los perros, los primates y los delfines, por destacar los casos más conocidos y que ello no excluye al resto de seres vivos con cerebros más o menos desarrollados). Yo destaco principalmente el ejemplo de las aves, pues en muchas de las especies que han desarrollado una vida social, se observan que existen entre ellas un lenguaje y unos comportamientos no instintivos. En este apartado, Kropotkin destacó la inteligencia desarrollada por los papagayos, en donde explica cómo se las ingenian para saquear campos de trigo y evitar los peligros que puedan amenazar las vidas de sus congéneres. Y esto no solo ocurre en las aves, sino que pasan por los insectos como las termitas, las hormigas y las abejas; hasta los grandes mamíferos como los búfalos.

    Otro punto que me conviene señalar es que, las grandes fieras que mencionas y que llevan una vida más o menos solitaria se encuentran más amenazadas que aquellas especies que han optado por la vida en sociedad basada en el apoyo mutuo. Subestimar el resto de las especies por el hecho de no tener la razón tan desarrollada como la nuestra me parece un error garrafal e incluso contradictorio con nuestros principios libertarios si consideramos nuestra especie superior al resto que habitan en la Tierra.

    Para ir finalizando ya, pienso que tu refutación del darwinismo social se ha quedado a medias, mostrando una visión antropocéntrica y errónea, pues incluso entre los seres no humanos predominan más los valores del apoyo mutuo que de la competencia, y es por ello que las especies que más prosperaron son las que mayor grado de apoyo mutuo han desarrollado.

    Salud

    • Como tú, yo tampoco distingo entre animales y humanos. Me siento más cómodo hablando de "animales humanos" y "animales no-humanos." Tampoco creo que sea la razón, la inteligencia, y los sentimientos lo que nos distinga del resto de animales, pues estos son capaces de todas estas cosas en diferentes grados y cualidades. Yo diría que el error está en pensar que nosotres estamos mejor adaptades—o somos superiores. Como ya escribieran Varela y Maturana, el mero hecho de existir es prueba suficiente del triunfo sobre la vida; es prueba suficiente de que un organismo está lo suficientemente adaptado como para sobrevivir en un ambiente dado.

      Abrazos.

  4. Pingback: La función de la educación. | Regeneración

  5. Rose Selamort says:

    Buenas...

    Muy interesante el post. De todas formas, que el darwinismo social malinterpreta a Darwin es discutible. El propio darwinismo bebe de Adam Smith, Malthus, Spencer y Galton (el primo), todos ellos grandes racistas, es decir, Darwin fue el ideólogo que justificó desde la (supuesta) biología las depredaciones del Imperio Británico.

    Recomiendo echarle un ojo a la web de Máximo Sandín: http://www.somosbacteriasyvirus.com

    Él os lo explicará mucho mejor. Un saludo y enhorabuena por el blog, he entrado para leer sobre Corea y me he encontrado con Darwin, qué grata sorpresa. Saludos.

  6. Filo-sofía says:

    Hola!
    Primero decir que me ha parecido un post de lo más interesante, pero me gustaría subrayar como han hecho algunos otros más arriba, que esa dicotomía radical a partir de la cual separas humanos de animales, es errónea en sí misma ademas de, sin ánimo de ofender, prejuiciosa, concretamente responde a una concepción antropocéntrica que sitúa al humano en el cúlmen de la pirámide evolutiva en base a una racionalidad y autonomía humana relegando a todo animal no humano al ámbito del comportamiento mécanico e instintivo y que, de modo ulterior bebe de la visión dualista en base a la cual se construye la noción de ser humano fraguada a partir de la Modernidad y vinculada a la noción de progreso. Usualmente solemos desplazar aquellas características humanas que nos desagradan al campo de lo biológico, de lo innato, el mismo ámbito donde colocamos a los animalies no humanos y que al final nos permite establecer y justificar, y esta es su función principal, unha relación de dominación sobre ellos a partir de la consideración de nuestra superioridad racional. Sin embargo, el animal no humano es tan capaz de tener comportamientos egoistas como altruistas y de lo que desde luego no es capaz es de asesinar cruelmente o torturar, como podemos entones, vincular nuestros comportamientos más violentos al ámbito de la animalidad y de lo biologíco si no encontramos rastro de ellos en los animales no humanos?.
    La diferencia esencial que yo veo entre animales humanos y no humanos responde a la importancia que la impronta cultural tiene en nuestra constitución como seres de la especie humano, esto es, nosotros a diferencia de los demás animales nacemos con nuestro proceso ontogenético inacabado, no adiquirmos los rasgos que nos hacen humanos (bipedismo, lenguaje articulado y pensamiento simbólico) si no es a través de un proceso de socialización; los animales no humanos que también son poseedores de sistemas culturales como Franz de Waal muestra en "El simio y el aprendiz de sushi", pero cuando nacen ya vienen equipados de modo fáctico con aquellas características que los hacen miembros de una especie por lo en ellos la interacción social y la impronta cultural no es tan definitoria y definitiva. ¿Que consecuencias tiene esto? Pues bien, que los seres humanos al igual que el resto de los animales tenemos determinadas facultades como la violencia y el egoismo así como el altruimos pero en nuestro caso será el proceso de socialización y los sistemas de valores adheridos asociados a cada cultura concreta, así como los comportamientos aprobados/penados por cada sociedad en concreto, que son consecuencia de estos y que todo individuo reproduce, los que pueden minimizar o fomentar determinado tipo de conductas, y ya no tando nuestro arraigrambre a una institividad supuesta. En definitiva, lo que realmente determina al ser humano, y por tanto, tanto las conductas que se considera positivas como negativas, es la construcción cultural a la que necesariamente ha de estar expuesto y en base a la cual se va a constituir como sujeto, más bien que una supuesta naturaleza salvaje que ha de ser educada de la que los animales no humanos participarían. Así que si hemos de buscar una explicación a todos aquellos comportamientos que consideramos reprobables moralmente creo que es más fructifero centrarnos en las condiciones sociales y culturales, contextuales e individuales, que rodean el desarrollo de ese tipo de conductas bien sea a nivel colectivo o individual.

    • Radix says:

      ¡Hola! Gracias por leernos y por interesarte.

      Mientras escribía este artículo, ya era consciente de que mis palabras serían, y con razón, malinterpretadas. Si hice esta visión un poco más antropocéntrica no es porque piense que la especie humana sea el culmen de la pirámide evolutiva, ni mucho menos.

      Lo hice sencillamente porque, nos han repetido tantísimas veces que somos animales racionales, pero animales al fin y al cabo, que muchos se acaban comportando como tales, y respaldan su conducta irracional diciendo porque somos simples animales como cualquier otro.

      Simplemente lo hice por éso. "Elevar" un poco a la humanidad, porque moralmente hablando hemos tocado fondo.

      ¡Un saludo!

      • Filo-sofía says:

        Ya suponía que en el fondo estábamos de acuerdo, sin embargo, y esa era mi única intención, nunca está de más resaltar, teniendo en cuenta lo peliagudo de la cuestión, que mantener una postura que se deslice hacia el antropocentrismo supone una justificación a cualquier tipo de dominación del animal no humano. En el fondo cualquier tipo de dominación, también la del ser humano por el ser humano es justificada en base a una supuesta superioridad que bebe de un conjunto de creencias prejuiciosas por ser estas arbitrarias y carecer de fundamento y constituír una visión distorsionada del Otro (sea este quien sea) y del mundo.

        Por otra parte, me ha llamado la atención el segundo párrafo de tu respuesta. Personalmente no creo que las conductas que llevan a la decadencia moral sean irracionales, sino que más bien deriban de la desafeción, de la objetivización del otro que deja de ser sujeto para ser concebido como objeto susceptible de ser medido en base al principio moderno de la utilidad implatado por la moral burguesa. Me explico, yo considero al igual que Aristóteles, Spinoza o Hume que es la afectividad lo que está a la base de una conducta éticamente correcta, es decir, que toma en cuenta al otro, en tanto el fundamento último de comportamiento ético supone el reconocimiento del otro como sujeto y no como objeto, situándose así en la base del mismo a la empatía como facultad que habilita a este reconocimento, esto es, al final como condición de la alteridad. La empatía que tiene un fundamento corporeo estaría entonces por detrás como condición de posibilidad de la reciprocidad, y ya no tanto la racionalidad. Con esto no quiero decir, que no seamos racionales, sino más bien que nuestra razón práctica no es una razón que se constituya por oposición a una afectividad, que desde la noche de los tiempos es cifrada en terminos de irracionalidad, sino que necesariamente ha de ser una razón afectiva donde las creencias y los deseos (y esto es importante porque son estos últimos los que dirigen nuestra conducta) vengan a coincidir con lo que consideramos debe entenderse como "lo bueno", que en este sentido yo entiendo, ha de ser constituido en base a una concepción que se asemeje a la de la libertad negativa postulada por Rousseau. En definitiva, no creo que debamos apelar tanto a la definición de animal racional para concepualizarnos, la cual está basada en una concepción ontológica del ser humano que fomenta el individualismo y el aislacionismo, todo gracias a tío Hobbes; sino que, si deseamos construír una ciudadanía global y/o local que recupere el sentido de la eticidada y la responsabilidad para con el otro, deberíamos empezar a definirnos en base a una ontología relacional donde reconozcamos nuestra dependencia de los demás trayendo a primer plano nuestra condición de animales socio-afectivos y relegando a un trasfondo o directamente desterrando la tan mentada definición de animal racional que supone polarizar y dicotomizar nuestra conducta en base a una idea ficticia de racionalidad científica autónoma y al final totalpotente. La parte racional del conjunto animal racional, tal y como es concebido el binomio,es uno de los factores esenciales que se encuentra a la base de cualquier sistema de creencias que justifique la dominación, bien sea del animal humano sobre el animal humano o sobre el no humano.

        Por último me resta decir, que me he alegrado mucho de encontrar un blog como este donde se anime a la reflexión profunda en torno a temas que son verdaderamente importantes en tanto tratan de rastrear los prejuicios fundamentales en base a los cuales se cometen y justifican las mas diversas atrocidadades dándoles apariencia de sentido a la vez que portando unha pseudojustificación ética. En nombre de la recuperación del sentido de una humanidad de la que todos participamos y que debemos rescatar ¡Gracias!

  7. Guillermo says:

    ¡Buenas!
    Quería hacer una observación sobre tu último párrafo en el que afirmas preferir el altruismo al egoismo. Me ha llamado la atención porque te creía defensor de la teoría del Apoyo Mutuo de Kroptkin, y Kropotkin dice que el beneficio mutuo está en la cooperación y la RECIPROCIDAD, ya que comporta los mejores resultados a largo plazo, renunciando así a las actitudes altruistas (ya que son desinteresadas y consideran el beneficio de los demás por encima del de uno mismo) y las actitudes egoistas (ya que son interesadas y consideran el beneficio de uno mismo por encima de el de los demás). De este modo ambas generan situaciones insostenibles a largo plazo.
    Por otra parte, quería decirte que me ha gustado bastante el artículo.
    SALUD.

    • Radix says:

      ¡Hola!

      Ciertamente, no veo que el altruismo tenga que ser necesariamente a expensas de uno mismo, es decir, no veo necesariamente que se tenga que sacrificar la individualidad en beneficio de la colectividad. Habrá casos y casos.

      A pesar de todo, creo que llevas parte de razón y que a largo plazo la reciprocidad traería mejores resultados. Pero tampoco hace falta realizar una dicotomía radical entre reciprocidad y altruismo; creo que ambas pueden convivir en el mismo contexto.

      ¡Gracias por la sugerencia y por leernos, un saludo!

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