Opinión

Publicado el 11 de junio de 2014 por Colaboraciones

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El campo de batalla

A estas alturas de la escalada capitalista, cuando la mercantilización del territorio en su conjunto es un hecho, parece poco acertado plantear la lucha antidesarrollista en términos de campo y ciudad, de medio rural y medio urbano. Tales ámbitos han ido perdiendo progresivamente su singularidad y acortando diferencias hasta convertirse en lo que observamos hoy: un único espacio interconectado real y virtualmente donde la simbiosis mercado-fábrica determina la configuración física y orgánica, así como las relaciones que en él se establecen. Un ejemplo es la degradación que ha sufrido la ciudad en su tránsito desde el modelo medieval y pre-industrial hasta lo que hoy conocemos como megaurbe.

Actualmente, los procesos de gentrificación y rehabilitación de los centros históricos, unidos a la expansión sin límite de las periferias urbanas, han acabado por difuminar, si no borrar, las líneas de ese espacio humano de cohabitación y organización político-social. Lo que queda es un lugar indefinido, inabarcable, irreconocible, donde la opresión y la desidentificación se anudan a una total dependencia de la población hacia las normas institucionales y las empresas que ejercen el control. Se trata, sin duda, de un modelo totalizador que prioriza el interés de la mercancía e insensibiliza a los seres (humanos y no humanos) adecuando el comportamiento de éstos a sus necesidades. Valores como la proporcionalidad, la comunicación, la utilidad pública o la salud del entorno han sido reemplazados por la megalomanía, la atomización, la insalubridad y la lógica del máximo beneficio al menor coste. El individuo solo, inhibido y hostil, extraño de sí mismo y de cuanto le rodea, medicalizado y reprimido es la expresión máxima de este modelo: la ciudadanía moderna.

Por supuesto, no todo son grandes metrópolis impracticables. También encontramos núcleos urbanos de tamaño medio esparcidos por todo el territorio y cuyo aspecto es muy parecido al de la antigua ciudad. ¿Son acaso supervivientes, residuos de un tiempo pretérito en pleno siglo XXI? Lamentablemente, no. Una ciudad no sólo la componen sus edificios y sus calles, sino también sus habitantes y su modelo de organización. En Calibán y la bruja, Silvia Federici refiere que en la Baja Edad Media la diferencia entre pueblo y ciudad residía en que ésta estaba dotada de consideración oficial y, sobre todo, de mercado1. Es decir, no era sólo el tamaño lo que daba a un núcleo poblado la categoría de ciudad, sino la naturaleza de las relaciones que tenían lugar en él. En esta línea, es posible afirmar que, hoy día, las ciudades ―y la ciudadanía― han sido  transformadas por el sistema dominante; el resultado son versiones más grandes o más pequeñas del ámbito metropolitano o megaurbano, puesto que las relaciones entre sus habitantes ―salvo honrosas excepciones― son decididamente capitalistas o ultracapitalistas.

Sin embargo, esta realidad no es exclusiva de las megalópolis, sino que es propia del espacio urbano en general, es decir, del conjunto del territorio que sufre la reconfiguración física y política en función de la plusvalía. En esta clasificación entra, desde luego, eso que llamamos campo o medio rural, de tal manera que sería más acertado hablar de medio urbano-rural o de áreas de deslocalización urbana, por seguir con la tendencia actual del modelo productivo. Cualquiera que conozca el medio rural sabe hasta qué punto se ha convertido en parodia de sí mismo, en mero sucedáneo. Si ya en la transición del feudalismo al capitalismo se situó en el punto de mira de quienes poseían la riqueza y los medios de producción, el ataque alcanzó su punto álgido a lo largo del siglo XX —sobre todo en el franquismo—, poniendo en práctica un proceso generalizado de desprestigio y criminalización. Hoy, como resultado de aquéllo, la vida en pequeñas localidades no se concibe sin dependencia del mercado, la maquinización y el crédito; los recursos están en manos de entidades privadas o de la burocracia administrativa ―en cualquier caso, fuera del control popular―; la mecanización del sector primario y la sistemática legislación contra el interés del campesinado ha expulsado a éste de las tierras o le ha atado de pies y manos; y quienes buscan su medio de vida fuera del ámbito agropecuario se ven empujados a un sector de servicios cada vez más precarizado, a mendigar en las bolsas públicas de empleo o a aceptar jornales en condiciones que rozan la esclavitud. Mientras tanto, los ayuntamientos y sus sucesivos equipos de gobierno dedican su esfuerzo a vender los bienes comunales, fomentar la destrucción de la fisonomía tradicional y poner en riesgo el medio ambiente.

A pesar de la situación de pobreza económica y de precariedad en que el último reajuste del sistema capitalista ha dejado a miles de personas en los últimos seis años, no se ha producido un “éxodo urbano”, en contraposición al llamado “éxodo rural” de mediados del pasado siglo; por más que nos pueda sorprender, la realidad sigue hablando de una huida en sentido inverso. Aún se escucha entre quienes migran el viejo argumento de la búsqueda de “mejores condiciones de vida”, de “oportunidades de empleo”, de “nuevos horizontes”, mientras que en la otra parte, entre aquellas que se quedan, se propaga la necesidad de adoptar un estilo de vida que recorte diferencias con la ciudad. En este sentido, la publicidad ha realizado una ingente labor de propaganda: promete distinción, pero bajo su dictado la homogeneidad es la norma.

Hasta hace no tanto tiempo, en muchos pueblos ―incluso en algunas ciudades pequeñas― eran posibles una economía, una política y unas relaciones sociales acordes a las necesidades de sus habitantes y no del poder macroeconómico de los grandes capitales o del poder macropolítico del Estado. Si bien estaba muy presente la religión, el caciquismo y diversas formas de oligarquía, las personas se reconocían mtuamente bajo la opresión, establecían lazos de solidaridad y de cooperación, eran capaces de crear espacios de libertad y a veces incluso fórmulas de rebeldía; podían, de alguna forma, sentirse parte de una comunidad y de un proceso colectivo. Hoy, en cambio, el referente comunitario ha dejado literalmente de existir. La interdependencia que trenzaba el equilibrio de un pueblo, que lo unía esencialmente (más allá de disputas y rencillas) y lo hacía funcionar como organismo vivo, autónomo y sustentable ha sido sustituida por la dependencia del mercado laboral, los subsidios, las prestaciones sociales y el turismo, hasta el punto de que muchas localidades son inviables económicamente si no albergan atractivos para atraer visitantes y empresas.

Pero quienes se marchan del pueblo, atraídos por el skyline que vislumbran en el horizonte y sus supuestas bondades, no encuentran la ciudad, sino la megaurbe; son migrantes de un lado a otro del ámbito megaurbano. Hacen suya la preceptiva de la disponibilidad y se ofrecen a la maquinaria empresarial practicando ese nomadismo tan propio del discurso capitalista: del “hay que ir donde está el trabajo” hemos pasado al “hay que ir donde está el consumo”; aunque la deslocalización ha cerrado las fábricas, los productos siguen necesitando compradores. Estas migrantes del capitalismo van donde les dicen que vayan, donde creen que está la vida real —porque lo vieron en la tele, porque se lo contó un amigo—, pero ciertamente ese lugar no es la ciudad; aunque usemos tal palabra para mantener la pretendida diferencia de espacios, lo cierto es que la ciudad no existe. “Ha existido efectivamente la ciudad antigua, la ciudad medieval y la ciudad moderna; no hay ciudad metropolitana. La metrópolis requiere la síntesis de todo el territorio […] es la muerte simultánea de la ciudad y del campo” (La insurrección que viene).

Esbozado ya el carácter ubicuo del capitalismo moderno y su colonización del territorio, ¿qué hay de la lucha contra el desarrollo, cómo y dónde plantear nuestra respuesta? Creo necesario partir de esta premisa: las alternativas que planteamos deben ser entendidas como estrategias parciales y temporales que permitan cierto grado de coherencia dentro del sistema hasta su destrucción. Son medidas urgentes de supervivencia. Y también caldo de cultivo y experimentación para ese nuevo modelo que las más optimistas vislumbran ya a la vuelta de la esquina y al que han denominado poscapitalismo. Dicho lo cual, cabe señalar la dificultad de construir esas alternativas en el ámbito al que denominamos “ciudad”, incluso de resistir y adaptarse, puesto que se trata de un espacio físico tremendamente opresivo, con un nivel de tensión ambiental extremo y un coste de la vida inasumible. Del otro lado, en el “campo”, a pesar de la aparente amabilidad del medio, la inevitable fricción con el sistema subyacente genera una confrontación fatal e impide, a largo plazo, la consecución de un proyecto alternativo no basado en el régimen de propiedad y en la producción de bienes o servicios de consumo, sobre todo si se carece de redes de apoyo (lo que cada vez es más habitual). Quizá la subsistencia resulte más cómoda, menos violenta y estresante, que permita un estilo de vida más satisfactorio, pero estará, en todo caso, lejos de constituir una resistencia eficaz contra el sistema y, más aún, de generar una alternativa a éste. No existe un afuera incontaminado de capitalismo, y, por más voluntad que le pongamos, la experiencia en este sentido nos habla de continuos fracasos.

Así las cosas, no debiéramos hablar de campo y ciudad como espacios de resistencia y construcción de alternativas, respectivamente, sino como el doble reflejo de una misma cara: la cara de la opresión capitalista. Si la vida en la ciudad se perfila como pugna desesperada, el horizonte rural no es mucho más alentador. Ambos medios, por tanto, requieren de la confluencia de las prácticas de lucha, del proceso destructivo y constructivo necesario para lograr la transformación, y es urgente comprender que tal objetivo sólo se alcanzará mediante la solidaridad y el empuje común. El éxodo urbano es negación de la megaurbe, pero también es creación del tejido capaz de reapropiarse del territorio y recuperar la autonomía en las ciudades, en los pueblos y en todas partes. Entender, pues, que sólo hay un frente de lucha —contra el capital y su modelo de desarrollo depredador y deshumanizador— es primordial para construir el mundo nuevo.

Juako Escaso

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