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Publicado el 18 de septiembre de 2012 por Colaboraciones

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El poder en la anarquía

Para muchas anarquistas las cuestiones acerca del poder son abordadas desde la oposición al concepto, considerando una característica del libertarismo la ausencia de poder –que es muy parecido a otorgar a cada persona el mismo grado de autoridad-. No obstante, ¿se está realizando esta declaración desde la comprensión científica del término? Nos aproximaremos a la teoría del poder para defender la compatibilidad del mismo con la anarquía.

Macropoder: el poder negativo

Si atendemos a la perspectiva clásica del poder, filosóficamente no hay acuerdo acerca de su necesidad humana. En la línea hobbesiana del egoísmo (2002), Robert Greene nos coloca frente a lo “insoportable” de “la sensación de no tener poder sobre la gente y los acontecimientos”, concluyendo que todos somos lobos para el hombre ya que “nadie quiere menos poder, todo el mundo quiere más”, y para conseguirlo nos ofrece un catálogo de conductas alejadas de toda solidaridad (2009). Esto no deja posibilidad alguna al contrato social (Rousseau, 2007) o a las ideas libertarias, según las cuales el bien común puede y debe anteponerse al individual. No obstante, sea individual o colectivo, la idea de poder subyace en el fondo de este debate no resuelto.

Esta noción de poder nos remite, además, a la obligatoriedad de que sea ejercido por las instituciones tradicionales, esto es, un príncipe comprometido con el Estado (Maquiavelo, 2006) o la maquinaria burocrática del Estado (Weber, 1998). Este poder, además, es violento (Tolstoi, 2005), y tiende a la autoconservación y a la expansión (Pineda Cachero, 2007:103-104), es decir, se dota de los mecanismos necesarios para su supervivencia y para administrar cada vez más terrenos, por lo que no ha lugar a ceder soberanía:

“Quien ostenta una vez el poder en las manos no se dejará imponer leyes por el pueblo” (Kant, 2011:75).

Micropoder: el poder positivo

No obstante, esta concepción negativa del poder es muy limitada, puesto que se basa fundamentalmente en la violencia física, en la represión palpable o en la burda alienación del mecanismo estatal. La intención de diseño de un sistema de poder más totalizante y menos evidente es algo sobre lo que Bentham ya reflexionó a la hora de diseñar su sistema penitenciario:

“Si se hallara un medio de hacerse dueño de todo lo que puede suceder a un cierto número de hombres, de disponer todo lo que les rodea, de modo que hiciese en ellos la impresión que se quiere producir, de asegurarse de sus acciones, de sus conexiones, y de todas las circunstancias de su vida, de manera que nada pudiera ignorarse, ni contrariar el efecto deseado, no se puede dudar que un instrumento de esta especie, sería un instrumento muy enérgico y muy útil que los gobiernos podrían aplicar a diferentes objetos de la mayor importancia” (1989:33).

Bentham resume clarividentemente esta idea de vigilancia total al afirmar que “estar incesantemente a la vista de un inspector, es perder en efecto el poder de hacer mal, y casi el pensamiento de intentarlo” (1989:37), por lo que de esta manera se estarían controlando no sólo los actos, sino también las opiniones susceptibles de ser vertidas por la población. ¿Es posible, entonces, la existencia de un poder más allá de los límites del Estado y el gobierno?

“La teoría del Estado, el análisis tradicional de los aparatos del Estado, no agotan sin duda el campo de ejercicio y funcionamiento del poder. Actualmente éste es el gran desconocido: ¿quién ejerce el poder?, ¿dónde lo ejerce? Actualmente, sabemos aproximadamente quién explota, hacia dónde va el beneficio, por qué manos pasa y dónde se vuelve a invertir, mientras que el poder… Sabemos perfectamente que no son los gobernantes quienes detentan el poder. Sin embargo, la noción de clase dirigente no está ni muy clara ni muy elaborada (…) Asimismo, sería preciso saber hasta dónde se ejerce el poder, mediante qué relevos y hasta qué instancias, a menudo ínfimas, de jerarquía, control, vigilancia, prohibiciones, coacciones. En todo lugar donde hay poder, el poder se ejerce (…) no sabemos quién lo tiene exactamente, pero sabemos quién no lo tiene” (Foucault, 1988:15).

Pineda Cachero, quien también se asoma y aproxima al poder, responde a la pregunta planteada por Foucault de manera descriptiva, explicando que el poder lo detenta “una entidad organizada, ya sea unipersonal o colectiva” (2007:108), y no de forma sustantiva. Esta indefinición sobre el origen y autoría del poder será fruto de una de las preguntas que quedará sin resolver, pero que asimismo refleja su propia naturaleza. Para el filósofo francés, al menos, parece claro que “el poder no está localizado en el aparato del Estado” puesto que existen “mecanismos de poder que funcionan fuera de los aparatos del Estado” (1991:108), lo cuál no significa que, automáticamente, el Estado haya perdido su importancia dentro de la arquitectura del poder:

“No tengo ninguna intención de disminuir la importancia y eficacia del poder de Estado. Creo simplemente que al insistir demasiado en su papel, y en su papel exclusivo, se corre el riesgo de no tener en cuenta todos los mecanismos y efectos de poder que no pasan directamente por él” (Foucault, 1991:119-120).

Si existe poder fuera del Estado, ¿puede la anarquía ser un poder?; prosigamos.  Este poder, que “no es una institución ni una estructura, o cierta fuerza con la que están investidas determinadas personas; es el nombre dado a una compleja relación estratégica en una sociedad dada” (Foucault en Acanda, 2000:11) y cuyo “funcionamiento es microscópico, capilar” (Foucault, 1991:89), es un poder cuya principal diferencia con el definido por la concepción clásica, es ser más productor que censor.

“Lo que hace que el poder se sostenga, que sea aceptado, es sencillamente que no pesa sólo como potencia que dice no, sino que cala de hecho, produce cosas, induce placer, forma saber, produce discursos; hay que considerarlo como una red productiva que pasa a través de todo el cuerpo social en lugar de como una instancia negativa que tiene por función reprimir” (Foucault, 1981:137).

Poder: ¿destrucción o producción?

Acordar la necesidad o no de la represión es una de las tareas pendientes del anarquismo, por lo que reconocer el poder como algo positivo o negativo –liberador o represor, represor del mal o represor del bien- es labor importante. Para autores como Manuel Castells, el poder “es siempre el poder de hacer algo contra alguien, o contra los valores e intereses de ese alguien que están consagrados en los aparatos que dirigen y organizan la vida social” (2011:37),es decir, es siempre autoridad y, por tanto, represión. No obstante, Van Dijk considera el poder como algo que puede emplearse de manera beneficiosa: “Es evidente y sabido por todos que el poder puede emplearse en muchos propósitos inocuos o positivos, como cuando los padres o los maestros educan a los niños, los medios nos informan, los políticos nos gobiernan, la policía nos protege y los médicos nos curan, cada uno con sus propios recursos especiales” (2009:41).

El poder, que “significa la probabilidad de imponer la propia voluntad, dentro de una relación social, aun contra toda resistencia y cualquiera que sea el fundamento de esa probabilidad” (Weber, 2005:43) puede producir saberes, construir:

“El poder se construye conformando la toma de decisiones, por coacción o por construcción del significado, o por ambos a la vez” (Castells, 2011:257)

De hecho, si el poder descansase sólo en la figura de la represión más palpable, la de las balas y las porras, éste sería un poder fácilmente subvertible:

“Si el poder no tuviese por función más que reprimir, si no trabajase más que según el modo de la censura, de la exclusión, de los obstáculos, de la represión, a la manera de un gran superego, si no se ejerciese más que de una forma negativa, sería muy frágil. Si es fuerte, es debido a que produce efectos positivos a nivel del deseo –esto, comienza a saberse- y también a nivel del saber. El poder, lejos de estorbar al saber, lo produce” (Foucault, 1991:106-107).

Tanto es así, que “no es posible que el poder se ejerza sin el saber” (Foucault, 1991:100):

“Cuanto mayor es el papel de la construcción de significado en nombre de intereses y valores específicos a la hora de afirmar el poder de una relación, menos necesidad hay de recurrir a la violencia (legítima o no)” (Castells, 2011:35).

Además de ser un poder anónimo y constructivo, es, también, múltiple y difusa su dominación:

“Y por dominación no entiendo el hecho mazico [sic] de una dominación global de uno sobre los otros, o de un grupo sobre otro, sino las múltiples formas de dominación que pueden ejercerse en el interior de la sociedad. Y por tanto, no el rey en su posición central sino los sujetos en sus relaciones recíprocas; no la soberanía en su edificio específico, sino los múltiples sometimientos, las múltiples sujeciones, las múltiples obligaciones que tienen lugar y funcionan dentro del cuerpo social” (Foucault, 1991:142).

Este, en añadidura, no es un poder poseído, sino ejercido, algo en lo que coinciden Foucault (1991:135) y Castells (2011:39), a pesar de que Lukes considere esta perspectiva como incursa en la “falacia del ejercicio” (Lukes, 2007:130). El ejercicio del poder es realizado de manera reticular, en cadena, por lo que puede afirmarse que es relacional y no individual:

“El poder tiene que ser analizado como algo que circula, o más bien, como algo que no funciona sino en cadena. No está nunca localizado aquí o allí, no está nunca en las manos de algunos, no es un atributo como la riqueza o un bien. El poder funciona, se ejercita a través de una organización reticular. Y en sus redes no sólo circulan los individuos, sino que además están siempre en situación de sufrir o de ejercitar ese poder, no son nunca el blanco inerte o consistente del poder ni son siempre elementos de conexión” (Foucault, 1991:144).

Poder y discurso

Una de las principales armas de la propaganda anarquista es su retórica, puesto que a través del convencimiento y la concienciación es que esta ideología toma sentido y se hegemoniza. Es por ello por lo que es de vital importancia entender que el poder, además de poseer “su propio discurso”, tiene la potestad para ejercer su dominio sobre los de los demás. Para conseguir ocultar los discursos alternativos o rivales, el poder emplea, entre otras herramientas, el control del contexto:

“(…) defino esencialmente el poder social atendiendo al control, es decir, al control que ejerce un grupo sobre otros grupos y sus miembros (…) Si entre las acciones se cuentan las que son comunicativas, es decir, el discurso, estamos más específicamente ante el control ejercido sobre el discurso de los otros” (Van Dijk, 2009:30).

La importancia que tiene para el poder controlar los discursos, la comunicación, algo que Castell considera fundamental al asegurar que “el poder se basa en el control de la comunicación y de la información”, a pesar de que éste sea algo más que comunicación y la comunicación sea algo más que poder (2011:23), radica en que puede significar su intervención sobre la mente y sobre las opiniones de los individuos:

“El control no sólo se ejerce sobre el discurso entendido como práctica social, sino que también se aplica a las mentes de los sujetos controlados, es decir, a su conocimiento, a sus opiniones, sus actitudes y sus ideologías, así como a otras representaciones personales y sociales (…) Quienes controlan el discurso pueden controlar indirectamente las mentes de la gente” (Van Dijk, 2009:30).

No obstante, aunque sea una cuestión fundamental tanto a nivel científico como a nivel táctico para el poder, no existe unanimidad entre los teóricos de la propaganda al respecto de si es indispensable llegar o no a este estadio. Por su parte, Lasswell, admite que “durante el período de guerra” se concretó que “la movilización de los hombres y de los medios no era suficiente”, puesto que se hizo necesario “movilizar la opinión” (en Mattelart, 1993:87). Opuesta a esta apreciación se encuentra la obra de Jacques Ellul, para quien “the aim of modern propaganda is no longer to modify ideas, but to provoke action. It is no longer to change adherence to a doctrine, but to make the individual cling irrationally to a process of action” (1965:25)

Construcción del consenso

Si damos por válida la concepción positiva del poder, esta es, al margen de autoridades institucionales y censoras, así como la necesidad de ganarse el corazón y las mentes de los subordinados a este poder para que triunfe, la compatibilidad con el anarquismo es más que plausible. No obstante, ¿ello significa que bajo el poder no puedan existir rebeldes? ¿cómo se genera el consenso deseable para que el poder no sea meramente represor?

Entendemos el consenso como la aceptación, activa o pasiva, de la dominación del poder, siendo para éste uno de los pilares básicos de su ser y existencia. Es, por tanto, a través del consenso que el poder se siente legitimado frente a la sociedad, algo que a nivel táctico le es útil para anular acciones de los poderes alternativos. El consenso es, de esta manera, consentimiento:

“Por ese motivo el proceso de legitimación, el núcleo de la teoría política de Habermas, es la clave para permitir al estado estabilizar el ejercicio de su dominación (…) La legitimación depende en gran medida del consentimiento obtenido mediante la construcción de significado compartido” (Castells, 2011:35-36).

Deben de ser tanto la sociedad política como, sobre todo, la sociedad civil, las que mantengan el statu quo y legitimen el poder con su consentimiento, sea cual sea la naturaleza represiva del mismo y la frecuencia con que utilice la violencia evidente.

“El ejercicio normal de la hegemonía en el terreno que ya se ha hecho clásico del régimen parlamentario, está caracterizado por una combinación de la fuerza y del consenso que se equilibran, sin que la fuerza supere demasiado al consenso, sino que más bien aparezca apoyada por el consenso de la mayoría expresado por los llamados órganos de la opinión pública” (Gramsci, 1985:124).

Es así que el poder se mantiene no sólo gracias a la coacción, sino también al consenso, a la compartición de imaginarios sociales (Rodríguez Prieto y Seco Martínez, 2007:6); sólo entonces podría desarrollarse la hegemonía del sistema.

Para ilustrar esta idea, Gramsci buscó ejemplos históricos y halló el modo por el que, durante la Revolución Francesa, la cuestión nacional que dividía a girondinos (federalistas) y jacobinos se resolvió favorable a éstos últimos, quienes controlaban París, y el papel que en ello tuvo el respaldo a la burguesía capitalina por parte del campesinado:

“La provincia aceptaba la hegemonía de París, esto es, los rurales comprendían que sus intereses estaban ligados a los de la burguesía” (Gramsci, 1985:117).

Para lograr que la burguesía, el proletariado y el campesinado aceptasen y comprendiesen que sus intereses han de ser comunes –o así lo pretende el poder para alcanzar la hegemonía-, se hace necesario, también, que la clase dominante entienda y ceda cierta soberanía, aunque sea de manera aparente (por ejemplo, a través de elecciones parlamentarias):

“El hecho de la hegemonía presupone tener en cuenta los intereses y la formación de un cierto equilibrio, es decir, que el agrupamiento hegemónico hace sacrificios de orden económico-corporativo, pero estos sacrificios no pueden afectar a lo esencial, porque la hegemonía es política pero también y especialmente económica, tiene su base material en la función decisiva que el agrupamiento hegemónico ejerce sobre el núcleo decisivo de la actividad económica” (Gramsci, 1981:173).

De hecho, la dominación económica es vital para la hegemonía, puesto que ésta descansa también en lo cultural. Alcanzar la hegemonía cultural es mucho más efectivo que el simple dominio (Rodríguez Prieto y Seco Martínez, 2007:3), y para lograrlo, es central el control de la producción económica. Gramsci vuelve a revisar la historia para realizar tal silogismo:

“Precisamente hasta el XVI Florencia ejerce la hegemonía cultural, porque ejerce una hegemonía económica” (Gramsci, 1985:145).

Gramsci también se ocupó del papel de los intelectuales en la construcción del consenso, como parte fundamental de la producción de la industria cultural. Mattelart lo explica así:

“A través del concepto de hegemonía, el marxista italiano señalaba que no bastaba con apoderarse del Estado y cambiar la estructura económica para transformar el orden antiguo; que en las sociedades democráticas, la cultura era un campo donde el consenso se construía a diario y que los intelectuales, mediadores modernos, jugaban un papel esencial en esa construcción” (1993:100).

Como podrá haberse advertido, la propaganda es fundamental en la construcción del consenso y, por tanto, también lo es la ideología transmitida, a pesar de que ésta sea entendida por algunos autores como un mero pretexto, dada la volatilidad con la que el poder es capaz de transmitir discursos ideológicamente incoherentes en función de cada coyuntura:

“La ideología dominante cumple con una función práctica: confiere al sistema cierta coherencia y unidad relativa. Al penetrar en las diversas esferas de la actividad individual y colectiva, cimenta y unifica (según palabras de Gramsci) el edificio social. Dotándolo de consistencia permite a los individuos insertarse, de manera natural, en sus actividades prácticas dentro del sistema y participar así en la reproducción del aparato de dominio, sin saber que se trata de la dominación de una clase y de su propia explotación” (Mattelart, 1986:32).

Es la hegemonía, por tanto, algo mucho mayor que el propio poder político, que el propio poder clásico institucionalizado y representado en la figura del Estado y de sus aparatos de represión. De esta manera, puede engarzarse el concepto de poder de Foucault que anteriormente hemos comentado con la idea de hegemonía gramsciana: ambos atañen a una significación relacional, expresada de múltiples formas. De hecho, Gramsci propone su propia diferencia entre el dominio y la hegemonía:

“Gramsci distingue entre dominio y hegemonía, entiendo al primero expresado en formas directamente políticas, que en tiempos de crisis se tornan coercitivas; y al segundo como una expresión de la dominación, pero desde un complejo entrecruzamiento de fuerzas políticas, sociales y culturales que constituyen sus elementos necesarios” (Hernández en Escobar Domínguez, 2011:19).

De esta manera, en torno al consenso anarquista, a la dominación anarquista de las relaciones económicas y culturales, puede construirse un poder libertador, positivo y creador manifestado en la propia dinámica libertaria y en cada pequeño paso que sirva para edificar la anarquía. En definitiva, un poder anarquista, o lo que es lo mismo, podemos afirmar que la anarquía es también un poder –y no un antipoder-.

Adrián Tarín

Bibliografía

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-ESCOBAR DOMÍNGUEZ, Cristina (2011). Obama y Cuba, la fruta que no maduró. Un análisis del tratamiento comunicativo dado por la administración Obama al tema Cuba durante los dos primeros años de estancia en la Casa Blanca. Universidad de La Habana. La Habana.

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-GRAMSCI, Antonio (1981). Cuadernos de la cárcel. Tomo 2 de la Edición crítica del Instituto Gramsci. Editorial Era. México.

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-PINEDA CACHERO, Antonio (2007). Elementos para una teoría comunicacional de la propaganda. Alfar. Sevilla.

-RODRÍGUEZ PRIETO, Rafael y SECO MARTÍNEZ, José María (2007). “Hegemonía y democracia en el S. XXI: ¿Por qué Gramsci?”. Cuadernos electrónicos de filosofía del derecho, nº 15/2007. Textos de las XXI Jornadas de la Sociedad Española de Filosofía Jurídica y Política ‘Problemas actuales de la Filosofía del Derecho’. Universidad de Alcalá. Madrid.

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-TOLSTOI, León (2005). El poder. L’Eixam Edicions. Valencia.

-VAN DIJK, Teun A. (2009). Discurso y poder. Gedisa Editorial. Barcelona.

-WEBER, Max (1998). El político y el científico. Alianza Editorial. Madrid.

-WEBER, Max (2005). Economía y sociedad. Fondo de Cultura Económica. México.

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48 Respuestas para El poder en la anarquía

  1. Nemo Nemo says:

    Buenísimo. Chapó, en serio.
    Excelente trabajo sobre un tema que trae muchas confunsiones al respecto y es que el anarquismo no está en contra del poder en sí, sino de unas formas muy específicas de poder. Un artículo muy pero que muy necesario.
    Solo una cuestión, en las citas implícitas en el texto es mejor que hagas referencia a las que colocas al final mediante un número, pues son ediciones a posteriori y queda un poco raro citar, por ejemplo, escritos de Maquiavelo de 2006. Abajo queda más claro, porque lo que es de 2006 es la edición, no el escrito.

    • Gracias por la felicitación, anima a seguir.
      Sobre lo que apuntas, realmente las citaciones se hacen de esta manera. Se coloca el año de edición en la cita porque el texto literal puede cambiar según la edición. Una misma frase de un mismo autor puede aparecer, aunque parezca sorprendente, de dos formas distintas según quien la publique. La costumbre de poner en la cita el nombre y el año en que se dijo la frase suele emplearse, más bien, para citas orales (discursos y cosas así).
      Salud!

  2. tierrarevuelta says:

    Simplemente comentar que estoy cansadísimo de discutir sobre el poder, sobre todo porque es un tema que frecuente es instalado por las corrientes autoritarias del pensamiento revolucionario para llegar a conclusiones que les interesa a ellos, les encanta debatir en torno a un término que en si mismo no es bueno ni malo,de acuerdo, pero que en la construcción política de pensamiento en Sudamérica corresponde como consigna a la tradición Marxista Leninista.

    • Precisamente este artículo pretende manifestar la malinterpretación que dan los sistemas autoritarios, sean revolucionarios o reaccionarios, al término poder, puesto que este es compatible con el anarquismo (o, mejor dicho, el anarquismo también es un poder, sólo que idealmente necesita más consenso que coacción, lo que le diferencia de otros sistemas). En mi opinión, hay que reivindicar lo que 'nos pertenece' y hacer pedagogía.
      Un saludo.

      • tierrarevuelta says:

        Entiendo. Pues no estoy de acuerdo en reivindicar el poder como consigna política para el anarquismo. Si hablamos de política, el poder en el imaginario social se entiende como poder político, es decir, gobierno, dominación, Estado, y construir poder, o “poder popular” como dicen los marxistas leninistas, se entiende como la toma del poder del Estado. Salut

  3. Por fin saqué tiempo para terminar de leer el artículo. ¡Excelente! ¡Y muy interesante! Por fortuna he leído casi toda la bibliografía que has usado, por lo que me ha servido para refrescar "viejas cosas" que tenía almacenadas en mi memoria.

    Me gustaría seguir con el debate, y para ello quiero plantear una distinción que se viene haciendo en la teoría política liberal desde hace mucho tiempo:

    1) Por un lado tenemos poder, que sería la posibilidad de ejercer sobre otras personas nuestros deseos, imponiendo nuestras posturas de forma coactiva.

    2) Por otro lado tenemos autoridad, la cual es definida como "el poder legítimo," es decir, aquel poder que es reconocido por el resto de personas y, por lo tanto, no es impuesto a la fuerza.

    Lejos de ser perfectas estas definiciones, creo que sientan las bases para el debate sobre anarquismo-poder-autoridad, ¿no creéis? Además, podríamos afirmar sin mucha dificultad, bajando desde la abstracción filosófica del anarquismo a la praxis libertaria que "poder" y "autoridad" siempre existirán en la relaciones humanas. Pongo un ejemplo:

    "Imaginemos un grupo de amigos que están hablando sobre batidos de chocolate. Uno de ellos tiene un padre lechero, y otro tiene una familia que lleva muchos años con un negocio de chocolate. En este caso, estas dos personas pueden disfrutar de más autoridad si el resto del grupo así lo admite, cosa que normalmente pasa cuando se identifica un mayor grado de conocimiento en un tema concreto. Ahora, el poder vendría dado de forma implícita pero no necesariamente se tiene que dar, porque estas personas "expertas" en batidos de chocolate no tienen por qué imponer su conocimiento sobre leche y chocolate."

    Tal vez el anarquismo tenga que trabajar en esta línea que propongo en mi ejemplo: el poder y la autoridad van a estar siempre ahí, pero se pueden limitar/controlar o, si se quiere, se pueden democratizar. ¿Qué opináis a este respecto?

    Abrazos.

    • De hecho, al igual que con el poder, siempre quise escribir algún ensayo sobre la autoridad y sobre cómo el anarquismo también convive con ella. Sobre todo, analizar la distinción (necesaria) entre autoridad impuesta y autoridad concedida, amén de estudiar esos mecanismos de concesión (no es lo mismo conceder una autoridad mediante un sufragio que la que se le concede, como dices, a un maestro o experto). Sería un tema interesante, lo mismo en algún momento me animo, aunque ahora tengo en mente otra cosilla.

  4. Anarquimedes says:

    Viendo la separación e incluso odio entre las diversas organizaciones que se consideran, anarcosindicalistas, creo que muchos de los militantes de dichas organizaciones no tienen muy claro, ni lo que es el poder, ni la autoridad, ni incluso la libertad.
    A mi personalmente me gusta esto que añadi en mi blog:
    Yo no quiero ser gobernado.
    http://tejodeneneltrabajo.blogspot.com.es/2010/06/yo-no-quiero-ser-gobernado.html

  5. AyMiCabeza says:

    Saludos...
    La cuestión me parece muy interesante. La recopilación de citas evangélicas: confusa, inconclusa y miope. Compañero, no entiendo que no haya ni un autor anarquista en tu bibliografía. ¿Es que la reflexión que las autoras anarquistas han hecho sobre el poder no te resulta lo suficientemente científica o es que intentas dar respuesta a la cuestión anarquista desde una cosmovisión científico-materialista-marxista?

    Me he decidido a escribir este comentario porque hace tiempo que no leo una cosa tan pretenciosa y a la vez insustancial. Tu cuestión se resume a si el poder es antes o después que el estado, como si el huevo es antes o después que la gallina. Tu conclusión es que como unos sociologos y lingüistas socialdemócratas y marxistas afirman que hay un poder más allá del Estado, entonces el anarquismo y sus formas de poder tienen fundamento científico.

    Te propongo que sigas leyendo y hasta que no tengas nada interesante que decir...
    salud, sigue trabajando...

    • Me parece un comentario demasiado severo, pero lo acepto. Podrías ilustrarnos con autores anarquistas que se ocupen seriamente del poder.

      Lo que sí me parece fuera de lugar es la penúltima frase. Tampoco tu comentario ha aportado nada más que un desacuerdo.

      No obstante, lo dicho, no tengo intención de despreciar ninguna lectura y de hecho me parece interesante tratar de leer los textos que me recomiendes.

    • Lo cierto y verdad es que lo más pretencioso e insustancial de este hilo es tu comentario (lo digo sin ningún tipo de acritud). No solamente intentas reducir el núcleo de este artículo mediante una supuesta crítica al marxismo, sino que apoyas tu crítica principal en supuestos infundados, lo que hace que piense que o bien nos has intentado "engañar" con un comentario supuestamente ingenioso, o realmente careces de comprensión a la hora de leer.

      Pero vamos por partes:

      1) Argumentas que el texto repudia las citas anarquistas. Sinceramente, no sé de dónde sacas esto. Por el mero hecho de que no haya ninguna cita anarquista no significa que el texto ni su autor rechacen la teoría de autores anarquistas.

      2) Sigues con la crítica débil de "el marxismo es científico, ergo burgués." Honestamente creo que las personas que defienden esto o bien no han leído en su vida a Marx y compañía, o lo han intentado y no han entendido ni papa.

      3) El anarquismo, en su gran mayoría de expresiones, es materialista. Tú lo niegas implícitamente en tu comentario-crítica. Error, error. Y te cito: "Te propongo que sigas leyendo . . ."

      4) El poder tiene fundamento científico. Es más, sabemos más de la opresión capitalista y de sus dinámicas denigrantes debido al estudio científico de la sociedad y sus distintas esferas. Es más, que tú y yo estemos escribiendo sobre teoría política se lo debemos a "científicos sociales ilustrados" (con todos los calificativos negativos que quieras).

      4.1) Pero no solamente tiene fundamento científico, sino que además se le reviste de fundamento ético desde un terreno más filosófico (metafísico, si se quiere).

      Sinceramente, no se critica si no se va a aportar algo. Acusas de insustancial a este artículo, pero tu crítica es entonces doblemente insustancial.

      Espero que nada de mi comentario se entienda como una respuesta "a la defensiva." Creo que todes somos mayorcites como para debatir con seriedad, lo que significa que las críticas no se callan por duras que sean, y que nada se toma como personal sino como formal.

      Abrazos libertarios.

  6. tierrarevuelta says:

    Respeto sus visiones, pero no las comparto en absoluto. Sus conclusiones en torno al poder no hacen otra cosa que favorecer las categorías del pensamiento del comunismo científico, autoritario, estatista o como prefiráis llamarlo. No comparto las formas de AymiCabeza pero sí el fondo. Claro que el anarquismo es materialista, faltaría más, deseamos destruir toda forma de poder: acabar con la dominación, abolir el Estado. etc etc Pero el anarquismo no es científico-materialista-marxista. ¡Claro que no! Ahora si ustedes me dicen que si (argumentos siempre hay para todo) pues lo respetaré pero estamos hablando de dos cosas absolutamente distintas y diametralmente opuestas. El anarquismo es el comunismo libertario no el comunismo científico, no nos confundamos. (ya dije en un comentario de más arriba que estoy cansado de discutir sobre el poder porque siempre es puesto el tema sobre la mesa por corrientes autoritarias y me queda claro que esta vez no ha sido la excepción) Salut y Anarquía.

    • Saludos.

      No se pretende dar una visión estatista del poder. Precisamente todo lo contrario. Lo que se pretende es exponer que existe poder fuera del Estado.

      Si damos por válidas -hasta el momento yo la doy- las concepciones acerca de la hegemonía que propone Gramsci, a pesar de ser marxista-leninista, podemos entender que es eso precisamente lo que busca el sistema anarquista (y cualquier otro): ser hegemónico. La anarquía, según creo, no podría sobrevivir si no es hegemónica, si no es compartida por quienes vivan bajo ella. Y a diferencia de los sistemas autoritarios, esta hegemonía creo que debe descansar más en el consenso (la aceptación) que en la coacción (leyes, policías, jueces). Y si pensamos que esto es así, que la anarquía busca ser hegemónica, entonces estamos aceptando que la anarquía es un poder, y que lo que quiere ser es un poder hegemónico. Porque el poder no sólo es sometimiento autoritario, también hay un poder constructivo. Existe, por ejemplo, una relación de poder entre el maestro y el alumno (y viceversa) que puede ser positiva desde la pedagogía libertaria.

      Lo que vengo a tratar de argumentar es que en un sistema anarquista el poder es la anarquía, y todo lo que esté fuera de ella (los posibles disidentes) se encuentran sometidos a ese poder, sólo que desde un punto de vista libertario y no autoritario (es decir, tendrán que buscar otras asociaciones de creadores libres u otras formas de coexistencia, en lugar de dar con sus huesos en la cárcel o caer en la exclusión).

      • tierrarevuelta says:

        Comprendo y respeto tu visión académica desde las ciencias sociales como dices en el comentario de Portaloaca..Bien, yo te hablo desde el anarquismo militante no académico y toda tu conclusión académica nos jode toda la propaganda que venimos haciendo durante muchos años, te agarras categorías autoritarias, vale me dices que no eres o no pretendes ser autoritario, ¡pero son conclusiones de los autoritarios de todos modos! ¡de la socialdemocracia y de los que deseas instaurar la dictadura del proletariado! Salut …

        • Un último matiz (bueno, no tiene por qué ser el último si el debate continúa): no creo ni que mi intención sea joder la propaganda ni que el resultado sea el mismo. El objetivo del artículo es remarcar que existen diversas formas de poder, muchas de ellas autoritarias y otras que no lo son. De intentar utilizar categorías autoritarias, trataría como las mismas sólo las que provienen de los antagonismos de clase. Sin embargo, se considera en el artículo tanto al Estado como al Príncipe (o líder o vanguardia) formas de poder autoritarias, mientras que antiautoritarias a aquellas formas de poder que puedan darse en el sistema anarquista.
          Un saludo!

    • Gracias tierrarevuelta por tus aportaciones, siempre está muy bien profundizar en el debate y escuchar (leer) a todo tipo de personas.

      Comparto contigo que el anarquismo no es marxista, esto está claro, pero sí que es (como tú dices) materialista, y yo diría que también ha de ser científico. No veo nada malo en que el anarquismo sea científico: el estudio riguroso de la sociedad y sus dinámicas solamente se puede alcanzar mediante el método científico (o así pienso yo). Estudiar científicamente la sociedad no es nada más que ir más allá de lo evidente: no tiene porque ser algo elitista o exclusivo. Al contrario, en mi disciplina (la sociología) existen muchas personas haciendo sociología radical, que no es otra cosa que estudiar ciertos temas con la clara intención de cambiar lo que se estudia (tal como dijo Marx, jeje).

      Tampoco veo tan clara la crítica sobre el poder: el análisis de Gramsci, sea marxista o no, es útil y muy interesante, y por lo tanto creo que es sujeto de ser incorporado al corpus teórico del anarquismo (aunque no necesariamente).

      Personalmente pienso que el anarquismo como movimiento se beneficiaría enormemente si una nueva hornada de académicos dieran un empujón al asunto. La universidad no es una torre de marfil inexorable, aunque gran parte del tiempo lo es, eso es cierto. Pero también existen espacios radicales dentro de la academia que son, sin duda, un gran motor de cambio social.

      Por último, tierrarevuelta: ¿nos recomendarías algún libro/texto/escrito sobre el cientificismo y el anarquismo? Algo que a ti personalmente te guste. O tal vez quieras escribir un artículo sobre el tema y lo publicamos aquí, ¿te parece?

      Abrazos libertarios.

      • tierrarevuelta says:

        Algún día escribiré un artículo sobre el poder, pero sabes, prefiero de momento no darle difusión a ese tema, porque es un tema que divide mucho y al menos en mi región ha creado mucha tensión en el seno del movimiento libertario y no para bien. Además soy lento para escribir y también para leer. De momento, mi definición personal es Poder= dominación, Estado. Al "poder" obrero del anarquismo no le llamo Poder (aunque en rigor obviamente es poder pero no lo llamo así para q no se caiga toda la lógica de cientos de artículos desde el anarquismo contra el poder como dominación) a la construcción de la sociedad anarquista le llamo autogestión política y económica( como una unidad, es decir sin burocracias) y al proceso que construya eso, revolución social o concretización de la autogestión, nunca toma del poder ni construir poder popular, porque la construcción de poder popular corresponde al lenguaje de la tradición del pensamiento marxista-leninista donde se “invita” al proletariado a la tomar el Estado burgués, aunque no le llamen así en lo concreto harán eso, reproducir la sociedad burguesa desde otra perspectiva.

        La revista anarquista Tierra y Tempesta en su último número le dedica un artículo al tema del Poder http://laturbaediciones.files.wordpress.com/2010/03/14w3.pdf

        Salut

  7. Kronstadter says:

    ¡Buenas! Con vuestro permiso, voy a aportar mi granito de arena a estas cuestiones.

    En primer lugar, gracias y enhorabuena por la publicación y por este artículo. A los que estamos en formación nos surtís de referentes y de ideas con las que elaborar a través de la crítica nuestras propias posiciones.

    Entrando en materia, voy a defender que el anarquismo es en sí científico y no puede ser de otra manera, y que debe ser extremadamente cauteloso con "la autoridad de los expertos" y "el poder usado para el bien común", para acabar recomendando una lectura que sólo roza levemente el anarquismo y ni siquiera es filosófica ni política.

    Sobre la ciencia, recordar a todo el mundo que el anarquismo arranca de premisas cuyo carácter que no sabría decir si es moral o ético (según mi visión éstas serían, que la dominación de cualquier índole de unas personas sobre otras es indeseable y que es deseable que todas las personas concurran a la formación de las sociedades en un régimen compatible con la primera premisa), pero rápidamente se encuentra con la necesidad de definirse antidogmático, precisamente para prevenir la dominación por ideas falaces preconcebidas o directamente difundidas con mala intención. Esto hace que cualquier idea deba ser sometida al juicio individual por la razón y contrastada con la realidad tan objetivamente como sea posible. Todo ello es ni más ni menos que un carácter científico: perseguir la verdad y la mejora de las sociedades mediante la razón y la experiencia, descartando todo aquello que se revele como falso y no aceptando nada acríticamente. Que las autoridades académicas, técnicas e industriales del mundo actual ejerzan una excesiva influencia en lo que se entiende actualmente como ciencia no altera lo que la práctica científica es ni justifica que algunos quieran alejar el anarquismo de la ciencia y la razón (cosa que a mi parecer sólo logrará lanzarlo a los brazos de nuevos gurús y mitos de todo pelaje, efectivamente reduciendo la libertad que tanto persigue). En todo caso, contestemos a autoridades e intelectuales con la razón y denunciemos a aquellos que en nombre de la ciencia y un supuesto progreso pretenden alzarse como nuevos hierofantes y sacerdotes, pero no ataquemos la ciencia, que sólo se entiende como práctica del antidogmatismo y la razón. El anarquismo, entiendo yo, será en su actitud científico o fracasará en ser anarquismo. Quien desee (necesitado quizá de gurús) un autor de referencia en esto, que tome a Ferrer i Guàrdia.

    Sobre la autoridad y el poder "positivos","aceptables" o "deseables" querría conminar a todos a extremar las precauciones. En el caso de la autoridad por experiencia y conocimiento (como el ejemplo de los batidos de chocolate del artículo) parece que es muy práctico confiar en quienes más saben, pero a la larga supone alejarnos todos del contacto con el conocimiento necesario para las actividades que nos planteamos, dotarles a ellos de un aura de credibilidad que no está debidamente justificada y en definitiva poner los cimientos para el establecimiento de nuevos dogmas y clases privilegiadas por su ascendente sobre la sociedad en cuestiones que son muy valoradas. En lugar de eso, el conocimiento debe bajarse de los altares, compartirse y explicarse cuanto sea necesario para que todos los interesados puedan decidir en igualdad de condiciones. Yo entiendo el conocimiento como un medio productivo más, con el valor añadido de que este medio, a diferencia de los materiales, puede reproducirse infinitamente con facilidad. Razón de más para que no sea nunca acaparado con círculos excluyentes, editores privilegiados y jergas que lo alejen del alcance de absolutamente cualquiera que desee obtenerlo.

    Un segundo punto de riesgo acerca de la autoridad por reputación, experiencia o conocimiento es que el conocimiento (a diferencia de la ciencia como actitud que vindicaba al principio) raramente es neutro. Así, en nuestra sociedad anarquista tendríamos influyentes personajes cuya opinión sería de más peso sólo por dominar cuerpos de conocimiento y herramientas para tratarlo que en gran medida habrán sido desarrollados en un contexto nada anarquista del que arrastrarán influencias en el fondo y en las formas. Creo que estos dos puntos bien podrían deshacer por sí solos la anarquía si se lograse alguna vez y no fuesen prevenidos con cauteloso estudio y crítica. En un primer momento, sólo quienes cuentan con conocimiento podrían realizar su parte de la revolución desvelando todos sus secretos, deshaciendo todas las jergas y formas oscuras de expresión y abriendo las puertas a la participación del conocimiento a absolutamente todos.

    Quisiera tocar también el punto del poder constructivo y deseable que se menciona en el artículo (el del policía cuando protege, el médico cuando cura) y destacar que cada vez que un subgrupo social evita a alguien el desarrollar una de sus funciones de mantenimiento autónomo (piensa por él, sabe por él, defiende por él, decide como el médico por él...) ese alguien avanza por el camino del desentenderse de esas funciones, del atrofiarse en ellas y perder paulatinamente la capacidad de garantizar su autonomía y la de la comunidad en que habita. Me diréis con razón que nadie puede saberlo todo y os diré que en ese caso es fundamental que quien ayude a otro (individuo o grupo) con sus necesidades (sean de sustento, defensa, gestión de la salud o aprendizaje) debe hacerlo con una actitud solidaria, esto es, haciendo al destinatario de la ayuda tan partícipe del proceso de solución y decisión como sea posible. Esto requiere, por ejemplo, que se le enseñe lo relativo a su problema lo bastante bien como para que pueda decidir si desea o no alguna de las soluciones que se le propongan, sea capaz de proponer alternativas y participe activamente en la implementación de las soluciones (que se defienda, que obtenga sustento, que participe en su curación). De no hacerse así, se acumulan nuevamente relaciones de dependencia asimétricas, que conducen a iniquidad, privilegios y grupos dominantes. Este funcionamiento es, en parte, lo que pretenden lograr los famosos "consentimientos informados" de la actual práctica médica: diluir la posición dominante del médico sobre el paciente (digo en parte porque creo que el objetivo principal de esta práctica es evitar denuncias a los médicos por parte de pacientes insatisfechos y que fracasa en reducir esa posición dominante del médico).

    Para quien esté interesado, estas preocupaciones me las ha inspirado la aproximación a su campo del psicoterapeuta (que rechaza el tratamiento de psicólogo o psiquiatra) Claude Steiner, quien se engloba en la curiosa rama del análisis transaccional y se ha interesado desde esta óptica por las relaciones de poder entre las personas, desarrollando unas ideas que son referente para pedagogos de escuelas libres y libertarias y que podríamos ubicar entre un anarquismo muy discreto y un cierto hippismo. Las explica en un libro titulado "Los guiones que vivimos", más curioso que científico a mi juicio (por cuanto no pone en duda en ningún momento que la psique humana se organiza como él la describe) pero muy sugerente.

    Así pues, todo el conocimiento disponible, puesto siempre en cuestión con actitud científica y aplicado con actitud solidaria junto a recelo extremo de todo poder que no sea individual y no pueda revocarse inmediatamente son las posiciones que creo resultarán sanas en la construcción de una sociedad anarquista (al margen de si es posible que ésta esté plenamente libre de poder o no).

    Salud y libertad

    • Radix says:

      Kronstadter, acabo de leer este comentario ahora -varios meses después de que lo hayas escrito- y he decirte que opino exactamente como tú. Enhorabuena por tu desarrollo. Si bien no rechazo lo dicho en el artículo, se tiene que ser muy cauto a la hora de hablar sobre poder.

      A lo que iba. Al final de tu comentario hablas de un rechazo a la psiquiatría, y precisamente hace poco descubrí este libro: "La historia de la antipsiquiatría". http://vivalaanarquia.files.wordpress.com/2010/12/antipsiquiatria.pdf#_=_

      Es un libro que trata precisamente de lo que tú has mencionado. De la relación de poder tan nefasta que a veces se da entre médico y paciente, de la objetivización de la enfermedad mental y de su estigmatización. Espero que leas mi comentario y que te llegue el libro. Si te interesa el asunto creo que el libro te gustará.

      Nada más. ¡Nos leemos!

  8. tierrarevuelta says:

    A ver, obviamente el anarquismo es científico, pero ya eso también es paja, porque si es por eso cualquier caracterización que es científica. Si me vas a decir que cualquier categoría que viene de las academias burguesas es ciencia porque es ciencia social, vale, está bien, aunque en lo personal niegue la academia burguesa, sé que al final tiene mucho peso, porque claro, ellos gobiernan, dominan, son los dueños del mundo. Pero a diferencia de las corrientes estatistas del comunismo el anarquismo no se basa en la ciencia para llegar a conclusiones arbitrarias, y como estoy debatiendo con comunistas científicos, es decir, estatistas (porque aunque nieguen que sean estatistas su discurso lo es y le están dando razones además, en otras palabras aunque digan que no quieran mojarse los zapatos cuando salen a la calle si llueve mucho se los mojaran de todas formas)
    Aunque se den mil vueltas citando a autores socialdemócratas o el que sea, revisionistas de todo tipo, la realidad, la calle no se rige por libros que hayan estudiando unos pocos en universidades, sino que muy bien lo sabéis que se crea a partir de personas, conductas, sujetos históricos, y en la tradición y en la construcción de teorías revolucionarias, en el imaginario social, PODER se entiende como ESTADO, GOBIERNO, por eso negaré todo el tiempo las conclusiones “"científicas”" al respecto. No niego que sean una mentira lo que ustedes defienden, pero no lo comparto en absoluto y lo combatiré siempre (¿pero estamos debatiendo sobre tendencias del comunismo no?) Salut

    • En el fondo me apena un poco que pienses que este artículo está escrito por un marxista, estatista o alguien que defiende esto o que quiere desprestigiar el anarquismo. Mi único ánimo al escribir este texto ha sido defender lo que creía (y creo) cierto, siempre con el objetivo de aportar algo (erróneo o no es dificil de saberse) en la construcción teórica del anarquismo. He sido honesto, no hay dobles intenciones.

      Saludos.

      • tierrarevuelta says:

        Entiendo que te apene, lo siento si es así, pero tienes que comprender que este debate se da mucho en todo tipo de asambleas, reuniones, foros, etc cuando marxistas quieren influenciar con sus ideas, con sus conclusiones de toma del poder al resto de las personas. Igual está bien que se de este debate, pero insisto, no creo que tu tengas malas intenciones, pero esas conclusiones favorecen por donde se le mire a la construcción revolucionaria del comunismo científico, ellos son quienes levantan al consigna de toma del poder.

  9. tierrarevuelta says:

    (Anterior comentario iba para los academicos científicos no para el/la anarquista que comopartió su reflexión arriba de mi comentario.)

  10. Nemo Nemo says:

    Intentaré ser breve.
    Sobre si el anarquismo es o no científico. Yo soy de los que piensan que Karl Marx se pasó un poco cuando categorízó de científico su socialismo. En todo caso, podemos decir que el socialismo (y el anarquismo es una forma de socialismo) puede apoyarse en disciplinas científicas para llevar a cabo sus estudios sociales.

    Cuando Kropotkin realiza sus teorías anarcocomunistas las hace apoyándose en estudios científicos de distinta clase. En el apoyo mutuo, por ejemplo, utiliza estudios de etología (comportamiento animal) y antropología (aunque en esa época aún no se la distinguía demasiado de la geografía, que era lo que Kropotkin era), también en Historia, la que analiza desde un materialismo muy similar al de los marxistas (aunque llevado más allá en la comprensión del fenómeno del Estado).
    Y como Kropotkin, otros se apoyan en las ciencias sociales para sostener su teoría política (porque si no el anarquismo se convertiría en un conjunto de dogmas sin fundamento racional alguno: una religión).
    Actualmente, hay anarquistas como David Graeber que ejercer estudios en campos como la antropología y que sirven de fundamento para la teoría anarquista.
    Por supuesto, ha habido anarquistas que han levantado sus teoría sobre cimientos mucho más metafísicos y trascendentales: Max Stirner y gente como esa. Pero la verdad, creo que su aportación a la transformación de la sociedad ha sido mínima por no decir inexistente.

    En cuanto a la cuestión del poder político, hay quien defiende que el poder es la capacidad para llevar a cabo decisiones políticas. Éstas decisiones pueden llevarse a cabo desde una estructura autoritaria y separada de la autoridad como el Estado o por estructuras sociales no separadas de la sociedad y gestionadas por ésta. Tradicionalmente el anarquismo se ha opuesto al poder político ejercido desde el Estado, pero no a la existencia de estructuras de poder obrero (al contrario, defendían su proliferación), y ésto lo puedes comprobar yendo a cualquiera de los clásicos anarquistas (y no tan clásicos). Hablo, por supuesto, del anarquismo social, si nos vamos a idas de cabeza metafísicas no acabamos.

    Llamarnos académicos, tierrarevuelta, no es ni lícito ni cierto. Ningún miembro del equipo de Regeneración trabaja para academia alguna. Científicos... pues a veces, pero de academicistas no tenemos un pelo. Así que me gustaría que te retractaras a ese respecto, si es que quieres que sigamos debatiendo con respeto.

  11. tierrarevuelta says:

    Lo siento si cayó mal, pido disculpas. Pero entiendo como academicismo a la construcción de propuestas políticas a partir de las categorizaciones académicas y academicismo eso es lo que observo al leer el artículo, y lo siento dos veces, debe ser que estoy contaminado por los prejuicios o demasiado influenciado por mi siempre limitada realidad como individuo, por lo que observo en mi día a día en cuanto a las tendencias que levantan como ejemplo dichos autores. (no se como será el tema en España pero al menos en chile esos autores son los referentes para la socialdemocracia) Salut

  12. AyMiCabeza says:

    Vale, de acuerdo. No fui muy correcto ni claro al exponer mi punto de vista. Pido disculpas.

    Al decir científico-materialista-marxista, hacía referencia directamente al materialismo histórico defendido por Marx, sobretodo Engels. Esta teoría y las subsiguientes revisiones pretenden predecir la evolución histórica hacia el socialismo. La sociología, como disciplina académica, nace de esta concepción científica, y a la vez, teleológica de la historia. Lo cual no significa que la ciencia no tenga ni su validez ni sus aplicaciones útiles tanto para el materialismo como para el socialismo.

    Desde mi punto de vista, el materialismo y el socialismo van más allá de lo que la ciencia pueda abarcar. Con esto no quiero decir que abogue por la metafísica, no seamos maniqueos. Sino q

  13. AyMiCabeza says:

    (ups, tecleé algo sin querer y se publicó sin terminar...)

    Desde mi punto de vista, el materialismo y el socialismo que pudiera derivarse de él van más allá de lo que la ciencia pueda abarcar. Con esto no quiero decir que abogue por la metafísica, no seamos maniqueos. Sino que determinadas aplicaciones del método científico son criticables desde un punto de vista materialista y socialista, como aquellas que pretenden que existe una verdad o una racionalidad social que está por encima de la voluntad de los individuos que forman parte del colectivo humano. Creo que en esto fracasan las "ciencias sociales", que además puestas al servicio de las academias estatales, etc., se convierten, sin pretenderlo (no se trata de la intención de las personas, si no de la conscuencia de sus actos y sus fundamentos teoricos), en ingeniería social al servicio del más poderoso: sea el Estado o las Corporaciones... que son los que financian los estudios y sobretodo eligen sus aplicaciones...

    La voluntad es manipulable de múltiples formas, pero ¿eso es anarquista?

    ¿O no apunta Gramci a una cierta tecnología social por medio de la propaganda, como una forma de crear conciencia, o corriente de opinión?. ¿Y, me equivoco, o es así como la prensa, también internet, deslocaliza hoy nuestras conciencias llenando nuestras conversaciones y discusiones de conflictos alejados de las relaciones de poder en las que estamos personalmente implicados... en lo domestico, en el barrio, en el municipio, etc.?

    Esto no tiene nada que ver con la pedagogía anarquista, cuyo objetivo no es la unidad de las conciencias, sino el fortalecimiento de las personas en sus peculiaridades y particularidades para que formen parte libre y voluntariamente de la sociedad que elijan. Esto está limitado por las determinaciones de la cultura o la hegemonía de la mayoría, y sólo en una sociedad que se proponga limitarse a sí misma en esas formas de determinar el destino de sus miembros puede considerarse anarquista. O por lo menos en el anarquismo que al que yo me adscribo, porque anarquismos hay muchos...

    Respecto al tema del poder, digo que me parece insustancial pretender encontrar un fundamento al anarquismo como una forma de "poder positivo" en contraposición al "poder negativo" asociado al Estado. Decir que existen formas de poder que se escapan al poder ejecutivo y represor del Estado y ponerles el nombre de hegemonía; y pretender que el anarquismo es una forma de hegemonía posible más allá del Estado, distinta del Estado, positiva y no negativa, etc., es, como dice "tierrarevuelta", un intento innecesario de justificar al anarquismo como una forma de poder legítimo a partir de concepciones del poder hegemónicas en la academia y en la sociedad burguesa, capitalista, consumista, reaccionaria, etc. Como dice el resto, se fundamenta en el materialismo, si, pero que el poder se extienda más allá del alcance del Estado no es lo que lleva al anarquismo a negar al poder que representa el Estado ni a sentirse legitimado por ello. Más bien, un análisis de las condiciones materiales del poder y sus consecuencias, una genealogía del Estado que lo desvela como una sublimación de la teocracia (la secularización burguesa de la monarquía y sus fundamentos teológicos), etc., es lo que permite afirmar al anarquismo que el poder concebido como Estado no tiene ninguna legitimidad y es una estafa santificada por el "contrato social".

    Además, esta es una argumentación demasiado pegada a la letra, a la lógica dialéctica, al dualismo, al maniqueismo... Poder/no-poder... Este dualismo, presente también en las ciencias sociales, no es sino la secularización del dualismo monoteista basado en el Bien y el Mal (principios de identidad y no diferencia) lo cual excluye la pluralidad y relatividad de la materia, afirmando que la estática representación del mundo, a la que llamamos conocimiento, es más real que lo representado, que no para de moverse. La representación es nuestra única forma de comprender, pero no es ni infalible ni estática...

    La cuestión del poder es paralela a la cuestión de la Verdad, y a su vez, a la del Bien. El acceso a la verdad justifica al poder para ejecutar el bien. (Inevitablemente acabamos tratando con conceptos filosóficos). Pero, ¿qué pasa si ese acceso a la Verdad, a Dios o como queramos llamarlo, no existiera? Es decir, ¿qué pasa si lo que se ha hecho con la razón, y las otras formas metafísicas o emotivistas o tradicionalistas de acceso a la Verdad, no es sino instrumentalizarla para justificar, fundamentar, autentificar, verificar, etc., cualquier visión hegemónica, o no, del mundo? Pues yo diría que estaríamos ocultando nuestra voluntad arbitraria de dominio del mundo, porque precisamente eso es lo que le reprochamos al statu quo, su arbitrariedad frente a los débiles, etc. Pero, ocultar o velar la voluntad de poder tras Lo Moral sería poco materialista, ¿no?

    El problema sería entonces, ¿cómo justificar el socialismo no autoritario frente al darwinismo social, el estado, la dictadura del proletariado, la mafia corporativa, ..., cuando sólo es una forma de poder más? A mi me bastan sus consecuencias para el presente y el futuro. No hay un poder Bueno y un poder Malo. Hay poderes y consecuencias correspondientes para la vida. El anarquismo es, en su aspecto teórico, la perspectiva más consciente de esto (en ocasiones), y por tanto la política dentro del anarquismo no es sino un asunto más de la complejidad de la convivencia humana, y no una simple oposición al Estado...

    No pretendía ofender, sino que me sentí ofendido al no ver ningún principio anarquista y tuve una reacción un tanto airada, lo reconozco... veía yo en eso una cierta falta de humildad... yuxtaponer argumentos ajenos para afirmar que hay un poder más allá del Estado y que eso legitima al anarquismo, perdóname que te lo diga, pero demuestra que no controlas el tema... Lo que me molesta no es que no controles el tema, sino que no tengas humildad para reconocerlo y te atrevas publicar estas cosas pretendiendo regenerar el anarquismo...

    ... tal vez me da cierta indignación o envidia ver cómo algunos pueden irse a estudiar o investigar y publicar blogs donde regenerar cualquier cosa de moda y tal... mientras otra gente se pudre en el ostracismo social y decir lo que piensa significa quedarse sin trabajo... y me pregunto qué lógica de poder habrá detrás de estas cosas...

    Aunque confío en que si hay honestidad en todo esto, que no tengo por que dudarlo, seguirás profundizando y llegarás a mejores exposiciones que esta, y no intentarás usar el aparato académico y editorial para otra cosa que no sea la destrucción del capitalismo y todas sus herramientas de opresión... y para que las personas puedan construir una sociedad a su medida, y no para contruir una sociedad a la medida de las Personas...

    Salud

    La lectura que propongo, para empezar, es Dios y El Estado de un tal Bakunin...

    • Intentaré responder a algunos puntos de tu intervención.

      -Que las ciencias sociales no son ciencias exactas es algo reconocido, y pese a que haya estudios de ciencias sociales que pretendan concebirse como reveladores de la Verdad, siempre se encontrarán discursos alternativos en los mismos campos de estudio que pueden ampliar la visión del fenómeno. Por tanto me parece competente el análisis desde las ciencias sociales siempre y cuando se entiendan bien lo que significan y sus limitaciones.

      -Sobre lo de Gramsci y la propaganda, decirte que también Malatesta (ya que echas en falta autores anarquistas más allá de Tolstoi en el artículo) apunta a la necesidad de la propaganda para la consecución del ideal anarquista. De hecho, el concepto de 'propaganda por el hecho' ha sido aplicado en numerosos grupos anarquistas a lo largo de la historia.

      -Entiendo lo que quieres decir y en cierta medida me parece un ideal sano y justo. Sin embargo, yo no creo que, en el fondo, cada vez que exponemos una opinión en una asamblea, cada vez que
      entregamos un panfleto, cada vez que realizamos alguna acción directa, estemos pretendiendo otra cosa que convencer o, al menos, entregar una información con la esperanza de que sea recogida y compartida. El objetivo será que esta información sea compartida con la menor (o ausencia) de coacción, con los métodos y mecanismos más honestos, para que la libres elecciones de esas personas se parezcan lo más posible a nuestras elecciones libres, pero no creo que debamos engañarnos: cuando en una huelga general le damos un panfleto a alguien esperamos que ese alguien piense como nosotros (otra cosa es el proceso interno que queramos que ese individuo ejerza para llegar a pensar como nosotros).

      -Sobre el poder, no se pretende decir que como hay un poder más allá del Estado, el anarquismo es poder. Eso es cierto que sirve como parte de la exposición, pero lo que convierte en poder al anarquismo, en mi opinión, son las propias características de ese poder que Foucault llama positivo, y es que es constructivo, que produce y que potencialmente puede producir para bien. Cuando en una asamblea se llega a consensuar una propuesta unos podrán verlo como dos libertades que se encuentran, se unen y se convencen, mientras que también sería posible verlo como dos poderes, originalmente contrapuestos en algunos aspectos, y que mediante un proceso de cesión o negociación acaban construyendo otro poder nuevo, éste compartido. Yo, lo que vengo a decir, es que la concepción de que el único poder que existe es el poder que se entiende popularmente me parece muy limitada y que, en ocasiones, detecto en algunos compañeros ese límite a la hora de hablar del poder, al considerar que sólo existe el actual poder hegemónico.

      -Sobre que haya más acerca del poder o del no poder, y haya cosas intermedias, pues es cierto que no he leído nunca nada ni tampoco tengo una opinión formada de que pueda haber algo en la mitad.

      -Creo entender lo que dices en este párrafo sobre el acceso a la verdad, el bien y el poder, y es lo único persuasivo que encuentro en tu comentario, y además es coherente con la visión de que la pedagogía anarquista no es más que un ¿instrumento? para fortalecer las individualidades en pos de una libre elección. No obstante, como digo, creo que como anarquistas cada vez que realizamos una actividad política tenemos, entre nuestras motivaciones, el proselitismo o el convencimiento. No digo que todas las acciones políticas que hagamos estén motivadas fundamentalmente por ello, pero si en un centro social proyectamos un film político no lo hacemos (únicamente) como expansión, sino porque queremos que el mensaje de ese film cale en las personas que vayan a verlo. La diferencia (o una de ellas) con otras pedagogías autoritarias creo que es que no penalizamos aquellas elecciones diferentes a las nuestras, pero creo que también nos mueve el deseo de que el otro pueda compartir nuestro punto de vista.

      -Y sí, es cierto que si el anarquismo es una forma de poder hay que buscar una diferencia entre este y las formas de poder autoritarias. Y yo me encuentro más de acuerdo que en contra de que la opinión de que el poder se ejerce y posiblemente la diferencia fundamental entre unos y otros sea la manera de ejercerlo. En este caso, se ejerce el poder con un ánimo liberador, que se traduce en formas no represivas y sancionadoras.

      -Yo no pretendo regenerar el anarquismo. Eso, con perdón, es una tontería. Eso es como pensar que si por escribir en La Haine lo que pretendo es expandir el odio, si escribo en Alasbarricadas lo que pretendo es salir a la calle a levantar empalizadas, etc. No es más que el nombre de esta página, que si mal no recuerdo es un homenaje a un diario mexicano. Nada más. Yo en ningún caso tengo en mente cuando escribo esto crear tendencia, simplemente me apetecía hacerlo.

      -Sobre estas consideraciones acerca de mi vida, pues no voy a comentar nada porque me parece ridículo.

      No obstante, agradezco el comentario, porque a diferencia del anterior, que era un eructo, este era un comentario necesario.

      Salud.

  14. tierrarevuelta says:

    El ejercicio del poder es una determinación social negativa. La naturaleza del hombre está constituida de tal manera que si tiene la posibilidad de hacer el mal, es decir, de alimentar su vanidad, su ambición y su avidez a expensas de otros, hará sin duda pleno uso de tal oportunidad. Por supuesto, todos nosotros somos socialistas y revolucionarios sinceros; no obstante, si se nos diese poder, aunque sólo fuese por el breve plazo de unos pocos meses, no seríamos lo que somos ahora. Estamos convencidos como socialistas, vosotros y yo, de que el medio social, la posición social y las condiciones de existencia son más poderosas que la inteligencia y la voluntad del individuo más fuerte y poderoso; y precisamente por este motivo exigimos una igualdad no natural sino social de los individuos como condición para la justicia y fundamento de la moralidad. Por eso detestamos el poder, todo poder, al igual que el pueblo lo detesta

    A nadie debe confiársele el poder, pues cualquier individuo investido de autoridad debe, por la fuerza de una ley social inmutable convertirse en un opresor y explotador de la sociedad.

    Somos, de hecho, enemigos de toda autoridad, pues comprendemos que el poder y la autoridad corrompen a quienes los ejercen tanto como a quienes se ven forzados a someterse a ellos. Bajo su dañina influencia algunos pasan a ser déspotas ambiciosos, ávidos de poder y codiciosos de ganancia, explotadores de la sociedad en su propio beneficio o en el de su clase, mientras otros se convierten en esclavos

    El ejercicio de la autoridad no puede pretender una base científica. La gran desdicha es que muchas leyes naturales ya establecidas por la ciencia siguen siendo desconocidas para las masas gracias a la solícita atención de esos gobiernos tutelares que, como sabemos, sólo existen para bien del pueblo. Y hay también otra dificultad: a saber, que la mayoría de las leyes naturales inmanentes al desarrollo de la sociedad humana —tan necesarias, invariables e inevitables como las leyes rectoras del mundo físico— no han sido debidamente reconocidas y establecidas por la propia ciencia.

    Una vez reconocidas, primero por la ciencia y luego por el pueblo gracias a un sistema amplio de educación e instrucción popular —una vez que se hayan convertido en parte de la conciencia general-- la cuestión de la libertad quedará resuelta. Las autoridades más recalcitrantes tendrían entonces que admitir que para lo sucesivo no habrá necesidad de organización, administración o legislación política. Esas tres cosas —emanadas de la voluntad del soberano, de la voluntad de un Parlamento elegido por sufragio universal, o incluso acordes con el sistema de las leyes naturales (cosa que nunca ha sucedido y nunca sucederá) son siempre igualmente dañinas y hostiles para la libertad del pueblo, porque le imponen un sistema de leyes externas, y por tanto despóticas.

    Las leyes naturales deben ser libremente aceptadas. La libertad del hombre consiste exclusivamente en obedecer a las leyes naturales porque las ha reconocido él mismo como tales, y no porque le sean impuestas desde alguna voluntad externa —divina o humana, colectiva o individual.

    Dictadura de los científicos. Supongamos una academia instruida, compuesta por los representantes más ilustres de la ciencia; supongamos que se encargara a esa academia la legislación y la organización de la sociedad, y que inspirada exclusivamente por el más puro amor a la sociedad sólo promulgase leyes absolutamente acordes con los últimos descubrimientos de la ciencia. Pues bien, mantengo que esa legislación y esa organización serían monstruosidades, por dos razones.

    En primer lugar, la ciencia humana es siempre y necesariamente imperfecta; comparando lo descubierto con lo que queda por descubrir, podemos afirmar que está todavía en su cuna. Esto es cierto en tal medida que si fuésemos a forzar la vida práctica de los hombres, tanto en lo colectivo como en lo individual, de modo acorde estricta y exclusivamente con los últimos datos de la ciencia condenaríamos a la sociedad y a los individuos al martirio sobre un lecho de Procusto que pronto los dislocaría y ahogaría, ya que la vida es siempre algo infinitamente mayor que la ciencia.

    La segunda razón es ésta: una sociedad que obedeciera una legislación emanada de alguna academia científica no por comprender lo razonable de ella (en cuyo caso la existencia de la academia se haría pronto inútil) sino porque esta legislación emanaba de la academia y se imponía en nombre de una ciencia venerada sin ser comprendida, sería una sociedad de bestias y no de hombres. Sería una segunda edición de la miserable república paraguaya, que durante tanto tiempo se sometió a la regla de la Compañía de Jesús. Tal sociedad se hundiría rápidamente en el más bajo estado de la idiocia.

    Pero hay también una tercera razón que hace imposible semejante gobierno. Esta razón es que una academia científica investida de un poder absoluto y soberano acabaría inevitable y rápidamente convirtiéndose en una institución moral e intelectualmente corrompida, aunque estuviera compuesta por los hombres más ilustres. Tal ha sido la historia de las academias cuando los privilegios atribuidos a ellas eran escasos y de poca entidad. El genio científico más grande se deteriora inevitablemente y se hace soberbio tan pronto como se convierte en un académico y en un sabio oficial. Pierde su espontaneidad, su audacia revolucionaria, esa característica salvaje e inquietante de los más grandes genios, cuyo destino ha sido siempre destruir viejos mundos decrépitos y sentar los fundamentos de otros nuevos. Sin duda, nuestro académico gana en buenas maneras, en sabiduría cosmopolita y pragmática lo que pierde en poder de pensamiento.

    Los científicos no están exceptuados de la ley de la igualdad. Lo característico del privilegio y de toda posición privilegiada es destruir las mentes y los corazones de los hombres. Un hombre privilegiado política o económicamente es un hombre intelectual y moralmente depravado. Esta es una ley social que no admite excepción, igualmente válida para naciones enteras y para clases, grupos sociales e individuos. Es la ley de la igualdad, condición suprema de la libertad y la humanidad.

    Un cuerpo científico a quien se confíe el gobierno de la sociedad terminaría pronto prescindiendo de la ciencia y dedicándose a algún otro empeño. Y este empeño, como ocurre en todos los poderes establecidos, sería intentar perpetuarse haciendo que la sociedad confiada a su custodia se vaya embruteciendo de modo creciente y necesite, por tanto, cada vez más su dirección y gobierno.

    Y lo que es cierto de las academias científicas, es también cierto para todas las asambleas constituyentes y cuerpos legislativos, incluso para los elegidos por sufragio universal. Es cierto que la composición de estos últimos cuerpos puede cambiarse, pero eso no impide la formación en unos pocos años de un cuerpo de políticos, privilegiado de hecho si no de derecho, que entregándose exclusivamente a la dirección de los asuntos públicos de un país, termina por formar una especie de aristocracia política u oligarquía. Piénsese en los Estados Unidos de América y en Suiza.

    Por tanto, no es necesaria ninguna legislación externa ni ninguna autoridad; a esos efectos una es separable de la otra, y ambas tienden a esclavizar a la sociedad y a degradar mentalmente a los propios legisladores

    En los buenos viejos tiempos, cuando la fe cristiana —todavía inconmovida y representada principalmente por la Iglesia Católica Romana— florecía en toda su fuerza, Dios no tenía dificultad en designar a sus elegidos. Se admitía que todos los soberanos, grandes y pequeños, reinaban por la gracia de Dios, a no ser que estuvieran excomulgados; la propia nobleza basaba sus privilegios en la bendición de la Santa Iglesia. Hasta el protestantismo, que contribuyó poderosamente a la destrucción de la fe —naturalmente, contra su voluntad— dejó en este sentido perfectamente intacta la doctrina cristiana. «Porque no hay poder sino el que procede de Dios», decía repitiendo las palabras de San Pablo. El protestantismo reforzó incluso la autoridad del soberano, proclamando que procedía directamente de Dios sin necesitar la intervención de la Iglesia, y sometiendo a esta última al poder del soberano.

    Pero desde que la filosofía del último siglo [el xviii], actuando al unísono con la revolución burguesa, asestó un golpe mortal a la fe y derrocó a todas las instituciones basadas sobre ella, la doctrina de la autoridad tuvo grandes dificultades para volver a establecerse en la conciencia de los hombres. Naturalmente, los soberanos actuales siguen considerándose-gobernantes «por la gracia de Dios», pero esas palabras —que en un tiempo poseían un significado real, poderoso y palpitante de vida— constituyen una frase caduca, banal y esencialmente sin sentido para las clases educadas, e incluso para una parte del propio pueblo. Napoleón III intentó rejuvenecerla añadiéndole otra frase: «Y por la voluntad del pueblo», que unida a la primera o bien anula su significado (con lo cual se anula a sí misma), o significa que Dios quiere en todo caso lo que quiere el pueblo.

    Lo que queda por hacer es precisar la voluntad del pueblo y descubrir qué órgano político la expresa fielmente. Los demócratas radicales imaginan que una Asamblea elegida por sufragio universal es el órgano más adecuado para ese propósito. Otros, los demócratas todavía más radicales, le añaden el referéndum, la votación directa de todo el pueblo para cualquier ley más o menos importante. Todos ellos —conservadores, liberales, moderados y radicales extremos— coinciden en un punto: que el pueblo debe ser gobernado; el pueblo puede elegir a sus rectores y maestros, o puede que se le impongan, pero en todo caso ha de tener rectores y maestros. Falto de inteligencia, el pueblo debe dejarse guiar por quienes la poseen.

    La razón de las clases privilegiadas a la luz de su aceptación de dictaduras bárbaras. Mientras en los siglos pasados se exigía la autoridad en nombre de Dios, los doctrinarios la exigen ahora en nombre de la razón. Quienes piden el poder ahora ya no son los sacerdotes de una religión desintegrada, sino los sacerdotes oficiales de la razón doctrinaria, y esto acontece cuando se ha hecho evidente la ruina de esa razón. Porque nunca el pueblo educado e instruido —y en general las clases ilustradas— mostró una degradación moral, una cobardía, un egoísmo y una falta tan completa de convicciones como en nuestros días. Debido a esta cobardía sigue siendo estúpido a pesar de su formación, y sólo comprende una cosa: conservar lo que existe, esperando detener por pura demencia el curso de la historia con la fuerza brutal de una dictadura militar ante la que se han postrado vergonzosamente esas clases.

    Bancarrota moral de la vieja intelectualidad. Lo mismo que en los viejos días los representantes de la razón y la autoridad divina —la Iglesia y los sacerdotes— se aliaron demasiado abiertamente con la explotación económica de las masas, y esta fue la causa principal de su caída, así se han identificado ahora demasiado abiertamente los representantes de la razón y la autoridad humana —el Estado, las sociedades instruidas y las clases ilustradas— con el negocio de la cruel e inicua explotación para retener la más leve fuerza moral o el mínimo prestigio. Condenados por su propia conciencia, se sienten expuestos ante todos, y no tienen recurso alguno contra el desprecio que, como ellos saben, tienen bien merecido salvo los argumentos feroces de una violencia organizada y armada. Una organización basada en tres cosas detestables, la burocracia, la policía y un ejército permanente: esto es lo que constituye ahora el Estado, cuerpo visible de la argumentación explotadora y doctrinaria de las clases privilegiadas.

    La aparición de un nuevo razonamiento y el ascenso de una perspectiva libertaria. En contraste con este razonamiento corrompido y moribundo, está comenzando a despertar y a cristalizar en el seno del pueblo un espíritu nuevo, joven y vigoroso. Está lleno de vida y de esperanzas para el futuro; naturalmente, no está del todo desarrollado con respecto a la ciencia, pero aspira ansiosamente a una nueva ciencia despejada de todas las estupideces de la metafísica y la teología. Esta nueva lógica no tendrá profesores diplomados, ni profetas, ni sacerdotes; y tampoco fundará una nueva Iglesia o un nuevo Estado, porque extrae su poder de cada uno y de todos. Destruirá los últimos vestigios de este condenado y funesto principio de autoridad humana y divina, y devolviendo a cada uno su plena libertad realizará la igualdad, la solidaridad y la fraternidad de la humanidad.

    El verdadero papel y función del experto. ¿Se deduce de ello que rechazo toda autoridad? No; lejos de mi intención mantener tal idea. En asunto de botas, delego en la autoridad del zapatero. Cuando se trata de casas, canales o carreteras, consulto la autoridad del arquitecto o ingeniero. Para cada tipo específico de conocimiento recurro al científico de esa rama. Le escucho libremente y con todo el respeto que me merece su inteligencia, su carácter y sus conocimientos, aunque siempre me reserve el derecho indiscutible a la crítica y el control. Y no quedo satisfecho consultando a un solo especialista que sea una autoridad en cierto campo; consulto a varios. Comparo sus opiniones y elijo la que me parece más sensata.

    Pero no reconozco autoridad infalible, ni siquiera en cuestiones de carácter completamente específico. En consecuencia, sea cual fuere el respeto que pueda sentir hacia la honestidad y sinceridad de tales y cuales individuos, no tengo fe absoluta en persona alguna. Tal fe sería funesta para mi razón, para mi libertad y para el éxito de mis empresas: me transformaría inmediatamente en un esclavo estúpido, en un instrumento de la voluntad y los intereses de otros.

    Si me inclino ante la autoridad de los especialistas y me declaro dispuesto a seguir en cierta medida y mientras me parezca necesario sus indicaciones generales e incluso sus directrices, no es porque su autoridad me la impongan ni los hombres ni Dios. En otro caso la rechazaría con horror y enviaría al diablo sus consejos, sus direcciones y su conocimiento, cierto de que me harían pagar, con la pérdida de mi libertad y mi propia estima, una cifra desmesurada en comparación con jirones de verdad envueltos en una multitud de mentiras, pues eso es todo cuanto podrían darme.

    Si me inclino ante la autoridad de los especialistas porque me la impone mi propia razón. Soy consciente de que sólo puedo abarcar en todos sus detalles y desarrollos positivos una parte muy pequeña del conocimiento humano. Ni siquiera la mayor de las inteligencias sería capaz de abarcar la totalidad. De ello resulta, para la ciencia tanto como para la industria, la necesidad de la división y asociación del trabajo. Tomo y doy: tal es la vida humana. Cada uno es un dirigente competente y a su vez está dirigido por otros. En consecuencia, no hay autoridad fija y constante, sino un intercambio continuo de autoridad y subordinación mutuas, temporales y, sobre todo, voluntarias.

    El gobierno de superhombres. Esta misma razón me impide reconocer una autoridad fija, constante y universal, porque no hay hombre universal capaz de abarcar todas las ciencias, todas las ramas de la vida social en su riqueza de detalles, y sólo esto hace posible la aplicación de la ciencia a la vida. Si alguna vez pudiera cumplirse tal universalidad en un hombre singular, y si quisiese hacer uso de ella para imponernos su autoridad sería necesario expulsarlo de la sociedad, porque el ejercicio de esa autoridad por su parte reduciría a todos los demás a la esclavitud y a la idiocia.

    No creo que la sociedad deba maltratar a los hombres de genio como ha hecho hasta el presente; pero tampoco creo que deba mimarlos, y mucho menos concederles cualesquiera privilegios o derechos exclusivos. Y esto por tres razones: primero, porque ha sucedido frecuentemente que la sociedad tomó por hombre de genio a un charlatán; segundo, porque a través de un sistema de privilegios semejantes, hasta un verdadero hombre de genio puede transformarse en un charlatán, desmoralizado y degradado; y por último, porque así podría la sociedad erigir a un déspota sobre ella.

    Resumo: reconocemos, pues, la autoridad absoluta de la ciencia, porque la ciencia tiene por objeto sólo la reproducción mentalmente elaborada y tan sistemática como resulta posible de las leyes naturales inmanentes a la vida material, intelectual y moral del mundo físico y moral, que constituyen de hecho un solo e idéntico mundo natural. Fuera de esta única autoridad legítima —legítima porque es racional y está en armonía con la libertad humana— declaramos falsas, arbitrarias y funestas a todas las demás autoridades.

    La autoridad de la ciencia no es idéntica a la autoridad de los sabios. Admitimos la autoridad absoluta de la ciencia, pero rechazamos la infalibilidad y universalidad de los representantes de la ciencia. En nuestra Iglesia —si se me permite utilizar por un momento una expresión que por lo demás detesto, pues la Iglesia y el Estado son mis dos espantajos—, en nuestra Iglesia, como en la Iglesia protestante, tenemos un jefe, un Cristo invisible: la ciencia, y, al igual que los protestantes, pero siendo todavía más coherentes que ellos, no toleraremos ningún Papa, ningún Concilio ni cónclave de cardenales infalibles ni a los obispos, ni siquiera a los sacerdotes. Nuestro Cristo difiere del Cristo protestante y cristiano en no ser un ente personal, sino impersonal. El Cristo de la cristiandad, ya completado en un pasado eterno, aparece como un ente perfecto, mientras la realización y perfección de nuestro Cristo —la ciencia— está por completo en el futuro; lo que equivale a decir que esos fines jamás serán realizados. Por ello, al reconocer a la ciencia absoluta como la única autoridad absoluta, no comprometemos en modo alguno nuestra libertad.

    La ciencia absoluta es un concepto dinámico de un infinito proceso de devenir. Con las palabras «ciencia absoluta» quiero indicar la ciencia verdaderamente universal que reproduce idealmente, en toda su amplitud y en sus infinitos detalles, el universo, el sistema o la coordinación de todas las leyes naturales manifestadas por el incesante desarrollo de los mundos. Es evidente que dicha ciencia, sublime objeto de todos los esfuerzos de la mente humana, jamás será realizada plena y absolutamente. Así pues, nuestro Cristo quedará eternamente incompleto, circunstancia que debe bajar los humos de sus representantes diplomados entre nosotros. Frente a Dios Hijo, en cuyo nombre quieren imponemos su autoridad insolente y pedante, apelamos a Dios Padre, que es el mundo real, la vida real, de la que él (el Hijo) es sólo una expresión demasiado imperfecta —mientras nosotros, seres reales, que vivimos, trabajamos, luchamos, amamos, aspiramos, disfrutamos y sufrimos, somos sus representantes directos.

    Pero si bien rechazamos la autoridad absoluta, universal e infalible de los hombres de ciencia, nos inclinamos con gusto ante la autoridad respetable aunque relativa, temporal y muy restringida de los representantes de ciencias especializadas; nos satisface enteramente consultarles en las ocasiones oportunas, y agradecemos mucho la valiosa información que puedan transmitirnos —a condición de que estén deseosos de recibir consejos semejantes por nuestra parte cuando se trate de asuntos en los cuales tengamos una instrucción superior a la suya.

    En general, no deseamos nada mejor que ver a los hombres dotados de gran conocimiento, gran experiencia, grandes mentes, y sobre todo grandes corazones, ejercer sobre nosotros una influencia natural y legítima siempre que esa influencia sea libremente aceptada y nunca impuesta en nombre de autoridad oficial alguna, celeste o terrestre. Aceptamos todas las autoridades naturales y todas las influencias de hecho, pero ninguna de derecho; porque toda autoridad e influencia de derecho, impuesta oficialmente como tal, pondría inevitablemente... la esclavitud y el absurdo.

    La autoridad que emana de la experiencia colectiva de individuos libres e iguales. La única autoridad grande y omnipotente, a un tiempo natural y racional, la única que podemos respetar, será la del espíritu colectivo y público de una sociedad fundada sobre la igualdad y la solidaridad, y sobre el respeto humano mutuo de todos sus miembros. Sí, esta es una autoridad en modo alguno divina, enteramente humana, pero ante la cual nos inclinaremos con gusto, seguros de que emancipará a los hombres en vez de esclavizarlos. Será mil veces más poderosa que todas vuestras autoridades divinas, teológicas, metafísicas y judiciales establecidas por la Iglesia y el Estado, más poderosa que vuestros códigos penales, vuestros carceleros y vuestros verdugos.

    El ideal del anarquismo. En una palabra, rechazamos toda legislación y autoridad privilegiada, diplomada, oficial y legal, aunque provenga del sufragio universal, convencidos de que sólo puede desembocar en beneficio de una minoría dominante y explotadora, frente a los intereses de la gran mayoría esclavizada. En este sentido es en el que somos realmente anarquistas.

    Mijaíl Bakunin

    Texto extraído de Compilación de G.P. Maximoff, El Libro de Bolsillo, Alianza Editorial, Madrid, Título original: The Political Philosophy of Bakunin Traductor: Antonio Escohotado.

    He sacado las citas porque me parecían cansadoras ya que eran muchos numeritos. El libro completo lo puedes consultar aquí http://www.theyliewedie.org/ressources/biblio/es/Bakunin_Mijail_-_Escritos_de_Filosofia_Politica_I.html con las citas y más referencia

    • AyMiCabeza says:

      "Y hay también otra dificultad: a saber, que la mayoría de las leyes naturales inmanentes al desarrollo de la sociedad humana —tan necesarias, invariables e inevitables como las leyes rectoras del mundo físico— no han sido debidamente reconocidas y establecidas por la propia ciencia.

      Una vez reconocidas, primero por la ciencia y luego por el pueblo gracias a un sistema amplio de educación e instrucción popular —una vez que se hayan convertido en parte de la conciencia general– la cuestión de la libertad quedará resuelta. Las autoridades más recalcitrantes tendrían entonces que admitir que para lo sucesivo no habrá necesidad de organización, administración o legislación política"

      Esta afirmación de Bakunin es comprensible desde su contexto histórico. Tengamos en cuenta que Darwin había publicado hacía poco tiempo su Evolución de las Especies, un texto que convulsionó más el debate político que el científico yo creo. Pero ha pasado el tiempo y esas "leyes naturales inmanentes al desarrollo de la sociedad humana —tan necesarias, invariables e inevitables como las leyes rectoras del mundo físico" no han podido ser encontradas ni fundamentadas. Por tanto, la instrucción del pueblo en este sentido en nombre de las ciencias sociales recae en una forma de dominación sin fundamento.

      Otra cosa son las técnicas que nos permitan alcanzar consensos, o lo que también se conoce como habilidades sociales, etc., que permiten una mejor convivencia, resolución de conflictos, etc. Y aún así, hay que estar pendiente de la cosmovisión de quienes nos instruyen en estas técnicas, pues es fácil, o inevitable, que se cuele y se confunda una herramienta con una finalidad concreta.

      Así que, esa solución rápida de la libertad que se vislumbraba en el XIX no va a ser tan sencilla. Pero a lo mejor es preferible así, de lo contrario entraríamos en una especie de pretensión eugenésica social (como la de esa revista mexicana, comprensible sólo en ese mismo contexto histórico) que confunde la igualdad de derechos con la homogeneidad de personas.

      Y nos encontramos así frente a lo que se ha llamado un nuevo paradigma, donde aquellas corrientes filosóficas fundamentadas en la voluntad han prevalecido frente a las fundamentadas en la Verdad, la Razón y La Ética. En realidad, este es un problema relativamente reciente para los socialismos que no han querido afrontar con suficiente audacia. Pues es en las teorías de la voluntad en las que solían basarse las teorías sociales de caracter depredador y conservador, lo que Bakunin llama el materialismo brutal.

      Entonces, si la voluntad parece haber prevalecido sobre la Verdad, el conocimiento entendido como el conjunto de todas las experiencias humanas, también la ciencia, vuelve a concursar en la orientación de esa voluntad. No quiero decir, que todos los conocimientos se equiparen al de la ciencia respecto a las "leyes de lo físico". Pero sí para la ilustración de la cuestión humana y los deseos que le mueven, la visión histórica de lo que se ha entendido como humano y la decisión que tenemos que tomar respecto al futuro...

      Desde luego el asunto requiere un tiempo que la vida cotidiana no parece querer dedicarle... Habrá que seguir luchando, sobreviviendo, disfrutando de la vida y releyendo el pasado desde estas perspectivas, a ver si "podemos" escribir el renglón de la história que nos corresponde...

      salu

  15. Kronstadter says:

    Me disculparéis que vaya muy a lo básico, pero encuentro que quizá está bien dar un par de alertas.

    Os alerto a vosotros, y alertaría a Bakunin también de no estar ya muerto, contra confundir ciencia (actitud personal, manera de proceder y método) con conocimiento (conjunto concreto y finito de saberes, erróneos o no, acumulados por cualquier método), de la manera que tan extendida está por la conveniencia de decir "ciencia" para significar "conocimiento obtenido mediante la ciencia".

    Os alerto también contra pretender que se ha discutir contra la persona o el grupo y no contra el discurso. Si un autor socialdemócrata, o aún fascista si lo hubiera, te presenta una idea que no puedes con tu razón y lo que conoces calificar de falsa, te toca aceptarla como verdadera. Proceder de otra manera es tan libre como creer solamente lo que digan sacerdotes católicos u hombres guapos. Si dicen algo pertinente sobre lo que se discute, para mí todos los autores serán anarquistas, puesto que estarán contribuyendo a desarrollar el anarquismo y mi anarquismo.

    Sobre tocar de pies a tierra y usar un discurso que pueda practicarse en la calle, siempre es recomendable, como también es recomendable modular lo que se practica en la calle con lo que uno reflexiona, a solas o como aquí en compañía.

    Salud y libertad

    • tierrarevuelta says:

      No estoy de acuerdo en aceptar todo aún si es cierto por un problema básicamente comunicacional y estratégico. Si alguien propone una consiga para desarrollar en el anarquismo y aunque la consigna sea "buena", si la misma consiga esta siendo usada en mi pueblo por los burócratas y déspotas para acarrear ganado a sus partidos, no usaré esa consiga para no confundir a la gente, elegiré otra, quizás que en la práctica sea lo mismo, pero comunicacionalmente y de cara a mi entorno distinta.

      Por eso niego y negaré el "Poder" siempre y con firmeza, ya que al menos en mi pueblo y en muchos otros pueblos los marxistas que quieren precisamente "El Poder" andan todo el día hablando del poder y de las bondades de este, claro que ellos no dicen Estado, dicen que hay que construir "Poder Popular" (pero es cosa de leer cualquier texto de los burócratas y déspotas para saber que se refieren al Estado, pero de cara a la calle no dicen eso, no son imbéciles) fuera del Estado, es decir, el mismo discurso que algunos "anarquistas". Por lo tanto, insisto, no aceptaré y haré todo lo posible (anárquicamente claro está), para que no se levante la misma consigna que los reaccionarios y déspotas levantan en varios países de mi región. No aceptaré ninguna construcción teórica que termine en una conclusión positiva del Poder, pero insisto, en su esencia no la niego, simplemente buscaré otra construcción teórica más cercana al anarquismo que me permita desarrollar mis ideas y mi vida lejos de consignas con que los autoritarios usan en esta parte del mundo durante décadas. Salut

  16. AyMiCabeza says:

    ¿más nada que decir? pues es una pena, estaba muy interesante el debate...

  17. Evan says:

    POR UN PODER POLÍTICO LIBERTARIO.
    CONSIDERACIONES EPISTEMOLÓGICAS Y
    ESTRATÉGICAS EN TORNO DE UN CONCEPTO

    El anarquismo se encuentra desde hace décadas en una clara fase de estancamiento, que se manifiesta tanto en el plano de la teoría como en el plano de la práctica.

    En el plano teórico raras son las innovaciones que se han producido en un pensamiento que se puede calificar, sin duda, como radical pero en el sentido bien particular de que se pega literalmente a sus raíces como si éstas estuviesen embadurnadas con pez, y que encuentra enormes dificultades para desarrollarse y evolucionar a partir de ellas. El anarquismo se ha quedado anclado, en buena medida, sobre unos conceptos y unas propuestas que se forjaron en el transcurso de los siglos XVIII y XIX.

    En el plano de la práctica, se puede argumentar que el anarquismo ha penetrado de forma difusa en amplios movimientos sociales informales, implícitamente libertarios, y que por otra parte ha marcado con su sello numerosos cambios sociales. Desgraciadamente, para cada una de las transformaciones de carácter libertario en las que podamos pensar es fácil citar decenas de microevoluciones que van en un sentido explícita o implícitamente totalitario. La sociedad parece desplazarse más bien en dirección a una reducción que hacia un incremento de las libertades y de las autonomías básicas.

    Obviamente, este doble estancamiento evidencia un serio problema y parece cuestionar incluso la validez de las propias posturas libertarias. ¿Es posible esbozar algunos elementos para emprender una nueva andadura? Pienso que sí.

    En paralelo a consideraciones más fundamentales, que deberían intentar aclarar las condiciones sociales que presiden a la producción de las ideologías y de los movimientos de emancipación social1, entiendo que una posible dinamización del pensamiento y de la acción libertaria pasa necesariamente por una vigorosa operación de exorcismo.
    Es absolutamente indispensable exorcizar un conjunto de temas tabúes cuya carga ideológico-emocional bloquea cualquier posibilidad de reflexión. Y esta operación de exorcismo es tanto más necesaria cuanto que se trata precisamente de temas constitutivos del núcleo duro2 del pensamiento anarquista.

    El concepto poder y, más concretamente, el concepto poder político es uno de los primeros que convendría desacralizar si se quiere desbloquear las condiciones de posibilidades de una renovación de anarquismo. En efecto, se ha vuelto usual recurrir a los posicionamientos sobre la cuestión del poder como uno de los principales criterios que permiten discriminar entre las posturas libertarias y las que no lo son. Coincido plenamente en que la cuestión del poder constituye el principal elemento diferenciador entre los grados de libertarismo que presentan los distintos pensamientos socio-ideológicos, así como de las distintas actitudes sociopolíticas, tanto individuales como colectivas.

    Sin embargo, lo que no me parece en absoluto aceptable es considerar que la relación del pensamiento libertario con el concepto de poder sólo se pueda formular en términos de negación, de exclusión, de rechazo, de oposición, o incluso de antinomia. Es cierto que existe una concepción libertaria del poder, es falso que ésta consista en una negación del poder. Mientras esto no sea asumido plenamente por el pensamiento libertario, éste permanecerá incapaz de abordar los análisis y las prácticas que le permitirían hacer mella sobre la realidad social.

    EL CONCEPTO DE PODER

    La polisemia del término poder y la amplitud de su espectro semántico constituyen condiciones que favorecen los diálogos de sordos. En los debates se observa frecuentemente cómo los diversos discursos tan sólo alcanzan a yuxtaponerse en lugar de articularse los unos con los otros, porque tratan en realidad de objetos profundamente diferentes, confundidos por el recurso a una misma palabra: el poder. Resulta, por lo tanto, útil acotar el término poder antes de abordar su discusión. Dando por supuesto, claro está, que esto no implica que se pueda desembocar en una definición objetiva y aséptica de la palabra poder, ya que se trata de un término políticamente cargado, analizado desde un lugar político preciso, que no puede aceptar una definición neutra.

    En una de sus acepciones, probablemente la más general y diacrónicamente primera, el término poder funciona como equivalente de la expresión capacidad..., es decir, como sinónimo del conjunto de efectos cuyo agente, animado o no, puede ser a causa directa o indirecta. Es interesante observar que el poder se define de entrada en términos relacionales, ya que para que un elemento pueda producir o inhibir un efecto es necesario que se establezca una interacción.

    Imagino que nadie, libertario o no, desea discutir este tipo de poder y que nadie considera útil cuestionarlo o incluso destruirlo. Queda claro que no existe ningún ser desprovisto de poder y que el poder es, en este sentido, consustancial con la propia vida.

    En una segunda acepción la palabra poder se refiere a un determinado tipo de relación entre agentes sociales, y es habitual caracterizarlo entonces como una capacidad disimétrica, o desigual, que tienen esos agentes de causar efectos sobre el otro polo de la relación establecida. No creo que sea conveniente entrar aquí en niveles más finos de análisis y preguntarse, por ejemplo, si para que sea legítimo hablar de una relación de poder la producción de estos efectos debe ser intencional o no, eficaz o no, deseable o no, etc. (Para un análisis detallado véase mi Poder y Libertad. Barcelona, Ed. Hora. 1983.).

    En una tercera acepción el término poder se refiere a las estructuras macrosociales y a los mecanismos macrosociales de regulación social o de control social. Se habla en este sentido de aparatos o de dispositivos de poder, de centros o de estructuras de poder, etcétera.

    Mantengo que no tiene sentido abogar por la supresión del poder en cualquiera de los niveles en el que éste se manifiesta, y que esto, que es válido y evidente para el primer nivel (el poder como capacidad) es también valido, aunque menos evidente para los otros niveles mencionados. En otros términos, el discurso acerca de una sociedad sin poder constituye una aberración, tanto si nos situamos desde el punto de vista del poder como capacidad (¿qué significaría una sociedad que no podría nada?), como si nos situamos en la perspectiva de las relaciones disimétricas (¿qué significarían unas interacciones sociales sin efectos disimétricos?), o, finalmente, si contemplamos el poder desde el punto de vista de los mecanismos y estructuras de regulación macrosociales (¿qué significaría un sistema, y la sociedad es obviamente un sistema, cuyos elementos no se verían constreñidos por el conjunto de las relaciones que definen precisamente el sistema?). Las relaciones de poder son consustanciales con el propio hecho social, le son inherentes, lo impregnan, lo constriñen al mismo tiempo que emanan de él. A partir del momento en el que lo social implica necesariamente la existencia de un conjunto de interacciones entre varios elementos, que, de resultas, forman sistema, hay ineluctablemente efectos de poder del sistema sobre sus elementos constitutivos, al igual que hay efectos de poder entre los elementos del sistema.

    Hablar de una sociedad sin poder político es hablar de una sociedad sin relaciones sociales, sin regulaciones sociales, sin procesos de decisión social, es decir, es hablar de un impensable porque resulta reiterativamente contradictorio en términos.

    Si introduzco aquí el calificativo político para especificar el término poder, es porque lo político, tomado en su acepción más general, remite simplemente a los procesos y a los mecanismos de decisión que permiten que un conjunto social opte entre las distintas alternativas a las cuales se enfrenta y, también, los procesos y los mecanismos que garantizan la aplicación efectiva de las decisiones tomadas. Queda claro que existe, en este sentido, una multiplicidad de modelos de poder político.

    Cuando los libertarios se declaran contra el poder, cuando proclaman la necesidad de destruir el poder y cuando proyectan una sociedad sin poder, no pueden sostener una absurdidad o un impensable3. Es probable que cometen simplemente un error de tipo metonímico y que utilizan la palabra poder para referirse en realidad, a un determinado tipo de relaciones de poder, a saber, y muy concretamente, al tipo de poder que encontramos en las relaciones de dominación, en las estructuras de dominación, en los dispositivos de dominación, o en “los aparatos de dominación, etc. (tanto si estas relaciones son de tipo coercitivo, manipulador u otro).

    Aun así, no habría que englobar en las relaciones de dominación el conjunto de las relaciones que doblegan la libertad4 del individuo o de los grupos. No solamente porque eso volvería a trazar una relación de equivalencia entre las relaciones de dominación y las relaciones de poder (puesto que todo poder político, o societal, es necesariamente constrictivo), sino también porque la libertad y el poder no están en absoluto en una relación de oposición simple. En efecto, es cierto que las relaciones de poder (que son inherentes a lo social, no lo olvidemos) doblegan la libertad del individuo, pero también es cierto que la hacen posible y que la incrementan. Es en este sentido que deberíamos interpretar la preciosa expresión según la cual mi libertad no se detiene donde comienza la de los demás, sino que se enriquece y se amplía con la libertad de éstos.

    Es obvio que la libertad del otro me constriñe (no soy libre en todo aquello que puede recortar la suya) pero también es obvio que mi libertad necesita la libertad del otro para poder ser (en un mundo de autómatas mi libertad se encontraría considerablemente mermada). Poder y libertad se encuentran pues en una relación inextricablemente compleja, hecha simultáneamente de antagonismo y de mutua potenciación.

    Volviendo al centro del problema, sería más exacto decir que los libertarios están, en realidad, en contra de los sistemas sociales basados en relaciones de dominación (en sentido estricto): ¡abajo el poder! debería desaparecer del léxico libertario en favor de ¡abajo las relaciones de dominación!, quedando por definir entonces las condiciones de posibilidad de una sociedad carente de dominación.

    Si los libertarios no están en contra del poder, sino en contra de un determinado tipo de poder, deberían admitir lógicamente que son por lo tanto partidarios de una determinada variedad poder que es conveniente (y exacto) llamar: poder libertario, o más concretamente poder político libertario. Es decir que son partidarios de un modo de funcionamiento libertario de los aparatos poder, de los dispositivos poder y de las relaciones de poder que conforman toda sociedad.

    Aceptar el principio de un poder político libertario puede generar dos tipos de efectos:

    El primero es ponernos en las condiciones, y en la obligación, de pensar y analizar las condiciones concretas del ejercicio de un poder político libertario tanto en el seno de una sociedad con Estado como en el seno de una sociedad sin Estado.

    La solución de facilidad consiste, obviamente, en declarar que es necesario destruir el poder, lo cual evita la difícil tarea de tener que delimitar cuáles son las condiciones de funcionamiento de un poder libertario y cuáles son los métodos de resolución de los conflictos en una sociedad no autoritaria5, así mismo la focalización sobre el Estado y la exigencia de su desaparición permite eludir el hecho de que incluso sin Estado las relaciones y los dispositivos de poder siguen presentes en la sociedad. Claro que si estamos convencidos de que con la desaparición del Estado también desaparece el poder, ¿para qué preocuparnos entonces de este último?6.

    El segundo tipo de efecto podría consistir en volver, finalmente, posible, la comunicación entre los libertarios y su entorno social. En efecto, si la gente no comprende el discurso libertario, si se muestra insensible a sus argumentos, si no comparte sus inquietudes, no es, ciertamente, culpa de la gente, es culpa de los libertarios. El sentido común popular tiene razón cuando sigue mostrándose impermeable a las argumentaciones libertarias contra el poder. ¿Seguiría haciendo oídos sordos ante propuestas que no hablarían de suprimir el poder, sino simplemente de transformarlo?

    Soy consciente de que este tipo de planteamiento puede evocar un reformismo libertario, y mucho me temo que esta impresión crecerá aun más cuando sugiera ahora que para establecer una comunicación entre los libertarios y la sociedad no basta con proponer un cambio en las relaciones de poder, sino que es necesario, además, volver creíbles las posibilidades de cambio y programar, aunque sólo sea de manera difusa, su realización efectiva. La primera condición para que un cambio sea creíble es que sea efectivamente posible y esto traza los límites de un programa libertario eficaz.

    PARA UNA ESTRATEGIA LIBERTARIA MINIMAX7

    Por poco que el rumbo de la sociedad sea modificable8, aunque sólo sea parcialmente, está claro que una influencia libertaria sólo puede impulsar cambios efectivos en dirección a una libertarización del poder político si una parte considerable de la población es favorable a esos cambios y actúa en ese sentido.

    Una estrategia libertaria de tipo reformista supone necesariamente la existencia de un movimiento de masas que se puede calificar de considerable, en la medida en que debería agrupar millones de personas en un país como Francia y decenas de millones en un país como los Estados Unidos. ¿Es esto imposible? Completamente imposible, si estamos pensando en millones de militantes libertarios, pero perfectamente posible si nos referimos a una corriente de opinión que se manifieste de manera más o menos episódica y de manera más o menos coherente, digamos incluso con un perfil bajo de coherencia libertaria. Aun así, sería necesario que los libertarios contribuyesen a posibilitar esta amplia base libertaria popular abandonando su habitual estrategia maximalista expresada en términos de todo o nada.

    Una extensa corriente de opinión libertaria, o si se prefiere, una masa crítica libertaria en el seno de la sociedad, no puede constituirse sino es a partir de una serie de propuestas que sean a la vez:

    – creíbles para grandes cantidades de gente,

    – eficaces, en el sentido de que los cambios propuestos puedan ser efectivamente alcanzados en unos plazos razonables y que sean suficientemente motivadoras.

    Estas propuestas deben estar en consonancia con el carácter necesariamente híbrido de estos movimientos populares amplios, no del todo libertarios, no constantemente libertarios. Para eso resulta indispensable revisar una serie de principios tales como la no participación sistemática en cualquier tipo de proceso electoral, o la negativa a disponer de liberados retribuidos siempre que su carácter rotativo sea escrupulosamente respetado, o el rechazo sistemático de alianzas con los sectores no libertarios de los movimientos sociales etc. (sobre todo teniendo en cuenta que estos principios que convendría revisar no son constitutivos del núcleo duro del pensamiento libertario).
    Dicho esto, apostar exclusivamente sobre una estrategia reformista sería del todo insostenible, por varias razones.

    La primera es que resulta absolutamente simplificador oponer tajantemente reformismo y radicalidad. Al igual que en el caso del concepto complejo poder/libertad, existe en este caso un entrelazamiento inextricable entre las distintas partes de un conjunto (reformismo/radicalismo) que sólo se puede escindir en apariencia, o en un determinado nivel de realidad pero no en otros.

    En efecto, reformismo y radicalismo se alimentan el uno al otro, se oponen y, simultáneamente, se complementan. El reformismo puede producir efectos perversos que conlleven consecuencias radicales, al igual que el radicalismo puede propiciar regresiones o reformas.

    La segunda razón se basa en el hecho de que la acción radical suele incrementar su eventual eficacia, o incluso adquirirla, en la medida en que existe una esfera de influencia que fertiliza previamente el terreno donde se ejerce.

    La tercera razón parte del supuesto que las posturas y las acciones radicales pueden constituir el equivalente social de las interacciones aleatorias y de las fluctuaciones locales que hacen evolucionar espontáneamente determinados sistemas fisicoquímicos hacia nuevos órdenes radicalmente distintos y novedosos (analogía con la creación de orden por el ruido, orden por fluctuaciones, complejidad por el ruido, etc.). Resulta que la sociedad es un sistema abierto suficientemente complejo (en el sentido técnico del término) y que se sitúa suficientemente lejos del equilibrio para que sea estrictamente imposible prever las posibles consecuencias de tal o cual acción radical, ejercida en tal o cual punto del tejido social (véase, en particular, mayo del 68). En este sentido, parece que solamente la acción radical puede ampliar las fluctuaciones sociales locales hasta provocar emergencias incompatibles con el orden social instituido y que lo transformen de manera profunda.

    No hay que olvidar, sin embargo, que la acción radical presenta siempre un doble filo, ya que, como la sociedad es un sistema abierto, autoorganizador, resulta que las disfunciones (el ruido) introducidas por la acción radical permiten, paradójicamente, una mayor adaptabilidad del sistema instituido, y una mayor resistencia frente a lo que amenaza con desestabilizarlo.

    La cuarta razón se basa en que el radicalismo permite mantener conceptos, propuestas y cuestionamientos que, de otro modo, serían fácilmente digeridos y recuperados por los modelos sociales dominantes gracias al proceso de predigestión que se encargan de llevar a cabo los movimientos reformistas, un poco como ocurre con las vacunas.

    La quinta razón se refiere a la experiencia histórica. Ésta parece poner de manifiesto que es gracias a la coexistencia de amplios sectores blandos, ideológicamente inseguros, de una coherencia oscilante etc. con sectores radicales, duros, intransigentes, etc., que se produjeron las situaciones más favorables para propiciar cambios sociales profundos (véase España 1936).

    Dicho esto, está claro que la indispensable dialéctica entre radicalismo y reformismo reviste un carácter intensamente problemático.

    En efecto, es necesario impedir que el reformismo quiebre las tentativas radicales creando en torno de ellas un colchón amortiguador que cancele sus efectos desestabilizadores. Al igual que es necesario impedir que las tentativas radicales sieguen la hierba bajo los pies de los reformistas imposibilitando su tarea.

    Asimismo es necesario impedir que las innovaciones conceptuales de los reformistas terminen por desdibujar el núcleo duro del cual han surgido y el fondo de crítica radical que yace en los grupos doctrinarios, al igual que es necesario impedir que la intransigencia doctrinaria de los sectores radicales bloquee las posibilidades de innovación teórica que aportan los reformistas. En cualquier caso, parece esencial, y eso es quizás lo más difícil de todo, que radicales y reformistas se acepten mutuamente como elementos a la vez antagónicos y complementarios, y como, irreduciblemente, enemigos y aliados en un proceso en el que ambos se necesitan.

    Para concluir, quiero precisar que no he pretendido hacer un planteamiento de corte dialéctico, sino expresar mi profunda convicción de que, mientras no sepamos concebir la complejidad irreducible de las realidades, seremos incapaces de enfrentarlas con éxito.

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    NOTAS:

    1.-¿Por que, y cómo, se produce el pensamiento libertario? Sería interesante tratar el anarquismo como un objeto social que obedece a ciertas condiciones de producción (¿cuáles?), que asegura ciertas funciones sociales (¿cuáles?) y que produce a su vez ciertos efectos sociales e ideológicos (¿cuáles?).
    El hecho de que el marxismo haya tratado estas cuestiones de manera lamentable no retira nada de su interés. En éstas radica quizá la explicación de por qué el anarquismo se caracteriza por una ausencia de efectos acumulativos tanto a nivel organizativo como ideológico o social.

    2.-Me parece urgente definir cuál es el núcleo duro del pensamiento libertario y cuáles son los elementos negociables, que forman su cinturón protector. La confusión entre estos dos niveles implica a veces actitudes inútilmente sectarias.

    3.- Sin embargo, sería necesario ver si el propio grito contra el poder no constituye, en el imaginario social, una manera de impugnar, por desplazamiento, el propio nudo social, es decir, finalmente, de impugnarse a sí mismo en tanto que ese grito ya forma parte, necesariamente, de lo instituido.

    4.- Seguramente sería necesario dedicar un seminario como éste al tema de la libertad. Uno de los conceptos de mayor dificultad, puesto que plantea el problema de los sistemas autorreferenciales, cerrados sobre ellos mismos en forma de bucle.

    5.- Aprovecho la ocasión para hacer hincapié en la urgencia de abandonar la idea, profundamente totalitaria, de una sociedad armoniosa, desprovista de conflictos.

    6.- Es probable que el funcionamiento libertario de un poder libertario pase por establecer mecanismos oscilatorios que impidan la cristalización de una direccionalidad fija en las relaciones de poder, o que impidan los efectos de autoconsolidación del poder..., pero esto es otra cuestión.

    7.- No utilizo este término en el sentido técnico que reviste en economía o en la teoría de los juegos, lo uso de manera puramente analógica.

    8.- Que lo sea efectivamente es otra cuestión, pero si no es modificable, aunque sea mínimamente, entonces hay que decir adiós a todas nuestras elucubraciones militantes...

    Ibáñez, Tomás
    Actualidad del anarquismo - 1a. ed. - La Plata:
    Terramar, Buenos Aires: Libros de Anarres, 2007.
    164 p.; 20x12,5 cm. (Utopía Libertaria)

  18. Evan says:

    Espero sirva de algo.

  19. tierrarevuelta says:

    Lo pondré de esta manera, y tal vez sea bastante individualista, pero también real y concreta. Si quieren dividir al anarquismo, pues adelante, levantar consignas de poder. Una parte importante del anarquismo negará esas consignas, no me cabe ninguna duda. Si se pretende organizar al anarquismo, y en concreto al comunismo libertario y sus diferentes tenencias organizativas dejar el poder como un verbo más sin consignas de construcción política. Nosotras decidimos que queremos. Salut.

    • Nemo Nemo says:

      Ah, ¿pero que el anarquismo está o ha estado alguna vez unido?

      • tierrarevuelta says:

        No, por eso mismo, lo lógico ( creo yo) no es desunirlo más de lo que está, y cada una de los diferentes visiones acerca del anarquismo, y del comunismo anárquico en particular, debiese hacer un esfuerzo por dejar a un lado dichas consignas que algunos sectores califican como autoritarias y que solo aportan división y eternas discusiones que no ayudan en nada más que a tensionar y no para mejor.

        • Nemo Nemo says:

          Pero es que yo no creo que el anarquismo deba estar unido. Lo que se ha venido llamando anarquismo es un conjunto de corrientes, algunas contradictorias entre sí, que no tienen unión posible. Y si la tienen, no es para bien. El tema de las síntesis se lo dejo a Volín, pero no va conmigo, la cohesón teórica es algo importante en un movimiento político.
          Lo que si que defiendo es la unidad de la clase trabajadora, sea o no anarquista.

          • tierrarevuelta says:

            "Lo que si que defiendo es la unidad de la clase trabajadora, sea o no anarquista." estás seguro de tal afirmación??

          • Nemo Nemo says:

            Tan seguro como de que la revolución será obra de la clase trabajadora misma, y no de los anarquistas, una revolución soial que necesita de la unión de los trabajadores como clase, pero no de la unión de los anarquistas.

          • tierrarevuelta says:

            Concuerdo que la revolución será obra de la clase trabajadora y no de la unión de los anarquistas, pero "revolución" no siempre es sinónimo de libertad e igualdad como la entendemos desde el anarquismo. Una revolución de la clase trabajadora puede terminar en Dictaduras sean rojas o fascistas. La revolución será obra de quien la trabaje, pero no por eso será siempre virtuosa, he ahí la "labor" de los anarquistas influir en todo lo posible para que aquellos movimientos revolucionarios generen las mayores conquistas de libertad para todos, y que en lo posible no simplemente cambiemos una opresión por otra. Salut

  20. Uno más says:

    Evan, nunca ha sido un problema para los anarquistas la polisemia de las palabras. Demasiado sabemos cómo algunos interpretan y usan la palabra anarquía. El problema, con la palabra poder, incluso cuando se toma con el significado de "capacidad de...", es si sólo unos tienen esa "capacidad de decidir" o somos todos que podemos ejercer tal capacidad. Pues si todos tenemos el poder de mandar y nadie quiere obedecer, no quedará más remedio que ponernos de acuerdo (todos) para hacer... lo que sea.
    Es decir, Evan, que más allá del significado de las palabras está su uso en la práctica cotidiana, y es en esta práctica que los anarquistas queremos que nadie pueda tener más poder (capacidad de decidir y de hacer) que los demás y que, en consecuencia, tengamos que buscar y econtrar el consenso... Es a eso que le llamamos anarquía; pues la anarquía no es una ideología sino una conducta, un comportamiento par resolver los problemas de la convivencia. Y entre estos problemas está, desgraciadamente, el de tener que luchar contra los que nos quieren imponer su poder, inclusive ese "poder popular" que es el instrumento de la dominación de las burocracias en Cuba y otros países.

    • tierrarevuelta says:

      Así es, el poder popular (al menos por mi región y en diversos países) es una consigna del marxismo leninismo que pretende instaurar la Dictadura de los científicos y burócratas.

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