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Published on mayo 11th, 2014 | by Colaboraciones

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El proyecto revolucionario.

«El proyecto revolucionario» fue publicado con el título «El trabajo del revolucionario» en la revista Anarchismo en su número 59, en Enero de 1988. La traducción aquí publicada proviene de un libro recopilatorio titulado «No podréis pararnos», que a su vez fue rescatada de unas hojas mecanografiadas que se difundieron a finales de los 90. Se desconoce quién hizo la traducción ni si fue publicada en alguna revista. El texto original fue escrito por Alfredo Bonanno.

Por qué somos anarquistas insurrecionalistas.

Porque luchamos junto a todos los excluidos por aligerar y posiblemente abolir las condiciones de explotación impuestas por los incluidos.

Porque mantenemos que es posible contribuir al desarrollo de las revueltas que van naciendo espontáneamente por todas partes haciéndolas volverse insurrecciones de masa y por tanto reales y verdaderas revoluciones.

Porque queremos destruir el orden capitalista de la realidad mundial que gracias a la reestructuración informática se ha convertido en tecnológicamente útil, solamente a los gestores del dominio de clase.

Porque estamos por el ataque inmediato y destructivo contra estructuras concretas, individuos y organizaciones del capital y del Estado.

Porque criticamos constructivamente a todos aquellos que se retardan en posiciones de compromiso con el poder o que sostienen como imposible la lucha revolucionaria.

Porque mucho mejor que esperar, estamos decididos a pasar a la acción incluso cuando los tiempos no están maduros.

Porque queremos acabar con este estado de cosas ya, y no cuando las condiciones externas hagan posible su transformación.

He aquí los motivos por los que somos anarquistas, revolucionarios e insurreccionalistas.

Coger distintos aspectos de intervención revolucionaria no es fácil. Cogerlos todos juntos, introducirlos en una propuesta global que tenga su lógica intrínseca y una articulación operativa válida, es todavía más difícil. Es esto lo que entiendo por trabajo revolucionario.

En la determinación del enemigo nos entendemos (casi siempre) con suficiencia. En la imprecisión de la definición, colocamos los elementos que provienen de nuestras experiencias (sufrimientos y alegrías), de nuestra situación social, de nuestra cultura. Cada uno cree tener los elementos idóneos para designar un mapa del territorio enemigo y para identificar objetivos y responsabilidades. Que las cosas no sean luego de este modo es algo también normal. Pero no nos curamos de ello. Cuando se presenta la ocasión aportamos las oportunas modificaciones y vamos adelante.

Oscuro es nuestro proceder, oscuras las cosas que nos rodean, nos iluminamos sólo y exclusivamente del mísero cirio de la ideología y seguros, como detrás de la guía de un faro, vamos hacia delante. El hecho trágico es que las cosas que nos rodean se modifican a menudo velozmente. Los términos de la relación de clase, que en la situación contradictoria se alargan y se acortan continuamente, se desvelan hoy para esconderse mañana. Así las certezas del ayer se precipitan en la oscuridad de hoy.

Quien mantiene un polo direccional constante, aunque no inamovible, no se le toma por lo que, en efecto es, o sea un honesto navegante del mar de las perplejidades de clase, sino que es tomado a menudo por un terco repetidor de esquemas superados y de abstractas metáforas ideológicas. Quien persiste en ver al enemigo detrás de la divisa, de la fábrica, del ministerio, de la escuela, de la iglesia, etc., se le mira con suficiencia. A las cosas en su dura realidad, se las quiere sustituir con la relación abstracta, el modo de ser, lo relativo de las posiciones. El Estado, así, acaba haciéndose un modo de ver las cosas, y no un hecho material, constituido por hombres y cosas. El resultado es que las ideas del Estado no se pueden combatir sin atacar a los hombres y las cosas del Estado. Querer combatirlas aisladamente, en la esperanza de que la realidad material a ellas sometida se modifique a continuación de su precipitarse en el abismo crítico de las contradicciones lógicas, es una trágica ilusión idealista. Y es lo que de forma general sucede en estos tiempos de retroceso de las luchas y de las perspectivas de actuar.  

Nadie que no carezca de respeto hacia sí mismo, admitiría la función positiva del Estado. Por esto la deducción lógica de que si esta función no es positiva debe ser negativa, esto es que debe causar mal a algunos en beneficio de otros. Pero el Estado no es (solamente) la idea de Estado, es también la «cosa Estado», y esta «cosa», está constituida por el policía y por la comisaría de policía, por el ministro y por el ministerio, por el sacerdote y la iglesia (también por el palacio donde se desarrolla el culto de la estafa y la mentira), del banquero y de la banca, del especulador y de su despacho, y así hasta el soplón y su más o menos confortable apartamento de la periferia. El Estado es esta cosa articulada, o no es nada: una vana abstracción, un modelo teórico, absolutamente imposible de atacar y derrotar. Ciertamente el Estado está también dentro de nosotros y dentro de los otros. Por eso es también idea. Pero en su ser idea, está subordinado a los lugares físicos y a los cuerpos físicos que lo realizan. Un ataque a la idea del Estado (también a la que albergamos dentro de nosotros, a menudo sin darnos cuenta de ello), es posible sólo en el momento que estamos atacando físicamente y en sentido destructivo su materialización histórica, esto es, su ser ante nosotros en carne y hueso y en ladrillos y hormigón.

¿Pero cómo atacar? Las cosas son duras. Los hombres se defienden y se preparan. La elección de los medios de ataque es también víctima de un equívoco similar a lo que precede. Podemos atacar (es más, debemos) con las ideas contraponiendo crítica a crítica, lógica a lógica, análisis a análisis. Pero esto sería inútil ejercitación, si se hiciese de modo aislado, separado de una intervención directa sobre las cosas y los hombres del Estado (y del capital, se entiende) Por eso en correlación con lo dicho antes, no sólo ataque con las ideas, sino ataque con las armas. No veo otra vía de salida. Limitarse a un certamen ideológico contribuye a suministrar elementos al enemigo.

Por eso, profundización teórica paralela y contemporánea al ataque práctico.

Es precisamente en el ataque, que la teoría se modifica en la práctica y la práctica asume sus fundamentos teóricos. Limitándose a la teoría se queda en el campo del idealismo, típica filosofía burguesa que lleva centenares de años alimentando los enroques (jugadas) de la clase dominante y también el aislamiento de los exterminadores de derecha o de izquierda. No importa si alguna vez este idealismo se ha camuflado de materialismo (histórico), siempre se trataba del viejo idealismo fagocitador de hombres. Un materialismo libertario debe por fuerza superar la separación entre idea y hecho. Si se determina al enemigo es necesario golpearlo, y golpearlo de modo adecuado. No tan adecuado a las valoraciones óptimas de su destrucción, valoraciones hechas por el atacante, como a la situación general que constituye parte no desdeñable de las defensas y de la posibilidad de supervivencia y de incremento de la peligrosidad del enemigo. Si se le golpea es necesario hacerlo destruyendo una parte de su estructura, haciendo pues más difícil el funcionamiento del conjunto. Todo esto aisladamente considerado, corre el peligro de resultar poco significativo. Esto es, no logra convertirse en algo real. Para tener esta transformación se necesita que el ataque esté acompañado de una profundización crítica de las ideas del enemigo, las ideas que son parte de su acción opresiva y represiva. 

Pero este recíproco convertir la acción práctica en la acción teórica y de la teoría en la práctica, no puede suceder como algo artificialmente superpuesto. En el sentido, por poner un ejemplo, de quien realiza una acción y pone encima su bravo documento de reivindicación. Las ideas del enemigo, de este modo, no se critican ni se profundizan. Se cristalizan dentro del proceso ideológico y se hacen ver como contrapuestas fuertemente a las ideas del atacante,también ellas transformadas en algo fuertemente ideológico. Creo que pocas cosas me son tan odiosas como este modo de proceder. 

¿Pero existe otro quehacer?

El lugar de la conversión de la teoría en la práctica y viceversa es el lugar del proyecto. Es el proyecto en su conjunto articulado lo que hace significativa la acción práctica y la crítica de las ideas del enemigo. De ello deriva que el trabajo del revolucionario es esencialmente, la elaboración y la realización de un proyecto.

Pero antes de saber qué cosa puede acaso ser un proyecto revolucionario, se necesita ponerse de acuerdo sobre cuáles son las cosas que el revolucionario debe poseer para trabajar en la elaboración del proyecto.

Primero el coraje. No el banal del choque físico o del asalto a la trinchera enemiga, sino el más difícil, el de las propias ideas. Se piensa de una cierta forma y se tiene una cierta valoración de las cosas, de los hombres, del mundo, y de sus tareas debe tener el coraje de ir hasta el final y al fondo, sin compromisos, sin medias tintas, sin aparentar, sin ilusiones. Pararse a la mitad es delictivo o si se prefiere absolutamente normal. Pero el revolucionario no es un hombre «normal». Debe ir mas allá de la normalidad, pero también de la excepcionalidad que es el modo aristocrático de considerar la diversidad. Más allá del bien pero también del mal, diría alguno.

No puede esperar que otro haga lo que hay que hacer. No puede delegar en los otros lo que su conciencia le dicta hacer. No puede aceptar en paz que en otros sitios, otros hombres como él, agitados y deseosos de destruir lo que nos oprime, hagan las cosas que él mismo podría hacer, tan solo con quererlo, sólo con que saliese del sopor y de los embrollos, de la palabrería y de los equívocos.

Por eso debe trabajar y trabajar duro. Trabajar para suministrarse los medios necesarios con los cuales dar fundamento idóneo a sus propios convencimientos. Y aquí entra la segunda cosa: la constancia. La fuerza de continuar, de perseverar, de insistir, también, cuando los otros se descorazonan y todo parece difícil.

No hay posibilidad de procurarse los medios que se necesitan si no es con la constancia del trabajo. El revolucionario tiene necesidad de medios culturales, esto es, de análisis, de conocimiento de base, de ahondamientos institucionales. También de estudios que parecen lejanísimos de la práctica revolucionaria y que son indispensables para la acción. Las lenguas, la economía, la filosofía, las matemáticas, las ciencias naturales, la química, las ciencias sociales, etc. Todos estos conocimientos no pueden ser vistos como sectores de especialización, ni siquiera como ejercitación diletante de un espíritu estrafalario que pizca a derecha y a izquierda, deseoso de saber pero constantemente ignorante por no estar en posesión de un método que le permite aprender. Y luego las técnicas: el escribir correctamente (y también del modo idóneo, el fin que se quiere lograr), el hablar a los otros (con todas las técnicas del hablar que son cosa no fácil y de gran importancia); el estudiar (que es técnica y también estudiar en tanto y cuanto sirva para facilitar el aprendizaje y no como especialización en sí misma); el recordar (que puede mejorarse y no dejarlo a la disposición natural, más o menos, que llevamos dentro desde la infancia); el manipular (que muchos consideran una especie de misterioso don de la naturaleza pero que en cambio es técnica que se puede aprender y perfeccionar), y otras más.

La búsqueda de estos medios es trabajo constante que no termina nunca. Su perfeccionamiento como su extensión a campos diversos, es compromiso constante del revolucionario.

Queda luego la tercera: la creatividad. No hay duda que el conjunto de medios que se van construyendo no sería productivo y se quedaría en fin en sí mismo, si no se produjese enseguida o después de un cierto tiempo, experiencias nuevas, profundamente transformadoras del individuo, en las cuales se produzcan sin tregua, modificaciones en el conjunto de los medios mismos y en las posibilidades de su empleo. Es aquí donde se puede coger la fuerza de la creatividad, esto es, del fruto de los esfuerzos precedentes. Los procesos lógicos quedan detrás, se han vuelto hechos de fondo, elemento despreciable, mientras emerge un nuevo elemento, total y distinto: la intuición.

El problema ahora se ve distinto. Ya no es como antes. Innumerables enlaces y comparaciones, inferencias y deducciones, suceden sin que nosotros nos demos cuenta de ello. Todo el conjunto de medios de los que hemos entrado en posesión vibra y se hace vivo. Recuerdos y nuevas comprensiones, viejas cosas no comprendidas que ahora se ven claras, ideas y tensiones. Una mezcla increíble que es el mero hecho creativo y que debe ser inmediatamente sometido a la disciplina del método, al dominio de las técnicas, para que pueda producir algo limitado, si se quiere, pero inmediatamente perceptible y gozable. Desgraciadamente el destino de la creatividad es que su inmensa potencialidad explosiva inicial (la cual es poca cosa en ausencia de medios de fondo de los que hablábamos antes) debe sucesivamente ser reconducida al interior de los límites de la técnica en sentido estricto, debe hacerse palabra, página, figura, sueño, forma, objeto, en caso contrario fuera de los esquemas de esta prisión comunicativa, queda abandonada y dispersa, en el mar de la inconmensurabilidad.

Finalmente una última: la materialidad. Esto es, la capacidad de coger el fundamento material, real de lo que nos circunda. Por ejemplo la capacidad de comprender que para actuar se necesitan medios idóneos a la acción, no es algo simple. La tarea de los medios parece siempre mucho más clara pero causa siempre incomprensiones. Pongamos el caso del dinero. No hay duda que sin dinero no podemos hacer las cosas que queremos hacer. No hay duda que un revolucionario no puede pedir financiación al Estado para construir los proyectos directos para destruir el mismo Estado. No se puede pensar ni siquiera, que con pequeñas (y generalmente modestas) suscripciones personales se pueden hacer todas las cosas que se quieren hacer (y que se cree necesario hacer). No pueden ni siquiera continuar llorando al infinito sobre la falta de dinero o resignarse ante el hecho de que vista la falta de dinero algunas cosas que se deberían hacer no se puedan hacer. No puede ni siquiera asumir por mucho tiempo la posición de los que estando sin dinero se sienten perfectamente en regla con sí mismos, diciendo que otro haga lo que debería hacer él directamente. Cierto, claro está, que si un compañero no tiene dinero no tiene que pagar lo que puede no permitirse pagar ¿pero es verdad que ha hecho todo cuanto podía para procurarse el dinero? O bien existe un único modo de encontrar el dinero: ¿el de ir a mendigarlos a los patronos? Pienso que no.

En el arco de variaciones de un posible modo de ser, tendencias personales y adquisiciones culturales polarizandos comportamientos límite que son ambos limitados y polarizantes. Por un lado, los que privilegian el momento teórico; por otro los que se logran en el momento práctico. Casi nunca estas dos polarizaciones están en un «estado puro» pero a menudo están suficientemente caracterizadas para convertirse en obstáculos e impedimentos.

Las grandes posibilidades que la profundización teórica pone a disposición del revolucionario, quedan en letra muerta, es más se hacen elemento de contradicción y de obstáculo cuando son llevadas al infinito. Hay quien no sabe hacer otra cosa que pensar teóricamente la vida. No es necesario que sea un literato o un estudioso (para esta gente la cosa sería normal) sino que puede ser un proletario cualquiera, un marginado crecido en la calle y liado a puñetazos. Esta búsqueda de la hipótesis resolutiva a través de la sutileza del razonamiento, se transforma en un ansia disorgánica, un tumultuoso deseo de comprender, que se transforma en pura confusión, disminuyendo la primacía del cerebro que se quiere mantener a cualquier costo. Estas exasperaciones reducen la posibilidad crítica de poner orden en las propias ideas, extendiendo la posibilidad creativa del individuo pero solamente en estado puro, se podría decir en estado libre, suministrando imágenes y juicios absolutamente privados de un método organizativo que los pueda hacer utilizables. El sujeto vive, casi constantemente en una especie de «trance«, come mal, tiene una pésima relación con el cuerpo, vive mal la relación con los otros. Se vuelve fácilmente sospechoso, cuando no ansioso de ser «comprendido«, y por esto acumula cada vez más increíble confusión de razonamientos contradictorios, sin ser capaz de encontrar un hilo conductor. La solución, para salir del laberinto, sería la acción. Pero ésta para ser tal, según este modelo de polarización que estamos examinando debe antes ser sometida al dominio del cerebro, de la «lógica« del razonamiento. De este modo, la acción está muerta o reenviada, o vivida mal por no ser «comprendida», porque no es reconducida al primado del pensamiento.

Por otro lado, la constancia del hacer, el desempeño de la propia vida en las cosas a llevar a término. Hoy, mañana, día tras día. Quizá en la espera de un día particular que ponga fin a este reenvío hacia adelante, al infinito. Pero mientras tanto, ninguna, o casi ninguna, búsqueda de un momento de reflexión que no sea exclusivamente referente a las cosas por hacer. El primado de quitar la vida como el primado del pensar. En la acción por sí misma no está la superación del momento contradictorio del individuo. Para el revolucionario las cosas están todavía peor. Los acompañamientos clásicos, que el individuo desarrolla para convencerse a sí mismo, respecto a la utilidad y a la totalidad de la acción que quiere hacer, no bastan para el revolucionario. El único expediente al que puede recurrir es el reenvío hacia adelante, a un tiempo mejor, cuando no sea necesario dedicarse «exclusivamente» al hacer y se pueda también pensar. ¿Pero cómo se podría pensar sin los medios para poderlo hacer? ¿Tal vez porque el pensamiento sea una actividad autónoma del hombre cuando éste deja de actuar? No ciertamente. Del mismo modo que el hacer no es una actividad autónoma del hombre cuando éste deja de pensar.

Poseídas pues algunas cosas, el coraje, la constancia, la creatividad, la materialidad, el revolucionario puede sacar fruto a los medios de los que está en posesión y, con ésta construir su proyecto.

Y éste deberá mirar los aspectos analíticos y los aspectos prácticos. De nuevo, se representa una división que para poder ser eliminada debe profundizarse en su más íntima inconsistencia, esto es, en su real dimensión de lugar común de la lógica dominante. Un proyecto es análisis (político, social, económico, filosófico, etc.), pero es también propuesta organizativa (técnica, psicológica).

Ningún proyecto puede ser sólo lo uno o lo otro de estos aspectos. Cada análisis recibe una diversa angulación y un diferente desarrollo si se introduce en una propuesta organizativa antes que en otra. Y viceversa, una propuesta organizativa está fundada sólo si es asistida de un análisis idóneo. El revolucionario que no esté en condiciones de dirigir el análisis y el elemento organizativo de su proyecto, estará siempre a merced de los eventos, llegando constantemente tarde a las cosas, nunca antes.

El fin del proyecto es en efecto el de ver para preparar. El proyecto es una prótesis, como cualquier otra elaboración intelectual del hombre, para permitir la acción, para hacerla posible, para no reducirla a la nada en el debate inútil de la improvisación. Pero no es «causa« de la acción, no tiene ningún elemento de justificación en este sentido. El proyecto, si se entiende correctamente, es acción en sí mismo, mientras la acción es proyecto en sí misma en tanto la acreciente, la enriquezca y la transforme.

No comprender estas fundamentales premisas del trabajo revolucionario, causa, a menudo, confusiones y frustraciones. Muchos compañeros, que se quedan ligados a las intervenciones que podemos definir reflejas, sufren a menudo contragolpes que son similares a las desmotivaciones, a los descorazonamientos. Un hecho externo (la represión muy a menudo) determina el estímulo a una intervención. Cuando el hecho se detiene o se logra, la intervención no tiene más razón de existir. De aquí la constatación (frustrante) que ha obligado a volver al punto de antes. Se tiene la impresión de querer excavar la montaña con un cuchillo. La gente no recuerda, olvida pronto. La agregación no sucede. Casi siempre se es pocos. Casi siempre los únicos. Hasta el advenimiento del próximo estímulo externo, la cercanía del compañero que sólo actúa «reflexionando», sobreviviendo, yendo a menudo del rechazo radical al cierre en sí mismo, del mutismo desganado a las fantasías de destrucción del mundo (seres humanos incluidos).

Muchos otros compañeros están ligados a las intervenciones que podemos decir de rutina, esto es, los ligados a los recursos literarios (periódicos, libros, revistas) o asamblearios (congresos, reuniones, debates, asambleas). También aquí la tragedia humana no tarda en hacer su aparición. La mayoría de las veces no se trata tanto de la frustración personal (que también está y se ve), como de la transformación del compañero en burócrata congresual o en redactor de folios más o menos legibles que trata de esconder su propia inconsistencia propositiva yendo detrás de los acontecimientos cotidianos para explicarlos a la luz crítica del propio punto de vista. Como se ve la tragedia es siempre la misma.

El Proyecto, pues, es necesariamente propositivo. No puede más que tomar la iniciativa. Sobre todo, iniciativa de tipo operativo: las cosas a hacer vistas de un determinado modo. Luego en segundo lugar, iniciativa de tipo organizativo: cómo hacer estas cosas.

Muchos no se dan cuenta que las cosas a hacer (contraposición de clase) no están codificadas de una vez para siempre, sino que asumen en el tiempo y en el discurrir de las relaciones sociales, significados diversos. Esto conlleva la necesidad de valoraciones teóricas de las cosas a hacer. El hecho que algunas de estas cosas permanezcan por más tiempo como si fueran inmóviles, no significa que sean inmóviles. Por ejemplo, que haya una necesidad de organizarse para golpear al enemigo de clase, conlleva por sí misma, en cuanto a necesidad, una permanencia en el tiempo. Medios y formas organizativas tienden a cristalizarse. Y bajo ciertos aspectos, está bien que sea así. No es necesario reinventar todo cada vez que se organiza, quizás después de haber sufrido los golpes de la represión. Pero esto no quiere decir que esta reanudación deba por fuerza representar las características de la repetitividad absoluta. Los modelos precedentes pueden ser sometidos a crítica, aunque, en el fondo, resulten válidos y por eso puedan constituir un punto de partida no desdeñable. En esta materia nos sentimos a menudo bajo el ojo de las críticas, también desinformadas y preconcebidas y se quiere evitar, a toda costa, la sensación de «irreductibles» que suena así como valoración positiva, pero contiene también un elemento notable de denuncia de la incapacidad de comprender el desarrollo de las condiciones sociales en su conjunto.

Por eso, la posibilidad de utilización de viejos modelos organizativos aunque sometidos a crítica radical. Pero cuál podrá ser esta crítica. Principalmente una: denuncia de la inutilidad y de la peligrosidad de estructuras centralizadas y organigramas; denuncia de la mentalidad de delegación; denuncia del mito cuantitativo; denuncia del mito simbólico y de lo grandioso; denuncia de la utilización de los grandes medios de información, etc. Como se ve, se trata de críticas que hacen ver el otro aspecto del cielo revolucionario, el aspecto anárquico y libertario. Negar las estructuras centralizadas, los organigramas dirigistas, la delegación, lo cuantitativo, lo simbólico, el entrismo informativo, etc., significa entrar de lleno en la metodología anarquista. Y una propositividad anárquica necesita de algunas consideraciones preliminares.

Aparentemente, y en los inicios, especialmente para quien no está convencido de la necesidad y de la validez de este método, puede parecer, (y bajo ciertos aspectos es) menos eficaz. Los resultados son más modestos, menos evidentes, tienen todo el aspecto de la dispersión y de la no reconducción a un proyecto unitario. Son resultados pulverizantes y difusos, esto es, derivan de objetivos mínimos que no parecen ser enseguida reconducibles a un enemigo central, al menos por como aparecen en las iconografías descriptivas redactadas por el poder mismo. Muchas veces al poder le interesa hacer ver las ramificaciones periféricas de sí mismo y de las estructuras que lo rigen bajo aspectos positivos, como si estas ramificaciones absorbieran exclusivamente funciones sociales indispensables a la vida. Esconde en cambio muy bien y muy fácilmente, vista nuestra incapacidad de denunciar las conexiones, la relación que hay entre estas estructuras periféricas y la represión o la reunión del consenso, de aquí la notable tarea que espera al revolucionario, el cual golpeando, tiene también que esperarse una no inicial comprensión de sus acciones, de donde surge la consiguiente necesidad de «aclaraciones». Es aquí donde se coloca una ulterior trampa. Traducir estas aclaraciones en términos ideológicos significa representar, en la difusión y en lo periférico, los términos exactos de la concentración y de la centralidad. El método anarquista no puede nunca desplegarse a través de un filtro ideológico. Cuando esto ha sucedido se ha yuxtapuesto nuestro método a prácticas y a proyectos que bien poco de libertario poseían. 

Desde la denuncia de la delegación como práctica (de la teoría), además de autoritaria (este segundo aspecto podría sonar menos comprensible a compañeros no anarquistas desde siempre), lleva a la profundización de procesos agregativos. Esto es a la posibilidad de construir una agregación indirecta, una forma de referencia organizativa que no esté ligada a bases de organigramas. Grupos separados, unidos por la metodología, no por relaciones jerárquicas. Objetivos comunes, elecciones comunes, pero indirectas, todo ello querido a través de la objetividad de las elecciones comunes de los fines comunes. Cada uno hace sus propias cosas y no siente la necesidad de proponer relaciones de agregación directas que antes o después acaba por construir organigramas jerárquicos (aunque horizontales, en cuanto que se pretende quedar dentro del método anarquista) y que tienen como buen resultado el de ser destruibles cada vez que se levanta el viento represivo. Es el mito de lo cuantitativo que debe caer. El mito del número que «impresiona» al enemigo, el mito de las «fuerzas» a bajara la calle, el mito del «ejército de liberación» y otros asuntos del género. 

Así, sin quererlo casi, las viejas cosas se transforman en nuevas. Los modelos del pasado objetivos y prácticos, se revolucionan en el interior. Emerge a primer plano, sin sombra de duda, la definitiva crisis del método «político«Cada pretensión de representar modelos ideológicos para imponer a las prácticas subversivas, pensamos está definitivamente fuera de lugar.

Bajo otros aspectos y hechas las debidas proporciones, es todo el mundo en su conjunto el que está rechazando el modelo político. La crisis de la política es asunto de cada día. Las estructuras políticas tradicionales, con sus connotaciones «fuertes« son o están rechazadas. Los partidos de la izquierda se uniformizan a los de centro y los partidos de la derecha se aprietan hacia el centro siempre para no quedar aislados. Las democracias del oeste se acercan a las dictaduras del este. Este hundimiento de las estructuras políticas corresponde a una profunda modificación de las estructuras económicas y sociales. Nuevas necesidades emergen para los que deben pensar en la gestión de las potencialidades subversivas de las grandes masas. Los mitos del pasado, también el de la «lucha de clases controlada« han acabado. Las grandes masas de explotados han sido absorbidas en mecanismos que se chocan con las ideologías políticas, puras pero superficiales del ayer. He aquí el porqué los partidos de izquierda se están acercando a posiciones de centro, lo que en sustancia corresponde a un anulamiento de las discriminaciones políticas y a una posible gestión propiamente del consenso, si no acaso desde el punto de vista administrativo. Son las cosas a hacer, los programas a breve plazo, la gestión de lo público, lo que focaliza las discriminaciones. Los proyectos políticos ideales, (y pues ideológicos) están decaídos. Ninguno (o casi) está disponible para luchar por una sociedad comunista, pero pueden de nuevo otra vez ser sometidos a estructuras que pretenden salvaguardar sus intereses inmediatos, por esto, la creciente importancia de las luchas y de las formaciones políticas municipales en las confrontaciones de las estructuras políticas grandes, parlamentos nacionales y supranacionales.

La decadencia de lo político no es por sí mismo, a estos niveles, elemento que pueda hacer pensar en un giro «anarquista» en la sociedad civil, la cual, toma conciencia de su propia primariedad, contraponiéndose a los intentos de gestión política indirecta. Nada de esto. Se trata de modificaciones profundas en la estructura moderna del capital, que se uniformiza también a nivel internacional, precisamente por la cada vez mayor interdependencia hoy existente en las diversas realidades periféricas. Estas modificaciones determinan, a su vez, la imposibilidad de un control consensual a través de los mitos políticos del pasado y el paso a métodos de control más adecuados a los tiempos. La oferta de las mejores condiciones de vida en breve plazo: logro más elevado de las necesidades primarias en el este, trabajo para todos, en el oeste, éstos son los términos del nuevo curso.

De todas formas, por extraño que pueda parecer, la crisis de lo político en cuanto fenómeno generalizado, comportará necesariamente una crisis de las relaciones jerárquicas, de delegación, etc., esto es, de todas las relaciones que tienden a dislocar en la dimensión mítica lo que son los términos reales de la contraposición de clase. Esto no podrá quedar durante largo tiempo sin consecuencias también sobre la capacidad de mucha gente de comprender que la lucha no puede pasar ya a través de los mitos de la política, sino que debe entrar en la dimensión concreta de la destrucción inmediata del enemigo.

Están también aquellos que no queriendo comprender, en sustancia cuál debe ser el trabajo revolucionario, propugnan ante las modificaciones sociales vistas antes, métodos de contraposición suave, los cuales pretenderían obstaculizar el dialogo del nuevo dominio con la resistencia pasiva, la «deslegitimación» del poder. Se trata en mi parecer de un equívoco basado en el hecho de cómo se piensa en el poder moderno. Y se piensa así precisamente porque es más permisivo y más ampliamente basado en el consenso, menos «fuerte» que el del pasado (basado sobre la jerarquía y la centralización absoluta). Es un error como otro y deriva del hecho de que dentro de cada uno de nosotros quedan los residuos de un paralelo: poder fuerza, que las modernas estructuras dominantes están desmontando parte por parte. Un poder débil pero eficiente es tal vez peor que el poder fuerte pero grosero. El primero penetra en los tejidos psicológicos de la sociedad, hasta dentro del individuo, implicándolo, el segundo es externo, tiene la voz gruesa, muerde, pero en el fondo construye sólo muros de prisiones que antes o después se pueden escalar. 

La multiplicidad de los aspectos del proyecto confiere al trabajo del revolucionario una perspectiva también múltiple.

Ningún campo de posible actividad puede ser excluido a priori. No pueden por el mismo motivo, existir campos de intervención privilegiados, tampoco «congeniales» al individuo. Conozco compañeros que no se sienten «atraídos» por algunos sectores de intervención —pongamos la lucha de liberación nacional—. Las objeciones que marcan el rechazo a un cierto campo de intervención son de lo más vario, pero se reconducen todas a la idea (errada) que cada uno debe hacer las cosas que le reporten la máxima satisfacción posible. Esta idea está errada, no porque no sea justo que uno de los alicientes debe ser la alegría y la satisfacción personal, sino porque la búsqueda de esta motivación individual puede ser preclusiva de otra búsqueda más amplia y significativa, la que se funda sobre la totalidad de la intervención. Partir de preconceptos en lo que atañe a determinadas prácticas o teorías significa atrincherarse —exclusivamente por «miedo»— detrás del hecho, casi siempre ilusorio de que las prácticas y las teorías no nos «gustan». Pero todo rechazo del preconcepto está siempre fundado sobre el escaso conocimiento de lo que se rechaza, sobre la escasa o nula posibilidad de acercarse a la cosa que se rechaza. La satisfacción y la alegría de hoy son así elegidas como fin definitivo, en su inmediatez ellas cierran las perspectivas del mañana, nos volvemos así, a menudo sin quererlo, miedosos y dogmáticos rencorosos hacia los que en cambio logran superar estos obstáculos, sospechosos hacia todos, descontentos, infelices. 

El único límite aceptable es el de nuestras (limitadas) posibilidades. Pero también este límite puede ser individualizado siempre en el hecho concreto y no sospechado, como existente a priori. Yo siempre he partido de la hipótesis (evidentemente fantástica, pero operativamente real) de no tener límites, de tener posibilidades y capacidades inmensas.

Luego, la práctica de cada día se ha encargado de indicarme los límites objetivos, míos y de las cosas que he ido haciendo, pero estos límites a priori no me han detenido nunca, no han emergido como ineluctables obstáculos a posteriori. Ninguna empresa por cuan increíble o gigantesca me ha bloqueado antes de comenzarla. Sólo después en el curso de las prácticas relativas a ella, la modestia de mis medios y de mi capacidad ha emergido, pero aún con su insuperable presencia no me ha podido impedir obtener resultados parciales que luego son las cosas humanamente alcanzables.

Pero también esto es un problema de «mentalidad», esto es, del modo de ver las cosas. A menudo se está demasiado ligado a lo inmediatamente perceptible, al realismo «socialista« del barrio, de la ciudad, de la nación, etc. Se es internacionalista en palabrería, pero en los hechos concretos, se prefiere lo que es más conocido. De este modo nos encerramos hacia lo externo y hacia lo interno. Se rechazan las relaciones internacionales reales, que son relaciones de comprensión recíproca, de superación de las barreras (también lingüísticas) de colaboración y de mutuo cambio. Pero se rechazan también las relaciones específicas locales, con sus características, sus contradicciones internas, sus mitos y sus dificultades. El hecho cómico es que los primeros se rechazan en nombre de los segundos, y los segundos en nombre de los primeros.

Lo mismo respecto a las actividades específicas, preparatorias, encaminadas a la reunión de los medios revolucionarios. También aquí la delegación en otros compañeros es un hecho que a menudo, se decide a priori. Se basa sobre rémoras y miedos que, bien profundizados no tienen mucho que decir. El profesionalismo que en otras partes se abandera, no encuentra lugar en la metodología anarquista, pero ni siquiera el rechazo a priori, o el cierre preconcebido. Lo mismo para cuanto sucede en relación al deseo de la experiencia fin en sí misma, de la urgencia del «hacer», de la satisfacción personal, de las «emociones». Los dos extremos se tocan y se complementan en la cercanía.

El proyecto barre estos problemas porque logra ver las cosas en su globalidad. Por el mismo motivo el trabajo revolucionario está necesariamente ligado al proyecto, se identifica con este, no puede limitarse a aspectos parciales. Por su parte, un proyecto parcial no es un proyecto revolucionario, puede ser un óptimo proyecto de trabajo, puede llegar a comprometer a compañeros y recursos aún por largos períodos de tiempo, pero antes o después acaba por ser penalizado frente a la realidad del combate de clase.

Radix

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