Cultura

Publicado el 18 de mayo de 2015 por Liberty Cravan

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El tiempo campesino, el tiempo zapatista

(Escribo a raiz de los artículos de La Colectividad sobre el tiempo en el capitalismo… y otras lecturas)

El tiempo no son los leds que se encienden y se apagan eléctricamente para obtener sentido, ni manecillas que giran incesantemente. No son granos de arena deslizándose desde el cono superior al vacío, amontonando el pasado. El tiempo tiene también que ver con la acción y la reflexión sobre lo que realizamos. Mucho tiempo, o poco… ¿Para qué? Conceptos que se vuelven abstractos por la valoración personal de aquello que está sucediendo, de lo que está por suceder.

El orgullo zapatista y su revolución lenta pero profunda es un ejemplo de transformación inaceptable para la modernidad. Así encontramos documentos infames que hablan de lo estéril de la acción zapatista en base a los criterios que marcan sus opositores y falsos compañeros. El nacimiento del Sup Marcos y su transformación en Galeano, movido por el entendimiento poético de que incluso los muertos siguen luchando, demuestra una posición firme frente al tiempo exterior que pretende imponerse. Su último comunicado es una rebelión frente a la posibilidad, real y en proceso, del etnocidio zapatista. Hace aparecer también a los desaparecidos en Ayotzinapa y devuelve la importancia a lo importante. «En lugar de tuits, hacemos escuelas y clínicas, en lugar de trending topics, fiestas para celebrar la vida derrotando a la muerte.»

El reflejo de la derrota que podría haber sido se muestra a las claras en el mundo rural occidental, convertido en una mala copia de lo urbano. Según la flecha temporal que marca inevitablemente el progreso, el tiempo se trastocó para los labriegos y paisanos, pasando por encima de las impotentes y envejecidas comunidades campesinas al brutal estilo en que imaginaba Werner Rösener*: como un ferrocarril sobre una carretilla. La locomotora de la historia trae consigo la ociosidad y la explotación asalariada. Antes, el trabajo duro, reconfortante, en beneficio propio y comunitario, se repartía a lo largo de la vida con instantes de esparcimiento sujetos con los alfileres de la sociabilidad. Ahora, deja lugar a las largas horas vacías frente al televisor y largos segundos de trabajo industrializado, también en el campo. Mientras, la atomización mata a la sociedad como un cáncer.

Todas esas comunidades murieron por el mismo deseo de (hacerlas) «prosperar». Economía rentable, ultramovilidad, ayudas para la mecanización… ¿La prosperidad de quién, cabe preguntarse? La misma que llenó los suburbios de las grandes ciudades hace 50 años y los convirtió en espacios de concentración: Insalubres, sin servicios, sin futuro.

Late el mismo deseo de destrucción en quienes querrían hacer de la revolución zapatista una realidad mensurable, protocolarizada, parametrizada. Quien ignora el compromiso zapatista con el reencantamiento del mundo y olvida la oposición militar del Estado mexicano. Quien valora desde una mentalidad incapaz de reconocerse a sí misma, porque es incapaz de reconocer al otro.

*Werner Rösener, Los campesinos en la historia europea. Crítica, 1995.

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Acerca del autor

Liberty Cravan

Sin más relación con el poeta boxeador que su condición de desertor, ladrón, embustero y fantasma. Comunista antidogmático, ecologista radical y renegado de la contracultura. Firme defensor de que, sin la existencia de un pensamiento rebelde, crítico y coherente que sepa comunicarse, un estado de opinión radical es imposible y por lo tanto, el partido de la revolución no tiene ninguna posiblilidad de formarse.



Una respuesta para El tiempo campesino, el tiempo zapatista

  1. Cronos says:

    Gracias por estas líneas, amigo.

    Creo que resulta más importante que nunca el reivindicar y enrolarnos en cualquier movimiento que tenga como objetivo ya no solo el reencantamiento del mundo, y sino la reapropiación y la defensa de lo propiamente humano. En nuestras sociedades estamos siendo testigos de una progresiva mediatización generalizada que se interpone como una membrana que entorpece las relaciones humanas con sus congéneres y con el resto de la realidad. En concreto pienso en la hipertrofia de los instrumentos de internet distribuído y la presencia cada vez más grande de «aplicaciones» que se encargan de ampliar, mejorar y eventualmente sustituir las capacidades más propiamente humanas.

    Y es que, como diría Anders, nuestra vergüenza prometeica (vergüenza que surge cuando nosotros seres humanos nos vemos superados en algún aspecto de la realidad por nuestras propias creaciones) está contribuyendo decisivamente a una integración humano-máquina basada en una relación de sumisión y adoración. En el siglo pasado muchos visionarios, escritores de ciencia ficción y críticos sociales señalaban la posibilidad y, en algunos casos, el riesgo de la aparición de compuestos humano-máquina que pusieran en jaque el mismo concepto de lo humano. En aquella época se pensaba más bien en la introducción física de componentes mecánicos en los cuerpos humanos, o también en la modificación física de los cuerpos a través de la ingeniería genética. Sin afirmar que dichos problemas no estén todavía al orden del día si que creo que es importante señalar con fuerza que quizá no son los más urgentes. La implantación de los smartphone como algo más que un instrumento, como casi ya una extensión del mismo cuerpo humano, ha de hecho realizado ese sueño/pesadilla del pasado siglo. La mayor parte de la gente con la que nos comunicamos son ya una suerte de cyborgs, de cyborgs cognitivos. La extensión sustitución de las características humanas no ha sido tanto física como simbólica. Se han entregado como prisioneros de guerra (o se están entregando) cuestiones tan constitutivas de lo humano como la orientación, la memoria, la comunicación... ¿No se hace cada vez más difícil pensar en todo eso al margen de los dispositivos, de las máquinas?

    Bueno, sin enrrollarme más, decir que a la vista de esto me parece especialmente este tipo de reivindicaciones y, en general, todo tipo de movimiento que se marque como objetivo defender, extender y cultiva las habilidades humanas, su sensibilidad. Y sobre todo que lo haga en contra de la extensión incontrolable de la megamáquina, la técnica, el capitalismo o como queramos llamar a la hydra que día a día nos invade y nos deja sin espacio para movernos y respirar.

    Salud

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