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Published on agosto 31st, 2013 | by La Colectividad

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Entrevista a Chomsky. Sobre violencia revolucionaria, comunismo, y la izquierda estadounidense

A continuación paso a traducir una entrevista que Christopher Helali (CH), editor de Pax Marxista, realizó a Noam Chomsky (NC) a principios de agosto de 2013. Su interés radica en las reflexiones que Chomsky realiza sobre violencia revolucionaria, marxismo, leninismo, y una figura «radical» de mucha actualidad como lo es Slavoj Žižek. He intentado ser lo más fiel posible al texto original, dejando así los largos párrafos en los que Chomsky se explaya y divaga a sus anchas, aunque aquello que esté entre paréntesis son notas mías para aclarar la traducción. Sin más, vamos a ello.

CH: Bueno, lo primero de todo agradecerle esta entrevista y todos los años de continuo activismo y solidaridad.

NC: Gracias.

CH: En estos últimos años se ha dado una revaluación de la praxis revolucionaria violenta por parte de algunos pensadores de la izquierda. ¿Cuál es su posicionamiento con respecto al uso de la violencia, en este caso entendida como subjetiva y no como simbólica u objetiva, en los movimientos de liberación?

NC: Lo primero decir que no estoy al tanto de ese resurgimiento y que no sé exactamente qué es lo que se está planteando. ¿Se está planteando que cojamos nuestras armas y derroquemos al gobierno?

CH: En resumen, algunos pensadores han propuesto pensar una vez más, a través de ejemplos como la Era del Terror en Francia, las implicaciones éticas del uso de la violencia para así justificar dichos ejemplos y similares.

NC: Tal vez fuera así, tal vez no. Sea como sea, aquello fue producto de un gobierno que tras haber sido establecido llevó a cabo una campaña de terror contra sus adversarios. ¿Es ésa la situación en la que nos encontramos ahora?

CH: Algunos dirían que vivimos tiempos peligrosos.

NC: Bueno, tal vez vivamos en tiempos peligrosos pero, ¿somos tú y yo parte de un gobierno revolucionario que controla las fuerzas armadas y está enfrentado contra adversarios a ser eliminados?

CH: No.

NC: Bien, entonces la analogía es irrelevante. ¿Qué es entonces relevante?

CH: Entonces, la pregunta sería: ¿se puede justificar la violencia para derrocar a un gobierno?

NC: Así que de nuevo tenemos que tomar las armas, salir a la calle, y destrozar el Chase Manhattan Bank. Bueno, si lo que quieres es morir en cinco minutos, entonces, es una buena propuesta. Pero más allá de eso la cuestión no tiene nada que ver con el mundo, así que no tiene sentido debatirla. Personalmente creo que es una locura, es como preguntarnos «¿deberíamos subirnos a un asteroide y atacar la Tierra?» Oh, bueno, tal vez yo piense que no es una buena idea pero, ¿por qué hablar de ella?

CH: Entonces,  ¿usted piensa que la idea del siglo veinte de movimiento revolucionario está acabada?

NC: No es solamente el siglo veinte. Son raras las ocasiones en las que uno puede plantearse tales cosas y, ahora mismo, no estamos ni cerca de ello. Si quieres plantear la cuestión de una forma abstracta en un seminario de filosofía entonces bien. En tal contexto podríamos discutir si se puede justificar tomar las armas para derrocar a un gobierno represivo. Claro, desde luego. Por ejemplo, yo estaba de acuerdo con la conspiración que intentó matar a Hitler. Pienso que eso era lo que había que hacer. También estaba a favor de los partisanos que resistieron a los nazis. Creo que uno puede pensar en multitud de casos en los que se puede justificar la resistencia contra la opresión, el terror, y la violencia. Yo no soy un puro pacifista, o así pienso. No obstante, creo que esto supone una gran carga, la carga de aportar pruebas, y ésta siempre recae sobre los hombros de aquellos que optan por la violencia. En algunas ocasiones se puede aportar esas pruebas, pero aun así es una carga muy pesada. Ahora, piensa que estamos en un seminario de filosofía, nada que ver con el mundo real. Pero si queremos hablar del mundo real, que es lo que a mí me interesa, entonces no tiene sentido debatir esta cuestión. Así que desconozco el resurgimiento del que hablas.

CH: Además de todo eso, se está dando un renovado interés por el legado jacobino. Hay nuevos escritos que repiensan, defienden, y justifican el el Terror, además de justificar a Robespierre y su visión de la Francia revolucionaria. Esto está siendo promulgado por gente de la izquierda que todavía tiene conexiones con las ideas comunistas del siglo veinte, como el leninismo de vanguardia. ¿Cuál es el legado jacobino y leninista en la izquierda?

NC: Lo primero de todo, éstas son dos cosas bien distintas. El caso del jacobinismo lo podríamos debatir, pero entonces volveríamos al seminario de filosofía, uno muy interesante no obstante. La cuestión sobre qué se debió haber hecho, qué tipo de acciones se deberían haber tomado en la Francia revolucionaria es muy interesante. Pero resulta que no concuerdo en lo más mínimo con Robespierre.

Ahora, pasemos al leninismo, que es una cuestión totalmente diferente, sin relación alguna. En mi opinión, el leninismo fue contrarrevolucionario. No fue una implementación del comunismo. Hubo una revolución popular, de hecho había existido por años. En 1917 ésta creció sustancialmente desde febrero. Lenin, básicamente, intentó tomar el control. Si echas un vistazo a sus escritos de 1917 verás que están muy a la izquierda. «El estado y la revolución» (Tesis de abril) es lo más radical que escribió, casi anarquista. Mi opinión al respecto es que fue puro oportunismo; no creo que Lenin se creyera sus propias palabras. Pareciera que lo que intentaba era asociarse con el movimiento popular revolucionario y convertirse en su líder. Cuando consiguió convertirse en líder no malgastó el tiempo y, con la ayuda de Trotsky, implementó un régimen represivo con los elementos básicos del estalinismo. Rápidamente desmantelaron los órganos de poder popular. No sucedió de la noche a la mañana, pero en poco tiempo fueron capaces de abolir los soviets y las asambleas en las fábricas para así convertir a la fuerza trabajadora en un ejército trabajador. La fuerza campesina revolucionaria se opuso a esto casi de una forma casual. A diferencia de Marx, quien vio en el campesinado ruso potencial revolucionario, los comunistas urbanos como Lenin se oponían enérgicamente a esta visión. De hecho, gran parte de los últimos escritos de Marx fueron suprimidos porque lo que decían no era de su agrado. No fue cosa de Marx, sino el desprecio que los comunistas urbanos tenían hacía el campesinado. Su idea era que Rusia era una sociedad atrasada de campesinos que tenía que ser dirigida hacia la industrialización, para que así las leyes de la historia la digirieran hacia el socialismo del futuro. De hecho, concebían a Rusia como algo estancado. Básicamente estaban esperando la revolución en Alemania, el más avanzado país capitalista, donde tendría que suceder la revolución. Para cuando la revolución alemana fue aplastada en 1919, Rusia ya se había convertido, no en su totalidad pero sí en gran medida, en el país industrial que Lenin y Trotsky defendían. Lo sucedido en Kronstadt finalizó el proceso. Cuando la revolución fue aplastada en Alemania se cayeron en la cuenta que su plan no iba a funcionar, así que tuvieron que forzar la industrialización de Rusia. Al poco surge la Nueva Política Económica, que es básicamente la implementación del capitalismo de estado pero con puño de hierro para así forzar el progreso. Esto viene a ser el leninismo de vanguardia.

Todo esto fue fuertemente criticado a principio de siglo veinte por algunos marxistas, sobre todo los que vinieron más tarde. Alguno de los críticos, como Rosa Luxemburgo, señalaron que el programa de Lenin, el cual pensaban era de derechas, como también lo hago yo, era… La idea era que habría una revolución proletaria, que el partido se impondría al proletariado, el comité central se impondría al partido, y el líder se impondría sobre el comité. Y básicamente fue lo que sucedió, no tal cual, pero más o menos. Dicho esto, el uso del terror para defender un estado violento y represor no tiene nada que ver con el comunismo. De hecho, pienso que uno de los golpes más bajos al socialismo fue la Revolución Bolchevique, la cual se denominó a sí misma socialista, y el mundo occidental así la denominó también. Éste es uno de los puntos en los que coinciden los dos grandes sistemas de propaganda mundial; el sistema de propaganda occidental, y el sistema de propaganda del este. Una de las pocas cosas en las que estaban de acuerdo era que el régimen bolchevique era socialista. Al sistema de propaganda occidental le gustaba la idea porque era una bueno forma de difamar al socialismo mediante su identificación con todo lo que estaba pasando en Rusia. En el este, el sistema de propaganda ruso se complacía de usar a su favor el aura moral que tenía el socialismo, que la tenía y era bastante real. Así que ambos sistemas concordaron en esto. Ya sabes que cuando los mayores sistemas propagandísticos del mundo se ponen de acuerdo en algo, a la gente, le es muy difícil liberarse de ese algo. Así que se estableció la rutina de llamarlo socialismo, aunque todo ello fuera muy anti-socialista en realidad. Recuerdo que a finales de los ochenta, cuando estaba claro que el sistema soviético se tambaleaba, una revista izquierdista, no la mencionaré, me pidió que escribiera un artículo sobre las consecuencias del colapso del sistema. Entonces escribí que sería una pequeña victoria para el socialismo si el sistema colapsara.  Ellos se negaron a publicar el artículo. Al final parece que fue publicado en una revista anarquista. No pudieron entenderlo, de hecho escribí las mismas cosas para revistas de aquí como The Nation y sí que lo publicaron. Pero creo que nadie me entendió porque aquello (la Unión Soviética) era socialismo. ¿Cómo puede alguien decir que aquello era anti-socialista? Pero no soy el único que piensa así. Los marxistas de izquierda tenían la misma opinión, gente como Anton Pannekoek, Karl Korsch, y otros que fueron marginados, porque eso es lo que le pasa a aquellos que no tienen las armas. Pienso que esta gente estaba en lo cierto. La gente que Lenin condenó como de extrema izquierda, los infantiles ultra-izquierdistas. Pienso que estaban en lo cierto, no en su totalidad, ya que hubo también mucha crítica anarquista. Desde el principio, Bertrand Russell lo entendió perfectamente. Hacia 1920 la cosa era ya innegable, creo que incluso antes. Quiero decir, yo no había nacido por aquel entonces, pero cuando tenía 12 años la cosa era bastante obvia para mí.

CH: ¿Piensa que dentro de la tradición marxista, en general, siempre existirá el peligro de ir hacia tales extremos?

NC: Sabes, francamente pienso que a Lenin no se le puede enmarcar dentro de la tradición marxista. Quién sabe qué es la tradición marxista, pero desde luego no es lo que pensaba el mismo Marx. Ya mencioné su opinión sobre el potencial revolucionario del campesinado ruso. No hay nada de esto en la obra de Lenin. Marx tenía una multitud de opiniones diferentes. Por ejemplo, Marx pensaba que era posible alcanzar el socialismo mediante el parlamentarismo en las sociedades democrático-burguesas. Inglaterra era su modelo, claro está, y nunca lo descartó. De hecho, Marx tiene poco que decir sobre socialismo o comunismo. Echa un vistazo a la obra de Marx: muy profunda, analítica, y crítica con una variedad de capitalismos, mercados capitalistas, propiedades privadas, imperialismo, y demás. Pero sobre una sociedad futura solamente tiene un par de frases aquí y allá. Pienso, y con buena razón, que la idea de Marx era que los obreros, una vez liberados, decidirán por sí mismos qué tipo de sociedad quieren. Él no va a imponerles nada. Francamente creo que ésta es una postura bastante sabia.

CH: ¿Piensa usted que la nueva forma de capitalismo autoritario que se da en lugares como China o Singapur es el nuevo problema al que nos enfrentamos hoy en día?

NC: Es un peligro, y hay muchos peligros, desde luego. Pero, sí, creo que es un sistema bastante podrido; mantiene las calles limpias, proporciona a la gente una buena educación técnica, y demás. Es muy represivo. No creo que sea, de ninguna manera, una sociedad admirable.

CH: Recientemente, en enero de 2013 Alan Johnston publicó un artículo en el Telegraph en el cual acusaba a Žižek de ser un fascista de izquierdas, promulgando así esta idea totalitaria y violenta que es justificada en la tradición izquierdista. Como algo que debamos reclamar en el siglo veintiuno. ¿Cómo es que esta fascinación por la violencia, el terror, y la hegemonía nace desde la tradición más radical de la izquierda? ¿Piensa que es parte de ella o un derivado?

NC: Mira, existe una multitud de tradiciones radicales de izquierdas. De las que tienen algo de sentido, en mi opinión, no defendieron la violencia excepto como medida de autodefensa. Imagina que eres capaz de llevar a cabo cambios importantes, progresistas, tal vez radicales, cambios institucionales, y empiezas a funcionar pero sufres un ataque de los centros de poder que había antes, un ataque por parte de potencias foráneas, entonces te tienes que defender a ti mismo. Como ya he dicho, yo no me considero un pacifista puro. No pienso que tú tengas que dejar de defenderte cuando alguien te ataca, pero solamente bajo circunstancias muy especiales. La idea de derrocar a los poderes vigentes por medio de la violencia es cuestionable, y por buenas razones, creo yo. La gente habla de revolución; es algo fácil de lo que hablar. Pero si quieres una revolución, es decir, un cambio significante en las instituciones que nos van a llevar hacia adelante y no hacia atrás, entonces tienes que cumplir con un par de condiciones. Una de las condiciones es que la revolución tiene que tener el apoyo de la inmensa mayoría de la población. Esta mayoría sería la gente que piensa que las metas justas que se quieren alcanzar no se pueden realizar desde dentro de la estructura institucional imperante pues, ésta, les reprime con violencia. Si mucha gente llega a esta misma conclusión, entonces se avanzará hacia esos cambios radicales más allá del reformismo institucional. Llegado este momento tiene sentido hacerse este tipo de preguntas, pero ahora mismo estamos tan lejos de eso que no veo ningún sentido en especular sobre estas cuestiones, dado que puede que nunca lleguemos  a ese punto. Tal vez Marx estaba en lo cierto cuando afirmó que se puede conseguir un cambio institucional radical usando las propias instituciones de las democracias parlamentarias. De hecho, creo que hay evidencias de ello. Así, por ejemplo, en los Estados Unidos los gérmenes o inicios de eso que podríamos llamar una sociedad realmente socialista o comunista están presentes bajo la forma de negocios autogestionados por los trabajadores. Es el comienzo de la democracia industrial, ya sabes, democracia en todas las instituciones. Ahora, hasta dónde van a llegar… ya sabes, si la cosa sigue adelante y surge una resistencia violenta a ello, entonces podríamos volver a cuestión de usar la violencia para defendernos. Pero si la cosa sigue adelante sin encontrar resistencia violenta alguna, entonces seguiremos adelante sin más.

CH: Cambiando de tema; algunos acusan a los estudiantes universitarios de no ser suficientemente radicales, o que se centran en un único problema, como los derechos de LGBT o el cambio climático, en vez de centrarse en la transformación de las estructuras socio-económicas en su totalidad. ¿Cuál piensa usted que es el rol de los estudiantes y universidades en los movimientos revolucionarios de hoy en día?

NC: Lo primero es saber suficiente para comprender de qué estás hablando. Entonces, si tus ideas son lo suficientemente claras, hay que pasar a trabajar para ponerlas a funcionar. Así que tomemos estos ejemplos; vamos con el cambio climático. No creo que puedas debatir sobre cambio climático por mucho tiempo sin alcanzar una interpretación radical de la naturaleza, de las instituciones existentes, y de la razón por la que éstas han de ser cambiadas. Nuestras instituciones de hoy poseen elementos que nos llevan directos a un desastre en términos medioambientales.  Si te empeñas, puedes encontrar debates sobre este tema en la obra de Marx, pero es simplemente una parte del sistema de mercado. Nosotros no tenemos realmente un sistema de mercado, lo que tenemos es un sistema de mercado parcial y, en la medida en la que éste existe, los problemas inherentes de los mercados entran en juego. Puedes leer de esto en los textos de economía. Allí encontrarás una nota a pie de página que habla de las ineficiencias de los mercados. Pero, ¿qué son las ineficiencias de los mercados? Bueno, existen muchas. Una de ellas y de la que no se habla mucho es que los mercados dirigen tus elecciones en ciertas áreas. Digamos, por ejemplo, que yo puedo decidir entre comprar un Toyota o un Chevrolet, pero en un sistema de mercado no puedo decidir el sistema de metro. Esto es una acción colectivo, y el sistema de mercado no permite esto. Así pues, el sistema de mercado distorsiona gravemente las opciones disponibles. Hay claras ineficiencias, incluso desde el punto de vista de los mercados, externalidades sobre todo. Por ejemplo, si tú y yo realizamos una transacción nos vamos a asegurar de que todo vaya bien, pero no vamos a considerar los efectos de nuestra transacción sobre ese tipo de allá. Esto no entra en las transacción de mercado, aunque los efectos puedan ser importantes. De hecho, nosotros ahora estamos sufriendo uno de ellos: la crisis financiera. Cuando grandes instituciones, como Goldman Sachs, hacen grandes transacciones de riesgo, sea lo que sea, si están prestando atención intentarán cubrir sus propias pérdidas potenciales. Pero ellos no prestan atención a lo que llamamos riesgos sistémicos, es decir, la posibilidad de que un fracaso en su transacción pueda tirar abajo todo el sistema. De hecho, ellos no tienen por qué preocuparse mucho de esto porque realmente no tenemos un sistema de mercado, pues siempre pueden ir corriendo al Estado-niñera a pedirle un rescate. Y eso es lo que pasa. Si tuviéramos realmente un sistema de mercado la crisis llevaría a un colapso total del sistema. Pero de esta forma solamente nos lleva a un enorme desastre financiero que el Estado-niñera soluciona mediante rescates, hasta cierto punto. Éstas son externalidades, pero hay algo mucho más serio. Pensemos en el mundo de los negocios, digamos las corporaciones energéticas, o para eso ambos partidos políticos (del bipartidismo) que trabajan para las corporaciones. Básicamente, ellos deciden, como ya lo están haciendo, que debemos extraer todas y cada una de las gotas de petróleo, todos los hidrocarburos del subsuelo, incluyendo las arenas aceiteras y todo lo demás. Esto les excita muchísimo, se ponen eufóricos, lo puedes leer en la prensa todos los días; David Brooks esta mañana; ambos partidos presumen de que esto va a ser maravilloso, que nos salvará del yugo de Oriente Medio con sus dictadores del petróleo, y de Venezuela. Que por cierto no hay evidencia alguna de que seremos energéticamente autosuficientes por un siglo. Pero mientras tanto, hay una pequeña externalidad: vamos a destruir el mundo. Oh, bueno, pero nadie presta atención a esto en un cuasi sistema de mercado. Esto no forma parte de la transacción. La transacción es «vamos a hacer tanto dinero como podamos para mañana», y para los gobiernos es «vamos a tener tanto poder como podamos.» Pero no es «bueno, vale, nuestros nietos no tendrán un planeta en el que vivir.» Eso es una externalidad; no es parte del sistema, y aquí no puedes correr a pedir a nadie que te rescate. Esto es inherente a las instituciones que tenemos y puedes ver cómo sucede. Es chocante mirar al mundo de hoy. Si hubiera un historiador del futuro se quedaría alucinado con lo que está sucediendo en estos comienzos de siglo veintiuno. Hay toda una variedad de reacciones hacia un más que probable desastre climático y medioambiental. Es muy probable, tal vez no muy lejano en el tiempo. Existe una variedad de reacciones: algunos están intentando hacer algo al respecto. A la cabeza de los que están intentando hacer algo al respecto están las sociedades pre-industriales, las sociedades indígenas, las sociedades tribales. Las «primeras naciones» de Canadá o los indígenas de Ecuador, Bolivia, Australia, de todos los lugares. Ellos están a la cabeza. Quieren hacer algo al respecto y lo están haciendo. Por ejemplo, en Ecuador, que es un país productor de petróleo y con una gran población indígena, el gobierno está intentando dejar intacto el petróleo de las tierra indígenas, que es dónde debería estar. Esto por lo que respecta a las sociedades indígenas. Después, te vas al norte, a los países ricos, a las sociedades más poderosas de la historia con incomparables ventajas, a la cima de la civilización occidental. Allí encuentras que están compitiendo por ver quién llega primero al desastre. Así que ya sabes, «esos indios estúpidos quieren dejar el petróleo en el subsuelo. Nosotros queremos extraerlos para arruinar el medio ambiente a nuestros nietos.» Así es el mundo en el que vivimos. Ahora, nadie puede ir muy lejos hablando sobre cambio climático sin hablar de las características fundamentales de nuestras instituciones. Por ello no pienso que esta dicotomía sea muy significativa. Y esto sucede en cualquier otro problema que pensemos. Rápidamente te encuentras con factores institucionales que están profundamente insertos en la naturaleza de la sociedad. Por ello también te encontrarás rápidamente con una crítica radical.

CH: ¿Piensa usted que para los estudiantes universitarios de hoy es tan importante enfocarse en estos problemas singulares porque estos conllevan una crítica al sistema en su conjunto?

NC: Es muy importante centrarte en los problemas que te interesan y que te conciernen. Esto se aplica a casi todo. Pero si te vas a centrar en esos problemas, rápidamente, verás que el asunto es más profundo y creo que pronto estarás pensando sobre todo el conjunto de problemas. Quiero decir, nadie puede ser un activista centrado en todos los problemas. Eso es imposible. Así que si realmente quieres hacer algo te vas a tener que centrar en algo concreto. Tienes que hacerlo, sea lo que sea hacia lo que te enfoques. En la medida que te centres en un problema, si lo piensas, pronto te darás cuenta que estás afrontando cuestiones fundamentales sobre la naturaleza de las instituciones sociales, políticas, y económicas en las que vivimos. Cuando esto suceda, empezarás a juntarte con gente que está trabajando en sus propios temas pero que llevan al mismo problema. Así que no veo aquí ninguna contradicción. Así es como funciona el activismo.

CH: Tras los primeros pasos del movimiento Occupy, mucha gente se pregunta cómo vamos a hacer para reconstruir la izquierda en los Estados Unidos, y si esto es posible. ¿Cuál es su visión de una izquierda renovado en los Estados Unidos contemporáneos?

NC: Lo primero que hay que decir es que hay mucho activismo y mucho interés por una multitud de temas diferentes, seguramente mucho más que en los 60s. Pero está bastante fragmentado (el activismo). Ésta es una sociedad muy atomizada, así que muchas de las acciones están fragmentadas. Aquí mismo, en Boston, por ejemplo, es sorprendente ver cuando voy a dar una charla a alguna parte de la ciudad cómo existen grupos que están haciendo exactamente lo mismo que otros grupos en otras partes de la ciudad, y entre ellos no se conocen. Es increíble. Quiero decir que yo mismo lo he visto; yo he estado metido en esto del activismo por muchos, muchos años, y no mucho tiempo atrás fui invitado por un grupo que no conocía, pero que hacían cosas fantásticas, a dar una charla en el centro de Boston. Nunca había escuchado de este grupo porque resulta que están en el centro de la ciudad, y otros se mueven por otras partes. Así que suceden muchas cosas, pero tienen que juntarse; tienen que encontrar un terreno común.

El movimiento Occupy, creo yo, ha tenido mucho éxito. En poco tiempo, un par de meses tras su nacimiento, cambió el discurso político en el país; cambió mucho la percepción y la mentalidad de la gente; y unió a mucha gente. Al contrario de lo que se dice, el movimiento está activo y en funcionamiento, haciendo muchas cosas importantes como acciones para parar desahucios. Incluso apareció en los medios por ser los primeros que se presentaron en escena tras el huracán Sandy. Muchas cosas están en marcha y eso es bueno. Ya mencioné antes que hay otras cosas en desarrollo como las iniciativas autogestionadas por trabajadores. Esto podría estar pasando aquí mismo si hubiera un movimiento activo con capacidad de empezar proyectos, pero normalmente se paralizan por no tener suficiente apoyo popular. Podría darte ejemplos reales si tuviéramos más tiempo. Una buena iniciativa del movimiento Occupy fueron los brotes de «Okupa el vecindario.» No sé qué lejos llegaron, de hecho más lejos de lo que la gente tiende a pensar, creo. No pienso que llegaran muy lejos, pero he conocido grupos de activistas que surgieron de este movimiento y que están haciendo cosas en los ghettos y barrios marginales. Todavía siguen ahí y de hecho están creciendo. Así que imagino que están ahí fuera, aunque no escuchemos sobre ellos. Desde luego que los medios no van a cubrir la noticia, pero nosotros tampoco usamos las herramientas disponibles. Es sorprendente; si echas un vistazo a la izquierda de estos últimos cuarenta años verás que la mayor crítica que se le hace es aquella que tiene que ver con la comunicación. No hacen las cosas que deberían estar haciendo. Es cierto, no se van a convertir en medios corporativos, pero sí que hay oportunidades (de comunicación). Siempre las ha habido. Hace cuarenta años, cuando el Congreso aprobó la ley que distribuye los derechos para el cableado de la televisión, la ley contemplaba que las empresas que se hicieran con el monopolio pusieran obligatoriamente acceso público al cableado. Y así lo hicieron. En Cambridge y Lexington, y en pueblos en todos los alrededores, existen espacios públicos con acceso al cableado. Yo he estado en ellos en alguna ocasión. No es la CBS, pero en comparación con los estándares de otros países está muy bien. ¿Pero los usamos? Casi nunca. Casi no se televisa nada, bueno, alguna cosa. Mira, podrías llegar a una gran cantidad de gente si decidieras usar esos espacios, pero hay que hacerlo. Boston es, nuevamente, una ciudad interesante. Hay una mucho activismo, pero es una de las ciudad que básicamente no tiene una radio pública-comunitaria. Hay pequeñas cosas aquí y allá, pero otras muchas comunidades tienen su radio. Cuando viajes por el país ves lugares con radios comunitarias funcionando, y con mucha participación ciudadana y demás. La gente sabe qué hace el resto de gente. Es una manera de unir a la gente. Si no tienes esto, te fragmentas. Éstas no son barreras infranqueables, hay muchas cosas que se puedan hacer al respecto, y de esto pueden nacer muchos tipos de movimientos, dependiendo con lo que quiera la gente a comprometerse.

CH: Slavoj Žižek en 2009 en una entrevista para el New Statesman dijo, y cito: «un amigo me contó que Chomsky dijo algo muy triste. Dijo que hoy en día no necesitamos teoría, que todo lo que necesitamos en contarle a la gente, empíricamente, qué es lo que está sucediendo. Estoy enérgicamente en desacuerdo con esto: los hechos son hechos, y son preciados, pero pueden funcionar de esta u de esta otra forma. Los hechos por sí solos no bastan. Tienes que cambiar el contexto ideológico… Lo siento, soy un europeo chapado a la antigua. La teoría es sagrada y la necesitamos ahora más que nunca.» ¿Qué le respondería usted a Žižek?

NC: Lo primero, yo también pienso que soltar datos sin más no tiene sentido. Aquí en nuestra charla no hemos estado soltando datos sin más. Lo hemos hecho dentro de un marco, un marco de conocimiento, con principios y demás. Los intelectuales europeos de los que él habla tienen un concepto de la teoría que, en mi opinión, poco tiene que ver con los hechos y con la teoría en sí en cualquier definición sería de la misma. Lo que dicen son normalmente complicadas y grandilocuentes palabras que pueden ser divertidas para los intelectuales que las dicen, pero gran parte de ellos, pienso yo siéndote sincero, son solamente galimatías. Esto no es teoría en ningún sentido que yo entienda, y eso que la mayor parte de mi vida he estado envuelto en ciencias en las que hay teorías y demás. Desde luego, si eres capaz de encontrar una teoría con principios reales interesantes, y puedes sacar conclusiones que te sirvan para interpretar el mundo real que te rodea… fantástico. Si tales teorías existen estaría más que contento de poder verlas. Pero yo no encuentro estas teorías cuando leo post-modernismo parisino. Lo que yo veo son intelectuales interactuando entre ellos de maneras que son incomprensibles para el público. Y para serte sincero, incomprensible para mí también. Pero, desde luego, tengamos teorías con contenido intelectual, algunas consecuencias, que se puedan refinar, cambiar, y así que nos guíen a un mejor entendimiento (del mundo real).

CH: Muchas gracias, profesor Chomsky.

Texto original en inglés

Audio original de la entrevista (inglés)

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Ser autónomx, simplemente, bien podría significar aprender a luchar en la calle; a okupar casas vacías; a parar de currar; a amarnos lxs unxs a lxs otrxs enloquecidamente, y a expropiar.



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