Islas Senkaku: nacionalismo artificial

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China y Japón están presenciando un incremento notable de sentimientos nacionalistas debido al conflicto por las islas Senkaku. Taiwán y Korea del Sur también piden parte “del pastel”, complicando más todavía la situación.

En diversas ciudades chinas, la población protesta de forma violenta arrojando piedras a comercios  japoneses, volcando coches de marcas japonesas, o lanzando huevos a la embajada nippona en Pekín. Las fotos de banderas con el sol naciente quemándose recorren la Red de lado a lado, y los medios nos muestran un conflicto de tal magnitud que la policía paramilitar china puede contener a duras penas.

Según las autoridades chinas, todo “comenzó” en 2005 cuando Junichiro Koizumi, por aquel entonces primer ministro japonés, visitó el templo de Yasukuni: un lugar polémico que todavía proyecta una larga sombra que no olvida los horrores de la Segunda Guerra Mundial. Desde entonces, China ha seguido creciendo económicamente hasta tal punto que ya puede tratar de tú a tú a Japón y Estados Unidos (segunda y primera potencias respectivamente, aunque en la actualidad China ya ha adelantado a Japón), lo que pareciera que anima al Estado chino a presionar sin miedo donde le interesa.

Uno de esos intereses son las islas Senkaku, las cuales son reclamadas por Japón, China, y Taiwán. El conflicto viene de lejos: en 1972, los Estados Unidos devolvían al Estado japonés las islas Senkaku al mismo tiempo que devolvían Okinawa. En 1971, Taiwán ya se quejaba ante los Estados Unidos, país que reconocía a Japón el derecho administrativo de las Senkaku (como parte de Okinawa) pero no su soberanía, puesto que consideraron que ese tema debería ser resuelto entre los países asiáticos.

Sin embargo, el problema se complica en 1968 y es cuando nace el verdadero conflicto actual. A pesar de que China asegura que la visita de Koizumi a Yasukuni fue la “gran causa” de la agitación popular, lo cierto es que los intereses por recuperar las islas Senkaku no son tan “populares” como nos quieren hacen creer. Como decía, en 1968 un estudio de las Naciones Unidas apuntó la posibilidad de que existiera en la zona de las islas una gran reserva de petróleo todavía sin explotar.

Ahora que tenemos al “oro negro” en el escenario, se hace más comprensible que 70.000 personas salieran a las calles de China a protestar. Según me cuentan fuentes personales, en China las cadenas del Estado han retirado los anuncios publicitarios japoneses, y la prensa está alentando a las movilizaciones de forma sutil e indirecta. ¿Pero qué es lo más grave de todo esto? Sencillamente el hecho de que se fomenten sentimientos nacionalistas, de odio, y de competencia histórica, desde los poderes estatales para crear un contexto político propicio para el conflicto militar. De hecho, hace unos días, patrullas costeras chinas invadían aguas japonesas en una clara acción provocativa.

Por su parte, Japón no se queda atrás; numerosos grupos nacionalistas se han movilizado durante estas semanas, lo que ha agudizado la tensión política que se vive en Asia Oriental. El otro día, el candidato del partido Democrático Libera de Japón, Nobuteru Ishihara, afirmaba con contundencia que Japón tiene la obligación de defender su territorio. Sus palabras se producen tras la nacionalización de las islas Senkaku, las cuales no están habitadas pero acaban de ser compradas por el Estado japonés (lo que desencadenó, inmediatamente, los disturbios en China que se han mencionado arriba).

Si algo podemos sacar en claro de este problema, es que los Estados modernos manipulan la opinión publica a su merced de forma impune. La población china es incitada al odio contra el pueblo japonés por intereses económicos y militares; Japón hace lo propio. Por mucho que nos quieran vender que el problema es una cuestión de sentimientos populares; del sufrimiento del pueblo chino que tiene todavía en la memoria las atrocidades de la Segunda Guerra Mundial; lo cierto es que esto poco tiene que ver con un verdadero y genuino pesar de ambos pueblos, quienes no son más que marionetas de las dinámicas autoritarias de los Estados.

Una vez más, vemos como la clase burguesa, que nos domina mediante el Estado moderno, nos pone en contra de nuestras hermanas y hermanos apelando a estúpidos sentimientos nacionales. En vez de quemar restaurantes japoneses o intentar asaltar la embajada japonesa en Pekín, el pueblo chino debería darse la vuelta y plantar cara al Estado despótico que les esclaviza. Y lo mismo se aplica para Japón, Estado Unidos, o cualquier pueblo apresado bajo los yugos del Estado.

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