Opinión

Publicado el 16 de abril de 2013 por La Colectividad

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La base del fascismo griego no nos dista tanto

«Gracias, Grecia. Nuestra Herencia» es el título del famoso vídeo que unes estudiantes de instituto en Murcia hicieron en honor a la «cultura griega.» En un intento de dar ánimo a la sociedad griega—que tan malamente lo está pasando a causa de la crisis capitalista—, les chavales enumeran en el vídeo una gran lista de elementos altamente valorados: que si filosofía, que si dialéctica, que si democracia… Pero con tanto «que si esto» y «que si lo otro» lo que hicieron no fue otra cosa que reproducir, una vez más, la base del ultranacionalismo griego que todo el mundo acepta sin rechistar.

El primer atropello que me viene a la cabeza es el querer identificar la sociedad actual del Estado griego con la sociedad ateniense—entre otras polis independientes—de la época clásica. Nada, absolutamente nada, tiene que ver la una con la otra, y si hoy en día la historia oficial dibuja un continuo histórico entre la Atenas de Sócrates y la Atenas del capital en crisis es por cuestiones nacionalistas. Si atendemos un poco a la historia de la creación del Estado griego, veremos con facilidad que el movimiento nacionalista se sirvió desde un primer momento de la historia de las personas que vivieron en la península siglos atrás, aunque poco o nada tuvieran en común. Las gentes de eso que hoy llamamos «Grecia» estuvieron por siglos separadas en ciudades independientes, para posteriormente pasar a estar bajo dominio Otomano por unos cuatro siglos. En esos cuatrocientos años nada de lo que se cocía en Europa pasó a «Grecia.» Ni el Renacimiento, ni la Ilustración, ni la Revolución Industrial.

La idea de que la sociedad moderna griega desciende directamente de la «Grecia clásica» coge fuerza a principios de siglo XIX, y no lo hace precisamente en territorio griego sino en Europa, donde la gente ilustrada traza una genealogía del pensamiento occidental que lleva directamente a los filósofos de la Grecia clásica. De esta manera se empieza a hablar con fuerza de «la herencia griega», de «las raíces griegas», de «nuestros padres griegos.» La democracia, esa forma de organización política que tantas mentes radicales agitaba en el siglo XIX también era asociada directamente con la Grecia clásica. Esto indudablemente alentó a las fuerzas liberales y conservadoras de Grecia para luchar por la unificación pan-helénica, librándose así del yugo turco. Hasta mediados de siglo XIX no se realiza en la academia ninguna conexión directa entre la «Grecia clásica» y la «moderna.» Lo hace Konstantinos Paparrigopoulos, a pesar de las dudas que el historiador austriaco Fallmerayer—quien dudaba de esta «herencia griega»—puso años antes, específicamente en 1830. El movimiento nacionalista adquirió mucha fuerza dentro de las fronteras, pero sobre todo fuera de ellas—¿sabíais que la «herencia griega» alcanzó tanto caché que en los primeros años de independencia estadounidense se planteó instaurar el griego como idioma oficial en vez de el inglés?

Esta obsesión por lo clásico se refleja muy bien en la educación del Estado griego. Hasta 1976 les chavales aprendían en el colegio una forma «purificada» del griego moderno—o katharevousa. La gente hablaba en su vida cotidiana otro griego, el «griego hablado o demótico.» Pero si algo ha propiciado esta obsesión con las «glorias del pasado» es una sociedad profundamente nacionalista, segura y orgullosa de eso que llaman «su pasado», lo que es indudablemente un gran factor propiciador de cosas como el fascismo—aunque no el único, ni suficiente elemento, desde luego. Pero como todo nacionalismo—todos ellos artificiales y sesgados—, el nacionalismo griego sólo coge del pasado lo que le interesa, y así se olvida de cuatrocientos años de influencia otomana. Ya desde el siglo XIX, cuando se empezó a elaborar el discurso nacionalista-conservador, se identificaba «turco y Turquía» con «barbarie y retraso»—como si las gentes de Grecia hubieran vivido al margen del Imperio Otomano. De la noche a la mañana todas las gentes de la región griega quedaron unificadas bajo el paraguas de un «dorado pasado común», el cual era profundamente anti-turco. El mantenimiento de la estructura de la iglesia ortodoxa también influyó en el sentimiento nacional, pues es otro elemento que les distingue de muchas gentes de Europa.

Y de todo esto bebe el fascismo de Amanecer Dorado. Que si la democracia es un invento suyo. Que si son los maestros de la política y la dialéctica. Que si la civilización europea no es nada sin Grecia. En definitiva, que si lo uno y que si lo otro—lo más estúpido que he leído al respecto es que el sushi japonés es una copia de las dolmades griegas. Vamos, que la humanidad entera estaría perdida sin la Grecia clásica. Gracias Dios por mandarnos a los gladiadores de Amanecer Dorado que protegen nuestra raíces. «Nuestra  herencia.»

El discurso se reproduce por todo el mundo de boca en boca, y lo hace sin despertar sospecha ni crítica. Me consta muy bien que el vídeo de les estudiantes del instituto murciano no fue muy bien recibido por los movimientos anarquistas y de izquierdas, precisamente porque elles están intentando romper con esta idea nacionalista. Los diferentes estados del planeta ya se encargan, a través de los medios de comunicación y de educación, de inculcarnos estas ideas nacionalistas que justifican la existencia de esos aparatos represores que son los estados—los mismos aparatos que alimentan, protegen, y utilizan a grupos fascistas para ejercer su dominación.

Cerrando ya esta opinión, lo peor de todo, diría yo, es que los discursos nacionalistas atraviesan fronteras y adquieran una existencia tan objetiva que la gente los toma por verdades absolutas. Que la «democracia» es un invento «griego» es tan verdad como que el sol saldrá mañana—o así lo piensan muches. Pero lo que es mucho peor: la gente, alentada por la propaganda nacionalista-fascista, acepta que esos «inventores griegos» son los «abuelos de los griegos de hoy.» Alguien les debería recordar los cuatrocientos años de influencia otomana. Pero sobre todo alguien nos debería recordar a todes que todos los nacionalismos son artificiales; no existe en el mundo ni tan siquiera una nación «natural.» Si se quiere, la única nación: la raza humana.

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La Colectividad

Ser autónomx, simplemente, bien podría significar aprender a luchar en la calle; a okupar casas vacías; a parar de currar; a amarnos lxs unxs a lxs otrxs enloquecidamente, y a expropiar.



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