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Publicado el 26 de diciembre de 2012 por Colaboraciones

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La mujer en la cultura patriarcal (I)

Por  Darío Yaparié. Estudiante de Filosofía e Historia de las Ideas
en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México
No se nace mujer, se llega a serlo.
Simone de Beauvoir, El segundo sexo

 Para empezar a hablar de la mujer en la cultura, cabe preguntarse ¿qué es la cultura patriarcal?, ¿qué significa ser mujer en dicha cultura?, ¿cómo se concibe a las mujeres en el mundo occidental que, desde hace siglos, es construido, en gran parte, con la mente y la práctica de los hombres, pero también con la práctica de las mismas mujeres?, ¿por qué muchas mujeres son seres humanos que se encuentran en desventaja respecto de la posición de los hombres?, ¿qué situación viven las mujeres y cómo se puede intentar que mejoren sus vidas y se amplíen sus libertades?

Si empezamos por enfatizar en qué ha sido de la mayoría de las mujeres en la cultura patriarcal, veremos que han padecido, y siguen padeciendo, los embates de la represión machista, a partir de la idea de que el sexo femenino es un sexo acrítico y pasivo por “naturaleza”, misma naturaleza que, supuestamente, justifica y ordena que las mujeres (y los hombres) estén atrapadas en los tentáculos de la cultura. De hecho, para Rubí de María Gómez, “la humanidad de las mujeres ha estado en cuestión durante toda la historia de la cultura y la evidencia de este hecho – la ausencia de la mujer como sujeto cultural, y su carencia de derechos y prerrogativas que caracterizan y legitiman la existencia masculina- es tan apabullante que obnubila la misma posibilidad de preguntarse por ella” (Gómez, 2001:75).

Por consiguiente, las mujeres, por su escasa inserción en la cultura occidental, viven obedientes al someterse a las órdenes de los hombres, a un ámbito particular en su condición de mujeres. Tanto es así, que, a nivel cultural, existe una ruptura, además de un condicionamiento, desde los “otros” y con los “otros”, es decir, con los hombres. De hecho, el carácter de objetividad (1) que ostenta la cultura funge como separador de los seres humanos, e incluso se sitúa por encima de ellos. Digamos que se encuentran diferenciados el hombre y la mujer a pesar de que, paradójicamente, viven entrelazados al ser objetos de la misma cultura que subyace alrededor de ellos.

Además, dicho sea de paso, se aprecia que, en occidente, no sólo la mujer ha padecido los embates de la cultura patriarcal, sino también el hombre, a pesar de que de él manan las estructuras de la misma, el hombre mismo ha sido sujeto y objeto de su creación cultural. Debemos reflexionar en que indistintamente de los géneros separados con su respectiva posición social (si el hombre debe salir a trabajar, la mujer debe quedarse en casa para administrarla y cuidar a los hijos), se padece el problema de la deshumanización, consecuencia de las estructuras políticas, económicas, sociales, etc. A través de los siglos, el grueso de la humanidad del mundo occidental ha sido “deshumanizada” en pos de un sistema que produce y reproduce las relaciones sociales de producción cultural. Por esta razón, “las consecuencias de esta [especie de] colonización cultural son bien conocidas: mirar la propia realidad en un espejo en que se reflejan figuras de otra realidad, [se trata de un] buen sistema para distraernos de lo nuestro y para no emanciparnos culturalmente” (Ander-Egg, 1983:155).

Hay que tener en cuenta, que, la manera de concebir al hombre y a la mujer con su respectivo que hacer a nivel cultural, político e ideológico, se debe a la peculiar forma del pensamiento patriarcal, que circunscribe el ámbito de las relaciones humanas a una concepción supuestamente natural: los hombres y las mujeres son diferentes por naturaleza. Esto significa que la mujer es pasiva, obediente, sin pensamiento crítico, etc., y que el hombre es activo, replicante y capaz de pensar por sí mismo, y de paso por las mujeres. Tal pensamiento generador de abusos hacia la mujer, en suma, hace que los hombres sean los que gobiernen y las mujeres a que obedezcan. En buena medida, debemos semejante dualidad a los pioneros de las ideas que, como productos forjadores de la conciencia, han abonado el terreno de las relaciones humanas para influir de manera decisiva en ellas. A modo de ejemplo baste señalar la Biblia, los filósofos presocráticos, Pitágoras, Platón, Aristóteles, hasta los creadores de las teorías psicológicas como las de Sigmund Freud y Lacan. Cada uno de ellos justificará teóricamente el papel que deberá asumir el hombre y la mujer en el mundo occidental. Y la prueba es que, para Ezequiel Ander-Egg, con ellos sucede

Como tantos otros intelectuales europeos, incapaces de ver el mundo fuera de las gafas de su propia cultura, creían que aportaban el soplo espiritual del humanismo occidental, que sus voces eran proféticas […] Más todavía, ni siquiera repararon que esas ideas, más que alimento intelectual, constituían la justificación ideológica de la dominación […] que llevaban a la práctica los hombres de acción (Ander-Egg, 1983:155).

He aquí cómo comienza a forjarse un tipo de ser humano a partir de las “inteligencias” de unos cuántos sobre millones de “inteligencias” en el mundo occidental. De aquí, que también comience a forjarse una red cultural que entretejerán con sus actos los hombres y las mujeres. En todo ello se manifiesta el carácter simbólico o representativo de la construcción femenina y masculina como polos opuestos, como construcciones históricas dadas en un particular contexto.

El problema es que, aunque la fisonomía de los contextos cambie, las relaciones humanas con su respectiva construcción simbólica siguen vigentes y entretejidas en el uso y abuso del hombre hacia la mujer. Por ello es necesario que existan teorías o discursos desde el ámbito de la filosofía de la cultura, de la política, de la economía, del derecho y el Estado, de la ética, etc., que señalen los problemas de la cultura patriarcal que afectan directamente a la mujer, y también al hombre. “Es necesario que [se] piense a la mujer en el singular modo de ser que la ha distinguido y que, a la vez, la ha condenado a ser y existir en el mundo construido por el varón, […] la ha marginado de la creación y recreación de las formas de vida humana sociales y culturales” (Toscano Medina, 2001:161).

Así pues, es innegable que la mujer ha padecido los embates de la cultura. Esto es, que el ser de la mujer, a lo largo de la historia patriarcal, ha estado sujeto a las necesidades de dicha cultura. Pongamos por caso al ser de la mujer occidental en palabras del poeta mexicano Enrique González Rojo, un ser que hace la función de: “vulgar abono para que al árbol masculino [pronuncie] sus flores” (González Rojo, 1982:86). La mujer como un elemento vital para la construcción de lo masculino, y, al mismo tiempo, la mujer como un elemento de desconstrucción para sí misma. La mujer, en este problema, es para otro, pero no es para sí misma, se da al otro, pero no se da a sí misma, piensa en el otro, pero no piensa para sí y desde sí misma. En ella no se pronuncian sus flores como en el árbol masculino, lo cual es imposible, debido a que la mujer ni siquiera es árbol (un árbol que, por cierto, hunde sus raíces en la tierra y da frutos), simplemente es vulgar abono para nutrir al árbol masculino.

La mujer así, en la práctica cotidiana, se reduce a objeto, un objeto que no piensa por sí mismo, sino que lo piensan para el provecho del otro (del hombre),y también un objeto deseado por lo otro, es decir, por la cultura. Es importante, pues, que la mujer comience a pensarse desde sí y desde fuera de sí (desde la cultura del otro), si es su voluntad salir del lugar al que se le ha confinado; del papel de vulgar abono que reproduce las ramas y fortalece las raíces, tanto del árbol de la cultura como las del hombre mismo. “La mujer no ha jugado en ella ningún papel protagónico o relevante, si acaso el de cumplir el papel de una compañera cuya tarea es dar sosiego al conquistador, darle más hijos (que sean varones preferentemente) y que sea capaz de reproducir en el espacio doméstico (único espacio en el que encuentra su “realización”) la educación y los valores masculinos” (Toscano Medina, 2001:164).

En efecto, si la mujer empieza por pensarse desde sí y desde fuera de sí hará conciencia de cómo se entreteje la cultura del otro y de cómo ha sido entretejida ella misma. La cultura del otro posee un sentido y una significación, misma que da un sentido, sí, pero una des-significación para la mujer como ser humano con capacidades como las del hombre mismo. La mujer-objeto se des-significa como sujeto activo capaz de construir e imprimir su espíritu en la cultura del otro. En ésta des-significación, la conciencia de la mujer, que es conciencia de sí misma, pierde sentido, pues está allí, sin más, esperando y bien dispuesta para dar sentido a la cultura del otro.

Ya la naturaleza (2) misma de la mujer -como un ente en que culmina la gestación humana- le da un lugar en el mundo, pero aquella no construye su ser en él. Es decir, la mujer y el hombre nacen, sí, naturalmente, de las entrañas de la mujer, pero la cultura no nace ni nacerá de las entrañas de ninguna mujer, sino de las mentes creadoras de los o las sujetos.

Por tanto, si la mujer “da a luz”, desde sus entrañas, al ser humano en general, el ser de la mujer, desde que nace, es un ser “sin luz” para la cultura del otro, no para sí misma. Es un ser para sí desde lo biológico en el que su cuerpo le pertenece (aunque hay mujeres que se dan por completo, negándose a sí mismas, que a la cultura del otro le pertenece su cuerpo y su espíritu), pero su conciencia aún no está construida, no es conciencia para ser sí misma. Ésta más bien comienza a construirse a través del tiempo, bajo la influencia de la cultura en la que nace. Por tanto, cuando el ser, desde sus primeros días, es arrojado a la cultura, desde la cultura para la cultura, según el tipo de cultura que prevalezca, y según la tradición que la fortalezca, el ser del ser humano se oprimirá o se liberará.

En otras palabras, la tarea que se debe asumir para la reconstrucción de la cultura y de una nueva mujer, es, primero, la de construir un aparato crítico, capaz de cuestionar y minar las bases de la cultura que prevalece. Si se es un tipo de mujer desde el discurso de la cultura, es porque también existe una mujer que se autoconstruye con el discurso y la práctica de dicha cultura. Una no puede existir sin la otra. El contexto cultural delimita y conforma a la mujer restándole subjetividad, estableciendo así una relación paralela de mutua dependencia.

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(1) La cultura es objetiva cuando ésta deja de ser producto de la subjetividad de quien la crea, es decir, de la sociedad en su conjunto, que la construye a través de la práctica cotidiana. Así, la cultura patriarcal, más que atender a la subjetividad que intentamos revivir en las mujeres y en los hombres de ella, la anula, objetivándolos para ser sus instrumentos. Digamos que la cultura hace el papel de regidor donde ésta no les pertenece a los seres humanos, sino que a la cultura le pertenecen los seres humanos. En esta paradoja, la cultura se establece como una entidad viva, separada de los mortales, debido a que nacimientos y muertes de seres humanos pueden ir y venir con el paso de los años, pero la cultura puede estar ahí, inalterable por el paso del tiempo, pero más aún por los hombres y las mujeres que la fortalecen en la práctica.

(2) Hablo de “la naturaleza de la mujer” en el sentido que, en las mujeres –a no ser que nazcan con problemas de esterilidad- la naturaleza decidió que en ellas se gestara el producto humano, para que finalmente lo arroje al mundo de los demás seres humanos y, por tanto, de la cultura. Sin embargo, de la mujer misma depende si quiere ser madre o no, pero tal decisión será una decisión cultural, no natural. Así pues, en caso de que la mujer decida no parir, no significa que no sea mujer.

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