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Publicado el 29 de diciembre de 2012 por Colaboraciones

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La mujer en la cultura patriarcal (II)

[Viene de La mujer en la cultura patriarcal (I)]

La cultura es un objeto de construcción de la mujer, y la mujer es un objeto de construcción de la cultura. Mientras que una la fomenta por medio de la teoría, la otra la practica en su ámbito cotidiano. Si la mujer empieza por negar la cultura y al mismo tiempo a poner en práctica la otra, la ideal, la que la sacará de su opresión, tarde o temprano se reconstruirá para sí misma y desde sí misma. “La liberación de las situaciones o formas de alienación es parte de la tarea de construcción de [la mujer nueva]. Pero la construcción de [una mujer nueva] sólo se puede dar masivamente en el contexto de una nueva sociedad” (Ander-egg, 1983:21).

Así pues, en el contexto de la sociedad patriarcal, no se puede ser sujeto si, además, por encima de tal sujeto existen aparatos ideológicos que lo despersonalizan. El sentido de la despersonalización de tal sociedad, por lo común, inhibe por completo a la mujer en la posesión de su mente y de su cuerpo (3). Por tanto, si el ser humano es permeable, habrá que hablar entonces de una reconstrucción de esos aparatos ideológicos que dan forma a las conciencias de los seres humanos. El contenido que alberga las conciencias no es más que el contenido que albergan las instituciones. Y por lo común, tales instituciones son apoyadas por los gobiernos que permiten su cabal funcionamiento. Entonces, para que haya un cambio sustantivo en las conciencias, habrá que hacer también un cambio de gobierno y posteriormente un cambio en las instituciones.

De esta manera, se da por supuesto que hay otro ser humano separado, paradójicamente, de la concepción de ser humano. Digo “separado” porque no es considerado como tal. En dicha separación, no existe una relación de reciprocidad; de igual a igual, más bien, esa separación se encuentra delimitada en los roles de género establecidos por la cultura en la que surgen. Géneros que, desde luego, no poseen los mismos derechos.

En esta ausencia de reconocimiento se presenta la necesidad de reconocer a la mujer como a esa otra vinculada con el que hacer en (y de) la cultura, misma que pone en desventaja a la mujer y beneficia en buena medida al hombre. Estando así las cosas, reconocer a la mujer es integrarla no a la cultura prevaleciente, sino a una nueva en la que tanto el hombre como la mujer se respeten, ejerzan sus derechos, se reconozcan como seres humanos y se vinculen entre sí para beneficio de ambos.

De hecho, del capítulo Género, cultura y filosofía de Rubí de María Gómez, destaco algunos derechos de las niñas y las jóvenes, como el Derecho a no ser discriminadas por su sexo, edad, raza, etnia o religión: el Derecho a la eliminación de barreras que impiden que las niñas, las casadas, embarazadas o madres solteras inicien, continúen o concluyan su educación; el Derecho a una buena alimentación y a la no violencia, etc. Bajo esta consideración de los derechos de las mujeres, la cultura actual debe ser sustituida por otra que integre un nuevo tipo de mujer y un nuevo tipo de hombre.

Con la práctica desde las instituciones como en la sociedad en su conjunto, la cultura puede dar ese cambio sustancial para la transformación de ambos géneros. El hombre y la mujer hacen la cultura y simultáneamente la cultura hace a los seres humanos. Hablamos entonces de una cultura de respeto hacia las demás culturas, una cultura que se ubique en la tolerancia de otras formas de vida, con sus manifestaciones sociales, y claro está culturales. Es decir una cultura universal de respeto, capaz de abrazar a las demás culturas en las que éstas se sientan respaldadas y fortalecidas por esa otra cultura global que las envuelva.

Es cierto que, para que no se repitan los patrones culturales de la represión, también habrá que mirar hacia otros modelos, como el modelo de comportamiento de las amazonas (4), que debería ser un ejemplo de rebeldía para aquellas mujeres que deseen liberarse de las ataduras de la cultura patriarcal-occidental. Eso es lo que hace falta para cambiar su forma de vida. Oponerse a toda forma de organización que no les favorezca para ser sujetas pensantes y creadoras de su propia cultura. Como se ve, las amazonas no se doblegan, hacen la guerra y luchan por su libertad (5).

En el poema Penélope, de Enrique González Rojo, leemos el ejemplo de una amazona: “Penélope no se queda en la casa./ No permanece aquí para cuidar la hortaliza./ Para lavar la cara sucia de los pepinos,/ peinar a los elotes, plancharle a las lechugas/ los puños y los cuellos” (González Rojo, 1988:332). He aquí también un contra ejemplo del que hacer y el destino de muchas mujeres en la actualidad, principalmente de la clase trabajadora. Este tipo de mujer, vive en la cocina, no confronta, acata órdenes, es sumisa, abnegada y sometida por completo a las órdenes de la cultura impuesta. Como este tipo de mujer no es dueña de sí, “…se halla en la cocina todo el día incrustada/ mirando cómo hierve poco a poco su tedio,/ probando a qué le sabe su propia servidumbre” (ibid.: 332).

Vemos así dos tipos de mujer: la mujer “salvaje” de la mitología griega y la mujer civilizada, la que se rebela al orden establecido y la que se somete a él. Para que la mujer salga de su prisión “civilizada” tiene que ser un poco salvaje, como una amazona, que renuncie a ser para “otro” y sea para sí misma. Es más, se da el caso de que no sólo es para el marido, sino también para los hijos, y luego para los nietos. De modo que esta mujer nunca es para sí. No es proyecto de sí, sino de los otros. No es como Penélope, que “no lava los pañales./ No cuelga en un alambre la exposición completa/ de todo su fastidio, frustración, amargura/ encarnada en manteles, calcetines, calzones/ y camisas que lloran lentas lágrimas sucias” (ibid.: 332).

Lo ideal es que la “mujer civilizada” empiece por mirarse en el espejo de las otras mujeres, o lo que es lo mismo, en el espejo de la cultura. Que rompa el espejo de la frivolidad, y que vea no sólo si está mejor maquillada que su vecina, que no sólo se siente a mirar telenovelas y ver cómo de un día para otro le salieron arrugas, etc. Que mire por la ventana y sepa que afuera hay un mundo por cambiar para que cambie ella misma, y de paso la perspectiva de su marido, la de sus hijos, y de sus nietos. Que no nació para quedarse en casa.

Sin embargo, es común en muchas mujeres que se topen con la pared del prejuicio, al intentar salir del marco normativo de la cultura patriarcal, sin que sean un blanco de críticas negativas de su estrecho círculo social. En el caso de las mujeres de escasos recursos, por lo común, su única fuente de información es la televisión y las revistas del medio del espectáculo televisivo. En estas condiciones tan limitadas se conforman con lo que les da la televisión. Se conforman al orden cultural establecido. Y su forma de vida no cambia. Se incrustan cada vez más en la estructura del sistema machista, en la que su ser queda deliberadamente oprimido.

Finalmente, la cultura patriarcal trata de un círculo vicioso con el que deben luchar los hombres y las mujeres, para llegar a emanciparse. Deben dar razón de que la cultura se nos da por hábitos y costumbres que pone en práctica una sociedad. Mismas que pueden cambiarse según haya valor y dignidad en las mujeres, y en los hombres, que sean capaces de luchar en contra del orden cultural impuesto.

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(3) Se entiende aquí por cultura al conjunto de aparatos ideológicos que dan un tipo de ser humano. A saber, la Iglesia, la escuela, la familia, lo jurídico, lo político, lo sindical, los medios de información masiva (prensa, radio, T.V., Internet, etc.), la literatura, las artes, etc. En suma no se es un tipo de ser humano sin un contexto que lo determine. Mismo que diseña tanto instituciones como seres humanos en una época.

(4) Las amazonas son producto de la mitología griega. De ellas se dice que “van a la guerra y se niegan a ser madres de varones, contradiciendo así la función que tradicionalmente cumplían (y cumplen) las mujeres. […] las amazonas rechazan su destino (el matrimonio) y prefieren pelear como los hombres […] representan un verdadero mundo invertido […] Las amazonas son guerreras pero no tienen ciudad y constituyen una amenaza permanente para el mundo civilizado”. (véase el capítulo La mujer en Grecia (mito y concepto) de Rubí de María Gómez, págs. 30-32).

(5) Si bien, en el mito de las amazonas, se asume que hay una advertencia de castigo, mutilación, humillación, y hasta de muerte, en caso de rebeldía, no por ello las mujeres deben frenar la lucha por su liberación. Un ejemplo eficaz de valor, arrojo, y confrontación abierta con el enemigo, lo hallamos en Fidel Castro y demás guerrilleros. Ellos no hubieran hecho un cambio de gobierno –para bien o para mal- en Cuba, si hubieran temido al castigo, la mutilación, etc. Lo mismo para quienes han participado en las revoluciones o para los que han luchado a favor de un cambio de régimen político, económico, social, etc.

Darío Yaparié

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Bibliografía:

  • Ander-egg, Ezequiel (1983), Formas de alienación en la sociedad burguesa, Humanitas, Buenos Aires.
  • Gómez, Rubí de María (2001), “Género, cultura y filosofía” en Filosofía, cultura y diferencia sexual, Plaza y Valdés, México, pp. 75-107
  • Gómez, Rubí de María (2001), “La mujer en Grecia (mito y concepto)” en Filosofía, cultura y diferencia sexual, Plaza y Valdés, México, pp. 25-37
  • Gonzalez Rojo, Enrique (1982), La larga marcha, Oasis, México.
  • Toscano Medina, Marco Arturo (2001), “La filosofía, la mujer y la cultura” en Filosofía, cultura y diferencia sexual, Plaza y Valdés, México, pp. 161-171
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