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Published on noviembre 9th, 2013 | by Colaboraciones

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La preponderancia del todo.

Para escribir esta pequeña reflexión parto simplemente de la siguiente cuestión: ¿Qué es la sociedad? Y antes de empezar, me gustaría remarcar cuánto me entristece la ligereza con la cual se habla de «sociedad» o de «humanidad» en términos tan generales hoy en día. Creo que estos conceptos son inabarcables en su totalidad, demasiado complejos y heterogéneos para nuestro limitado conocimiento y nuestro eterno desconocimiento. Aquí solamente pretendo esbozar y matizar algunos prejuicios acerca de ella e interpretar la consecuencias de dichos prejuicios.

¿Qué es, pues, una sociedad? Se suele afirmar de forma cotidiana que una sociedad es simple y llanamente el resultado de un conjunto de individuos. Creo ver aquí el primer error. Si una sociedad fuese solamente la suma de individuos sin relación alguna entre ellos, no sería sociedad en ningún caso. Los individuos son necesarios para la creación de una sociedad, naturalmente; son necesarios pero no suficientes. También interviene, de forma igualmente necesaria, las relaciones sociales que entre ellos se forman. Estas pueden no verse, no percibirse, pero forman la estructura misma de cualquier tipo de sociedad.

Como consecuencia, o al menos, como influencia de esta primera mala interpretación, surge en el camino otra. Es el error de confundir la sociedad con la asociación, que es aproximadamente lo contrario de aquélla. Una sociedad no se construye por acuerdo de voluntades. Al contrario; todo acuerdo de voluntades presupone la existencia de una sociedad, de gentes que conviven, y el acuerdo no puede consistir sino en precisar una u otra forma de esa convivencia, de esa sociedad preexistente. La idea de sociedad como reunión contractual, y por lo tanto, jurídica, es el más insensato ensayo que se ha hecho de poner la carreta delante de los bueyes, por así decirlo. Porque el Derecho es, si se me perdona, la secreción, la separación espontanea de la sociedad, y no puede ser otra cosa. Querer que el Derecho rija las relaciones sociales entre seres que previamente no viven en efectiva sociedad, me parece tener una idea bastante confusa de lo que es la organización social.

Es como intentar hacer encajar por la fuerza piezas de por sí dispares. Muchos pensadores y eruditos han estudiado, escrito y especulado sobre esto, y para ellos es una cuestión muy difícil en la que tú, el individuo, te sientes totalmente perdido en sus filosofías, y ellos han llegado a la conclusión de que tú no cuentas en absoluto. Lo que es importante, dicen ellos, no eres tú, sino «el todo«, toda la gente junta. Este «todo» lo denominan ellos «sociedad», o «el Estado», y los pícaros han decidido actualmente que no importa si tú, el individuo, eres miserable, mientras que la «sociedad» esté en orden.

De alguna u otra manera olvidan explicar cómo puede estar en orden la «sociedad», o «el todo», si los miembros singulares de ella son desgraciados. Esto es todavía más claro cuando se habla del Estado propiamente dicho. Éste es el sacrificio de la libertad y de los intereses de cada uno, tanto de los individuos como de las unidades colectivas más pequeñas, como las provincias y las asociaciones,  a la libertad de el todo, de todo el mundo, a la prosperidad del gran conjunto. Pero este «todo el mundo», ese gran conjunto, ¿qué es, sino? Es la aglomeración de todos los individuos y de todas las colectividades humanas más restringidas que lo componen.

Pero en el preciso momento en que los individuos y las localidades se componen y se coordinan con «el todo», ¿qué ocurre con los intereses  individuales y locales? Deben de ser sacrificados; no queda otra. Y el todo que supuestamente les representa, ¿qué es? No es el conjunto viviente, que deja respirar a cada uno a sus anchas y se vuelve más fecundo cuando más se desarrollan en su seno la libertad y la prosperidad; es al contrario, la inmolación perpetua tanto de cada individuo como de cada asociación local, es la completa negación de la vida y del derecho de todas las partes que componen ese «todo el mundo», por el llamado bien de todo el mundo. Es el Estado sobre el cual se anula la sociedad e individualidad natural.

La contradicción existe y ha existido de todas formas, porque sin la independencia personal se anula el individuo y sin la asociación de individuos la vida es imposible. La asociación lleva consigo un acto deliberado de voluntad libre; cualquier otra cosa es subordinación, en ningún caso asociación. Por lo tanto, el pacto entre seres iguales y libres resuelve la contradicción y asegura la independencia personal y realiza la solidaridad.

Cualquier otro tipo de sociedad que se ampare en el Estado y en el todo (incluyendo al socialismo gubernamental) podrá hablar de libertad, pero esta estará de tal modo condicionada que sería mejor hablar de subordinación forzosa a la soberanía de la sociedad y «del todo». En este punto, quien aprecie su libertad individual tendrá que inclinarse de forma necesaria al anarquismo.

Fuera de él toda promesa de verdadera liberación es un engaño, una falaz mentira.

Radix

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