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Publicado el 28 de agosto de 2012 por La Colectividad

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La sociedad autoritaria como mito fundacional

Se tiende a pensar que las sociedades humanas siempre han estado estructuradas de forma jerárquica; que siempre ha existido un elemento de autoridad vertical en cualquier grupo humano organizado de forma eficaz. El presente artículo pretende desmitificar el origen jerárquico de las comunidades humanas; un mito que impide la real emancipación de la especie humana.

En la actualidad, la gran mayoría de grupos humanos en el mundo están organizados de forma vertical, y esto ha sido así durante miles de años. La deriva en el tiempo de organizaciones verticales ha posibilitado la institucionalización profunda de estas jerarquías que, con el tiempo, se han naturalizado de tal forma que ya no se cuestionan. ¿Acaso alguien cuestiona la posibilidad de que mañana no salga el sol? De la misma forma, muchas personas no conciben la sociedad sin estar ésta organizada jerárquica y verticalmente (incluso ideologías como la marxista teorizan que las jerarquías humanas son inevitables en cualquier sociedad).

No obstante, numerosos estudios antropológicos han demostrado que la dominación entre seres humanos no es un elemento intrínseco ni natural. Dorothy Lee, estudiando el lenguaje de distintas comunidades nativas americanas, comprobó que algunas de ellas ,como la Wintu, carecían de verbos transitivos que denotaran posesión y dominación sobre personas y objetos. De esta forma, los Wintu no usaban verbos como «tener» o «poseer.» En este tipo de comunidades tribales no solamente las instituciones sociales (como la familia) eran igualitarias, sino que el mismo lenguaje también evitaba jerarquizar la vida social de las personas.

Uno de los rasgos característicos de estas comunidades humanas era el profundo respeto entre personas de la misma comunidad. Las personas se respetaban de igual a igual atendiendo a las diferencias materiales que pudieran existir. El antropólogo Paul Radin denominó esto como «el principio del mínimo irreductible.» Este principio aseguraba la existencia de cualquier persona en la comunidad independientemente de su aportación material al grupo; todas las personas tenían un derecho vital a vivir en la comunidad de forma digna, ya fueran personas ancianas, enfermas, o disminuídas. Como señala Murray Bookchin, en estas comunidades, conceptos como el de «igualdad» no tenían sentido porque no existía «desigualdad», pues las asimetrías materiales (como una discapacidad de nacimiento) eran compensadas por la propia comunidad siguiendo el principio del mínimo irreductible.

Organizaciones sociales como las anteriormente mencionadas no son cosa exclusiva del pasado remoto; en la primera mitad del siglo XX se podían encontrar grupos de características similares en diversas partes del mundo. En estas comunidades, todos los individuos estaban altamente integrados en la vida política de la comunidad, y el grupo social se hacía cargo de aquellas personas que por varios motivos no pudieran ejercer su derecho a la vida. Además, no existían dinámicas coactivas, sino más bien persuasivas de tipo mágico o ritualístico, las cuales servían para mantener al grupo unido y reproducir las instituciones socioculturales.

De la misma forma, las primeras comunidades humanas si bien diferenciaban entre distintas tareas grupales (por ejemplo, las mujeres tendían a recolectar frutos mientras que los hombres cazaban), se ha probado que las relaciones sociales entre hombres y mujeres eran de igual a igual. La comunidad era un elemento orgánico y unitario: existía igualdad en la diferencia. Las personas ancianas eran respetadas por su sabiduría y experiencia vital; las mujeres organizaban la vida familiar y doméstica (de máxima importancia en un mundo sin vida «política-pública»); y los hombres aportaban seguridad frente a comunidades vecinas y se encargaban de la obtención de alimentos cárnicos (sin significar esto un estatus superior ni la existencia de una jerarquía social). Como vemos, el principio de justicia en estas comunidades igualitarias era muy diferente. Hoy en día se habla de «igualdad para todes», sin embargo, las primeras comunidades humanas y muchas tribus hasta mediados del siglo XX se regían por un principio de «igualdad en la desigualdad.»

Estas primeras comunidades, además, se organizaban de manera igualitaria porque creían en la descendencia común, es decir: todas las personas de una comunidad provenían de unes antepasades comunes, y por ende, nadie era superior a nadie (al menos dentro de la comunidad). Sin embargo, la deriva social dio lugar en muchas comunidades a una incipiente jerarquización de la organización social. Las evidencias antropológicas apuntan primero al incremento del estatus social de les ancianes, les cuales institucionalizarían poco a poco una jerarquía basada en la edad (recordemos que en estas comunidades las personas ancianas, las voces de la experiencia, disfrutaban de un alto prestigio simbólico, por lo que sus sugerencias y recomendaciones eran normalmente escuchadas). De esta manera surgieron las gerontocracias, incluyendo mujeres y hombres.

Sin embargo, a medida que la jerarquía en base a la edad se asentaba, también lo hacía la jerarquía en base al sexo. Los hombres empezaron a adquirir mayor estatus social a medida que las comunidades crecían en número y se enfrentaban en el espacio físico. Los hombres, que siempre fueron los encargados de la vida «civil» o «pública» de las comunidades, empezaron a adquirir poder social para así poder lidiar con comunidades vecinas que amenazaran la existencia de la propia comunidad. Aun así, dentro de estas incipientes jerarquías la igualdad seguía siendo un elemento distintivo, pues si bien los patriarcas y las matriarcas eran elementos de poder, cualquiera podía adquirir ese mismo poder si vivía lo suficiente para ello.

Esta dinámica de jerarquización se dio de forma lenta pero segura, modificando las tradiciones culturales anteriores y redibujando el mapa del poder social. Los varones adultos fueron adquiriendo más y más poder a medida que el conflicto entre comunidades vecinas aumentaba. Les ancianes dejaron de tener poder puesto que elles no podían luchar para defender a la comunidad, y de esta forma la guerra dio paso al poder del varón adulto, quien estaba al mando de las relaciones diplomáticas entre comunidades así como de la organización pública de la propia comunidad (puesto que en un estado de guerra lo militar tiende a imperar sobre el resto de elementos).

Sea como sea, es de vital importancia ver que mucho antes del nacimiento de las clases sociales y de la diferenciación social en base a elementos económicos y productivos, ya existía una incipiente jerarquización de la vida social en base a otros elementos. Y es precisamente esta dinámica histórica de jerarquización la que hace que hoy en día muchas personas vean como natural y esencial la existencia de un orden autoritario, jerárquico, y basado en la dominación «del hombre por el hombre» (o mejor dicho, «de la mujer y el hombre por el hombre»).

Como he mostrado, un punto de inflexión muy importante en la historia de la humanidad fue el nacimiento de los guerreros, los cuales se apoderaron del viejo poder de las personas ancianas. Estos guerreros fueron abandonando poco a poco la antigua concepción de linaje: la comunidad ya no se estructuraba por compartir antepasades comunes, sino por vasallaje y alianza. Los jefes tribales, al principio, solamente admitían personas de su mismo linaje en su círculo cercano, sin embargo, esta dinámica se fue rompiendo a medida que las alianzas entre comunidades aumentaban. Este punto de inflexión es de suma importancia puesto que desde él las comunidades humanas tomaron un rumbo autoritario y jerárquico, dejando de lado la igualdad y complementariedad (recordemos que el mundo, como ha demostrado la antropología, no es hobbesiano en ningún caso: no existió ningún «estado natural de guerra», sino que los sexos eran complementarios, la estructura de edad atendía a comportamientos respetuosos, etcétera).

Así, las tribus dieron lugar a las ciudades, y éstas, más tarde, a los Estados modernos. El cambio fue lento e inconsistente, dándose de diversas formas en distintas partes del mundo. Pero como apunta Murray Bookchin, es más que lógico pensar que el cambio de una sola comunidad hacia posturas jerárquicas obligó al resto de comunidades igualitarias a cambiar. Cuando tus vecines se vuelven autoritaries y guerreres, tu propia comunidad tiene que defenderse de alguna forma, dejando la puerta abierta a jefes tribales y procesos de jerarquización autoritaria. Una vez que las bases de la dominación del «hombre por el hombre» se establecieron a lo largo del tiempo, el capitalismo en un par de siglos consiguió naturalizar la dominación humana y la jerarquización de forma espectacular, la cual se entiende fácilmente si observamos que los avances materiales de estos dos últimos siglos son inmensamente más grandes que todos los cambios sociales previos juntos.

El advenimiento del capitalismo no solamente reprodujo la organización jerárquica de las comunidades humanas, sino que la mitificó de forma científica y la justificó de forma moral. Esto ya sucedió, de distinta forma, en las primeras comunidades jerarquizadas, pero la diferencia radica en la eficacia de la dinámica capitalista. El burgués es más eficiente que el aristócrata vago y remilgado; la empresa capitalista es más productiva que el terrateniente ocioso. La ciencia económica lo demuestra (según la clase burguesa), y por ello es normal que los más inteligentes hagan más dinero y se merezcan un mejor puesto en la sociedad. Como vemos, la concepción de la vida difiere mucho de aquella visión igualitaria y complementaria de las primeras comunidades humanas. Me gustaría advertir que nada de esto significa que debamos defender posturas primitivistas o anti-tecnológicas. La dominación y la jerarquización no es cosa exclusiva del capitalismo y su avanzada tecnología, como tampoco la tecnología produce dominación de forma inevitable.

Muchos son los siglos que he obviado en este artículo; siglos que son de vital importancia pues son los testigos del nacimiento de los Estados-nación y del sistema capitalista. Sin embargo, espero que estos breves apuntes sobre el devenir humano arrojen algo de luz a la cuestión de la organización social. Como anarquista me niego a concebir la imposibilidad de un mundo igualitario. Por fortuna, disciplinas como la antropología social nos ayudan a fundamentar de manera científica una postura que torna más que urgente en un mundo dominado por la autoridad, la opresión, y la esclavitud enmascarada. Si algo podemos sacar en claro de todo esto es que el mundo no siempre estuvo jerarquizado de manera autoritaria y, por lo tanto, el futuro sigue estando abierto a la verdadera libertad: aquella que no se basa en la autoridad impuesta desde arriba.

Bibliografía

Bookchin, Murray (1989) Remaking Society, Montréal: Black Rose Books

Lee, Dorothy (1959) Freedom and Culture, Englewood Cliffs: Prentice Hall Inc.

Radin, Paul (1960) The World of Primitive Man, New York: Grove Press

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Acerca del autor

La Colectividad

Ser autónomx, simplemente, bien podría significar aprender a luchar en la calle; a okupar casas vacías; a parar de currar; a amarnos lxs unxs a lxs otrxs enloquecidamente, y a expropiar.



10 Respuestas para La sociedad autoritaria como mito fundacional

  1. Kp says:

    Muy buen artículo! Y si me permiten corregirles, la comunidad Wintu se encuentra en America del Norte, no India. http://en.wikipedia.org/wiki/Wintu_people

    • Totalmente cierto, error mío. Tengo el libro del que saqué la cita delante y dice: "(...) como la comunidad india de los Wintu en la costa del Pacífico." Se me cruzó un cable, tal vez por leer "comunidad india" volando. Gracias por el aviso y por el comentario, compa.

  2. Me gustaría conocer la bibliografía empleada. Es interesante. Probáblemente estos días publique una pequeña entrada a propósito de este artículo. Felicidades.

    PD/He visto en tu blog personal una entrada sobre el uso de las drogas blandas. Vamos a tener debate en estos temas jaja

  3. Voy a poner la bibliografía en el texto, de todas formas la dejo copiada aquí también:

    Bookchin, Murray (1989) Remaking Society, Montréal: Black Rose Books

    Lee, Dorothy (1959) Freedom and Culture, Englewood Cliffs: Prentice Hall Inc.

    Radin, Paul (1960) The World of Primitive Man, New York: Grove Press

    Sobre mi artículo de drogas blandas en el otro blog de La Colectividad... qué decir: te animo a publicar un comentario allí para seguir con el debate 🙂

  4. Viejacalva says:

    Creo que idealizas demasiado el pasado, estoy de acuerdo en que la jerarquización es casi con total seguridad una cuestión cultural, pero cuando dices que en las primeras comunidades humanas no había jerarquía, o no había guerras me cuesta mucho creerte.

    Los grupos estructurados en torno a un jefe, chamán, líder o como queramos llamarlo, el racismo, el sexismo existen desde antes de que existieran los humanos modernos, y las tribus no-igualitarias en esos aspectos eran mayoría. Las tribus nunca han tomado las decisiones en asamblea 😛

    Prácticamente todas las personas a las que ser egoísta les funciona lo son, ahora y en el pasado. La igualdad de la mayoría de tribus de antaño estaba en que no había nadie que tuviera los medios suficientes como para poder acumular riqueza, ya que eran sociedades nómadas.

    • Créeme cuando digo que no idealizo el pasado, todo lo contrario: mi postura es contraria a idealizarlo (de ahí que lea a Bookchin, un reconocido autor por defender la tesis de que el pasado nos muestra alternativas de futuro sin necesidad de idealizar la sociedad primitiva). Así que en este sentido soy "anti-primitivista" (entiendo esto de una forma burda, ya sabes: no estoy por la labor de irme al campo a vivir ni de abandonar Internet).

      Pero precisamente el estudio científico de las sociedades pasadas nos muestran alternativas al capitalismo. Lo que dices sobre los jefes y chamanes es cierto, pero solamente de forma parcial. Las figuras de autoridad han existido siempre, pues siempre han existido los roles y estatus sociales. La cosa está en cómo se conciben dichos roles. Como se ha demostrado mediante estudios antropológicos, los cuales se basan sobre todo en el análisis de las tumbas y demás lugares funerarios, estas sociedades o comunidades se regían por un principio de igualdad y paridad absoluta en el grupo. Como decían los wintu de la costa pacífica de Norteamérica, el jefe "camina con la tribu." Aquí se ve la diferencia: Rajoy es presidente y gobierna España, pero no camina con la gente de España.

      Estas diferencias pueden ser simbólicas en principio, pero ellas gatillan un sinfín de dinámicas sociales que terminan por caracterizar de muy distintas maneras una comunidad de personas. Incluso en una asamblea libertaria hoy en día existen elementos asimétricos: si se debate sobre economía, el estudiante de económicas tendrá una posición ventajosa en el debate (a priori). Pero en esa asamblea libertaria el estudiante de economía nunca obtendrá un beneficio material por ello, es más: no querrá hacerlo porque no concibe la organización de su grupo de forma vertical y asimétrica.

      Cuando escribí el artículo pensé en respuestas como la tuya, compañero. Y es por ello que estoy trabajando en un segundo artículo (y en un tercero seguramente). En él trataré los siglos de la modernidad para ver con un poco más de detalle el advenimiento del capitalismo y la idealización de ciertas sociedades del pasado (como dije, criticaré estas posturas idealizadoras que no hacen más que esencializar cosas que son flexibles y mutables). Pero tendrás que esperar 🙂

      Un fuerte abrazo y muchas gracias por el comentario, creo que refleja una de las críticas más claras que se pueden hacer a este tipo de postura.

  5. Muy interesante el artículo, te felicito. Ahora planteo unas cuestiones con toda la inocencia:

    En una sociedad que no busque el lucro, ¿quién se va a poner en una cadena de montaje a ensamblar las piezas de un circuito? Ésa tarea tan aberrante sólo la puede realizar un ser humano por obligación. ¿Lo decidirá, acaso, el Consejo Central de Obreros, la Federación o cualquier proto-Estado con denominación distópica?

    En una sociedad no jerarquizada ni militarizada, ¿cómo asegurar un flujo constante de materiales y energía de la otra punta del mundo? Dices que no quieres renunciar a Internet en una sociedad libertaria pero... ¿acaso Internet no existe gracias a dinámicas absolutamente autoritarias como la extracción de minerales en el Congo para elaborar dispositivos electrónicos? ¿Acaso la exploración, extracción, transporte y utilización del petróleo es posible sin comportamientos autoritarios?

    ¿Acaso no es la educación especializada y el trabajo asalariado una exigencia del sistema dada su -creciente- complejidad técnica? ¿Cómo se mantendrá o ordenará todo esto sin autoritarismo?

    Sé que son muchas cuestiones, pero es fácil advertir que todas responden a una única cuestión: la relación excluyente o no entre complejidad técnica y libertad.

    • Gracias por el comentario y por las preguntas tan interesantes, como siempre, Manu.

      Yo no veo problema en concebir una sociedad no-autoritaria (libertaria) y la alta tecnología, como tampoco veo tensión entre la complejidad técnica y la libertad.

      Si con algo me quedo de la eco-teoría de Bookchin es con la idea de que todo en la Tierra tiende a la diversificación y complejidad: tanto la evolución natural como la evolución social. Creo que es una ley que se podría admitir como "universal" sin demasiados problemas. Teniendo esto en cuenta, la división del trabajo deviene lógica y necesaria, y así lo veo yo también. Pero no confundamos división del trabajo con "división explotadora y capitalista del trabajo."

      Coincido en que Internet existe gracias a las dinámicas explotadoras del capitalismo de hoy en día, pero más que nada porque Internet ha sido creado "hoy en día", es decir, en un contexto capitalista. Imaginemos que el mundo desde la Revolución Francesa es un mundo de sociedades libres, no capitalistas, y de carácter socialistas: ¿no se habría dado Internet? Pues tal vez no, porque los hechos históricos son contingentes, pero desde luego ese mundo socialista (M2) tendría las mismas potencialidades para crear Internet que el mundo capitalista actual (M1).

      El comercio internacional de mercancías se puede dar sin problemas en un mundo socialista, después de todo no en todos lados hay piñas, ni cocos, ni maíz, ni arroz. Es cierto que se puede vivir sin piña y sin cocos, pero el intercambio de estos se puede realizar sin caer en dinámicas de explotación aunque las mercancías se encuentren en el otro lado del planeta, ¿no? Imaginemos una colectividad en Brasil que decide intercambiar 1 tonelada de cocos por 1/4 de tonelada de naranjas valencianas, ¿no sería esto una transacción libre si ese intercambio 1:0.25 ha sido decidido entre las colectividades brasileña y valencia? El transporte podría arreglarse de mil formas, dependiendo de si en este mundo M2 hay bonos en papel, dinero (algo discutiblemente libertario), o lo que sea.

      Sobre las cadenas de montaje... ahí veo más fuerza en tu argumento, pero aún en una cadena de montaje creo que se pueden aplicar relaciones libertarias de no-explotación. Pero sobre todo, si concebimos un mundo M2 estaríamos hablando de un mundo en el que el consumo no sería tan grande, pues hoy en M1 la lógica del consumo hace que se produzcan muchas más mercancías de las demandadas (y de las necesitadas).

      No obstante veo en tus dudas legitimidad y razón de ser. Teorizar un mundo libertario o socialista es tarea difícil, y desde luego existen muchas formas de verlo. Yo, por mi parte, no tengo claro el "cuadro final." Donde veo luz (cosas que me parecen razonables) veo también sombras (dudas del tipo que planteas tú). Será cuestión de seguir construyendo y sintetizando, pues dudo que un solo autor o autora nos proporcione el marco teórico suficiente para construir un mundo socialista.

      Abrazos.

      • Sé que ha pasado tiempo desde que me respondiste, pero olvidé por completo esto y por casualidades del destino he vuelto aquí.

        Ante todo, he de decirte que releyendo mi comentario noto cierta rotundidad que en este momento he matizado un tanto, por lo que encuentro bastante razonable tu respuesta, que te agradezco te molestaras en con detenimiento.

        Más que una cuestión de existencia y desarrollo de tecnología per se, cosa que no rechazo en absoluto, creo que sería más bien una cuestión de voluminosidad, ritmo*, gestión, fines, y por supuesto los demás cambios que una sociedad no-capitalista conllevaría de por sí, algo que, como bien dices, no es tan sencillo de augurar en cuestiones tan complejas.

        En cualquier caso, un cambio de paradigma cultural implicaría, sin duda, un cambio en el uso que hacemos del conocimiento y su aplicación práctica (sin renunciar a todo lo logrado hasta ahora, por supuesto), por tanto trasciende, creo yo, un mero cambio en los titulares de su gestión, o en la teleología programática bajo la que se lleve a cabo la misma. Con el añadido indispensable del componente ecológico, sobra decir, será fácil comprobar que si el capitalismo se recubre de verde y de "sostenibilidad" no será más que por mera necesidad, por mandato imperativo de las leyes físicas a las que está sometido.

        Como bien concluyes, es algo que hay que seguir pensando, al compás de otras cuestiones, y a ser posible evitando dogmatismos absolutistas, tanto por parte de quienes, de forma maximalista, rechazan la tecnología como tal, como por parte de quienes confunden la crítica a su papel en la sociedad contemporánea y la reflexión sobre su función en una sociedad posrevolucionaria con atavismos primitivistas o deseos reaccionarios de retroceder en el tiempo. Del mismo modo que no se confunde la crítica al trabajo y su elaboración conceptual en las sociedades capitalistas con una reivindicación del "no hacer nada" o incluso de la pereza.

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