Opinión

Published on julio 21st, 2014 | by Colaboraciones

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Las malas anarquistas

Hay quienes panfleto tras panfleto y fanzine tras fanzine hemos sido arrojados por la borda del anarquismo. Hemos oído una y otra vez a gente decirnos que no van a ir en nuestro mismo barco. Que somos malas anarquistas, que no merecemos el nombre, que somos más de lo mismo.

¿Malas anarquistas? ¿No será que simplemente no somos anarquistas?

Para obtener respuestas acertadas hay que plantear las preguntas correctas. Ser anarquista no puede tomarse como una esencia –se es o no se es- y aunque se intentara, un término tan eminentemente político no puede significar nada de cada una de nosotras si no se explica nuestro contexto. Vivimos en sociedad y en la sociedad no hay líneas ni compartimentos estancos, por lo que difícilmente se nos puede diferenciar de forma tajante frente al resto con un término que nos relaciona tanto con los demás.

La anarquía se ha formulado de mil maneras. Desde que Proudhon creó el concepto para aplicarlo sobre la política es difícil hacer un recuento de las derivaciones que ha tenido. Hubo gente que lo interpretó de forma mística, otra gente como una propuesta política, económica y social concreta, otra gente como una pulsión humana. El anarquismo vino después, a conformarse como movimiento y eso como era de esperar no fue uniforme ni en todos los tiempos ni en todas las culturas. Es comprensible que el anarquismo, en tanto que movimiento social se atenga a la realidad de las personas que lo forman. Es comprensible, por tanto, por qué en ese movimiento aparecen claras influencias de la cultura existente en la sociedad en que nace. Claro, la cultura de las sociedades con dominación reproduce la dominación, la extiende, la perpetua.

Entonces… ¿el anarquismo perpetúa la dominación?

Responder a esto necesita un largo rodeo sobre cómo se sintetizan y reproducen las ideas, para poder responder con rigor.

Muchos compas han apuntado ya a los vicios intelectuales del anarquismo decimonónico: determinismo, machismo, antropocentrismo, obrerismo, mecanicismo…Obvia decir que propios de su época. Cuando hay quién pretender rescatar 50 o 100 años después determinadas ideas tal cual se presentaron en su día, chocan con una realidad cultural distinta, en la que no se conciben igual ni los conceptos más básicos, como puede ser la idea de pueblo: de como se percibía en la génesis de lo libertario a cómo se concibe hoy hay un mundo, lo que lleva a que no produzcan el mismo impacto entre la gente. Sin embargo, ese anarquismo decimonónico, aunque sosteniendo cosas injustificables a nuestros ojos, supuso una ideología influyente para ciertos pueblos y una práctica útil para ciertos segmentos sociales.

Las corrientes ideológicas, las libertarias también, se construyen. No se inventan ni aparecen de la nada. Es por ello que la importación acrítica de ideas del pasado o de otras culturas suele producir un nulo efecto socia, precisamente lo contrario de lo que buscan las ideas transformadoras. La sociedad genera sus propias corrientes ideológicas, en función de infinidad de variables, algunas manejables y otras no. Por ejemplo, el ciudadanismo del 15M o las mareas, que ahora es el principal sostén del movimiento en torno a Podemos, no se ha inoculado así sin más por “grandes laboratorios culturales”, ni por “élites académicas”, ni por “la ignorancia de la gente”. El ciudadanismo es una corriente de inmenso peso en nuestro pueblo porque ha ido creciendo con él, con las condiciones materiales y culturales en las que se han desarrollado las últimas generaciones. Es normal que en un clima social en que el ciudadanismo es la ideología mayoritaria, quienes lo manejan y defienden se alcen como iconos de “el pueblo”. Pablo Iglesias lleva años cabalgando la ola ciudadanista, adaptando el lenguaje y las formas, y eso ha hecho de él un icono. Querer ver en las ciencias sociales linealidades o agentes que causan efectos de forma unilateral es un error, pues no funcionan así. La consecuencia directa del anterior error es pretender producir cambios sociales desde una “periferia”, ajena y alejada de las realidades que pretende transformar.

La realidad social, en ese sentido, es fractal. Hay dinámicas sociales que se repiten de forma semejante, no igual, a menor escala hasta llegar a la individualidad. De la misma manera que las sociedades construyen sus ideas hegemónicas en una dialéctica constante delimitada por su Historia, las personas vamos adoptando ideas, discursos y formas de actuar según nuestras condiciones, hechos significativos y nuestras propias decisiones. Por lo general los individuos somos situacionales, estamos más atados a nuestra situación que a nuestras decisiones. Confrontamos con la policía y creemos en la insurrección en un momento de revuelta, pero luego al volver a la normalidad tememos el conflicto y lo rehuimos, sean cuales sean nuestras ideas declaradas. Quienes militamos conocemos lo que es quemarse, pero también emocionarse y volver con ganas cuando nuestra situación cambia, aunque no lo hagan nuestras ideas. Pues la sociedad funciona a semejanza: la situación es fundamental para promover una u otra sensibilidad, sin perder de vista que en último término es la decisión -individual o colectiva, racional o emocional- la que va a inclinar la balanza.

Pero… ¿qué elementos de la dominación se han integrado en el anarquismo?

La ola post -postmarxismo, postmodernismo, postanarquismo, post…- nos ha dejado decenas de regalos, combinados muy discretamente con las cambiantes condiciones sociales, políticas y culturales. El relativismo, la disolución de “El sujeto social” en un mar de “movimientos” o la nueva teoría del poder como realidad indestructible sumados con el consumo y la derrota de toda disidencia organizada han dado pie a algunas dinámicas en la sociedad con las que los anarquismos no han sabido enfrentarse.

La diversidad identitaria es una de ellas. La subdivisión de la sociedad en una suma simple de compartimentos culturales y sociales sin aparente relación entre ellos-excepto las relaciones de mercado- ha calado tan hondo que hay quién ha creído que los movimientos sociales y los movimientos políticos se forman de la misma forma que las identidades culturales. Así como hay gitanas o heavys, hay anarquistas o quincemeros. Pero además no todo es nuevo mundo, por desgracia. Si a esta tendencia social le sumamos las inercias internas del anarquismo que se enfrentó a ello -perfectamente descritas en “La epidemia de rabia en España (1996-2007)”- nos encontramos con un “movimiento” acostumbrado a la excomunión heredada del Anarquismo Oficial de los 90 (CNT-FAI-FIJL) y a la improvisación permanente supuestamente importada de otras corrientes, como el insurreccionalismo. La reciente importación de la interpretación antiautoritaria de la estrategia del Poder Popular así como la importación de sus detracciones está evidenciando viejos vicios-excomuniones, sectarismo, tendencia a la atomización- combinados con polémicas teórico-prácticas legítimamente vigentes, todo ello dentro de un movimiento identitario–con sus símbolos, ritos, lenguajes, mitos- y cerrado -al que hace falta “entrar”-, que está lejos de ser tanto una fuerza social como un ghetto relevante. La conversión del anarquismo en una identidad cultural ha estancado su dinamismo, encerrando en sí mismas a varias generaciones de militantes. Ese encierro ha supuesto que las ideas y prácticas libertarias sigan en ese cajón del que la gente entramos y salimos según nuestros ciclos vitales mientras que las que han calado en el cuerpo social se hayan separado del movimiento, como el asamblearismo, del que un importante sector antiautoritario se ha desentendido como práctica propia precisamente cuando se generalizaba su uso para la acción social.

Otra dinámica social extraña a lo libertario y que no se ha encajado nada bien es la idea de “El fin de la Historia”. Aunque siempre se haya renegado de ella ha, ha calado muy profundo en toda nuestra sociedad, incluidos quienes militamos por supuestos cambios. Esto se suma a la confusión entre la “prefiguración de los medios de acción” y el eterno presente, esto es, confundir el hecho de que los medios tienen que ser coherentes con los fines con que los medios deben ser inmediatamente los fines y por tanto, que no futuro que construir. La extinción del horizonte revolucionario ha viciado los debates, centrándolos en el presente y en el pasado y sin intención alguna de ver más allá de los cambios que podemos crear. Hemos cambiado la revolución social por la insurrección y los levantamientos, por definición siempre condenados a extinguirse. Y eso en el mejor de los casos, cuando no estamos volcados en la “resistencia” y en la eterna espiral represiva, de la que no podremos salir sólo resistiendo. Tras 6 años de “crisis” mucha gente ha espabilado y ha entendido que la Historia ni mucho menos ha parado…pero esto no ha sido gracias a nuestra acción.

Ambos lastres teórico-prácticos mantienen en un movimiento cíclico a buena parte del movimiento . Y sin embargo se mantienen constantes las clásicas “Influencias burguesas”, que llamó Luigi Fabbri. La violencia verbal en los debates, meterse en el papel de malotes que la prensa nos adjudica, el sectarismo entre corrientes, la pureza, el elitismo ante la gente no-militante…

En fin. Las malas anarquistas, heréticas de los Principios, acabamos señalando al propio movimiento como una ficción de la que no podemos ser partícipes con el grado de implicación y coherencia que desde algunos púlpitos se nos exige para poder ser dignas de su solidaridad, tanto a nosotras como al resto de nuestra gente. Vemos con pavor esos textos en los que se nos acusa de traidores y vendidas por luchar a brazo partido y codo con codo con personas a las que respetamos y que nos respetan. Se pone por encima una catalogación -la de anarquista, que al parecer debe condicionar una realidad material ya bastante chunga -la de estudiante, vecina, precario, currante… Y no. Anarquismo no puede ser un cajón cerrado de modos de vida, discursos y prácticas. Anarquismo debe ser una tendencia en los modos de vida, discursos y prácticas existentes que los acerquen hacía la anarquía, aunque no la provoquen de inmediato.

Al final, las preguntas que nosotras nos planteamos son otras:

¿Cómo se está construyendo hoy “anarquismo”? Y ¿”qué” es lo que está construyendo el movimiento libertario?

@botasypedales

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