Opinión

Published on octubre 14th, 2012 | by La Colectividad

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Les matamos de hambre

Según últimas informaciones, una veintena de países en el mundo sufren de niveles alarmantes o extremadamente alarmantes de hambre. El informe centra su atención en el mal uso de los recursos naturales y en el acuciante cambio climático que influye directamente en la disponibilidad de agua.

No obstante, si bien es cierto que los recursos naturales y el cambio climático afectan de forma increíble a la hambruna mundial, no podemos dejar de lado que la explotación y reparto de dichos recursos, así como la creación del cambio climático, dependen de factores político-económicos que siguen una lógica de clase muy delineada.

Para la teoría económica liberal, el comercio internacional es un juego de ganancias absolutas en el que todas las partes ganan algo. Esta lógica es la que ha venido imperando desde los años setenta, y como resultado tenemos acuerdos regionales como NAFTA (por sus siglas en inglés). El planteamiento se puede resumir como sigue: las potencias mundiales se benefician económicamente al comerciar con otros países menos desarrollados. Sin embargo, los últimos también se benefician puesto que entran a formar parte del sistema mundial de comercio. Las evidencias que manejan les liberales para argumentar su postura son, entre otras: la inversión de capital extranjero en países menos desarrollados, el desarrollo de las infraestructuras del país, o el aumento de puestos de trabajo.

Pero nada de esto es totalmente cierto, y mucho menos cuando tenemos en cuenta qué es ético. Si bien es cierto que la parte menos desarrollada se puede beneficiar de tratados internacionales, este beneficio será siempre mucho menor que aquel que obtenga la parte más poderosa. Es decir: las relaciones internacionales de este tipo son esencialmente explotadoras. Y esto no depende de la política, sino de la economía política (que no es lo mismo).

Les liberales se empeñan siempre en culpar a la esfera política: si en tal país africano hay guerra es porque sus políticos son corruptos, no porque la presencia de una empresa americana haya roto el equilibrio social. Para la gente en la línea de Hayek y Friedman, el sistema capitalista de libre mercado funciona perfectamente en papel, el problema está cuando se aplica en un mundo humano donde la política tiene la mala costumbre de arruinarlo todo. De ahí que hoy en día culpemos más a les polítiques y no tanto al sistema económico en el que vivimos.

Por desgracia, como éste es el paradigman dominante, gran parte del mundo se hunde en la miseria para que nosotres en el «Primer Mundo» podamos mantene e incrementar nuestro nivel de vida material. Mediante organizaciones internacionales como el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial ahogamos a países del hemisferio sur. Y lo peor es que nos enseñan desde pequeñes a pensar que esto tiene que ser así. La gente se mata en África porque son una «panda de locos» que no tienen valores democráticos. Tal genocidio en el Sureste Asiático viene dado por una casta militar cruel. Los males de les demás son siempre por factores políticos-humanos. Pero la verdad es que la culpa es nuestra y de nuestro sistema económico que imponemos al resto del mundo.

Como esto no es un artículo de historia no entraré a narrar cómo, por ejemplo, los conflictos tribales en África vienen dados por la desaparición del Imperio Británico. O cómo muchos caciques en Latino América han sido, y siguen siendo, puestos a dedo por magnates occidentales que se benefician de gobiernos corruptos que les dejan seguir explotando a niñes en minas de carbón.

Pero como esto es una pequeña reflexión sobre relaciones económicas internacionales, sí que diré que el hambre no es tanto una cuestión de falta de alimentos, sino que es una cuestión de mala distribución y explotación humana. Esto va de nosotres contra elles, y lo triste es que nos socializan para pensar que nosotres estamos del lado de les que mandan, cuando la verdad es que también somos explotados en nuestras modernas ciudades occidentales.

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Ser autónomx, simplemente, bien podría significar aprender a luchar en la calle; a okupar casas vacías; a parar de currar; a amarnos lxs unxs a lxs otrxs enloquecidamente, y a expropiar.



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