Cultura

Publicado el 27 de julio de 2018 por La Redacción

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[Literatura] Cinco poemas de Augusto Tyuasuza

En el cuarto aniversario de su muerte, y a modo de homenaje, queremos dar voz al Tiuasuza poeta. Porque sus palabras, igual que su activismo, están imbuídas del profundo respeto a la tierra y a la cultura indígenas que profesaba. Porque su escritura es, también, militancia.

Puedes leer el artículo de Steven Crux sobre la vida y asesinato de Tiuasuza aquí. Y aquí el blog de Augusto.

 

Sisague (feliz) encuentro con la selva

ATA

Cuando tus pies se posan incautos sobre los caminos de la selva

recibimos la astuta riza del nativo

y la confundimos con una romántica ceremonia cinematográfica

ellos miran nuestro equipaje lleno de artilugios.

Les enseñamos una a una

la lista de herramientas de supervivencia

creemos que el indio las palpa como espejos

qué equivocado estaba nuestro espíritu.

 

Sus voces retratadas como testimonio

del encuentro con el hombre hecho planta

no son más que burlas para el idiota que pretende

espantar el humo a manotazos

 

En pocos días de caminos sinuosos y montañas

quedaran inservibles los repelentes, las radios, los guantes, los cigarros.

Aprenderemos a soplar tabaco

para ahuyentar los espíritus malignos

sacralizaremos sus costumbres

y ese humo ni siquiera servirá

para ahuyentar mosquitos

 

El tiempo quedará estancado en la niebla espesa

en el largo fhisca (aliento, alma) de tu vientre

y solo aprenderemos

la cómica pequeñez del Ego.

 

BOSA

Habita en mí

un bosque de tinieblas

donde las capas de los árboles

solo dejan entrever una que otra estrella

que se confunde con luciérnagas.

 

Si miro al suelo

pequeñas raíces fluorescentes

guían el camino a mis encierros,

las chicharras estallan en mi cabeza

queriendo salir de su crisálida,

los demonios tienen forma de sancudo

–cada centímetro de piel expuesta

termina en piquita y zozobra–.

 

Un desespero solitario

aniquila mis ruegos.

 

Ese mundo supraselvático

que desconozco

y desconoce el Indio de citadino,

ese ulular de lianas que se yerguen

como la lluvia en mis costados,

esa cárcel al aire libre,

ese triste estado de sombras sin conjuros

es fruto de los difusos y contradictorios caminos

que tomaron la selva y mis sentidos.

 

MICA

La selva tiene mucho de madre.

 

No una madre mariana,

no santa, no cándida, no pazguata.

Es una voz que te susurra todo el tiempo,

una vida que se mueve y

mitiga con fuerza su desdén.

Que llora y sufre.

 

Es su angustia castigo para tu cuerpo frágil.

Toma venganzas sutiles

y su enseñanza está colmada de fuerza y castigo.

La selva te humilla, te hace caminar como salvaje,

hace que tus uñas viertan veneno

de tierra y lodo.

Te hace respirar como tigrillo en busca de refugio.

La selva lacera tu espíritu.

Te envuelve como loca con sus tonos amarillos.

Su aroma de verde se vuelve sangre

y su nubarrón baja con frío fértil

a posarse sobre tus articulaciones.

 

Ella, que cada día vence majestuosos arboles,

se encarga de quebrarte la paciencia

para posteriormente cubrirte de una capa

oscura y solitaria.

 

Sus vientos desatan tu falso abrigo

hasta romper tus ropas.

Tus gritos los cubren sus típicas ondas

y de nada vale llorar, porque las gotas de lluvia

lavan tus mejillas.

 

Miras al cielo y totalmente huérfano

suplicas un tolerante respiro de paciencia.

Al pasar, los días y las noches

te purifican tus miedos, te haces amigo de las sombras,

te rascas sin desgano tus pocas ronchas,

te sientes más hijo de sus suelos

y con menos egos

que tus olvidaos habitantes de la materia.

Que solo hoy resultan

banales habitantes de la miseria.

 

MUYHIKA

El paraíso popular del génesis:

no existe.

 

Son imágenes de un idilio terrenal del blanco.

Con el tiempo la sangre mesclada de los hijos de la selva

crearon un nuevo cielo de verdes utopías,

hermosos colores y lindos cantos.

 

¿Qué misterio se incrustó en el alma?

¿Qué rara evocación a selva tiene el hombre?

¿Para qué llamar Pacha-mama a la selva

sin sus espíritus de lúgubre belleza?

¿Para qué las matas sin sus torrenciales angustias?

¿Para qué el aire puro sin sus endemoniados insectos?

¿Para qué anhelamos caminar lentamente en la noche de luna

sin conocer los caminos, la sombra, los espíritus, las sapientes, ni el deceso?

 

Aquí está el paraíso del hombre verde.

 

Pero no está untado de comodidades urbanas,

no es contemplativa felicidad eterna,

es el molesto trasegar del hombre sin espíritus

es el paso amargo del huérfano

que se arrastra de fatiga y sed,

es el cuerpo caído en la resaca del tiempo,

es la piel marchita de barro y espinas.

 

Son las plantas de unos pies que niegan

los rugosos caminos de resbalosa procedencia.

 

Y al final: cuando sepas arrastrarte sin vestido en el fango

para bañar tu cuerpo con la lluvia,

cuando tus pieles blancas se curtan de raíces y costras,

cuando la sangre ofrendada a los interminables insectos

tome una nueva forma,

cuando tus oídos distingan el viento

y las huellas de una fauna oculta,

y aparezcas tendido de bruces sin alma ni fuerza

sobre la maraña y la piedra,

podrás sentir el paraíso de la milenaria sabia

pasar tranquila por tus venas.

 

HISKA

En últimas, la selva no castiga.

Existe y eso es suficiente.

Te castigan tus egos cuando antepones

tu prisa ante el lento-vital espíritu de las montañas

que se muestran inermes y quietas.

Te castiga tu conciencia de héroe blanco,

que pretende protegerse de la intemperie

con sus cómodas ilusiones.

 

La selva te desnuda el anclado inconsciente

su hermoso espíritu te cubre

hasta desconectar tu cuerpo de tu mundo

y tu mente se queda atrás, atada y huérfana.

El cuerpo se siente solo,

indefenso.

 

El espíritu huye con el vuelo de la pluma,

con la huella del insecto.

 

La selva te arranca el alma con crueldad

y te arroja al abismo del desconocimiento.

Al caer, apelas a la razón, y a la puritana

explicación de los hechos,

a la descripción psicorrígida del tiempo.

 

Finalmente no es la selva quien te oprime sobre el barro.

Es la ciudad que te pesa y te aplasta.

Y las raíces te tapan hasta que los espíritus te reconozcan.

Esa fauna que anhelaste en los libros de tu infancia

ahora te llama con cantos de dudosa procedencia.

La sutileza de las huellas sobre las secas hojas te asusta.

Los pájaros pretenden atrapar con cantos a los incautos,

y si caes en la quietud, decenas de aguijones

se alimentarán de tu sangre.

 

Por eso huyes y gritas en busca de refugio.

Vociferas y maldices.

Pero la montaña es inerme ante tu lengua.

Huyes de ti mismo te guardas en tu cama o en tu hamaca.

Y en tu refugio continua el castigo, la picazón, la incómoda

presencia de la noche sobre el suelo.

Estás solo contigo mismo

la selva te desnuda el inconsciente.

Es un mareo, una noche con sueños de angustia y fiebre.

Al día siguiente, sin tu dios,

–que dejaste en los templos y en los libros–

no podrás escuchar la mano madre de la selva,

si no tomas conciencia de tu propia carne

y de la ingenua vaguedad de tus razonamientos.

 

Con el tiempo,

cuando el espíritu regrese con la luz y las sombras

tal vez

puedas

vibrar de la mano con el Cosmos.

 

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