Opinión

Publicado el 26 de marzo de 2019 por MrBrown

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Los que se van, los que no se van y los que aún no están

En el fondo, a mí lo que me gustaría es dar un paseo por el campo y ver las flores, los pájaros, los bichitos y demás. Lo sé, esto es una web de comunicación social libertaria y yo soy un cursi y un soso, pero eso no es lo que más me preocupa.
Resulta que no sólo no puedo ir a dar ese paseo porque tengo preocupaciones como las vuestras, las personales (buscar trabajo, mantener la casa en condiciones, etc.) y las colectivas (desahucios que parar, campañas de denuncia que apoyar, …), sino que, para colmo, también toca tirarnos unos cuantos trastos a la cabeza, en el mundillo anarquista, y creo que eso no nos ayuda a ver las cosas más claras.

Vamo’ a calmarno’.

En esta nuestra web se publicó un artículo de Arturo M. sobre el tema de las compañeras que van a candidaturas electorales que está suscitando reacciones varias e intensas.
Como lector de ese artículo, me pareció un intento de entender esa «fuga de cerebros» y no una justificación, no por falta de escepticismo hacia este mundillo anarquista, sino por el debido escepticismo hacia la vía institucional. Por suerte o por desgracia, las ocasiones que he tenido de conocer personalmente a cualquiera de estos candidatos han sido pocas, pero me han reafirmado en una costumbre: no suponer malas intenciones, ni siquiera grandes egos, por parte de nadie. Ese tipo de análisis, sobre «afán de poder», «traición» y demás es innecesario en general (ya nos avisó un dicho popular de que «el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones») y en este caso sería simplemente deshonesto por mi parte. Sospecho, incluso, que parte de la decepción en estos casos tiene que ver con la simpatía sentida antes por el compañero que nos «abandona», pero esto ya es especular intuitivamente y no creo que se pueda hablar de «complejo de Electra», como decían las compas de la FAGC: la relación puede ser afectuosa, pero sin paternidad… Queda para otro día hablar de eso, de cómo nos empeñamos en matar (simbólicamente, ¿eh?) a madres y padres (sigo en lo simbólico) salvo que ya vengan muertas de serie -Duurruti, Kropotkin, Goldman, etc.-, en cuyo caso sí asumiremos el vínculo y disputaremos si nos daría la razón a unas o a otras.
Volviendo al lío, que no vayamos a fustigar a un ¿ex?compañero tampoco quiere decir que tengamos que fustigarnos nosotras, como bien apuntaban en Twitter las grancanarias. Si el problema, como decía Arturo, es que nos falta un proyecto político con perspectivas de futuro tanto en lo colectivo como en lo personal, y ello en parte porque lo uno es a menudo a costa de lo otro y no asociado a ello, no es menos cierto lo que apuntaban desde el Ateneu Llibertari del Cabanyal: esa falta de perspectivas suele quemar a la gente para salir fuera, no arriba. Suele hacer que la gente salga de su colectivo u organización y se repliegue a su vida personal, su círculo afectivo, pero no que se incorpore a listas electorales que pueden llevarles más fácilmente donde ya sabemos (justificación del Poder, enfrentamiento con compañeras de clase, contradicciones, etc.) que a cambiar nada.

Volviendo a lo que me gustó, creo que el texto también nos invitaba a un balance de la capacidad de presión de los movimientos sociales de que formamos parte. El paso del anarquismo -o más a menudo, del anarcosindicalismo- a la política institucional ha estado siempre vinculado a coyunturas en que se veían nuevas oportunidades que podían durar poco (el Grupo Sindicalista Parlamentario en las municipales de 1917, la participación de anarcosindicalistas en la creación del PCE y otros partidos de la KomIntern, tras la revolución rusa, el Partido Sindicalista de Pestaña y demás en 1934, el apoyo de Askatasuna a HB en 1979, etc.) y ofrecer resultados relativamente fáciles en poco tiempo.
Algunos casos, sin embargo, tienen mucho que ver con temas de macropolítica que a las anarquistas -acostumbradas a la política de colectivo, de barrio, acaso municipal- nos quedan grandes. No a nivel teórico -claro que tenemos ideas al respecto-, sino en nuestra capacidad de incidencia práctica. No se trata de hacer de abogado del Diablo, pero sí de entender por qué ha pasado y volverá a pasar. Sucedió con quienes defendieron el frentepopulismo a partir de julio de 1936 y sucede con quienes toman ahora el green new deal como gran objetivo a corto plazo contra el cambio climático y el empobrecimiento de masas.

Sucede incluso con quienes participaron en los diferentes ejercicios de gimnasia revolucionaria entre 1924 y 1934, sin embargo, no se percibe así. Aparentemente, el poder conseguido por las armas incomoda menos a algunas compañeras que un sillón en un parlamento o ayuntamiento. El poder de una pistola no tiene por qué ser tan tramposo como el de la papeleta, pero controlar de facto calles y barrios, decidir sobre la vida y la muerte, la integridad física, la libertad y la seguridad de otras personas es poder y plantea problemas que las revolucionarias de 1936-1939 conocieron bien. Parece, sin embargo, que el romanticismo que tanto nos gusta, la épica del enfrentamiento absoluto, dice que la pistola es más anarquista que el voto.

Como te digo una co, te digo la o.

Es verdad, como dicen los climático-posibilistas, que, si seguimos acumulando fuerzas de cara a tener un movimiento asambleario capaz de imponer mediante la acción directa medidas contra el cambio climático, nos arriesgamos a que esas medidas nunca se impongan  y, aun en el caso de tener éxito, veremos cuánto empeora el propio cambio climático mientras construimos ese movimiento y cómo, consecuentemente, tendremos que intentar subir desde los objetivos mínimos hacia los máximos para recuperar el tiempo transcurrido entre medias.
No es menos cierto lo que dice, por el contrario, el sector ambicioso de que cualquier posibilidad electoral es remota por estar sujeta a la carrera de obstáculos institucional: respaldo mayoritario, negociaciones con otros partidos, presiones de empresas y de otros ámbitos institucionales, persistencia de las propias electas tras toda esta carrera de obstáculos, etc.
Entonces ¿vale la pena que alguna compañera intente esa vía institucional de sonrisas, magdalenas y tecnocracia? Probablemente, no, pero ¿podemos convencerles para que cambien de opinión? Parece que la respuesta sigue siendo «no».

En todo esto hay otra cosa que me llama la atención y es que la crítica más dura venga del insurreccionalismo, no porque ese posicionamiento no fuera previsible sino porque no lo veo consecuente. Sí ha habido en el anarquismo una tendencia similar a la electoralista, esa es la insurreccional, al fin y al cabo, ambas se basan en obviar la falta de condiciones pretendiendo compensarla con resultados rápidos logrados a base de audacia. Pese a que esté de acuerdo con parte de esa crítica, no deja de chirriarme la contundencia de las impacientes insurreccionalistas contra las impacientes posibilistas.

Movimiento anar¿qué?

Esto me lleva al último (lo prometo) punto. Hemos hablado de los que se nos van «arriba» a partidos y listas electorales, también mencionaban las compas de la FAGC a quienes se van a un lado, a comunas rurales, pero ¿qué pasa con quienes parece que no se van a ninguna parte, de tan poco como se mueven? Repito: no necesitamos fustigarnos, pero sí decir claramente qué queremos hacer y qué no.
He hablado de «mundillo anarquista» y no de «movimiento anarquista» porque no veo que esto último exista. La afinidad existe, pero un movimiento, cabe suponer, se caracteriza por moverse, aunque lo haga despacio, tropiece, dé tumbos, aunque se vea obligado a corregir el rumbo a veces.

Una compañera de la PAH preguntaba a este compañero pasado al errejonismo por qué no, en su lugar, había puesto su inteligencia al servicio de la PAH. ¿Por qué pensamos en un supuesto «movimiento anarquista» unido por las referencias intelectuales y no en un movimiento de clase, unido por sus prácticas y organizaciones? Un compañero que se va con Manuela Carmena es una pérdida, pero ¿no hay pérdida en el tiempo que hemos dedicado -y algunas aún dedican- a esa memoria insurreccional sin conocer lo más básico del Estatuto de los trabajadores, a hablar de disturbios con poco recorrido político en lugar de formarnos para ejercer y defender nuestros derechos en nuestra cochina y gris realidad, a atacar iglesias como si aún estuviéramos en el siglo XIX mientras nuestras vecinas comulgan en Codere, en Netflix, en Instagram o en el bar de la esquina?

Las anarquistas que militan en grupos de afinidad pero no en organizaciones de masas (propiamente sindicales, de vivienda, etc.), organizaciones abiertas a quienes acepten sus tácticas aunque no sean afines y que abordan cuestiones materiales y no sólo ideas, esas anarquistas no se irán en su mayoría al mundo institucional. Lo necesario, sin embargo, no es que «se queden», ya que no están más que en su mundo. Necesitamos que vengan a las organizaciones de su clase, de nuestra clase, donde hay más gente y muchas no tienen tanto hábito asambleario, donde su capacidad de trabajo y sacrificio no les dará ni una gloriosa muerte en combate ni fans, pero quizá les dé compañeras de lucha y hasta podría dar frutos para todas.

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Acerca del autor

MrBrown

Comunista libertario, contrario al especismo y al sexismo. Intento contribuir a una memoria colectiva más completa y aportar ideas para un análisis más agudo.



3 Respuestas para Los que se van, los que no se van y los que aún no están

  1. Cualquiera says:

    Pa ser un "vamos a calmarnos", a continuación cascar un "Aparentemente, el poder conseguido por las armas incomoda menos a algunas compañeras que un sillón en un parlamento o ayuntamiento" tiene bemoles. El problema no es que algunos individuos vean su "ventana de Overton" o le cojan gustillo a las poltronas, es que se pretenda hacer comulgar al resto con que esa es la única salida posible si no queremos que se vaya el planeta a la mierda. Llama la atención, en ambos textos, que se abunde tanto en el posibilismo y el tragar carretas y tan poco (o más bien nada) en qué podemos hacer en el movimiento anarco-ecologista y porqué parece que andamos a uvas esperando a que los estudiantes de instituto se movilicen para algo que nos afecta tan directamente. Y no será porque no haya luchas contra las estupideces ambientales, industriales, desvertebradoras del territorio... y con prácticas interesantes, aunque, como digo, parece que en estos análisis se ha preferido obviar todo lo que no sea "ir en una candidatura o el planeta explota". Ecologismo de estado como respuesta rojinegra. Ay. Con lo bien que ha funcionado hasta el momento ese posibilismo...

    • MrBrown MrBrown says:

      Quizá me he explicado mal con respecto al posibilismo institucional. No quería decir que yo lo suscriba, sino que tomo nota de la objeción que nos ponen y reconozco que no tenemos un argumentario creíble por el mismo motivo que no lo tienen ellas: no tenemos ningún indicio de que vayamos a convencer a mucha más gente, ni lo tienen ellas de que vayan a convencer a muchas más instituciones. También es verdad que, más allá de que rechacemos las instituciones, siendo estas un ámbito tremendamente minoritario, con unas cuantas intentando esa vía, ya las demás no tenemos ni por qué planteárnosla, aunque nos sintamos dolidas cuando lo hacen quienes antes estaban con nosotras en el rechazo.
      Supongo que lo más gordo es el "qué podemos hacer" que planteas tú. Mi respuesta intuitiva sería que podemos seguir fomentando el señalar a las empresas e instituciones más peligrosas, amén de seguir practicando y predicando la reducción del consumo de productos de origen animal, el decrecimiento en general, etc. Pero lo veo cojo y me imagino que tú también.
      Igual que me parece obvio que no avanzamos mucho si nos limitamos a predicar a las conversas en nuestras webs, CSs y demás, no veo de qué forma sí avanzaremos, la verdad.

      Con respecto a la contundencia, es verdad que empecé más suave, pero espero no haber sonado faltón. No he querido entrar en "traiciones", "abandonos" ni "egos", sino hacer una crítica de prácticas y actitudes. Entiendo, por lo que dices, que lo que dije te ha parecido más duro de lo que yo daba a entender, pero no falaz ni exagerado, ¿no?

  2. Gustavo Rodríguez says:

    Entre les que “se nos van”, no solo hay que agregar a les que optan por el circo electorero en busca de “alternativas”; si no también, habría que incluir a todes les que se van del parque, es decir, les que abandonan el mundo de les vives peleando por causas ajenas, diametralmente opuestas a la Anarquía, como todes estes jóvenes que han dado su vida en Rojava, víctimas del porno revolucionario. Lo realmente sorprendente es que el autor nos receta “el camino al Kurdistán” junto al travestismo neozapatista, a pesar de que esta última sí eligió la vía de las urnas (con su conocido fracaso) y negoció el desarme en lo oscurito.
    Como señala Mr. Brown, la pistola no es más anarquista que el voto, ambas vías (la lucha armada y la lucha electoral), conducen al Poder. Sin embargo, ni Mr. Brown ni el articulista, hacen el menor énfasis en que la guerra anárquica necesariamente pasa por la confrontación permanente al Poder, ya sea monárquico, teocrático, democrático, dictatorial o populista, pero, evidentemente, por estas latitudes internautas el Poder Popular es incuestionable, dado el talante anarco-leninista de sus promotores.
    Vale resaltar que la tendencia insurreccional anárquica, no plantea la lucha armada como estrategia, muy al contrario, la ha señalado siempre como una desvirtuación de la guerra anárquica, propia de las influencias burguesas (Blanqui) y la penetración marxiana que tanta mella ha hecho en nuestras tiendas, lo que no significa que se renuncia a la violencia ácrata contra toda dominación.

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