Opinión

Publicado el 28 de febrero de 2014 por Colaboraciones

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Neofascismo en las aulas III (FIN)

Nota: puedes leer la primera parte haciendo click aquí, y la segunda parte está disponible aquí.

Admito que para ser diferente se necesita coraje y valor para no temer singularizarse, cuando la mayoría se acomoda y se adapta para funcionar sin perturbaciones en ésta sociedad. A nivel personal, dice Juan Sabrelli, que el miedo de pasar por un solitario, un anormal o un loco, no es sino el deseo de conquistar la seguridad, la quietud, la confianza, la comodidad, liberándose de la angustia de las decisiones, de la responsabilidad de crear su propio destino.

En la película Atrapado sin salida [1] basada en la novela One Flew Over the Cuckoo’s Nest de Ken Kesey, dirigida por Milos Forman, con la excelente actuación de Jack Nicholson, se muestra la manera en que el orden suele ocultar el verdadero desorden de las injusticias, y en la injusticia la adaptación, la acomodación y el ajuste del individuo –en este caso, Randall McMurphy (Jack Nicholson)- en relación a otros individuos, grupos o sociedad que no es otra cosa que un procedimiento para someter y hacer feliz (mediante una cantidad considerable de medicamentos que si algún “enfermo” se niega a ingerirlos, se le obliga por la fuerza) en la alienación mediante un proceso educativo que, en realidad, es un aprendizaje de la resignación, que actúa como amortiguador de los conflictos existentes.

Sin embargo, McMurphy, cuando es internado en el centro psiquiátrico (metáfora de la estructura y del sistema social) por ser considerado peligroso para la sociedad, sacude lo establecido y las normas ahí dentro, de tal forma que permite el progreso, porque, precisamente, está inadaptado en un ambiente totalmente estricto, monótono y cuadrado (no obstante que si alguno de los “enfermos” se sale del orden establecido, se le castiga con descargas eléctricas [electro shock]).

El inadaptado es el que transforma el entorno, y el rebaño es un simple contenido que se vierte en ese entorno, en otras palabras, el inadaptado es el que hace la historia y el rebaño es el que la goza o la padece. Dicho de otra manera, cito unas palabras del escritor irlandés, ganador del premio Nobel de literatura en 1925, George Bernard Shaw: “El hombre razonable se adapta al mundo; el irrazonable trata siempre de adaptar el mundo a sí mismo. Por lo tanto, todo el progreso depende del hombre irrazonable.”[2]

Y, finalmente, para concluir, desde que hice conciencia como estudiante de la educación tradicional, ya no me ciño a la prudencia, ni al padecer callado, ni a ejecutar el dominio de mí mismo y mi sufrimiento a través de la tolerancia. Ya vimos que éste comportamiento no insta al cambio o a la transición. La aceptación pasiva no es una respuesta deseable para el salón de clases, porque hace del alumno un enemigo de sí mismo que no confía en su juicio independiente y depende simplemente de la voz de la autoridad.

De modo que, de continuar la subordinación pasiva del individuo a la autoridad, “el mundo del futuro será muy semejante a los hormigueros, a las colmenas, a las moradas de los comejenes. El yo será muerto, se renegará de la fantasía, el individuo será reprimido y oprimido, la libertad y la iniciativa serán abolidas; sólo a costo de ese durísimo precio podrá sobrevivir el género humano (Papini, 1967:295).

En contra de lo anterior, deseo que el objetivo de la educación sea hacer hombres libres y activos, y no simples ciudadanos útiles y sumisos. Que el sentimiento no sea ajeno a la educación, y que no se discrimine al alumno por su manera de vestir o de hablar, pues cada uno se expresa a sí mismo (en un sistema capitalista desigual donde cada vez es mayor la pobreza en muchos sentidos), según su condición económica, social y cultural a la que pertenece.

Por lo tanto, para el bien de las actuales generaciones, de las que están por llegar y, más aún, por las que todavía no han nacido, no deseo una escuela que funcione para perpetuar el orden establecido, sino para que se fortalezca el espíritu de oposición. Que lo que aprendamos en la escuela, por medio de los libros y de algunos profesores, sea para cambiar las cosas y mejorarlas, esto es, que el conocimiento se convierta en voluntad y en acción. Que después de la escuela y una vez que se haya obtenido el documento – llave burocrático, que se supone abrirá las puertas del empleo, no muera el aprendizaje. Es decir, que el individuo mantenga el control sobre su propia educación, que sea autodidacta y que disfrute el aprendizaje libre. Dice el maestro, y poeta, Ronald Gross que “la vida, los libros y el trabajo son maestros poderosos que dejan muy atrás a la escuela y a las instituciones de educación superior”.

Por consiguiente, el aprendizaje debe ser personal, voluntario y compañero de la vida. Tal es el aprendizaje libre; el que no está limitado por el tiempo, el espacio y la coerción de una autoridad. Hay que sacudirse el polvo de las aulas y luchar por una educación continua que se da en cada momento, en cualquier espacio donde confluya la acción humana. Los maestros más influyentes estás en los libros, en la música, en los revolucionarios, en los filósofos, en las calles, en una obra pictórica, etc., no en el salón de clases. Por ello, recordemos las palabras de la antropóloga cultural estadounidense Margaret Mead: “Mi abuela quería que yo tuviera una educación, de modo que me mantuvo fuera de la escuela”. O como dijera, alguna vez, Ernesto Guevara, el rebelde, “seamos realistas, soñemos lo imposible”.

Notas

[1] Milos Forman, Atrapado sin salida (One Flew Over the Cucoo’s Nest, 1975). Guión de Bob Goldman y Lawrence Hauben; con Jack Nicholson (Randle Patrick McMurphy), Louise Fletcher (enfermera Mildred Ratched), Danny DeVito (Martini), Christopher Lloyd (Max Taber), William Redfield (Dale Harding), Brad Dourif (Billy Bibbit).

[2] Baste, como muestra, en la realidad histórica de la isla de Cuba, el acto heroico, ejemplar e irracional del excomandante Fidel Castro Ruz, Ernesto Guevara y demás revolucionarios al derrocar, por medio de las armas y la osadía, al dictador Fulgencio Batista, en 1959, y transformar, de este modo, una parte pequeña de la fisonomía de América Latina.

Bibliografía

Blest Gana, Alberto (1943), El ideal de un calavera, Ed. ZigZag, Santiago de Chile.

Fromm, Erich (1967), El arte de amar, Paidós, Buenos Aires.

Fromm, Erich (1999), El miedo a la libertad, Paidós, México.

Ortega y Gasset, José (1985), La rebelión de las masas, Planeta, México.

Papini, Giovanni (1967), El libro negro, Época, México.

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