Cultura

Published on junio 5th, 2015 | by Lusbert

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No tengo principios

Cuando terminé 2º de bachillerato y me preparé para presentarme al examen de selectividad (las PAU), cuatro chavales y dos chavalas estaban en la entrada del centro escolar donde tenía lugar dichos exámenes. Eran bastante jóvenes y no llevaban muchas pintas. Uno de ellos hablaba por un megáfono criticando las PAU y la Universidad, así como la educación en general. Uno de ellos llevaba una bandera anarquista y una chica me dio una octavilla que acepté gustosamente. En esa época tenía una mente muy volátil. Tan pronto como me interesaba el leninismo como la socialdemocracia o el anarquismo. Pero no me preocupaba de tener una tendencia política marcada y siempre me definía como de izquierdas. No obstante, esa octavilla me convenció. Era un breve texto que llamaba a no entrar en la Universidad, porque allí es una fábrica de mano de obra cualificada que servirían para satisfacer las demandas empresariales. Pero hice las PAU igualmente y al final decidí irme a FP.

En dos años cabé mis estudios y la empresa donde hacía las prácticas me hizo el indefinido. Desde entonces, pude emanciparme y ser independiente con un trabajo que medianamente me gustaba y sueldo aceptable. Nada más domiciliar mi nómina, el banco me ofreció una ganga de hipoteca que no dudé en firmar ya que pensé que con este sueldo y trabajo estable, lo podría pagar sin problemas. Eran los felices años 2002, en el que podías creerte clase media sin serlo y hacerte amiga del jefe porque él también trabajaba, te pagaba tu salario religiosamente, no te exigía horas extras, hacía cenas de empresa bastante a menudo y nos integraban, te dejaban cogerte más días de vacaciones… No sabía entonces los peligros que suponían hacerte más amiga del jefe que de tus compañeras, pero fue así. Éramos tan colegas que la explotación asalariada se disimulaba demasiado bien.

Pero llegó la crisis y la cosa cambió. Nos tocaron la jornada, los salarios y los horarios. Despidieron a algunas compañeras pero no hacíamos nada porque nos impedía razonar adecuadamente por el buen trato de la dirección que han tenido con nosotras durante mucho tiempo. A esto hay que añadirle su chantaje emocional: «tengo familia», «todos tenemos que apretarnos el cinturón», «me duele mucho más que a ti», «estamos en el mismo barco», «si cierro te vas a la calle»… Cosas así nos repetía el jefe. Las cenas de empresa dejaron prácticamente de hacerse, quedábamos en plantilla algo más de la mitad y haciendo horas extras sin cotizar. Pero callábamos. Ninguna quería irse al paro. Hasta que un día perdí la cabeza e insulté y amenacé al jefe. No aguantaba más y me dieron la patada. Unos días más tarde, una compañera de trabajo me comentó que debía haberme sindicado puesto que, según ella, el sindicato es la organización de los y las trabajadoras para defensa de sus intereses como clase.

—Da igual, ya es tarde y estoy en el paro —le respondí—. Posiblemente no encuentre trabajo.
—No te rindas todavía. Ve echando currículums y tirando de contactos, que algo saldrá. Por cierto, no perdamos el contacto tampoco, querida.

Seguí su consejo y en unos meses, me llamaron desde una ETT. Me vi forzada a aceptar cualquier cosa ya que hace un mes que tenía agotada la prestación por desempleo. A partir de entonces, decidí afiliarme a un sindicato que se decía anarquista para ver si podía luchar contra esta precariedad. No obstante, el sindicato no cumplía las expectativas que puse en él, pues los y las compañeras del ‘sindi’ dedicaban más tiempo a hacer otras actividades propias de colectivos sociales que sindicalismo. A mí me interesaba hacer cosas en el curro y en las asambleas siempre proponía el cómo afrontar el problema de la subcontratación con pocos resultados. Pero casi siempre allá donde aterrizaba me era imposible hacer algún tipo de actividad sindical, porque cualquier pequeño indicio de sindicalismo era motivo de calle. Así de gratis y por las buenas: calle. Aunque lo peor de todo, era lo poco que ayudaban las compañeras del sindicato. La volatilidad era terrible y me sentí sola. Al rato, la ETT quiso prescindir de mí. Por esta vez, gracias al sindicato conseguí una indemnización por despido. Y vuelta a empezar, esta vez tirando de cursillos del INEM y como no tenía suficientes días cotizados, solo pude coger el subsidio de desempleo: 426 míseros euros.

De aquí a unas semanas, el banco comenzó a acosarme con el desahucio. Estaba soltera, no quería tener pareja por miedo a perder la independencia que tengo gracias a la soltería. No obstante, una casualidad de la vida me jugó una buena pasada. Cuando volvía de hacer una compra una mañana, me encontré a unos 100m un grupo de gente gritando «no toleramos ni un desahucio más», rodeada por decenas de policías buscando alguna manera de dispersar a las personas allí concentradas sin que se note demasiado porque pasaban entonces mucha gente. Era una avenida bastante concurrida. Cuando me acerqué a ellas, un policiía me paró para identificarme sin motivo alguno. Querían intimidar a todas aquellas que quieran sumarse a la convocatoria de Stop Desahucios, aunque no lo consiguieron porque cada vez más personas se paraban a observar y las vecinas se asomaron a la ventana gritándoles a los policías que se vayan. Cuando llegó la comisión judicial, les notificaron que aplazarían el desahucio y podrían sentarse a negociar con el banco. Todo acabó bien y entonces hablé con personas allí concentradas para explicarles mis problemas y qué podía hacer.

A partir de entonces, me hice activista anti-desahucios y participaba a menudo en la asamblea de vivienda. Dejé finalmente el sindicato y mientras estaba en el paro, las compañeras de esta asamblea me ayudaban en lo que podían, incluso a negociar un alquiler social con el banco. Estuve con ellas unos meses parando desahucios, solidarizándome con las reperesaliadas y participando en manifestaciones convocadas por otros colectivos y organizaciones.

Unos días más tarde, pude encontrar trabajo gracias a un compañero de la asamblea. Durante el período de prueba, he estado bastante explotada pero observando la actividad sindical en la empresa, y hablando con sindicalistas de distintas centrales a la salida del trabajo contándoles mi situación. Necesitaba un sindicato que funcione como tal y que defienda los intereses de la clase a la que pertenezco, que sea participativo y acoja nuevas propuestas, que sea operativo en la empresa y pelee. Da igual si es anarquista o no, si participa en el comité de empresa o no. La cuestión es que sea funcional, que sirva como herramienta de lucha porque este es el papel de un sindicato, y el sindicato ni es un grupo de amigos ni son redes clientelares ni organizaciones políticas.

Cuando superé el período de prueba, me hicieron un contrato de año y medio, con salario más o menos decente y cotizando por fin. No dudé en sindicarme unos días después de haber escogido el que más se adecuaba a mí y donde me sentí más cómoda. A partir de entonces, comencé mi actividad sindical en la empresa y poco a poco estaba consiguiendo simpatizantes que venían a mi centro por una ETT. Mi idea era la de integrar al mismo centro de trabajo a las trabajadoras subcontratadas con las de plantilla. Durante este tiempo, tampoco dejé la asamblea de vivienda que se integró en la asamblea de barrio. Entonces llegó una convocatoria de huelga a nivel regional y estuvimos trabajando en prepararla para que se lleve con éxito.

Para el día D paralizamos casi toda la empresa y nos hemos llevado también a todas las subcontratadas. Nuestra central sindical consiguió ser la más representativa de la empresa, y la más combativa, a pesar de participar en el comité de empresa, cosa que no me terminó de convencer del todo pero lo asumí por cuestiones tácticas. En una manifestación, se me acercó un chaval de otro bloque de una manifestación paralela a increparme.

—¿Tu ahora qué haces allí? ¿No eras anarquista o es que no sabes que tu sindicato está en los comités de empresa?
—Sí. ¿Y qué importa eso cuando los miembros del comité no deciden sobre la asamblea? Quise un sindicato que pelee en la empresa y por eso…
—¡Venga ya! Eres una vendida, ¡no tienes principios!

Aquello último me marcó mucho. No sabía qué responderle y volví con mi gente. Sin embargo, estaba segura de que si existiera un sindicato igual de combativo y sin participar en las elecciones sindicales, me iría allí.

Cuando volví a casa, al ordenar un poco mi habitación encontré ese panfleto que repartieron el día de las PAU. Lo volví a leer y me tumbé en la cama a reflexionar. «No tienes principios»— me resonaba aquella voz. Sí. No tengo principios. Nunca los tuve. ¿Para qué? ¿Para reafirmarse en el grupo de amigos? ¿Postureo? Las circunstancias de mi vida me han llevado hasta aquí: a haber sido engañada por las falsas ilusiones burguesas, luego a plantar cara a los problemas sociales cotidianos, a ayudar a las más desfacorecidas, a aquellas que les amenazan con quitarles la casa, a las que tienen problemas en el trabajo, a quienes dan la cara y sufren los porrazos, las multas y las penas de prisión, a quienes les niegan la atención sanitaria y ésta se vea cada vez más deterioradas… En mi efímera adolescencia soñaba con el fuego de la revuelta y las miradas de complicidad en cada disturbio, con okupar casas y vivir del pillaje, no trabajar nunca y simplemente vivir la vida salvaje, errante, viajando por el mundo de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo. O si no es eso, dejar el trabajo asalariado e irme a una cooperativa integral a hacer mi vida, a encerrarme en la burbuja de una sociedad paralela y pasar de las luchas reformistas, esas que paran desahucios, negocian alquileres sociales, piden aumentos de salario, cumplimientos del convenio, no privaticen los servicios públicos… y dedicarme a la realización personal y espiritual. Todo para tener principios y ser coherente.

Pero la realidad fue un duro revés para mí. Esos sueños adolescentes se desvanecen cuando contacté con la realidad, cuando me di cuenta que aquello en lo que creía en la adolescencia no era más que literatura o de unas cuantas aventureras que quieren su libertad en el ya, o de personas sensatas que experimentan modelos de vida alternativos. A pesar de todo, la realidad en la que me ha tocado vivir tiene otras dinámicas y jamás coincidirá con mis expectativas y mis caprichos. Me ha tocado esta situación, no puedo cambiar el pasado y corregir los errores que cometí. Ahora se trata de salir adelante.

Envuelta en un mar de dudas, me pregunto, ¿dónde está esta gente con principios? ¿Dónde están que no las veo en las asambleas de barrio? ¿Dónde están cuando damos la cara parando desahucios u ocupando sucursales bancarias? Incluso, ¿dónde están cuando liberamos un edificio entero para realojar a las familias desahuciadas? ¿Dónde están cuando pedimos solidaridad con unas compañeras represaliadas, sin importar sus ideologías políticas, pero luego nos increpan por desconocer los casos de encarcelamiento de sus compañeras anarquistas? ¿Dónde están cuando se necesita apoyos en las huelgas indefinidas? ¿Dónde están, en general, cuando apostamos por la construcción de movimientos populares, por contribuir al crecimiento del sindicalismo combativo en los centros de trabajo, por el crecimiento del movimiento estudiantil y en general, por extender las luchas? De hecho, la gente de los movimientos sociales en general (incluidas algunas anarquistas) que no resaltaba sus principios era la que estaba en primera línea dando batalla, aunque hay excepciones… Otras simplemente aparecen encapuchadas en las manifestaciones para tirar piedras y luego desaparecer, para que luego, las que no van preparadas para la guerrilla urbana se coman la brutalidad policial y las represalias. ¿Quiénes son esa gente con principios? ¿La vanguardia del proletariado? ¿La revolución de unas minorías?

Definitivamente, no tengo principios. Al menos no aquellos que se tienen como excusa para no dar un palo al agua. El problema es que, parece ser, que esa gente con principios se desentiende de todo. Pasa de todo lo que no entren en sus principios. Su pedantería les hacen ser las mismas personas que ellas mismas critican. Porque los principios deberían servir como base para construir alternativas políticas reales, para la intervención social y el fortalecimiento de los movimientos populares, para elaborar estrategias políticas, hojas de ruta, programas y proyectos de mayorías. En definitiva, para construir y no para el postureo, el folclore y los sectarismos. Y lo que le falta a esa gente con principios es que bajen de su pedestal o de sus altares y sean humildes, que se preocupen por los problemas sociales y participen en buscar soluciones, que se manchen como lo hacemos todas las que luchamos, que dejen de excusarse todo el rato y transmitir actitudes derroteras y, en su lugar, transmitan motivaciones y ambición aportando sus granitos de arena.

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About the Author

Anarquista social y de la rama comunista libertaria solo en cuanto a pensamiento político. Por lo demás, soy una persona normal. Aportando mi pluma como un diminuto grano de arena a que el anarquismo sea una alternativa política real y transformadora. Deconstruyendo mis privilegios de hombre. ¡Luchar, crear, poder popular!



7 Responses to No tengo principios

  1. Ángel says:

    Efectivamente, las etiquetas sólo distraen de los actos.
    Los principios sólo se ponen a prueba en el ámbito de la conciencia. El problema es la gran disonancia cognitiva que toleramos por nuestros hábitos adictivos.
    Nuestras diferencias nunca serán tan grandes como los intereses que nos separan de los capitalistas.
    Salud!

  2. orán says:

    Menudo cuento de hadas...por no hablar del chovinismo. Tu si tienes principios: el psicologismo y el aburrimiento. Los dos los usas como arma arrojadiza además,por mucho que digas. Lo primero para negar todo lo que no te conviene y el segundo para a ver si repitiendo tonterias muchas veces ,por cansancio se te acaben tolerando. Entonces la vanguardia del proletariado sois vosotros ? Los que paráis desahucios ? En resto no contamos. Por favor mas humildad...ah en tu bonita comedia romántica te ha faltado añadir tu apoyo a occalan y los suyos,una fuerza burhesa brutal con cientos de asesinatos y violencia sobre la clase trabajadora y la gente inocente.

  3. David says:

    Me parece un artículo horrroso. El (más que relativo) éxito de propuestas poco transformadoras no puede ser argumento suficiente para defenderlas como el camino a seguir, pues en la medida que una tàctica cuestione menos los mecanismos del Estado siempre tendrá más facil salir adelante.

    En el otro lado de la balanza siempre está el hecho de que toda concesión a la lógica del sistema se traduce en una concensión en lo que somos capaces de conseguir. Ahí reside el poder de las concesiones que el Estado nos hace en forma de mecanismos de protesta, o de otro modo nunca dispondríamos de esas concesiones.

    La respuesta no es el purismo incuestionable, y menos cuando va asociado al dogmatismo rancio y al identitarismo, cosas que suceden frecuentemente (y no lo negaré). Pero de ahí a rechazar toda forma de principios y asociar a la gente que los mantiene a la alocada y poco realista juventud (de manera gratuita i insultante) me parece muy desacertado.

    La respuesta, por contra, es saber mantener el mejor equilibro en cada circunstancia.

    • Lusbert says:

      Más que artículo es un relato inspirado en la realidad misma donde las circunstancias de la vida te llevan a situaciones muy contradictorias. Es algo cotidiano e inevitable, pues el individuo no tiene poder sobre el entorno que le rodea, y en cada circunstancia, te tocará elegir cosas que no gustan en absoluto. En el caso del artículo, mucha gente sin quererlo tuvo que meterse a las ETT. O que si eres un sindicalista destacado, tendrás menos posibilidades de ser contratado, a no ser que la contratación lo tenga controlada un sindicato. También, muchas personas que están en la PAH porque han firmado hipotecas fue porque antes de conocer la PAH no tenían ni idea de qué significaba firmarla. También he querido reflejar aquí que las anarquistas no somos personas que vivimos en sociedades paralelas, y que sufrimos los mismos problemas que la mayoría de la gente asalariada.

      Guste o no, los principios no dan de comer, y las necesidades fisiológicas están por encima de tener principios. Y esos principios deberían servir para lo que dije ya en el relato, y no para el postureo y poner excusas para no hacer nada, que aquí en el mundillo anarquista se ve bastante a menudo y por eso el anarquismo actual no levanta cabeza, estando siempre al margen de todo.

      El caso es que necesitamos arrancar victorias y tener propuestas que nos permitan alcanarlas. Esto sube la moral colectiva, anima a seguir adelante y muestra una salida a las personas de clase trabajadora. En resumen, transmite ambientes de cambio positivos que necesitamos ante tantas actitudes derroteras, fatalistas y falsas ilusiones electorales. Aunque no sean transformadoras el parar EREs o desahucios, el mero hecho de llevar un conflicto hace que ganemos experiencia en las luchas y así, acumularse y transmitirse para que se mantenga una tensión. Si los pequeños conflictos se ganan y le ponemos ambición, podremos aspirar a objetivos más transformadores, como por ejemplo, la cooperativización de una empresa quebrada o las obras sociales de la PAH liberando inmuebles. No pretendas que las medidas radicales tengan acogida masiva en un período corto de tiempo y sin luchas previas algunas. En los procesos sociales, las cosas no pueden forzarse, porque además de inútiles, serían vanguardistas. A los procesos sociales hay que acompañarlos y avanzar en ellos con estrategia política y fomentando su crecimiento.

      Ser anarquista y tener principios no te da superpoderes ni por ello te puedas librar de tus circunstancias materiales. Me alegro de que te haya parecido horroroso, la autocrítica es dura...

      • David says:

        Si me ha parecido horroroso no es tanto por los hechos que van asociados al relato (que los considero comprensibles), sinó por los argumentos con los que los justifica. Estoy de acuerdo en que las anarquistas vivimos en el mundo real regido por el chantaje del trabajo y de la sumisión al Sistema. Chantaje del que no hemos podido escapar.

        Esta situación nos lleva a tomar decisiones incomodas, pero me horroriza que se concluya que los principios no sirven, o que se caiga en un supuesto pragmatismo que no es tal; pues por esa regla de tres no hay nada más práctico que volcarse en el "sálvese quien pueda", pisar a quien sea preciso, lamer los culos necesarios, etc. No, cuando las anarquistas queremos ser prácticas debemos, en mi opinión, procurar que nuestras elecciones tácticas no comprometan nuestros objetivos; y por eso tenemos que tener ciertos límites autoimpuestos, que podríamos llamar principios.

        Por lo tanto, no sirve de nada escoger caminos prácticos si no son prácticos para luchar por la libertad. Las cosas prácticas para mejorar nuestras lamentables condiciones sociales y económicas solo seran a la vez prácticas para la lucha libertaria si valoramos de que modo van a facilitarnos dicha lucha. Conseguir concesiones en el puesto de trabajo, en las instituciones, o en la calle (donde sea) a costa de comprometer nuestros objetivos es, en definitiva, contraproducente.

        Siento sinceramente que algunas anarquistas estan tan obsesionadas con el éxtio y tienen una prisa tan poco realista que son capaces de vaciar de significado la lucha libertaria si con ello consiguen la apariencia de que "la anarquía avanza".

        En conclusión: en el equilibrio está la virtud. Realismo, pragmatísmo, pero no todo vale.

  4. Lusbert says:

    A veces me da la sensación de que estamos hablando de tener las metas anarquistas a la vuelta de la esquina y no. Las tenemos tan tan lejanas que es imposible alcanzarlas en el corto plazo. Hay mucha tela que cortar todavía, y lo primero a lo que debemos aspirar, como primeros pasos, es salir de la marginalidad e intervenir en la coyuntura en que nos encontramos. Para ello, tenemos que analizar los problemas sociales inmediatos y dar respuestas a ello realizables a corto plazo y nos permitan avanzar. Esto implica insertarnos en los movimientos sociales/populares de cara a fortalecerlos y también a consolidarnos como alternativa política real, seria y con los pies en la realidad. Se llama estrategia política, y va más allá de los principios. Es a través de la estrategia política, y no por los principios, lo que nos permitirá alcanzar objetivos. Los objetivos no deben ser unos fijos ya de antemano y muy lejanos en el tiempo, únicamente finalistas, porque tener metas inalcanzables es lo mismo que no tener metas, es más, solo servirían para soñar con utopías en vez de articularnos como fuerza política transformadora.

    Ponernos límites únicamente nos limita, nos debilita y enfrenta, nos entorpece a la hora de intervenir en la realidad social. Por cierto, en el texto no he hecho expresamente una negación de principios, sino más bien una crítica a esos principios rígidos, universales e inmutables (aka dogmas). Los principios no deberían ser límites, sino al contrario, bases sobre las que "construir alternativas políticas reales, para la intervención social y el fortalecimiento de los movimientos populares, para elaborar estrategias políticas, hojas de ruta, programas y proyectos de mayorías." (Citado del propio artículo). Los principios no deben ser excusas, sino para impulsar la lucha social y justificar por qué luchamos.

    Siento que hay ciertos anarquistas derroteros que prefieren que se sigan manteniendo unos principios que ser capaces de arrancar victorias en lo cotidiano. Vaya, que a estas alturas no nos demos cuenta de que es imposible una revolución 100% libertaria y que no será una revolución llevada a cabo únicamente por anarquistas da que pensar... La lucha libertaria tiene que ir encaminada primero a construir movimiento, a construir proyectos de mayorías y aumentar nuestra fuerza real como clase a la vez que nos articulemos políticamente.

    El equilibrio está en que tenemos que impulsar los movimientos populares a través de la autonomía y la lucha de clases, creando un contrapoder al dominio estatal, sus falsas ilusiones electoralistas y el capitalismo.

  5. camillo says:

    El respecto, esto decía un "clásico":

    Los principios
    Lo confirmo: a mí la llamada a los principios me importa un pimiento, porque sé que bajo ese nombre van las opiniones.

    Esto es así de manera particular en el ámbito político.

    “El hombre sin principios —Explica Max Sartin— es un hombre sin identidad, listo para asumir en cada ocasión de la vida actitudes diferentes, que no tienen ningún nexo entre sí excepto el capricho, la pasión o el interés de quién los asume. En política, individuos semejantes se llaman camaleones o veletas”.
    Militando desde hace más de veinte años bajo la misma bandera política, no habiendo obtenido en el curso de esta modesta pero no indigna militancia ninguna ventaja que no fuese de índole moral, no me reconozco en la definición citada más arriba.

    Yo tengo principios y entre ellos figura el de no dejarme impresionar nunca por la llamada a los principios.

    ¿Qué es un principio?

    La palabra principio tiene tres significados fundamentales, uno lógico, uno normativo y otro metafísico u objetivo. El tercero no nos interesa, pero es útil decir algunas cosas sobre los dos primeros.

    El primero indica una proposición general de la cual derivan y a la cual se subordinan otras proposiciones secundarias. El hombre que “parte de principios” adopta el razonamiento deductivo, el más infecundo y peligroso. El hombre que parte del examen de los hechos para llegar a la formulación de principios adopta el razonamiento inductivo, que es el único verdaderamente racional.

    En el segundo significado la palabra principio designa una máxima o regla de acción, claramente presentada al espíritu y enunciado mediante una fórmula (principios morales, religiosos, políticos, artísticos, etc.)

    Los anarquistas, explica Max Sartin, son individuos “que profesan en común ciertos principios fundamentales estrictamente indispensables para caracterizar su anarquismo. Tales principios —y no otra cosa— constituyen los límites de su identidad anarquista. Quien los repudia, completamente o en parte, puede decirse también anarquista si le agrada; pero en realidad no lo es. Las opiniones personales de cada anarquista pueden variar casi hasta el infinito sobre infinidad de cuestiones, pero todos los anarquistas son tales sólo si concuerdan plenamente sobre cierto número, pequeño pero importantísimo, de problemas fundamentales”.

    Cuales son los principios fundamentales del anarquismo, no es fácil establecerlo, porque si todas las teorías anarquistas y todas las escuelas anarquistas se caracterizaran por las conclusiones antiestatales, la motivación de esas conclusiones es filosóficamente variada y variadas son las concepciones económicas y políticas de la sociedad libertaria.

    Por ejemplo, la negación de las leyes es absoluta en el anarquismo de Godwin, Stirner y Tolstoi, mientras no es más que relativa en el anarquismo de Proudhon, Bakunin, Kropotkin y Tucker.

    La propiedad es negada por Godwin, Proudhon, Stirner y Tolstoi, mientras que es afirmada individualmente por Tucker, colectivamente por Bakunin y comunistamente por Kropotkin.

    Para casi todos los anarquistas, el ateísmo es un principio anarquista y para mí no lo es absolutamente. Para casi todos los anarquistas la negación de la ley es un principio anarquista y para mí no lo es, Y podría continuar.

    Por tanto, estoy de acuerdo con Max Sartin en reconocer que los principios son para un movimiento algo más que opiniones individuales, pero esto no me impide considerarlos como opiniones personales que han tenido suerte y no pueden compararse a lo que en las ciencias experimentales son las “leyes naturales”.

    La conservación de la materia y de la energía es un principio, porque en base a él buscamos equivalentes a cada cantidad de materia y de energía que parece nacer o desaparecer. ¿pero materia y energía son realidades distintas? Y ese principio, no siendo experimentado por todos los cuerpos y todas las energías, ¿estamos seguros de que es verdadero? Y así el principio nos parece una hipótesis. Pero ese principio ha sido experimentalmente constatado por un elevado número de cuerpos y energías y, por consiguiente, lo consideramos una ley.

    Los principios de una escuela política, de una iglesia o de una secta religiosa, etc. Son considerados como las formulaciones de leyes y no de hipótesis.

    Luigi Fabbri me escribía (Montevideo, 31.1.1921) “Tú tienes perfectamente razón sobre la necesidad de estudiar los problemas locales y los problemas especiales —de Italia, de Emilia, de Bolonia, o de la construcción, ferroviario, sanitario, etc.— y no quedarse sólo en las líneas generales. Pero no comprendo por qué ves un defecto en comenzar el estudio viendo qué relaciones pueden tener esos problemas con las ideas anarquistas. Ésas son la brújula para dirigirnos en el estudio de aquellos. Según mi parecer, el estudio debe ser éste: ver cómo se pueden resolver esos problemas en sentido anarquista, es decir, de la libertad; porque lo que queremos es, sobre todo, la conquista de la libertad para todos. Si no, si buscamos la solución de los problemas especiales, podría ser cómoda la solución que nos ofrece la tiranía. Pero ésta nosotros no la queremos a priori porque no queremos tiranos, y a posteriori porque estamos convencidos de que todas las soluciones autoritarias son falsas o las más defectuosas. Si nos debiéramos convencer de que esos problemas, todos los problemas prácticos más importantes de la vida, no pueden ser resueltos anarquistamente, esto significaría que nos equivocamos siendo y llamándonos anarquistas; que lo que queremos es imposible. De aquí la necesidad de comenzar para cada problema, viendo si es soluble o no en armonía con lo que queremos y lo que somos —para no hacer acción contradictoria y destartalada con el resultado de fracasar en la teoría y en la práctica—. Pero es necesario buscar la solución a esos problemas; y sobre esto te doy la razón y digo que se equivocan los simplistas o miedosos que, por miedo a ver tambalearse sus apriorismos, prefieren ignorar los problemas de que hablábamos y cerrar los ojos ante ellos”.

    Estudiando un problema que requiere soluciones actuales o próximas, persisto en pensar que es un error empezar el estudio considerando las relaciones entre ese problema y los principios anarquistas. Por ejemplo mientras el prohibicionismo americano ha fracasado, el belga ha alcanzado resultados notables. Proponiéndome el problema del prohibicionismo en Italia en tal año, tendré que considerar todos los términos del problema y todas las soluciones posibles.

    Si las soluciones semiestatales y semicoactivas me parecen insuficientes o nocivas, llegaré a la solución liberal y libertaria y me sentiré satisfecho con esta confirmación de mis aspiraciones, pero no estaré seguro de haber examinado rigurosamente el problema si he empezado preocupándome por el nexo entre él y esas aspiraciones.

    Estoy firmemente convencido de que el libro de Luigi Fabbri Dittadura e rivolucione si el autor no hubiese tenido, escribiéndolo, la constante preocupación de hacer converger las soluciones de los diferentes problemas sobre la línea programática del anarquismo malatestiano.

    Fabbri era un ortodoxo por la constitución mental y afectiva, mientras que Malatesta era un científico (como tipo mental) perdido en el apostolado político. Malatesta distinguió siempre la validez histórica de los principios científicos, llegando a la conclusión de que un verdadero científico no puede casarse con una teoría política o ética. Él vio lo poco científico que era el esfuerzo de Kropotkin de probar con ejemplos tendenciosamente sacados de la literatura naturalista sus ideas solidarias y se opuso siempre, con original tenacidad, al cientificismo anarquista; fenómeno eminentemente racionalista.

    Estoy más convencido que nunca de que el anarquismo necesita volverse irracionalista y adoptar la metodología de la investigación científica.

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