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Published on julio 27th, 2014 | by Colaboraciones

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Oda a la ociosidad

Una oda a la ociosidad presupone una crítica al trabajo[1]. Al ídolo trabajo, alabado por absolutamente todos. El debate y el problema entre ellos estriba en cómo organizar la producción; pero pocos ven el problema en el trabajo mismo. Una lección histórica es que no puede vencerse al enemigo apelando a su propia moral. La moral burguesa del trabajo no es una excepción. Por dos míseros puestos de trabajo, por dos empleados más, se justifica la destrucción de la naturaleza y de la persona. Todos, sin excepción, se ven arrodillados ante este ídolo que no acepta otro Dios a su lado.

Acometer esta crítica no es nada fácil. ¿Cómo hacerlo exactamente? Todo el mundo busca trabajo hoy en día, ¿y uno pretende criticarlo? Es tal la interiorización existente en cada uno de nosotros respecto al trabajo, a la productividad, a la ilusión cuantitativa del capital, que realmente es complicado darse cuenta. Lo rodea todo y a todas horas, incluso a uno mismo. Hasta el término «tiempo libre» es un concepto carcelario, que solamente sirve para que la fuerza de trabajo reponga energías y pueda seguir así produciendo infinitamente, fuera de toda lógica.

Cuando a cualquiera se le pregunta qué es (pregunta ambigua donde las haya, con una enorme cantidad de respuestas posibles), muy posiblemente, sin pensarlo siquiera, te responderá su oficio. «Yo soy peluquero». «Yo soy profesora». Eso es lo que somos. Nuestro trabajo. El capital, tras siglos de adiestramiento, ha sido terriblemente brillante al identificar por completo a la persona con su trabajo. De esta manera, la diversidad humana que se presupone que tenemos se ve reducida a su mínima expresión; al fin último de trabajar para conseguir dinero, para que de esta manera se pueda satisfacer la triste noción de libertad que se tiene actualmente; la de elegir qué mercancía escoger en los estantes de las tiendas.

En mitad de la ilusión cuantitativa del capital y de la abstracción metafísica del trabajo y del tiempo, surge una contradicción inmanente. Ciegos y sordos como son, se han perdido en el laberinto que ellos mismos han construido y no ven ni oyen los gritos de miseria de las tres cuartas partes de la humanidad. Por un lado, el sistema vive y sobrevive a raíz utilizar energía humana de forma masiva, mediante la explotación de la mano de obra en su maquinaria. Por otro lado, la ley de la competitividad empresarial impone un crecimiento constante de la productividad, en la que la fuerza de trabajo humana se sustituye con capital en forma de conocimientos científicos y tecnológicos. Esta contradicción ha hecho que el edificio se derrumbe por su propio peso, y a pesar de todas las evidencias, los gobiernos de todas las ideologías siguen queriendo «dar un empujón» y «hacer lo que sea» para que el edifico en ruinas dé más de sí.

Todos aluden al trabajo como fin humano absoluto que, pase lo que pase, ha de seguir vigente, aunque hoy en día sea innecesario. El desarrollo tecnológico de la microelectrónica está haciendo cada vez más prescindibles a la mayoría de «los proletarios». Este aumento del conocimiento tecnológico, junto con el aumento demográfico a nivel global, está produciendo que cada vez más sectores de la población queden excluidos de la vida moderna. Porque ya se sabe, el que no trabaja no es persona. No es útil, no es rentable, y por lo tanto es desechable. Surgen así núcleos de pobreza en medio de la abundancia, incluso dentro de las propias ciudades capitalistas. En medio de la riqueza reaparece la miseria. El capitalismo se está convirtiendo en un espectáculo global para minorías, y cada vez más minorías.

El trabajo no es una necesidad eterna, como quieren hacernos creer. No es una «ley natural», como los apologistas claman a los cuatro vientos. Si fuera de esta manera, ¿por qué tres cuartas partes de la humanidad sufren de miserias debido a que el sistema del trabajo ya no necesita su trabajo? Es la absurdidad en la que nos encontramos inmersos; que en un momento histórico en el cual el trabajo se está haciendo innecesario se nos inculca que el trabajo es el fin absoluto ante el cual todos debemos arrodillarnos, aunque por meras contradicciones uno nunca llegue a trabajar. Lo importante para el poder es crear la mentalidad adecuada que posibilite la alabanza hacia el trabajo. El hacernos sentir culpables si, simplemente, no hacemos nada. ¿Quién de nosotros no se ha sentido culpable alguna vez por no estar haciendo nada «productivo»? La interiorización de los valores del trabajo y de la productividad en las propias personas excluidas del sistema de producción, el hecho de reducir nuestras existencias a la mínima expresión posible, son los mayores logros del capitalismo.

Hace tiempo que los «nuevos mercados» fueron saqueados. En el pasado estos cumplían la función de compensar la racionalización de las empresas y de superar las contradicciones del sistema de trabajo. Pero actualmente se elimina más trabajo por motivos de racionalización del que se puede reabsorber con la expansión de los mercados. Como consecuencia lógica de la racionalización (impulsada esta a su vez por la competitividad), la electrónica sustituye la energía humana y las nuevas tecnologías de comunicación hacen el trabajo innecesario. Se impone de nuevo la contradicción, y como consecuencias el número de excluidos, de «personas sobrantes» en este mundo adorador del trabajo, crece de forma exponencial.

Por un lado más y más personas son desechadas del sistema productivo, y por otro se aumenta hasta un máximo nunca visto anteriormente la explotación de los que, por el momento, todavía conservan su preciado trabajo. El aumento de los conocimientos científicos y tecnológicos, junto con su aplicación práctica a la industria, presuponía lógicamente la disminución cada vez más pronunciada de los trabajos pesados y repetitivos. Oscar Wilde escribió que la tecnología sustituiría y liberaría a las personas de los trabajos pesados. Pero ha ocurrido lo contrario; las personas que todavía no han sido desechadas están más alienadas debido, precisamente, a la tecnología que supuestamente les liberaría. Las máquinas imponen su ritmo al trabajador en la fábrica, haciendo el tiempo así mucho más rentable debido a que la explotación crece enormemente. Con la aplicación de las máquinas en el proceso productivo, con el mismo tiempo se produce mucho más y a la persona se la comprime también mucho más. Por otro lado, la tecnología de las comunicaciones produce una completa dependencia del trabajo. Cuando el oficinista sale unos días, durante su «tiempo libre», de esa cárcel de ordenadores alineados y se marcha de vacaciones (para que recupere energías y para que sea eficiente en el trabajo futuro, obviamente) se marcha con su ordenador, con su móvil y con todos los aparatos necesarios, por si a última hora se le presenta algún proyecto que no puede esperar. La alienación de los -de momento- incluidos en el sistema productivo es más grande que nunca; su explotación y dependencia es total, y la tecnología, contrariamente a toda lógica, está siendo usada no como medio de liberación humana, sino como medio y fin al mismo tiempo de alienación en pos del trabajo.

La racionalidad de la economía de empresa exige que, por un lado, masas cada vez más numerosas se queden «sin trabajo» de manera permanente y, de esta forma, se vean apartadas de la reproducción de su vida inmanente al sistema; mientras que, por otro, el número cada vez más reducido de «empleados» se vea sometido a unas exigencias de trabajo y de rendimiento tanto mayores.

Se ha de superar la noción entendida por propiedad privada. Solamente pensando que ésta es simplemente un «poder de disposición» en manos de los capitalistas, pudo surgir otra idea como la de afirmar que puede superarse la propiedad privada sobre la base de la producción de mercancías. Se creyó que el Estado es opuesto a la propiedad privada, cuando realmente la propiedad del Estado no es sino una forma derivada de la misma propiedad privada, puesto que el Estado no es sino la imposición general y abstracta de los productores de mercancías. Tanto la propiedad privada como la propiedad estatal quedan obsoletas, ya que ambas presuponen y se basan en el proceso de explotación.

Para los economistas de todas partes y de todas las posturas su sistema funciona a la perfección. ¿Pero se puede afirmar, acaso, que el sistema impositivo del trabajo global ha traído el bienestar, aunque sea de forma remota, a una parte importante de la población? Basta con echar una mirada en las consultas de los psicólogos y psiquiatras. La falta de salud mental es pandémica, debido a que millones de personas languidecen realizando un trabajo sinsentido y enfermando física y psíquicamente, y otros tantos millones de seres se ven excluidos y condenados a la miseria y a la marginación. ¿Se puede llamar funcionar al hecho de convertir al mundo en un vertedero para que la producción siga indefinidamente y poder así sacar dinero a partir del propio dinero? Así es como su maravilloso sistema funciona. Su lema siempre ha sido y es «credo quia absurdum». Creo porque es absurdo.

Se argumentará, siempre falaces estos apologistas del trabajo, que sin propiedad privada, que sin competitividad y que sin los principios del trabajo, toda actividad se anularía. ¿Es esto la confesión de que todo su sistema se basa en la pura imposición? De ninguna manera cesará toda actividad cuando desaparezcan las imposiciones del trabajo. Lo que sí es cierto es que toda actividad cambiará su carácter, cuando ya no se vea encasillada en la esfera sin sentido y autofinalista de tiempos en cadena abstractos y cuando esté integrada en contextos de vida personales siendo la producción afín a las circunstancias y a las necesidades. Siempre habrá actividades necesarias y no todas serán agradables, pero esto no importa demasiado mientras estas mismas actividades ya no te consuman la vida ni se te imponga como «ley natural». ¿Tan difícil sería encontrar el equilibrio entre la realización de actividades necesarias, de ocio y de actividades libremente elegidas? Recordemos que tanto el ocio como la actividad son necesarias; el cuerpo humano necesita tanto desconectar y descansar como liberar la energía sobrante, y nuestra naturaleza social requiere que nos sintamos útiles para con la sociedad, pero el sistema impositivo del trabajo se ha aprovechado de esta necesidad de actividad y la ha comprimido hasta dejarla vacía y distorsionada.

Mientras los humanos poblemos la tierra, se harán todas las actividades necesarias para vivir. Se cultivarán huertos, se educará a los más pequeños, se hará ropa, se construirán casas, etc. Esto es algo obvio. No es esto lo que se pretende criticar, porque sería una tontería. Lo que no es tan evidente, lo que los aduladores del trabajo no ven, o no quieren ver, es que elevan el trabajo a un principio abstracto que determina las relaciones sociales, sin importar las necesidades o las voluntades de los implicados. Se crea de esta manera un mundo aparte, abstracto. El tiempo ya no es vivido; es puesto a disposición de la productividad, de la eficiencia, de la producción, del trabajo.

El trabajo es un cadáver al cual se niegan a enterrar, de manera que su olor pestilente nos afecta a todos, contaminando nuestras mentes, nuestras vidas y los ecosistemas naturales. Pero como buen cadáver que es, está rodeado de carroñeros dispuestos a aprovecharse de él. Tenemos que hacer ver que el uso sensato de las posibilidades no pueden ya ser dirigidas por una «mano invisible» abstracta e impredecible, sino simple y únicamente por una acción social consciente. La riqueza producida es aprehendida directamente según las necesidades, y no según la «capacidad de compra». Para poder aprehender según las necesidades, es necesario antes formar asociaciones libres y consejos que determinen cuándo y qué se coge. Junto con el trabajo, desaparece la generalización abstracta del dinero así como la del Estado. El trabajo ya no sería el eje central sobre el que gira el fin de la vida.

Radix

Notas

[1] El término «trabajo» no está usado en este artículo en el sentido de actividad natural y deseable, sino en sentido negativo de imposición autofinalista.

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8 Responses to Oda a la ociosidad

  1. Lusbert says:

    Esta crítica al trabajo me ha gustado. Estamos de acuerdo que muchos trabajos actuales son humillantes, degradantes e incluso innecesarios, sin embargo, hay unos matices que quiero señalar;

    Guste o no, mientras vivamos en el sistema capitalista, nuestra principal fuente de ingresos ahora mismo es el trabajo asalariado. O eso o emprender un negocio o irte al monte o unirte a una cooperativa o una empresa recuperada... Pero esas opciones no están al alcance de todos y todas y además son alternativas más bien de huida (creación de sistemas paralelos dentro del capitalismo o sobrevivir siguiendo la misma corriente) que de confrontación y ruptura (lucha de clases y expropiación de la burguesía). Esto hace que nos veamos obligados a buscar un trabajo para poder sobrevivir en este sistema y con la posibilidad luchar por mejorar nuestras condiciones en lo inmediato y aspirar a metas revolucionarias.

    No estoy de acuerdo con que se destruyan "empleos" por la racionalización. Las fuerzas productivas sufren una transformación y un desplazamiento de un sector a otro, pero destruirse como tal, no. Así se demuestra, por ejemplo, en el éxodo rural del siglo XIX, con la recién imposición del liberalismo en Europa: la mecanización del campo daba consecuencia una reducción en la demanda de mano de obra, pero a su vez, en la industria, es requerida esa mano de obra, lo cual, se traduce en un desplazamiento de las fuerzas productivas. Muchos campesinos y campesinas pasarían a engrosar las filas del proletariado industrial. Actualmente, con las reconversiones industriales en España y en Europa, vemos que la mayor parte de la clase trabajadora industrial está siendo desplazada al sector servicios, un sector más volátil, atomizado y precarizado. Mientras, en los llamados "países en desarrollo", están sufriendo un panorama similar al experimentado en Europa en el siglo XIX.

    Por otro lado, el trabajo humano sigue siendo el único factor que puede crear valor a una mercancía como bien expresó Marx, porque la fuerza de trabajo es la única mercancía que puede generar más valor que tiene mientras que las máquinas no pueden. Por algo a la fuerza de trabajo se le denomina "capital variable" y la maquinaria "capital constante". Así que, mientras siga en pie el sistema capitalista, seguirá habiendo clase trabajadora por mucha tecnología que exista. Si bien hoy tendríamos más operarios de maquinaria y mecánicos, con el avance de la robótica, próximamente parte de esos operarios y mecánicos pasarían a engrosar las filas de los programadores, diseñadores, ingenieros informáticos, desarrolladores, etc. Otro ejemplo de desplazamiento de las fuerzas productivas.

    Los liberales, quienes viven de plusvalías, siempre hablan de "trabajar duro y ahorrar", esa es la idea que debemos desechar. Por ello, la crítica al trabajo debe hacerse junto a una perspectiva anticapitalista, cosa que estamos de acuerdo otra vez.

    • Radix says:

      Es verdad que, por desgracia, la principal fuente de ingresos que uno puede tener actualmente es la de un trabajo asalariado. De todas formas, yo soy muy partidario de okupar (así de paso muestras tu rechazo a la propiedad privada), de "reciclar" comida, etc. Hay muchas personas que, aun viviendo dentro de las ciudades capitalistas, viven con menos de un euro diario porque quieren. Pero tienes razón cuando dices que un salario mejora nuestras condiciones en lo inmediato y que estas nos permiten aspirar a otras cosas. Eso ya es elección de cada uno.

      Con respecto al sector servicios, es verdad que, en general, sectores poblacionales cada vez más amplios se están moviendo hasta ahí, pero aun así eso es insuficiente para compensar la racionalización que sí, bastantes veces destruye empleos (no solamente los desplaza, ojalá), porque los avances tecnológicos hacen innecesarias a esas personas. Así de sencillo, por desgracia.

      Y con respecto a que el trabajo humano sigue siendo el único factor que puede crear valor a una mercancía, estoy totalmente de acuerdo. Es la contradicción de la que he hablado en el artículo. Que a pesar de que la fuerza de trabajo es el único factor capaz de crear dicho valor, la competitividad impone la aplicación a escalas cada vez mayores de tecnología para aumentar la productividad, haciendo innecesario de esta manera, precisamente, el trabajo humano, que es el único factor capaz de crear valor.

      Es decir, que estamos de acuerdo en casi todo. La perspectiva anticapitalista es absolutamente imprescindible. ¡Un saludo!

      • Lusbert says:

        Hay quienes incluso con el trabajo asalariado no pueden pagarse un piso decente y okupan o "reciclan" comida. Es una buena opción, sobre todo si se hace movimiento y se crean redes de okupación. Ahora bien, si esas alternativas son salidas individualizadas, pues me temo que es una suerte de huida y no de confrontación, lo que viene a ser algo tan inofensivo como comprar la comida en el super. El caso es que, teniendo la condición de asalariados y asalariadas, peleemos por ir arrancando más conquistas en nuestro favor en lo inmediato, creando así movimiento. Solo de esta manera podríamos llegar a acabar con el sistema capitalista y la sociedad de clases, porque mientras exista, si no peleamos y solo huimos, estaríamos escapando eternamente sin llegar a liberarnos nunca.

        Aun así, el trabajo humano es insustituible, por el desplazamiento de las fuerzas productivas y la premisa de Marx respecto al tema. Aquí habría que distinguir entre bienes de capital, que son los instrumentos de trabajo y pueden ser una simple llave inglesa o un brazo mecánico; y capital variable, que es la fuerza de trabajo. Así como para levantar el sector servicios se requiere de camareras, cocineras, cajeras, repartidores de cerveza, teleoperadores, consultores, comerciales, taxistas, maestras, profesoras etc, las nuevas tecnologías requieren de mano de obra para ponerlas en marcha y desarrollarlas, no creo que los robots se construyan solos, ni la extracción de los materiales raros se haría automatizado, ni la fundición de metales, ni la programación de circuitos electrónicos, ni el desarrollo de software, etc. Todo ello también requiere mano de obra, es decir, trabajo humano.

        Yo creo que "destruye" empleo en algunos sectores donde se modernizan, pero a la vez, la demanda de trabajo se desplaza hacia esos sectores que están desarrollando esas nuevas tecnologías. Por eso hay un desplazamiento más que destrucción. En total, las fuerzas productivas no disminuyeron, sino que se desplazaron: unos siglos previos al capitalismo, las fuerzas productivas estaban en el campo, con la industrialización, pasaron a ser el proletariado industrial, y ahora, en los países capitalistas avanzados, la mayoría de las fuerzas productivas están en el sector servicios y cada vez más en las nuevas tecnologías. Un ejemplo de esto puede ser que un operario despedido acabe teniendo más posibilidades siendo camarero o repartidor que buscando empleo en el sector industrial.

        Salud!

  2. alejandro says:

    "Con respecto al sector servicios, es verdad que, en general, sectores poblacionales cada vez más amplios se están moviendo hasta ahí, pero aun así eso es insuficiente para compensar la racionalización que sí, bastantes veces destruye empleos (no solamente los desplaza, ojalá), porque los avances tecnológicos hacen innecesarias a esas personas. Así de sencillo, por desgracia.

    "Y con respecto a que el trabajo humano sigue siendo el único factor que puede crear valor a una mercancía, estoy totalmente de acuerdo. Es la contradicción de la que he hablado en el artículo. Que a pesar de que la fuerza de trabajo es el único factor capaz de crear dicho valor, la competitividad impone la aplicación a escalas cada vez mayores de tecnología para aumentar la productividad, haciendo innecesario de esta manera, precisamente, el trabajo humano, que es el único factor capaz de crear valor."

    Para mi estas palabras de Radix son la clave , la contradicción sociológica del capitalismo actual. Es cierto que el trabajo humano crea valor, pero ese valor ya no se puede generar. Las grandes compañías hace tiempo que no hacen beneficios por la explotación del trabajador, sino por la especulación financiera. El trabajador cada vez es más prescindible debido a la posibilidad cada vez más reducida del capitalismo para generar beneficios reales. El desplazamiento de la demanda existe,y los empresarios siguen aprovechándose de los trabajadores, pero es algo que creo es cada vez más margina y para nada sirve para explicar la situación global actual. El movimiento obrero creo que debería sopesar este hecho para hacer frente a esta circunstancia tan absurda.

    • Lusbert says:

      La especulación financiera no es alquimia, en última instancia se vale de la explotación del trabajo asalariado. Incluso las entidades financieras y los bancos de inversión tienen asalariados que son oficinistas, recepcionistas/atención al cliente, becarias, etc... No solo eso, incluso los inversores sacan beneficios del trabajo asalariado, pues adelantan capital en otras empresas con la forma jurídica de Sociedad Anónima. Gigantes corporaciones agrarias e industriales emplean mano de obra, mucha mano de obra, para producir masivamente y ello requiere capitales, que los adelanta la empresa, la banca y los inversores. El capitalismo financiero se asienta sobre el productivo y pienso que el movimiento obrero debe adaptarse a estas circunstancias: la del predominio de la microempresa, la volatilidad y precariedad del sector servicios y la entrada de las ETT.

      El trabajo humano siempre será el único factor capaz de crear valor y es insustituible.

  3. alejandro says:

    Hola Lusbert.

    Lo que tu dices y lo que yo digo , en esencia, no se contradice. Claro que la explotación sigue existiendo, simplemente que la oposición capital-trabajo no rebasa la lógica del sistema. Pero vamos, que el sufrimiento en el trabajo siendo una realidad palpable, que todos vivimos de una manera cada vez más despiadada.

    Sin embargo no creo que la economía financiera chupe la sangre a la economía real, al contrario, el crédito a contribuido a salvarla.

    La crítica al trabajo fuera de conceptos y abstracciones, tiene que ir dirigida a lo que apunta este texto: el trabajo nos embrutece , nos hace infelices y mina nuestras fuerzas para el cambio social. No se debe apoyar en el factor de que el trabajo humano crea valor. Esto recordaría más a la moral marxista que tanto daño a hecho .

    Salud.

    • Lusbert says:

      La crítica de la economía capitalista de Marx sigue teniendo validez. El crédito no es más que otra forma de capital, de hecho, la banca también se nutre del capital productivo, es decir, la plusvalía. De las riquezas que se generan en la producción, parte de ellas van al banco como depósitos que la propia banca puede prestar y a cambio obtener un interés. Ese préstamo es también un adelanto de capital para poner en marcha un proceso productivo dando créditos a las empresas.

      Me temo que es caer en abstracciones no ver que el trabajo humano cree valor. Sí lo crea, aunque no fuese el único factor pero sí la determinante, pues pensar en la automatización total de la producción idealista. Nada se produce por arte de magia y las máquinas necesitan mantenimiento, desarrollo de software, etc, ergo, trabajo humano. Toda esa crítica al trabajo debe ser al trabajo asalariado, la raíz de todo lo que dices del trabajo tiene causa en este modelo productivo: el capitalismo. La crítica económica de Marx es un aporte esencial en el socialismo pues nos permite identificar el problema y desde allí crear alternativas materialistas, no sueños idealistas ni abstracciones de ningún tipo. Eso sí, de la política marxista diferimos totalmente.

  4. alejandro says:

    ¿En que momento he dicho yo que el trabajo no crea valor o que la crítica de Marx es obsoleta? Lo que es obsoleto es la interpretación marxista tradicional. Lo que se llama "nuevas lecturas de marx" tienen en común precisamente lo que te estoy diciendo: que la oposición capital-trabajo no rebasa la lógica del capitalismo. Esto no niega la realidad palpable del sufrimiento de la clase trabajadora. No se si conoces Michel Heindrich, es un autor muy interesante y bastante claro que esta escribiendo muy bien sobre las nuevas lecturas de Marx.

    No tengo más que decir en este hilo.

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