Opinión

Published on noviembre 8th, 2013 | by La Colectividad

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Por la destrucción del dogmatismo

El dogmatismo pareciera que es algo ajeno al anarquismo, precisamente porque nadie duda, al menos teóricamente, de nuestros valores de libre-pensamiento y crítica. Sin embargo, todas sabemos que libre-pensamiento hay muy poco en el anarquismo actual, siendo relativamente pocas las personas que defienden una total «mirada amplia.»

El compañero Lusbert exponía el tema en su artículo, pero considero que hay que ir más allá y plantearse, de nuevo, el tema que tal vez divida con más fuerza a las anarquistas de nuestros tiempos. Este tema, como no podría ser de otra forma, es el de la violencia insurreccionalista [1].

Todas habréis leído/oído alguna vez las trifulcas que se traen entre las que venimos a llamar «anarco-comunistas» e «insurreccionalistas.» Las primeras acusan a las segundas de ser innecesariamente violentas, carentes de plan, teoría, y realismo (y yo me pregunto: ¿qué cosa hay más realista que quemar las calles cuando vivimos en un mundo que nos mata, literalmente, cada mañana?). Las segundas, por su parte, acusan a las primeras de reformistas, estatistas, y elitistas. Ambas tienen parte de razón, pero sobre todo tienen mucho dogmatismo que desechar.

El dogmatismo es algo difícil de erradicar, es un cáncer difícil. Cuando nos socializamos en unas ideas, y nos las terminamos por creer, se nos hace casi imposible dejarlas de lado y admitir que la vida puede ser de otra forma. Renunciar al dogmatismo, pues, es tarea ardua que implica un gran número de noches de profunda reflexión, pero sobre todo implica altas dosis de honestidad y humildad.

A la cenetista de toda la vida le será bastante difícil aceptar que la revolución social puede llegar mediante la acción directa, violenta, y subversiva de pequeños grupos de afinidad (grupos cuyos componentes van y vienen todo el rato, rompiendo amistades, tejiendo nuevas relaciones, planificando nuevas acciones, siempre en movimiento). A la insurreccionaria curtida en la primera línea de los disturbios anti-globalización (por poner un ejemplo) le será, a su vez, bastante difícil admitir que la organización permanente puede resultar en grandes avances para la causa común: la revolución social.

A menudo olvidamos que todas tenemos una misma meta. Olvidamos con facilidad que el Estado, la policía, las leyes, y la sociedad tal como está organizada nos reprimen a todas por igual. Así, olvidamos que juntas luchamos contra la misma tormenta. Si precisamente olvidamos esto que ahora puede parecer obvio es porque universalizamos nuestras ideas propias (ya sean individuales o grupales) [2]. Se nos hace difícil admitir que otras formas de perseguir la revolución social son también válidas (¡se nos olvida incluso que esas otras formas aportan y ayudan al anarquismo en su conjunto!).

Pongamos un ejemplo controvertido (pero real). Grecia, años noventa, el movimiento estudiantil arranca la década con fuerza. Las estudiantes se movilizan por toda la región en decenas de millares. Se okupan universidades, institutos, colegios, calles, y plazas. Se organizan asambleas, redes horizontales, órganos de expresión y difusión, y también se pelea cara a cara contra la policía y los fascistas. De este contexto nacería la red antiautoritaria Alpha Kappa (AK), de ideas más organizativas y anarco-comunistas. Sin embargo, si las estudiantes abrazaron por miles el anarquismo no fue solamente por el establecimiento de dinámicas asamblearias, también fue por el simple hecho de entrar en contacto con elementos más radicales: las insurreccionalistas de los grupos anónimos de afinidad.

No podemos decir que Grecia tenga una impecable historia en temas de organización, pero tampoco hace falta (como algunas piensan) tener una CNT para promover el anarquismo. De las centenas de asambleas que se celebrarían en los noventa, las estudiantes de Grecia organizaron una gran parte de ellas de manera espontánea, autónoma, crítica, y hermosamente libre. Cada 17 de noviembre se daba (y se sigue dando) una gran manifestación en recuerdo de las víctimas de la dictadura, y cada 17 de noviembre acabó (y con suerte seguirán acabando) con okupaciones en la Escuela Politécnica, asambleas multitudinarias, creación de nuevos proyectos, y disturbios. Muchos disturbios.

La radicalidad e ilegalidad [3] de los grupos de afinidad llamó la atención de aquellas estudiantes que no aguantaban más la falta de libertad en Grecia. Y esto no fue por cuestión de espectáculo. No nos equivoquemos. El insurreccionalismo nos enseña que no tenemos por qué esperar a que venga la revolución; la revolución se puede vivir hoy mismo. El insurreccionalismo enseñó a millares de estudiantes griegas que la autoridad se puede combatir, que se puede llevar una lucha más intensa sin perder tu humanidad. Pero sobre todo enseñó a las que no aguantaban más que no estaban solas, que había más gente dispuesta a cambiar las cosas ya [4]. «Muera quien espere», que diría Típico Pero Cierto.

No obstante, las anarco-comunistas criticaron, pararon, e incluso llegaron a atacar físicamente a las insurreccionalistas en repetidas ocasiones. No supieron ver el potencial de la corriente más radical, ya sea por temor, tapujos, estereotipos, o por una moral acomplejada. Las insurreccionalistas (también con su dosis de dogmatismo) no cesaron en su intento por influir a la sociedad en su totalidad. Explicaron en innumerables panfletos el porqué de quemar los símbolos del sistema, el porqué del molotov a la cabeza del madero. Y la historia les da, parcialmente, la razón: de la multitud de acciones ciudadanas en Atenas muchas de ellas fueron empezadas por insurreccionalistas. Sirva como ejemplo el caso del parque de Exarcheia: cuando se decidió que Atenas albergaría los próximos Juegos Olímpicos, se decidió que la plaza del combativo barrio ateniense sería modificada por completo. Grupos de amigas del barrio decidieron parar las obras por su cuenta: se destruyeron herramientas y vehículos, se tiraron las vallas de metal que protegían las obras mil y una veces, se luchó contra la policía. El resultado fue una masiva aceptación ciudadana en la que confluyó todo el barrio en una asamblea general que todavía perdura.

La organización (más) permanente también ha hecho lo suyo por el anarquismo en Grecia. Las okupas, las asambleas periódicas de ciertos grupos, y el gran trabajo de difusión y solidaridad con las inmigrantes, las presas, y las oprimidas en general, son elementos que han ayudado a extender el ideal libertario. Sus manifestaciones por las presas convocan siempre a miles de personas; sus programas de radio llegan a multitud de aparatos; su trabajo permanente por crear una estructura horizontal, sin jerarquías, asamblearia, ha permitido que miles de personas hayan entrado en contacto con las dinámicas anarquistas (lo que se traduce en muchos casos en la creación de más mentes críticas). Las insurreccionalistas han participado en todas, o casi todas, estas cosas. No obstante, no han faltado las críticas, las trifulcas personales, y los dogmatismos.

¿Por qué nos costará tanto ver que fueron ambas fuerzas, la anarco-comunista/organizativa y la insurreccionalista, las promotoras del anarquismo en Grecia? (Y esto se puede aplicar a España, Italia, Estados Unidos… etcétera). ¿Cómo nos tapamos los ojos ante la evidencia histórica? Si el Plan Bolonia no se aplicó de facto en Grecia fue gracias a las dos corrientes (sí, así es. El Plan Bolonia se aprobó en el Parlamento de Grecia pero nunca se implementó en la realidad, precisamente porque las asambleas convocaban a miles de estudiantes, y también precisamente porque los molotov volaban por centenas sobre las cabezas de la madera).

Rechazar nuestros propios dogmas es difícil, pero con echar un vistazo a la historia de los pueblos nos ha de bastar para ver que hay muchas formas, complementarias, de luchar contra la autoridad. En todo esto hay un componente más filosófico que implica el aceptar como válida la alternativa de las demás personas que no opinan como nosotras. Algunas alternativas se nos antojarán más difíciles de aceptar, y seguramente alguna habrá que sea inaceptable por su inviabilidad (aunque a día de hoy personalmente no se me ocurre ninguna de este tipo).

La historia del anarquismo griego ha dejado ver con claridad que los molotov son la llama que enciende la revolución personal y social. Pero esta llama es inútil si no tiene mecha que prender ni material que alimentar con su fuego. El anarquismo insurreccionalista necesita tanto de la organización asamblearia permanente como ésta de aquél. Pero los dogmas siempre han puesto en Grecia una barrera aparentemente infranqueable [5], como lo hicieron en Seattle, en Génova, o en la Barcelona del 36.

Dejemos ser llama a quien quiera ser llama, y mecha a quien quiera ser mecha, sin que esto implique ningún tipo de subordinación, pues la una necesita de la otra y necesitan trabajar conjuntamente. Ambas han probado a lo largo de la historia ser formas viables para alcanzar la sociedad anarquista [6]. Ahora queda ponerlas, de una vez por todas, a remar en el mismo barco.

Notas

[1] Este texto no tiene como objetivo explicar o analizar el insurreccionalismo. Simplemente se usará a modo de ejemplo para destapar los fuertes dogmas que existen en el anarquismo contemporáneo.

[2] A este respecto ya escribí un «Por la destrucción…» Lo podéis leer pinchando aquí.

[3] Qué palabra más fea esta de «ilegalidad.» ¿Qué hay más «legal» que rebelarte contra aquello que no te deja vivir?

[4] Queda por escribir un exhaustivo artículo en castellano sobre la historia revolucionaria de la Grecia de los noventa. Me lo apunto.

[5] Si algún día vais por Grecia veréis (sin querer generalizar) que ciertas okupas insurreccionalistas os desaconsejarán juntaros con las amigas de AK, mientras que éstas harán lo mismo para con las otras. Como si fueran jesuitas y franciscanos.

[6] Me pregunto, a modo de historia-ficción, si cualquiera de todas las revoluciones anarquistas acaecidas alguna hubiera triunfado completamente de no haber existido estos dogmas que nos separan.

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Ser autónomx, simplemente, bien podría significar aprender a luchar en la calle; a okupar casas vacías; a parar de currar; a amarnos lxs unxs a lxs otrxs enloquecidamente, y a expropiar.



7 Responses to Por la destrucción del dogmatismo

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  2. Alfred says:

    De lo mejor que he leído últimamente en Regeneración. Yo llevaba también tiempo dándole vueltas a esta cuestión y para mí lo has expuesto mejor de lo que yo podría. Unión de los anarquistas para fomentar una insurreción popular. Destruir y crear, esa es para mí la mezcla perfecta.

  3. Lusbert says:

    ¿Una posible reconciliación entre insurreccionalistas y organizacionistas (por decirlo de alguna manera)? La verdad es que lo veo poco probable. Dentro del anarquismo actual existen muchas tendencias y además irreconciliables como los nihilistas-antisociales con los especifistas-sociales, por poner dos "polos" opuestos. Por otro lado, dudo que las acciones de grupos de afinidad semiclandestinos puedan llevar a una situación revolucionaria, salvo que dichos grupos tengan en cuenta al resto de fuerzas sociales y cooperen con los movimientos sociales locales.

    Yo creo que el problema derivado de ciertos dogmatismos es que se creen chiringuitos, tanto de una parte como de otra. En varios casos, los insurreccionalistas pecan de infantilismo al criticar destructivamente las tendencias sociales y organizacionistas, además usando un vocabulario incendiario, (entre otras cosas que no voy a mencionar). Así como desde la tendencia organizacionista se les tachan a algunos de pequeñoburgueses (admito que alguna vez lo he hecho aunque solo referido a la tendencia nihilista). Pienso yo que así no avanzamos. El tirarnos piedras los unos a los otros cada cual en su trinchera nos atomiza. Sin embargo, caben aquí las críticas constructivas.

    Creo que entre los anarquistas debe haber un denominador común no solo en los fines sino también en los medios -que es la parte en donde más discrepamos-, es decir, en las tácticas: que la lucha ha de realizarse colectivamente y avanzando junto con los movimientos sociales, insertos en la realidad social y no en torres de marfil o en luchas personales contra el sistema.

  4. Perm says:

    Me gusta el artículo, por desgracia me cuesta aceptarlo como válido debido a lo siguiente: la inmensa mayoría de los autodenominados "insus" que conozco (a pesar de ser buenos compañerxs), a la hora de tomar decisiones, debatir o argumentar de forma colectiva, no quieren saber "ná de naide" que no sea su grupo de afinidad o su revolución interior de politización del afecto y lo personal, o su micromundo temporalmente autónomo (ya sea el centro social okupado de moda o la rave de los viernes con alcohol barato). Les importa menos el obrero, el inmigrante, la ama de casa, las cooperativas, el medio ambiente, y dejo de enumerar porque no acabo.

    Con esto no quiero decir que sean unos reaccionarios. A mi me alegra mucho que exista el insurreccionalismo, pero les noto poco interesados en el desarrollo de alternativas (quizás el mismo poco interés que tengo yo en quemar calles y tirar piedras a la policía).

    Mientras trabajemos por separado todo puede funcionar. Pero hay asambleas en disputa y son un infierno.

  5. Antago says:

    Lo cierto es que veo difícil la reconciliación. Realmente, por que el anarquismo libertario (me palpitan las yagas al tener que hacer tal aclaración) está completamente desorganizado, mientras que el bulo del "socialismo libertario" está tan extendido, que a los burócratas de la CNT ya no les importa qué banderas levantan. Quien sabe, en diez años les veremos cantando la internacional y llamando a Stalin "la resistencia al fascismo". Por ahora sé de bien que más de uno ya lo hace cuando nadie le mira.

    Unos, un fondo sin una forma ni un proyecto. Otros, con una estructura llena de contradicciones y estupideces. Y ninguno parece funcionar.

    Creo que el problema del anarquismo es cuestión de tiempo. Aún no ha terminado de llegar ese relevo generacional que tanto le hace falta. Esta página es buena prueba de que en el siglo XXI el estatismo terminará por perder la batalla donde más importa; en la mente humana.

    Y que este relevo hace falta, se ve en todas partes. En cenetistas apoyando el nazionalismo vasco y en programas sacados del siglo pasado... la revolución "quemando calles" es cosa del pasado. La lucha de clases es cosa del pasado.

    Ya no somos trabajadores. Somos consumidores. Creo que el anarquismo debe dejar atrás el "trabajador sobre todas las cosas". No dejar atrás la lucha de derechos laborales, ojo, pero ver como la CNT pide que se mantengan las subvenciones a las minas en Asturias... ¿en que quedamos? ¿Inversión estatal (De todos) si o no? Creo que debemos adaptarnos al siglo XXI.

    Y reitero, los derechos laborales entran y entrarán siempre en las reivindicaciones de este siglo. Pero creo que debe haber otro tipo de cosas, algo diferente, como defender a las PYMES. Y para quien crea que eso es cosa de anarcocapitalistas, que no me haga reír. Que pregunte lo que fue la República de los Consejos de Baviera.

    • Carles says:

      El problema es la sobreideologización y los purismos, que en la praxis se traducen en chiringuitos, ghettos e inmovilismo. Ello da como consecuencia una descomunal inoperancia y sumidos en la marginalidad apartados de la realidad social, como parece ser tu caso. Criticar cómodamente desde casita y desde el anonimato sin proponer absolutamente nada se está poniendo muy de moda.

      ¿No somos trabajadores? Es decir, ¿que ahora nuestros ingresos caen del cielo y no de vender nuestra fuerza de trabajo? ¿Cómo ser consumidor sin apenas tener ingresos? Es de lógica que para poder consumir en la sociedad capitalista un individuo ha de tener primero dinero.

      Si algo tenemos que hacer los anarquistas es dejarnos de tonterías de este tipo y dar una respuesta a la problemática social, no llenarnos la boca hablando de revolución desde Internet.

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