Opinión

Publicado el 18 de enero de 2013 por Máximo Eléutheros

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Sociedad como negación

La verdad de esta sociedad no es otra cosa que la negación de esta sociedadGuy Debord.

El nacionalismo es, sin duda, la negación de la sociedad a la que dice representar, entendida ésta como el conjunto de individuos que se asocian voluntariamente para proporcionarse una mejor vida los unos a los otros; pues, mientras que los políticos estadistas e idolatras de su poder arrojan todas sus alabanzas, éste, solemne, aniquila el querer del cúmulo de individuos que lo conforman. Estos son importantes en tanto producen riqueza para la nación. Podemos afirmar entonces que el conjunto real-sociedad está subyugado al conjunto irreal-nación. Pero, ¿hasta qué punto es esta sociedad real y tangible? ¿No resulta igualmente una entelequia? ¿Qué lazos se extienden entre nosotros más allá de languidecer bajo el mismo Estado o nación? De ningún modo podemos separarlos y hacer una distinción clara de qué es cada uno. Ambos son negación del otro. Podemos definir nación como sociedad y sociedad como nación, son términos ambivalentes que tienen como fin común la negación de la singularidad vital. Siendo esta doble negación la afirmación de la infausta situación a la que se ve abocado el sujeto que la forma, ya sea por voluntad propia o por imposición. Resumiendo: ambos son lo mismo y su finalidad es compartida: engullir la vitalidad de los individuos que contiene, así como el esfuerzo de los pequeños grupos afectivos que en esta máquina aséptica se puedan desarrollar.

De tal forma, por ejemplo, el derecho a vivienda es un elemento aplicado al conjunto social, y por ende pretendidamente individual, aun cuando no sea así, que es, y esto es innegable, incumplido sistemáticamente o, mejor dicho, sistémicamente, ya que podemos ver mendigos e indigentes en cada esquina, de cada barrio y de cada ciudad del país. Probablemente estos individuos sepan de su derecho a la vivienda, surgido de su inalienable derecho a la vida, como así también lo son su derecho a la alimentación, a la vestimenta u otras, mas no son capaces de proporcionársela, pues están sujetos y atados de pies, manos y pensamiento por la sociedad que se lo niega. Las viviendas desocupadas son consecuencia de la iniciativa individual, corporativa o propiamiente estatal (ente social) y surgen por el no pago, por la invalidación de ésta, por su embargo, etcétera., pero es la sociedad la que evita que sean ocupadas por el que no posee nada. No es otra más que la sociedad la que teme que se ocupen de forma ilegal, ya sea por inseguridad, por supuestos principios morales, o porque a sus integrantes es lo que le han soplado al oído desde que tienen recuerdos, esto es, que no es relativamente importante que el congénere humano muera aterido de frío a la puerta del Palacio de Liria, siempre y cuando el cadáver no caiga en la propiedad privada de la duquesilla ni la podedumbre del exánime mancille sus suntuosos jardines nobiliarios. Por tanto, el individuo que no posee bienes vitales no ha de confiarse el conjunto irreal nación o sociedad, Estado, Dios, etcétera., [1] sino que ha de confiarse a sí mismo. ¿No tengo techo bajo el que abrigarme los gélidos días de invierno? Bien, lo ocuparé. ¿No poseo hoy qué comer? Bien, lo tomaré. ¿No tengo actividad que realizar? Bien, la realizaré. ¡Basta de conciliar el frío, el hambre o la abulia con la creencia de que vendrán a rescatarnos! Es bien seguro que llegará reiteradamente la nación, la sociedad, el Estado, a tirarte a la calle, a apresarte entre muros, a humillarte, pero no puede nadie cejar en su empeño de vivir con dignidad. ¡Si el sistema está tan degradado que no puede procurar vida digna a todos, que no sean todos los que se arrodillen, sumisos y asustados, a un futuro incierto! Y no nos confundamos, lo vital no es una televisión, ni un coche, ni un frigorífico, ni un opulento habitáculo, ni majestuosas viandas, etcétera., no pretendas quedarte ahíto de caviar todos los días, empero si no tienes qué llevarte a la boca, ¡no caigas en la limosna! (¿Hasta qué punto de degradación humana hemos llegado que podemos vivir, lastimosamente eso sí, mientras nuestros hermanos mueren por doquiera?) Únete a otros como tú y ocupa, roba, lo que sea, con tal de conseguir un sustento que te permita subsistir; y no te escondas, es más, ¡haz saber por qué robas comida, por qué ocupas viviendas, por qué, en fin, quieres vivir con dignidad! Haz saber a la sociedad, a la nación, que, o te procura lo mínimo para vivir o tú mismo, siendo humano e inteligente, lo tomarás.

Y se me podrá tildar de ser parcial y demagogo, de fomentar la violencia irracional o incluso de ser un sujeto antisocial. También se me podrá echar en cara que ciertas sociedades más avanzadas, dígase países nórdicos o helvéticos, sí cubren las necesidades mínimas a sus conciudadanos. ¿Cómo poder renegar de esas idílicas sociedades paternalistas? ¡Sólo un loco lo haría! Pues bien, yo reniego de esas cálidas y tiernas sociedades, tan deleznables como las sureñas o cualquiera que siga el modelo parlamentarista-capitalista. ¿Por qué? Porque, como se dijo en la introducción de la anterior reflexión, estas sociedades no son en verdad más que naciones con ciudadanos exaltados. Es decir, no van más allá de naciones, de estados, parasitarios del esfuerzo individual y colectivo de su pueblo, renegando del concepto humano. Estos países succionan con tanta vehemencia el esfuerzo colectivo e individual que después, ahítos de todo, procuran darles lo mismo a sus ciudadanos; regocijándose estos últimos de su lamentable suerte. ¡Todos, absolutamente cada país del mundo tiene como paradigma a los Estados nórdicos! Son el paraíso capitalista hecho asfalto, edificio, compañía, impuesto y lágrima. Sin embargo, de lo que no parecen percatarse estos ávidos políticos nacionales y supranacionales, tertulianos todos, y demás secuaces, es que es inviable, por no decir esperpéntico, el pretender la impronta de este modelo al mundo: ¡Es imposible! Para que esos nórdicos disfruten de su bienestar, y no digo yo que sólo sean ellos, otros han de sostenerlos. Es la clásica dicotomía capitalista: unos sujetan el peso de otros, los más de los menos, los muchos de los pocos. Así que esos países tan idolatrados y perseguidos por los progresistas de todos los lares no son sociedades en el sentido hermoso de la palabra, es decir, comunidades de individuos con lazos afectivos palpables y fraternales, sino industrias fiscales arraigadas en la psique humana mediante el concepto de nación, por lo cual resultan altamente repugnantes. Abrazarse o confiarse a tales concepciones quiméricas sólo nos podrá llevar a caer nuevamente en el pútrido parlamentarismo, en el inicuo capitalismo y en el anacrónico nacionalismo como, por otra parte, nos ha demostrado no pocas veces la historia.

[1] Creo que convendría aclarar que uso indistintamente sociedad, Estado y nación porque, a pesar de los fructíferos debates que se han llevado a fin de delimitarlos, son un todo. Al igual que Dios en la liturgia cristiana está conformado por otros entes quiméricos tales como el Espíritu Santo, el Padre y el Hijo, y estos a su vez se encuentra dispersos de forma ecuánime en toda la realidad; para mí, Estado, sociedad y nación son un mismo todo que se reparte indistintamente entre los individuos, oprimiéndolos y subyugándolos, ya sea por creencia en uno u otro.

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Acerca del autor

Anarcoindividualista. Stirneano sui géneris. Socialista mutualista. Antiindustrialista, puesto que reniego de los grandes conglomerados industriales y urbanos. Vegetariano ético. Antiteísta.



3 Respuestas para Sociedad como negación

  1. Dani says:

    Saludos,

    Soy un lector habitual de esta página web que, a pesar de no ser anarquista, encuentro interesantes la mayoría de artículos que se publican. En este caso estoy especialmente en desacuerdo con el artículo, por eso me animo a escribir un breve comentario. Intentaré ser breve y esquemático:

    "Podemos definir nación como sociedad y sociedad como nación, son términos ambivalentes que tienen como fin común la negación de la singularidad vital"

    Este parece ser el argumento central del artículo. No lo comparto.

    Lo primer que querría decir es que, a mi modo de ver, 'la singularidad vital' de los individuos se realiza siempre en un contexto cultural concreto. Ningún individuo nace como una hoja de papel en blanco, seleccionando con el paso del tiempo las ideas, idiomas, y grupos con las que identificarse, con las que llenar la hoja de papel. Esta visión del individuo pre-social o a-social, que se encuentra en el corazón de la teoría liberal clásica y de un cierto tipo de anarquismo, es a mi modo de ver empíricamente falsa. Esto me parece evidente.

    Lo segundo que querría comentar es que este contexto cultural es generalmente la base del sentimiento de identidad nacional. Benedict Anderson definió la nación como una comunidad imaginada de base cultural. Por lo tanto hay un elemento subjetivo (gente que no se conoce y con ideas muy diferentes que a pesar de eso se 'imagina' como perteneciente a una misma comunidad) y un elemento objetivo (unas características culturales propias, sean las que sean). Por cierto, esto no es una 'quimera', o lo es en el mismo sentido que cualquier identidad colectiva lo es. Pero en fin, mi argumento es que en esto no hay nada que niegue necesariamente la 'singularidad vital' del individuo. Kymlicka y Tamir, por ejemplo, sugieren que el contexto cultural tiene un valor instrumental para el individuo, al proporcionarle un 'context of choice'. Lo verdaderamente relevante es qué tipo de comunidad cultural se quiere construir: una que incorpore la 'singularidad vital' del individuo o que no lo haga. En otras palabras, y entiendo que esto puede ser algo polémico en una página sobre pensamiento anarquista, defiendo que la nación en si misma no es un concepto que necesariamente oprima y subyugue al individuo.

    Lo tercero que quería decir es que defiendo el mismo argumento sobre el nacionalismo, un concepto que el autor debería recordar que es diferente al de nación, que a su vez es diferente al de estado. Considero que el anarquismo debe tomarse el nacionalismo seriamente. Es difícil entender que siga siendo analizado como un mero instrumento de manipulación y opresión. No olvidemos que muchísima gente se siente partícipe y aprecia a su nación, y que el nacionalismo es un fenómeno complejo que alimenta desde totalitarismos hasta movimientos de liberación nacional.

    He querido ser breve, pero creo que lo que intento decir se puede resumir en que, a mi modo de ver, el anarquismo haría bien de tomarse los conceptos (diferentes entre si) de nación y nacionalismo más en serio. De sentimientos nacionales y de nacionalismos hay de muchos tipos, y resumir su análisis en 'una quimera que subyuga al individuo' me parece insuficiente.

    Gracias y saludos,
    Dani

  2. Muy buenas,

    Que menos, antes de proceder a contestarte, que agredecer que comentes las discrepancias que puedas tener, así como que visites asiduamente este espacio. También me gustaría aclarar que este texto no tiene pretensión alguna de realizar un sesudo análisis sobre la nación y la sociedad (de hecho así lo quise mostrar tácitamente en la nota aclaratoria), sino que es una diatriba en contra de estos.

    Casi siempre que esgrimo estas ideas individualistas surge inmediatamente una reflexión entre los que las escuchan: el individuo es un ente social, que bebe de su cultura y que por tanto no puede separarse de ella. De tal manera me veo obligado a aclarar que en ningún momento he defendido que el hombre deba separarse por siempre del conjunto de la sociedad, aun cuando considere que hacerlo por periodos de tiempo concretos le resultaría muy beneficioso. Tampoco se ha dicho que el individuo anteceda a lo social —debate que, por otro lado, considero totalmente estéril—; más bien se preconiza que el individuo, al ser la única entenidad que existe en sí misma, ha de desechar todo lo que no proviene de él, pues lo que no surge de uno es necesariamente opresivo.

    Dices muy acertadamente que ''esto no es una ‘quimera’, o lo es en el mismo sentido que cualquier identidad colectiva lo es''; ya que es esto lo que yo defiendo. Me importa poco si la abstracción se llama Familia, Dios, Nación, Ley, Derecho, Humanidad, etcétera.; lo que adquiere relevancia es que no surge del individuo. Asimismo, dices que podría erigirse una sociedad que, sin saber muy bien de qué forma y añadiéndole un vector futurible, respetase la singaluridad vital. Pues bien, en tanto que esa sociedad esté reglamentada por el hilo nacional, familiar, o cualquiera externo al sujeto, al ego, no habrá libertad para éste último.

    Como digo, no diferencio entre tales términos porque su forma y fin es el mismo: una idea que se encuentra en todos y que de todos se nutre. La nación no es más que el 'Theos' y el nacionalismo su teología, siendo los nacionalistas, en última instancia, sus teólogos. Las diferencias a las que te refieres no suponen una diferencia de contenido, aunque puedan servir para maquillar la abstracción y darle ínfulas de peculiaridad. Espero que con esta analogía haya quedado más claro qué quiero dar a entender cuando digo que tras todas estas concepciones se esconde sólo una cosa: el imaginario colectivo que tiene pretensiones de sobredimensionarse hasta adquirir una tesitura de individuo.

    Por otro lado, estos no son los argumentos del anarquismo con respecto a la nación; estos son los argumentos de Máximo para con ella. Si el anarquismo difiere de estos o le gusta de otros, le animo a que haga acto de presencia y se disponga a defenderlos.

    Por último, y lamentando ser algo pesado, me tomo tan en serio al nacionalismo como me tomo a Dios o al Estado, es decir, con un profundo desprecio y a su vez con un incipiente interés en denostarlo.

    Un saludo.

  3. VonRichtoffen (@Kronstadter) says:

    Poniéndolo de otro modo: la única liberación nacional que concibo yo sería una que pusiese al pueblo en situación de poder liquidar su identidad nacional en favor de una completamente nueva si así lo desease y no lo ligase a unos valores y elecciones culturales por una sacrosanta "tradición" (palabra que no pretende más que dotar de respetabilidad la idea de "seguir haciendo lo mismo, aunque esté mal").

    Y lo creo así porque, si mis padres y los padres de mis padres ya decidieron por mí cómo ha de ser mi cultura y cuáles mi valores ¿qué voy a decidir yo? Contemplo el nacionalismo como un conjunto de elecciones predeterminadas y de consideraciones de lo que está bien que vienen desde fuera a la persona, que están bien porque otros lo dicen y otros lo asumen, no porque estén bien. Algo así no es más que una excusa para la inconsciencia, para no pensar y no decidir, lo cual es contrario a la libertad individual y popular. Así, creo que el nacionalismo esconde en su seno la negación de la autodeterminación de los pueblos. A esa autodeterminación (y a intentar que sea lo más abierta a la solidaridad, el hermanamiento, el apoyo mutuo y la puesta en común de la vida entre diferentes pueblos) es a la que estoy dispuesto a entregar mi lucha y no a ningún sucedáneo.

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