Una aproximación al conflicto Sirio (II)

Justificando la intervención militar en Siria

En general se ha pretendido presentar en los medios (más adelante hablaremos de el papel de estos) la intervención de EEUU en el conflicto Sirio como una defensa de los valores de la democracia liberal frente a un gobierno islamista y fuertemente autoritario.

Para encontrar la base fundacional de esta idea hay que remontarse al proceso conocido como primavera árabe en su versión Siria. La narrativa mediática construida sobre lo ocurrido nos cuenta que la oposición consistía en manifestantes pacíficos que exigían reformas más o menos profundas y que mostraban su solidaridad hacia las protestas que estaba teniendo lugar en algunos países norteafricanos. Estas manifestaciones pacíficas fueron respondidas por el gobierno de Al-Asad con una violencia atroz y totalmente desproporcionada. Frente a un gobierno tiránico surgía entonces una facción opositora que desencadenaba una guerra civil.

Si bien ya hemos visto que efectivamente había manifestantes legítimos en las protestas en Siria, también es cierto que desde un primer momento se encontraban grupos fuertemente armados formados por extranjeros. Ya el lunes 6 de Junio de 2011 se contabilizaron 120 bajas policiales en los enfrentamientos del gobierno sirio con estos grupos (http://exwebserv.telesurtv.net/secciones/noticias/93808-NN/al-menos-120-policias-muertos-en-siria-tras-enfrentramientos-con-grupos-armados/).

Otro de los episodios mediáticos que sirvió para demonizar el régimen de Al-Asad fue el de una bloguera lesbiana que narraba supuestas atrocidades del régimen de manera clandestina y que resultó ser un bloguero norteamericano que escribía desde Escocia (http://www.diariodemallorca.es/ultima/2011/06/14/bloguera-lesbiana-siria-escoces/678195.html)

También se han manipulado imágenes de manifestaciones y de ataques para darles el signo que interesaba a los medios occidentales y se han inventado mártires y víctimas de la represión del gobierno de Al-Asad. Por ejemplo, la matanza de Houla en mayo de 2012, donde yihadistas asesinaron a suníes que ellos consideraban colaboracionistas con el gobierno, fue vendida como una matanza de suníes perpetrada por el gobierno sirio (recordamos que Al-Asad pertenece a la minoría alauí, aliada con chiíes y cristianos en contra de la mayoría suní según la generalización que pretende interpretar el conflicto sirio en clave étnica).

También es interesante notar cómo la prensa “de izquierdas” en el estado español perteneciente al grupo Mediapro (La Sexta, Público) ha sido de las que más ha hecho por favorecer la intervención en Siria. Esto se debe a que este grupo empresarial y en especial su dueño, Jaime Roures, tienen importantes negocios en Qatar, uno de los países que promueve el terrorismo yihadista. No por casualidad Mediapro es una de las pocas empresas españolas con oficinas en Doha. Así, no es de extrañar tampoco que el PSOE se lance a apoyar la invasión sobre Siria, incluso sin el aval del consejo de seguridad de la ONU, hablando de “castigar al régimen de Al-Asad”.

Para encontrar más información sobre las manipulaciones que nombramos y las fuentes que informan sobre las mismas puede leerse el artículo Los mass media contra Siria, publicado en la revista Amor y Rabia, número 66 de Junio de 2013. Recomendamos encarecidamente la lectura de esta revista.

Con todo esto no se pretende negar el carácter autoritario del gobierno de Al-Asad, sino poner en contexto hasta qué punto esta denuncia se magnifica para justificar unos intereses políticos y económicos concretos y engañar a la población. Según las memorias del exprimer ministro británico Tony Blair, después de la invasión de Irak, Dick Cheney se mostraba a favor de invadir Siria e Irán para destruir por completo el denominado Eje del Mal. Son muchos los ojos de potencias extranjeras que posan la mirada en Siria y los medios llevan bastante tiempo construyendo en base a mentiras las justificaciones a la intervención militar.

El último capítulo en esta serie de justificaciones se abrió el pasado 21 de agosto de 2013. El gobierno de Al-Asad bombardeó los barrios periféricos de Damasco controlados por la oposición. Si bien este ataque ha sido confirmado por el gobierno, la oposición denuncia el uso de armas químicas para gasear a la población civil, extremo que niega el ejecutivo. El 19 de marzo de 2013 en Aleppo ya se había dado un primer ataque en el que se aseguró que armas químicas fueron usadas donde gobierno y oposición se acusaron mutuamente. La tenencia de este tipo de armas ha sido confirmada por el gobierno sirio, que aseguró que no las ha utilizado ni las utilizaría salvo en caso de invasión extranjera.

De ser cierto el uso de armas químicas (se habla de gas sarín) este se habría desarrollado a pocos kilómetros de donde un comité de la ONU investigaba precisamente el uso de armas químicas por parte del gobierno sirio. Lo cierto es que aún no se han hecho públicas pruebas concluyentes respecto al uso de armas químicas y su autoría. Parece más bien que todas las declaraciones que pretenden confirmar el uso de armas químicas por parte de Al-Asad tienen, ante todo, el objetivo de justificar la intervención militar de occidente en Siria.

Para Salih Muslim, colider del PYD, Al-Sad no es tan estúpido como para realizar un ataque químico como el que le atribuye la oposición. Según Muslim hay otras partes interesadas en culpar al régimen sirio para justificar una intervención militar.

El gobierno ruso asegura tener pruebas de que los rebeldes están usando armas químicas y las ha entregado al Consejo de Seguridad de la ONU. Mientras, John Kerry, secretario de Estado de los EEUU ha tendido involuntariamente una cuerda al régimen de Al-Asad al declarar que el gobierno sirio puede evitar el bombardeo en el caso de entregar las armas químicas. Desde Moscú han declarado estar de acuerdo con la propuesta de Kerry y desde el gobierno Sirio han aceptado colaborar con Rusia para evitar el ataque. Por mucho que el Departamento de Estado de EEUU haya intentado desmentir que se tratase de una oferta, lo cierto es que Obama se ha visto obligado a retrasar la votación en el Senado para autorizar el ataque sobre Siria, prevista para hoy miércoles, y a admitir por primera vez una posible solución negociada.

Una aproximación al conflicto Sirio (I)

Siria, como Libia, supone desde hace ya tiempo una de las caras más amargas de la llamada primavera árabe. El país ha acabado sumido en una guerra entre las Fuerzas Armadas Sirias y los grupos armados que se oponen al gobierno de Bashar Al-Asad. Por mucho que entendamos el proceso de la primavera árabe como un levantamiento de los pueblos árabes oprimidos, no podemos explicar el caso sirio desde esta perspectiva (o no solo). A las protestas legítimas contra el régimen Al-Asad se sumaron desde el primer momento acciones armadas destinadas a desestabilizar el país, financiadas por potencias extranjeras como EEUU, Francia y Gran Bretaña.

En el caso de Siria, con la importancia geoestratégica de la región (país clave en la conducción de petroleo) los cambios en el ejercicio de poder en la zona como resultado de la emergencia popular afectan de manera decisiva a las relaciones de poder mundiales. Todos los actores (internos y externos) han movido sus cartas en esta partida.

La intervención en Siria no sigue un esquema simplista. A nivel internacional algunos hablan de dos bandos (Rusia, Irán, China y el gobierno de Al-Asad en contra de EEUU, Francia, Gran Bretaña, Qatar y Arabia Saudí) pero lo cierto es que entre los actores de un mismo bando también existen importantes divergencias y enfrentamientos. Por lo mismo tampoco es cierta la idealización que sitúa al gobierno de Al-Asad como parte de un bloque antiimperialista (más bien nos encontraríamos ante un enfrentamiento entre potencias imperialistas de distinto signo). Por último, aunque se mezclan motivos étnicos y religiosos (Alauíes, chiíes y cristianos contra suníes) no basta esto para determinar que se trate de una auténtica guerra civil, ya que buena parte de los rebeldes no son otra cosa que mercenarios a sueldo.

El objetivo de este artículo es arrojar un poco de luz sobre lo que está pasando en Siria y los intereses geopolíticos que intervienen en el conflicto.

¿Qué actores intervienen en la guerra Siria?

El gobierno de Al-Asad

La familia Al-Asad es alauita (una vertiente del chiísmo) que es una minoría en Siria a diferencia de los sunitas, mayoría en el país. El padre de Bashar Al-Asad, Hafez Al-Asad, reprimió revueltas sunitas generando matanzas como la Masacre de Hama. Durante su gobierno, Hafez buscó acercamientos con las URSS y luego se alió con Egipto en la Guerra de Yom Kippur contra lsrael.

Bashar Al Asad, al igual que su progenitor, tiene orígenes militares y forma parte del Partido Baath Árabe Socialista, que se mantiene en el poder desde 1963. Las élites sirias, formadas por el partido Baath, junto a los militares y la burocracia estatal, respaldaron la candidatura de Bashar al poder en 2000. Desde entonces se ha mantenido en el poder gracias a una política diversa que le ha permitido  blindar su república hereditaria.

A nivel de interior, la política de Bashar Al-Asad puede considerarse aperturista y liberal en lo económico. El 10º Plan Quinquenal del gobierno de Bashar al-Asad para los años 2005-2010 fue alentado por Estados Unidos y la Unión Europea. Los objetivos de este plan son típicamente neoliberales: bajos niveles de inflación, privatizar las empresas estatales, revisar los subsidios, liberación gradual de los precios y los mercados y apertura de las fronteras al comercio (reducción o eliminación de impuestos aduaneros y aliento a la inversión extranjera).

Es cierto que el aperturismo económico no vino acompañado de mayores libertades públicas. El nivel de represión no ha disminuido durante los años de gobierno de Al-Asad. El constante estado de emergencia, las leyes marciales y la falta de pluralismo político marcan la sociedad siria. La minoría kurda, comunidad étnica no árabe que representa el 10% de la población, sufre un notorio ostracismo político, social y económico. El Partido de la Unión Democrática (que reclama "el levantamiento de las barreras a la lengua y la cultura kurdas y el reconocimiento de la existencia de la nacionalidad kurda dentro de la unidad del país") es ilegal y sus miembros son constantemente encarcelados.

A nivel de política exterior, sus alianzas con Irán, Hezbolá y Hamás han mantenido su componente nacionalista árabe. Siria apoyó a Hezbolá cuando Israel emprendió una guerra contra la milicia en el sur del Líbano. Fruto de estas alianzas, que la enfrentan a Israel, el gobierno de Al-Asad encuentra hoy en Occidente defensores que le sitúan como parte de un frente de resistencia antisionista y antiimperialista. Si bien es cierto que ha logrado mantener estas alianzas a pesar de las presiones de Occidente, esto no puede ocultar la imposición de un estado policial a la población siria, ni el impulso del gobierno a las políticas económicas del neoliberalismo, siempre en defensa de los intereses de las élites sirias, que mantienen a un tercio de la población siria bajo el umbral de pobreza.

De cara al actual conflicto, podemos nombrar a Irán, Rusia y China como los principales aliados económicos y militares del país. Rusia posee una base militar en Siria fuertemente armada. Irán, a través de Hezbolá en Siria, puede mantener amenazado a Israel. Con todo, el apoyo de Irán, Rusia y China al gobierno de Al-Assad presenta distintas intensidades y formas.

La oposición armada siria

El Consejo Nacional Sirio (CNS) fue la primera institución que se creó con el objetivo de aglutinar a la oposición. Apoyada en su momento por Turquía, Egipto, Qatar y Hamas tenía una fuerte presencia de los Hermanos Musulmanes (HM) en su seno. Excepto Turquía, el apoyo del resto de actores se ha puesto en duda con la caída de los HM en Egipto y la transferencia de poder en Qatar. Esto dio como resultado una pérdida significativa del poder de los HM en la región (algo celebrado en principio por el gobierno).

Otra institución aglutinadora de la oposición es la Coalición Nacional de las Fuerzas  Revolucionarias y de Oposición Sirias (CNFROS). El motivo oficial de su creación es que el CNS falló en su objetivo de controlar las tropas en el terreno, aunque como motivo de fondo se encuentra la desconfianza que los HM (que dominaban el CNS) generan tanto en Arabia Saudita como en Estados Unidos. La CNFROS ocupó el lugar de Siria en la reunión de la Liga Árabe que tuvo lugar el 26 de marzo pasado y fue reconocida como la representante legítima del pueblo sirio por 120 Estados y organizaciones (Estados Unidos, la Unión Europea, Turquía, la Liga Árabe y el Consejo de Cooperación del Golfo entre otros). Las disputas en el interior de la CNFROS reflejan las existentes entre Qatar y Arabia Saudita y los pesos relativos de uno y otro Estado en el manejo del conflicto. Cuenta con el apoyo del Ejército Sirio Libre (ESL) pero no de otras agrupaciones armadas que están combatiendo en el terreno, como el Frente Al-Nusra.

Respecto a las tropas opositoras en el terreno, la más importante (aunque no la más numerosa) es el ESL. Fue formado en agosto de 2011 por desertores del ejército sirio que se asentaron en Turquía. A pesar de lo que indica su nombre, el ESL no es un grupo homogéneo, sino que existen varios hombres que son proclamados o se proclaman como líderes del mismo. Para ponerle fin a esta situación, en diciembre de 2012 se formó, con el apoyo de Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Arabia Saudita, Qatar y Turquía, el Comando Supremo Militar. Su objetivo es centralizar el mando y la coordinación de las operaciones.

Entre los grupos armados nucleados en torno de una identidad religiosa, se encuentran el Frente Al-Nusra y el Frente Islámico Sirio. En cuanto al primero, designado por Estados Unidos como una organización terrorista, se trata del frente de este tipo más poderoso del país y fue fundado con la ayuda de Al-Qaeda en Irak. Respecto al segundo, es un frente que incluye distintas agrupaciones salafistas que están luchando en Siria.

Los enfrentamientos entre los opositores al gobierno sirio no se reducen a aquéllos existentes entre el Frente Al-Nusra, con vínculos con Al-Qaeda, y el Ejército Sirio Libre (ESL). Como ya se ha mencionado, existen también divergencias entre los socios de la Península Arábiga: Arabia Saudita y Qatar. Mientras que Riad apoya a unos, Doha hace lo propio con otros. Sus aliados más cercanos también difieren: en el campo saudí pueden ser colocados, aunque también con diferencias, Estados Unidos y Jordania; en el qatarí, Turquía y (hasta la caída de los Hermanos Musulmanes) a Egipto y sus aliados de Hamas.

Como también se ha comentado, esta tensión entre países del Golfo podría verse aliviada por la renuncia del ex Emir de Qatar, Hamad bin Khalifa Al-Thani, y la llegada al poder de su hijo, Tamim bin Hamad Al-Thani. Sin embargo, entender las causas y consecuencias de la transferencia de poder en Qatar excede los objetivos de este artículo.

El papel de los revolucionarios y las minorías kurdas

La primavera árabe en Siria, como en el resto de países donde se vivió este proceso, tuvo un importante componente de levantamiento de los pueblos oprimidos contra gobiernos autoritarios. A darle esa dimensión revolucionaria a las protestas contribuyeron múltiples actores, entre ellos las minorías kurdas y libertarios como Omar Aziz.

Este último, que regresó a Siria desde el exilio en los primeros días de la revolución siria, publicó un documento de reflexión sobre los Consejos Locales. Establecía a estos como el foro en el cual gente de diversas culturas y diferentes estratos sociales podrían trabajar juntos para conseguir tres objetivos principales: controlar sus vidas independientemente de las instituciones y órganos del estado, proveer el espacio para habilitar la colaboración colectiva de las personas, y activar la revolución social a nivel local, regional y nacional.

Durante los primeros compases de la revolución, los revolucionarios trabajaron por llevar a la vida diaria los valores que se esgrimían en las protestas contra el gobierno. Múltiples iniciativas surgieron por todo el país: servicios de emergencias médicas y legales voluntarios, conversión de casas en hospitales de campaña, distribución de cestas alimentarias a la población...

La principal forma de organización revolucionaria ha sido el desarrollo de los tansiqiyyat, comités locales establecidos en barrios y pueblos por todo el país. Aquí se pueden ver los esfuerzos en Yabroud (un suburbio de Damasco) para organizarse sin estado en octubre de 2012. Algunos comités locales eligieron representantes como en Kafrandel Idlib, donde un comité de representantes electos crearon su propia constitución en diciembre de 2012 (ver aquí).

En las ciudades y los distritos se establecieron consejos revolucionarios llamados majlis thawar. Son la principal estructura civil administrativa en áreas liberadas del estado,y también en algunas áreas que siguen bajo control estatal.

Han surgido varios grupos coordinadores para entrelazar el nivel regional y el nacional, aunque la mayor parte de la actividad es a nivel local. Ninguno de estos grupos representa la totalidad de comités y consejos locales. Además varían en sus estructuras orgánicas y su nivel de relación o rechazo con la oposición, puesto que algunos consejos incluso han caido bajo el control de fuerzas reaccionarias.

Para más información sobre la actividad de los grupos revolucionarios y sus formas de organización se puede leer en internet el siguiente artículo en alasbarricadas.org, de donde hemos extraido esta información: http://www.alasbarricadas.org/noticias/node/26064

Respecto a las minorías kurdas, estas participaron desde un primer momento en las protestas revolucionarias, pero fueron marginadas por la oposición. Durante el comienzo de la guerra, la minoría kurda en Siria adoptó una posición contra Al-Asad y también contra la oposición siria. En palabras de Asia Abdula, una de las líderes del Partido de la Unión Democrática (PYD), principal partido del kurdistán occidental: “Nuestra propuesta desde un principio era la de una revolución pacífica y nuestra posición la de la autodefensa. Desde el 19 de julio de 2012 controlamos nuestras áreas a pesar de los problemas puntuales como en Qamishlo o en Serekaniye. Sufrimos a los Assad durante décadas y la oposición nos ha dado la espalda por lo que ningún kurdo del oeste permitirá a nadie de fuera interferir en nuestras propias decisiones.” Asia se expresaba así en una entrevista a Gara que merece la pena consultar: http://gara.naiz.info/paperezkoa/20130727/415217/es/El-Siria-es-caos-controlado.

Efectivamente en Julio del 2012 milicias kurdas expulsan a las fuerzas del gobierno de los pueblos del norte de Siria y desde entonces se encargan de la defensa y administración de la zona de manera autónoma. Eso les lleva a convertirse en un actor propio dentro del conflicto sirio.

Probablemente en un intento por no abrir más frentes de lucha y asegurarse aliados en el norte el gobierno de Al-Asad acepta tácitamente el control kurdo sobre la zona declarada autónoma. Los kurdos niegan entonces la entrada de fuerzas del Ejército Libre de Siria en la región dominada por sus milicias, estableciendo una política de autonomía contraria tanto al gobierno sirio como al papel de la oposición mercenaria. En la autonomía de estos territorios, además de kurdos también colaboran árabes y cristianos. El PYD apuesta por una sociedad laica.

La oposición siria durante este tiempo ha atacado repetidamente los territorios autónomos kurdos, registrándose enfrentamientos con el frente Al-Nusra (cercanos a Al Qaida). La critica a la extracción de recursos naturales de la zona que realizan los kurdos también les enfrenta a EEUU. Del mismo modo dan una importancia sorprendente a la lucha antipatriarcal y al papel de la mujer. De nuevo en palabras de Asia Abdula: “Son dos revoluciones simultáneas: la de nuestro pueblo y la de la mujer.” Así, se encuentran en una posición revolucionaria de crítica tanto al capitalismo occidental como al islamismo.

Las relaciones de los kurdos en territorio sirio con el Partido Democrático del Kurdistán, que gobierna en los territorios kurdos de Irak, son confusas. Viene de lejos el conflicto entre Barzani, lider del PDK, partidario de la creación de un estado kurdo y los kurdos partidarios del confederalismo democrático, proyecto político del PYD y del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK). Barzani ha impedido durante meses la entrada de kurdos por la frontera con siria, aunque finalmente parece decidido a apoyar a los kurdos en Siria enviando recursos y, quizá, abriendo la frontera.

Las fuerzas internacionales en el conflicto sirio

Respecto a los países que colaboran con la oposición: Turquía facilita el paso de armas y tropas de la oposición siria por su territorio. Francia y EEUU entrenan a tropas en este país. Turquía junto con Qatar ha financiado a los HM sirios. EEUU, además de aprobar en el congreso armar a la oposición Siria, ha desplegado sus tropas en Jordania. El problema de EEUU ya no es si armar o no armar abiertamente a los grupos opositores, sino cómo hacerlo de modo tal que no sean beneficiados los sectores yihadistas, contrarios por lo demás a sus intereses y los de Israel. La CIA también facilita la compra de armas de la oposición siria, financiadas por Arabia Saudí. Israel es el único país que aún se resiste a declararse firme partidario de la oposición, por cuestiones políticas (el apoyo de Israel a la oposición generaría rechazo entre los apoyos árabes a esta). A pesar de ello ha bombardeado instalaciones militares del gobierno sirio.

Entre los aliados de Al-Asad se encuentran, además de las milicias de Hamás y Hezbolá, los estados de Irán, Rusia y China. La acción económica de estos tres actores es lo único que ha permitido al gobierno sirio evitar una crisis que le impediría mantener a sus tropas. En el caso de Irán, el gobierno sirio es el único aliado árabe que le queda en la zona, por lo que lo ha apoyado con financiación y tropas sobre el terreno. Rusia también ha actuado en favor de su único aliado árabe entregando misiles antiaéreos al ejército de Al-Asad y abogando por una salida negociada al conflicto en instancias internacionales. El apoyo Chino ha sido más tibio. En el Consejo de Seguridad ha mantenido la misma posición que Rusia, negándose a apoyar una resolución de este contra el gobierno de Al-Asad. También ha denunciado contactos de la oposición siria con los grupos que señala como desestabilizadores de su región de Sinkiang.

Indómitos: una aproximación al islamismo yihadista. IV

América ha salido de sus cuevas”: política (exterior) tras el 11S e (interior) tras el 11M.

¿Tenían un objetivo estratético, más allá de la destrucción, los planes para la acción del 11S? ¿Pretendían acaso los cerebros de al-Qaeda la apocalíptica reacción que de hecho consiguieron arrancarle a la administración de Bush hijo y que incluyó una nueva intervención militar en Oriente Medio?

Los atentados del World Trade Center y el Pentágono el 11 de septiembre de 2001 supusieron una conmoción para la sociedad americana y un jaque al rey. Los EEUU recibieron un recordatorio de la fragilidad de sus defensas en un momento que suponían pacífico: su supremacía militar y la falta de una potencia hegemónica que le hiciera sombra habían creado la ficción de la inmortalidad. Acostumbrada a la permanente tensión de la Guerra Fría y a la amenaza ya muerta de las cabezas nucleares soviéticas, tras la disolución de la URSS y con la llegada del salafismo yihadí la nación tuvo que afrontar una forma muy otra de enfrentarse al enemigo. Esta vez no se trataba de un adversario masivo, como lo fue Rusia, sino de un grupo terrorista prácticamente desconocido que impactó en las defensas de la gloriosa norteamérica y las quebró violentamente. Varias consecuencias subsiguen a la mayor intervención efectuada por una fuerza militar no estatal hasta ahora.

La primera de ellas es el radical cambio que experimenta la agenda de los EEUU en materia de seguridad y política exterior. El primer mandato de George W. Bush se enfocó hacia una retirada progresiva de tropas en el extranjero, además de una reducción considerable del presupuesto destinado al ejército. De alguna manera se pretendía retornar al estadío más aislacionista del país. El devenir de los acontecimientos, sin embargo, obligó a la administración presidencial de Washington a volver al intervencionismo que tan habitual había sido en anteriores legislaturas. Amparado en un deber moral para con el mundo, Bush Jr. declaró la “guerra contra el terror” y envió de forma inmediata tropas al Medio Oriente, del que sólo hacía unos años que había regresado. La respuesta adquiere una forma clásica: la declaración de guerra. Ante la negativa del gobierno talibán a entregar a bin Laden y sus secuaces, que siempre habían mantenido buenas relaciones con su régimen, se da paso a la invasión de Afganistán, que aún dura, por parte de las tropas americanas. A ello se suma la controvertida guerra en Irak –a diferencia de la afgana esta no contaba con el apoyo de Turquía, pese a ser miembro de la OTAN, ni de la Liga Árabe, que sí la habían legitimado en el caso de la toma soviética veinte años atrás–, iniciada el mismo año de 2001 y englobada igualmente en el combate general contra “el Eje del Mal”. Lo cierto es que el despliegue de tropas por toda la zona del Golfo se había efectuado de forma progresiva antes de dar comienzo a las hostilidades; EEUU, con la excusa de neutralizar la amenaza que Hussein suponía para la seguridad internacional debido a la posesión de armas de destrucción masiva –algo que no se ha confirmado hasta la fecha– y la pretensión de instaurar un régimen democrático en el país volvió a tomar posesión en un área donde le era de suma utilidad tener el control: la cuenca petrolífera por excelencia.

Ahora bien: son declaraciones del propio bin Laden tras los ataques de 2001 en medios islamistas, como la cadena qatarí Al Jazeera, las que inducen a pensar que esta invasión formaba parte del plan. Demos credibilidad por un segundo a la suposición de que más que considerar la destrucción del principal centro financiero de los EEUU como el fin principal de los atentados del 11S lo que se pretendía era esta respuesta violenta desde Washington para contraatacar la afrenta sufrida. “América ha salido de sus cuevas”, dijo el cabecilla de la Yihad: el enfrentamiento con un enemigo poderoso y percibido por la comunidad musulmana como claramente externo y opuesto a los valores islámicos tiene sin duda mayor capacidad de convocatoria que la lucha contra el enemigo cercano, con la que el fundamentalismo ya había claudicado tiempo atrás –cuando las salvajes persecuciones a las que se vieron sometidos los miembros de los grupos yihadistas mermaron por igual sus efectivos y sus ánimos–. Es decir: la provocación que para toda la sociedad occidental supone el 11S se idearía como catalizador para una futura provocación del mundo musulmán que hiciera a su vez alzarse el clamor furioso de la Umma.

No cabe duda de que a la imagen de los EEUU le benefició de una u otra forma la agresión de que fue objeto. Frente a la situación plana de liderazgo de la fase anterior, en la que no se enfrentaba de facto a un enemigo poderoso de similares capacidades económicas y militares, ahora se posiciona como una potencia que está bajo una amenaza real, fraguando su hegemonía y, de paso, la legitimidad de su invasiva presencia en el Medio Oriente. Sin embargo la marca EEUU se ha vistotambién muy desprestigiada debido a las técnicas de tortura –eufemísticamente llamadas enhanced interrogation techniques, técnicas de interrogatorio mejoradas– que empleó contra los individuos implicados en los ataques del 11S detenidos bajo sus órdenes; así como por la posibilidad de que la ejecución de Saddam Hussein en 2011 fuera un acto extrajudicial. La opinión pública mundial no era ajena a las atrocidades cometidas por los agentes de seguridad que decían luchar contra el terrorismo pero utilizaban métodos que se asemejaban mucho a él.

Siendo cierto lo anterior, encontramos justificación política también para las explosiones de los cuatro trenes en Madrid el 11 de marzo de 2004. Después de la masacre el gobierno del Partido Popular –que finalizaba su legislatura apenas unos días después del suceso–, con José María Aznar como su presidente, se esforzó enormemente a nivel mediático para intentar difundir la opinión de que había sido la organización más señera del terrorismo español, ETA, la responsable. Pronto surgieron dudas sobre esta versión: con una capacidad muy mermada en los últimos años ETA no parecía tener la fuerza logística suficiente para llevar a cabo algo de tales dimensiones. Sin embargo los populares eran muy conscientes de lo que, de haberse creído, esto supondría en su beneficio –aunque sólo fuera posible minimizar los daños, que no evitarlos del todo–. Recordemos que España prestó sus tropas en apoyo a la intervención estadounidense en Irak, con la oposición de gran parte de la ciudadanía. Permitir que se vinculara el 11M al mundo islámico no significaba sino que la población lo asumiría como una venganza, culpabilizando al PP en tanto que se opuso a la opinión de la mayoría y, haciendo caso omiso a las protestas, apoyó el golpe militar. Y así fue: el 14 del mismo mes las votaciones dieron el poder al gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero.

Es difícil, de cualquier forma, aseverar la pertenencia de los yihadistas a quienes se culpabilizó de las explosiones en Madrid al núcleo de al-Qaeda. En cualquier caso, no se tataría esta de una organización matriz al uso, de la que emergieran las distintas células que quedarían bajo su control: más bien los grupúsculos independientes se verían hermanados ideológicamente por la Yihad y el islamismo, lo que, en principio, sería suficiente para prestar sus servicios y aceptar el martirio por la causa sagrada; si bien se ha hablado mucho de la posible función de enlace entre la agrupación local y la oriental que algunos implicados podrían tener.

J.

Indómitos: una aproximación al islamismo yihadista. III

Salafismo yihadí: algunas nociones.

Lo que se ha dado en llamar “fundamentalismo islamista” propone algo tan simple como el retorno absoluto a los textos coránicos para la ortopraxia de la doctrina y la regulación de las sociedades regidas por gobiernos islámicos. Este literalismo no es exclusivo del salafismo: el amplio panorama de la resistencia islámica frente la permisividad de los regímenes árabes para con las potencias extranjeras, en el caso que nos ocupa los Estados Unidos (pero también la URSS en la época en que se inicia la gestación de al-Qaeda, cfr. supra), o la intrusión de valores políticos occidentales y democráticos tiene múltiples ramificaciones y tendencias interpretativas que consideran, cada una a su manera, la necesidad de atenerse de forma extricta a la Sharia.

Desde una perspectiva cronológica el salafismo yihadí surge como doctrina concreta en los años finales del siglo XX, como la denominación que los integrantes de los grupos paramilitares se dan a sí mismos. Los salafiyyah, “antecesores”, los primeros seguidores del Profeta, contemporáneos a su tiempo y compiladores de sus enseñanzas, son considerados los practicantes más estrictos del islamismo. Es este seguimiento disciplinado e incuestionable del Corán lo que se busca recuperar y para ello se pretende reactivar el sentido de la Yihad en su acepción de guerra santa y justa: son varias las ocasiones en que bin Laden hace, en los comunicados tras los ataques del 11S, mención al terrorismo que fomenta calificándolo como bueno, frente al terrorismo nocivo e intruso de los EEUU en la zona árabe y justificándolo como respuesta.

Tenemos, entonces, la fusión de dos conceptos: el retorno purista a la verdadera religión y el método para lograrlo, la Yihad. El producto que resulta de ello es un esfuerzo, sostenido por grupos minoritarios, para inculcar la lucha por el Islam, en su sentido más sangriento, a cada individuo de los que conforman la gran comunidad que es la Umma. Proclamada como deber personal, no es necesario que medie el dictamen de un gobernante musulmán de un estado democrático llamando a ella. Esta obligación religiosa –y por tanto sagrada– deberá abordarse con o sin el mandato explícito de un superior político y, si fuera necesario, en su contra: no apoyarla constituiría una herejía, una desobediencia a los mandatos superiores de Alá. En esta idea, difundida profusamente por el teórico Sa'id Qutb (cfr. infra) –intelectual egipcio, del que al Zawahiri se declara confeso discípulo– entre otros, se fundamenta la oposición de grupos como al-Qaeda a los regímenes de gobierno como el Saudí, que incurren en esta impiedad, en esta yahiliyyah: la ignorancia pecadora preislámica. En tanto que la soberanía de dios en la tierra es real y la única legítima, cualquier imposición de ley secular pretendida no sólo se ve como una intrusión del modo occidental –acicate también para los comunicados que justifican la lucha contra el invasor – sino que constituye una violación de la ley divina en toda regla, una muestra imperdonable de la arrogancia humana. Atenerse a la ley terrena constituye una ilegalidad conforme a la ley divina. Los precedentes para la conformación de este rigorismo, conocido como reformismo musulmán– en tanto que su objetivo es recuperar la legitimidad de los gobiernos mediante el retorno a la observancia de la Sharia–, son numerosos. Desde al-Afgani al propio Zawahiri, considerado el número dos de al-Qaeda y su principal teórico, un rosario de pensadores se asocian a esta corriente severa. Todas las inflexiones de esta línea intelectual distan entre sí en sus presupuestos. Es fundamental extraer la figura de Qutb y analizar su influencia, de enorme peso para la configuración y legitimación de los objetivos globales de la Yihad.

Sa'id Qutb, nacido egipcio, fue un miembro fundamental de los Hermanos Musulmanes1, ostentando su dirección durante la época de los sesenta y setenta, una de las más activas a nivel político –lo que equivale a decir una de las más violentas– de la organización, durante la cual tomó parte en diversos atentados en Egipto, fue prohibida y sus miembros sufrieron la persecución, encarcelamiento y muerte a manos del gobierno. Qutb destacó en su juventud por su laicidad y moderación: no es hasta su viaje a EEUU en 1948, en un envío especial del Ministerio egipcio de Educación para el que trabajaba, que descubre su profunda fe en el Islam y repudia las costumbres occidentales, atacando directamente el consumismo, el libertinaje y la vacuidad de sus sociedades. Es a su vuelta a su país natal dos años más tarde cuando abraza la religión de forma radical, deja su puesto en la administración civil y comienza su militancia en los HHMM. Sus prédicas contra todo lo considerado un valor occidental inmiscuido en las sociedades islamistas, entre lo que se contaban los gobiernos de los países árabes, el calibre de los ataques perpetrados por la guerrilla asociada a la ideología panislámica relacionada con la hermandad y su implicación en el intento de asesinato del presidente Nasser –enfrentado públicamente a los Hermanos pese a la fase inicial de su mandato, cuando estos apoyaron el golpe de estado que derribó la precedente monarquía, remanente de la autoridad británica colonial– fueron el motivo de su encierro en prisión, donde escribió su obra más influyente, y de su permanente tortura hasta su ajusticiamiento en el 66. Juzgo importante considerar las condiciones de penuria y sufrimiento extremo que sufrió el principal motor intelectual de la Yihad salafista para comprender su posicionamiento a favor de la violencia. Acérrimo defensor del retorno al islam como toda fuente legislativa, puede decirse que engendró el concepto de enemigo cercano, posteriormente matizado por al-Zawahiri, refiriéndose a aquellos dirigentes que, obviando el mandato divino, dirigían sus naciones a golpe de ley secular. Esto será lo que posteriormente impulse el empeño de bin Laden para deslegitimar la monarquía saudita, infiel, ignorante de la norma, y su declarado alejamiento del wahabbismo –enmarcado también en las doctrinas reformistas– adoptado oficialmente por esta.

El llamamiento ladenista contra el enemigo estadounidense se fundamenta, pues, en esta necesaria sumisión de la comunidad al mandato de Alá, que no es sino el primer paso para encarar posteriormente la lucha contra el enemigo lejano.

Frente a las interpretaciones de la violencia como un acto nihilista de destrucción y algo intrínsecamente ligado a las enseñanzas de las azoras hay quien defiende que se trata de un conflicto más político que religioso (Burgat, 2006) y plenamente justificado en términos de autodeterminación de los pueblos y de la resistencia frente a la opresión y al adoctrinamiento occidental –ese etnocentrismo estadounidense generado por la supremacía moral que la máxima potencia mundial en términos culturales, económicos y simbólicos, se arroga–. Entender el retorno al Islam como algo legítimo y sociopolítico, en reacción a la invasión de potencias extranjeras cuyos intereses en la región juegan en contra de la soberanía del pueblo, más que como un movimiento sectario no impide reconocer el carácter extremista de los grupos que, como al-Qaeda, al-Yihad o Hezbollah, pretenden la liberación de la opresión neocolonial mediante métodos igualmente totalitarios y destructivos.

J.

1Asociación de larga andadura, fundada en 1928 por el teórico Hassan al-Banna con propósitos comunitarios y de reunión en torno al islamismo, cuya deriva no es posible analizar en un marco tan escueto como este. Valga decir que la interferencia entre ella y los movimientos yihadistas ha sido enormemente fructífera: la radicalización de sus miembros ante la respuesta tibia que la hermandad sostuvo frente a las agresiones contra el enemigo espiritual en varios países, principalmente Egipto, donde se originó, hizo que muchos abandonaran para entregarse a una lucha más en firme. Entre los que dejaron la matriz se encuentra el ya mencionado Ayman al-Zawahiri.

Indómitos: una aproximación al islamismo yihadista. II

De cómo la URSS inseminó a Afganistán con la semilla del yihadismo radical (pt. 2).

La llamada a la yihad defensiva, promovida por las autoridades religiosas ante la invasión extranjera, constituye una empresa a nivel individual, un deber que debe ser cumplido por cada integrante de la Umma atendiendo a su compromiso con el Islam. Frente a esta modalidad, la yihad ofensiva únicamente puede ser dirigida por un responsable político o militar, cuya competencia es la dirección del séquito guerrero y sus acciones. Aquí encontramos un primer dato interesante para comprender la diferencia entre los posicionamientos que dividen la opinión musulmana con respecto a la comprensión del yihadismo: la comprobada capacidad de llamada de las fatwas (resoluciones jurídicas pronunciadas por la autoridad religiosa competente, los muftis o los ulemas1, en base al fiqh cuando la aplicación de las leyes del Corán es dudosa) lanzadas a petición de las asociaciones islamistas internacionales (tanto la Liga Islámica Mundial como otras creadas ad hoc a raíz del conflicto nacional) podía suponer un conflicto de tipo geopolítico de gran seriedad. En tanto que en el ámbito islámico, desde Marruecos a Arabia Saudí, todavía quedaban países que prestaban su apoyo al bloque comunista (Yemen del Sur, sólo unificado en una única entidad nacional en 1990; Argelia, Siria, la Organización por la Liberación de Palestina), si todo musulmán estaba llamado a la Yihad contra la invasión soviética de Afganistán entonces ello incluía a los habitantes de los países favorables o dependientes de la URSS, con la consiguiente tensión diplomática para sus gobiernos. En cualquier caso, la brecha que se abre entre comunistas y muyahiddin en 1979 supone el retorno a “la religión como el único idioma politico disponible”: los intelectuales islamistas y anticomunistas se vieron en la obligación del exilio y las medidas represoras del nuevo régimen comunista provocaron un descontento que cristalizó en una sublevación religiosa, que aunaba, al fin, a la fracción agfana de la Umma y a todos los defensores del Islam. Y de ahí a la resistencia, auxiliada por los yihadistas salafistas. Estos operativos, formados semiclandestinamente tanto en el territorio afgano como en los países anexos –entre los cuales Pakistán conformó el centro neurálgico, como se verá más adelante–, fueron llamados a prestar la ayuda necesaria para defender la tierra ocupada y la vuelta a un estado teocrático cuya legalidad estuviera fundamentada únicamente en la Sharia, la ley coránica. Si bien no tomaron parte de manera determinante en los diez años que duró el conflicto rusoafgano –con algunas excepciones notables, como la del joven Osama bin Laden, que combatió activamente a partir del año 1985 en Afganistán, previo paso por las bases de entrenamiento de Islamabad–, su importancia se cifra en que fueron el embrión de lo que sería la futura disidencia islámica radical. La guerra brindó a miles de jóvenes, todos defensores de la pureza de la religión de Alá y fervientemente convencidos de la conveniencia de instaurar un gobierno islámico central en el núcleo geográfico arábigo, la oportunidad de crear lazos y desarrollar sus capacidades militares mediante un adiestramiento severo e intensivo. Al Qaeda había sido engendrada.

Ya con Gorbachov en el poder, haciendo gala de una política menos intervencionista – enmarcada en las reformas económicas y políticas de la Perestroika y la intención de transparencia del glásnost y pretendiendo restaurar la armonía de las relaciones con EEUU tras el antagonismo de la Guerra Fría– y presionado por un ejército desalentado, Moscú retira sus unidades de Afganistán en febrero de 1989, tan sólo unos meses antes de la total desintegración de la URSS. Esto precipita el desenlace de la intervención occidental y el cambio de las tornas: Estados Unidos, aliviado para siempre de la amenaza comunista, se desentiende de la zona donde tan activa presencia había tenido en la década anterior, dejándola sumida en la sangrienta guerra intestina que sucedió a la batalla internacional que se había estado librando. Los antiguos aliados de los muyahiddin dejan a su espalda un país desamparado, abandonado a su suerte en un supuesto gobierno democrático que, sin embargo, no obtiene solución ninguna de la legislación internacional del conflicto, que no parece regir para el Afganistán de postguerra. La insatisfacción de los afganos debido a una transición democrática no consumada y a una soberanía propia que, de facto, no tenía vigencia, se une al pronto retorno de EEUU a la zona: en agosto de 1990 Saddam Hussein, presidente en funciones de Irak2 y dictador en la práctica, invade el colindante Emirato de Kuwait con un argumento de pertenencia y en un acto de vendetta como represalia por el supuesto usufructo ilícito de las reservas de petróleo iraquí. El sustancioso trato que con respecto al intercambio petrolífero mantenían Kuwait y Estados Unidos provoca la reacción de la administración Bush Senior frente a la afrenta baazista. Amparadas por una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU y con el beneplácito de la Liga Árabe se despliegan a partir de 1991 las fuerzas americanas en coalición con otras potencias occidentales por todo el Golfo Pérsico; a causa de ello la protesta de los sectores islamistas está a punto de dejarse ver.

Volvamos a evaluar el clima que se había formado en los años precedentes de conflicto. Una amplia comunidad musulmana, agredida como se sentía por la pretensión de control ajeno de sus tierras, compartía de forma más o menos general el deseo de defender su derecho de autodeterminación y autogobierno de acuerdo a la Sharia –esto es el espíritu yihadista–. Entre la masa, el impacto de un literalismo coránico había calado en la mentalidad de los antiguos combatientes árabes afganos que, como vimos, no tuvieron apenas influencia en la guerra afganosoviética pero estaban ahora a punto de eclosionar con toda su fuerza –ideológica y táctica–. Entre ellos se encontraba bin Laden, ciudadano saudita y fiel a su casa real, con la cual su familia mantenía lazos amistosos desde hacía tiempo, y que se vio poco menos que traicionado ante la permisividad del rey Fahd tras el asentamiento de las tropas de los impíos en el territorio de la Península Arábiga, “el lugar de los dos Lugares Sagrados3”. No sólo la ruptura entre bin Laden y la monarquía saudita es total: también se sienta el precedente para la identificación de los gobiernos árabes, en claro amancebamiento interesado con los occidentales, como un enemigo más de la Yihad. Es de aquí, de esta confluencia de intereses recuperacionistas y sumado a innumerables derivas previas e influencias intelectuales y teóricas y al contacto con otros grupos yihadistas, de donde nace al-Qaeda, “la base” –en referencia tanto las bases de aprovisionamiento y entrenamiento paquistaníes donde sus militantes se formaron para hacer frente a la invasión de Afganistán, como al fichero con los datos de los militantes, como a la fuerte base teórica y humana que necesitaba el islamismo para alzarse en su lucha contra “los cruzados y los sionistas”–. Al- Qaeda se pone así en funcionamiento como una rama más del amplio movimiento por la autonomía de la Umma, cuyos objetivos incluyen igualmente la totalidad de los territorios árabes oprimidos; donde la siempre principal Palestina ocupa un lugar especial en el corazón de todos los árabes, en palabras del mismo bin Laden. Es necesario precisar que la radicalización del punto de vista del grupo fundado por este último junto con al Zawahiri, Ahmed Taha y otros (oficialmente llamada Frente Islámico Mundial para la Yihad contra Cruzados y Sionistas) se produce como oposición a la presencia exterior, especialmente estadounidense –el enemigo lejano, dentro de la consideración que para bin Laden tiene este país como único poder hegemónico del mundo actual– y diferenciándose de la de una comunidad también yihadista pero interesada principalmente en la destrucción del enemigo cercano –los gobiernos árabes que para los fundamentalistas habían traicionado al Islam implantando legislaciones civiles, culpables de un delito de herejía al cuestionar el poder universal de Alá–. Esta masa combatiente, que supone la mayoría de los musulmanes, renegará de la ideología y las técnicas de al-Qaeda más tarde, cuando sus atentados alcancen un calibre desproporcionado y sus llamamientos a la lucha internacional choquen con los intereses de los reformistas nacionalistas. La asociación en base a la figura del líder, el respeto más literal a las doctrinas coránicas, la derogación de la ley civil y los ataques violentos es lo que caracteriza a al-Qaeda, como caracterizó en otras ocasiones a otros grupos que operaron más específicamente en distintos países (por ejemplo al-Yihad en Egipto, bajo el caudillaje de al Zawahiri, posteriormente asociado a bin Laden y a su organización); y en todos los casos se enfrenta al rechazo de los yihadistas moderados.

Así, la acción de los árabes afganos durante el período de 1979 a 1989 no fue decisiva, pero sí lo será a partir de la presencia sistemática en materia de defensa de los occidentales en la zona árabe, cuando estas milicias definan claramente sus objetivos globales y modus operandi. La traición de los gobiernos locales no es sino causa de la debilidad de sus líderes y de la manipulación americana: un nuevo enemigo, más poderoso, ha nacido. Y sólo entiende un lenguaje: el de la violencia espectacular.

J.

1En este sentido, las múltiples fatwas emitidas por bin Laden en sus comunicados y llamamientos a la yihad  carecerían de toda legitimidad, en tanto que este no ostentaba ningún cargo religioso reconocido.

2Tengamos en cuenta que Irak había sido un tradicional aliado de los Estados Unidos; la férrea dictadura de Hussein se ganó las simpatías de los americanos –y las críticas de sus vecinos musulmanes– debido a su laicismo y al intercambio comercial con el otro extremo del mundo.

3A saber: La Meca y Medina.

Indómitos: una aproximación al islamismo yihadista. I

A modo de introducción.

Excede los propósitos y las capacidades de este texto considerar todas las variantes necesarias para la comprensión meticulosa del Islam. No obstante y no tanto a modo de introducción como de justificación sirvan las siguientes matizaciones para trazar un contexto. Debe entenderse el islamismo como una religión fundamentalmente colectiva: el poder de hermanamiento que se desarrollo bajo el llamado de Alá –y tal vez por causa suya– tiene múltiples manifestaciones que sería imposible tratar aquí. Desde el primitivo despertar a la fé verdadera por medio de las palabras de Mahoma hasta la actualidad, pasando por la histórica sociedad de los Hermanos Musulmanes, se han construido bajo el auspicio del Islam escuelas, hospitales y talleres de todo tipo, regidos desde la base y de forma estricta por las directrices divinas pero, sobre todo, movidos por una necesidad y una complicidad humanas. Seguimos viendo esta actitud cohesiva en los últimos levantamientos del pueblo árabe contra los regímenes totalitarios laicos del norte del continente africano. Cabe hablar, pues, de una confesión profundamente volcada en sus fieles con un propósito regenerador de la identidad propia de la Umma, la comunidad global de los creyentes en Alá. Es también prioritaria la legitimación de la defensa de esta idiosincrasia del pueblo árabe, que pasa irremediablemente por la reivindicación del islamismo – que, aparejado a los mandatos netamente espirituales, lleva consigo una rica tradición sociocultural digna de ser conservada frente a las injerencias occidentales, durante y después del período colonial–, sentido como algo propio y personal de cada creyente. Esta defensa del islamismo entendido como elemento imprescindible para la configuración autónoma y propia de la comunidad se realiza mediante la Yihad: lo que se ha dado en llamar Guerra Santa. Santa y también justa: la creencia acerca de la identidad absoluta entre islamismo y terrorismo que desde el 11S infecta las conciencia occidental no es sino un burdo reduccionismo ignorante que se niega a conceder plena libertad – religiosa y política– a ese Otro que es musulmán. Es bien cierto que facciones fundamentalistas y violentas han irrumpido en el panorama internacional de forma tajante; y que lo han hecho con el Islam por bandera. Sin embargo suponen tan sólo una pequeña fracción de ese pueblo islamista y son, la mayoría de las veces, abiertamente rechazas por este.

Al Qaeda es, probablemente, uno de los fenómenos más apasionantes y de mayor interés de la historia de nuestros días debido a su virulencia, a la fuerte jerarquización de sus estructuras y a la figura de bin Laden, carismático personaje en torno al cual ha girado el grupo armado y que ha aglutinado una parte muy importante de la preocupación ciudadana a lo ancho del globo. Sin embargo no basta el mero conocimiento táctico de las células aisladas y los diferentes operativos para comprender el denso entramado ideológico que, entre otros muchos de índole constructiva y pacífica, ha dado como resultado los atentados en Nueva York, Madrid o Londres.

Ante todo, la Yihad no debe considerarse mero sectarismo sino un proceso reactivo de tipo sociopolítico frente a la férrea imposición de costumbres y normas extrañas –sin olvidar por ello la sincera relación afectiva que mantienen los combatientes con la norma de dios–; y a los musulmanes un pueblo orgulloso de sí. E indómito.

De cómo la URSS inseminó a Afganistán con la semilla del yihadismo radical (pt. 1).

Pensemos en los años finales de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Al inicio de la década de los setenta, la crisis energética de los combustibles fósiles sienta un punto de ruptura con respecto a la aparente bonanza del periodo precedente. Una URSS cuyo principal potencial económico se basa en la industria se ve afectada por la parálisis de la producción fabril –con todo lo que esta ralentización implica para la economía y para la calidad de vida de sus ciudadanos– y, además, con serios problemas para mantener la competencia productiva frente al occidente capitalizado, donde la eficacia aumenta y los beneficios se reducen generando así una imagen de progreso que tiene una fácil lectura evolutiva frente al supuesto atraso del Este. Esta situación de tensión e indefensión es el motor que desestructurará el férreo bloque que conformaba el extremo oriental de Europa y cuya disolución se produce finalmente en 1989. Es una década antes de este suceso, ya con un Partido que se ve obligado sin remisión a la modernización de su infraestructura económica y a la apertura de sus precios al mercado internacional librecambista para sobrevivir –es decir: un sistema muy debilitado en sus bases ideológicas y financieras, al borde del colapso y con muy pocas perspectivas de longevidad–, cuando se produce la invasión soviética de Afganistán; y esta misma contribuye, al saldarse en derrota, a su definitiva caída. Es durante esta ocupación donde se gestan las bases de lo que, en su formación posterior, se convertirá en Al Qaeda

El jefe de estado de Afganistán, Mohammed Daud –que ya había sido primer ministro del último monarca, su primo Zahir Shah, al que él mismo arrebató la corona en 1973 para convertir el país en la primera República afgana–, fue asesinado en abril de 1978 por un grupo prosoviético –la revolución de Abril o Daur, según el calendario gregoriano o persa, respectivamente–. Los golpistas, asociados al Partido Democrático Popular de Afganistán, de corte marxista, se hacen con el poder y promocionan a su propio líder, Nur Mohammed Taraki, secretario general del Khalk (la facción más radical del PDPA, dividido internamente entre esta y un ala moderada, Parcham, que a su vez había prestado apoyo al golpe de Daud contra la monarquía).

El nuevo programa gubernamental de la recién estrenada República Democrática se definía por su marcado progresismo. Las intenciones de Taraki pasaban por la alfabetización masiva de una población analfabeta en su práctica totalidad, el cambio del régimen de propiedad agraria en el entorno rural para evitar la acumulación masiva de inmuebles y la redefinición del casamiento, con la imposición de una edad mínima para entregar a las hijas en matrimonio. Este pretendido cambio, llevado a cabo con brusquedad y sin atender a las necesidades religiosas de los ciudadanos, profundamente arraigados en las tradiciones islámicas; la violencia con que se acometieron las reformas; la purga homicida de la disidencia, que obligó al exilio a buena parte de los intelectuales y religiosos; y la escasa sensibilidad para con las formas de vida autóctonas en beneficio de las cuales se decía actuar provocaron no sólo deserciones entre la soldadesca, interpelada a arremeter contra sus compatriotas con extrema saña, sino un creciente malestar social que se canalizó hacia una primera llamada yihadista por el nacionalismo árabe.

La sedición sociorreligiosa alcanza su punto álgido en 1979, cuando Taraki es retirado de la jefatura y posteriormente asesinado por su primer ministro, Hafizullah Amin, debido a las disidencias en el seno del propio PDPA. A la vista del panorama, no demasiado conformes con el radicalismo del Khalk y alarmados por la posible evolución de las protestas afganas al modo de las que simultáneamente llevó a cabo la mayoría islamista en el vecino Irán, que ya venían sucediéndose durante los dos años anteriores al derrocamiento final del Sha en 1979, desde Moscú, con Brézhnev a la cabeza, se decide la intervención militar en Afganistán amparada en el marco del Tratado de Amistad entre este país y la URSS. A finales de diciembre de ese mismo año, sin llegar apenas a los tres meses de mandato, Amin es neutralizado por las fuerzas del Ejército Rojo durante la primera fase de la invasión; su muerte alza al candidato parchamista moderado, Babrak Karmal, más del gusto del Kremlin.

La despliegue militar soviético fue el detonante necesario para que el previo malestar ciudadano se tornara en una fuerte unión entre aquellos que deseaban expulsar al usurpador. No se debe olvidar que en un mundo inmerso por completo en el escenario de hostilidades de la Guerra Fría, cuya configuración era bipolar, sin dar lugar a matices, la política exterior era también extremista: las alianzas no tenían términos medios de negociación y se forjaban de acuerdo al apoyo a una de las potencias y la oposición a la otra; y se verá cómo y por qué esto constituirá un factor de peso en la formación de los grupos yihadistas más virulentos. Un coincidente pero no negociado interés común entre los opositores al nuevo régimen generó una alianza que será fundamental para comprender la evolución de las pulsiones políticas de la zona en los años posteriores. A los partidarios del depuesto gobierno religioso afgano –los muyahiddin–, Arabia Saudí y Pakistán se suman los Estados Unidos, movidos por sus intereses económicos –la cuenca petrolera del Golfo, que aglomera un gran porcentaje del total de las reservas mundiales de combustible– y estratéticos – el temor a la conversión ideológica del país, que podría ser el vector de expansión del comunismo en todo el Medio Oriente– y los voluntarios que llegaron de cada rincón del mundo árabe. El apoyo que fundamentó esta coalición tan heterogénea fue el económico: EEUU financió indirectamente pero de hecho –mediante el aprovisionamiento de recursos a Pakistán, que ejerció de centro redistribuidor– la guerrilla de los que ya se llamaban a sí mismos “árabes afganos”: unos diez o quince mil jóvenes de distintas procedencias que prestaron sus fuerzas de forma oficial, acorde a los tratados áraboestadounidenses desarrollados durante el conflicto, esgrimiendo un argumento de solidaridad y hermanados por la Umma.

J.