Los que se van, los que no se van y los que aún no están

En el fondo, a mí lo que me gustaría es dar un paseo por el campo y ver las flores, los pájaros, los bichitos y demás. Lo sé, esto es una web de comunicación social libertaria y yo soy un cursi y un soso, pero eso no es lo que más me preocupa.
Resulta que no sólo no puedo ir a dar ese paseo porque tengo preocupaciones como las vuestras, las personales (buscar trabajo, mantener la casa en condiciones, etc.) y las colectivas (desahucios que parar, campañas de denuncia que apoyar, ...), sino que, para colmo, también toca tirarnos unos cuantos trastos a la cabeza, en el mundillo anarquista, y creo que eso no nos ayuda a ver las cosas más claras.

Vamo' a calmarno'.

En esta nuestra web se publicó un artículo de Arturo M. sobre el tema de las compañeras que van a candidaturas electorales que está suscitando reacciones varias e intensas.
Como lector de ese artículo, me pareció un intento de entender esa «fuga de cerebros» y no una justificación, no por falta de escepticismo hacia este mundillo anarquista, sino por el debido escepticismo hacia la vía institucional. Por suerte o por desgracia, las ocasiones que he tenido de conocer personalmente a cualquiera de estos candidatos han sido pocas, pero me han reafirmado en una costumbre: no suponer malas intenciones, ni siquiera grandes egos, por parte de nadie. Ese tipo de análisis, sobre «afán de poder», «traición» y demás es innecesario en general (ya nos avisó un dicho popular de que «el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones») y en este caso sería simplemente deshonesto por mi parte. Sospecho, incluso, que parte de la decepción en estos casos tiene que ver con la simpatía sentida antes por el compañero que nos «abandona», pero esto ya es especular intuitivamente y no creo que se pueda hablar de «complejo de Electra», como decían las compas de la FAGC: la relación puede ser afectuosa, pero sin paternidad... Queda para otro día hablar de eso, de cómo nos empeñamos en matar (simbólicamente, ¿eh?) a madres y padres (sigo en lo simbólico) salvo que ya vengan muertas de serie -Duurruti, Kropotkin, Goldman, etc.-, en cuyo caso sí asumiremos el vínculo y disputaremos si nos daría la razón a unas o a otras.
Volviendo al lío, que no vayamos a fustigar a un ¿ex?compañero tampoco quiere decir que tengamos que fustigarnos nosotras, como bien apuntaban en Twitter las grancanarias. Si el problema, como decía Arturo, es que nos falta un proyecto político con perspectivas de futuro tanto en lo colectivo como en lo personal, y ello en parte porque lo uno es a menudo a costa de lo otro y no asociado a ello, no es menos cierto lo que apuntaban desde el Ateneu Llibertari del Cabanyal: esa falta de perspectivas suele quemar a la gente para salir fuera, no arriba. Suele hacer que la gente salga de su colectivo u organización y se repliegue a su vida personal, su círculo afectivo, pero no que se incorpore a listas electorales que pueden llevarles más fácilmente donde ya sabemos (justificación del Poder, enfrentamiento con compañeras de clase, contradicciones, etc.) que a cambiar nada.

Volviendo a lo que me gustó, creo que el texto también nos invitaba a un balance de la capacidad de presión de los movimientos sociales de que formamos parte. El paso del anarquismo -o más a menudo, del anarcosindicalismo- a la política institucional ha estado siempre vinculado a coyunturas en que se veían nuevas oportunidades que podían durar poco (el Grupo Sindicalista Parlamentario en las municipales de 1917, la participación de anarcosindicalistas en la creación del PCE y otros partidos de la KomIntern, tras la revolución rusa, el Partido Sindicalista de Pestaña y demás en 1934, el apoyo de Askatasuna a HB en 1979, etc.) y ofrecer resultados relativamente fáciles en poco tiempo.
Algunos casos, sin embargo, tienen mucho que ver con temas de macropolítica que a las anarquistas -acostumbradas a la política de colectivo, de barrio, acaso municipal- nos quedan grandes. No a nivel teórico -claro que tenemos ideas al respecto-, sino en nuestra capacidad de incidencia práctica. No se trata de hacer de abogado del Diablo, pero sí de entender por qué ha pasado y volverá a pasar. Sucedió con quienes defendieron el frentepopulismo a partir de julio de 1936 y sucede con quienes toman ahora el green new deal como gran objetivo a corto plazo contra el cambio climático y el empobrecimiento de masas.

Sucede incluso con quienes participaron en los diferentes ejercicios de gimnasia revolucionaria entre 1924 y 1934, sin embargo, no se percibe así. Aparentemente, el poder conseguido por las armas incomoda menos a algunas compañeras que un sillón en un parlamento o ayuntamiento. El poder de una pistola no tiene por qué ser tan tramposo como el de la papeleta, pero controlar de facto calles y barrios, decidir sobre la vida y la muerte, la integridad física, la libertad y la seguridad de otras personas es poder y plantea problemas que las revolucionarias de 1936-1939 conocieron bien. Parece, sin embargo, que el romanticismo que tanto nos gusta, la épica del enfrentamiento absoluto, dice que la pistola es más anarquista que el voto.

Como te digo una co, te digo la o.

Es verdad, como dicen los climático-posibilistas, que, si seguimos acumulando fuerzas de cara a tener un movimiento asambleario capaz de imponer mediante la acción directa medidas contra el cambio climático, nos arriesgamos a que esas medidas nunca se impongan  y, aun en el caso de tener éxito, veremos cuánto empeora el propio cambio climático mientras construimos ese movimiento y cómo, consecuentemente, tendremos que intentar subir desde los objetivos mínimos hacia los máximos para recuperar el tiempo transcurrido entre medias.
No es menos cierto lo que dice, por el contrario, el sector ambicioso de que cualquier posibilidad electoral es remota por estar sujeta a la carrera de obstáculos institucional: respaldo mayoritario, negociaciones con otros partidos, presiones de empresas y de otros ámbitos institucionales, persistencia de las propias electas tras toda esta carrera de obstáculos, etc.
Entonces ¿vale la pena que alguna compañera intente esa vía institucional de sonrisas, magdalenas y tecnocracia? Probablemente, no, pero ¿podemos convencerles para que cambien de opinión? Parece que la respuesta sigue siendo «no».

En todo esto hay otra cosa que me llama la atención y es que la crítica más dura venga del insurreccionalismo, no porque ese posicionamiento no fuera previsible sino porque no lo veo consecuente. Si ha habido en el anarquismo una tendencia similar a la electoralista, esa es la insurreccional, al fin y al cabo, ambas se basan en obviar la falta de condiciones pretendiendo compensarla con resultados rápidos logrados a base de audacia. Pese a que esté de acuerdo con parte de esa crítica, no deja de chirriarme la contundencia de las impacientes insurreccionalistas contra las impacientes posibilistas.

Movimiento anar¿qué?

Esto me lleva al último (lo prometo) punto. Hemos hablado de los que se nos van «arriba» a partidos y listas electorales, también mencionaban las compas de la FAGC a quienes se van a un lado, a comunas rurales, pero ¿qué pasa con quienes parece que no se van a ninguna parte, de tan poco como se mueven? Repito: no necesitamos fustigarnos, pero sí decir claramente qué queremos hacer y qué no.
He hablado de «mundillo anarquista» y no de «movimiento anarquista» porque no veo que esto último exista. La afinidad existe, pero un movimiento, cabe suponer, se caracteriza por moverse, aunque lo haga despacio, tropiece, dé tumbos, aunque se vea obligado a corregir el rumbo a veces.

Una compañera de la PAH preguntaba a este compañero pasado al errejonismo por qué no, en su lugar, había puesto su inteligencia al servicio de la PAH. ¿Por qué pensamos en un supuesto «movimiento anarquista» unido por las referencias intelectuales y no en un movimiento de clase, unido por sus prácticas y organizaciones? Un compañero que se va con Manuela Carmena es una pérdida, pero ¿no hay pérdida en el tiempo que hemos dedicado -y algunas aún dedican- a esa memoria insurreccional sin conocer lo más básico del Estatuto de los trabajadores, a hablar de disturbios con poco recorrido político en lugar de formarnos para ejercer y defender nuestros derechos en nuestra cochina y gris realidad, a atacar iglesias como si aún estuviéramos en el siglo XIX mientras nuestras vecinas comulgan en Codere, en Netflix, en Instagram o en el bar de la esquina?

Las anarquistas que militan en grupos de afinidad pero no en organizaciones de masas (propiamente sindicales, de vivienda, etc.), organizaciones abiertas a quienes acepten sus tácticas aunque no sean afines y que abordan cuestiones materiales y no sólo ideas, esas anarquistas no se irán en su mayoría al mundo institucional. Lo necesario, sin embargo, no es que «se queden», ya que no están más que en su mundo. Necesitamos que vengan a las organizaciones de su clase, de nuestra clase, donde hay más gente y muchas no tienen tanto hábito asambleario, donde su capacidad de trabajo y sacrificio no les dará ni una gloriosa muerte en combate ni fans, pero quizá les dé compañeras de lucha y hasta podría dar frutos para todas.

El proyecto revolucionario.

"El proyecto revolucionario" fue publicado con el título "El trabajo del revolucionario" en la revista Anarchismo en su número 59, en Enero de 1988. La traducción aquí publicada proviene de un libro recopilatorio titulado "No podréis pararnos", que a su vez fue rescatada de unas hojas mecanografiadas que se difundieron a finales de los 90. Se desconoce quién hizo la traducción ni si fue publicada en alguna revista. El texto original fue escrito por Alfredo Bonanno.

Por qué somos anarquistas insurrecionalistas.

Porque luchamos junto a todos los excluidos por aligerar y posiblemente abolir las condiciones de explotación impuestas por los incluidos.

Porque mantenemos que es posible contribuir al desarrollo de las revueltas que van naciendo espontáneamente por todas partes haciéndolas volverse insurrecciones de masa y por tanto reales y verdaderas revoluciones.

Porque queremos destruir el orden capitalista de la realidad mundial que gracias a la reestructuración informática se ha convertido en tecnológicamente útil, solamente a los gestores del dominio de clase.

Porque estamos por el ataque inmediato y destructivo contra estructuras concretas, individuos y organizaciones del capital y del Estado.

Porque criticamos constructivamente a todos aquellos que se retardan en posiciones de compromiso con el poder o que sostienen como imposible la lucha revolucionaria.

Porque mucho mejor que esperar, estamos decididos a pasar a la acción incluso cuando los tiempos no están maduros.

Porque queremos acabar con este estado de cosas ya, y no cuando las condiciones externas hagan posible su transformación.

He aquí los motivos por los que somos anarquistas, revolucionarios e insurreccionalistas.

Coger distintos aspectos de intervención revolucionaria no es fácil. Cogerlos todos juntos, introducirlos en una propuesta global que tenga su lógica intrínseca y una articulación operativa válida, es todavía más difícil. Es esto lo que entiendo por trabajo revolucionario.

En la determinación del enemigo nos entendemos (casi siempre) con suficiencia. En la imprecisión de la definición, colocamos los elementos que provienen de nuestras experiencias (sufrimientos y alegrías), de nuestra situación social, de nuestra cultura. Cada uno cree tener los elementos idóneos para designar un mapa del territorio enemigo y para identificar objetivos y responsabilidades. Que las cosas no sean luego de este modo es algo también normal. Pero no nos curamos de ello. Cuando se presenta la ocasión aportamos las oportunas modificaciones y vamos adelante.

Oscuro es nuestro proceder, oscuras las cosas que nos rodean, nos iluminamos sólo y exclusivamente del mísero cirio de la ideología y seguros, como detrás de la guía de un faro, vamos hacia delante. El hecho trágico es que las cosas que nos rodean se modifican a menudo velozmente. Los términos de la relación de clase, que en la situación contradictoria se alargan y se acortan continuamente, se desvelan hoy para esconderse mañana. Así las certezas del ayer se precipitan en la oscuridad de hoy.

Quien mantiene un polo direccional constante, aunque no inamovible, no se le toma por lo que, en efecto es, o sea un honesto navegante del mar de las perplejidades de clase, sino que es tomado a menudo por un terco repetidor de esquemas superados y de abstractas metáforas ideológicas. Quien persiste en ver al enemigo detrás de la divisa, de la fábrica, del ministerio, de la escuela, de la iglesia, etc., se le mira con suficiencia. A las cosas en su dura realidad, se las quiere sustituir con la relación abstracta, el modo de ser, lo relativo de las posiciones. El Estado, así, acaba haciéndose un modo de ver las cosas, y no un hecho material, constituido por hombres y cosas. El resultado es que las ideas del Estado no se pueden combatir sin atacar a los hombres y las cosas del Estado. Querer combatirlas aisladamente, en la esperanza de que la realidad material a ellas sometida se modifique a continuación de su precipitarse en el abismo crítico de las contradicciones lógicas, es una trágica ilusión idealista. Y es lo que de forma general sucede en estos tiempos de retroceso de las luchas y de las perspectivas de actuar.  

Nadie que no carezca de respeto hacia sí mismo, admitiría la función positiva del Estado. Por esto la deducción lógica de que si esta función no es positiva debe ser negativa, esto es que debe causar mal a algunos en beneficio de otros. Pero el Estado no es (solamente) la idea de Estado, es también la "cosa Estado", y esta "cosa", está constituida por el policía y por la comisaría de policía, por el ministro y por el ministerio, por el sacerdote y la iglesia (también por el palacio donde se desarrolla el culto de la estafa y la mentira), del banquero y de la banca, del especulador y de su despacho, y así hasta el soplón y su más o menos confortable apartamento de la periferia. El Estado es esta cosa articulada, o no es nada: una vana abstracción, un modelo teórico, absolutamente imposible de atacar y derrotar. Ciertamente el Estado está también dentro de nosotros y dentro de los otros. Por eso es también idea. Pero en su ser idea, está subordinado a los lugares físicos y a los cuerpos físicos que lo realizan. Un ataque a la idea del Estado (también a la que albergamos dentro de nosotros, a menudo sin darnos cuenta de ello), es posible sólo en el momento que estamos atacando físicamente y en sentido destructivo su materialización histórica, esto es, su ser ante nosotros en carne y hueso y en ladrillos y hormigón.

¿Pero cómo atacar? Las cosas son duras. Los hombres se defienden y se preparan. La elección de los medios de ataque es también víctima de un equívoco similar a lo que precede. Podemos atacar (es más, debemos) con las ideas contraponiendo crítica a crítica, lógica a lógica, análisis a análisis. Pero esto sería inútil ejercitación, si se hiciese de modo aislado, separado de una intervención directa sobre las cosas y los hombres del Estado (y del capital, se entiende) Por eso en correlación con lo dicho antes, no sólo ataque con las ideas, sino ataque con las armas. No veo otra vía de salida. Limitarse a un certamen ideológico contribuye a suministrar elementos al enemigo.

Por eso, profundización teórica paralela y contemporánea al ataque práctico.

Es precisamente en el ataque, que la teoría se modifica en la práctica y la práctica asume sus fundamentos teóricos. Limitándose a la teoría se queda en el campo del idealismo, típica filosofía burguesa que lleva centenares de años alimentando los enroques (jugadas) de la clase dominante y también el aislamiento de los exterminadores de derecha o de izquierda. No importa si alguna vez este idealismo se ha camuflado de materialismo (histórico), siempre se trataba del viejo idealismo fagocitador de hombres. Un materialismo libertario debe por fuerza superar la separación entre idea y hecho. Si se determina al enemigo es necesario golpearlo, y golpearlo de modo adecuado. No tan adecuado a las valoraciones óptimas de su destrucción, valoraciones hechas por el atacante, como a la situación general que constituye parte no desdeñable de las defensas y de la posibilidad de supervivencia y de incremento de la peligrosidad del enemigo. Si se le golpea es necesario hacerlo destruyendo una parte de su estructura, haciendo pues más difícil el funcionamiento del conjunto. Todo esto aisladamente considerado, corre el peligro de resultar poco significativo. Esto es, no logra convertirse en algo real. Para tener esta transformación se necesita que el ataque esté acompañado de una profundización crítica de las ideas del enemigo, las ideas que son parte de su acción opresiva y represiva. 

Pero este recíproco convertir la acción práctica en la acción teórica y de la teoría en la práctica, no puede suceder como algo artificialmente superpuesto. En el sentido, por poner un ejemplo, de quien realiza una acción y pone encima su bravo documento de reivindicación. Las ideas del enemigo, de este modo, no se critican ni se profundizan. Se cristalizan dentro del proceso ideológico y se hacen ver como contrapuestas fuertemente a las ideas del atacante,también ellas transformadas en algo fuertemente ideológico. Creo que pocas cosas me son tan odiosas como este modo de proceder. 

¿Pero existe otro quehacer?

El lugar de la conversión de la teoría en la práctica y viceversa es el lugar del proyecto. Es el proyecto en su conjunto articulado lo que hace significativa la acción práctica y la crítica de las ideas del enemigo. De ello deriva que el trabajo del revolucionario es esencialmente, la elaboración y la realización de un proyecto.

Pero antes de saber qué cosa puede acaso ser un proyecto revolucionario, se necesita ponerse de acuerdo sobre cuáles son las cosas que el revolucionario debe poseer para trabajar en la elaboración del proyecto.

Primero el coraje. No el banal del choque físico o del asalto a la trinchera enemiga, sino el más difícil, el de las propias ideas. Se piensa de una cierta forma y se tiene una cierta valoración de las cosas, de los hombres, del mundo, y de sus tareas debe tener el coraje de ir hasta el final y al fondo, sin compromisos, sin medias tintas, sin aparentar, sin ilusiones. Pararse a la mitad es delictivo o si se prefiere absolutamente normal. Pero el revolucionario no es un hombre "normal". Debe ir mas allá de la normalidad, pero también de la excepcionalidad que es el modo aristocrático de considerar la diversidad. Más allá del bien pero también del mal, diría alguno.

No puede esperar que otro haga lo que hay que hacer. No puede delegar en los otros lo que su conciencia le dicta hacer. No puede aceptar en paz que en otros sitios, otros hombres como él, agitados y deseosos de destruir lo que nos oprime, hagan las cosas que él mismo podría hacer, tan solo con quererlo, sólo con que saliese del sopor y de los embrollos, de la palabrería y de los equívocos.

Por eso debe trabajar y trabajar duro. Trabajar para suministrarse los medios necesarios con los cuales dar fundamento idóneo a sus propios convencimientos. Y aquí entra la segunda cosa: la constancia. La fuerza de continuar, de perseverar, de insistir, también, cuando los otros se descorazonan y todo parece difícil.

No hay posibilidad de procurarse los medios que se necesitan si no es con la constancia del trabajo. El revolucionario tiene necesidad de medios culturales, esto es, de análisis, de conocimiento de base, de ahondamientos institucionales. También de estudios que parecen lejanísimos de la práctica revolucionaria y que son indispensables para la acción. Las lenguas, la economía, la filosofía, las matemáticas, las ciencias naturales, la química, las ciencias sociales, etc. Todos estos conocimientos no pueden ser vistos como sectores de especialización, ni siquiera como ejercitación diletante de un espíritu estrafalario que pizca a derecha y a izquierda, deseoso de saber pero constantemente ignorante por no estar en posesión de un método que le permite aprender. Y luego las técnicas: el escribir correctamente (y también del modo idóneo, el fin que se quiere lograr), el hablar a los otros (con todas las técnicas del hablar que son cosa no fácil y de gran importancia); el estudiar (que es técnica y también estudiar en tanto y cuanto sirva para facilitar el aprendizaje y no como especialización en sí misma); el recordar (que puede mejorarse y no dejarlo a la disposición natural, más o menos, que llevamos dentro desde la infancia); el manipular (que muchos consideran una especie de misterioso don de la naturaleza pero que en cambio es técnica que se puede aprender y perfeccionar), y otras más.

La búsqueda de estos medios es trabajo constante que no termina nunca. Su perfeccionamiento como su extensión a campos diversos, es compromiso constante del revolucionario.

Queda luego la tercera: la creatividad. No hay duda que el conjunto de medios que se van construyendo no sería productivo y se quedaría en fin en sí mismo, si no se produjese enseguida o después de un cierto tiempo, experiencias nuevas, profundamente transformadoras del individuo, en las cuales se produzcan sin tregua, modificaciones en el conjunto de los medios mismos y en las posibilidades de su empleo. Es aquí donde se puede coger la fuerza de la creatividad, esto es, del fruto de los esfuerzos precedentes. Los procesos lógicos quedan detrás, se han vuelto hechos de fondo, elemento despreciable, mientras emerge un nuevo elemento, total y distinto: la intuición.

El problema ahora se ve distinto. Ya no es como antes. Innumerables enlaces y comparaciones, inferencias y deducciones, suceden sin que nosotros nos demos cuenta de ello. Todo el conjunto de medios de los que hemos entrado en posesión vibra y se hace vivo. Recuerdos y nuevas comprensiones, viejas cosas no comprendidas que ahora se ven claras, ideas y tensiones. Una mezcla increíble que es el mero hecho creativo y que debe ser inmediatamente sometido a la disciplina del método, al dominio de las técnicas, para que pueda producir algo limitado, si se quiere, pero inmediatamente perceptible y gozable. Desgraciadamente el destino de la creatividad es que su inmensa potencialidad explosiva inicial (la cual es poca cosa en ausencia de medios de fondo de los que hablábamos antes) debe sucesivamente ser reconducida al interior de los límites de la técnica en sentido estricto, debe hacerse palabra, página, figura, sueño, forma, objeto, en caso contrario fuera de los esquemas de esta prisión comunicativa, queda abandonada y dispersa, en el mar de la inconmensurabilidad.

Finalmente una última: la materialidad. Esto es, la capacidad de coger el fundamento material, real de lo que nos circunda. Por ejemplo la capacidad de comprender que para actuar se necesitan medios idóneos a la acción, no es algo simple. La tarea de los medios parece siempre mucho más clara pero causa siempre incomprensiones. Pongamos el caso del dinero. No hay duda que sin dinero no podemos hacer las cosas que queremos hacer. No hay duda que un revolucionario no puede pedir financiación al Estado para construir los proyectos directos para destruir el mismo Estado. No se puede pensar ni siquiera, que con pequeñas (y generalmente modestas) suscripciones personales se pueden hacer todas las cosas que se quieren hacer (y que se cree necesario hacer). No pueden ni siquiera continuar llorando al infinito sobre la falta de dinero o resignarse ante el hecho de que vista la falta de dinero algunas cosas que se deberían hacer no se puedan hacer. No puede ni siquiera asumir por mucho tiempo la posición de los que estando sin dinero se sienten perfectamente en regla con sí mismos, diciendo que otro haga lo que debería hacer él directamente. Cierto, claro está, que si un compañero no tiene dinero no tiene que pagar lo que puede no permitirse pagar ¿pero es verdad que ha hecho todo cuanto podía para procurarse el dinero? O bien existe un único modo de encontrar el dinero: ¿el de ir a mendigarlos a los patronos? Pienso que no.

En el arco de variaciones de un posible modo de ser, tendencias personales y adquisiciones culturales polarizandos comportamientos límite que son ambos limitados y polarizantes. Por un lado, los que privilegian el momento teórico; por otro los que se logran en el momento práctico. Casi nunca estas dos polarizaciones están en un "estado puro" pero a menudo están suficientemente caracterizadas para convertirse en obstáculos e impedimentos.

Las grandes posibilidades que la profundización teórica pone a disposición del revolucionario, quedan en letra muerta, es más se hacen elemento de contradicción y de obstáculo cuando son llevadas al infinito. Hay quien no sabe hacer otra cosa que pensar teóricamente la vida. No es necesario que sea un literato o un estudioso (para esta gente la cosa sería normal) sino que puede ser un proletario cualquiera, un marginado crecido en la calle y liado a puñetazos. Esta búsqueda de la hipótesis resolutiva a través de la sutileza del razonamiento, se transforma en un ansia disorgánica, un tumultuoso deseo de comprender, que se transforma en pura confusión, disminuyendo la primacía del cerebro que se quiere mantener a cualquier costo. Estas exasperaciones reducen la posibilidad crítica de poner orden en las propias ideas, extendiendo la posibilidad creativa del individuo pero solamente en estado puro, se podría decir en estado libre, suministrando imágenes y juicios absolutamente privados de un método organizativo que los pueda hacer utilizables. El sujeto vive, casi constantemente en una especie de "trance", come mal, tiene una pésima relación con el cuerpo, vive mal la relación con los otros. Se vuelve fácilmente sospechoso, cuando no ansioso de ser "comprendido", y por esto acumula cada vez más increíble confusión de razonamientos contradictorios, sin ser capaz de encontrar un hilo conductor. La solución, para salir del laberinto, sería la acción. Pero ésta para ser tal, según este modelo de polarización que estamos examinando debe antes ser sometida al dominio del cerebro, de la "lógica" del razonamiento. De este modo, la acción está muerta o reenviada, o vivida mal por no ser "comprendida", porque no es reconducida al primado del pensamiento.

Por otro lado, la constancia del hacer, el desempeño de la propia vida en las cosas a llevar a término. Hoy, mañana, día tras día. Quizá en la espera de un día particular que ponga fin a este reenvío hacia adelante, al infinito. Pero mientras tanto, ninguna, o casi ninguna, búsqueda de un momento de reflexión que no sea exclusivamente referente a las cosas por hacer. El primado de quitar la vida como el primado del pensar. En la acción por sí misma no está la superación del momento contradictorio del individuo. Para el revolucionario las cosas están todavía peor. Los acompañamientos clásicos, que el individuo desarrolla para convencerse a sí mismo, respecto a la utilidad y a la totalidad de la acción que quiere hacer, no bastan para el revolucionario. El único expediente al que puede recurrir es el reenvío hacia adelante, a un tiempo mejor, cuando no sea necesario dedicarse "exclusivamente" al hacer y se pueda también pensar. ¿Pero cómo se podría pensar sin los medios para poderlo hacer? ¿Tal vez porque el pensamiento sea una actividad autónoma del hombre cuando éste deja de actuar? No ciertamente. Del mismo modo que el hacer no es una actividad autónoma del hombre cuando éste deja de pensar.

Poseídas pues algunas cosas, el coraje, la constancia, la creatividad, la materialidad, el revolucionario puede sacar fruto a los medios de los que está en posesión y, con ésta construir su proyecto.

Y éste deberá mirar los aspectos analíticos y los aspectos prácticos. De nuevo, se representa una división que para poder ser eliminada debe profundizarse en su más íntima inconsistencia, esto es, en su real dimensión de lugar común de la lógica dominante. Un proyecto es análisis (político, social, económico, filosófico, etc.), pero es también propuesta organizativa (técnica, psicológica).

Ningún proyecto puede ser sólo lo uno o lo otro de estos aspectos. Cada análisis recibe una diversa angulación y un diferente desarrollo si se introduce en una propuesta organizativa antes que en otra. Y viceversa, una propuesta organizativa está fundada sólo si es asistida de un análisis idóneo. El revolucionario que no esté en condiciones de dirigir el análisis y el elemento organizativo de su proyecto, estará siempre a merced de los eventos, llegando constantemente tarde a las cosas, nunca antes.

El fin del proyecto es en efecto el de ver para preparar. El proyecto es una prótesis, como cualquier otra elaboración intelectual del hombre, para permitir la acción, para hacerla posible, para no reducirla a la nada en el debate inútil de la improvisación. Pero no es "causa" de la acción, no tiene ningún elemento de justificación en este sentido. El proyecto, si se entiende correctamente, es acción en sí mismo, mientras la acción es proyecto en sí misma en tanto la acreciente, la enriquezca y la transforme.

No comprender estas fundamentales premisas del trabajo revolucionario, causa, a menudo, confusiones y frustraciones. Muchos compañeros, que se quedan ligados a las intervenciones que podemos definir reflejas, sufren a menudo contragolpes que son similares a las desmotivaciones, a los descorazonamientos. Un hecho externo (la represión muy a menudo) determina el estímulo a una intervención. Cuando el hecho se detiene o se logra, la intervención no tiene más razón de existir. De aquí la constatación (frustrante) que ha obligado a volver al punto de antes. Se tiene la impresión de querer excavar la montaña con un cuchillo. La gente no recuerda, olvida pronto. La agregación no sucede. Casi siempre se es pocos. Casi siempre los únicos. Hasta el advenimiento del próximo estímulo externo, la cercanía del compañero que sólo actúa "reflexionando", sobreviviendo, yendo a menudo del rechazo radical al cierre en sí mismo, del mutismo desganado a las fantasías de destrucción del mundo (seres humanos incluidos).

Muchos otros compañeros están ligados a las intervenciones que podemos decir de rutina, esto es, los ligados a los recursos literarios (periódicos, libros, revistas) o asamblearios (congresos, reuniones, debates, asambleas). También aquí la tragedia humana no tarda en hacer su aparición. La mayoría de las veces no se trata tanto de la frustración personal (que también está y se ve), como de la transformación del compañero en burócrata congresual o en redactor de folios más o menos legibles que trata de esconder su propia inconsistencia propositiva yendo detrás de los acontecimientos cotidianos para explicarlos a la luz crítica del propio punto de vista. Como se ve la tragedia es siempre la misma.

El Proyecto, pues, es necesariamente propositivo. No puede más que tomar la iniciativa. Sobre todo, iniciativa de tipo operativo: las cosas a hacer vistas de un determinado modo. Luego en segundo lugar, iniciativa de tipo organizativo: cómo hacer estas cosas.

Muchos no se dan cuenta que las cosas a hacer (contraposición de clase) no están codificadas de una vez para siempre, sino que asumen en el tiempo y en el discurrir de las relaciones sociales, significados diversos. Esto conlleva la necesidad de valoraciones teóricas de las cosas a hacer. El hecho que algunas de estas cosas permanezcan por más tiempo como si fueran inmóviles, no significa que sean inmóviles. Por ejemplo, que haya una necesidad de organizarse para golpear al enemigo de clase, conlleva por sí misma, en cuanto a necesidad, una permanencia en el tiempo. Medios y formas organizativas tienden a cristalizarse. Y bajo ciertos aspectos, está bien que sea así. No es necesario reinventar todo cada vez que se organiza, quizás después de haber sufrido los golpes de la represión. Pero esto no quiere decir que esta reanudación deba por fuerza representar las características de la repetitividad absoluta. Los modelos precedentes pueden ser sometidos a crítica, aunque, en el fondo, resulten válidos y por eso puedan constituir un punto de partida no desdeñable. En esta materia nos sentimos a menudo bajo el ojo de las críticas, también desinformadas y preconcebidas y se quiere evitar, a toda costa, la sensación de "irreductibles" que suena así como valoración positiva, pero contiene también un elemento notable de denuncia de la incapacidad de comprender el desarrollo de las condiciones sociales en su conjunto.

Por eso, la posibilidad de utilización de viejos modelos organizativos aunque sometidos a crítica radical. Pero cuál podrá ser esta crítica. Principalmente una: denuncia de la inutilidad y de la peligrosidad de estructuras centralizadas y organigramas; denuncia de la mentalidad de delegación; denuncia del mito cuantitativo; denuncia del mito simbólico y de lo grandioso; denuncia de la utilización de los grandes medios de información, etc. Como se ve, se trata de críticas que hacen ver el otro aspecto del cielo revolucionario, el aspecto anárquico y libertario. Negar las estructuras centralizadas, los organigramas dirigistas, la delegación, lo cuantitativo, lo simbólico, el entrismo informativo, etc., significa entrar de lleno en la metodología anarquista. Y una propositividad anárquica necesita de algunas consideraciones preliminares.

Aparentemente, y en los inicios, especialmente para quien no está convencido de la necesidad y de la validez de este método, puede parecer, (y bajo ciertos aspectos es) menos eficaz. Los resultados son más modestos, menos evidentes, tienen todo el aspecto de la dispersión y de la no reconducción a un proyecto unitario. Son resultados pulverizantes y difusos, esto es, derivan de objetivos mínimos que no parecen ser enseguida reconducibles a un enemigo central, al menos por como aparecen en las iconografías descriptivas redactadas por el poder mismo. Muchas veces al poder le interesa hacer ver las ramificaciones periféricas de sí mismo y de las estructuras que lo rigen bajo aspectos positivos, como si estas ramificaciones absorbieran exclusivamente funciones sociales indispensables a la vida. Esconde en cambio muy bien y muy fácilmente, vista nuestra incapacidad de denunciar las conexiones, la relación que hay entre estas estructuras periféricas y la represión o la reunión del consenso, de aquí la notable tarea que espera al revolucionario, el cual golpeando, tiene también que esperarse una no inicial comprensión de sus acciones, de donde surge la consiguiente necesidad de "aclaraciones". Es aquí donde se coloca una ulterior trampa. Traducir estas aclaraciones en términos ideológicos significa representar, en la difusión y en lo periférico, los términos exactos de la concentración y de la centralidad. El método anarquista no puede nunca desplegarse a través de un filtro ideológico. Cuando esto ha sucedido se ha yuxtapuesto nuestro método a prácticas y a proyectos que bien poco de libertario poseían. 

Desde la denuncia de la delegación como práctica (de la teoría), además de autoritaria (este segundo aspecto podría sonar menos comprensible a compañeros no anarquistas desde siempre), lleva a la profundización de procesos agregativos. Esto es a la posibilidad de construir una agregación indirecta, una forma de referencia organizativa que no esté ligada a bases de organigramas. Grupos separados, unidos por la metodología, no por relaciones jerárquicas. Objetivos comunes, elecciones comunes, pero indirectas, todo ello querido a través de la objetividad de las elecciones comunes de los fines comunes. Cada uno hace sus propias cosas y no siente la necesidad de proponer relaciones de agregación directas que antes o después acaba por construir organigramas jerárquicos (aunque horizontales, en cuanto que se pretende quedar dentro del método anarquista) y que tienen como buen resultado el de ser destruibles cada vez que se levanta el viento represivo. Es el mito de lo cuantitativo que debe caer. El mito del número que "impresiona" al enemigo, el mito de las "fuerzas" a bajara la calle, el mito del "ejército de liberación" y otros asuntos del género. 

Así, sin quererlo casi, las viejas cosas se transforman en nuevas. Los modelos del pasado objetivos y prácticos, se revolucionan en el interior. Emerge a primer plano, sin sombra de duda, la definitiva crisis del método "político"Cada pretensión de representar modelos ideológicos para imponer a las prácticas subversivas, pensamos está definitivamente fuera de lugar.

Bajo otros aspectos y hechas las debidas proporciones, es todo el mundo en su conjunto el que está rechazando el modelo político. La crisis de la política es asunto de cada día. Las estructuras políticas tradicionales, con sus connotaciones "fuertes" son o están rechazadas. Los partidos de la izquierda se uniformizan a los de centro y los partidos de la derecha se aprietan hacia el centro siempre para no quedar aislados. Las democracias del oeste se acercan a las dictaduras del este. Este hundimiento de las estructuras políticas corresponde a una profunda modificación de las estructuras económicas y sociales. Nuevas necesidades emergen para los que deben pensar en la gestión de las potencialidades subversivas de las grandes masas. Los mitos del pasado, también el de la "lucha de clases controlada" han acabado. Las grandes masas de explotados han sido absorbidas en mecanismos que se chocan con las ideologías políticas, puras pero superficiales del ayer. He aquí el porqué los partidos de izquierda se están acercando a posiciones de centro, lo que en sustancia corresponde a un anulamiento de las discriminaciones políticas y a una posible gestión propiamente del consenso, si no acaso desde el punto de vista administrativo. Son las cosas a hacer, los programas a breve plazo, la gestión de lo público, lo que focaliza las discriminaciones. Los proyectos políticos ideales, (y pues ideológicos) están decaídos. Ninguno (o casi) está disponible para luchar por una sociedad comunista, pero pueden de nuevo otra vez ser sometidos a estructuras que pretenden salvaguardar sus intereses inmediatos, por esto, la creciente importancia de las luchas y de las formaciones políticas municipales en las confrontaciones de las estructuras políticas grandes, parlamentos nacionales y supranacionales.

La decadencia de lo político no es por sí mismo, a estos niveles, elemento que pueda hacer pensar en un giro "anarquista" en la sociedad civil, la cual, toma conciencia de su propia primariedad, contraponiéndose a los intentos de gestión política indirecta. Nada de esto. Se trata de modificaciones profundas en la estructura moderna del capital, que se uniformiza también a nivel internacional, precisamente por la cada vez mayor interdependencia hoy existente en las diversas realidades periféricas. Estas modificaciones determinan, a su vez, la imposibilidad de un control consensual a través de los mitos políticos del pasado y el paso a métodos de control más adecuados a los tiempos. La oferta de las mejores condiciones de vida en breve plazo: logro más elevado de las necesidades primarias en el este, trabajo para todos, en el oeste, éstos son los términos del nuevo curso.

De todas formas, por extraño que pueda parecer, la crisis de lo político en cuanto fenómeno generalizado, comportará necesariamente una crisis de las relaciones jerárquicas, de delegación, etc., esto es, de todas las relaciones que tienden a dislocar en la dimensión mítica lo que son los términos reales de la contraposición de clase. Esto no podrá quedar durante largo tiempo sin consecuencias también sobre la capacidad de mucha gente de comprender que la lucha no puede pasar ya a través de los mitos de la política, sino que debe entrar en la dimensión concreta de la destrucción inmediata del enemigo.

Están también aquellos que no queriendo comprender, en sustancia cuál debe ser el trabajo revolucionario, propugnan ante las modificaciones sociales vistas antes, métodos de contraposición suave, los cuales pretenderían obstaculizar el dialogo del nuevo dominio con la resistencia pasiva, la "deslegitimación" del poder. Se trata en mi parecer de un equívoco basado en el hecho de cómo se piensa en el poder moderno. Y se piensa así precisamente porque es más permisivo y más ampliamente basado en el consenso, menos "fuerte" que el del pasado (basado sobre la jerarquía y la centralización absoluta). Es un error como otro y deriva del hecho de que dentro de cada uno de nosotros quedan los residuos de un paralelo: poder fuerza, que las modernas estructuras dominantes están desmontando parte por parte. Un poder débil pero eficiente es tal vez peor que el poder fuerte pero grosero. El primero penetra en los tejidos psicológicos de la sociedad, hasta dentro del individuo, implicándolo, el segundo es externo, tiene la voz gruesa, muerde, pero en el fondo construye sólo muros de prisiones que antes o después se pueden escalar. 

La multiplicidad de los aspectos del proyecto confiere al trabajo del revolucionario una perspectiva también múltiple.

Ningún campo de posible actividad puede ser excluido a priori. No pueden por el mismo motivo, existir campos de intervención privilegiados, tampoco "congeniales" al individuo. Conozco compañeros que no se sienten "atraídos" por algunos sectores de intervención —pongamos la lucha de liberación nacional—. Las objeciones que marcan el rechazo a un cierto campo de intervención son de lo más vario, pero se reconducen todas a la idea (errada) que cada uno debe hacer las cosas que le reporten la máxima satisfacción posible. Esta idea está errada, no porque no sea justo que uno de los alicientes debe ser la alegría y la satisfacción personal, sino porque la búsqueda de esta motivación individual puede ser preclusiva de otra búsqueda más amplia y significativa, la que se funda sobre la totalidad de la intervención. Partir de preconceptos en lo que atañe a determinadas prácticas o teorías significa atrincherarse —exclusivamente por "miedo"— detrás del hecho, casi siempre ilusorio de que las prácticas y las teorías no nos "gustan". Pero todo rechazo del preconcepto está siempre fundado sobre el escaso conocimiento de lo que se rechaza, sobre la escasa o nula posibilidad de acercarse a la cosa que se rechaza. La satisfacción y la alegría de hoy son así elegidas como fin definitivo, en su inmediatez ellas cierran las perspectivas del mañana, nos volvemos así, a menudo sin quererlo, miedosos y dogmáticos rencorosos hacia los que en cambio logran superar estos obstáculos, sospechosos hacia todos, descontentos, infelices. 

El único límite aceptable es el de nuestras (limitadas) posibilidades. Pero también este límite puede ser individualizado siempre en el hecho concreto y no sospechado, como existente a priori. Yo siempre he partido de la hipótesis (evidentemente fantástica, pero operativamente real) de no tener límites, de tener posibilidades y capacidades inmensas.

Luego, la práctica de cada día se ha encargado de indicarme los límites objetivos, míos y de las cosas que he ido haciendo, pero estos límites a priori no me han detenido nunca, no han emergido como ineluctables obstáculos a posteriori. Ninguna empresa por cuan increíble o gigantesca me ha bloqueado antes de comenzarla. Sólo después en el curso de las prácticas relativas a ella, la modestia de mis medios y de mi capacidad ha emergido, pero aún con su insuperable presencia no me ha podido impedir obtener resultados parciales que luego son las cosas humanamente alcanzables.

Pero también esto es un problema de "mentalidad", esto es, del modo de ver las cosas. A menudo se está demasiado ligado a lo inmediatamente perceptible, al realismo "socialista" del barrio, de la ciudad, de la nación, etc. Se es internacionalista en palabrería, pero en los hechos concretos, se prefiere lo que es más conocido. De este modo nos encerramos hacia lo externo y hacia lo interno. Se rechazan las relaciones internacionales reales, que son relaciones de comprensión recíproca, de superación de las barreras (también lingüísticas) de colaboración y de mutuo cambio. Pero se rechazan también las relaciones específicas locales, con sus características, sus contradicciones internas, sus mitos y sus dificultades. El hecho cómico es que los primeros se rechazan en nombre de los segundos, y los segundos en nombre de los primeros.

Lo mismo respecto a las actividades específicas, preparatorias, encaminadas a la reunión de los medios revolucionarios. También aquí la delegación en otros compañeros es un hecho que a menudo, se decide a priori. Se basa sobre rémoras y miedos que, bien profundizados no tienen mucho que decir. El profesionalismo que en otras partes se abandera, no encuentra lugar en la metodología anarquista, pero ni siquiera el rechazo a priori, o el cierre preconcebido. Lo mismo para cuanto sucede en relación al deseo de la experiencia fin en sí misma, de la urgencia del "hacer", de la satisfacción personal, de las "emociones". Los dos extremos se tocan y se complementan en la cercanía.

El proyecto barre estos problemas porque logra ver las cosas en su globalidad. Por el mismo motivo el trabajo revolucionario está necesariamente ligado al proyecto, se identifica con este, no puede limitarse a aspectos parciales. Por su parte, un proyecto parcial no es un proyecto revolucionario, puede ser un óptimo proyecto de trabajo, puede llegar a comprometer a compañeros y recursos aún por largos períodos de tiempo, pero antes o después acaba por ser penalizado frente a la realidad del combate de clase.

Radix

El placer de la capucha

Algo que nos enseñan a olvidar desde pequeñes es que la vida, después de todo, puede ser juego, exploración, disfrute... En definitiva, la vida puede ser placer. Y cuando se juega, en un sentido amplio del término, parece que disfrutamos mucho más esto de vivir. Para muchas personas cansadas de la aburrida monotonía del despertador a las siete de la mañana, la capucha es una forma de jugar, de explorar, y de disfrutar la libertad de vivir. Pero no nos vamos a engañar; la capucha no goza de un buen estatus hoy en día. No solamente nuestres enemigues de clase se empeñan en retransmitir a través de sus medios de comunicación imágenes tergiversadoras, sino que también algunes de les que podríamos esperar comprensión y apoyo demonizan la figura de la capucha.

Sin duda es una cuestión de cultura política. La capucha tiene un estatus más saludable en estados europeos como el de Grecia o Alemania, que en estados como los de España o el Reino Unido. En los Estados Unidos de Norteamérica encontramos regiones en las que la capucha está bastante aceptada—entiéndase el norte de California, Washington, y Oregón—, y otras regiones en las que no lo está tanto. En la región de Chile encontramos una fuerte presencia de capuchas, pero la aceptación social fluctúa—pareciera—según lo que diga le tertuliane de turno. Así que son muchas las formas de entender a la capucha, pero capucha solamente hay una. Decía antes que la capucha es una forma de disfrutar, de gozar, de explorar... en definitiva, la capucha es una forma de jugar. La capucha tiene el mágico poder de hacernos invisibles a los ojos del Estado y, a la vez, hacernos más visibles a los ojos de la historia—aquella que nosotres mismes trazamos. La capucha nos ayuda a confraternizar con aquelles que están dispuestes a romper con la monotonía del capitalismo; nos ayuda a identificarnos en el juego que es la creación de una sociedad nueva; nos ayuda a gozar de la vida porque nos permite hacer ciertas cosas que el Estado, y el capital, nos prohíben. Es más, la capucha nos ayuda a impedir que tanto Estado como capital sigan prohibiéndonos cosas.

De estas palabras sabrán les que alguna vez se hayan puesto una capucha en el hermoso goce de crear una sociedad nueva. La capucha es amigable pero también es engañosa, precisamente, por todo lo que la escuela, la televisión, y les adultes nos enseñan cuando somos pequeñes. Nos enseñan a ser mujeres y hombres que "dan la cara", que "toman responsabilidad de sus actos." Con todo el aparato estatal impartiendo hegemonía a diestro y siniestro no es de extrañar que estas ideas también florezcan entre aquelles que, honestamente, intentan crear otra sociedad más justa y libre. "Dad la cara, cobardes" sea, tal vez, la frase más escuchada en cualquier manifestación donde las capuchas hacen su juego. Como dos amantes del mismo sexo besándose en la vía pública, las capuchas pueden producir rechazo a la gente que las rodea. Pero ambas, les amantes y las capuchas, no entienden de rechazo, pues saben que el goce y disfrute del juego que ofrece la vida valen la pena arriesgarse a unos cuantos comentarios—incluso a unas cuantas agresiones.

"Cobardes" son aquelles que tras máscaras políticas y supuestos intereses comunes se esconden tras escaños parlamentarios. "Cobardes" son aquelles que tras palabras de revolución se esconden en la conformidad de lo que dicen estar en contra. "Cobarde" no puede ser la capucha por esconder un rostro humano que, de otra forma, no podría ejercer su libertad. Demasiadas son las cámaras que nos vigilan. Demasiades son les traidores que esperan a delatar. La capucha permite gozar y esto parece molestar a aquelles que no se atreven a dejar de lado la moral hegemónica. Y en todo esto, como en casi todo, encontramos dos varas de medir: la persona blanca europea que goza de la capucha es violenta y contra-productiva para "el movimiento." Les indígenas zapatistas, sin embargo, son de admiración y mayúscula exclamación. No entendieron les que reaccionan contra las capuchas en esto que llamamos malamente "primer mundo" que, la capucha, crea una identidad colectiva, solidaria, libertaria, y gozosa. ¿Y qué hay de malo en gozar de la vida, más aun cuando se busca la libertad?

La capucha, actualmente, es como el sexo en la moral victoriana. ¿Cuestión de tiempo para que esto cambie? No, sin duda, si las capuchas sucumben ante la apatía que las rodea. Hemos de estar tranquiles, no obstante: una vez puesta la capucha es difícil dejarla. Los seres humanos disfrutamos gozando de la libertad. Sí, la capucha nos proporciona una libertad que nos puede llevar de cabeza a cárceles, centros de internamiento, comisarias, y salas de tortura. Pero también nos hace entender que es una libertad más digna, y merecedora, que la libertad de los despertadores a las siete de la mañana, las cientos de marcas distintas de cereales en los supermercados, o las comedias de risas enlatadas en la televisión. La capucha permite, momentáneamente, escapar de todas esas prisiones que imponen a nuestro día a día.

Algunas aclaraciones sobre el anarquismo insurreccionalista

Muchas veces tendemos a perdernos en el mar de etiquetas que se ponen a la palabra 'anarquismo', sin preguntarnos tan siquiera si aquellas son realmente verdaderas, útiles, o beneficiosas. Una de las etiquetas que más llaman la atención es aquella de 'insurreccionalista', ya sea por la propia palabra en sí, por las personas que estereotípicamente son asociadas a ella, o por las acciones que son calificadas como 'insurreccionarias.' No obstante, las etiquetas, en muchas ocasiones, llevan a confusiones y rupturas entre personas que realmente son ideológicamente más cercanas de lo que pensarían. Las etiquetas se vuelven así una forma sencilla de ignorar los pensamientos de otras personas, pues nos facilitan encasillar y juzgar a les demás. Es por ello que pretendo con este texto aclarar, de forma muy somera, eso que tenemos por llamar 'anarquismo insurreccionalista' (AI). Además, al final de este texto encontraréis una lista de lecturas insurreccionalistas para profundizar en el tema, os animo a leerlas con atención y sin prejuicios.

En líneas generales, el AI se diferencia de otras posturas en términos de organización y acción, y no tanto en términos teóricos o filosóficos. La crítica a la organización formal y permanente, junto a la defensa de la acción directa (incluyendo la que cae en la ilegalidad de los distintos sistemas jurídicos que el capitalismo crea), serían los dos elementos más característicos del AI. Así pues, el AI aboga por la organización informal de afinidad frente al sindicato; el AI defiende el ataque directo (y violento cuando sea necesario) contra el capital, el Estado, la autoridad, y todos los símbolos de estos elementos.

Para el AI cualquier momento es bueno para comenzar la revolución social. En tanto que vivamos en una sociedad autoritaria, explotadora, y alienante (como lo es la sociedad capitalista), existirán razones suficientes para empezar a movernos en busca de nuestra libertad. Las crisis pueden acelerar los procesos revolucionarios, pero las razones ya existen a día de hoy, haya crisis o no. ¿Por qué esperar para actuar? ¿Es que no hablamos en serio cuando decimos que necesitamos construir una sociedad mejor?

Lo anterior nos lleva a la continua búsqueda de la sociedad anarquista. Dado que nosotres, les explotades, somos las contradicciones vivientes del capitalismo, la lucha ha de ser diaria y en todos los aspectos de nuestras vidas. El AI promueve la constante crítica de la realidad en la que vivimos, lo que incluye superar todo aquello que es considerado como 'bueno' y como 'malo.' El anquilosamiento mental que produce la tradición y la inmovilidad es lo que el AI quiere dejar atrás. Haz las cosas por ti misme, con quienes quieras, cómo quieras, y cuándo quieras. La revolución social no necesita de jueces que juzguen la moralidad de tus acciones ni el momento adecuado para empezar a buscar tu libertad.

Insurreccionalismo2

La distinción entre 'anarquismo individualista' y 'anarquismo social' es vacía y carente de utilidad. Las personas individuales no existen sin la comunidad, ni ésta sin aquéllas (por lo que el individualismo y el comunismo pasan a ser dos caras inseparables de la misma moneda, no hay contradicción entre ellas como a menudo se dice). La revolución social nace de los deseos libertarios de personas individuales que buscan romper con la realidad material y simbólica que les oprime cada día. Mientras que la libertad viene dada por una realidad en la que el acceso a los recursos y oportunidades/potencialidades de nuestras existencias son verdaderamente iguales para todes. Lo individual y lo comunitario no son contradictorios, sino que son interdependientes.

La revolución social no llegará jamás por medio de la organización formal permanente ni por 'revolucionaries profesionales.' El AI sostiene que las organizaciones permanentes terminan anquilosándose en su praxis, es decir, que la propia organización en sí acaba por convertirse en la razón de ser de la organización (o en otras palabras, "organizarse" se convierte en la meta final). Esto deriva en inmovilidad e inoperancia al deificarse la propia estructura del sindicato, la federación, o el partido. En muchas ocasiones la acción viene una vez que la organización se ha creado, es decir, primero se crea la organización permanente y luego se busca una causa por lo que pelear. El AI defiende que la organización ha de ser un medio en todo momento, nunca una meta final, y como medio, es susceptible de cambio y extinción.

Frente a la organización formal permanente, el AI propone la organización informal de afinidad. Los grupos de afinidad son por naturaleza flexibles, cercanos, y orientados exclusivamente a la acción. La asociación de individualidades con experiencias de explotación similares facilita la creación de marcos de acción que van desde la defensa de unos intereses (una plaza en un barrio popular) hasta al ataque directo (expropiación de un banco). El grupo informal de afinidad, al estar basado en lazos humanos de carácter íntimo, proporciona mayor seguridad a las personas que lo componen. La solidaridad y la confianza dentro de este tipo de grupos potencia el apoyo mutuo que permite llevar la lucha a niveles de mayor compromiso. De esta manera, para el AI el grupo es un "caldo de cultivo" que potencia el desarrollo individual, el cual es únicamente posible mediante la cooperación con otras personas. Cuando el grupo deja de ser un catalizador para la acción o para el desarrollo crítico de la individualidad, desaparece (sus componentes se disuelven y forman otros grupos). Mejor cambiar de gente y seguir avanzando la lucha, que anquilosarse en estructuras formales que idolatran la falsa "armonía" de las relaciones humanas.

Por otro lado, el AI no solamente trata de quemar coches patrulla, lanzar cócteles molotov, o expropiar bancos.  El AI no pretende idolatrar al ilegalismo ni convertir a les insurreccionaries en héroes o mártires. El ilegalismo es un medio más que ha de ser empleado según el contexto y según la valoración de cada grupo de afinidad (o individuo). Es por ello que el AI no defiende estar en la ilegalidad continuamente, pues todes nos vemos forzades a ser cómplices del capitalismo en algún punto de nuestras vidas. No obstante, el AI tiene presente que la ilegalidad y el ataque a los mecanismos del poder son dos medios siempre al alcance de nuestras manos.

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Tal vez la consigna más famosa del AI sea "ataca al Estado, ataca al capital, ataca a la autoridad, ¡no van a desaparecer por sí solos!" El AI se opone enérgicamente a las posturas (ya sean anarquistas, comunistas, etcétera) que abogan por "esperar", por "madurar la consciencia social", por "crear mayores movimientos de masas." El AI no cree en la revolución social como una revolución de masas caída del cielo. La revolución social, para el AI, llegará por medio de insurrecciones diarias in crescendo. La idea de que la revolución social llegará una vez que una amplia mayoría de la población esté dispuesta a cambiar la sociedad es, desde el AI, simplemente irreal. ¿Cómo se empieza una revolución si no se tiene experiencia en la acción? Así pues, el AI entiende la insurrección diaria como la mejor propaganda: no solamente se adquieren experiencias que nos enseñan a ver nuestros errores, sino que adquirimos habilidades y destrezas que no se pueden adquirir de otra manera. Además, la insurrección muestra a la gente que se puede atacar al Estado, que éste no es intocable. Si un puñado de grupos pueden expropiar un banco, ¿qué podría hacer toda una población? En definitiva: el AI sostiene que se aprende actuando y que la acción es la única manera de perseguir nuestras metas. No esperes a que "las masas se levanten", porque si nunca se han levantado no sabrán qué hacer. Actúa. Aprende. Comparte. No te quedes parade.

Finalmente, de lo anterior se deriva que las insurrecciones son simplemente modestos intentos para llegar a la revolución social. Para el AI la revolución social es una meta constante. Sin embargo, no deifica la revolución ni la considera una utopía lejana. Para el AI la revolución social es algo concreto, y es por ello que podemos avanzar hacia ésta en todo momento. La insurrección diaria es la materialización de esta consciencia, por modesta y pequeña que sea. Sabotajes, pequeñas expropiaciones, difusión de zines, arte callejero... la insurrección está en todas partes y puede manifestarse de muchas maneras, pues la insurrección es la ruptura con la normalidad que nos ahoga. Solamente si rompemos con la alienante normalidad de nuestras vidas cotidianas podremos llegar a la revolución social. La importancia de las insurrecciones radica en su naturaleza "vírica." Al ser acciones pequeñas, éstas son fácilmente replicables, y la replicación conlleva aprendizaje y mejora.

La revolución no es ninguna utopía-fetiche: es una necesidad vital.  ¡Esperar es morir!

Lecturas

El Placer Armado - Alfredo M. Bonanno

Anarquismo, Insurrecciones, e Insurreccionalismo - Andrew Flood

Propuesta para Entender la Organización de una Manera Distinta - Insurrection

Desarrollar Relaciones de Afinidad - Willful Disobedience

Actions Speak Louder than Words - Derrick Jensen [Inglés]

Some Notes on Insurrectionary Anarquism - Killing King Abacus, no. 2 [Inglés]