Razones contra el ecoleninismo de Andreas Malm

La literatura climática tiene una nueva estrella: el sueco Andreas Malm. El pasado otoño se publicó El murciélago y el capital, un muy buen ensayo para explicar el origen del virus SARS-CoV-2 y para introducir la crisis ambiental generalizada provocada por el capitalismo, de la cual el coronavirus es solo una de sus manifestaciones. Como indica Malm, el coronavirus es una bala y el cambio climático es como una guerra. Lo que deja entrever su dialéctica del desastre es que efectivamente detrás de esa guerra y estas balas, hay un general ordenando el ataque y ese no es otro que el capitalismo.

Pero por desgracia, el libro no se limita a esta parte brillante e indiscutible, sino que se sumerge en proponer inventos del TBO político-sociales, como se refirió un compañero a las distintas alternativas que alegremente suelen circular por los espacios ecologistas en una charla inefable que fue un ejemplo palmario de estas ideas: la exposición de Nate Hagens en Valladolid en un lejano 2019.

En primer lugar, el autor acierta en situar el capitalismo como agente promotor de la crisis ambiental, para después descartar tanto el colapso fortuito del capitalismo, como su reforma en clave socialdemócrata como su superación en clave anarquista -aboliendo el estado-.

La propuesta de Malm se reduce a la necesidad de dirigir desde el estado la caída del capitalismo fosilista. Partiendo de la necesidad compartida de transitar a una nueva civilización que elimine el capital como origen de la crisis ambiental, vamos a señalar los puntos ciegos del comunismo de guerra que Malm propone contra la crisis climática.

1 El fetiche del estado ecologista.

Malm plantea una defensa cerrada de la necesidad de dirigir la necesaria transición ecosocial desde el Estado. El problema es que el concepto de Estado que maneja Malm es una suerte de administración de las cosas, una estructura administrativa que gestiona los recursos y media entre los intereses contrapuestos. Siendo así, se entiende la necesidad de poner a este superadministrador a trabajar por un buen capitaloceno.

Malm propone, claro, una toma del Estado que habilitaría tomar las posiciones de fuerza suficientes para hacer descarrilar al capital fosilista y forzar una economía política sostenible. Todo esto además en el tiempo récord al que obliga la emergencia climática en la que estamos por haber agotado el tiempo que quedaba antes de desencadenar los peores efectos sobre nuestra civilización.

El problema es que esta concepción del estado es falsa, tramposa y posiblemente negligente. El Estado no es esa administración de las cosas, no es un órgano neutral de mediación entre particulares. El Estado es la estructura social que permite el gobierno de las personas, y más en concreto, de sus voluntades. De ahí que el estado como agente ante la crisis climática puede ser un aliado tremendamente eficaz. Lo que se omite es que esta apuesta nos dirige a los escenarios que habitualmente conocemos con el neologismo de ecofascismo, lo que sería el Behemoth climático de G. Mann y J. Wainwright. La idea de que el Estado es una máquina, una cosa que se puede poner bajo el control de un programa internacional de mitigación de emisiones y transición ecológica es un auténtico idealismo enmascarado en el peor de los oportunismos. La existencia de Estados nacionales por todo el globo parece ofrecer la oportunidad perfecta para disponer de ellos al antojo que se considere.

Para Malm el ejemplo claro de esta posibilidad es la revolución bolchevique, en la que un reducido grupo de militantes revolucionarios tomaron un Estado mastodóntico, pararon la guerra imperialista e iniciaron una titánica reconversión económica y política desde ese estado. Ese ejemplo sirve a Malm para proponer que necesitamos un periodo similar a ese comunismo de guerra, un estado de movilización permanente con el que vencer al capital fósil y sentar las bases de una NEP ecológica. No es el objetivo de estas líneas cerrar el balance que el movimiento socialista internacional tiene que hacer de la experiencia soviética, pero desde luego proponer la etapa del comunismo de guerra como objetivo político del ecologismo es un despropósito inexplicable teniendo en cuenta que dicha fase fue una salida coyuntural e improvisada para encauzar una revolución en medio de una crisis global interimperialista.

Existe una mitificación del asalto bolchevique al Imperio Ruso que centra su atención en la relevancia del Estado en el proceso y obvia que dicho Estado fue una pieza entre otras que los bolcheviques tuvieron que cooptar para abrir camino a la revolución, pero que ni la revolución fue el Estado ni posiblemente el Estado fuera la pieza clave del proceso. La conquista de la consciencia de obreros y soldados, de las estructuras del movimiento popular cristalizadas en los soviets, de las innovaciones técnicas que permitieron poner las industrias a su servicio…La propuesta de la toma del Estado sería más creíble si no tuviésemos en la historia otras tomas de estados menos idealizables: desde Burkina Faso al socialismo del siglo XXI.

2 La absurda critica del anarquismo antisemáforos.

La banalización del Estado pasa por una previa crítica al anarquismo que resulta inexplicable. Malm apunta contra el anarquismo posterior a la caída del muro de Berlín, a “cambiar el mundo sin tomar el poder” de J. Holloway. En realidad, Malm no está apuntando contra el anarquismo sino contra el movimiento antiglobalización muerto y enterrado tras la época de las grandes cumbres de finales de los años 90. Malm sitúa como icono del anarquismo a James Scott, al que postula como teórico de un anarquismo que propone la desaparición del Estado y la autorregulación popular, que centra en el ejemplo de “la desaparición de los semáforos”.

El anarquismo, para bien o para mal, no es esto que nos critica Malm. El anarquismo no postula la desaparición del Estado sino su abolición, una destrucción activa y que necesariamente implica la sustitución por otra estructura que sea, efectivamente, un superadministrador de las cosas y no un gobierno de las personas. El anarquismo que Malm desconoce es el de otro antropólogo: David Graeber. Un anarquismo pragmático, concreto, militante y revolucionario -aunque políticamente endeble desde hace décadas. Este anarquismo nos acerca más a Rojava que a Chiapas, lo que implica tener que acercarse a situaciones mucho más complejas y que tienen más que ver con ejercer el poder que con tomarlo.

Malm señala cómo durante la pandemia ha sido el lugar tanto de experiencias de apoyo mutuo como de la aparición de mafias y cárteles que han aparecido allí donde el Estado ha perdido el control, como prueba de la necesidad de un Estado en nuestra época. Pero lo cierto es que de nuevo se idealiza el Estado como puesto de mando de nuestras sociedades, y aquí es donde el anarquismo tiene mucho que decir. El Estado es el producto de unas determinadas relaciones sociales, las cuales están mediadas por la mercancía, el espectáculo y el poder. La transformación social que necesitamos para destruir al capital fosilista pasa, necesariamente, por la destrucción del Estado que le acompaña. Eso no significa apagar los semáforos y cerrar los edificios de la administración tributaria y el ejército. Destruir el Estado fosilista significa reemplazar la actividad del Estado por formas de administración populares que nazcan de otro tipo de relaciones sociales. Para el anarquismo, estas relaciones están definidas por la reciprocidad y la libertad, ahí está el núcleo de su cultura política. Lo que no es definitorio del anarquismo es cómo deben ser las formas de administración que permitan desarrollar esas relaciones sociales sin dominación. Más o menos centralizadas, más o menos globales, más o menos militarizadas. En cualquier caso, la propuesta anarquista pasa por la eliminación del Estado por ser, precisamente, el corsé que impide que los problemas sociales tengan soluciones autónomas. El caso del cambio climático es palmario, pero no es el único.

Las limitaciones del Estado para la gestión de los eventos que nos depara la crisis ambiental han quedado bastante patentes en el macabro fracaso de los Estados del primer mundo en la gestión de la pandemia de 2020. Las mayores cifras de enfermos y muertes han acompañado a las medidas más duras de confinamiento y represión social. A diferencia de las sociedades asiáticas, sudamericanas o africanas, en las que una mayor autonomía técnica y social han permitido el uso de una suma de remedios independientes del capital farmacológico y de las instituciones interestatales como la OMS. El caso Chino puede ser el más paradigmático, dado que el Estado Chino no es precisamente una institución poco dominante y, sin embargo, las medidas más efectivas respecto a confinamientos y control de la pandemia han emergido de las estructuras con mayor participación popular y más localizadas.

3 Narrativas para un mal relato.

El comunismo de guerra de Malm más que una propuesta teórica cerrada, siendo honestos, hay que entenderlo como un recurso retórico. De hecho, como la respuesta al recurso retórico dominante en la escena ecologista que vino desde EEUU: el Green New Deal. Frente al relato del pacto social verde y generador de riqueza que nos propone el Partido Demócrata de EEUU, Malm contrapropone una narrativa revolucionaria y de confrontación. Una narrativa que justifique hacer sacrificios por la causa, que nos movilice en términos militarizados y no tanto económicos.

Pero también en el campo de las narrativas la propuesta del comunismo de guerra es como poco, conflictiva. La primera etapa de la Unión Soviética no se recuerda con especial cariño por ninguna sociedad ni se la tiene especial estima en ningún movimiento político, precisamente, por ser una etapa de esfuerzos y contradicciones difíciles de justificar. El comunismo de guerra fue posible por un empuje popular que miraba más allá, empujado por la mitología socialista cultivada durante décadas, por el tecno-optimismo industrial y por la convicción de que cualquier futuro era mejor que la guerra y el hambre. Malm comete un auténtico despropósito pretendiendo movilizar con la promesa de tiempos duros y decisiones complicadas, del mismo modo que el ecologismo decrecentista suele cometer el error de invocar una Icaria feliz de tintes medievales como algo deseable. La estrategia comunicativa que tiene que acompañarnos no está clara y definida y parece claro que quién dé con ella tendrá un activo político de primer orden. En general en el movimiento ecologista existe una amplia discusión por las narrativas y los imaginarios que se discuten, conscientes de que el cambio ecosocial pasa necesariamente por tener el empuje popular que nace del deseo de mundos mejores.

Febrero de 2021

G. Juncales

Militante del Grupo Anarquista Cencellada

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Del estado policial del bienestar ¿qué pasará y qué quedará?

Llevas cinco semanas sin salir de casa, salvo dos o tres escapadas semanales a hacer la compra y algunas más a tirar la basura. Oyes recuentos de muertes, de contagios, de altas médicas, diferentes cifras y gráficas que las representan, diferentes medidas tomadas en países distintos, ... Apenas sabes ya lo que oyes. Los sociólogos Tülay Umay y Jean-Claude Paye llamaron hace unos años "efecto de estupefacción" al efecto que consiguen las autoridades y los medios de comunicación –particularmente, los de información 24 horas al día– en casos como el Mohamed Merah: el público no sabe lo que ha visto. Los detalles se acumulan y, en algunos casos, se contradicen, la percepción queda más pasmada que sorprendida, no es tanto que el poder dé un mensaje, ya que el conjunto no parece tener sentido, como que sigue imponiendo hechos consumados mientras damos por ininteligible ese no-mensaje.
Total, que la primavera se está apoderando de la ciudad, los pájaros cantan como nunca y tú notas no sólo esa estupefacción, sino tu capacidad mental bajo mínimos: ¿cuánto hace que no consigues concentrarte en algo durante una hora? ¿Te sientes desanimada/o? Las cosas que te importaban antes ¿te siguen importando igual o vas camino de preguntarte aquello que escribía Jaime Gil de Biedma ("¿Todavía soy capaz de interesarme y de desesperarme por algo que no sea el espectáculo de mi propia insoportable y crónica incapacidad?")?. Quizá estés trabajando en algo oficialmente considerado como esencial o en una de esas actividades que durante dos semanas no han sido esenciales pero que ahora vuelven a serlo. Sabes que decenas de miles de personas están encerradas en prisiones, CIEs, CETIs y demás y otras no tienen hogar, pero, por mucha suerte que puedas tener en comparación, te tienen estabulada como ganado, sacándote de la jaula lo justo para que la CEOE no presione más al gobierno, pero no tanto como para sentirte un ser humano.

Arturo Soria quiso cambiar el urbanismo de Madrid –con más esfuerzo que éxito– entre 1882 y 1920 teorizando y organizando su propio modelo de desarrollo urbano, la ciudad lineal. Liberal progresista, fue debidamente criticado por el movimiento obrero y aplaudido por otros liberales por construir aquel barrio basado en la compra familiar de viviendas y donde grandes burgueses, clase media y clase trabajadora serían vecinas, aunque con viviendas distintas a precios distintos. ¿A cuento de qué viene esto? De que incluso el buen Soria, que no era obrero ni obrerista, propuso a las obreras algo mejor que lo que tenían. Concretamente, dos subtipos de vivienda distintos (las unas tendrían 67 m² y las otras, 31,5), pero siempre con el cuádruple de tierra para jardín y huerto que de vivienda, así que, aun en el peor de los casos, una familia obrera tendría 126 m² de aire libre. ¿Qué no daríamos ahora por eso?

Lo de "A cada familia una casa, en cada casa una huerta y un jardín", que decía Soria, quedó para las pocas personas que pudieran permitírselo y aquellas pretensiones ingenuamente reformistas fueron arrolladas por un siglo de capitalismo especialmente expansivo, bélico, privatizador.
Vemos al gobierno español acusado por los sectores a su derecha, día sí y día también, de ser responsable de la muerte de veinte mil personas y de tener el sistema de salud al borde del colapso. Acusaciones paupérrimas, teniendo en cuenta cómo lo están haciendo otros estados, los tiempos o el deterioro previo del sistema de salud (gracias a PP, PSOE y cía), pero que, si sólo convencen a quienes quieren ser convencidas, lo hace con la fuerza de las emociones. Este gobierno centrista lanza medidas de cierto coraje y ambición –anuncia cierta renta básica, rebautizada "ingreso mínimo vital", moratorias de algunos alquileres e hipotecas, etc.–, pero también ha dejado claras sus prioridades al anteponer la producción al derecho a despedir a los muertos o los derechos de circulación, reunión, etc., más compatibles con la distancia de seguridad, los guantes, etc. que el "derecho" a ir al supermercado o la fábrica para no quedarse en paro. Este gobierno centrista nos ha metido a las llamadas FSE (fuerzas policiales) y FFAA hasta en la sopa y, si el estado de alarma ya es una exageración dudosa en su justificación médica y en su legalidad, FSE y FFAA lo están exagerando aún más y las candidatas a multa son ya 651.884 y las detenidas, 5.740 (para hacernos una idea, en el estado de excepción franquista del 24-I al 25-III de 1969 fueron 735 las detenciones).
Sirva de contraste Alemania, donde el Tribunal constitucional ha contradicho a tribunales inferiores y al poder ejecutivo, reconociendo el derecho a manifestación mientras se guarde la distancia de seguridad.

Nos encontramos, pues, antes varios riesgos contrapuestos. Por un lado, si la actual coalición de gobierno fuera reemplazada por otra tipo PP-Vox o PPSOE, la gestión de esta crisis sería, como mínimo, igual de antisocial, probablemente lo sería más. Por otro, denunciar esta deriva represiva puede resultar bastante incómodo: en general las FFAA y FSE gozan de cierto reconocimiento social y en este momento incluso la izquierda, donde menos se les quiere, está haciendo un esfuerzo por mostrarse disciplinada y dispuesta al sacrificio. No se sabe si es porque hay motivos de peso o porque creíamos que los había cuando empezamos a tragar con ello hace ya cinco semanas y estamos en lo que la psicología llama "escalada de compromiso" –o sea, que, como hemos hecho algo, queremos autojustificarnos y ratificarnos y estamos dispuestas a esfuerzos aún mayores con tal de no cuestionar lo que hemos hecho–. No deja de ser necesario hacerlo y no ya de palabra, sino que necesitaremos movilizaciones de verdad (en la calle) más temprano que tarde y, para entonces, quizá estemos todavía bajo el estado de alarma. Por último, existe el riesgo de que sean las conspiranoicas, la derecha opositora o la ultraderecha quien intente pasarnos por la izquierda con esto de la desobediencia al estado de alarma.
Para enfrentarnos a estos últimos riesgos y recordarnos dónde debe estar la esperanza, las repartidoras de Glovo –cuya lucha por ser reconocidas como asalariadas y no autónomas aún no ha concluido– se manifestaron este jueves pasado en esas calles en que siguen trabajando, llevando comida a domicilio. Se manifestaron en sus bicis y motos manteniendo la debida distancia y fueron identificadas por la policía, vulnerando esa distancia y su derecho al uso del espacio público.

En teoría son provisionales, pero sabemos que las medidas y dinámicas de estos meses pueden volverse duraderas, ¿cuáles queremos permitir y ampliar y cuáles eliminar o restringir?
Sabemos que, entre reclusión masiva en casa y represión desenfrenada en los espacios teóricamente públicos, la clase trabajadora no se rinde. Ni iniciativas necesarias lanzadas desde casa como el Plan de choque social o la huelga de alquileres, ni el esfuerzo de información que están haciendo la PAH y los sindicatos y colectivos de clase, ni el personal sanitario que mantiene en pie el sistema de salud, ni las redes de apoyo vecinal surgido, ni quienes luchan por trabajar –ya que hay que hacerlo– en condiciones de higiene y seguridad, ni estas riders de Glovo que han reabierto la brecha del derecho de manifestación. Ese es el camino.

Retirada del mercado, ¿ofensiva de las trabajadoras?

El tiempo vuela y de tal manera que hace tres meses no sabíamos que existía el COVID-19, hace diez días pensábamos que era algo francamente irrelevante y en los dos últimos días, en el estado español, hemos visto cómo causaba la declaración del estado de alarma y más de cien mil despidos. Estamos viendo cómo se nos lleva a permanecer en casa sabiendo que la mayoría tiene un puesto de trabajo y no puede –porque no es posible o porque no se lo permiten– desempeñarlo desde casa. Ni las empresas, ni los gurús neoliberales, ni siquiera la mayoría de dirigentes de los partidos opositores se han atrevido a rechazar la ofensiva del estado ante los límites del mercado para resolver algo así. Con entusiasmo o con resignación, asumimos que se trata de una situación en la que un esfuerzo de contención a corto plazo puede suponer acabar con la saturación de los centros de salud y rebajar la propagación del virus, a la espera de volver a la normalidad más temprano que tarde.

La democracia no debe detenerse a las puertas de la fábrica.

La frase la pronunció Marcelino Camacho en 1977 y ya entonces era más un deseo que una realidad.
Hace sólo dos días (curiosamente, en el 99º aniversario de la promulgación en la URSS de la NEP o nueva política económica) se anunciaba el estado de alarma y el confinamiento generalizado, sin ninguna previsión de cerrar los centros de trabajo. Es decir, se ponían las bases para seguir obligando a millones de personas a hacer en el transporte público y en el trabajo aquello que se les estaba prohibiendo en el resto de ámbitos. No obstante, el estado pasaba de quitarle hierro al dichoso virus a tomar la escena política: el gobierno central pasaba por encima de las comunidades autónomas en pleno conflicto en torno a la soberanía sobre Cataluña, entre otras cosas. Se dijo y se repitió que participarían las fuerzas armadas, una institución dopada en recursos, incluso en estos tiempos de recortes, y particularmente la UME, cuya mera existencia, en un país de privatización sanitaria y recortes en prevención de incendios, es el mejor ejemplo de lo dicho. Se anunció el acuerdo con patronal, CCOO y UGT para facilitar despidos colectivos temporales (ERTEs) y se aplazó dos días el anuncio de medidas económicas concretas.
Toda una aportación si se tratara de hacer ficción de suspense, pero no si hablamos de seguridad, lo que ha hecho que la CNT sacara contra reloj un manual para defenderse de los ERTEs y diferentes colectivos, abogadas y activistas publicaran consejos para minimizar los daños infligidos por las empresas a las trabajadoras. Organizaciones de clase como las del movimiento de vivienda (PAH, SI y otras), Riders x Derechos, Élite Taxi y sindicatos como CGT, CoBas o IAC han lanzado una campaña en redes sociales por un plan de choque social. Francia, con una mayor tradición de intervención estatal, tomó la delantera en este sentido, aunque también en el de la ocupación militar/policial del espacio público. Ayer lunes tuvieron que ser las trabajadoras del sector automovilístico –Mercedes-Benz en Vitoria, Iveco en Madrid, Renault en Palencia, Sevilla y Valladolid– y de la industria en general –Balay en Zaragoza, Airbus en Madrid– quienes pararan la producción, cuando la dirección de algunas empresas ya se lo estaba planteando por la falta de suministros.

Por fin, hoy martes, conocemos las medidas del gobierno, que profundizan en la línea del neoliberalismo con un par de muletas keynesianas: facilidades para que las trabajadoras despedidas puedan cobrar el paro pero también para que las empresas puedan despedirlas, moratoria del pago de las hipotecas que se vean afectadas por esta crisis, pero no de los alquileres, también para el (im)pago de suministros, pero ninguna previsión para quienes trabajan en la economía sumergida. Tampoco se tocan las rentas mínimas de inserción (incompatibilizadas con pequeños ingresos, escasas, denegadas a menudo sin motivo), aunque se facilitará la conciliación con el cuidado de hijas y, en cuanto a las trabajadoras autónomas, no recibirán ayuda las que no tengan suficientes pérdidas (75% como mínimo). Poco se sabe sobre las personas internadas en CIEs, prisiones y otros centros, sobre los servicios de atención a las personas en situación de dependencia o las necesidades de salir de casa de las personas deprimidas, con trastornos mentales, con discapacidad cognitiva, etc.
Eso sí, el jefe de gobierno –cuya tarea es dar la cara por el poder ejecutivo del estado y llevar sus riendas, no lo olvidemos– y líder del partido autodenominado "socialista obrero" invita a propietarias inmobiliarias a adaptarse a las posibilidades de sus inquilinas. Como si los viajes en el tiempo existiesen y, con un pie en el presente y otro en 1850, Pedro Sánchez se convirtiera en el catoliquísimo Donoso Cortés con aquello de enseñar "a los pobres a ser resignados y a los ricos a ser misericordiosos".

Cuando el enemigo avanza, retrocedemos, cuando acampa, lo hostigamos, cuando no quiere pelear, lo atacamos y cuando huye, lo perseguimos.
Mao Tse-tung

Y ¿ahora, qué? Ahora toca dar tregua al sistema sanitario evitando el contacto físico, pero no el otro. A corto plazo se están organizando redes de apoyo mutuo entre vecinas, se está haciendo un esfuerzo para informar y apoyar a trabajadoras despedidas o en riesgo de serlo. Más allá del corto plazo, la pandemia pasará mucho antes que el daño económico y los neoliberales dirán que el gasto público extra se resuelve con más recortes y más externalizaciones y que aquí no ha pasado nada. Eso no debe ocurrir. El regreso a la normalidad puede ser algo aún mejor si forzamos un nuevo pacto social. Esta crisis no nos coge débiles y desentrenadas como la anterior; el músculo desarrollado en los últimos nueve años se va a ver esta primavera.
El neoliberalismo está en retirada, la patronal –pese al avituallamiento del gobierno– está debilitada, se acerca el momento del contraataque.

Fraguas revive. La ruralidad como herramienta emancipadora.

En la Península Ibérica en 1960, antes del éxodo rural a las ciudades, vivían en espacios urbanos tan solo el 11% de la población, mientras que en 1980 era ya el 44% e la población urbana.

Fraguas, el antiguo pueblo y el actual reokupado, se encuentra en la ladera sur de la sierra de Guadalajara. Entre viveros de pinos, canalizaciones de agua para dicha función, tierras de labor disponibles y en el marco de un territorio de monte público. Esta región fue declarada Parque Natural en el 2011, sin embargo la realidad es que se utiliza como cotos de caza y para la explotación de madera.

En Fraguas existe un colectivo de okupación rural con autonomía, autosuficiencia, y el recorrido de una práctica común sobre un espacio determinado. Todas aquellas personas que hemos visitado el pueblo, hemos visto cómo se practican valores de utilidad social y no mercantil.

Se realizó una denuncia en 2013 por parte de la Junta Autonómica de Castilla-La Mancha, la instrucción del proceso judicial se llevó  a cabo entre 2015 y 2016. Los y las repobladoras de Fraguas fueron acusadas de un delito de usurpación, contra la ordenación del territorio y daños medioambientales. El juicio se celebró el pasado año 2018, y la sentencia les condena a 1,5 años por delito contra la ordenación del territorio, 6 meses por usurpación y 2.700 euros de multa que aumentaría la pena en 5 meses de prisión si no se pagase, algo bastante probable puesto que la línea de atuación de sus repobladores/as es la desobediencia. La responsabilidad civil no se fija, pero se refiere a la misma en los costes de la futura demolición de aquello que ha sido reconstruido. Casas que han vuelto a ser levantadas sobre las ruinas de las anteriores, destrozadas por las pruebas militares realizadas por el Ejército español en los años 90, pues eso ha sido Fraguas para la administración desde 1968 que fue desalojado, un espacio desposeído de otro objetivo más que intereses mercantiles o militares.

La experiencia de Fraguas, como otras de neorruralismo y de autonomía en pueblos abandonados, se deben entender en el marco actual de decadencia de las ciudades en el sistema capitalista inmersas en procesos de gentrificación y deshumanizadores. Se entiende la ciudad como consumo y el campo como espacio deshabitado para poder explotarlo. Las pobladoras y pobladores actuales de Fraguas muchas veces han recordado que no se trata de una huida al campo, sino que estas experiencias te posibilitan la autonomía en mayor grado que la ciudad.

La titularidad del Estado de este territorio, y no particular, abre las puertas a reapropiarse de lo público, lo social, aquello que podemos y debemos utilizar comúnmente. Es una gran oportunidad legitimarse a partir de conceptualizar la denominación de ‘parque natural’ como un espacio de coexistencia con el medio, y no crear reservas donde vayamos de visita desde las ciudades huyendo del frenetismo urbano.

Fraguas revive y nos enseña que la ecología es sinónimo de coexistencia, y por el contrario, mal que nos pese, la ciudad es un sumidero insostenible de energía y recursos. Por mucho que los y las urbanitas estemos adaptados a esta locura que suponen las ciudades en el sistema capitalista, son entidades humanas que rompen la armonía, la autonomía y la supervivencia de las comunidades sociales.

Sin embargo, se hace necesario retomar la ruralización conectando también con luchas urbanas. Eliminar la interiorización del autoristarismo y el capital en nosotros/as, esa es la principal lucha que debemos tomar desde la raíz. En la ciudad hay espacios de seguridad que debemos potenciar desde esta perspectiva ecológica, en los barrios; el hecho de vivir en comunidad es el gran salto a otro mundo posible.

La despoblación tiene el potencial de ir a los pueblos a cambiarlo todo. El Estado dice querer repoblar pero sus prácticas van en contra, puesto que muchas de las experiencias para trasladar a parejas jóvenes a pueblos para evitar su abandono tratan de reproducir las mismas formas de consumo y de familias mononucleares. Sin embargo, la gente del campo consume menos, y practica el cooperativismo como forma de vida y desarrolla las redes de apoyo, que son experiencias que nos limpian del individualismo urbanita que llevamos anclado.

Las prácticas desde las administraciones estatales hacen negocio de las casas rurales con fondos europeos, y convierten los pueblos en algo pintoresco pero no funcional. El desarrollismo franquista y el desalojo forzado bajo la excusa de la reforestación iniciaron este camino que ahora está consolidado con la ampliación de la denominación y cuota del Parque Natural que esconde otros fines muy distintos al ecológico.

Es bien habitual el falseamiento de los padrones municipales con el fin de ahorrar en los seguros de los coches, las segundas residencias, y el pago de retribuciones. El poder real de los pueblos es ejercido por una alcaldía controlada por habitantes falsos que utilizan estos pueblos para sus intereses particulares. Lo rural se configura como una distracción de lo urbano. El caciquismo rural es la cotidianeidad habitual. La okupación es una herramienta, no un fin. El objetivo es plasmarlo sobre una práctica, y un proyecto emancipador verdadero.

Entrevista al CoLaboratorio Bikestein. Taller autogestionado de bicicletas de la Escuela Popular de Prosperidad.

¿Qué es Bikestein? ¿Cómo surge y dónde os reunís?

Como su nombre indica, Bikestein es un espacio colaborativo y de resurrección de bicis viejas, maltratadas u olvidadas. Surge hace ya seis años en la Escuela Popular de la Prospe, de mano de un grupito de ciclópatas que apenas sabíamos nada de mecánica y queríamos aprender y enseñar, y fomentar el uso de la bicicleta. La escuela es un espacio vecinal autogestionado, asambleario y pedagógico, de ahí la orientación del grupo: no reparamos ni montamos bicis ajenas, enseñamos al visitante a hacerlo, y lo hacemos colectivamente. Para ello, contamos con material de segunda mano que la gente nos va donando y reciclamos, tenemos también bastantes herramientas que hemos ido atesorando y gente del grupo con más o menos nivel mecánico para echar una mano. Nos juntamos un “núcleo terco” de 6 o 7 personas todos los jueves de 19h a 21h, en la calle Luis Cabrera, 19 (estaciones de metro: Prosperidad y Av. de América), abriendo el taller a gentes del barrio y de fuera que vengan con problemas en su bici.

Aparte, una vez al mes damos un taller específico (la mayoría técnicos: aprender a parchear, a ajustar frenos y cambios, a centrar la rueda, etc.; pero también hacemos talleres de uso, como por ejemplo, normativa y consejos de bicirculación urbana, taller de ciclorrutismo, para montarte las vacaciones con alforjas). E intentamos organizar muchas más cosas: excursiones urbanas o campestres, algunas de ellas temáticas (el Madrid de la Guerra Civil, la Operación Madrid Norte, etc.); vídeoforos de pelis sobre bicis o ciclismo; charlas y debates en torno a la movilidad urbana; carreras de lentos... También contamos con un “banco de bicis”, es decir: tenemos decenas de bicis viejas que nos han ido donando y que requieren más o menos trabajo para resucitar, que ofrecemos a disposición de cualquiera que no tenga bici y quiera montarse y poner a punto una con nuestra ayuda.

Nuestros principales objetivos son promover el uso de la bici, mejorar la autonomía del ciclista, reflexionar y actuar de forma crítica en torno a temas como la movilidad urbana, el medioambiente, el reciclaje, etc.

¿Por qué dar vida a las bicicletas desde la autonomía y la autogestión colectiva?

La bici es un vehículo relativamente sencillo, en términos mecánicos y técnicos. Cualquiera con un poco de paciencia e interés, y la ayuda de alguien que sepa,  puede aprender en poco tiempo lo más básico para tener bastante autonomía. Es además un vehículo muy económico, sobre todo si nos dedicamos a reciclar piezas viejas o en desuso. No contamina y nos ofrece salud y placer a raudales. Y en la gran ciudad, la bici puede convertirse en un “tema generador” de reflexión y crítica, pues toca ámbitos tan cruciales como la movilidad y el transporte, la planificación urbanística y el medioambiente. La bici te empodera como ciudadano, y si se trabaja colectivamente, te empodera sinérgicamente (¡toma expresión!).

Esto último es importante: tampoco hay que idealizar a la bici, puedes ser un perfecto mamarracho que no se baja del sillín, se gasta un pastón en embutirse en licra, compite con quien se le ponga a tiro y traslada el estrés y la violencia de la ciudad a los peatones (desgraciadamente, final de “la cadena trófica” de nuestra selva urbana actual), por eso es importante trabajar a nivel colectivo, no individual. De hecho, como vehículo la bici también tiene su reverso tenebroso: tiende a ser bastante individualista (es complicado llevar en tu bici a alguien que mida más de tres palmos), se está generando cierto fetichismo consumista e identitario a su alrededor y, al ser “tan física”, tiende a estimular la faceta más testosterónica de muchos ciclistos.

Por otro lado, también puedes, hoy por hoy, aprender a reparar tu bici sin moverte de casa, a base de videos de youtube y diversos blogs, pero eso no hace mucha comunidad y es más aburrido, ¡somos seres sociales!

Es evidente que no pensamos mayoritariamente la bicicleta como medio de transporte en ciudad, ¿por qué creéis que sucede esto?

Actualmente hemos asumido como natural el hecho de que las modalidades del transporte urbano sean limitadas e ineficientes. En el caso de una ciudad como Madrid, aunque valdría casi cualquier otra del estado español, esto se reduce a la posesión de un vehículo propio, el uso del transporte público o a pie.

A lo que hay que sumar, en nuestra opinión, la identificación de estas distintas formas de transporte con determinadas ideas enraizadas en el capitalismo y que la bicicleta cuestiona. Asociamos la posesión de un vehículo privado, sea el que sea, pero si es caro y grande, mejor, con la libertad y la capacidad económica. Poseer un coche es, hoy en día, un elemento de prestigio. Y las comparaciones con el transporte colectivo son muy interesantes. No ya solo porque, casi de manera inmediata, nos cueste imaginar a políticos o empresarios cogiendo el Metro, Cercanías o el autobús; sino que al ir bajo tierra, no se ve la precariedad. Incluso el ir a pie tiene una serie de implicaciones similares. El capitalismo nos expulsa de nuestros barrios. Nos obliga a alejarnos de nuestras amistades y seres queridos porque nos dificulta, cuando no impide, la vida. Y, sin embargo, vemos al ciclista con desdén. Sin entender que la bici nos libera. Y todo esto se palpa en cómo se han desarrollado las ciudades. En cómo gestionamos un espacio urbano limitado que hemos cedido, casi por completo, al vehículo privado.

Además, en el caso de Madrid creo que cuesta ver la bicicleta como medio de transporte habitual por la cantidad de tráfico, las numerosas cuestas que tenemos y por la falta de carriles-bici segregados. Sin embargo, desde que existen experiencias (con todas las críticas que deben hacerse a cómo se realizan las mismas) como BiciMad, y se han empezado a hacer algunos carriles-bici, parece que ha pasado a ser una presencia mucho más habitual y normalizada en las calles. Sin embargo, sigue habiendo mucho trabajo por delante, también de educación vial, tanto de los coches para que respeten a las bicicletas como vehículos de pleno derecho, como de los ciclistas, que en no pocas ocasiones ignoran las reglas más básicas del código de circulación, enfadando a conductores y peatones.

¿Qué ventajas ecológicas tiene el uso de la bicicleta frente a otros vehículos?

Es bastante evidente: innumerables. Posiblemente solo sea más ecológico calzarse un par de zapatillas y echarse a andar. Ni contamina ni consume energía (aparte de la propia, que gracias a la bici tiende a trasladarse de los michelines a otras zonas más aerodinámicas); la mayoría de sus componentes son sencillos, duraderos, económicos y fácilmente reparables. Y gracias a iniciativas como los talleres sociales de bici, es fácil aprovechar material usado, un buen arsenal de herramientas colectivas y resucitar bicis desahuciadas.

¿Consideráis que la ciudad está adaptada al transporte en bici? ¿Y las zonas rurales o de montaña actualmente? 

La ciudad moderna está diseñada para el coche, y encima es que es algo que nos parece “natural”, es así desde siempre y en todas partes; pero cuando te decides a moverte en bici, lo notas enseguida. La misma señalización viaria lo es; por ejemplo: aparte de las innumerables vías de un solo sentido, que pueden limitar y complicar mucho tus recorridos, los semáforos están secuenciados y temporalizados para el ritmo de los coches, así que como ciclista, o te saltas algunos (con el peligro que esto supone) o te eternizas y te agotas. Y lo peor es que todo el discurso ‘guay probici pseudoecologista’ de la mayoría de los ayuntamientos actuales se queda mayormente en eso, un discurso, y siguen desarrollando la ciudad para los coches, incluso cada vez más. No hay más que ver los nuevos desarrollos urbanos madrileños (Ensanche de Vallecas, Sanchinarro, las Tablas, etc.), con avenidas inmensas con doscientos carriles por sentido, y donde lo más que han hecho (cuando lo han hecho) es meter algún carril bici invadiendo las aceras peatonales y serpenteando entre mil cruces y semáforos, pensados más para el paseillo que realmente para desplazarse.

La cosa es sumar kilómetros de carriles-bici, traducibles en votos y prestigio modernete. El caso es que parece que las bicis estamos aquí “de prestados”, como “pidiendo permiso” por circular, como si la ciudad no fuera también nuestra. Esto es algo incluso interiorizado por muchos ciclistas, que se pegan a la derecha en los carriles “para no molestar” y dejar pasar a los coches (lo cual es mucho más peligroso que circular por en medio del carril y obligar a que te adelanten cuando puedan, en vez de rebasarte), o que invaden las aceras generando conflictos con los peatones, etc. Por eso creemos que es prioritario empoderarnos y tomar el asfalto, ser siempre bien visibles, circular en medio de la vía y tener claro que aquellos conductores que se molestan porque los frenamos en sus prisas, tienen que ir acostumbrándose a ralentizar, compartir vía y no coger tanto el coche para todo. Como ciclista, no solo tienes tanto derecho como un conductor a usar las vías de forma segura y a tu ritmo, sino incluso más, pues tú por lo menos no estás contaminando, pero sí tragándote a pleno pulmón sus malos humos. Si te paras un minuto a fijarte en los coches que pasan por una calle, más de la mitad solo llevan a una persona, el conductor, y otra cuarta parte a dos personas… ¿hay algo más absurdo que movilizar constantemente un vehículo que pesa toneladas, consume hectólitros de combustible no renovable y contaminante, para desplazar a una persona de entre 50 y 80 kilos durante unos pocos kilómetros? (Mal)Vivimos instalados en el sinsentido.

¿De qué maneras y con qué acciones podríamos readaptar los espacios urbanos a un transporte a escala humana como es la bicicleta?

Creo que habría que hacer una buena red de carriles coches, y el resto que pasara a ser reino (o, mejor dicho: república) de los peatones, bicis, patines, patinetes, etc. No bromeamos: sería necesario, claro, mantener una mínima infraestructura para vehículos motorizados (principalmente colectivos, pero también de transporte de mercancías), pero el modelo imperante tendría que ser el no motorizado, al revés de lo que ocurre actualmente. Y en todo caso reforzar el transporte colectivo eléctrico (metro y trenes de cercanías), que no solo no interfiere con las bicis sino que puede y debería ser perfectamente combinable con las mismas. A esto se le podría sumar un buen sistema de coches eléctricos públicos compartidos, de usar y dejar. Bueno, si queremos sobrevivir unos siglos más, claro. Las ciudades son ya desde hace tiempo y de forma creciente inhabitables, irrespirables, antihumanas. Otra medida imprescindible, a más largo plazo tal vez, tendría que ser reducir el tamaño de las ciudades, lo que no solo las haría mucho más accesibles y amables para moverse en bici y otros medios sostenibles, sino que solucionaría otro gran problema actual, que es la despoblación rural.

Ciudades de millones de habitantes son sencillamente ingestionables a escala humana, son inherentemente agresivas, deshumanizadoras y liberticidas. En cuanto a los espacios urbanos, habría que dedicar la mayor parte de los mismos al peatón, y “ruralizarlos” en forma de zonas verdes; que andar y ciclar se nos haga siempre mucho más atractivo y práctico que arrancar el motor. También sería muy provechoso poder repensar la distribución de los espacios urbanos para facilitar los desplazamientos menos contaminantes. No es sólo reorganizar el tráfico, pasa también por acercar los servicios básicos a los barrios o facilitar el comercio de proximidad.

Hay quienes afirmamos que aquellas personas que nos movemos en bicicleta somos una pequeña piedra en el zapato del sistema capitalista, ¿pensáis esto mismo?, y ¿por qué?

El coche es uno de los pilares de la industrialización y del capitalismo, desde Ford hasta hoy. No solo mueve un enorme capital, su fabricación es considerada una industria nacional que se protege y subvenciona, condiciona la existencia y planificación de las grandes megalópolis, constituye una de las mayores fuentes de consumismo y simbólicamente concentra lo más lindo del modelo patriarcal, consumista y fetichista (no hay más que ver un poco los anuncios). Competitividad, individualismo, velocidad, mucha testosterona y narcisismo. Todo lo que cuestione este modelo, industria y way of life, pues fastidia, y la bici como medio de transporte puede hacerlo directamente. Por sí sola tal vez no vaya a ser la tumba del capitalismo, pero si podemos echar una paletada sobre el ataúd, pues eso que ganamos. Pero ojo, insistimos, la bici como medio de transporte, como opción política (también en el sentido literal del término, opción en la polis) y dentro de una comunidad y de un imaginario colectivo y social, no como objeto de consumo para machos alfa. La bici no es más que un instrumento, que lo usemos bien depende de todo el mundo.

¿Qué consejos podéis ofrecer a alguien que no sepa nada de mecánica ni mantenimiento de una bicicleta y esté dudando si hacerse con una?

Pues que no lo dude, por todo lo comentado anteriormente. Y para aprender, que se acerque al taller social más cercano, o que intente montar uno en su espacio de referencia. Y, por descontado, que calcule lo que gasta anualmente en el coche o el transporte público y lo que podría gastar yendo en bicicleta.

La okupación en cuestión

Por Cosaco Libertario

He venido reflexionando sobre la okupación tiempo atrás, quizás desde hace varios meses, quizás un año. Y creo precisa hacer patente una visión crítica a los espacios okupados, a esos Centros Ocupados, Espacios Liberados o cualquiera de esos eufemísticos nombres que toman unos pequeños espacios donde priman ideologías anticapitalistas. Y es que en el fondo no son más que eso: espacios donde las personas de carácter anticapitalista se reúnen para realizar sus actividades propias dentro de un sistema capitalista.

Es preciso ponernos en situación, y por lo tanto, definir los conceptos y encajar la crítica en el espacio que le corresponde.

Definiremos la ocupación como el acto de ocupar aquello que no pertenece, de forma titular[1. Hace referencia a la titularidad legal], al ente ocupante(persona física, persona jurídica, colectivo, federación, estado...). A raíz de ese término, podemos destacar que la ocupación de inmuebles es el acto de ocupar un inmueble que no pertenece, de forma titular, al ocupador. Las ocupaciones de inmuebles tienen como origen diversas causas, entre las que destacamos:

  • Ocupación famélica: similar al hurto famélico, es la reapropiación o expropiación de un bien inmueble para la satisfacción de una de las necesidades más básicas, como es el derecho al techo y al hogar. Hoy en día, la FAGC nos ha brindado una gran ocasión de asistir a una ocupación famélica no de hogares individuales, sino una construcción de una comunidad bajo este precepto.
  • Ocupación política: Ocupación que cumple con la estructuración de nuevas formas políticas.
    • Okupación: ligada al Movimiento Okupa, la ocupación de inmuebles vacíos con fines diversos. No incluimos en el movimiento okupa las ocupaciones de terrenos, pues estamos analizando inmuebles.
  • Ocupación estratégica: La toma de un bien inmueble que cumple funciones estratégicas. Esta ocupación suele ser parcial, pues suele ser una herramienta de intercambio: se libera el inmueble con las condiciones que los ocupantes establecen.

La okupación

Uno de sus primeros exponentes fue la Ciudad libre de Christiania, un espacio militar que decidió tomarse como espacio público. En el estado español surgen los primeros CSO (Centros Sociales Okupados) en los años 70, concretamente a partir del 75. De estos proyectos, muchos estaban enfocados a prácticas pedagógicas, como GITE-IPES (Gau Skola), que pretendía ser una Universidad Popular; otros  enfocados a la búsqueda de un espacio que aglutinara toda esas luchas políticas, sindicales, sociales y culturales que requerían un local desde el que proyectarse, como Auzotegi Kultur Etxea; y muy al hilo de esta, las reapropiaciones de edificios sindicales, como el Salón Buenaventura, inmueble expropiado por el franquismo que la CNT reapropió. Otros, como Kan Badina, eran espacios dedicados a la acogida de inmigrantes, o Minuesa, que era una imprenta.

Como hemos apuntado, estas prácticas se realizan con edificios abandonados, generalmente pertenecientes a corporaciones, bancos o municipios. Avanzando en el tiempo, dando un salto radical hacia lo que nos compete, venimos a nuestro tiempo. Un tiempo en que las siglas nos permiten conocer qué tipo de espacio nos asiste:

  • C - Centro
  • E - Espacio
  • S - Social-Sociocultural
  • O - Okupado
  • r - re
    • rO (reOkupado)
  • A - Autogestionado, aunque en escasas ocasiones Anarquista
  • L - Liberado

Las okupaciones contemporáneas.

Las okupaciones hoy día tienen como principales temáticas el ocio, la difusión cultural y la práctica a pequeña escala de economías colaborativas. Dichas temáticas se desenvuelven de la siguiente forma:

  • Ocio: talleres, conciertos, cenadores...
  • Difusión cultural: charlas, bibliotecas, talleres (también), teatro...
  • Economías colaborativas [2. han surgido también nuevas formas de economía colaborativa fuera de esta gestión obrera, y muchas con fines lucrativos: blablacar, Wallapop... No hago referencia a estas economías, y soy reticente a llamar a estas economías autogestionadas] : Gestión de tiendas y mercados populares (tiendas gratuitas, entre otras), gestión de espacios dedicados a la productividad (huertos), guarderías...

Cabe destacar una última categoría, que no por ello es la menos frecuente: espacio político. Y efectivamente, esta categoría podría incluirse aglomerando a las demás, pero no lo haremos, queriendo destacar de esta clasificación que sirve como punto de encuentro entre individuos afines, aglomera y cede espacios a colectivos de diversas tonalidades políticas. Hoy los tonos que más visten estos espacios o centros son el violáceo y el negro, aunque el rojo también tiñe algunos de estos.

Crítica a los espacios okupados

Entendiendo la óptica que los espacios asisten, y los beneficios que los espacios o centros aportan al movimiento revolucionario, escribo esto sin mayor afán que una revisión para el empleo de los espacios okupados.

La okupación como proceso individualista

Dichos espacios, por lo general, y como ya apunté antes, tienen un profundo carácter individualista: tienden a aislarse de la sociedad y a creer en una panacea que no es tal. Se pierde más tiempo en la gestión de estos espacios, en intentar mantener el espacio puro que en la transformación (social) real. No asume contradicciones, y pretende erradicarlas en su seno, perdiendo de vista la causa de dichas contradicciones. Veamos cómo la pregunta de antes puede ser explayada: ¿Y ahora que tenemos un espacio libre de machismo, libre de capitalismo, libre de cualquier autoridad... qué? ¿Supone alguna transformación real, en la sociedad? ¿O si muere el espacio, morirán las conductas, y con esas personas, las ideas de ese espacio? Una característica de las revoluciones exitosas en su totalidad son aquellas que han sido capaces de perdurar en el tiempo, aunque sea bajo causas que no merecen sino mi más sincero desprecio y mi firme rechazo, aunque sea desde la perspectiva histórica: la revolución liberal de 1789, que implantó el sistema vigente; la revolución de octubre de 1917, que no sólo perduró en el tiempo, sino que es añorado aún su resultado en los países en que vivió. Y precisamente esa es una de las mayores taras a las que nos enfrentamos como movimiento libertario: Cómo perdurar en el tiempo, más allá de viejas glorias y magníficos libros.

Capital, estado y okupación

Cabe cuestionarse que estos centros sean realmente parte de algún proyecto revolucionario. La decisión de no pagar para abordar un espacio y darle un uso en actividades revolucionarias no es el hito al que hago referencia, pero esta no es una decisión profundamente anticapitalista: en los cuadros de contabilidad de cualquier empresa aparecen reflejados extravíos, pérdidas y robos, es decir, es algo inherente a su sistema, pues es considerado en las empresas una tara que asumir, al igual que el código penal castiga el delito contra la propiedad individual o colectiva, pues conocen las limitaciones de su propio sistema y apuntalan esos fallos (la cárcel no muestra sino el fracaso del estado como sistema, pero esa es otra cuestión).

El capitalismo como sistema económico se ha caracterizado por su versatilidad: ha sido capaz de tomar la autogestión y ponerla bajo su nombre. No una autogestión integral, pero sí bajo figuras económicas como las cooperativas, autónomos... es decir, ha sido capaz de apropiarse del concepto autonomía y hacerle parcialmente suyo. Y, por lo tanto, es también capaz de integrar estos espacios como forma propia: allí donde las personas se reúnen y tienen un falso sentimiento de libertad. Falso, sí,  porque la libertad, lejos de ser una abstracción individual, es una necesidad colectiva. Parafraseando a Mijail Bakunin[1. M. B. (1871) Dios y el Estado, Capítulo Dios y el Estado.]:

"Yo no soy verdaderamente libre más que cuando todos los seres humanos que me rodean, hombres y mujeres, son igualmente libres. La libertad de los demás, lejos de restringir o de negar mi libertad, es, por el contrario, su condición necesaria y su confirmación. Me vuelvo libre, en el verdadero sentido, sólo gracias a la libertad de los demás: cuanto mayor es el número de personas libres que me rodea y más profunda y más grande y extensa su libertad, más profunda y mayor se torna la mía. [...]"

Es decir, cuando las personas ven la panacea en la liberación del espacio, o en su mantenimiento, o simplemente sus aspiraciones revolucionarias tratan de una actividad en un espacio con un capitalismo y un estado cada vez más restrictivo circundantes, entonces dichas personas han perdido aspiraciones revolucionarias. El cambio en un espacio puede ser útil, siempre y cuando sea centrífugo, no centrípeto.

Otro de esos  puntos que ha abordado el capitalismo de forma excelente es la permanente perfección de la productividad, a costa de investigaciones y experimentos sociológicos. Entre otros, podemos hablar de uno de sus pioneros, Elton Mayo, que descubre que dotando de descansos estratégicamente situados a los trabajadores, estos tienen mayor productividad. Así, estos espacios cumplen una labor similar, como apunta Slavoj Žižek [2. S.Z. (2013) 6th subversive festival. Link aquí.]. En ese espacio con aparente libertad, que se visita durante el tiempo libre de las personas, cumple una labor productiva excelente: libera las tensiones entre los más radicales, les dota de una falsa apariencia de autonomía y les limita la acción a un espacio cerrado, en el cual las molestias que estos puedan causar son un problema inferior que hagan uso de la calle como espacio liberador. Entra el segundo factor [3. El segundo en aparecer por el orden en que he decidido estructurar este artículo, no por orden capital.] (siendo el primero el capitalismo): el Estado.

Ha sido el sueño de cualquier Estado reducir a los grupos revolucionarios a espacios limitados de una forma tan eficaz. Sacar a los elementos radicales de la calle, espacio tradicional de los trabajadores [4. David Whitehouse (2012) Los orígenes de la policía. Link aquí.], es su mayor conquista. Forma casi parte de una estructura penitenciaria, que además puede servir como punto de partida para la incorporación de drogas [5. @Nen__17 (2016) La guerra química del Estado, a través de las drogas. Link aquí.], si así fuese necesario, y reducir aún más la actividad de quienes enarbolan la causa revolucionaria.

Pese a ello, existe represión en el ámbito. Los espacios okupados generalmente se someten a desahucios constantes o a amenazas de desalojo. Se entiende desde una óptica del conflicto permanente: si el estado logra aparentar que estos espacios tienen tintes ilegalistas o revolucionarios, y que este los persigue con ahínco, consigue que la actividad revolucionaria se vuelque con, para y por los espacios okupados. Esto no significa que en los espacios no se realicen hitos revolucionarios, o que en ellos no se encuentren los revolucionarios, sino que explica cómo el estado embrolla y orquesta la disminución de actividad revolucionaria.

El falso sentimiento de autogestión o economías anticapitalistas

Antes me mostré desconfiado a llamar a las economías vigentes en estos espacios autogestionados, y ahora lo hago con llamarlas anticapitalistas. La autogestión no es un hecho aislado, sino una economía hecha de personas liberadas de cualquier opresión, pues la mayoría de estas afectan a la economía, como la del hombre por el hombre (capitalismo o estatismo) o la cultural (roles de género). La economía es la administración de los recursos y su distribución, y los apelativos que suelen acompañarla (socialista, capitalista...) indican el cómo ha de hacerse. La autogestionada es aquella que es de, por y para los productores. Estos centros no poseen una economía tal, pues sufren inferencias de fuera (no han decidido la moneda para dicha administración), los recursos primitivos (o la materia prima) ha sido adquirida por lo general, o bajo mano de obra de trabajadores asalariados y comprados con moneda que no se ha decidido. Podría seguir escribiendo sobre ello, pero nos alejaría del asunto que nos compete.

La economía que en estos centros se lleva es más parecida a las economías colaborativas antes citadas, pero sin ánimo de lucro (aunque las economías colaborativas no llevan intrínseco el ánimo de lucro): es la colaboración de personas que comparten capacidades o recursos para satisfacer dichas necesidades.

Los centros como bastiones revolucionarios

Los espacios okupados son una buena herramienta que hay que explotar con sus debidos usos. Los usos que hoy se les dan son merecedores de halagos, pero a su vez favorecen lo que anteriormente he citado. Tenemos que dotar a estos espacios de una lucha política más intensa.

La analogía de estos espacios con bastiones es muy necesaria. Estos espacios tienen que estar preparados para ser defendidos, ¡en efecto! Pero también tienen que ser centros neurálgicos de ataque. No se puede sostener una lucha revolucionaria de la defensa de espacios. Tampoco se puede argüir que la toma de estos ya es por sí un ataque, pues como antes dije es una falacia. De la defensa sólo se espera no ser derrotado, con el ataque hay esperanzas en las victorias.

¡Que los centros acojan a los forajidos! ¡Que los centros acojan a los ilegales!

¡Que sean bastiones revolucionarios, y no obras caritativas!

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