La desbrutalización de la política

Vamos a permitirnos empezar con una cita muy larga, pero magnífica para introducir el tema. En su biografía de Joseph Fouché –destacado personaje de la Francia revolucionaria, luego de la imperial y luego de la absolutista– escribió Stefan Zweig lo siguiente:

Este es uno de los secretos de casi todas las revoluciones y el destino trágico de sus caudillos; sin tener sed de sangre, verse obligados a derramarla. [...] Robespierre, que puso su firma bajo miles de decretos fatales, combatió dos años antes, en la Asamblea Constituyente, la pena de muerte, y condenó la guerra como un crimen. Danton, a pesar de ser hechura suya el terrible tribunal, llegó a gritar estas palabras de desesperación con el alma atribulada: «Ser guillotinado antes que guillotinar». Hasta Marat, que pide públicamente desde su periódico trescientas mil cabezas, hace todo lo posible para salvar a los que están sentenciados a caer bajo la cuchilla. Todos los que más tarde han de aparecer como bestias sangrientas, como asesinos frenéticos, ebrios con el olor de los cadáveres, todos detestan en su interior (lo mismo que Lenin y los jefes de la revolución rusa) las ejecuciones. Empiezan por tener a raya a sus adversarios políticos con la amenaza de muerte; pero la simiente del dragón del crimen surge violenta del consentimiento teórico del crimen mismo. No pecó por embriaguez de sangre la revolución francesa, sino por haberse embriagado con palabras sangrientas. Para entusiasmar al pueblo y para justificar el propio radicalismo, se cometió la torpeza de crear un lenguaje cruento; se dio en la manía de hablar constantemente de traidores y de patíbulos. Y después, cuando el pueblo, embriagado, borracho, poseído de estas palabras brutales y excitantes, pide efectivamente las «medidas enérgicas» anunciadas como necesarias, entonces falta a los caudillos el valor de resistir: tienen que guillotinar para no desmentir sus frases de constante alusión a la guillotina. Los hechos han de seguir fatalmente a las palabras frenéticas. Así se inicia la desenfrenada carrera, en la que nadie se atreve a quedar atrás en la persecución de la aureola popular. Siguiendo la ley irresistible de la gravitación, viene una ejecución tras la otra; lo que empezó como juego sangriento de palabras, se convierte en puja feroz de cabezas humanas. Se hacen así miles de sacrificios, no por placer, ni siquiera por pasión, y mucho menos por energía, sino simplemente por indecisión de los políticos, de los hombres de partido, que carecen de valor para resistir al pueblo; por cobardía, en último término. Por desgracia, no es siempre la Historia, como nos la cuentan, historia del valor humano; es también historia de la cobardía humana. Y la política no es, como se quiere hacer creer a todo trance, guía de la opinión pública, sino inclinación humillante de los caudillos precisamente ante la instancia que ellos mismos han creado e influenciado. Así nacen siempre las guerras: de un juego con palabras peligrosas, de una superexcitación de las pasiones nacionales; y así también los crímenes políticos; ningún vicio y ninguna brutalidad en la tierra han vertido tanta sangre como la cobardía humana.

Al menos desde 1990 se oye hablar de brutalización de la política, término que incluso ha dado nombre a un libro. El término es bastante claro y se referiría sobre todo a generaciones pasadas, especialmente a la década de 1910, rica en confrontación y violencia: la primera guerra mundial, la revolución rusa, el endurecimiento de luchas que en parte se hacen eco de ambas («años de plomo» italianos, españoles y argentinos, ocupaciones de fábricas y fincas también en estos estados, intentos revolucionarios en Alsacia, Brasil, Berlín, Baviera, Hungría, ...), etc.
Sin embargo, la acción de sindicatos y demás grupos de trabajadores de la época también nos suscita a menudo mucha simpatía y nos inspira una mezcla de ganas de ser dignas de su legado con bochorno por el estado en que se encuentra hoy: un movimiento proletario escaso y tendente a la apatía, el sectarismo y la desorganización. Y no obstante, ¿es aquel movimiento el modelo de lo que queremos llegar a ser, aunque sea como etapa para aspirar a más (siempre a más)? ¿Hay algún aspecto al menos en que estemos haciendo las cosas igual de bien o mejor? Nuestra hipótesis es que sí hay un aspecto en que lo estamos haciendo mejor, de manera un tanto espontánea y que más nos valdría ser conscientes de ello y pulirlo. Nos referimos a una cierta desbrutalización de la política.

Antes de ir más lejos, nos parece importante aclarar la diferencia entre dos cosas. Existen al menos dos tipos de actitudes distintas que han tendido a echarse a perder con el tiempo y que tendemos a mezclar al pensar. Una es la que podríamos llamar seriedad (firmeza, constancia, una moral propia independiente de la del Enemigo) y otra es la agresividad. Como quizá se note, la una nos parece positiva y la otra, negativa. Aclaramos desde ya que no nos parece negativa desde una idea abstracta (y generalmente frívola) de condena-de-la-violencia. Muchas acciones pueden ser violentas en su contexto y, sin embargo, preferibles a otras aún más graves o, al menos, comprensibles o instintivas; no por deseo de paz vamos a hacernos pacifistas. Sin embargo, como voluntad general, podemos aspirar a relacionarnos con las demás tendiendo a evitar la violencia tanto como nos sea posible –postura que estamos defendiendo con este texto– y manteniéndola, cuando la defendamos o practiquemos, en esos cauces humanistas. Por otra parte, también podríamos asumir una visión nihilista-liberal (misántropa) según la cual la violencia es eso que hacen las demás porque son idiotas, el ser humano es malo por naturaleza, etc. o incluso la visión fascista según la cual la violencia entre personas no sería sólo inevitable, sino que se volvería positiva al ser utilizada militar o paramilitarmente en beneficio de la nación o la raza.
Pero descartadas estas posiciones esbozadas –rechazo moralista genérico, indiferencia apática o entusiasmo antihumanista–, volvamos al binomio seriedad-agresividad. Ambas actitudes nos parecen muy relacionadas con el modelo tradicional de virilidad, con la importancia que tenía y con aquella que ha perdido. El estereotipo (exagerado, que no ficticio) es que un militante, un hombre, tenía que ser serio: cumplir con sus compromisos, con la palabra dada, con las opiniones vertidas. Ahora bien, la brutalidad no empezaba en trincheras, tiroteos ni barricadas. Empezaba cualquier día al azar en la vida de un trabajador. ¿Cuánta violencia hay en levantarse para ir a trabajar en algo que una no disfruta ni valora, cuánta en hacerlo viendo constantemente a compañeras enfermar por las condiciones de trabajo, cuánta en ver accidentes laborales que hacen estragos? ¿Cuánta violencia hay en volver del trabajo sabiendo que mañana será igual y así todos los días de todas las semanas de todos los años? ¿Cuánta en ver lo mucho que gana la empresa y lo poco que gana quien trabaja para ella, lo ajustado de la economía de la propia familia? ¿Cuánta en ver el jornal robado por otro vecino, más o menos igual de miserable, o gastado en alcohol para intentar hacer más llevadera esa vida? Así las cosas, sometido a un ataque brutal todo el día, todos los días, una persona trabajadora sólo podía o bien interiorizar esas ideas y asumirse como una máquina que intenta no ser muy infeliz –muchas lo hicieron, no nos engañemos, y más son las que lo hacen hoy, en condiciones menos malas– o acusar recibo de esa declaración de guerra y, sí, asumir la lucha de clases como una guerra que ya le estaba costando la vida. Las ganas de desquite eran palpables y comprensibles y así, no sólo los magnicidios y otros atentados eran aplaudidos o comprendidos, sino que los sindicatos fueron a menudo batallones, las revueltas, combates apocalípticos («agrupémonos todos en la lucha final») y los enemigos –burgueses, pero también policías, curas o esquiroles–, carne de linchamiento o ejecución.

Desde entonces, al menos tres procesos han avanzado en paralelo: 1) la desbrutalización de las condiciones de vida de los trabajadores de muchos países (configurando, en gran medida, el llamado «estado del bienestar», bajo ataque estos últimos años), 2) el desmantelamiento de la industria, incluida la clase obrera, en beneficio del sector servicios y 3) la desbrutalización y desmantelamiento (parciales) del macho como concreción del varón en una cultura patriarcal (varón resolutivo, duro, heterosexual, etc.) que se ha visto, además, cada vez más acompañado de mujeres en el puesto de trabajo.
El papel de la violencia en la sociedad, no sólo en la conflictividad de clase, está ahora mucho más limitado y menos aceptado y generalmente las personas trabajadoras del sector servicios, así como las autónomas, ni siquiera tienen una cultura laboral propia –salvo sectores y empresas concretas–. La falta de vida colectiva lleva a relaciones puramente individuales con la empresa y con el mundo del mercado. Este escenario, en principio bastante catastrófico, ha favorecido que la poca organización que ha habido no fuera en torno a una violencia que además habría ido en su perjuicio como grupos en principio aislados y muy minoritarios, todo lo cual ha permitido desarrollar un concepto de esa seriedad activista que no tiene que ver con la violencia, sino con la firmeza. Más aún en el contexto post-15M, donde el nuevo movimiento de clase (PAH y demás grupos de vivienda, sindicatos de barrio, etc.), a su vez más feminizado que el tradicional, ha hecho bandera de su no-violencia, entendiendo que esta, para colmo, dejaba en mayor evidencia la violencia sistémica, empezando por la policial, cuando se vuelve visible.

Si este ya es el escenario, ¿qué es lo que proponemos?
En primer lugar, aceptarlo y hacer bandera de ello. No nos gusta la violencia, no nos gusta jugarnos la libertad, ni el físico propio o el ajeno. Tampoco necesitamos entrar en provocaciones para sentirnos más machos, ni más militantes, ni más nada. Nuestra épica es la de evitar crímenes –generalmente legales– y conseguir rescatarnos unas a otras de un mercado destructivo y unas instituciones públicas arbitrarias, una recuperación de la épica del esfuerzo, el compromiso, la convivialidad, el apoyo mutuo, la ética, la buena fe.
En segundo lugar, no pretender pasar por pacifistas. Que no nos guste la violencia no quiere decir que renunciemos a defendernos, mucho menos que vayamos a dedicarnos a emitir declaraciones de condena si entendemos que una de las nuestras ha recurrida a la fuerza sin necesidad. Estamos con nuestra gente, como diría la periodista socialista Séverine (1855-1929), «siempre; pese a sus errores, pese a sus faltas, ¡pese a sus crímenes!».
En tercer lugar, un buen equilibrio entre todos los elementos. La verborrea incendiaria y violenta es un calmante para la impotencia. Los discursos del cambio sonriente y la ilusión son una táctica de marketing electoral en sí misma incomprensible. Entendemos que existe un enfado profundo y bastante difundido que no debe ser negado, ni encajado a martillazos en otros moldes, sino convertido en energía de exigencia ante las promesas incumplidas de un sistema como el liberalismo, claramente fracasado, energía ante la necesidad de victorias parciales (cuantas más y cuanto más profundas, mejor) y de una seriedad como la que antes mencionábamos, a la altura del enorme desafío que tenemos entre manos.

A falta de moral, derrochemos moralismo

Sé lo que deberías hacer y te lo voy a decir. De nada. ¿Qué? ¿Que yo no soy tú? Ya, esa es la gracia: vas a ser tú quien tenga que hacerlo; si lo que te digo no soluciona tus problemas o incluso crea otros mayores, es tu problema, yo lo que quiero es que se vea bien mi superioridad moral, intelectual o de los dos tipos.

Dicho así es muy claro, ¿verdad? Menuda ordinariez. Por desgracia, este tipo de actitudes están a la orden del día en todo tipo de ambientes, incluso entre la gente de clase trabajadora, incluso entre aquellos sectores que quieren cambiar las cosas, incluso entre aquellas personas que daríamos lo que fuera por saber cómo empujar adelante una revolución. No siempre ha sido así. En los mejores momentos y lugares, lo que se aprendía entre compañeras era casi exactamente lo contrario a lo que se aprendía el resto del tiempo: el señor cura y el señor profesor podían enseñar disciplina, pero en el trabajo se aprendía a desconfiar del jefe, jugando al fútbol (o a cualquier otro deporte) se aprendía a competir, pero en el ateneo se aprendía a cooperar, en el mercado se regateaba, pero al encargado del curro se le ponían límites, etc.

En estos tiempos de sálvese quien pueda, más que aprender a compartir y luchar juntas, cada cual intenta sentirse bien consigo misma siendo más lista o más crítica que la de al lado. Así, claro, evitamos aquel sabio «Don't hate the player, hate the game» («No odies al jugador, odia el juego») de Ice-T o el «Odia el pecado, ama al pecador» de M. K. Gandhi. Lo que podría ser una crítica a un tipo de actitud, de práctica o de función se convierte en una crítica a la persona que las ejerce y no salimos del ego: yo quiero defenderme porque me siento atacado, quiero atacarte para bajarte los humos, así que busco algo en lo que creerme mejor que tú, cada cual justifica sus pequeñas miserias en las de la otra y vuelta la burra al trigo. Ser revolucionarias en sentido estricto –llevar adelante una revolución– es muy difícil, ser sentenciosas, no.

La persona que lleva medio año cobrando el paro sin buscar trabajo es una jeta, la líder informal del colectivo lo es por su vanidad y no tiene nada que ver con que el resto quieran ser rebaño informal, la que vende droga carga con todas las sospechas imaginables: es una chivata en potencia –como si no hubiera chotas que no venden droga y camellas que no colaboran con la policía–, aleja a las jóvenes de la lucha mediante la evasión –como si cualquier evasión fuera un problema, como si esto fuera lo único que pudiera alejarnos de la lucha–... y suma y sigue. En las últimas semanas este tema nos ronda a algunas, ya que hemos leído posicionamientos que relanzan un autodenominado abolicionismo con respecto a temas como la prostitución, la maternidad subrogada o la donación/venta de óvulos que cuestionan más la automercantilización que al propio mercado. Posicionamientos bienintencionados, feministas y no carentes de hechos fríos y duros, pero ¿de qué sirven contra la necesidad de dinero en un mundo construido en torno a este? ¿Cómo se abolen los medios sin abolir el fin?  ¿Qué valores vamos a defender si toda moral (humanista, feminista, antiespecista... ) puede ser subastada, alquilada o vendida por el dios Mercado?

Creerse mejor que la de al lado o ser mejor que una misma, cada vez un poco mejor, tal es el dilema que vemos. Snobismo o autoexigencia personal y colectiva, juzgarnos unas a otras o invitarnos a luchar más y mejor juntas, ser sentenciosas o ser constructivas y prácticas, por aquí entendemos algunas que va el desafío si queremos ser sujeto transformador.

Los de abajo y la clase obrera (aportación al debate con Pablo Iglesias y Nega)

El libro de reciente publicación ‘Chavs. La demonización de la clase obrera’, del periodista británico Owen Jones y publicado en el Estado español por Capitán Swing, ha tenido la virtud de devolver al debate público la cuestión central de la clase en nuestras sociedades capitalistas, que desde el ICEA también hemos intentado abordar en algún aspecto recientemente, como en este trabajo del compañero Gaspar Fuster (1).

Por nuestras latitudes, el libro ha generado un interesante debate. Pablo Iglesias lo abría hace unas semanas con un artículo (2), al que contestaba Nega posteriormente (3). Hay que agradecer a ambos abrir un debate que algunos consideramos crucial para las posibilidades de la transformación social, e intentaré a continuación aportar algunos elementos que veo necesarios.

El mítico “fordismo”

Comparto con Nega que Iglesias se deja llevar por un cierto lugar común (que Nega identifica con la “izquierda postmoderna” o “negrista”) que viene a decir en resumidas cuentas que ya no sirve la identificación de la clase obrera con los trabajadores fabriles del sistema fordista, y que por lo tanto el concepto de clase obrera pierde sentido para muchas y diferentes realidades de trabajadores caracterizadas por la “precariedad”. A esto responde Nega, correctamente, que “la precariedad —aunque según algunos autores pudiera parecerlo— no es ninguna novedad ni el último grito en las relaciones laborales”, y que es un error pensar “que la clase obrera es únicamente un tipo con mono azul que fuma ducados”.

Puedo añadir que, mientras que es cierto que la extensión de la clase obrera es restringida asiduamente por casi todo el mundo por los más variados motivos, no conozco absolutamente a nadie que la restrinja exclusivamente a unos obreros fabriles mitificados, excepto precisamente quienes mantienen una línea similar a la de Iglesias. De hecho, aquellos que “llegan al orgasmo cuando trabajadores sindicados de los astilleros o de la minería defienden con sus familias los puestos de trabajo y a sus comunidades frente a los antidisturbios”, en palabras de Iglesias, alcanzan su clímax con un oficio como el de minero que, si nos ponemos estrictos, no es “fordista”.

Quizá el equívoco se puede deber a seguir la teoría de unos intelectuales que suelen proceder precisamente de lugares donde el capitalismo industrial alcanzó unos niveles muy superiores a los del Estado español, como norte de Italia, Francia, Inglaterra o Alemania. Quizá allí el peso político del proletariado fabril fue mayor que aquí, y la adjudicación de su papel de vanguardia resultó más extendido, a lo que le podemos añadir un mayor peso de interpretaciones restrictivas de los escritos de Karl Marx.

Pero desde luego en el Estado español esto es más dudoso. No se puede negar que el proletariado de las fábricas tuviera su peso como uno de los sectores más organizados, pero como sugiere Nega, no fue el único. Por no hablar de que aquí la época dorada de la organización proletaria no fue ninguna época “keynesiana” (concepto que se suele confundir con el “fordismo”, que comienza anteriormente) sino el primer tercio del siglo XX.

Un repaso de cualquier documento histórico muestra la variedad de la “vanguardia obrera”. Por ejemplo, el registro de sindicatos asistentes al Congreso de la CNT de 1936 muestra la presencia de una pléyade de sindicatos no precisamente fordistas ni industriales, como un sindicato de obreras del hogar de Cádiz (775 cotizantes), sindicato de vendedores ambulantes de Granada (156), sindicato de espectáculos públicos de Sevilla (507), sindicato de albañiles de León (440), sindicato de barberos de Barcelona (838), sindicato de construcción de Barcelona (15.000), sindicato de camareros de Sant Feliu de Guixols (60), sindicato de gastronomía de Madrid (1.600), sindicato de porteros y porteras de A Coruña (205), y otros muchos ejemplos similares (4). De hecho, la lucha proletaria no sólo se daba en la producción sino, como señala por ejemplo Chris Ealham en su fantástico ‘La lucha por Barcelona’, en lo que Marx denominaba “formas secundarias de explotación”, con acciones generalizadas de huelga de alquileres, obstaculización de desahucios o expropiación de comercios, que cuando se practican ahora nos parecen “novedosas” cuando no lo son en absoluto. En este sentido, merece la pena echar un vistazo al nuevo libro de David Harvey, ‘Rebel cities’, que pone como ejemplo la Comuna de París, de hace casi siglo y medio, como insurrección de un proletariado urbano muy variado.

Por otro lado, tanto Iglesias como Nega patinan al sugerir, el primero, que el sindicalismo hoy en día tiene que ver con el fordismo, y, el segundo, que quien tiene estudios universitarios no se sindica porque es (o se cree que es) clase media. Precisamente uno de los sectores más sindicalizados, dentro de la ridícula tasa de afiliación sindical en este país, es el sector público, donde el nivel de estudios es bastante alto comparativamente.

¿Clase media?

Al mismo tiempo que Nega acierta en algunas cosas, falla en otras. Si lo que él denomina “postmodernos” hacen uso de un lenguaje restrictivo al hablar de clase obrera, él comete el mismo error al meter en el saco de la “clase media” nada menos que a todos los estudiantes universitarios.

No negaré que el perfil del universitario español no se suele adaptar al de las capas más desfavorecidas de la sociedad (aunque también pueden provenir de ellas), pero identificar al 20%, 30% o porcentaje similar de trabajadores muy pobres con la clase obrera en su totalidad carece de rigor y también beneficia a la clase dominante.

Desde luego, una de las tareas pendientes de economistas y sociólogos es intentar definir qué es esa “clase media” en la que, según se desprende de la absurda versión oficial, estamos todos a no ser que estemos pidiendo limosna en la puerta de la iglesia o, en la otra punta de la pirámide, navegando en el yate de Botín. No hace falta ser un lince para darse cuenta del uso propagandístico del concepto de clase media, pero a falta de definiciones útiles por parte de quienes se supone que se dedican a estudiar estas cosas, intentaré aventurar una que se pueda adecuar a la realidad.

En primer lugar, creo que es correcto señalar que el concepto obrero tradicional de lo que es la clase media, que la identificaba con la burguesía cuando ésta no se había impuesto todavía a la aristocracia, ya no tiene sentido. En segundo lugar, podemos afirmar que sí es necesario identificar con el término a quienes se mueven entre la mayoría social, conformada por la clase trabajadora, y la clase capitalista, dueña de la mayor parte del capital productivo, comercial y financiero. Así pues, se podría decir que la clase media está formada por tres grupos: 1) Pequeña burguesía o propietarios de medios de producción con asalariados, con importancia marginal en el sistema económico;  2) Personas que obtienen altas rentas de su fuerza de trabajo y a la vez desempeñan roles intermedios directivos, de mando o de responsabilidad en las actividades políticas o económicas y 3) Personas que, asalariadas o no, obtienen una importante proporción de sus rentas en base a actividades especulativas o rentistas (alquiler de viviendas o locales, acciones en Bolsa...), siendo éstas marginales en el sistema económico.

Por lo tanto, la mayoría de estudiantes universitarios ni son hijos de la clase media ni pertenecerán a ella cuando accedan a un trabajo acorde a su formación (como los arquitectos que menciona Nega y que en su gran mayoría son proletarios y bastante mal remunerados). Menos todavía podemos decir que el grueso de participantes en el 15-M o en las Mareas forman parte de ninguna clase media.

El proletariado en sentido amplio

Para concluir, mi opinión es que lo importante no es cómo se llama a sí mismo el sujeto revolucionario. Si preferimos llamarnos “los de abajo”, “clase obrera” o “proletariado” es irrelevante. Como dice un compañero, el sujeto revolucionario “somos los que estamos jodidos y queremos cambiar las cosas”. Pero para saber dónde estamos y cómo podemos incidir para transformar la realidad, también es imprescindible darnos cuenta de que estamos jodidos, en gran parte, por nuestra relación con los medios de producción y reproducción de la sociedad. No los poseemos y nos vemos obligados a vender nuestra fuerza de trabajo en forma de mercancía, o los poseemos sin explotar a nadie, como los trabajadores autónomos o cooperativistas, pero el resultado es similar al no poder competir con el poder oligopólico de la clase capitalista. Es esta situación la que nos hace sufrir de forma brutal las “formas secundarias de explotación” de las que hablaba Marx.

En este sentido merece la pena explorar la idea lanzada por Harvey en el libro antes mencionado:

“Las distinciones entre las luchas basadas en el trabajo y las basadas en la comunidad empiezan a desvanecerse, como también lo hace la idea de que clase y trabajo se definen en un lugar de producción aislado del lugar de reproducción social en el hogar. Aquellos que traen agua corriente a nuestras casas son tan importantes en la lucha por una mejor calidad de vida como aquellos que hacen las tuberías y los grifos en la fábrica. Aquellos que llevan la comida a la ciudad (incluidos los vendedores callejeros) son tan importantes como los que la cultivan. Aquellos que cocinan la comida antes de que se coma (los vendedores de maíz tostado o perritos calientes en las calles, o aquellos que trabajan como bestias en las cocinas de los hogares o en parrillas) añaden también valor a esa comida antes de ser digerida. El trabajo colectivo involucrado en la producción y la reproducción de la vida urbana debe por lo tanto ser fuertemente incorporado en el pensamiento y la organización de la izquierda. Distinciones anteriores que tenían sentido –entre lo urbano y lo rural, la ciudad y el campo- se han vuelto irrelevantes en los tiempos recientes. La cadena de suministro tanto hacia como desde las ciudades conlleva un movimiento continuo, y no tolera ninguna ruptura. (…)

Para terminar, mientras que la explotación del trabajo vivo en la producción (en el sentido amplio ya definido) debe seguir siendo central para la concepción de cualquier movimiento anticapitalista, las luchas contra la recuperación y realización de la plusvalía de los trabajadores en sus espacios de vida tienen que recibir el mismo estatus que las luchas en los diferentes puntos de la producción de la ciudad. Como en el caso de los trabajadores temporales e inseguros, la extensión de la acción de clase en esta dirección plantea problemas organizativos. Pero también ofrece innumerables posibilidades”.

Urge, en definitiva, reconstituir el proletariado en sentido amplio, que como hemos visto no es nada nuevo sino una idea “tradicional”. No tiene sentido negar las múltiples diferencias culturales, étnicas o de nivel de vida que existen dentro de nuestra clase, que siempre han existido, sino de examinar cómo se pueden acoplar esas diferencias en base a todo lo que nos une, para desde ahí poder plantear nuestra táctica y estrategia, como clase, para avanzar hacia la democracia política y la democracia económica, imposibles la una sin la otra.

Eduardo Pérez

Miembro del Instituto de las Ciencias Económicas y de la Autogestión (ICEA)

1. http://iceautogestion.org/attachments/article/541/metrica-gaspar.pdf

http://iceautogestion.org/index.php?option=com_content&view=article&id=540%3Aevolucion-y-cambio-en-la-clase-trabajadora&catid=19%3Anoticias&lang=es

http://iceautogestion.org/index.php?option=com_content&view=article&id=514%3Arecomposiciones-de-poder-entre-clases&catid=19%3Anoticias&lang=es

http://iceautogestion.org/index.php?option=com_content&view=article&id=512%3Asalir-del-aislamiento&catid=19%3Anoticias&lang=es

2. http://blogs.publico.es/pablo-iglesias/291/quienes-son-los-de-abajo/

3. http://www.kaosenlared.net/component/k2/item/63046-la-clase-obrera-hoy-canis-e-inform%C3%A1ticos-respuesta-a-pablo-iglesias.html

4. http://www.acracia.org/G797a132Calero.pdf