El marxismo que no nos contaron (II)

Bolchevismo antileninista (denominación de origen: la URSS).

La revolución llamada de octubre, ciertamente, fue una iniciativa de la facción bolchevique del POSDR, pero dentro y fuera de las filas bolcheviques y del partido se entendía que habían actuado como vanguardia y que la revolución entendía estar al servicio de toda la clase trabajadora del imperio ruso y aun del conjunto de la población en general. De la vanguardia al conjunto hay mucha distancia, bien lo sabemos, y pronto se vio que, aunque el levantamiento apenas había suscitado oposición violenta en el momento, existían sectores contrarrevolucionarios y un grandísimo sector sin participación política. Este sector, capaz de ver la revolución con actitudes muy distintas (simpatía, indiferencia, rechazo), todas ellas básicamente pasivas, es un gran ejemplo de cómo las mayorías silenciosas escriben la historia cediendo su responsabilidad a minorías. La vanguardia bolchevique tendría que gestionar la primera URSS condicionada por esa población ambigua, la oposición interior de sectores contrarrevolucionarios –puramente zaristas, simples conservadpres o bien nacionalistas antirrusos de distinas partes del imperio–, la oposición exterior (de la triple alianza germano-otomano-austrohúngara hasta el tratado de Brest-Litovsk y luego, de la entente franco-británica apoyada por Polonia, EEUU, etc.) y los cambios tácticos de sectores revolucionarios no bolcheviques, como las mencheviques, las social-revolucionarias (también llamadas eseristas) o las anarquistas.

Esto, dentro de la propia facción bolchevique llevaría a un sector a posicionarse contra Lenin y sus apoyos, no sólo por sus políticas, sino por la forma dirigista de llevarlas a cabo. Fue el caso, por un lado, de los llamados «centralistas democráticos», o «decistas» («leninistas contra Lenin», dirán algunas más tarde, como V. Smirnov, T. Sapronov o V. Obolenskiy-Osinskiy), por poner el énfasis en este principio, frente al liderazgo de personas como Lenin o a la liquidación de la iniciativa local en nombre del seguidismo con las propuestas del gobierno de Moscú. Por el otro, fue también el caso de la Oposición Obrera, de la que formarían parte en 1920-1922 activistas destacadas como Alexandra Kollontai, Sergei Medvedev y, sobre todo, Alexandr Shliapnikov. Este, obrero, veterano del POSDR y bolchevique de la primera hora, se encontró defendiendo en minoría, desde finales de 1919, un mayor poder para los sindicatos («Tesis de la Oposición Obrera», texto firmado por una treintena de cuadros medios) y una mayor presencia de trabajadoras en la dirección del partido, frente a la hegemonía de las intelectuales; igual que se encontraría en minoría en los IX y X congresos del partido (marzo de 1920 y de 1921, respectivamente). No obstante, sus tesis fueron publicadas en el diario oficialista Pravda de cara a este último y agitaron el debate interno en el partido.

Si estas corrientes se vieron sometidas a una hostilidad que se convirtiría luego en persecución, aún peor fue en el caso del Grupo Obrero. Aglutinado a comienzos de 1923 en torno a N. V. Kuznetsov, P. B. Moiseiev y, sobre todo, Gavril Miasnikov, su historia tiene mucho que ver con la trayectoria de este. Veterano y exaltado revolucionario, menos prominente que los líderes decistas o los de la Oposición Obrera, tanto por falta de un cargo similar a los de sus líderes como por su base provinciana (en los montes Urales), Miasnikov no quiso criticar a Lenin y cía. en el IX congreso, en el que participó, pero acabó haciéndolo al volver a su tierra.

No quiso alinearse con la Oposición Obrera, considerando que los sindicatos no habían superado sus tendencias negativas (economicismo, reformismo) y que lo necesario no era un mayor poder de los sindicatos, sino una reapropiación de los soviets por las bases, incluido el campesinado, respecto del cual la Oposición desconfiaba mucho. Quizá como castigo había sido destinado a Petrogrado –actual Sant Petersburgo–, donde acabaría hartándose del arribismo que percibía en el partido y la apatía entre la población (estamos hablando de 1920), como hizo saber al líder local (Zinoviev). Amenazado con la expulsión del partido, esto no hizo más que acentuar su defensa de la libertad de expresión, tema daría que hablar en la polémica que mantendría con el propio Lenin (verano de 1921).

Entretanto, en marzo de 1921 había estallado la rebelión de Kronstadt y el joven régimen, incluida su oposición, se vieron sometidos al dilema de cómo posicionarse. El orgullo de las revoluciones de 1905 y 1917, los marinos de la base naval de Kronstadt (véase la foto), no eran pese a todo muy representativos de aquella revolución vanguardista: generalmente de origen campesino, estaban muy politizados y en muchos casos eran estonios, letones o finlandeses, además de que una parte estaban allí en calidad de forzados por haber desbordado al Estado por la izquierda (majnovistas ucranianos, eseristas de izquierdas, etc.). Su programa de protesta, no lo olvidemos, reclamaba la uniformidad de las raciones de comida de toda la población (recientemente reducida, cosa que no perjudicaba tanto a los marinos de Kronstadt como a otros sectores), la libre producción de aquellas campesinas y artesanas que no tenían trabajadoras asalariadas y otras medidas de carácter más político: libre expresión para trabajadoras y revolucionarias, fin de la fiscalización política del partido sobre la tropa, el fin de la propaganda política del Estado, etc.

La vecina Petrogrado estaba viviendo la agitación de sucesivas huelgas y aquel levantamiento, condicionado precisamente por el rumor de que la represión de aquellas huelgas había sido más grave de lo que fue, no ayudaba. El paso de los marinos de presionar al partido a hacer prisioneros a aquellos que eran más fieles al partido que a sus compañeros convertiría el pulso en una insurrección; los líderes irían más allá de lo votado por la aplastante mayoría y esta no intentaría evitarlo, las anarquistas soviéticas intentaron mediar entre ambas partes, sin conseguir siquiera que las insurrectas confiaran en ellas.

Como a menudo ocurre en política, la apuesta fue a doble o nada: la rebelión de Kronstadt, sin casi apoyo de la población obrera, aislada por su posición geográfica y aislada políticamente por la falta de movilización organizada fuera del partido y por el rechazo de todo este, incluidas las decistas y la Oposición Obrera, recuperada para colmo por la propaganda contrarrevolucionaria, no facilitó una rebelión en Petrogrado que ampliara la revolución, así que la falta de reacción en esta ciudad facilitó la represión de Kronstadt, aislada del resto de la Unión, cosa que a su vez contribuyó a apagar las movilizaciones en Petrogrado.

Aplastada Kronstadt, pacificada Petrogrado, la oposición organizada se iría apagando y la espontánea nunca llegaría a ninguna parte. A principios de 1922, Miasnikov sería apoyado en su derecho a la libre expresión por la Oposición Obrera en la «Carta de los veintidós» a la KomIntern, pero dicha carta sería desautorizada, por recomendación de Clara Zetkin, Marcel Cachin y Vasil Koralov, como un «arma en contra del partido y de la dictadura del proletariado». Obviamente, no se trataba de otra cosa más que de la vieja concepción castrense, jacobina, anterior a Blanqui, de la revolución como obra de una vanguardia, minoritaria pero más ilustrada que el resto de la sociedad. Faltos de base social, los distintos grupos irían desapareciendo según la presión política en el partido y la presión represiva por lo demás neutralizaban a sus líderes, igual que la propia URSS desaparecería décadas después, demolida desde dentro. Así, a partir de 1922-1923, las decistas se unirían al polo trotskista (primero Oposición de Izquierdas, luego Oposición Unida, etc.), políticamente confuso, la Oposición Obrera se desactivaría y el Grupo Obrero, que precisamente en esta época se configuraba como tal, sería exitosamente aniquilado en la cuna con la persecución de Miasnikov: exilio, cárcel, confinamiento, ...

Con la gran purga stalinista, no sólo sería asesinado Trotski en su exilio mexicano (1940), sino que los pelotones de fusilamiento darían buena cuenta ya antes, sobre todo en 1936-37, de los demás verdugos de Kronstadt (Zinoviev, Kamenev, Tujachevskiy), de la majnovshina y demás, igual que darían cuenta de las opositoras que persistían (todas, salvo Kollontai, que se había reciclado exitosamente como diplomática): Smirnov, Sapronov, Obolenskiy-Osinskiy, Shliapnikov, Medvedev, ...

La posibilidad de un marxismo soviético fuera del «ordeno y mando» quedaba liquidada y la URSS seguiría cavando su propia tumba mientras sus dirigentes seguían maquinando unas contra otras (el mejor ejemplo sería la ejecución de Lavrentiy Beriia, tecnócrata represivo y mano derecha de Stalin, poco después de la muerte de este en 1953 y del llamado «juicio de Praga» o «caso Slánský»).

El ala izquierda de la revolución soviética (y III)

Viene del anterior.

Tercera y última entrega de la serie sobre los sectores políticos de izquierda y su papel en la revolución soviética. Examinaremos aquí el papel que tuvieron los socialrevolucionarios, especialmente en la asamblea constituyente, así como la rebelión de Kronstadt, último alzamiento revolucionario, por último, veremos que conclusiones podemos sacar de lo tratado en esta serie de artículos.

5. Los eseristas y la Asamblea Constituyente.
El Partido Social Revolucionario se fundó en 1901. Su ideólogo, Víctor Chernov, había creado un ideario socialista no marxista con puntos en común con el anarquismo, como considerar al campesinado una clase revolucionaria (Lo que en un país eminentemente rural lo hizo popular) y con el populismo tradicional ruso.
Dedicándose a un terrorismo antizarista inicial, participó en la revolución de 1905 y, tras la revolución de febrero, fue el principal partido en exigir al gobierno provisional de los liberales “kadetes” que se celebraran elecciones a la asamblea constituyente.
Este objetivo se logró tras la ruptura de la alianza con mencheviques y liberales. Las elecciones, en noviembre de 1917, dieron una mayoría al PSR, con 17 millones de votos. Chernov fue nombrado presidente de la Asamblea Constituyente y otro eserista, Kerensky, del Gobierno Provisional. El partido bolchevique quedaba como segunda fuerza, con apoyo del proletariado urbano y los soldados del frente occidental, cerca de 10 millones de votos. Los kadetes quedaron muy atrás, con solo 2 millones de votos, demostrando que la población era contraria a la formación de un gobierno liberal.
Ante este parlamentarismo con gran presencia de los partidos izquierdistas y en la que Lenin no había logrado triunfar, se erguía, como hemos visto, la democracia directa y obrera de los sóviets, con presencia bolchevique, eserista de izquierda (una escisión del partido principal que defendía la ruptura con el parlamentarismo liberal) y anarquista. Lenin reniega del parlamentarismo, anuncia que los sóviets, en los que ha empezado a erigir una estructura verticalisa, son una forma superior de democracia y suspende la Asamblea Constituyente.
Esta situación polarizó a la sociedad rusa. Por un lado, mencheviques y liberales no estaban dispuestos a que desapareciera el parlamento de tipo burgués; por otro, los bolcheviques y los sóviets, dando paso a los dos bandos de la guerra civil: El blanco y el rojo. Los eseristas, que se habían opuesto a los bolcheviques, no participaron en la guerra en ninguno de los dos bandos, sus líderes prefirieron el exilio. En 1918 se prohíben todos los partidos y grupos políticos, salvo el Partido Comunista, siendo los responsables eseristas condenados a muerte. Tras salir victorioso de la guerra civil, el Partido Comunista había convertido la política rusa en monolítica.

6. La rebelión de Cronstadt y la “Tercera Revolución”.
Ida Gilman “Ida Mett”, era una joven estudiante de medicina en Rusia durante la revolución, su militancia antibolchevique la hizo, como a muchos otros izquierdistas, exiliarse a Francia en 1924. Desde ese momento dedicó buena parte de su vida a analizar lo que había sido la revolución y a la sociedad rusa post-revolucionaria. En su obra La Comuna de Kronstadt: Crepúsculo sangriento de los sóviets, publicada en 1948 ofrece un enorme trabajo de análisis de la última rebelión contra el poder bolchevique, protagonizada por el sóviet de Kronstadt.
En Kronstadt se situaba la principal fortaleza naval rusa, de gran importancia estratégica. Según Ida Mett la marina rusa había sido tradicionalmente revolucionaria, debido a la extracción proletaria (y que aquella época el proletariado industrial estaba muy politizado) de sus marineros, que superaban en conciencia y cultura a unos oficiales de origen aristocrático venido a menos, una disciplina brutal y unas condiciones de vida insostenibles.
No era de extrañar pues que los marinos fueran “los primeros en comenzar la lucha y los últimos en dejarla”. La revolución de 1905 fue iniciada por un montín de la tripulación del acorazado Potemkin, y la marina de Kronstadt sería también el último bastión revolucionario.
En 1921 el Ejército Rojo, comandado por Lev Trotsky, se encontraba todavía combatiendo contra el Ejército Blanco, apoyado por potencias occidentales. El descontendo por la represión al resto de fuerzas izquierdistas y la hambruna producto de sequías y del “comunismo de guerra” fueron los principales motivadores de huelgas y rebeliones campesinas. La mayor, que agitó, instigada por el eserista Antónov, el óblast de Tambov, sería aplastada por el Ejército Rojo en 1921.
Cronstadt tenía, según Ida Mett, una buena reserva alimenticia, por lo que la hambruna no impactó tan duramente allí. Sin embargo, el sóviet, compuesto por marineros y trabajadores de tradición socialista revolucionaria y anarquista, no estaba dispuesto a consentir la hegemonía bolchevique y la pérdida de los logros conquistados tras años de revolución.
La marina, encabezada por el líder popular Stepán Petrichenko (un bolchevique reconvertido al anarquismo que ya había liderado el alzamiento de la marina en el 17), hizo llegar una serie de demandas, entre las que se encontraban la legalización de los partidos y organizaciones obreras, la libertad de expresión para los trabajadores, la igualdad de sueldos, libertad económica para campesinos y artesanos o la reelección de delegados de los sóviets, puestos que habían sido monopolizados por los bolcheviques. Estas demandas fueron desatendidas por el gobierno bolchevique, que acusó a Cronstadt de traición, de actuar bajo control de los enemigos imperialistas y de estar liderados por Kozlovsky, un exgeneral zarista (exgeneral que, curiosamente, había sido llevado a Kronstadt por los bolcheviques y que solamente ejercía de asesor en artillería).
Cronstadt se alzó en rebelión y demandó el apoyo de los trabajadores de Petrogrado, intentando provocar una tercera revolución contra los bolcheviques. Petrogrado se puso bajo la ley marcial, impidiendo cualquier apoyo a Kronstadt, a la que Trotsky mandó 50.000 hombres. Cronstadt resistió un tiempo, pero finalmente el ejército rojo entró en la ciudad, realizando una completa masacre, los que no fueron ejecutados fueron enviados a campos de trabajo.
Así se cerraba el último capítulo de los sóviets y, para Ida Mett, cualquier esperanza de una revolución verdaderamente obrera en Rusia.

7. Conclusiones.
De todo lo expuesto se deduce la gran complejidad social y política de la Rusia revolucionara, que no puede ser reducida solo al programa aplicado por el partido bolchevique; tampoco puede exagerarse la importancia de este partido respecto a otras fuerzas revolucionarias en los primeros años de la revolución y, desde luego, no puede reducirse la revolución a un simple enfrentamiento de los comunistas contra el Zar o de rojos contra blancos.
Si a las experiencias en Rusia añadimos la oposición que supuso la revolución en Ucrania, de línea anarcocomunista, con el ejército negro liderado por Néstor Majno, podemos sino caer en la cuenta de que la historia de la revolución soviética es mucho más, sobre todo mucho más compleja políticamente, que lo que cuentan las versiones oficiales.
En lo político, tras la eliminación del resto de partidos y organizaciones de la izquierda tardaría un tiempo en surgir una oposición izquierdista dentro del propio partido bolchevique, oposición que, sin embargo, no lograría encontrar la verdadera causa de la derechización de la revolución y del triunfo del capitalismo de Estado, culpando al estalinismo en lugar de a los procesos de burocratización, liberalización, des-socialización de la economía, persecución del movimiento obrero, y, en resumen, de reconstrucción del antiguo orden capitalista.
En definitiva, es necesario revisar la historia de Rusia para darnos cuenta de que va más allá de las visiones propagandísticas dadas por la Unión Soviética o sus enemigos y poder comprender cual fue la realidad experimentada por su protagonista, reitero: el pueblo ruso.

Bibliofrafía:
GILMAN, Ida “Ida Mett”, La Comuna de Cronstadt: Crepúsculo sangriento de los sóviets, Barcelona, Espartaco Internacional, 2006.