Escocia... ¿independiente?

Dentro de muy poco se votará en Escocia la cuestión de su independencia del Estado británico. El debate pro-independencia no solamente se ha basado en la identidad cómun de les "Highlanders", sino que también ha usado otros temas sociales para ganar votos como los de la monarquía, las centrales nucleares, la militarización del territorio, y sobre todo, la desigualdad social. Les nacionalistas escoceses han expresado en multitud de ocasiones que las políticas neoliberales provenientes de Londres hacen daño a la población de Escocia: recortes en materia social, protección del capital privado, desamparo de les más necesitades, etcétera. Pero, ¿una Escocia independiente realmente solucionará el problema de la desigualdad social? La respuesta, desde mi punto de vista, es un rotundo no.

1. Debates estériles

Los discursos nacionalistas pueden ser difíciles de rebatir si los tomamos demasiado en serio. Todo Estado-nación, como debiéramos saber, es una construcción histórico-política, con grandes repercusiones sociales, que se basa en supuestas identidades comunes ancladas en espacios geográficos determinados donde se comparten experiencias históricas, supuestamente comunes también, que determinan eso que llaman la identidad nacional. Los Estado-nación no caen del cielo como las gotas de lluvia, ni crecen de los árboles como las manzanas. Los Estado-nación se construyen a base de opresión, represión, y unificación de grupos sociales más bien heterogéneos. Todo discurso nacionalista apela a las emociones personales para inhabilitar la razón: que si les de este lado somos así, que si en este lado hemos hecho siempre las cosas de esta manera, que si nuestres abueles pensaban de tal manera, etcétera y etcétera. Se intenta crear una identidad común basada en elementos, supuestamente comunes, de carácter histórico y cultural. Y esto lo hace todo Estado-nación para justificar, a un nivel básico, su propia existencia. El nacionalismo catalán lo hace; el nacionalismo escocés lo hace, pero también lo hacen los  nacionalismos español y británico.

Por un lado, los debates que a menudo leemos en la prensa son estériles porque se enmarcan en un marco que es erróneo de partida. Muchas personas fallan al reconocer e identificar los discursos nacionalistas. Escocia, Catalunya, Euskal Herria... territorios nacionalistas dirán algunes. Pero, ¿no son acaso España y el Reino Unido Estados-nación también? Aquí se define "nacionalismo" con la misma lógica que promueve el racismo: a las personas se las clasifica por el color de su piel en comparación con lo que se llama "persona blanca", como si la "persona blanca" no tuviera color y fuera el centro de comparación universal. La misma construcción social opresiva la podemos encontrar en ciertos discursos nacionalistas, de esta forma España y el Reino Unido son Estados-nación no-nacionalistas, puntos centrales de comparación para definir qué es nacionalismo y qué no lo es. De ahí que les españolistas no puedan ver que España es un Estado-nación socialmente construido e ideológicamente sustentado por un discurso nacionalista unificador. Si bien éste es un problema que afecta a las personas nacionalistas defensoras de aquellos Estados-nación no-nacionalistas, su discurso es casi siempre el dominante en los medios de (des)información burgueses, por lo que el mensaje termina llegando a millones de personas. De esta manera se genera opinión pública favorable y se sustenta la idea de que España (o el Reino Unido) no necesitan de discursos nacionalistas.

2. Mito y mentira

Por otro lado, todo debate nacionalista desvía la atención de las causas primarias de la desigualdad social. En el caso escocés el SNP apela a la "sensibilidad escocesa" mediante ataques a las políticas neoliberales adoptadas en Westminster. Con el pretexto de que "les escoceses tienen más sensibilidad hacia políticas económicas distributivas y sociales", el SNP intenta crear una identidad nacionalista que traza una línea entre "Highlanders" e ingleses. De esta manera se genera (o se intenta generar) el "mito." Al norte de la frontera, como se dice por allí, la gente es supuestamente más solidaria, más dada al Estado del bienestar, y más sensible a temas sociales. O eso es lo que nos cuenta el discurso nacionalista, contradiciendo los datos estadísticos provenientes de varias encuestas. Por ejemplo, la Scottish Social Attitudes Survey muestra que las diferencias entre escoceses e ingleses no son tan grandes como el SNP quisiera. Otro ejemplo, el partido que gobierno en Escocia, el nacionalista SNP, se dice muy social-demócrata, pero por años se niega a subir los impuestos sobre las rentas de las clases media y alta (aunque es cierto que en otras áreas el gobierno está invirtiendo mucho dinero en les más desfavorecidos, como en el caso del famoso "bedroom tax", con el cual Escocia está muy en desacuerdo). En definitiva, todo es creación de mito, apelando a idearios comunes de referencia y emociones compartidas que posibiliten un "Yes" en el referéndum.

Pero el gran mito es el del Estado-nación como aquella identidad que posibilita la creación de igualdad socio-económica (porque igualdad política, en teoría, está garantizada). Aquí es donde el discurso nacionalista da más que pensar. ¿De verdad una Escocia independiente del Reino Unido eliminará las diferencias de clase? ¿O de género? ¿O de etnia? Preguntémonos seriamente: ¿un estado escocés supondrá una mejora para las personas más desfavorecidas? ¿Cómo va a hacer el futuro Estado escocés para funcionar fuera de las dinámicas capitalistas de las que tanto se quejan? ¿Cómo va a hacer para escapar de las garras de la globalización? En definitiva, lo que se puede leer de fondo es: "usted vote "Yes" y nosotres le daremos un capitalismo más humano, administrado todo por el grandioso Estado escocés independiente, aye!"

3. Algo... ¿positivo?

Si bien es cierto que las clases sociales no desaparecerán en una Escocia independiente, así como les polítiques seguirán siendo polítiques al servicio de la burguesía (escocesa) y de las empresas, algo positivo tiene que haber en todo esto. Y así lo creo, pero personalmente sólo encuentro una única cosa: desfragmentación. Un Estado escocés independiente disminuiría la centralización del Estado británico, regionalizando así la política de un territorio y, supuestamente (y esperemos), acercando la política a la gente que vive en dicho territorio. Pero con todo, los problemas de base (las clases sociales, el capitalismo, el racismo, el sexismo, etcétera) no tienen por qué verse alterados. Un Estado-nación escocés seguirá siendo, hoy por hoy, tan capitalista como un Estado-nación británico. Que no nos digan lo contrario. La pregunta que nos debiéramos hacer es más bien, "qué preferimos, ¿dos Estados-nación de menor tamaño?" Mi respuesta, personal, sigue siendo la misma: muerte al Estado, sea escocés, británico, catalán, o español. Solidaridad entre las personas al norte y al sur de la frontera. El problema sigue siendo el mismo: el enemigo de clase que crea el capitalismo, y un Estado independiente, según se plantea hoy en día no soluciona nada de esto.

Anarquismo y drogas: última vuelta de tuerca

Con este artículo pretendo poner fin a las reflexiones que estas últimas semanas he venido haciendo sobre anarquismo y consumo de drogas. Lo expresado en el primer y segundo artículo está sujeto a ser modificado en un futuro, pues lo bonito de todo esto es que la opinión personal cambia como el viento. En este tercer artículo daré mi punto de vista personal sobre una dimensión del consumo de drogas que, a mi parecer, no se suele tocar mucho (o no tanto como a mí me gustaría). Ésta es la "salud de nuestro cuerpo". Para ello presentaré un argumento utilitarista que, hoy por hoy, me convence bastante. Aquí os lo presento.

En los anteriores textos expuse que el consumo de drogas es una forma de control social que ejerce el Estado (como garante del capital) sobre la población, y que además era más bien irresponsable consumir drogas porque éstas están ligadas a redes de explotación humana y animal. Eliminando el componente de explotación, pero también el de beneficio capitalista, llegamos al ejemplo del amigue que cultiva marihuana y la regala. Para este ejemplo expuse el argumento sobre el control personal, por el cual opiné que la libertad individual de cada une se ve suprimida al estar bajo los efectos de las drogas (sin control no hay libertad).

Hasta aquí el pequeño resumen de lo que he venido argumentando hasta ahora. Hoy nos toca hablar de los efectos nocivos para la salud que supone el consumo de drogas. Indudablemente, y no hace falta que me ponga a dar datos científicos, las drogas producen algún tipo de malestar en nuestro cuerpo, el cual puede ser más o menos grave. (Si estáis interesades en los efectos de las drogas sobre nuestro organismo os recomiendo este libro sobre drogas editado por compas anarquistas). Mi argumentación sobre este punto, la cual fue brevemente presentada en los comentarios del primer artículo, defendía una postura utilitarista al respecto. En otras palabras:

  1. Las drogas perjudican nuestra salud física y mental. Su consumo acorta nuestra esperanza de vida y, lo que es más importante, la calidad de vida.
  2. Un estado físico y mental debilitado no permite desarrollar todo el potencial humano que tenemos.
  3. El Estado y el capital no se van a marchar por decisión propia. Hay que resistir y darles cara (en todos los planos: en la calle, en las huelgas, en los grupos de lectura, en Internet, etcétera).
  4. Por lo tanto: cuanto más vivamos, cuánto mejor vivamos, y cuánto mejor podamos desarrollar nuestras capacidades humanas mejor podremos combatir al Estado y al capital. Así pues, es responsabilidad individual de cada anarquista intentar maximizar su colaboración con la revolución social.

Del cuarto punto se saca que mi argumentación tiene tintes utilitaristas, pues pretende maximizar el bien común ante todo. Ese bien común lo defino en términos de la revolución social, y el medio que propongo para alcanzarlo es individual (el no-consumo de drogas). En mi segundo artículo ya argumenté que no deberíamos forzar a nadie a no consumir drogas, por ello que aquí habla de "medios individuales". Cada une tiene que preguntarse a sí misme sobre el papel que quiere jugar en la revolución social, cómo, y hasta dónde. Esto es lo que llamé "responsabilidad revolucionaria" en textos anteriores.

No obstante, en el primer artículo un lector me comentaba que eso de "no consumir drogas para mantener un cuerpo sano" era la lógica del capital, pues éste lo que quiere es trabajadores en buenas condiciones. Desde aquí expreso mi más firme desacuerdo con lo que comentó el compañero. El capital no busca trabajadores sanes, mucho menos el Estado, pues en las sociedades capitalistas avanzadas siempre hay una importante bolsa de desempleo que crea graves problemas estructurales. Ni al capital ni al Estado les importa realmente el desempleo, no en el aspecto humano, pero saben muy bien que un gran porcentaje de personas desempleadas es la mecha que prende el polvorín de la sublevación.

Es por ello que no quieren una población sana, sino una población decayente. En términos demográficos hay un problema de superpoblación, y en términos económicos esto se traduce en desempleo. El juego de la socialdemocracia no es tan sencillo como "opresores" versus "oprimides". El juego de la socialdemocracia es mucho más complejo, y en él podemos encontrar sinceras y genuinas muestras de humanidad provenientes de las instituciones estatales, y maquiavélicas estrategias de control estatal. El juego tiene estas dos caras, de ahí que existan campañas anti-tabaco o anti-drogas entre los jóvenes.

Ahora, dicho esto no quiero decir que el Estado quiera proteger completamente nuestra salud (si fuera así prohibiría completamente el tabaco y el acohol). Desde mi perspectiva, el tabaco y el alcohol juegan un papel muy importante en el control demográfico, y sobre todo "revolucionario", de la población. 6 millones de parades es un gran problema para un Estado que tiene unas reglas (la Constitución) a seguir (se sigan mejor o peor, eso es otro asunto). ¿Qué puede hacer el Estado? Mantener distraída a esa masa de gente: fútbol, tabaco, alcohol, juerga... Pongamos un ejemplo histórico: en 1848 la población de París se alzó en armas contra Louis-Philippe de Orléans. Las bajas se cifraron desde las 16.000 personas muertas hasta las 50.000. Sea como sea, el general Cavaignac pudo haber negociado desde el principio y haber evitado tan atroz baño de sangre. ¿Por qué no lo hizo? ¿Por qué además esperó a que más gente se sumara al movimiento revolucionario? Porque Francia tenía un problema gravísimo de desempleo. ¿Cómo se solucionó? Haciendo desaparecer a les desempleades. Con este ejemplo histórico no quiero decir que el Estado-nación moderno aniquile de la misma forma a les parades. Pero sí que opino que esa aniquilación sigue existiendo, bajo otras formas, bajo otras sutilezas, pero bajo la misma lógica.

El mito de la globalización. Una aproximación libertaria

Casi a diario podemos leer algo en la prensa sobre eso que llamamos "globalización." Desde finales de los años ochenta, y a lo largo de la década de los noventa, el término se popularizó tanto que una vez entramos en el nuevo milenio ya tomábamos la realidad de la globalidad como verdadera. Sin embargo, muchos son los datos que apuntan a otra realidad muy distinta.

Para empezar a estudiar un fenómeno tan complejo como el de la globalización, primero hemos de tener una definición operativa que nos permita aprehender la realidad a estudiar. No obstante, dicha definición no existe puesto que cada escuela de pensamiento define la globalización en base a diferentes términos y datos socioeconómicos. En lo que sí podemos ponernos de acuerdo es que la globalización es un proceso que se viene gestando desde hace tiempo, aunque algunes sitúan el inicio de ese proceso con el nacimiento del Homo Sapiens Sapiens, y otros lo emplazan en el llamado "largo siglo dieciséis" (como lo hace el sociólogo Immanuel Wallerstein en su teoría del sistema-mundo).

La globalización se nos presenta, normalmente, exclusivamente en términos económicos: corporaciones transnacionales, inversión extranjera en países no-capitalistas, mercados financieros integrados, etcétera. Otres han dedicado grandes esfuerzos a contrarrestar esta visión, y han dirigido la atención de sus investigaciones hacia otros campos como el cultural o el político (por ejemplo Saskia Sassen). ¿La conclusión? Que el mundo está caminando hacia la creación de un único sistema mundial que integra todas las esferas de interacción humana. Un ejemplo de esto es el trabajo de Michael Hardt y Antonio Negri en Imperio.

Pero lo cierto y verdad es que la globalización no está creando un mundo tan integrado como muches piensan, mucho menos unitario. Les pensadores conservadores, agrupados en la escuela realista, tienen razón al afirmar que los Estados-nación siguen siendo actores principales en las dinámicas internacionales, lo que dificulta enormemente el poder hablar sobre globalización.

En una línea muy parecida, Paul Hirst y Grahame Thompson aseguran que la globalización es un mito que sirve a los intereses del proyecto neoliberal, el cual ha de ser legitimado de alguna manera. Así pues, no solamente la globalización económica no se está produciendo, sino que además estamos siendo testigos del nacimiento de "nuevos" nacionalismos y regionalismos. En lo que respecta a la economía internacional basta decir que más de tres cuartos del comercio mundial se produce entre (y dentro) de tres regiones económicas que acumulan la inmensa mayoría de capital mundial. Estas regiones son Europa occidental, Norteamérica, y Japón. En lo que respecta al comercio e inversión internacional tampoco observamos mucha globalización: tenemos los ejemplos de NAFTA (por sus siglas en inglés) y de la Unión Europea.

Pero, entonces, ¿qué nos debe preocupar a les anarquistas de todo esto? Que el sistema de producción capitalista sigue vivo y muy vigente es una realidad tan objetiva como que mañana saldrá el sol en el horizonte. Que el capitalismo sigue explotando en ambos hemisferios también es una realidad material. Éstas son realidades que ya conocíamos y, que en alguna medida, hemos internalizado como inevitables en el corto-medio plazo (no incluyo el largo plazo por creer honestamente en el advenimiento de la revolución social).

Entonces, una vez más, ¿qué nos debe ocupar la mente a les anarquistas? Pues ni más ni menos que la afirmación y reproducción de la idea de que existe un contrato social, que no solamente es necesario según la ideología imperante, sino también inevitable y lógico.

Dejando de lado el debate de si la globalización está creando un mundo integrado a todos los niveles, lo que no podemos obviar es que para sustentar un sistema internacional de gobernanza de la actividad humana el modelo de Estado-nación es más que necesario. Argumentar que el mundo está dirigido por el FMI y por la OMC es un despropósito que solamente le hace el juego al proyecto neoliberal. Sí, las instituciones multilaterales internacionales están creciendo y tienen un papel decisivo en las dinámicas del mundo, pero esto es solamente posible si existe el Estado-nación (a lo que se debería oponer tode anarquista que se precie). Precisamente porque la globalización es un proceso integrador, éste requiere de legitimidad constitucional que aporte un "imperio de la ley" acorde a los tiempos. ¿Cómo se consigue esto? Reforzando la legitimidad del Estado-nación.

Si bien es cierto que la soberanía del Estado-nación está en declive, solamente lo hace en términos contrapuestos a la vieja conceptualización de soberanía. Recordemos que el Estado moderno nace como respuesta al feudalismo en Europa occidental, y lo hace para monopolizar las dinámicas humanas dentro de un territorio definido. Lo que parece obviarse muy a menudo es que para que sea posible que un Estado-nación exista el resto de Estados han de reconocer la existencia de los demás (y respetarla). Al suceder esto se crea un sistema internacional (que debería llamarse interestatal) que legitima en términos judiciales y éticos el monopolio de la vida humana.

La clave para comprender lo que está sucediendo con la globalización es pensar en ella en términos comparativos: si el Estado moderno nace en un contexto de fragmentación feudal (de fragmentación provincial si se quiere), la globalización no es sino un intento de gobernar "la anarquía" que existe entre Estados a un nivel mundial. Pensemos en los Estados-nación como las provincias de un Estado, y en la globalización como el Estado mismo. Para que las provincias de un territorio queden unificadas bajo un mismo marco común se requiere de un proceso legitimador que permita la aparición de un aparato estatal integrador. ¿Se ve el siguiente paso? Exacto. Para que exista un sistema global integrado se requiere de un proceso legitimador que integre a los diferentes Estados-nación (a las "provincias" del mundo).

De esta manera, la soberanía de los Estados de hoy en día no se ve mermada, sino que se ve desplazada. Para que el FMI pueda dictaminar medidas económicas en Grecia se requiere, previamente, de la legitimidad estatal de los Estados del mundo, y esto no hace más que reproducir la idea de contrato social y Estado, el cual actúa como una bisagra entre lo "local" y lo "global." Lejos de presenciar la creación de un Imperio mundial unitario como afirman Hardt y Negri, lo que estamos experimentando es un desplazamiento y una redefinición de la soberanía estatal. Y lo crucial al respecto es que para que dicho desplazamiento tenga lugar se necesita la reafirmación del proyecto estatal.

Es por ello que luchar contra la globalización capitalista no ha de ser visto como una lucha contra un Nuevo Orden Mundial (como muchas personas dadas a la teoría de la conspiración piensan). Luchar contra la globalización tiene que ser, para nosotres les anarquistas, la lucha contra la existencia del Estado-nación. Después de todo la postmodernidad no ha llegado: seguimos viviendo en el mismo "viejo" mundo capitalista-estatal que nos esclaviza de maneras más dinámicas y fluidas.

En defensa de la violencia

Últimamente la idea que más ronda por mi cabeza es el uso de la violencia con fines revolucionarios. Las imágenes del descontento social, del despertar de la conciencia, de esos gritos de rabia en la calle, no hacen sino forzar al pensamiento en una dirección que parece inevitable confrontar: ¿se puede justificar la violencia?

Nos parece natural la reacción violenta que pueda tener una persona atracada; nos parece justificada la bofetada que le dio la mujer al señor que le tocó el culo en el metro; nos parece lógica la cruzada que inició George W. Bush en Oriente Próximo con el pretexto de la prevención terrorista; pero nos parece radical y repugnante la piedra que una persona encapuchada lanza a la policía. Y si somos de les poques que no pensamos así, ya están los medios capitalistas de comunicación para recordarnos la línea del pensamiento dominante. Al final acabamos sintiéndonos culpables, o llenes de dudas en el mejor de los casos, por haber llegado a pensar en la posibilidad de la violencia física.

En los Estados modernos todo encaja a la perfección: con la centralización del poder y la aglutinación de las instituciones sociales alrededor de un gobierno despótico, los Estados modernos monopolizaron el uso legal y formal de la violencia. Legal porque es la violencia amparada en el marco jurídico (estatal) la única que no es punible. Formal porque las relaciones de opresión no son sólo materiales sino que también son simbólicas, y como resultado tenemos una inmensa mayoría de la población que repudia la palabra violencia porque han internalizado (y dado por natural) el monopolio estatal de la misma.

Si el contrato social, del que tanto se jactan les liberales de bien, existe en verdad y establece que el Estado es el garante de la seguridad de sus ciudadanes, entonces no me explico las palizas sistemáticas de la policía antidisturbios en cualquier país del mundo; las elevadas tasas de desempleo en el sur de Europa; o el incremento de las familias que viven rozando el umbral de la pobreza. Si esto ha sucedido es porque antes de todo ya éramos pobres, pero pobres de conciencia.

Como apuntaba antes, una de las características del Estado moderno es que abarca prácticamente todos los espacios de vida, incluyendo lo que se puede y lo que no-se-puede. La socialización de la policía como un elemento de orden elimina de un plumazo cualquier conato de insurrección: le encapuchade es una persona indeseable porque atenta contra el garante del orden. Hemos internalizado tan profundamente el monopolio de la violencia que cualquier respuesta física es tachada por la opinión pública con una ingente cantidad de adjetivos negativos; y peor suerte corren las personas que andan detrás de las confrontaciones físicas.

Pero nada de esto se podría llegar a comenzar a entender si no tenemos en cuenta que el Estado moderno, mediante las dinámicas de socialización en las que se internaliza la cosmovisión dominante, representa y personifica todos los anhelos de bienestar que de forma social nos han inculcado. Creo que es útil comprender este galimatías teórico de la siguiente forma: imaginemos que la sociedad es una masa de agua en la que nosotres flotamos libremente. Nadamos hacia un lado, hacia otro... hasta que nos damos con los gruesos cristales del acuario, el cual delimita la realidad para les que flotamos en su interior. Pero el acuario (el Estado) no solamente delimita geográficamente nuestra libertad, también lo hace de otras maneras: los castillos, las algas, las rocas, los soldaditos del nene... todas esas cosas que suele haber en un acuario son impuestas sin opción a negarse. De la misma manera, nuestro acuario estatal nos impone una forma de pensar estandardizada, unos cánones morales a seguir, una visión específica de esto, de aquello, de lo otro... Y desde luego que romper los cristales del acuario no figura en la lista de cosas permitidas.

El contexto de crisis global que estamos viviendo en la actualidad es, sin embargo, un buen momento para empezar a ver nuestro reflejo en el cristal que nos constriñe, y así haciéndolo, empezar a pensar que hay un cristal entre nosotres y otro mundo posible. Éste es el momento idóneo para la formación, para cuestionar todo aquello que damos por hecho, para alzar la voz y hacer que otres se vean reflejades en ese cristal del acuario. Solamente cuando esto suceda podremos romper los muros del Estado que nos oprime, para así acabar de paso con el sistema de organización social que nos obliga a vivir a la fuerza.

Cada vez más gente comprende que violencia también es dejar en el paro a más de seis millones de personas; desahuciar miles de familias dejándolas en plena calle; explotar la única vida que tenemos para que unes poques puedan salir a navegar en su yate de lujo. Cuando además entendamos que luchar contra aquello que nos esclaviza (física y simbólicamente) no es violencia sino resistencia justificada, y que además estamos obligados moralmente a resistirnos, entonces podremos decir que al final la violencia sí que estaba justificada (y no sólo porque a ella nos obligan).

Muches pensarán que estoy justificando la violencia gratuita; no es así. No es mi intención hacer apología de nada excepto de la necesidad de ver la realidad social; la verdadera, no la que nos venden los medios capitalistas de comunicación. Confío en que ver y comprender la realidad social, la cual sólo tiene una posible interpretación que se reduce a la "explotación del hombre por el hombre", derive en una única y lógica respuesta.

Estoy apelando a esos anhelos de libertad que todes tenéis como seres humanos que sois. Si bien une no está dispueste a confrontar físicamente a las fuerzas opresoras del Estado capitalista, al menos que no ensucie la valentía de los que sí están por la labor de dar la cara. No es plato de buen gusto correr delante de una manada de borregos a sueldo, y por ello nadie ha de ser juzgado en base a su participación, o no, en este tipo de acciones; suficiente es el reconocer la superioridad ética de la violencia cuando es resistencia justa. Además, el hecho de que existen grupos sociales que quieren evidentemente dominar al resto, convierte a la violencia física en el único camino posible en último término. La pregunta del millón es, ¿cómo sabremos que hemos llegado al último término? La respuesta parece sencilla: cuando solamente veamos la sangre de aquellas personas que, corriendo tras la libertad, se dieron de bruces con el cristal del acuario que nos oprime.

Y esa sangre ya la estamos empezando a ver, no solamente en el Estado español, también en otras partes del mundo. Esto nos muestra que no estamos soles en nuestro acuario; que existen más acuarios que han de ser destruidos si queremos ser verdaderamente libres. Y a este respecto no existe duda alguna: la libertad personal se consigue única y exclusivamente cuando el resto de personas es libre. Y la libertad pasa, en las condiciones de vida que nos imponen, por la resistencia activa al brutal poder que nos arruina la vida; la única que tenemos.