El nuevo fascismo buscando seguridad

La emergencia de Vox aprovechando un contexto de crisis económica y, por tanto social, prueba que la extrema derecha ha encontrado fórmulas para lograr la legitimidad política. Una vez logrado esto, su ideario de siempre con algún toque de modernidad, ha empezado a calar hondo en la gente, y es muy significativo su avance en número de votantes en las últimas elecciones generales y autonómicas. La extrema derecha ya tiene un partido más en sintonía con los demás partidos, pero alejado de la democracia, la tolerancia, y el respeto a los derechos humanos de toda persona -véase su posicionamiento contra el libre aborto de las mujeres, el debate en torno a la nueva Ley de Eutanasia en España.

El fascismo renueva su marca, pero sigue oponiéndose a la conquista de nuevas libertades y derechos individuales, tal vez en pos de una sumisión ante una bandera... Si analizamos el perfil del votante de Vox o de Falange española, podemos quizás ver que la bandera por sí misma como símbolo -erróneamente interpretado o idealizado, a mi modo de ver- les aporte una "falsa seguridad personal", y hasta pueda, en algunas personas, aliviar su miedo al futuro y por el futuro de España.

Seguimos en un contexto que propicia el miedo y la inseguridad, además de que no hemos salido bien de la crisis económica y de que no hemos superado el capitalismo ni hallado un nuevo modelo económico para España. A ello se une la actual crisis de emergencia sanitaria mundial. Esperemos que vengan mejores tiempos para todos, pero sin la añoranza de un idealizado pasado mejor, ni el miedo al futuro, que podamos construir entre todos.

S.L.

Distopías en línea IV: Colapso, fascismo y supervivencia

En las anteriores entradas de esta serie hemos analizado el tecnooptimismo encarnado en la estética hacker; hemos hablado también del desastre relacional y humano al que nos dirige la dominación tecnológica; y, por último, entramos de lleno en las posibilidades de una futura sociedad opresiva, violenta y autoritaria. La ya ineludible crisis ecológica y social hacia la que nos encaminamos es un tema que ha recorrido el fondo de cada una de las distopías del marco cultural que hemos trazado. Este tema no aparece de manera explícita en la serie que tratamos en esta nueva entrada, The Walking Dead. Sin embargo, esta serie es el producto cultural que nos habla con mayor claridad sobre cómo determinados aspectos de la sociedad actual pueden desarrollarse ante un posible derrumbe de las estructuras sociales dando luz a un futuro distópico. Es más, lejos de plantear una crítica, TWD motiva en cada emisión nuestros impulsos más reaccionarios, animándonos a sobrevivir aceptando las consecuencias de la autoridad dictatorial, la división de tareas, la violencia patriarcal, la destrucción del medio, la violencia física y psicológica, la sumisión de quien nos amenaza… En realidad, prepara una moralidad retorcida frente previsibles crisis, una colección de valores absolutamente funcional al poder.

The Walking Dead lleva ya 8 temporadas a sus espaldas. Nació en pleno resurgir del fenómeno zombi en todas sus manifestaciones, pero ha seguido caminando una vez muertas buena parte de las expresiones que constituyeron esa moda. Lejos de mostrar signos de cansancio, hace unos años dio lugar a un spin-off llamado Fear The Walking Dead, cuya historia se desarrolla en el mismo contexto de holocausto zombi, aunque diverge por completo de la historia de los comics que inspiran a la original.

En esas 8 temporadas nos ha hablado de cómo enfrentarnos a un colapso civilizatorio, encarnado aquí en la expansión de una plaga misteriosa que convierte a las personas en fieras hambrientas. Los caminantes son seres irracionales reducidos a sus más bajos instintos, dedicados a caminar en masa hacia su objetivo y sin más capacidad para comunicarse entre sí que sus gruñidos. La descripción bien podría hacer referencia nosotros, seres humanos del capitalismo tardío, pero dado el abuso del zombi como metáfora social, será mejor no entrar ahí (muertos dentro). Lo cierto es que TWD desaprovecha en gran medida esa capacidad metafórica de sus caminantes para plantear hipótesis críticas.

Lo fundamental en la serie de los caminantes es que la verdadera amenaza no está en esos no-muertos cargados de maquillaje y posproducción; sino en las propias personas. El infierno son los otros; el hombre es un lobo para el hombre. Estas, junto a una calculada aleatoriedad a la hora de cargarse personajes, parecen ser las máximas que guían toda la trama. Lo más terrorífico es cómo se construye a partir de estos ingredientes una burda justificación del más brutal autoritarismo, con fuertes tintes patriarcales e individualistas. Atención a los spoilers: Durante las primeras temporadas un grupo aterrorizado acepta ser liderado por Rick, un sheriff texano abiertamente machista y violento (interpretado además por un actor mediocre). Lori, su mujer, es el arquetipo femenino de madre y esposa, carcomida por la culpa tras haberse acostado con el compañero de su marido, Shane, después de que este le asegurara que Rick había muerto. Rick se dedica con ahínco, violencia y asesinatos de por medio a la tarea de liderar con mano de hierro a un grupo necesitado de su tutela. Entre otras vicisitudes, Rick acaba por asesinar a Shane a sangre fría, con la excusa de que se había convertido en un amenaza para la supervivencia (sobre todo, de su ego y su autoridad). El triple salto machista posterior, por si lo de antes no hubiese sido suficiente, merece la pena ser comentado: Lori es rechazada después repetidamente por Rick, y finalmente muere en el parto de su hija Judith, cuyo padre podría ser Shane. Es decir, muere consumida por su “pecado” en un capítulo con el paradigmático nombre de “Killer within” (Asesino interior). Tras el parto y la muerte de la madre, un Rick arrepentido decide hacerse cargo del bebé. Es una forma de hablar, claro, porque los cuidados del bebé recaerán en adelante sobre cualquier mujer del grupo (excepto que, por exigencias del guión, se requiera mostrar a un Rick paternal).

Este arco argumental no es ni mucho menos la única referencia machista de la serie. El patriarcado goza de buena salud tras el apocalipsis. Desde los múltiples liderazgos masculinos de las distintas comunidades hasta personajes como Andrea, esa mujer que “no es como las demás chicas” y que, en lugar de quedarse en el campamento, sale de cacería con el resto de hombres. Uno de los escasos liderazgos femeninos que aparecen en la serie, representando un modelo político liberal, es fuertemente cuestionado por el modelo autoritario y patriarcal hegemónico en la serie, resultando este último legitimado por el desarrollo posterior de la trama.

Es el miedo a lo que hay afuera lo que justifica el comportamiento reaccionario y sumiso de la mayor parte de los personajes, el que asegura la autoridad de los fascistas de medio pelo como Rick. Una xenofobia alimentada por la trama, donde los zombis son una mera excusa. El argumento no tiene nada de novedoso, es el mismo que utiliza la derecha cuando hace uso de la amenaza terrorista para legitimar medidas racistas y de control social que perpetúan la desigualdad.

Los comportamientos de los personajes refuerzan este mensaje. Los individuos de TWD se comportan de forma egoista, irracional y ridícula cuando actúan por sí mismos. Son incapaces de cooperar. Nunca se rebelan de manera conjunta o mínimamente inteligente si no es bajo la batuta de una autoridad fuerte. Esta idea cínica y pesimista de la condición humana, que se pretende “realista”, es el sustrato del fascismo. El apoyo mutuo, la convivencia entre iguales o la misma democracia apenas tienen espacio más que como frivolidades de idealistas, mucho menos como realidades materiales fundamentales para la sociedad.

La aparición de Negan y los salvadores da alas a este mensaje con una defensa abierta del liderazgo dictatorial y violento que defiende cierto nivel de bienestar para una minoría. El poscapitalismo nos trae aquí un ascenso del fascismo. Al menos en ese sentido la serie puede funcionar como advertencia. ¿Qué ocurre cuando las estructuras sociales se desmoronan en una sociedad arruinada por el individualismo mezquino, absolutamente dependiente de fuentes energéticas decadentes y atravesada por el egoismo capitalista? Es una pregunta a responder, aunque TWD lo haga de forma simplista. Yo propongo una más ¿Qué vamos a hacer al respecto como demócratas, socialistas, libertarios y partidarios del poder popular? Porque aunque el apocalipsis zombi sea ficción, las amenazas ecológicas y económicas están muy presentes en el mundo real.

En definitiva, The Walking Dead se regodea en el darwinismo social y responde de forma zafia, machista y castrense a los dilemas morales que pretende plantear. “Es muy realista”, declaraba no hace mucho Danai Gurira, la actriz que interpreta a Michonne. “La serie muestra un panorama muy similar a cómo se comporta la gente en la guerra”. Tenemos regularmente en nuestras pantallas, por tanto, una justificación del fascismo, presentado además como el único camino para recuperar el bienestar de unos pocos.

Si los zombis son un reflejo de nuestros miedos, la respuesta no puede ser más aterradora.

¿Existe un partido ultraderechista español relevante?

Es una pregunta recurrente, pero inevitable. Hace poco me la hicieron unas conocidas venidas de Francia, donde el Frente Nacional ha cumplido 45 años y ya ha llegado dos veces (2002 y 2017) a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales.
En la región española, los partidos ultranacionalistas consiguen resultados muy pobres tanto en las elecciones como a la hora de movilizar a la población. Existen varias posibles respuestas para esta excepción española, respuestas que no se excluyen unas a otras. Una es que casi cuarenta años de franquismo habrían vacunado a la población española contra la tentación ultraderechista. Otra es que el PP –y antes Alianza Popular, del que es refundación– incluiría entre sus votantes a casi todo el arco político a la derecha del PSOE, desde los liberales cuyo catecismo viene de Adam Smith y de Hayek más que de la Conferencia Episcopal hasta los reivindicadores del franquismo que asumieron el paso a un régimen liberal (contenido) como un cambio de época que trascendía las ideas o como un mal necesario. Para la segunda mitad de esta última crisis hay quien señala también la emergencia de Podemos como un posible factor de contención: un partido en principio soberanista, de ámbito español y que, al centrarse en la representación institucional, llama a sus simpatizantes a ser votantes más que militantes (con la comodidad pueril que eso implica). Me atrevería a añadir otro elemento de explicación, también complementario y no excluyente de los otros: la misantropía de la ultraderecha, su desprecio por el ser humano en tanto que tal. Si bien la misantropía es hoy casi parte de la atmósfera general, es en la extrema derecha donde alcanza su máxima concentración. Estos sectores, históricamente, han crecido y perseverado entre el miedo a las tendencias socialistas de la plebe (Juan Donoso Cortés fue en 1848-1853 el primer gran exponente por aquí), la nostalgia romántica por un pasado mítico, la idea mesiánica de una aristocracia (militar o paramilitar, por lo general) que devolvería la nación o la raza a su puesto de preponderancia y la culpabilización del conjunto de la población por haber permitido la penetración del Mal (hoy día, la globalización y el contacto entre culturas, antes, el socialismo y el liberalismo judeomasónicos) y, en general, la degeneración de la sociedad y de la civilización. Ante la aceleración de la globalización y ante su propio desmoronamiento como movimiento de masas y su ghettización como grupúsculos llevados por el antifascismo hasta una semiclandestinidad, la ultraderecha parece dar más importancia a la nación/raza y menos a la jerarquía; esto puede haber suavizado esa visión negativa del ser humano, pero no tanto como para haberles movido a encontrar un programa común del que pudiera haber surgido ese hipotético partido. Su mito fundador es el de la escasez –que les retrata como hijas del liberalismo económico–, si bien ellas, para resolver ese problema creado por el mercado, no confían sólo en la mano invisible, sino también (a veces, principal o exclusivamente, incluso) en la exclusión parcial o total de otras nacionalidades o razas. Su tendencia a usar el término «buenismo» –común con buena parte de la derecha no considerada extrema– ya da una idea de su concepto de las relaciones humanas: no se tratará de ser buenas unas con otras, sino de adaptarse y sobrevivir en una guerra de todas contra todas.

Hasta aquí, parecería que las noticias son buenas. No existe un partido de ultraderecha relevante, ¿verdad?; propongamos un brindis. Lo malo es que no creo que las noticias sean tan buenas.

En un intercambio de cartas con el antifascista (entonces preso) Yves Peirat, allá por 2002, decía él que el éxito de LePen en las elecciones presidenciales francesas de aquel año era también el éxito de la lepenización de la política. En la década de 1980, la existencia del Frente Nacional era considerada un desafortunado accidente que no había que agravar; sus candidatos no eran reconocidos como interlocutores por los otros partidos, que boicotearon debates en que el FN había sido invitado y evitaron hablar con ellos en público. Fuese contraproducente o no esta estrategia, para antes de 2002, algunos de los estribillos lepenistas más habituales como el endurecimiento de la lucha contra la inseguridad (esto es, más cárcel, más policía, menos control de sus resultados) o la restricción de la inmigración empezaban a convertirse en lugares comunes de la política institucional. Lo que el FN no ganaba en las elecciones, lo ganaba ideológicamente en los medios de comunicación y desde ahí, claro, en muchas tertulias familiares de sobremesa y barras de bares. Cuando los problemas son reales y las cristianodemócratas y socialdemócratas hablan del «fin de la historia» y de dirigir un país como se gestiona una empresa, las preguntas –viscerales, superficiales, torpes– las hacen los medios de comunicación y su sensacionalismo. Y las respuestas –viscerales, superficiales, torpes, pero sin una población más exigente que eso y sin apenas manchas en el expediente del partido por no haber tenido que detentar el Poder– las da la extrema derecha. Así, el partido de la derecha convencional –y, en menor medida, el llamado socialista– acababa compitiendo con el FN en su mismo terreno.

En España, como en Francia o en EEUU, el liberalismo ha hecho todo lo posible por vaciar moral y políticamente tanto a la derecha como a la izquierda liberales. Tras sucesivas crisis y el auge y declive del movimiento obrero, lo que queda es el darwinismo social. Y aquí resulta que los extremos no se tocan, sino que el liberalismo convierte un millón y medio de paradas de larga duración en un millón y medio de casos aislados de holgazanería. El caos económico (paro, pobreza) no se puede abordar; las responsabilidades de grandes empresarios y accionistas y de sus gobiernos no se pueden abordar, hay que culparse a una misma y, si otra está peor (por su situación, por su grado de dependencia, por pertenecer a una minoría o por ser mujer), hay que culparla a ella aún más. Por lo general, seguimos queriendo las respuestas más sencillas que sean posibles, aunque no sean sinceras, y eso en parte lo ha conseguido la candidatura de Donald Trump y lo pueden conseguir otras similares. ¿«La verdad antes que la paz»? Nada de paz, salvo con la clase opresora, y cualquier cosa antes que la verdad. No hay un afán de igualdad entre géneros y sexualidades, es una conspiración «feminazi» y del lobby LGBT. No hay un afán de igualdad entre razas, es la conspiración del racismo antiblanco y de la corrección política (¿?) para que los hombres blancos heterosexuales se sientan mal. Etcétera. Como la derecha ha renunciado a toda preocupación moral, cualquier convicción aparece como una cuestión de moralismo progresista. Y ese progresismo, cuando llega a puestos de poder, lo hace rendido al liberalismo, acomplejado e incapacitado. Se diría que las clases sociales no existen. Sólo se habla de las trabajadoras como cualidad personal (ser trabajador/a, por oposición a ser vago/a) y no como condición social que determina lo que se puede y se necesita. El hombre blanco heterosexual, el menos desfavorecido, se convierte por arte de magia (victimista) en el desdichado objetivo de una campaña que los líderes tradicionales no han querido o no han sabido parar, se impone un liderazgo que devuelva las cosas a su sitio. «We will not be replaced» («No nos van a remplazar»), gritaban las racistas y nostálgicas de la esclavitud negra en Charlottesville hace bien poco mientras cierta ultraderecha habla de un «gran remplazo» por el que Europa se vería desbordada por la combinación de las inmigrantes extraeuropeas y la alta natalidad de estas. No son organizaciones de ultraderecha fuertes, son estados de ánimo colectivos construidos laboriosamente.

Un partido puede ser una organización como tal o puede ser el conjunto de personas que toman partido por algo o alguien, como era originalmente. Y eso sí parece existir aquí y ahora. Alimentado por una derecha sin complejos que dice que el franquismo ya hace mucho que terminó y que el postfranquismo está siendo una orgía de progresismo cultural, entre el miedo a las musulmanas y ese miedo al buenismo, gentes del PP se dan la mano con quienes preferirían el saludo romano. Existe un partido serio de ultraderecha, pero no se presenta a las elecciones, no tiene estructura formal, siglas ni logo. Es un partido informal y transversal, presente en los grupúsculos del ghetto ultra, pero también en Vox, el PP, UPyD, Ciudadanos o incluso el PSOE. Un partido que no se limita a rechazar los subsidios y defender cualquier endurecimiento represivo, sino que va desde el revisionismo histórico de corte franquista para consumo de masas (García Isac, vinculado a una escisión por la derecha del PP, el falangista Nacho Larrea o el ex-GRAPO converso Pío Moa) y el asistencialismo con criterio nacional en lugar de social hasta las constantes agresiones del nuevo escuadrismo, desde la recurrente tolerancia judicial y policial con estas hasta la increíble equidistancia de los medios. Esta ultraderecha no tiene divisiones blindadas ni de infantería, pero sí crece en el sensacionalismo mediático y tiene su hueco en grupos mediáticos como Libertad Digital (presuntamente salvado en 2004 de la quiebra, entre otras, por la caja B del PP y que incluye la web homónima, Libremercado y EsRadio), Intereconomía (vinculado al sospechoso dirigente pepero Ignacio González y que comprende la televisión homónima, donde la portavoz del Hogar Social Madrid participa como tertuliana, dos radios y media docena de ciberpanfletos webs como La gaceta) o el diario y la radio Ya (que retoman la cabecera del antiguo diario católico del mismo nombre), donde trabajan tanto el mencionado Nacho Larrea o Martín Sáenz de Ynestrillas (de esos famosos Sáenz de Ynestrillas) bajo la batuta del franquista Rafel López-Diéguez (de la también mítica familia ultra Piñar), así como opinólogos y periodistas multiactivistas como Cristina Seguí (ex-Vox), Inma Sequí (ídem), Hermann Tertsch (otro converso, que en su día militó en el PCE), Alfonso Rojo (un converso más, ex-CNT), Álvaro Ojeda o el secretario general de cierto sindicatillo policial.

El colmo, claro, es cuando se contraataca a los escuadristas y se les presenta como meros portadores de la bandera de la monarquía española y también es la equidistancia de medios de comunicación que en teoría ni siquiera se consideran de derechas, pero que dejaron la bandera del antifascismo en cuanto el régimen se liberalizó. Esa equidistancia de quienes creen que no hay nada que temer del fascismo –porque ellas no tienen nada que temer de él– se convierte en causa y efecto, en la dialéctica social y política, del trato de favor judicial y policial y de la normalización de quienes ven la vida como una sucesión de amenazas comunistas, independentistas, «feminazis» y filoyihadistas y ven el mundo como algo a transformar en una cárcel, para mayor seguridad de todas. El resultado es el, digamos, churchillismo actual. Winston Churchill ha pasado a la historia como un antifascista por haber dirigido el Reino Unido cuando este se enfrentaba al eje nazifascista, pero, salvo por ese imperativo geopolítico, era de los que defendían que los liberales habían de unirse a fascistas y nazis contra comunistas y socialistas (por no hablar de sus crímenes en la periferia del imperio británico, no muy por detrás del propio genocidio nazi). Los émulos de Churchill, los que temen más una barricada que una cuchillada, que prefieren cualquier desorden conocido a cualquier orden por conocer –aquí también tuvimos republicanos franquistas a lo Unamuno o Queipo de Llano– no presentan a un candidato ultra a las elecciones, por lo general. Pero están trabajando para que avance su agenda política gobierne quien gobierne.

El fantasma del terror recorre Europa

No ha llovido mucho desde aquellos atentados en París del pasado 13 de noviembre de 2015, y ahora, otros dos atentados en Bruselas el pasado día 22 de marzo, uno en el aeropuerto y otro en el metro. Desde lo de París y la noticia de la huida del supuesto terrorista a Bélgica, casi todos los Estados europeos elevaron los niveles de alerta antiterrorista, y vimos cómo sacaban a pasear a los militares con sus metralletas por las calles de las principales ciudades belgas y francesas. Y todo esto despúes de que ocurriesen los atentados. Señores, ¿no les parece que están a un paso por detrás de los terroristas? Les cuelan las bombas cuando bajáis la guardia y llegaría a ser hasta ridículo —si no fuese porque los muertos lo pagamos los y las de siempre— que un espontáneo calificado de terrorista haga que un país entero como Bélgica entre en la paranoia y saque los tanques a las calles, como en el GTA. Ni aun así... Y señores, ¿tampoco encontráis explicaciones de que financiando y armando a grupos terroristas como el Daesh así como a sus colaboradores como Arabia Saudí y Turquía al final os acabaréis comiendo unos cuantos bombazos?

Qué bien, ahora se acojonan porque el Daesh ha engordado tanto que tienen potencial —y capacidad— para atentar en Europa, porque claro, cuando no ponían bombas ni pegaban tiros en suelo europeo, eran una preocupación menor. Total, se matan entre ellos por cuestiones religiosas. Qué malo es el fanatismo, oigan, que no vengan aquí a quitarnos las misas, la Semana Santa y la hostia bendita. ¿Cómo se le llamaba a eso de que si un fundamentalista cristiano comete un atentado y mata a unas decenas de personas no se diga "Stop Cristianismo" pero si lo hace un yihadista se dice "Stop Islam"? ¿Es comestible?

Cada vez se me hace más abstracto la palabra "terrorismo" cuando oigo la palabrería de los "líderes mundiales" y politicuchos varios hablando de "unidad contra el terror" o esa supuesta "lucha contra el terrorismo". Se me hace abstracto porque no se concreta qué es ese terrorismo del que hablan, si es el de la pancarta de los titiriteros; los cuadernos, cintas adhesivas y libros de las operaciones Pandora y Piñata; el petardazo en la Basílica del Pilar; los yihadistas del Feisbuk o los bazookas de los nazi.. uy, espera, ese igual no... Así que ahora terrorismo puede ser cualquier cosa, ¡hasta la caja misteriosa! La hipocresía, la doble moral y el cinismo de Europa se hace notar cuando de cara a la ciudadanía se llenan la boca de poner mano dura para luchar contra el terrorismo y defender los valores de la democracia, pero a nuestras espaldas se hacen amigos de los países que dan soporte al Daesh (qué guay la monarquía española vendiendo el AVE a los jeques sauditas y decir que están luchando contra el terrorismo). Otro puntazo que se marcan es que distinguen entre muertos de primera y de segunda. De poco o nada se habló de los atentados yihadistas en países africanos como Malí, Burkina Faso, Nigeria..., que también se suceden casi a diario en Siria, Afganistán e Iraq. Del mismo modo que ningún medio ha calificado de terrorista a la política de Netanyahu. Ni tampoco han derramado una sola lágrima por las muertes de miles de refugiados y refugiadas que huyen de la guerra y del Daesh, en cuya travesía se encuentran con fronteras cerradas y guardacostas turcos jugando a hundir barcazas.

Conviene que hagamos un poquito de memoria, que las heridas abiertas siguen sangrando y abriéndose más por las guerras que provoca el bloque occidental en Oriente Próximo. Desde que a EEUU se le ocurrió la genial idea de alimentar el salafismo y el yihadismo y a codearse con los wahhabíes, todo fue de mal en peor. En los años '70, les venían como anillo al dedo entrenar a los muyahidines para desestabilizar a la antigua URSS. En la actualidad, les interesa tener zonas de conflicto para justificar las invasiones militares para saquear el petróleo principalmente, además de obtener beneficios para la industria armamentística, por las guerras causadas. La guerra de Siria es ya ahora un galimatías donde tanto las potencias regionales (Turquía, Irán, Arabia Saudí principalmente) como occidentales (EEUU y Europa), y por otro lado están Rusia y China, quieren pillar su trozo de pastel. Y en medio está el movimiento de liberación kurdo quienes realmente plantan cara al terror yihadista, pero con Ochalan en la cárcel y el PKK en la lista de organizacones terroristas.

¿Quiénes son realmente los terroristas? A nada que rasquemos un poco para encontrar el origen de los atentados, nos encontramos con que están detrás Europa y los EEUU alimentando al Daesh siempre y cuando no atenten en suelo europeo, y que si lo hacen, aprovechan para culpar al islam como origen del terror (aunque en realidad, el yihadismo se cobra más víctimas musulmanas que occidentales), pero sobre todo que los muertos no sean peces gordos.

Al fin y al cabo, son los intereses geopolíticos los que están detrás de este escenario en Oriente Próximo, ni tampoco dudarán en aprovechar este estado de shock tras los recientes atentados en suelo europeo para imponer toques de queda exhibiendo su monopolio de la violencia, tratando de que aceptemos los tanques y militares en las calles y en los controles en estaciones y aeropuertos como algo normal. Y a esto le añadimos la impunidad con la que actúa la extrema derecha atacando/quemando mezquitas y casas de refugiados, dejando mensajes xenófobos, racistas e islamófobos en las calles y justificar el cierre de fronteras precisamente a quienes huyen de la guerra. Pero lo preocupante es que da la sensación de que la izquierda en general está paralizada ante el auge de esta extrema derecha, que está ganando puntos en las encuestas de intención de voto y su discurso de odio y discriminación esté calando entre cada vez más gente.

Si lo miramos desde otro punto de vista, el tema del terrorismo es más bien un arma política donde la clase dominante lo utiliza, por un lado, como control socal mediante el discurso del miedo, y por otro, como justificación para eliminar la oposición interna (contrainsurgencia). Conocer esta base es el punto de partida para articular una respuesta tanto a nivel social como político con el fin de afrontar el auge de la derecha y el fascismo. Lo primero, señalar claramente que el pacto antiyihadista es una mentira porque ni Europa ni EEUU ni Israel están luchando contra el terrorismo porque son ellos los que entrenan, arman y financian a Daesh y otros grupos terroristas a nuestras espaldas, y hacen grandes negocios con monarquías petroleras y gobiernos opresores (que también dan apoyo al Daesh). Por último, dejar claro que el yihadismo no representa el islam y que la mayoría de víctimas de Daesh son musulmanes, añadiendo de que es imposible que entre los refugiados y refugiadas puedan ir terroristas del Daesh, ya que viajan en primera clase. A nivel social, unas pequeñas propuestas serían trabajar desde la multiculturalidad en el barrio a través de programas y actividades (como mundialitos antirracistas que ya vienen haciéndose, talleres de idiomas, actividades culturales, etc) que integren a colectivos migrantes, así como la defensa frente al terrorismo de baja intensidad de energúmenos fascistas que se dedican a apuñalar a quienes luchan contra sus ideas racistas, totalitarias, de odio y violencia, además de las acciones solidarias que ya se están realizando al ayudar a los y las refugiadas en Idomeni, Lesvos,... Y a nivel político, desde nuestras organizaciones políticas apoyar el proyecto político del movimiento de liberación kurdo en Rojava y Bakur (quienes por ahora son los únicos actores que llevan un compromiso real de acabar con el Daesh), exigir la eliminación del PKK de las listas de organizaciones terroristas, la apertura de las fronteras y puesta en marcha de programas de acogida, el cese de la venta de armas a las monarquías del Golfo y a Israel, entre otras.

Se nos avecina un clima de guerra creado por las clases dominantes, y el fascismo asomando tras el fantasma del terror.

Enlaces del mes: Enero 2016

En el aspecto internacional, empezábamos el mes y el año con un inspirador texto de Zigor Aldama para Píkara sobre la Gulabi Gang, esa red de mujeres indias que se está haciendo famosa por no renunciar a la autodefensa. La India es un país donde las violaciones se suceden en su mayoría impunes y cada día hay numerosas agresiones sexuales. Este movimiento de autodefensa explica la efectividad que tiene el responder a palos ante la violencia machista.

Desde el Caribe, por otra parte, nos llegaba esta reflexión sobre Puerto Rico como ejemplo de la situación global: soberanía, consumismo, deuda, ... y también noticias de lo más interesante desde Haití: más allá del silencio informativo, una revuelta en toda regla tras años de ocupación y miseria masiva.

En Europa, el economista y exministro de Finanzas griego Yannis Varufakis insistía en esta entrevista en que no existe soberanía popular en la UE y anunciaba la preparación de un movimiento por la transparencia y democratización institucionales.

En clave más cercana, la llamada Marea Azul, los trabajadores de Movistar que estuvieron en lucha el pasado verano, anunciaban una nueva iniciativa: una caja de resistencia, no ya para sus futuros conflictos, sino como herramienta unitaria para compartir con otros sectores, junto con toda una campaña de difusión en torno al #correscales.

Este fue también el mes en que se agotó el plazo en que la CUP tenía que decidir cuánto ceder a las presiones de Junts pel Sí en nombre del proceso de independencia, tema sobre el que corrieron ríos de tinta. Rescatamos la rueda de prensa en que la CUP anunció definitivamente que no investiría a Artur Mas y el posicionamento de Procés Embat, una vez que se llegó a un acuerdo in extremis para investir a Carles Puigdemont.

Por último, en esta interesante entrevista publicada en Vice, Jordi Borràs, fotoperiodista especializado en la ultraderecha -desde donde ya ha recibido amenazas y una agresión-, habla con un exmiembro de cierta importancia de Democracia Nacional que quiere hacer autocrítica.

Fascismo, migración y asistencialismo

En el actual escenario socio-político en el que nos encontramos se puede observar por un lado un significativo aumento de las guerras imperialistas y como consecuencia el surgimiento de grupos religiosos radicales y por otro facciones ultra-nacionalistas que buscan expandirse aprovechando vacíos de poder.

Estas guerras están suponiendo como todo el mundo sabe un éxodo enorme de las poblaciones que huyen de escenarios de guerra hacia occidente. Este hecho ha captado la atención de los medios de comunicación y de la población de los países desarrollados y ha puesto el foco (otra vez) sobre la inmigración generando una serie de consecuencias sociales y políticas.

Por un lado nos encontramos a las instituciones, ONGs y partidos promoviendo, en su mayoría, el acceso de estas inmigrantes a sus países, concretamente en España se ha promovido el recibo de un gran número de inmigrantes y la asistencia de este tipo de organizaciones hacia estas.

Por otro lado movimientos relacionados con el fascismo, que en los últimos años han experimentado un ligero crecimiento han aprovechado la circunstancia para lanzar mensajes xenófobos sobre este tema y promover campañas de "prioridad nacional"
En ultimo lugar y como hecho menos mediático, grupos de personas anónimas se han organizado de forma más o menos espontanea para intentar organizar ayuda hacia las personas refugiadas y también hacia aquellas personas migrantes que ya se encontraban en el país.

En este artículo pretendo analizar la parte quizá más llamativa y novedosa de este problema (sin olvidarme de las otras partes) que es el auge del fascismo, en España, y concretamente en Madrid. Este hecho que ha sorprendido a mucha gente, era esperable por otro lado, teniendo en cuenta la coyuntura social en la que nos encontramos, pero para tener una visión más global del problema intentaré poner en situación de forma corta sobre qué es y cómo surge el fascismo.

Los origenes del fascismo como ideología moderna se remontan al periodo de entre guerras en el cual Italia se ve sacudida por una fuerte crisis económica y un aumento de los grupos revolucionarios que crean una sensación de temor en la burguesía y las clases medias. Ante esto apoyan a grupos para-militares y contra-revolucionarios como los "fascii di combatimento" que acabarán tomando el poder e instaurando un estado militarista, totalitario y corporativista.

Pero ¿qué pasa con el fascismo en la actualidad?

Tras la muerte de Franco surgen en España los primeros germenes del fascismo actual en forma de grupos tardo-franquistas como los Guerrilleros de Cristo Rey, la triple A o el Batallón Vasco Español que atacan objetivos materiales y humanos relacionados con la "izquierda revolucionaria", el ejemplo más conocido es el secuestro de la activista estudiantil Yolanda González y su posterior asesinato.
Ideologicamente estos grupos tienen poco que ver con el fascismo actual sin embargo con los años derivaran en las actuales organizaciones políticas.

En los años 80 surgen en España los primeros grupúsculos más cercanos al fascismo clásico y otros relacionados con el tercer-posicionismo, algunos ejemplos son CEDADE o Bases Autónomas que se posiciona como nacional-revolucionaria y que tienen su auge con motivo de la llegada del fenómeno skin y ultra a España. Se trata de grupos muy violentos pero muy marginales y con gran presión policial. En esta época los nazis ganan un importante espacio en las calles de Madrid. Con la llegada de los 90 los antifascistas se reorganizan en torno a la Coordinadora Antifascista que tendrá que pelearle la calle a unos nazis que continuaban con los ataques racistas planificados como el de Lucrecia Pérez en 1992.

A partir de este hecho se comienza a expulsar a los grupos nazis que irán perdiendo fuerza progresivamente hasta quedar relegados a pocos barrios donde pueden actuar con cierta comodidad. A comienzos de los 2000 el fascismo comienza a organizarse en torno a partidos y organizaciones que intentan evitar escándalos y estéticas nazis o skins, surgiendo partidos como MSR con un mensaje confusionista y ambiguo.

En el año 2007 con el asesinato de Carlos Palomino, estos grupos que habían surgido vuelven a la marginalidad por la reorganización del movimiento antifascista. Sin embargo en torno al año 2012 se produce un punto de inflexión en el cual a partir de la crisis económica estos grupos consiguen cierto margen de maniobra y construyen un espacio político especialmente en torno a los "Hogares Sociales" y otros proyectos basados en la llamada "prioridad nacional" que principalmente se aprovechan de la pobreza de algunos barrios y la ausencia de organizaciones obreras en estos.

En las ultimas semanas hemos asistido a un acontecimiento preocupante como ha sido la manifestación del Hogar Social Madrid por el barrio de Tetuán, lo cual no solo ha supuesto una demostración de fuerza si no algo más peligroso, una capacidad de dicha organización para atraer a gente normal y por tanto generar su propio espacio políticos.

Ante este hecho la respuesta en una ciudad como Madrid ha sido vergonzosa, evitando culpas, pero señalando problemas como las quejas a la policía y a la Subdelegación de individuos u organizaciones que se describen como "antifascistas", lo cual no solo refleja que asumen un papel débil y de inferioridad si no que avalan a las fuerzas represivas para actuar contra ellas también.

El fascismo está todavía muy lejos de calar en la conciencia general y de generar un peligro político más allá de lo anecdótico pero su derrota no pasa por pedir ayuda a terceros o por embarcarse (exclusivamente) en una guerra callejera, la derrota del fascismo pasa por cosas mucho más "simples" y "cotidianas" como ayudar a las vecinas de tu barrio, crear alternativas para las personas sin recursos que no sean pedir y esperar (repartos de comida, ayudas económicas, etc) si no que impliquen a las propias afectadas en la solución de sus problemas.

Solo entonces cada barrio será una muralla contra el fascismo.

Perspectiva libertaria

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