La heteronormatividad es un entorno hostil

"No te das cuenta de la importancia de un dedo hasta que te haces una herida en él"
Sabiduría popular moderna.

Hasta no hace poco, nunca me había planteado reflexionar más profundamente sobre mi sexualidad y cómo me he (o me han) construido socialmente en este ámbito. No es hasta ahora que me he planteado posicionarme con una parte que rechazaba y reprimía durante tantos años, guardándolo para mí y así centrar mis esfuerzos en otros ámbitos. La cita que abre este artículo es una parábola hacia mi experiencia. Creía irrelevante hasta que comenzaba a cuestionarme, documentarme y profundizar en cómo curar aquella herida que cada vez se abría más, ya que no era ajeno a mí sino que estaba dentro.

Una aproximación desde la experiencia

El contexto de mi pasado coincidirá seguramente con la gran mayoría de (si no todas) personas LGTBiQ+, donde se asumía que la heterosexualidad era lo normal y que todo lo que estuviese fuera de ella se consideraba patológico. Tener todo el ambiente en contra, en el cual escuchamos cada día "maricón", "nenaza" o "gay" como insultos y bromas vistas como lo más normal del mundo, así como babosear a las tías, pasar desnudos o ganar estatus hablando de ligar o tener novia, hacía que me sintiera solo. Solo no únicamente por la violencia testosterónica que podía llegar a desprender los grupos de tíos, sino que descubrieran que era un impostor entre ellos. Era tal esta hostilidad ambiental que al final la única forma de supervivencia era la mimetización. Hacerse pasar por un hetero más. Incapaz de encontrar apoyos, elegí la opción más fácil para que mi vida no termine siendo una lucha constante contra la familia y las amistades solamente por este tema, una pelea en las que tendría las de perder en esos momentos cuando las circunstancias de mi vida eran desfavorables. Entonces, la única garantía de estabilidad emocional era esconderlo y enterrarlo para centrarme en cuestiones más prioritarias. Esta mimetización se volvió en mi contra con el tiempo, ya que acabé asumiendo parte de la cultura heteronormativa y el machismo. Solo cuando las circunstancias de la vida mejoran y cuando ya ni la familia ni los entornos de amistades dejaron de tener poder sobre mi, cuando pude comenzar este proceso de reparación y deconstrucción. Encontrarme conmigo mismo implicaba, además de mis posicionamientos políticos, mi filosofía de vida, proyectos de futuro, etc, saber que ser marica es tan válido como cualquier otra orientación sexual.

Mi posicionamiento político

La heteronormatividad es este entorno hostil que impide la expresión de otras sexualidades e identidades de género. Construido en el mundo occidental y por las instituciones religiosas monoteístas como una norma social, asocia una serie de comportamientos, vestimentas, formas de ser y de actuar a una orientación sexual y a un género concreto dentro del binarismo hombre-mujer, teniendo como fin el de afianzar el modelo de familia nuclear heteropatriarcal, y en consecuencia, la reproducción de la fuerza de trabajo. El sistema capitalista necesita ese estándar. Por eso nos han patologizado, criminalizado y excluido. Todo lo que no encaje en esta heteronormatividad se queda fuera de la vida en sociedad. No interesamos porque no cumplimos con ese rol de reproducción de la fuerza de trabajo. Y solo si cumplimos dicho rol (gestación subrogada, matrimonio homosexual, no transgredir los cánones...) o somos un nicho de mercado, nos dejan existir. Combatir esta heteronormatividad pasa por construir un mundo donde no tengamos que luchar por ser nosotres mismes/por haber nacido así, ni dar explicaciones por no ser heteros, ni por saltarnos todos los convencionalismos y estándares heteronormativos. Porque tenemos una vida por delante y queremos que sea una que merezca la pena ser vivida, porque yo además creo en un proyecto político socialista libertario y pienso centrar mis esfuerzos en participar y contribuir a ello, sin tener que llevar la inseguridad encima de quién me va a juzgar, me miren diferente por ello o tenga que justificarme ante prejuicios.

No se trata de defender solamente unas orientaciones sexuales e identidades de género, sino que es una reivindicación tan básica como el derecho a existir y a una vida digna en la sociedad, poder desarrollar nuestras potencialidades en un entorno seguro y no tener que pelear de más porque exista una norma social que va en contra de una parte nuestra, y que por ello nos expongamos a esa violencia a todos los niveles: ambiental, psicológica y física. Queda aún mucha pedagogía que realizar y empoderamiento por nuestra parte, pero no por ello nos tendría que suponer dedicar la mayor parte de tiempo y esfuerzos en este ámbito. Por otro lado, sabemos que en espacios amplios las contradicciones se van a dar, y esa labor pedagógica se nos hará necesaria para ir construyendo espacios más inclusivos.

Finalmente, decir también que he podido expresar este posicionamiento gracias a que me independicé de la familia, haber encontrado complicidades, haber ganado seguridad en mí mismo al practicar artes marciales y de haber encontrado un entorno más afín. Muchas personas LGTBiQ+ aún no han tenido esa suerte. Es una llamada a que también puedan encontrar entornos seguros a pesar de estar rodeades de un entorno hostil, de heteronormatividad. Es una llamada sobre todo a las personas (sobre todo hombres) heteronormativas que ya militan en organizaciones políticas y sociales, y colectivos, al igual que los hombres con el tema de la masculinidad, cuestionen sus roles y hagan su trabajo/proceso de responsabilización/autocrítica/deconstrucción para que no tengamos que invertir más tiempo y esfuerzos de lo necesario en esta lucha, en otras palabras, que esas labores nos libere de carga de trabajo político en el ámbito del género. Porque también una buena parte somos clase trabajadora y desde lo libertario, no vemos posible la lucha contra la cisheteronormatividad y el patriarcado sin un discurso de clase, y viceversa. Hemos de entender que somos una clase obrera diversa. Queremos un entorno seguro al estar en la lucha de clases, en la lucha por la vivienda y los servicios públicos, por el medio ambiente, etc... y en mi caso, por un proyecto político socialista libertario. Sobre todo, para las personas que nos organizamos también a nivel político tener ese espacio nos es crucial. Porque nos interesa que en la lucha social y política se nos trate como a cualquier otre compañere más que pueda aportar todo su potencial sin tener que dar explicaciones a nadie, ni encontrarnos el mismo entorno hostil que en espacios fuera de la militancia.

Diversidad, clase e interseccionalidad

La cuestión de la diversidad ha dado mucho que hablar en estos últimos meses, sobre todo a raíz del libro "La trampa de la diversidad" del Bernabé. No obstante, no quiero hablar de su libro aquí, sino más bien transmitir unas reflexiones acerca del melón que ha abierto sobre el tema, el cual pienso que es importante comenzar a sacar unas conclusiones, no finales, pero sí necesarios para perfilar un relato que baje de la academia a las calles. Hablar de diversidad implica reconocer que somos diferentes: orígenes familiares y territoriales; género, sexualidad y orientación sexual, pertenencia de clase, edad, confesión religiosa o espiritual... que compartimos espacios en común, y por tanto, vivencias y condiciones materiales comunes. No obstante, lejos de ser reconocidas y respetadas, todo aquello que se salga de la norma es motivo de discriminación que puede derivar en una opresión. Aquí ya tenemos un punto de partida.

Un gran problema a la hora de hablar de diversidad es no tener en cuenta las condiciones materiales en que nos encontramos actualmente, ya que sin ello, no tendremos una base sólida que nos sirva como referencias e ideas base, y al final, quedaría en un discurso estrictamente moral, con tecnicismos propios de la academia y en el peor de los casos, acaba siendo criterios para definir perfiles de consumidores. Antes de continuar aclaro que la neutralidad es simplemente la ideología dominante, y por tanto, no pretendo que estas reflexiones partan de la neutralidad, sino claramente desde una posición materialista y de clase. Esto nos lleva a la pregunta del millón: ¿La clase lo es todo? Sí y no. Sí porque es la base de donde partimos, esto no quiere decir que toda cuestión de clase sea proritaria sobre otras cuestiones como la de género o raza y no porque, además de la clase, existen otras opresiones vinculadas a ella que refuerzan la explotación de clases. No nos creemos, por tanto, que erradicando solo la diferencia de clases mágicamente desaparecerían las otras opresiones. Volveremos sobre ello más adelante.

Ideología liberal

Cuando hablamos de ideología liberal en estos temas nos referimos a la falta de un análisis materialista que nos permita mantener un posicionamiento claro y evitar caer en abstracciones, simbolismos, el individualismo y la competencia. Sin una base materialista, nos perdemos en debates sobre problemas más simbólicos como los baños unisex, las casi infinitas identidades de género no binarias, si tal look es apropiación cultural o no, etc, en los cuales, la mayor parte de la población no se siente interpelada, dejando así de lado los problemas materiales de mayor impacto como el acoso callejero, la discriminación hacia personas LGTBi, la falta de guarderías, la explotación laboral de las temporeras de la fresa, la persecución de manteros, etc. Si bien una cosa no quita la otra, el darle más importancia a temas simbólicos en vez de materiales nos aleja de las luchas sociales y de los problemas reales que tienen las personas de clase trabajadora que puedan ser migrantes, y/o de la comunidad LGTBi. Otra importante consecuencia es la atomización y división en parcelas de las diferentes opresiones, individualizando cada vez más las luchas al centrarlas en lo particular y en los casos personales, en vez de buscar puntos comunes y trabajar a nivel colectivo, dando como consecuencia la creación de una especie de competencia tipo a ver quién tiene más opresiones.

Podríamos mencionar un caso paradigmático de cómo la "nueva política" en materia de diversidad no va más allá de izar banderas LGTBi en los ayuntamientos y colgar una pancarta de "Refugees Welcome" pero no se destina recursos en favor de la comunidad LGTBi (educación sexual, sanciones a escuelas concertadas, etc) ni para las personas refugiadas; o que en una universidad pongan baños unisex pero no muevan un dedo para fomentar espacios seguros. Así, mientras las izquierdas se pierden en simbolismos y no salen de las universidades, la derecha va ganando barrios obreros a base de apelar a los valores tradicionales y utilizando un discurso populista aparentemente de clase propio de la izquierda.

La falta de una perspectiva de clase hace que dichas luchas acaben siendo absorbidas por el sistema, como ya hemos visto en casos como el capitalismo gay, donde las empresas han creado un mercado enfocado a la comunidad gay con ofertas de viajes, moda, locales de ocio, etc... y que el día del Orgullo "oficial" sea patrocinado por empresas; el pinkwashing del cual hace gala Israel al apoyar al movimiento LGTBi o la campaña de la marca de tabaco Lucky Strike en los años '20 en EEUU presentando a la mujer fumadora como ejemplo de empoderamiento. No se libra tampoco el veganismo cuando McDonald's comienza a ofrecer menús veganos o en el Mercadona comienzan a vender productos veganos, sin mencionar tampoco aquellos restaurantes vegetarianos que no respetan los derechos de los y las trabajadoras.

Una sola clase

En la huelga minera en UK en los años 84-85, unos activistas por los derechos de las personas LGTB crearon el colectivo Lesbians and Gays Support the Miners con el fin de recaudar fondos para apoyar la huelga minera. Tuvieron dificultades y al principio sufrieron cierto rechazo, pero su perseverancia acabó por ganarse la simpatía de los huelguistas. Este acontecimiento histórico se puede ver en la película Pride y es un ejemplo de cómo han conseguido forjar una importante alianza entre estas dos comunidades en lucha en las cuales ambas partes salieron ganando fuerza. Sin ir demasiado lejos, el movimiento de liberación de la mujer dentro del movimiento de liberación kurdo o la reciente huelga del 8M en donde los colectivos feministas trabajaron conjuntamente con sindicatos CNT y CGT que ayudaron a legalizarla, difundirla y defenderla. Estos ejemplos ilustran la necesidad y el acierto que supone buscar puntos en común en vez de dividir. De hecho, todo movimiento revolucionario debe aspirar a integrar la diversidad dentro de la lucha de clases, así como darle un enfoque de clase a la diversidad.

Es imprescindible que al hablar de transversalidad e interseccionalidad, hablemos de tender puentes y entendernos entre las diferentes luchas, que tienen más en común de lo que se ve a priori. Por lo tanto, debe de haber una relación de reciprocidad, solidaridad e intercambio de experiencias para crecer juntos y juntas en las luchas sociales. Esto significa reconocernos como una clase social diversa, que además de padecer la misma opresión de clase, sufrimos también la del heteropatriarcado y del racismo. Por lo tanto, la lucha de clases está incompleta si no tiene una perspectiva feminista ni antirracista. Asimismo, hemos de introducir una perspectiva de clase tanto al feminismo como al antirracismo. Es cierto que existen varios feminismos, pero lo que nos debería interesar son los feminismos de clase, ya que el liberal solo favorece a aquellas que quieren ascender en la escalera social y a ocupar cargos en la política institucional. Similarmente ocurriría con el antirracismo de corte liberal. La necesidad de tener una perspectiva de clase en el antirracismo radica en que el racismo generalmente está más vinculado a las clases sociales y los status de las personas, ya que se da mayoritariamente hacia las personas pobres. Por esa razón, mientras se persigue a la inmigración y lo señalan como culpables de la delincuencia, la falta de trabajo, el derroche de ayudas sociales hacia ellos; se exportan armas a Arabia Saudí, se dan concesiones a los jeques que nos ponen mezquitas wahabbitas en suelo europeo y se les compra petróleo.

La interseccionalidad debe servir para superar la imagen de una lucha de clases hecha por el hombre blanco heteronormativo y evitar que se reproduzcan el patriarcado, el racismo y otras opresiones del actual sistema dentro de nuestras filas. Porque lo que realmente divide la lucha de clases es el obviar que la clase trabajadora es diversa, debilitando así tanto a los movimientos sociales como nuestros colectivos y organizaciones. Busquemos en la interseccionalidad reforzar nuestras luchas abriendo las puertas a todos aquellos colectivos sociales que, a parte de padecer la opresión de clases, sufren otras opresiones como la de género, orientación sexual, etnia, etc., pues juntas seremos más fuertes.

La desbrutalización de la política

Vamos a permitirnos empezar con una cita muy larga, pero magnífica para introducir el tema. En su biografía de Joseph Fouché –destacado personaje de la Francia revolucionaria, luego de la imperial y luego de la absolutista– escribió Stefan Zweig lo siguiente:

Este es uno de los secretos de casi todas las revoluciones y el destino trágico de sus caudillos; sin tener sed de sangre, verse obligados a derramarla. [...] Robespierre, que puso su firma bajo miles de decretos fatales, combatió dos años antes, en la Asamblea Constituyente, la pena de muerte, y condenó la guerra como un crimen. Danton, a pesar de ser hechura suya el terrible tribunal, llegó a gritar estas palabras de desesperación con el alma atribulada: «Ser guillotinado antes que guillotinar». Hasta Marat, que pide públicamente desde su periódico trescientas mil cabezas, hace todo lo posible para salvar a los que están sentenciados a caer bajo la cuchilla. Todos los que más tarde han de aparecer como bestias sangrientas, como asesinos frenéticos, ebrios con el olor de los cadáveres, todos detestan en su interior (lo mismo que Lenin y los jefes de la revolución rusa) las ejecuciones. Empiezan por tener a raya a sus adversarios políticos con la amenaza de muerte; pero la simiente del dragón del crimen surge violenta del consentimiento teórico del crimen mismo. No pecó por embriaguez de sangre la revolución francesa, sino por haberse embriagado con palabras sangrientas. Para entusiasmar al pueblo y para justificar el propio radicalismo, se cometió la torpeza de crear un lenguaje cruento; se dio en la manía de hablar constantemente de traidores y de patíbulos. Y después, cuando el pueblo, embriagado, borracho, poseído de estas palabras brutales y excitantes, pide efectivamente las «medidas enérgicas» anunciadas como necesarias, entonces falta a los caudillos el valor de resistir: tienen que guillotinar para no desmentir sus frases de constante alusión a la guillotina. Los hechos han de seguir fatalmente a las palabras frenéticas. Así se inicia la desenfrenada carrera, en la que nadie se atreve a quedar atrás en la persecución de la aureola popular. Siguiendo la ley irresistible de la gravitación, viene una ejecución tras la otra; lo que empezó como juego sangriento de palabras, se convierte en puja feroz de cabezas humanas. Se hacen así miles de sacrificios, no por placer, ni siquiera por pasión, y mucho menos por energía, sino simplemente por indecisión de los políticos, de los hombres de partido, que carecen de valor para resistir al pueblo; por cobardía, en último término. Por desgracia, no es siempre la Historia, como nos la cuentan, historia del valor humano; es también historia de la cobardía humana. Y la política no es, como se quiere hacer creer a todo trance, guía de la opinión pública, sino inclinación humillante de los caudillos precisamente ante la instancia que ellos mismos han creado e influenciado. Así nacen siempre las guerras: de un juego con palabras peligrosas, de una superexcitación de las pasiones nacionales; y así también los crímenes políticos; ningún vicio y ninguna brutalidad en la tierra han vertido tanta sangre como la cobardía humana.

Al menos desde 1990 se oye hablar de brutalización de la política, término que incluso ha dado nombre a un libro. El término es bastante claro y se referiría sobre todo a generaciones pasadas, especialmente a la década de 1910, rica en confrontación y violencia: la primera guerra mundial, la revolución rusa, el endurecimiento de luchas que en parte se hacen eco de ambas («años de plomo» italianos, españoles y argentinos, ocupaciones de fábricas y fincas también en estos estados, intentos revolucionarios en Alsacia, Brasil, Berlín, Baviera, Hungría, ...), etc.
Sin embargo, la acción de sindicatos y demás grupos de trabajadores de la época también nos suscita a menudo mucha simpatía y nos inspira una mezcla de ganas de ser dignas de su legado con bochorno por el estado en que se encuentra hoy: un movimiento proletario escaso y tendente a la apatía, el sectarismo y la desorganización. Y no obstante, ¿es aquel movimiento el modelo de lo que queremos llegar a ser, aunque sea como etapa para aspirar a más (siempre a más)? ¿Hay algún aspecto al menos en que estemos haciendo las cosas igual de bien o mejor? Nuestra hipótesis es que sí hay un aspecto en que lo estamos haciendo mejor, de manera un tanto espontánea y que más nos valdría ser conscientes de ello y pulirlo. Nos referimos a una cierta desbrutalización de la política.

Antes de ir más lejos, nos parece importante aclarar la diferencia entre dos cosas. Existen al menos dos tipos de actitudes distintas que han tendido a echarse a perder con el tiempo y que tendemos a mezclar al pensar. Una es la que podríamos llamar seriedad (firmeza, constancia, una moral propia independiente de la del Enemigo) y otra es la agresividad. Como quizá se note, la una nos parece positiva y la otra, negativa. Aclaramos desde ya que no nos parece negativa desde una idea abstracta (y generalmente frívola) de condena-de-la-violencia. Muchas acciones pueden ser violentas en su contexto y, sin embargo, preferibles a otras aún más graves o, al menos, comprensibles o instintivas; no por deseo de paz vamos a hacernos pacifistas. Sin embargo, como voluntad general, podemos aspirar a relacionarnos con las demás tendiendo a evitar la violencia tanto como nos sea posible –postura que estamos defendiendo con este texto– y manteniéndola, cuando la defendamos o practiquemos, en esos cauces humanistas. Por otra parte, también podríamos asumir una visión nihilista-liberal (misántropa) según la cual la violencia es eso que hacen las demás porque son idiotas, el ser humano es malo por naturaleza, etc. o incluso la visión fascista según la cual la violencia entre personas no sería sólo inevitable, sino que se volvería positiva al ser utilizada militar o paramilitarmente en beneficio de la nación o la raza.
Pero descartadas estas posiciones esbozadas –rechazo moralista genérico, indiferencia apática o entusiasmo antihumanista–, volvamos al binomio seriedad-agresividad. Ambas actitudes nos parecen muy relacionadas con el modelo tradicional de virilidad, con la importancia que tenía y con aquella que ha perdido. El estereotipo (exagerado, que no ficticio) es que un militante, un hombre, tenía que ser serio: cumplir con sus compromisos, con la palabra dada, con las opiniones vertidas. Ahora bien, la brutalidad no empezaba en trincheras, tiroteos ni barricadas. Empezaba cualquier día al azar en la vida de un trabajador. ¿Cuánta violencia hay en levantarse para ir a trabajar en algo que una no disfruta ni valora, cuánta en hacerlo viendo constantemente a compañeras enfermar por las condiciones de trabajo, cuánta en ver accidentes laborales que hacen estragos? ¿Cuánta violencia hay en volver del trabajo sabiendo que mañana será igual y así todos los días de todas las semanas de todos los años? ¿Cuánta en ver lo mucho que gana la empresa y lo poco que gana quien trabaja para ella, lo ajustado de la economía de la propia familia? ¿Cuánta en ver el jornal robado por otro vecino, más o menos igual de miserable, o gastado en alcohol para intentar hacer más llevadera esa vida? Así las cosas, sometido a un ataque brutal todo el día, todos los días, una persona trabajadora sólo podía o bien interiorizar esas ideas y asumirse como una máquina que intenta no ser muy infeliz –muchas lo hicieron, no nos engañemos, y más son las que lo hacen hoy, en condiciones menos malas– o acusar recibo de esa declaración de guerra y, sí, asumir la lucha de clases como una guerra que ya le estaba costando la vida. Las ganas de desquite eran palpables y comprensibles y así, no sólo los magnicidios y otros atentados eran aplaudidos o comprendidos, sino que los sindicatos fueron a menudo batallones, las revueltas, combates apocalípticos («agrupémonos todos en la lucha final») y los enemigos –burgueses, pero también policías, curas o esquiroles–, carne de linchamiento o ejecución.

Desde entonces, al menos tres procesos han avanzado en paralelo: 1) la desbrutalización de las condiciones de vida de los trabajadores de muchos países (configurando, en gran medida, el llamado «estado del bienestar», bajo ataque estos últimos años), 2) el desmantelamiento de la industria, incluida la clase obrera, en beneficio del sector servicios y 3) la desbrutalización y desmantelamiento (parciales) del macho como concreción del varón en una cultura patriarcal (varón resolutivo, duro, heterosexual, etc.) que se ha visto, además, cada vez más acompañado de mujeres en el puesto de trabajo.
El papel de la violencia en la sociedad, no sólo en la conflictividad de clase, está ahora mucho más limitado y menos aceptado y generalmente las personas trabajadoras del sector servicios, así como las autónomas, ni siquiera tienen una cultura laboral propia –salvo sectores y empresas concretas–. La falta de vida colectiva lleva a relaciones puramente individuales con la empresa y con el mundo del mercado. Este escenario, en principio bastante catastrófico, ha favorecido que la poca organización que ha habido no fuera en torno a una violencia que además habría ido en su perjuicio como grupos en principio aislados y muy minoritarios, todo lo cual ha permitido desarrollar un concepto de esa seriedad activista que no tiene que ver con la violencia, sino con la firmeza. Más aún en el contexto post-15M, donde el nuevo movimiento de clase (PAH y demás grupos de vivienda, sindicatos de barrio, etc.), a su vez más feminizado que el tradicional, ha hecho bandera de su no-violencia, entendiendo que esta, para colmo, dejaba en mayor evidencia la violencia sistémica, empezando por la policial, cuando se vuelve visible.

Si este ya es el escenario, ¿qué es lo que proponemos?
En primer lugar, aceptarlo y hacer bandera de ello. No nos gusta la violencia, no nos gusta jugarnos la libertad, ni el físico propio o el ajeno. Tampoco necesitamos entrar en provocaciones para sentirnos más machos, ni más militantes, ni más nada. Nuestra épica es la de evitar crímenes –generalmente legales– y conseguir rescatarnos unas a otras de un mercado destructivo y unas instituciones públicas arbitrarias, una recuperación de la épica del esfuerzo, el compromiso, la convivialidad, el apoyo mutuo, la ética, la buena fe.
En segundo lugar, no pretender pasar por pacifistas. Que no nos guste la violencia no quiere decir que renunciemos a defendernos, mucho menos que vayamos a dedicarnos a emitir declaraciones de condena si entendemos que una de las nuestras ha recurrida a la fuerza sin necesidad. Estamos con nuestra gente, como diría la periodista socialista Séverine (1855-1929), «siempre; pese a sus errores, pese a sus faltas, ¡pese a sus crímenes!».
En tercer lugar, un buen equilibrio entre todos los elementos. La verborrea incendiaria y violenta es un calmante para la impotencia. Los discursos del cambio sonriente y la ilusión son una táctica de marketing electoral en sí misma incomprensible. Entendemos que existe un enfado profundo y bastante difundido que no debe ser negado, ni encajado a martillazos en otros moldes, sino convertido en energía de exigencia ante las promesas incumplidas de un sistema como el liberalismo, claramente fracasado, energía ante la necesidad de victorias parciales (cuantas más y cuanto más profundas, mejor) y de una seriedad como la que antes mencionábamos, a la altura del enorme desafío que tenemos entre manos.

Breve introducción al surgimiento de las jerarquías

La jerarquía no es sólo una situación interpersonal, identificada comúnmente con la subordinación de unas personas a otras. Es un concepto interiorizado hasta tal punto que tratamos de explicar la naturaleza basándonos también en estructuras jerárquicas, ya sea cuando decimos que una manada de lobos tiene un líder o hablamos de la "abeja reina". Estos ejemplos que alguien podría identificar como relaciones de jerarquía en la naturaleza no se corresponden con ella, ya que en el primer caso ese liderazgo está sujeto a un individuo concreto en situaciones concretas, y no una institución como tal que perdure en la especie, y en el segundo es la "mamá" del enjambre que no dirige, sino que provee de mano de obra y de una nueva "mamá" cuando es necesario para que el grupo perdure. Incluso los mandriles se han usado como ejemplos de jerarquía y patriarcado, sin tener muchas veces en cuenta que es con el gibón, simio que no presenta este tipo de actitudes, con quien los humanos compartimos más rasgos físicos y evolutivos.

El proceso que nos ha llevado a un pensamiento jerárquico al nivel de reflejarla en nuestros modelos de la naturaleza y justificarla en ellos ha sido largo y complicado, por lo que sólo presentaré una visión a grandes rasgos de su aparición.

En las sociedades previas a la aparición de la jerarquía existía una división del trabajo en la que los distintos elementos del grupo se complementaban. Esta complementariedad en el reparto de tareas se daba también en la división entre hombres y mujeres, diferenciación que apareció, principalmente, por la menor movilidad de éstas en periodo de gestación y crianza. El papel de la mujer no era inferior al del hombre, ya que el deber de alimentar a la comunidad mediante la recolección y posteriormente la agricultura era tan imprescindible como el de la caza. Esta situación comenzó a cambiar con las guerras entre clanes por el territorio. La figura del guerrero cobró importancia. En términos de defensa comenzó la subordinación de la mujer. Una vez que nos adentramos en el neolítico y tenemos tierras cultivables la reclamación de las tierras del clan invadido como trofeo personal comenzó de algún modo con la acumulación desigual de la tierra, ya que las tierras de la tribu pertenecían en la colectividad. Los vencidos se convierten así en desposeídos y posteriormente en esclavos. Entre los líderes militares aparecen patriarcas con posesiones materiales y autoridad respecto a las relaciones con el exterior. Pero esto no es suficiente para explicar una jerarquía más elaborada y estratificada.

Una explicación más completa sobre cómo llegan a aparecer las jerarquías nos la da el estudio de los ancianos de las tribus. Si en un principio éstas se regían por asambleas o consejos de ancianos, estos consejos no constituirían una jerarquía real, ya que todos los miembros de la tribu están destinados a formar parte de este grupo (siempre y cuando sobrevivan para alcanzar una edad avanzada). Además esta tarea podía ser interpretada como una especie de compensación ya que su capacidad para actividades como conseguir alimentos o edificar viviendas están claramente limitadas. En los ancianos aparece un rencor hacia la naturaleza cruel, que transforma su cuerpo y espíritu limitando sus capacidades. Estos ancianos además necesitan asegurarse un puesto imprescindible en el grupo, ya que en épocas de necesidad son los primeros en ser abandonados ya que su labor es, por así decirlo, la menos necesaria para la supervivencia del grupo. Aconsejan a la comunidad, apareciendo sabios y hechiceros que ponen bajo su mando a las fuerzas de la naturaleza que les ha maltratado. Comienza la dominación por el miedo a los espíritus de la naturaleza, pero este grupo tiene ciertos fallos, que se subsanan con la aparición de las religiones. Las catástrofes y las enfermedades no tenían ninguna justificación en el marco de la hechicería, pero si incluimos a unos dioses con una moral estricta que nos castigan si incumplimos sus normas, el sacerdote se convierte en un mediador que les puede aplacar, pero aún así las catástrofes ocurren, porque incumplimos determinadas leyes. De ese modo estos sacerdotes se convierten también en legisladores y se enriquecen por las ofrendas que presentan como necesarias para el beneficio del pueblo. Se crea así una estructura estatal completa al institucionalizarse esa labor. Los consejos a la comunidad se convierten en dirección de la comunidad entrando en juego intereses personales. Estos grupos se politizan y transforman, llegando a perder toda relación con la mitología de la que surgieron y afirmándose como estados políticos.

El cambio en la mente colectiva se refleja en la transformación de las divinidades. A las primitivas diosas madres dadoras de vida les aparecen compañeros que poco a poco usurpan sus labores y aparecen figuras como Pandora y Eva, mujeres culpables por su curiosidad de los males de la humanidad, culpabilidad y relación directa con el pecado que se ha establecido sobre las mujeres a lo largo de la historia. Las divinidades naturales cambian por divinidades antropomórficas apareciendo en este proceso de cambio criaturas intermedias como esfinges y minotauros y en los grupos de divinidades que se complementaban, reflejo de las comunidades que se regían de forma asamblearia, aparece un dios superior que dirige a los otros (Zeus). Esto alcanza su apogeo con Yahvé, dios único y verdadero, celoso de sus fieles.

Si juntamos esto con el poder militar citado anteriormente, tenemos todos los ingredientes necesarios para la gerontocracia patricéntrica hacia la que se evolucionó. Se llega a un núcleo familiar en el que el padre tiene poder absoluto sobre todos los miembros de ésta, poder que posteriormente le será reclamado por el estado, que exigirá a los hijos para que sean sus soldados, burócratas...

Si bien los dos grupos citados (jóvenes líderes guerreros y ancianos "guías" políticos) no siempre estuvieron unidos y a lo largo de la historia han aparecido diferentes tensiones entre el poder militar y el poder político/eclesiástico, juntos conforman la estructura jerárquica que ha evolucionado en los estados actuales.

Charla: apropiación capitalista de las luchas GSD (Géneros y Sexualidades Diversas)

El 26 de junio, nuestra compañera Pavli junto a otras del colectivo Revuelta Violeta, dieron una charla en el CSOA L'Horta para CNT-Valencia. Esta charla trataba sobre la mercantilización de las luchas de personas con géneros no normativos, que se redujeron a un día del Orgullo Gay enfocado al consumo y ocio homosexual. ¿Por qué se habla de géneros y sexuales diversas en vez de LGTQBi+? Porque estas siglas parecen no incluir otras identidades de género no normativas, pues se está viendo que existen muchísimos más géneros y sexualidades que las propias siglas. Por ello, desde los colectivos e individualidades con identidades de género diversas, se pretende introducir el término GSD (Géneros y Sexualidades Divesas/Gender and Sexual Diversity), que englobaría todas esas identidades no recogidas en las siglas LGTQBi+. Antes de pasar al texto, aclarar que la expresión cis de cisgénero significa la conformidad de la persona con el género asignado al nacer. Hasta aquí mi reseña y os dejo el texto de Pavli:

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