Perderme para encontrarme

Lo conocí hace un par de años en una de esas noches que sabes que ya nada puede irte a peor. Hacía ya un buen rato que caminaba perdida y sin rumbo con los pantalones verdes que me apretaban y con un par de cervezas encima. Se me hacía raro andar por esos sitios que tan poco frecuentaba pero me autoconvencía de que el trayecto podía valer la pena en cada paso que daba. Y en efecto, el camino estaba siendo agradable a pesar de que no fuese normal ni frecuente, cosas que te ocurren y ni te lo esperas…

Millones de cosas hacían colisiones en mi cerebro por eso intentaba relajarme al caminar. Al cabo de un rato lo vi a lo lejos y me pareció que era alguien conocido, seguramente le habré visto en alguna fiesta pensé. Conforme se iba acercando yo me ponía nerviosa, no sabía si largarme de allí o quedarme quieta, hasta que me decidí por correr el riesgo de seguir avanzando, a mi ritmo y mirando al frente, hasta tenerlo muy cerca. Casi podía tocarlo de lleno y el muy condenado no podía estar más bueno. Pasé de largo dejándolo atrás, pero sus murmullos hicieron que me diese media vuelta para escucharle. Por unos momentos temí porque me estuviese diciendo alguna guarrada mal llamada piropo como algunos viejos del barrio, pero en cambio me hablaba seriamente e intentaba decirme algo, importante supongo. No entendí nada de lo que dijo y se lo hice saber disculpándome. Era evidente que no hablábamos el mismo idioma pero su esfuerzo en que yo le comprendiese y su interesante tono de voz hicieron que me quedase unos minutos con él. Le miraba pero no veía nada, le escuchaba pero no entendía nada, intentaba adivinar su pasado pero no le conocía en absoluto. Entonces me desesperé, la paciencia nunca fue mi virtud y me largué sin decirle ni adiós, la simpatía tampoco. No estoy yo como para perder el tiempo joder, que el lunes tengo examen. Empecé a caminar muy rápido para largarme lo antes posible de aquellas callejuelas que desconocía y para ver si me alejaba de aquel ser extraño y sospechosamente intrigante, no sin antes sentirme tonta por no entender nunca nada.

Estuve meses sin volver a pisar aquellas calles rudas, grandes y desafiantes, supongo que por falta de legitimidad y porque al reloj parecían faltarle horas. Después de varios cubatas de ron y lágrimas, de intentos fallidos de rupturas con los roles, de postureos estudiantiles, después de faltas de presencia sin justificar, después del puta grabado a fuego lento en la piel, después de tener que cargar con una mochila llenita de culpa, después de estas cosas y otras de las que prefiero no acordarme precisamente ahora, decidí volver allí.

Esta vez no había bebido nada, no sé que pantalones llevaba y mucho menos qué talla pues eso importaba poquito la verdad. Recordaba el camino perfectamente, como si hubiese vivido allí toda la vida. Las calles parecían mías y en cierta manera me pertenecían. Busqué el sucio paraguas de la normatividad y no lo encontré ya que era del todo incapaz de abarcar todo aquello. Una vez más fracasa tu modelo, deja de imponérmelo pensé. En el fondo estaba enfadada ¿para qué disimular? La búsqueda de la aprobación infinita me agotaba.

Me sentía desnuda pero no libre, al fin y al cabo aquello no eran más que unos minutos de desconexión y una forma interesante de darme las buenas noches. Me acordé de él, quizás volvería a encontrármelo y quizás volvería a decirme cosas con esa sonrisa que excitaba. La verdad es que me apetecía volver a verle y poder recuperar el tiempo perdido de alguna manera. Llevaba ya un buen rato caminando y como no, seguía anclada en la rutina, a las 23:56 salía el último tren y perderlo significaba bus nit… Pensar en los exámenes y en los pajaritos que anidaban en mi cabeza, buitres incluidos, me hizo entrar en tensión. Un porro y algo de ron arreglarían esta rigidez y lo sé muy bien. No obstante, allí no había nada de nada:

Terreno árido muchas veces castigado, desierto peligroso con montañas…

Y por si fuera poco, a estas horas me ponía poeta. Recordar a Miguel Hernández siempre me hacía mojar las bragas. Con estilo, claro. Crucé más calles, no había ni un solo semáforo o paso de cebra, ni coches, ni bicicletas, ni polis. ¿Es que en este sitio no hay normas? El desorden, la provocación, las etiquetas arrancadas a cuajo y las cicatrices contestaban a la pregunta:

Parcela con dueña, propiedad privada con accesos restringidos…

Sin comerlo ni beberlo me tranquilicé, estar nerviosa suele servirme de poco a decir verdad. Canciones me vinieron a la mente, fue pensar en el rapero de voz muerta y mojar las bragas. A chorros, claro. Me olvidé de todo y todos para pensar en mí y en lo barato que me salía esto. Me dediqué a observar el paisaje y me di cuenta de que nunca me habían enseñado a gestionar y disfrutar de tanta curva. Estaba tan equivocada… curvas, estrías, cartucheras, piel de naranja, acné, pelos, arrugas, pliegues, celulitis, rincones o agujeros no se vendían, se defendían y eso era precisamente lo que estaba haciendo ahora, defenderme. De la basura de ahí fuera y de la de dentro de mi cabeza. En cada gesto me quitaba una pequeña carga de encima, aunque solo sea por unos minutos pensaba, aunque solo sea eso. Sabía que las cargas volverían y seguirían pesando, pero esos minutos de liberación no me los quitaba ni dios, ni el amo, ni el patrón tampoco por cierto. Me sentía cómoda y protegida en aquel lugar, por eso dejé de caminar para ponerme a flotar como si de un baile con ritmo se tratase. Cuando lo vi a lo lejos desplegué mis alas y empecé a prepararme para volar. -Te tengo ganas- dije en voz alta desando que me oyese.

Él no se movía, yo iba hacía él al tiempo que notaba como el calor me trepaba por el cuerpo. Hubiese ido a rastras o de rodillas, hubiese recorrido dos quilómetros o cien con tal de volver a verle. Aquello era amor autogestionado y coherencia, coherencia política. Mientras me acercaba pensaba en qué decirle y con qué voz, lígatelo por dios, lígatelo me gritaba el cuerpo enterito. De mientras él me observaba atentamente pero sin agobiar, me miraba con la mirada perfecta para excitarme: ni muy lascivo ni muy pasota. ¿A quién pretendo engañar? me daba igual como me mirase, si era ciego, bizco, miope o tenía seis ojos, ¡yo me ponía cachonda igual!

Uno delante del otro seguíamos hablando idiomas distintos como aquel día, él por un lado y yo por otro. Me decía algo y yo callaba, él en silencio y yo explicándole cosas. Joder, ¿esto qué es? Y volvíamos a no entendernos. La impaciencia me pellizcaba otra vez, ¿para qué haces esto? Serás guarra… y otra vez pensando en irme de ese puto sitio… pero entonces la fuerza me brotaba de no sé dónde para darme esa legitimidad tantas veces anhelada: no me iré, esta es mi casa. Fue entonces cuando el miedo y el asco me dieron una pequeña tregua y me dejaron escucharle de verdad. Él me contó historias con una voz que me abrazaba, me arropaba y me hacía sentirme querida, y yo le escuchaba al mismo tiempo que cerraba los ojos para irme, para irme de ese molde del que nunca podía escapar.

Y así un buen rato hasta que al final me escapé. Escapé en el momento en el que las calles me empezaron a gustar y las empecé a respetar. Aquel lugar era mío, bonito o feo, solo podía ser mío y tus etiquetas y tu podrida perfección sobraban. Jodido paraíso aquel, territorio perfecto para desafiar y cuestionarme desde mi género hasta mi orientación sexual. Jodida patria aquella, perfecta para batallar todas las guerras, las presentes y las futuras…

Y así hasta que dejé de escucharle las historias porque ya me había ido del todo, porque mi cuerpo se había escapado a otro lugar, porque mis dedos se separaban de mi coño, porque aquel señor se llamaba mi clítoris y yo había perdido años ignorando su poder, porque mi sexualidad se había vestido de represión y en cada gesto masturbatorio yo le desgarraba el traje. Me fui porque ya no era capaz de reprimirme los gemidos ni la corrida que fluía. Me escapé sin pedirle permiso a nadie y por eso mis fantasmas empezaron a morir: la timidez se cortó las venas, la soledad saltó por la ventana, el miedo buscaba la sobredosis al estilo Kurt Kobain y la culpa se rajó la aorta llenándome la habitación de sangre, bilis y cosas negras.

Yo acababa de encontrar una conexión muy rara y pura con mi cuerpo y por eso acababa de empezar una revolución: desde dentro y desde abajo. “En cada corrida una revolución”, sentencié para siempre. Mi mente se abría como una margarita y mi coño regaba todas las flores. No pude evitar sonreír. Bona nit petita insu, vuelve pronto a estas calles a las que siempre serás bienvenida.

Ana Poliquística (2-05-15)

Reflexiones de un estudiante anarquista

Suena el despertador. Otro día que empieza. Como cada mañana, en un silencio oscuro, busco en mi mente una razón para levantarme. A veces no la encuentro y es un momento muy duro. Me siento solo. Esperando el bus, la misma gente. Dependiendo del mes es día o noche, pero ahora hace frío y es de noche. Solo las gotas de los días en los que llueve pueden darle a la escena un punto más dramático.

Segundos, minutos, horas, días, mucho tiempo mirando por la ventana, como un espectador de la vida. Veo gente, coches, fábricas, nubes, pero pocas sonrisas. Es normal, ¿A quién le gusta madrugar?

Llego pronto a la escuela, cosas de horarios. Una vez en clase veo a la misma gente de siempre. Unos hablan del partido de ayer, otros de la próxima excursión. Se comparten las notas de los exámenes y se hacen planes de futuro. “A ver si apruebo esta y así...”, “Para el año si cojo estas pues ya
acabo...”... Yo estoy sentado, dejándome llevar por la dinámica de la conversación, pero no estoy allí.

En mi mente recuerdo lo que me costó dormir, lo que me costó levantarme y lo que me cuesta motivarme para memorizar esas cosas que luego te preguntan para saber si tienes que pagar otra vez o si puedes pagar a otras palabras que representan asignaturas. Tengo otras preocupaciones.

La LOMCE, el paro, la ley de protección ciudadana, ¿en qué se está convirtiendo la universidad? ¿Cuál será el futuro dentro de 5 años? ¿A nadie le preocupa nada o quizás no le afecta? Su ropa, sus preocupaciones, sus ganas de que llegue el fin de semana para “salir a reventar”... me siento a años luz de los demás. Me siento solo.

La ley de enjuiciamiento criminal, la EU 2015, la ley esa por la que las bibliotecas tienen que pagar en función del número de usuarios y préstamos, la ley de propiedad intelectual. Miro por la ventana mientras no llega el profesor. A mi lado hay un paragüero para cuando llueve que las goteras no mojen todo el suelo, pero a nadie le parece importar. Veo montañas y molinos. Edificios y casetas. Montes y agua. Un océano y un lago. Torres de corriente, serán de REE supongo. Una ciudad que exhala nubes marrones que se quedan como boinas cubriendo a sus habitantes.

Empieza la clase, hablamos de leyes, normativas, fórmulas... bueno, habla el profesor, yo escucho. Hace algunas preguntas, me sé las respuestas pero me callo, así, entre silencio y silencio puedo pensar en que está pasando. ¿Al que tengo al lado no le importa la reforma laboral o simplemente no sabe lo que es? Lo miro... probablemente su familia tiene una empresa y su aspiración es vivir de rentas o pensar en el pequeño sueño burgués americano.

Recuerdo que este año comenzaba con un BOE diciendo que la iglesia va a recibir algo así como trece millones al mes del estado. Suelto una carcajada, fueron los “socialistas” los que aprobaron ese BOE. La risa se convierte en depresión... ¿Cómo hay “socialistas” que solo quieren volver a los maravillosos años de principio de siglo?

Alguien pregunta cómo va a ser el examen. Sonrío internamente. La misma pregunta de siempre, la misma respuesta de siempre. ¿Aprender? No, aprobar. Recuerdo los últimos exámenes, ese taco de folios en blanco que se abre y que contendrán el poder de decir quién paga más y quien simplemente paga. Cómo sufro cuando los veo. Ya no por el jugártelo todo a una carta, sino porque no son reciclados. Valientes árboles murieron de pie ofreciendo su vida y su cuerpo sin que les preguntaran si querían hacerlo. El plástico que los contenía se tira a la única papelera que hay en la j aula fría e incómoda que tenemos por clase.

Termina la clase, el profesor se va. Hoy no tengo más clase, toca esperar el bus. Veo carteles, veo una chapa del Ché. Aunque no lo pregunté se me dice que esa chapa es para ligar más. Tranquilo, ya lo sabía hace tiempo, tu comportamiento y tus preocupaciones no engañan a nadie, por lo menos a mí. «¡Gana dinero, aplasta a la competencia y fóllate al mayor número de chicas!» Esas son los eslóganes que veo en el día a día entre mis compañeros (por supuesto cuéntalo, sino no sirve).

Hace frio, no viene el bus, aún queda tiempo para pensar más. Sigo pensando en el tío chapa. Lo vi en alguna de las manifestaciones. No, era broma, perdón. En alguno de los paseos que hubo estos pasados cursos en contra de la LOMCE, paseos o desfiles, como os guste más. En el piquete que habíamos hecho no estaba. Bueno, más que un piquete, fue un "paseo en el zoo”. “Las concentraciones son misas y las manifestaciones son procesiones” Cuán anonanado me quedé cuando me dijeron esto: No le falta razón. Pero claro, si vuelcas un contenedor te llaman fascista (fui espectador de esta escena). Ya de vuelta, miro mi reflejo en el cristal. ¿Qué pasó? ¿Cómo puede ser para mí algo normal y totalmente legítimo algo que para otras personas les parece de “locos”? Hablo de organizarse entre iguales, sin tener que pedir permiso a nadie para poder hacer algo. Hablo de reaccionar ante una situación. Yo creo en que hablando se entiende la gente, pero del mismo modo pienso que ante un abuso e imposición con violencia de algo, el hablar no consigue nada. Esto lo aprendí en mis carnes. Pero qué fácil sería optar por considerarme la “vanguardia” de algo o alguien. Que fácil sería justificarme. Que fácil sería dormir... Pero hace tiempo que considero que nadie me debería decir lo que tengo que hacer, y por coherencia, no seré yo quien bajo la etiqueta de un cadáver del principio del SXX le diga a los demás lo que tienen que hacer.

Supongo que lo que toca es compartir mi forma de pensar respecto de cómo nos deberíamos organizar y cómo deberíamos luchar. Si, luchar. Porque luchar es pedir algo, pero pedirlo de corazón y estar dispuesto a sufrir para conseguirlo, que en toda lucha hay pérdidas. ¿Qué puedes perder cuando está todo perdido? ¿La vida? No. Si solo hay una entonces no hay nada que perder. Pero ahora es cuando entra en juego la confianza. ¿Cómo no caer en sectarismos y poder confiar en alguien anónimo que participa contigo en una lucha de “masas”?... (Sí, hay masas y siempre habrá masas, otra cosa que solo se aprende cuando sales de tu habitación. Por cierto, que decepción me llevé). Llego a mi parada, bajo y voy a casa. El resto del día no os lo cuento, no os importa la verdad. Lo único que os confesaré es que esa noche, al igual que la anterior, me costó dormir por las mismas cuestiones de siempre, y como siempre, entre sábanas me sentí solo, y como siempre al día siguiente tocará buscar otra razón para levantarse.

W.

El juicio del espejo del baño

Sales del baño y, a la que te lavas las manos, ves por el rabillo del ojo a una chica mirándose al espejo. Solo le ves la cara, entre congestionada y con mirada de asco, y las manos que se tocan la tripa. Típico gesto de “por dios, qué gorda estoy”. Te giras para ver mejor a la chica y te das cuenta de que no le sobre ni un gramo (quizá incluso le falta alguno). Es entonces cuando te miras tú en el espejo por primera vez y no puedes evitar pensar “si ella se ve gorda, ¿qué pensará de mí?”. Pensamiento ridículo, teniendo en cuenta que unos segundos antes te daba igual la mirada de la gente, tú te sentías bien y punto.

El juicio del espejo del baño de las chicas. ¿Quién no ha vivido esa situación alguna vez? Parece que es obligatorio mirarte en el espejo y poner cara de asco, porque SIEMPRE TIENES ALGÚN ERROR. O te sobran kilos, o tienes ojeras, o esa camiseta te queda horrible, o tu pelo es un asco, o…o…o… El caso es que nunca te miras y dices “ole qué mona soy” (que no voy). Y si lo haces… tranquila, ya tienes las miradas de las demás. Ten por seguro que te van a encontrar fallos.

Nos han enseñado que tenemos que ser perfectas, como las chicas de revista, y que si no lo somos (según las medidas estipuladas) tenemos que mirarnos mal, entre nosotras y a nosotras mismas. Sin embargo, en ese proceso olvidamos que la mujer perfecta no existe, que las fotos de las revistas están retocadas y que alcanzar el canon de belleza marcado es imposible, porque ese canon no es natural.

Es necesario que aprendamos que no somos perfectas, pero que precisamente por eso lo somos. Somos altas, somos bajas, somos delgadas, somos gordas, tenemos ojeras o no, tenemos el pelo largo, corto, castaño, rojo, multicolor; tenemos los pies grandes o pequeños, un brazo más largo que el otro o los dos muy similares… ¿Y qué? Somos como somos, y por eso tenemos que mirarnos como bellas.

Por eso, la próxima vez que te encuentres con el espejo del baño (o con la otra chica que se esté mirando) recuerda sonreír. Elimina la cara de asco. Mírale, mírate y piensa: todas somos perfectas. Porque de verdad lo somos.

La niña que grita

Generación desencantada

Nos dicen que es tiempo de lucha, tiempo de cambio. Nos dicen que es tiempo de resistir, de comernos la vida. Nos dicen que es nuestro deber, que si nosotros no lo hacemos, nadie vendrá a solucionar nuestros problemas. Nos dicen que somos el futuro, que debemos apretarnos el cinturón y luchar por implantar sus nuevas normas, porque así lograremos tener un buen porvenir. Y a la vez nos llaman la generación ni-ni, nos tratan como niñatos rebeldes que solo quieren llamar la atención, pero que no saben nada de la vida.

Y es ahí cuando nos preguntamos: ¿quiénes somos? ¿Cómo es nuestra generación de verdad?

La realidad se encuentra en ambas posturas. Somos los jóvenes ni-ni, NI SOÑAMOS NI TENEMOS ESPERANZA. Porque nos han quitado nuestro futuro haciéndonos creer que nos lo daban todo servido en bandeja. Sin darnos cuenta nos han educado en la sumisión, en el “oír, ver y callar”. Hay miles de cosas que no nos gustan, pero aparte de quejarnos por lo bajini, no hacemos nada por cambiarlas. Nos han convencido de que no hay posibilidades, nos han quitado nuestros sueños e ilusiones, sustituyéndolos por mil mecanismos que nos hacen conformarnos, ignorando la realidad. Si sabemos que nada va a cambiar, ¿para qué hacer algo?

Han creado una generación desencantada con la vida, cómoda en su posición pasiva, absurdos espectadores de su falsa realidad…o por lo menos lo han intentado.

Porque la mente es libre, y hay mentes que no son fáciles de controlar. Frente a su generación ni-ni (ni estudia ni trabaja) se ha formado nuestra ni-ni: NI SE RINDE NI LO HARÁ. La juventud no se ha perdido, sus mentes comienzan a despertar, abren los ojos ante lo que sucede y no se dejan amedrentar. La resistencia ha empezado, la esperanza vuelve a nacer y las ganas de luchar por cambiar las cosas son cada vez mayores. Piensan que han creado una generación desencantada, pero lo que en realidad han creado es una generación invencible. No solo nos han quitado la casa, el trabajo, la sanidad, la educación; sino que también nos han quitado la ilusión, los sueños, nuestro futuro. Ya no tenemos nada más que perder, excepto el miedo. Es tiempo de luchar por todo lo que nos han quitado, de volver a la vida y soñar de nuevo.

Por eso te pregunto: y tú, ¿de qué generación eres?

La niña que grita

La completa anulación

Quiero vivir entre gente que es consciente de que vivimos en guerra. Una guerra contra la vida. Contra el espíritu. Quiero vivir entre gente que no se mire a las manos ni evite tu mirada cuando hables de lucha o insurrección porque, en el fondo, saben que han claudicado, y porque (tal vez, sólo tal vez) nunca han odiado realmente el sistema. Entre personas que no hayan sido compradas. Que no comieron las pastillas que les ofrecían porque preferían luchar con su sensación de angustia patologizada que vivir en la zona muerta. Que no fingen estar luchando cuando es obvio que lo que están haciendo es convertir un campo de batalla en un jardín. Quiero estar en un lugar en donde la guerra sea admisible.

Una vez escuché decir que ir a Palestina era un alivio porque, de repente, la realidad exterior iba a la par con su experiencia emocional cotidiana en los países occidentales: una situación de crisis. Y yo también siento esto. En disturbios, en grupos, en acciones. En donde vivo, el enemigo es tan grande que engloba todo, incluso a mí mismo. No hay esperanza más allá de esta realidad. Después de todo, éste es un lugar a donde la gente viene buscando asilo. Sigue siendo una tierra prometida en donde las calles están pavimentadas con oro. ¿Cómo se pelea contra eso? No hay ningún dentro o fuera del sistema. Y parece que no hay salida.

Estoy intentando entender la política de la violencia autoinfligida en países avanzados. Creo que la poca salud mental de una gran parte de los europeos y estadounidenses desmiente cualquier idea de que exista un buen sitio para estar en el capitalismo. Los problemas de salud mental son pandémicos. La depresión es una de las principales causas de muerte en Occidente.

Cientos de miles de personas se autolesionan cada año en España. El despotismo de los modelos biomédico, farmacológico y psicoterapéutico de salud mental continuará intentando persuadirnos de que el problema está dentro de nosotros, como individuos, como organismos desajustados que están fallando. Puedo estar de acuerdo con esto, en cuanto a que nuestras condiciones existenciales tienen un efecto devastador en nuestra salud física y mental: nutrición pobre, ambientes estresantes, relaciones inestables, polución (aire, luz, material y ruido), agresiones generalizadas, soledad, trabajo y tecnología omnipresente; todo esto dificulta, a mi parecer, extraordinariamente, nuestra capacidad para crear y mantener una buena salud, un buen cerebro, unas buenas relaciones sociales y un buen humor. Pero, por otra parte, creo que nuestra salud mental, o la falta de ella, es sobre todo una respuesta normal a unas circunstancias anormales y constituye, de alguna manera, la línea de frente, las trincheras, en la guerra contra la humanidad llevada a cabo por el Estado-nación y la masacre económica.

Se piensa que las autolesiones son la segunda causa de ingreso en las salas de emergencia del Reino Unido (la primera son los "accidentes"). La definición de autolesión intencionada (Deliberate Self-Harm, o DSH) se refiere a comportamientos de violencia autoinfligida como cortes, ingestión de sustancias tóxicas (incluidas las sobredosis de droga), quemaduras, cabezazos contra las paredes, tirones de pelo e intentos de suicidio. Otros comportamientos arriesgados más aceptados socialmente y más extendidos como el abuso del alcohol, el tabaco, los desórdenes alimenticios y el sexo sin protección también se consideran autolesiones, aunque no se incluyen en las estadísticas de autolesión.

Las estadísticas de autolesiones son problemáticas. La violencia autoinfligida se suele llevar a cabo en secreto, y muchos casos nunca llegan a los hospitales de urgencias. Sin embargo, un estudio gubernamental publicado en 2001 indica que aproximadamente 215.000 adultos en el Reino Unido podrían haberse autolesionado en un periodo de doce meses, y que más de 24.000 adolescentes ingresan cada año en los hospitales por herirse a sí mismos/as. Una vez más, estas cifras no incluyen la violencia doméstica, el abuso de sustancias tóxicas, el suicidio, los desórdenes alimenticios ni otros comportamientos autodestructivos. En su ensayo "La política de la tortura: Dispersando los mitos y entendiendo a los supervivientes", Joan Simalchick escribe que "…el uso sistemático y generalizado de la tortura hoy en día no tiene precedentes… Amnistía Internacional describe la tortura como la epidemia del siglo XX." En Occidente parece que hay una epidemia sin precedentes de autolesiones que ofrece, con sólo mirarla someramente, el inquietante panorama de una cultura caracterizada por la violencia sistemática y generalizada, pero, en este caso, autoinfligida.

La violencia autoinfligida es un tema complicado y mucha gente no lo entiende (incluso los/as que la llevan a cabo). También hay gente que manifestará públicamente no entender estos actos mientras en privado se autohiere, o se dedica a otras formas de autoabuso socialmente más aceptadas, algunas de las cuales han sido históricamente instituidas por los gobiernos y la industria con el objetivo concreto de establecer un control social y beneficiarse de él, las más conocidas son el alcohol, las drogas (las recreativas y las recetadas) y el tabaco.

La autolesión se suele explicar como una necesidad de control, comunicación y castigo. De la misma manera, la tortura trata de controlar al individuo, forzarlo a comunicar y castigar a la víctima y su comunidad. La violencia autoinfligida ha sido descrita como "una respuesta normal a circunstancias anormales." Es un indicador de que no todo está bien en el mundo interno de alguien. Y el hecho de que sea un problema tan grande dentro de nuestra sociedad (junto con los problemas de salud mental en general) muestra que no todo está bien en nuestro mundo colectivo. Los animales en cautividad se autolesionan, y los seres humanos, sobre todo en Occidente, son cada vez más propensos a ello. Estoy pensando que, de seguir así, dentro de poco casi no existirá la necesidad de "desaparecer" personas, torturarlas, someter directamente a la población a aquellos que la controlan. Hemos sido entrenados/as para hacerlo nosotros/as mismos/as.

El sistema en el que vivimos ha estado desarrollando y perfeccionando sus técnicas de control social durante cientos de años: masacres, persecución religiosa, colonización, patrullas de reclutamiento forzoso, ahorcamientos masivos, esclavitud y servidumbre, cercamientos de tierras y destrucción de propiedades colectivas, deportaciones, el manicomio, la fábrica, la cárcel o el aula de escuela. Se esta construyendo una inmensa base de datos que constituirá los cimientos de un proyecto de tarjeta de identificación que proporcionará acceso a toda tu historia personal (perfil familiar, expediente escolar, historial de salud física y mental, muestra de ADN, escáner de retina y huellas digitales), a los cuales podrá acceder cualquier autoridad que consulte tu tarjeta de identidad, y que contendrá también un perfil de tus actividades

Occidente está fundado en la violencia, el exterminio y la tortura: hacia la tierra, hacia otras especies, hacia individuos y comunidades. Y antes de que los imperios salieran a conquistar el mundo, tenían que conquistar a la gente dentro de sus propias fronteras. El sistema en el que vivimos se basa en el genocidio y en el cercamiento. Algunos de estos sucesos ocurrieron hace tanto tiempo que no los recordamos. Pero estamos rodeados de las consecuencias. Y aquí, el gobierno, los educadores, las instituciones y los que sacan provecho han aprendido lecciones valiosas de la historia y han conseguido un perfeccionamiento de control social que hace de la resistencia un acto complicado: porque los perpetradores de violencia ya no son tan obvios, ya no es directamente el Estado sino nosotros/as contra nosotros/as mismos/as.

Una breve comparación entre las técnicas de autolesión y las técnicas oficiales de la tortura da qué pensar. Analizar las razones y las funciones sociopolíticas de la tortura, sus definiciones y técnicas y las consecuencias para la víctima y las comunidades involucradas, es, a mi modo de ver, un camino útil y revelador para entender la violencia autoinfligida en las economías capitalistas.

La función sociopolítica de la tortura es romper el poder del individuo. Es una forma de desarticular la voluntad psicológica de la víctima y de crear una cultura del miedo, no sólo en el individuo torturado, sino también en la comunidad de la que se podría extraer la próxima víctima. El torturador pocas veces quiere matar. Es un medio para el control social y las víctimas de la tortura son su herramienta.

Aquí no hay agentes secretos que decidan si puedes acceder a uno u otro trabajo, casa o escuela. Sólo hay una ingeniería social. No hay agentes secretos que nos comprometan confundiendo los hechos o engendrando comportamientos depresivos en personas-objetivo. No hay agentes secretos: sólo hay un sistema intangible pero eficazmente opresivo en donde el carcelero es todo aquello que deseas (y que se nos dice que es lo que la gente de todo el mundo desea), todo lo que piensas, todo lo que te rodea. Hay una confusión masiva perpetrada por los medios de comunicación y hay una cultura del miedo creada por el gobierno y su guerra contra el terrorismo, contra los jóvenes, los sin techo y los inmigrantes, además de por los métodos tradicionales para crear miedo a través de la imposición de normas culturales como el trabajo y la familia nuclear. Allí está la pobre salud mental de millones de seres humanos. No hay agentes secretos, pero el resultado es el mismo. No hay personas-objetivo, sólo una sociedad de individuos desvinculados de forma generalizada, alienados los unos de los otros y de sí mismos, fuera de control y apáticos.

La sociedad contemporánea predica el ideal de la igualdad no individualizada, porque necesita de átomos humanos, todos idénticos, para hacerlos funcionar en masa; todos obedecen las mismas órdenes, y no obstante, todos están convencidos de que siguen sus propios deseos. Así como la moderna producción en masa requiere la estandarización de los productos, así el proceso social requiere la estandarización de las personas.

Aquí, en Occidente, los ciudadanos no son torturados de manera rutinaria. Hay ejemplos de violencia evidente hacia individuos, perpetrada por el Estado y sus instituciones (en particular, dentro del sistema policial, del sistema de prisiones y del sistema de salud mental), pero nada de esto sería enmarcado en un contexto de tortura. La mayoría de la violencia en Occidente parece ocurrir entre ciudadanos o contra sí mismos.

La tortura se refiere a la amenaza. Amenaza a nuestra integridad: como una mente, un cuerpo, un alma, como una comunidad. La tortura se refiere a la creación de una cultura del miedo, círculos de silencio y obediencia absoluta a algo o alguien que no eres tú. Pero, ¿es posible que la sociedad capitalista en la cual vivimos no sea más que una vasta cámara de tortura sin lugar fijo que utiliza técnicas psicológicas muy avanzadas, tan astutas que llegamos a confundir un estado de tortura con un estado de privilegio?

Soportamos sobredosis de información (una especie de ruido blanco) totalmente banal, anestésica y paranoica. La capacidad de concentración ha disminuido y la interacción humana está cada vez más mediada por la tecnología. En lugar de nuestras vidas "reales" tenemos "realities". Nuestras conversaciones, así como nuestros espacios privados, son interrumpidos constantemente por llamadas al móvil, nuestras amistades se mantienen a través de los mensajes de texto y los e-mails.

Vivimos en una cultura del miedo al otro/a. Estamos enchufados/as a los ordenadores y la televisión. La educación -como siempre- se basa en enseñarnos a no cuestionar, a pasar exámenes, a aprender sólo lo que el gobierno quiere que aprendamos, a rompernos para que seamos un engranaje más de la máquina.

Estamos sujetos/as a una vigilancia constante, aumenta el número de policías, agentes cívicos, seguratas, cámaras, furgonetas con vídeo, equipos de seguimiento de audio en los McDonald’s y las estaciones de tren, pulseras de seguimiento electrónico, móviles con cámaras y rastreo de llamadas y de correo electrónico.

Tenemos drogas para hacernos felices -legales e ilegales-, para hacernos olvidar que estamos estresados/as y ansiosos/as, para hacernos sentir cercanos/as a otras personas o simplemente para no sentir nada en absoluto, para mantener la economía funcionando, para levantarnos por la mañana y dormirnos por la noche. Tenemos terapias que nos ayudan a adaptarnos a un sistema que nuestros cuerpos y mentes rechazan. Si las drogas y las terapias no ayudan, tenemos drogas más fuertes, hospitales psiquiátricos y otras prisiones. El diccionario de "enfermedades mentales" está en crecimiento, la mayoría de ellas podrían describirse simplemente: la civilización y el rechazo a la civilización.

La muerte, la enfermedad o las lesiones resultantes de abusos de sustancias, incluyendo el tabaco y el alcohol, la actividad sexual, los accidentes de transporte, la obesidad, la contaminación, el estrés, el suicidio y las autolesiones son epidémicas. La gente sí que teme por sus vidas. Pregunta a las miles de personas que cada año terminan en salas de urgencias porque se hicieron daño ellas mismas, o bebieron mucho, o no podían garantizar que no se matarían antes de que acabara la noche.

La forma en que vivimos es de cautividad. Es interesante que muchos de los problemas de salud mental que padecen hombres y mujeres urbanos/as tienen un paralelismo con el comportamiento de los animales en cautividad: reacciones de escape, desórdenes alimenticios, automutilación, comportamiento sexual anormal, etc. Los animales en cautividad, como los humanos modernos, tienen una vida relativamente cómoda: se les alimenta, limpia, están a salvo del salvajismo, tienen acceso a relaciones sexuales, un poco de espacio y algo de estímulo. Como en nuestra "buena vida". Y aún así, no parece que la soporten. Nosotros/as tampoco.

Algunos aspectos de la civilización son claramente una tortura como la que se define en los manuales. Algunas definiciones de tortura mental incluyen: "detención en completa oscuridad, exposición a luces brillantes, exposición a ruidos constantes o privación del sueño. Condiciones precarias que incluyen la falta de comida, cuidado médico y comunicación." Aplicar estas definiciones a la forma en que vivimos es bastante fácil: secuencias violentas en los telediarios, películas y juegos, alienación, policía por doquier, desinformación, exposición a luces constantes y ruidos y condiciones pobres (o cuanto menos, casi endémicamente estresantes)

Y el resultado:

"… la siguiente constelación de síntomas se encuentra con frecuencia asociada a un estresor interpersonal (por ejemplo, abuso físico o sexual a niños, palizas domésticas, ser tomado como rehén, encarcelamiento,… tortura): modulación afectiva disminuida, comportamiento autodestructivo e impulsivo, síntomas disociativos, dolencias somáticas, sentimientos de inutilidad, vergüenza, desesperación, desesperanza; sentirse permanentemente herido; pérdida de creencias anteriores, hostilidad, retraimiento social, sentirse constantemente amenazado, relaciones interpersonales deterioradas o cambio de las características de personalidad anteriores."[1]

¿Qué hace la gente en cautividad, en las salas de tortura? Alguna gente mantiene la mirada sobre el suelo hasta que la terrible experiencia acaba. Pero si la situación continúa de manera indefinida -si es todo lo que conoces-, entonces la mente buscará su propia salida. "Marx predijo, erróneamente, que una profundización de la miseria material llevaría a la revuelta y a la caída del capital. ¿No será, más bien, que el incremento del malestar psíquico está llevando, por sí mismo, al reinicio de la revuelta, y que, de hecho, esta puede ser la última esperanza de la resistencia?"[2]

La civilización y todo lo que la define son, en esencia, los manuales de tortura psicológica aplicados a escala masiva. El comportamiento de autoabuso de muchas personas en Occidente tiene dos implicaciones: es al mismo tiempo un intento de sobrevivir en el sistema exteriorizando todo aquello que se nos ha enseñado a interiorizar, y, simultáneamente, una compulsión de llevar a cabo el proyecto del Estado -aquello del control social y el necesario desplazamiento de la ira y la desesperación desde su objetivo genuino pero nebuloso (el sistema compuesto por el Estado, la industria, las finanzas y el comercio), hacia el único objetivo accesible, el individuo aislado en una cultura en que la insurrección y la insumisión masiva son cada vez menos pensables-.

De alguna manera, la incapacidad de tantas personas de mantener un nivel aceptable de salud mental en los países capitalistas desarrollados es alentadora. Revela la lucha de un organismo vital contra las instituciones opresivas y aniquiladoras del Estado y el orden económico mundial: estar bien adaptado en una sociedad profundamente enferma no es ningún indicador de salud. Es el rechazo a una forma de vida intolerable. Es la incapacidad de ajustarse a aquello que es dañino y antinatural.

Dondequiera que estés, debes de saber que hay una guerra sin cuartel entre los imperativos capitalistas y la pasión por la vida de la gente sometida a él. La autolesión se entiende, por lo general, como una estrategia de aguante, al fin y al cabo, se trata de mantenerse vivo/a ante circunstancias intolerables. Sería un error, claro está, sugerir que la autolesión es lo mismo que la resistencia, aunque los problemas de salud mental tienen un gran coste para la economía. Es una reacción, una respuesta y un rechazo. Es el grito. Pero hasta que no sea politizado, seguirá siendo sólo un ataque del individuo contra el individuo.

Si la lucha de aquellos/as que sufren de problemas mentales o emocionales no estuviera tan contenida, desplazada y estigmatizada hasta por aquellos/as que se consideran "radicales", quién sabe qué tipo de sociedad forjaría esa pasión por la vida desencaminada, esa inteligencia, ese rechazo. Mientras situemos al enemigo dentro de nosotros/as, alentados/as por un sistema entero, desde la educación hasta los modelos bio-médicos de la enfermedad mental, y mientras sigamos viendo estos comportamientos como enfermedades de las cuales hay una esperanza de cura basada únicamente en cambiar el mundo interno del enfermo -en vez de en derrocar el sistema-, nunca lo sabremos. Las sociedades capitalistas-imperialistas avanzadas han sido tan eficaces, tan brillantes controlando y definiendo cada aspecto de la vida y la psicología humanas (un préstamo de la historia fascista y totalitaria) que ya poca gente es capaz de ver esta situación; es omnipresente.

Creo que la mayoría de gente que sufre un "problema de salud mental común", incluyendo mucha que se autolesiona (y esto incluye cualquier comportamiento que no sea saludable para la mente o el cuerpo), simplemente está revelando el estrés psicológico en masa causado por una exposición prolongada a las condiciones de vida bajo un sistema capitalista avanzado del cual no se puede escapar, una dictadura elegida, una cultura del miedo deliberada, un ambiente altamente contaminado y alienado, y un sistema omnipresente de vigilancia altamente desarrollado.

No hay ningún lugar seguro donde estar bien en el sistema capitalista global; sólo hay diferentes cámaras de tortura, con las herramientas adecuadas al objetivo y la etapa de la batalla.

Hay una historia de Augusto Boal, un dramaturgo brasileño radical pionero del Teatro del Oprimido, que al encontrarse en el exilio europeo durante los años setenta comentaba que no podía entender por qué la gente era tan infeliz si no sufría una opresión política. Sin embargo, después de un tiempo, llegó a la conclusión de que, aunque algunos estados europeos no eran tan abiertamente opresivos, esto era porque la gente había llegado a interiorizar la opresión y, a veces, ni siquiera veía a la autoridad como el enemigo: a esto lo llamó "el policía interno".

Radix

Notas:

[1] DSM-IV-TR: Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, de la Asociación Americana de Psiquiatras, 1994.

[2] John Zerzan, "Miseria psicológica de las masas"

¿Y las aspiraciones revolucionarias?

Sin pretensión de lanzar ofensas y queriendo incitar a la reflexión sobre la trayectoria del amplio espectro anarquista, en este artículo planteo una serie de cuestiones encaminadas a resolver la duda de si estamos perdiendo terreno en el imaginario popular como movimiento socio-político. Vivimos una amnesia colectiva ya con la memoria histórica enterrada, aunque los viejos mitos, al igual que las visiones románticas del pasado, no cayeron del todo o no supimos superarlos. No obstante, esos factores no supuso el olvido del anarquismo, aún se pudo rescatar el rico legado que nos dejaron tanto los teóricos como los hombres y mujeres de acción que pudieron materializar los principios anarquistas. Pese a ello, no todos tendrían la suerte de poderlos estudiar y recientemente, con la aparición de nuevas corrientes ligadas al anarquismo o inspiradas en él, hemos visto que en algunos casos, quedaron en la autorreferencialidad, en la contemplación del individuo y su aislamiento del resto de la sociedad. Aquí nos replanteamos, no solo la imagen que tenemos hoy en día del anarquismo, sino también las nuevas aportaciones teóricas tales como el primitivismo, la anticivilización y otros movimientos subculturales.

Aunque nos cueste asumirlo, el aislamiento moral de los individuos a causa del nuevo modo de vida impuesta por el neoliberalismo también ha influido en parte a un cierto sector de anarquistas que, tras ver el fracaso de tener presencia en la sociedad, la niegan, la ven como enemiga. Lo mismo sucede con la idea de civilización, que se ha asociado con todas las connotaciones negativas que se pudieron atribuir. No se quedan atrás las ideas de misantropía, de una visión romántica de las sociedades primitivas o de las revoluciones sociales del pasado siglo. A ello nos preguntamos; ¿y las aspiraciones revolucionarias? ¿qué es del anarquismo como ideología política que en la práctica debería constituir un movimiento político-social revolucionario, más allá de la simple autocomplaciencia, el panfletarismo de vocabulario extravagante e incendiario, de la asociación con movimientos subculturales? Es cierto que las teorías y las praxis del pasado siglo no serían aplicables al contexto actual, pero de esas teorías deberíamos rescatar ese componente político que desde sus inicios siempre ha tenido, y de la praxis, ese imprescindible componente social y clasista.

Llega a ser preocupante cuando los propios anarquistas asocian el anarquismo con el caos, cuya definición viene a ser una presencia caótica e incontrolable para el Estado y el Capital, que puede causar confusiones y malinterpretaciones a la par que no aporta realmente propuestas constructivas; cuando se asocia la lucha anarquista con los enfrentamientos callejeros; cuando la imagen del anarquista es un chico o una chica con estética punk; cuando se pone como fines la vuelta a ser salvajes, a ser niños y recuperar la inocencia perdida; y más cuando se niega la lucha de clases. En definitiva, la disociación del anarquismo con política daría como resultado el despojo del potencial transformador que posee el anarquismo si existen militantes dispuestos a llevarlo a la práctica, reduciéndose a una rebeldía juvenil, una actitud estética extravagante, bohemia y promotora del caos y la destrucción. He aquí, ¿realmente algunos anarquistas han dejado de lado las aspiraciones revolucionarias para quedarse en la estética, la contemplación del «yo» y la vida bohemia? Ni podemos negarlo ni afirmarlo con exactitud, pues paralelamente, el anarquismo social ha podido sobrevivir y sigue teniendo presencia en todo el mundo, aunque no a grandes rasgos.

Nos urge pues rescatar las teorías tanto de la Vieja Escuela como los contemporáneos de la rama social del anarquismo y saber adaptarlas al contexto actual, recuperando el componente político-social y clasista que desde sus inicios ha tenido el anarquismo, de los cuales se pudieron materializar gracias a no solo militantes comprometidos, sino la preocupación por lo social y el trabajo de acción y difusión entre la clase trabajadora, participando activamente en sus luchas y sabiendo darles una perspectiva libertaria. Sabemos que en este contexto es difícil organizarnos, que las relaciones sociales se han deteriorado mucho y la dificultad para entrar en contacto con otros es un gran obstáculo. Sin embargo, dar por sentado el fracaso de llevar la lucha en lo social y optar por separarse de la lucha social y de clases para centrarse en la autorrealización del individuo, en las revueltas espontáneas y en el rechazo de cualquier iniciativa de organización y elaboración de programas políticos antiautoritarios, supone negar las aspiraciones revolucionarias que estuvieron presentes desde los orígenes del anarquismo.

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