Los que se van, los que no se van y los que aún no están

En el fondo, a mí lo que me gustaría es dar un paseo por el campo y ver las flores, los pájaros, los bichitos y demás. Lo sé, esto es una web de comunicación social libertaria y yo soy un cursi y un soso, pero eso no es lo que más me preocupa.
Resulta que no sólo no puedo ir a dar ese paseo porque tengo preocupaciones como las vuestras, las personales (buscar trabajo, mantener la casa en condiciones, etc.) y las colectivas (desahucios que parar, campañas de denuncia que apoyar, ...), sino que, para colmo, también toca tirarnos unos cuantos trastos a la cabeza, en el mundillo anarquista, y creo que eso no nos ayuda a ver las cosas más claras.

Vamo' a calmarno'.

En esta nuestra web se publicó un artículo de Arturo M. sobre el tema de las compañeras que van a candidaturas electorales que está suscitando reacciones varias e intensas.
Como lector de ese artículo, me pareció un intento de entender esa «fuga de cerebros» y no una justificación, no por falta de escepticismo hacia este mundillo anarquista, sino por el debido escepticismo hacia la vía institucional. Por suerte o por desgracia, las ocasiones que he tenido de conocer personalmente a cualquiera de estos candidatos han sido pocas, pero me han reafirmado en una costumbre: no suponer malas intenciones, ni siquiera grandes egos, por parte de nadie. Ese tipo de análisis, sobre «afán de poder», «traición» y demás es innecesario en general (ya nos avisó un dicho popular de que «el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones») y en este caso sería simplemente deshonesto por mi parte. Sospecho, incluso, que parte de la decepción en estos casos tiene que ver con la simpatía sentida antes por el compañero que nos «abandona», pero esto ya es especular intuitivamente y no creo que se pueda hablar de «complejo de Electra», como decían las compas de la FAGC: la relación puede ser afectuosa, pero sin paternidad... Queda para otro día hablar de eso, de cómo nos empeñamos en matar (simbólicamente, ¿eh?) a madres y padres (sigo en lo simbólico) salvo que ya vengan muertas de serie -Duurruti, Kropotkin, Goldman, etc.-, en cuyo caso sí asumiremos el vínculo y disputaremos si nos daría la razón a unas o a otras.
Volviendo al lío, que no vayamos a fustigar a un ¿ex?compañero tampoco quiere decir que tengamos que fustigarnos nosotras, como bien apuntaban en Twitter las grancanarias. Si el problema, como decía Arturo, es que nos falta un proyecto político con perspectivas de futuro tanto en lo colectivo como en lo personal, y ello en parte porque lo uno es a menudo a costa de lo otro y no asociado a ello, no es menos cierto lo que apuntaban desde el Ateneu Llibertari del Cabanyal: esa falta de perspectivas suele quemar a la gente para salir fuera, no arriba. Suele hacer que la gente salga de su colectivo u organización y se repliegue a su vida personal, su círculo afectivo, pero no que se incorpore a listas electorales que pueden llevarles más fácilmente donde ya sabemos (justificación del Poder, enfrentamiento con compañeras de clase, contradicciones, etc.) que a cambiar nada.

Volviendo a lo que me gustó, creo que el texto también nos invitaba a un balance de la capacidad de presión de los movimientos sociales de que formamos parte. El paso del anarquismo -o más a menudo, del anarcosindicalismo- a la política institucional ha estado siempre vinculado a coyunturas en que se veían nuevas oportunidades que podían durar poco (el Grupo Sindicalista Parlamentario en las municipales de 1917, la participación de anarcosindicalistas en la creación del PCE y otros partidos de la KomIntern, tras la revolución rusa, el Partido Sindicalista de Pestaña y demás en 1934, el apoyo de Askatasuna a HB en 1979, etc.) y ofrecer resultados relativamente fáciles en poco tiempo.
Algunos casos, sin embargo, tienen mucho que ver con temas de macropolítica que a las anarquistas -acostumbradas a la política de colectivo, de barrio, acaso municipal- nos quedan grandes. No a nivel teórico -claro que tenemos ideas al respecto-, sino en nuestra capacidad de incidencia práctica. No se trata de hacer de abogado del Diablo, pero sí de entender por qué ha pasado y volverá a pasar. Sucedió con quienes defendieron el frentepopulismo a partir de julio de 1936 y sucede con quienes toman ahora el green new deal como gran objetivo a corto plazo contra el cambio climático y el empobrecimiento de masas.

Sucede incluso con quienes participaron en los diferentes ejercicios de gimnasia revolucionaria entre 1924 y 1934, sin embargo, no se percibe así. Aparentemente, el poder conseguido por las armas incomoda menos a algunas compañeras que un sillón en un parlamento o ayuntamiento. El poder de una pistola no tiene por qué ser tan tramposo como el de la papeleta, pero controlar de facto calles y barrios, decidir sobre la vida y la muerte, la integridad física, la libertad y la seguridad de otras personas es poder y plantea problemas que las revolucionarias de 1936-1939 conocieron bien. Parece, sin embargo, que el romanticismo que tanto nos gusta, la épica del enfrentamiento absoluto, dice que la pistola es más anarquista que el voto.

Como te digo una co, te digo la o.

Es verdad, como dicen los climático-posibilistas, que, si seguimos acumulando fuerzas de cara a tener un movimiento asambleario capaz de imponer mediante la acción directa medidas contra el cambio climático, nos arriesgamos a que esas medidas nunca se impongan  y, aun en el caso de tener éxito, veremos cuánto empeora el propio cambio climático mientras construimos ese movimiento y cómo, consecuentemente, tendremos que intentar subir desde los objetivos mínimos hacia los máximos para recuperar el tiempo transcurrido entre medias.
No es menos cierto lo que dice, por el contrario, el sector ambicioso de que cualquier posibilidad electoral es remota por estar sujeta a la carrera de obstáculos institucional: respaldo mayoritario, negociaciones con otros partidos, presiones de empresas y de otros ámbitos institucionales, persistencia de las propias electas tras toda esta carrera de obstáculos, etc.
Entonces ¿vale la pena que alguna compañera intente esa vía institucional de sonrisas, magdalenas y tecnocracia? Probablemente, no, pero ¿podemos convencerles para que cambien de opinión? Parece que la respuesta sigue siendo «no».

En todo esto hay otra cosa que me llama la atención y es que la crítica más dura venga del insurreccionalismo, no porque ese posicionamiento no fuera previsible sino porque no lo veo consecuente. Si ha habido en el anarquismo una tendencia similar a la electoralista, esa es la insurreccional, al fin y al cabo, ambas se basan en obviar la falta de condiciones pretendiendo compensarla con resultados rápidos logrados a base de audacia. Pese a que esté de acuerdo con parte de esa crítica, no deja de chirriarme la contundencia de las impacientes insurreccionalistas contra las impacientes posibilistas.

Movimiento anar¿qué?

Esto me lleva al último (lo prometo) punto. Hemos hablado de los que se nos van «arriba» a partidos y listas electorales, también mencionaban las compas de la FAGC a quienes se van a un lado, a comunas rurales, pero ¿qué pasa con quienes parece que no se van a ninguna parte, de tan poco como se mueven? Repito: no necesitamos fustigarnos, pero sí decir claramente qué queremos hacer y qué no.
He hablado de «mundillo anarquista» y no de «movimiento anarquista» porque no veo que esto último exista. La afinidad existe, pero un movimiento, cabe suponer, se caracteriza por moverse, aunque lo haga despacio, tropiece, dé tumbos, aunque se vea obligado a corregir el rumbo a veces.

Una compañera de la PAH preguntaba a este compañero pasado al errejonismo por qué no, en su lugar, había puesto su inteligencia al servicio de la PAH. ¿Por qué pensamos en un supuesto «movimiento anarquista» unido por las referencias intelectuales y no en un movimiento de clase, unido por sus prácticas y organizaciones? Un compañero que se va con Manuela Carmena es una pérdida, pero ¿no hay pérdida en el tiempo que hemos dedicado -y algunas aún dedican- a esa memoria insurreccional sin conocer lo más básico del Estatuto de los trabajadores, a hablar de disturbios con poco recorrido político en lugar de formarnos para ejercer y defender nuestros derechos en nuestra cochina y gris realidad, a atacar iglesias como si aún estuviéramos en el siglo XIX mientras nuestras vecinas comulgan en Codere, en Netflix, en Instagram o en el bar de la esquina?

Las anarquistas que militan en grupos de afinidad pero no en organizaciones de masas (propiamente sindicales, de vivienda, etc.), organizaciones abiertas a quienes acepten sus tácticas aunque no sean afines y que abordan cuestiones materiales y no sólo ideas, esas anarquistas no se irán en su mayoría al mundo institucional. Lo necesario, sin embargo, no es que «se queden», ya que no están más que en su mundo. Necesitamos que vengan a las organizaciones de su clase, de nuestra clase, donde hay más gente y muchas no tienen tanto hábito asambleario, donde su capacidad de trabajo y sacrificio no les dará ni una gloriosa muerte en combate ni fans, pero quizá les dé compañeras de lucha y hasta podría dar frutos para todas.

Los que se nos van ¿Libertarios en el mundo electoral?

¿Cuantos compañeros han transitado de los movimientos sociales o libertarios a las instituciones del Estado? ¿Cuantas manos y cabezas más vamos a tener que perder antes de reflexionar acerca de los por qués?

Las militancias políticas nunca son lineales, y menos mal. El valor de la crítica y autocrítica debe estar siempre presente, debemos replantearnos constantemente si nuestra práctica política sirve a nuestros objetivos. Y claro, para ello debemos tener claro cuáles son nuestros objetivos. Que un compañero tome la vía electoral provoca tres tipos de reacciones: amigos y conocidos que dan la enhorabuena, con más o menos diferencias, quienes cargan por incoherente o por haber sido en el pasado azote de “refors” y “electoralistas” y luego están quienes simplemente se ríen de la situación. Pero ¿de verdad nadie va a reflexionar sobre cómo gente con un determinado bagaje político-ideológico acaba en la lista electoral de las magdalenas?

La madurez

Quienes con 20 años basan su actividad política en la verborrea radicaloide, quienes desde una torre de marfil ideológica se dedican a sentar cátedra sobre qué es o qué no es revolucionario, son probablemente quienes más papeletas tienen para o dejar de militar a los 35, acabar votando al PSOE o algo peor. La militancia revolucionaria es una carrera de fondo, no un sprint donde hay que quemarlo todo y ya, exige de compromiso, de buenos compañeros y de un proyecto más allá de lo vivencial.

Aguantar los ritmos de asambleas soporíferas, interminables y en las cuales se habla de lo mismo que se ha hablado en tantas anteriores asambleas no es algo sencillo. Cuando llevas años militando y ves a tu alrededor que se siguen cometiendo los mismos errores, que con cada avance hay nuevas complicaciones o que la gente con la que has convivido en la militancia toma diferentes rumbos, aguantar se torna complicado. Si encima has acabado tu etapa juvenil y llegan las responsabilidades: familia, hijos, alquiler, trabajo… Tu realidad material modela tu forma de ver el mundo y tu forma de intervenir en él.

Esto no implica que en el proceso de maduración uno deba volverse irremediablemente un reformista o un reaccionario. Implica que si no existen unas bases materiales donde desarrollar un proyecto político adecuado a las vidas post-juveniles, quienes siguen teniendo esa intención de cambiar el mundo que nos rodea opten por trabajar en espacios donde se puedan realizar parte de esos cambios. Mientras que desde los movimientos sociales se tiene una decente capacidad de movilización, tenemos una débil capacidad para proveer de unas bases materiales que nos permitan reproducir otras formas de vida. No en el plano exclusivamente vivencial, en el plano laboral, investigativo, activista, económico, de cuidados… Lo que fue la gran CNT de los años 20 y 30, un mundo dentro de otro mundo. Lo que representa el Movimiento de Liberación de Kurdistán en Turquía o los Zapatistas en México. Debemos ser capaces de generar unos movimientos políticos en los cuales las distintas etapas vivenciales tengan cabida.

La emergencia climática

La cuestión ecológica es hoy central en cualquier paradigma transformador. No es una cuestión de gusto ideológico, es un imperativo de la realidad. No se puede posponer más cualquier acción que esté encaminada a la reducción de gases de efecto invernadero, del consumo energético y del cambio de modelo productivo. La conclusión es lógica y pragmática: estrategias duales, influir en el Estado y construir alternativas populares más allá de él. Por desgracia, hoy solo los Estados, y sus distintas escalas, tienen capacidad política, legislativa y coercitiva para implantar medidas que son imprescindibles a gran escala, nacional y transnacional. Las iniciativas populares dinamizadas por la vía de los movimientos sociales apenas traspasan las escalas locales, no digamos la internacional. Por supuesto que la escala reproductiva a la que se debe tender es la local, pero su viabilidad no será posible en un mundo que siga derrochando y caminando hacia los límites del abismo climático y ecológico.

Esta necesidad de ocupar los espacios de decisión desde los que desarrollar políticas, que a la par que dan espacio a los movimientos, desarrollan políticas encaminadas al objetivo de reducción del consumo energético, cobra peso. ¿De verdad alguien piensa que da igual que un negacionista del Cambio Climático como el partido de Santiago Abascal tenga capacidad de presión sobre las políticas medioambientales? La reproducción de la vida está en peligro. Y sin vida no hay revolución.

Entiendo que esta es un poco la idea de algunos compañeros de las filas libertarias que hoy transitan por la vía Estatal. La idea no parece descabellada, el problema estará en cuanta capacidad de maniobra se logre desde dentro. Puede ser que tantos esfuerzos puestos en esa vía, y no en la alternativa, devengan en fracaso y pérdida de fuerzas del a fuera.

Altavoz mediático

Militantes revolucionarios en los parlamentos los ha habido siempre. Giuseppe Fanelli pudo introducir la 1ª Internacional en España gracias a su condición de diputado. Ángel Pestaña fue diputado por el Partido Sindicalista y anteriormente Secretario General de la CNT e impulsor de los grupos armados de defensa frente al pistolerismo patronal. Esto no es una comparativa con nuestros compañeros actuales, es un ejercicio de memoria histórica.

La estrategia de los movimientos revolucionarios que contaban con un frente electoral fue siempre la de usar los parlamentos como un altavoz de denuncia, nunca como un fin. En el mundo que vivimos donde los medios de comunicación de masas ejercen un poder determinante, nuestras charlas de movimientos sociales son incapaces de contrarrestar toda la propaganda que las élites proyectan a través de toda la industria cultural. Ser un cargo electo te da una proyección mediática que es más difícil de conseguir desde lo social. Hay una diferencia entre convencer a 50 en una charla que realizar políticas públicas que modifican la vida de millones.

Falta de proyecto

Que compañeros convencidos de la necesidad de abolir la sociedad de clases se integren en el aparato del Estado es muestra de la incapacidad de los movimientos populares. No hay una fuerza social estructurada capaz de dotar de proyección, futuro, certezas y seguridades a nuestras militancias. Nuestra reducida capacidad de influencia puede resultar insuficiente a muchas. La tarea de construir una alternativa institucional, organizativa y de base es inmensa y requiere de muchos esfuerzos, compromisos y debates lentos y colectivos. Necesitamos muchas manos y cabezas para esta tarea. Que algunas de ellas no dediquen su tiempo a esta tarea nos debilita.

Han pasado 5 años desde que la hipótesis del asalto institucional cristalizara en Podemos. 5 años en los que se han visto muchos de los límites y miserias de esa estrategia tan poco nueva. Pero también 5 años en los que no se han sentado las bases de una alternativa real. El problema no es que haya menos manifestaciones, el problema real es que la nube infinita de proyectos, colectivos, grupos, centros sociales… no se piensan así mismos como parte de un proyecto común con unos objetivos definidos, por que no lo hay. Debemos machacar esta idea en todos nuestros espacios, trabajar en común para sustentar nuestras vidas de forma colectiva, defender nuestras necesidades, ganar espacios y transformar el mundo. Solo generando algún tipo de proyecto ilusionante y con capacidad de influencia y transformación real evitaremos la fuga de militantes hacia los tentáculos del Estado.

militante ecologista en Apoyo Mutuo (@_ApoyoMutuo_)

 

Una moción de censura a las instituciones del régimen

Después de semanas y meses de actividad en las instituciones del régimen del 78, y tras varios días de la sonada moción de censura presentada por Unidos Podemos, la aritmética parlamentaria sigue siendo la misma. Todas las fichas que defienden un cambio progresista desde las instituciones del régimen siguen cerca de la casilla de salida y tampoco las encuestas vaticinan grandes cambios a pesar de las maniobras tácticas de todos los partidos.

El inmovilismo parlamentario del PP contrasta con su actividad desatada dirigida a controlar los mecanismos judiciales. Es un comportamiento digno de los herederos del franquismo, que no tienen problemas en actuar como una banda mafiosa y menos cuando, como ahora, se encuentran asediados por su corrupción. Rivera y los suyos siguen cumpliendo su papel de sostenedores del régimen del 78 allí donde tienen presencia, apoyando al bipartidismo y ejerciendo de ariete contra la izquierda parlamentaria. Sus pobres malabares argumentales para vender como responsabilidad de estado las traiciones constantes a su programa y a sus promesas no parece que les estén costando demasiado.

En el caso paradigmático del PSOE, Pedro Sánchez vuelve a gobernar un partido que estuvo a punto de hundirse en manos de su ala más conservadora. Una vuelta al día de la marmota que nos deja la buena noticia de que la mayoría de simpatizantes socialistas ya no comulgan con El País, Felipe Gonzalez y demás altavoces del poder. Al menos eso. Las próximas reuniones anunciadas con Cs y UP no parecen ser más que confeti para legitimarse ante su militancia y distraer la atención. Aunque el anunciado giro a la izquierda pueda ser utilizado para arrancar alguna concesión mínima, el PSOE no va a moverse de su agenda neoliberal.

Por su parte, Unidos Podemos presentó una moción de censura que ha tenido atareados durante semanas a los medios de comunicación, mayoritariamente reaccionarios, que han vertido acusaciones y ataques de todo tipo. Una actividad frenética de derribo para una propuesta bastante inocua, lo que da muestras de la oposición que genera UP y, al mismo tiempo, de la debilidad mediática de la izquierda, que fuera de internet carece de medios de comunicación afines. Lo cierto es que la moción ha servido poco más que para marcar posiciones en la oposición parlamentaria y demostrar el machismo insoportable del PP. Tampoco se ha cumplido el objetivo declarado de "cavar trincheras en la sociedad civil" utilizando la iniciativa como elemento movilizador.

A sabiendas de que la propuesta de moción de censura dificilmente prosperaría en el parlamento, UP planteaba esta propuesta como un reclamo para la movilización popular. Sin embargo, la movilización no se construye a toque de corneta. Menos aún cuando buena parte de los efectivos de los movimientos sociales de los últimos años se encuentran entretenidos trabajando en instituciones posfranquistas. Lo cierto es que, a pesar de una menor proyección mediática, construyen más movilización los pasos efectivos dados en dimensiones distintas a la actividad parlamentaria, como es el caso de la ocupación de La Ingobernable en Madrid: participación frente a la pasividad y esperanza frente a la frustración.

En este sentido, la imagen de Podemos pactando la moción de censura con los sindicatos entraña una reflexión. Hay un grave problema de organización popular cuando son los sindicatos del régimen, plenamente integrados desde los pactos de la Moncloa, los principales interlocutores de la sociedad civil para la izquierda parlamentaria. ¿Qué organizaciones aparte de la PAH pueden jugar ese papel? ¿Qué necesitamos para fomentar esas organizaciones, para impulsarlas y legitimarlas? Esa pregunta es la que deberían realizarse aquellas propuestas que, como La Ingobernable y otras, quieran convertirse en vectores de construcción de poder popular.

Los escándalos judiciales de los últimos meses están retratando a algo más que al PP. Están retratando las formas de la dictadura económica que nos gobierna. Podemos lo ha llamado trama. Se trata de la élite oligárquica que, más que parasitar las instituciones, las dirige y controla, principalmente porque las diseñó a su medida. Sin mecanismos de participación popular, sin organizaciones fuertes de trabajadoras y trabajadores que funcionen como contrapoder efectivo y no como correa de transmisión vertical, no es posible hablar de democracia. Para ello, es fundamental actuar como pegamento de lo social. Aglutinar y organizar han de ser algo más que palabras. Han de ser hechos para la construcción de un proyecto comunitario de institucionalidad propia que, además, dispute la gestión de instituciones como los servicios públicos. Quienes apostamos por la democracia socialista tenemos por delante el desafío de concretar ese proyecto y echar de una vez a la mafia capitalista que nos gobierna.

El poder popular contra la vía institucional

Hace falta construir también, no solo derribar, porque si únicamente derribamos y no sabemos construir, otras construirán lo que derribemos, y entonces tocará de nuevo derribar, entrando en un ciclo interminable donde los y las perdedoras somos nosotras.

Hemos escuchado muchas veces la asociación del poder popular a un gobierno popular o de izquierdas. No obstante, la definición de poder popular no pasa realmente por ser sinónimo de un gobierno popular¹, sino que sería definido, desde una perspectiva anarquista, como la capacidad material de un pueblo para materializar sus reivinidicaciones revolucionarias a través de su propia autoorganización que permita articularse como fuerza política de clase, independiente y autónoma al margen de las instituciones del Estado. Este poder popular constituiría una oposición efectiva fuera de las instituciones burguesas y una fuerza política capaz de crear sus propias instituciones u órganos que sustituyan a los organismos del Estado. Esto implica no optar por la vía institucional, sino por la superación del orden capitalista a través de potenciar la autoorganización en el seno de la clase trabajadora a todos los niveles (nivel de barrio, territorial, estudiantil, sindical y político), aspirando a implantar un nuevo sistema político, social y económico basado en la cooperación, la toma de decisiones asamblearia, la solidaridad y la propiedad colectiva de los medios de producción.

Antes que nada, nos pondremos en situación con un breve análisis de coyuntura. Desde la aparición de los movimientos sociales al calor de la crisis, pasamos por un período de inflexión donde están surgiendo nuevas formas de movilización social y también el surgimiento de nuevos partidos políticos, tras la entrada del capitalismo en una nueva fase de reestructuración. La coyuntura de los años de bonanza en los países capitalistas estuvo marcada por una paz social casi total, un consenso entre clases tras la derrota de los movimientos revolucionarios de los '60, '70 y '80. No obstante, actualmente vivimos un nuevo resurgimiento de la movilización popular en una coyuntura que se hace imprescindible la inserción social de los y las anarquistas y ser partícipes de los cambios en el escenario político actual. Podemos apuntar un breve repaso en el aumento de las diferencias de clase por un lado, y por otro, se marca cada vez más una relación de colonia-metrópolis dentro de la propia UE, siendo los países centrales como Alemania y Francia los que formarían la metrópolis, mientras que países de la periferia conformarían la periferia colonial, como los PIGS, Rumania y otros.

A partir de aquí, se está configurando una nueva coyuntura política y social, donde por un lado vuelven a salir las tendencias fascistas y la complicidad de la clase dominante con ellos, como se demuestran en el apoyo al gobierno de Kiev por parte de la comunidad europea y su pasividad hacia partidos fascistas como Frente Nacional y Amanecer Dorado. Y por otro lado está la izquierda parlamentaria que se está reorganizando en torno a una socialdemocracia inspirada en movimientos ciudadanistas estilo 15M, tal es el caso de Podemos y similarmente, Syriza. Respecto al terreno social, podemos encontrar, tras la desmovilización del 15M, una nueva reconfiguración en las movilizaciones populares que actúan en diferentes ámbitos, como el de barrio, la vivienda, la salud, la educación... sin que la tendencia sindical de clase sea el eje central. Estos movimientos tienen una composición muy heterogéneos y carecen de una orientación política clara. También, dentro del movimiento libertario están surgiendo nuevas tendencias que tratan de disputarse un espacio en el escenario político. No somos ajenas al cambio que se está dando actualmente, y están surgiendo procesos, iniciativas y formas organizativas que miran hacia la inserción social, la articulación de movimiento y la construcción de una alternativa política en el seno de la clase trabajadora. Sin embargo, todavía al movimiento libertario le falta consolidarse. Estamos en un proceso de reconstrucción y con miras a enterrar los viejos vicios para salir del estancamiento, sabiendo que si no superamos la marginalidad, acabaremos muriendo y sin posibilidad de plantar cara materialmente al neoliberalismo desde una perspectiva anarquista.

Con la irrupción de Podemos en el escenario político y una derecha que está perdiendo la hegemonía en favor del discurso socialdemócrata, y siendo este año en el que se aproximan las elecciones municipales y más tarde las generales, es probable que tengamos que contar con nuevas caras en ayuntamientos y en el gobierno estatal. Nos han pasado por encima numerosos ajustes neoliberales, la más destacada la reforma laboral del 2012, más la LOMCE y ahora con más vueltas de tuerca del Plan Bolonia en el ámbito estudiantil, sin olvidar tampoco el acecho del TTIP que mermará aún más los derechos sociales en favor de los mercados. El neoliberalismo está en continua ofensiva mientras que los movimientos sociales están en una posición a la defensiva, y los pocos actores políticos que se presentan como opositores al modelo neoliberal llevan tintes socialdemócratas, mientras que la izquierda revolucionaria (léase marxistas y anarquistas) brillamos por nuestra ausencia.

Las coyunturas están en constante cambio, es un gravísimo error de análisis afirmar que no ha cambiado nada, lo cual, quiere decir que es un error pensar que con otras caras en las instituciones vaya a seguir todo igual. Aquí hay que diferenciar entre lo estructural y lo coyuntural. Mientras que lo primero es referido a la base material en las relaciones de producción, lo segundo es referido al conjunto articulado de fuerzas políticas y sociales en un determinado espacio y tiempo. En otras palabras, un cambio de gobierno (no la forma del Estado) no ocasionaría un cambio en las relaciones de producción, pero sí provocaría un cambio en la coyuntura, esto es, que ante una posible victoria de un partido socialdemócrata, la correlación de fuerzas cambie en favor de unos sectores sociales, como sería la de la pequeña burguesía y parte del proletariado. Esto supondría un pequeño desplazamiento de las tendencias neoliberales en favor de una tendencia keynesiana, aunque posteriormente ese supuesto gobierno socialdemócrata termine asimilando el discurso neoliberal.

Así pues, medidas decretadas por dicho gobierno como, por ejemplo, una subida del salario mínimo interprofesional, la paralización de los procesos de privatización, moratorias sobre las ejecuciones hipotecarias, derogación de leyes restrictivas, etc, supondrían un respiro para las capas sociales más desfavorecidas entre la clase trabajadora. No obstante, puesto que la sociedad de clases no desaparece sino que la clase capitalista sigue siendo dominante, las medidas no se aplicarían si no hay un poder social que las ponga en vigencia, es decir, si no existe una movilización popular que obligue a la clase capitalista a aplicarlas. Por ejemplo, a una trabajadora se la puede someter con amenazas de despido para que acepte un sueldo por debajo del salario mínimo decretado si ésta no se organiza en su sindicato, o un banco puede igualmente echar a la gente de las casas pese a las moratorias si no hay un Stop Desahucios que los frene. Dentro de la relación instituciones--pueblo, podemos ver con este ejemplo que existen dos fuerzas separadas: por un lado, la del partido de turno en el poder ejecutivo² y por otro, la de los movimientos populares. Las relaciones entre estas fuerzas pueden variar: desde la dependencia absoluta del partido y su funcionamiento como una extensión de éste para captar votos, tener una base de apoyo ideológico y de legitimación de sus medidas, hasta una fuerza independiente con su propio proyecto político. O incluso puede darse el caso de una ausencia casi total de movimientos populares. Los factores que determinan la fuerza real de los movimientos populares son: su grado de presencia en el escenario político y de organización, capacidad para adaptarse a los cambios, su composición interna y la existencia o no de un discurso político, es decir, si está articulado también a nivel político.

Es sabido entre anarquistas que la vía institucional es un engaño, un callejón sin salida que termina en la conciliación de clases y prepara a su vez el terreno para los totalitarismos de corte fascista cuando desmoviliza el movimiento obrero. Hemos estado repitiendo hasta la saciedad esta premisa, así como el discurso de la abstención activa pero, ¿hemos conseguido poner sobre la mesa unas alternativas políticas concretas como hojas de ruta más allá del "organízate y lucha"?. Por eso, no está de más añadir unas cuántas líneas más que vayan más allá de la mera negación. Consideremos que las dinámicas que emanan desde las instituciones nos afectan y que no podemos permanecer pasivas con los cambios que desde allí se dan y ver por dónde podemos avanzar sin entrar en el juego electoral, apostando por el fortalecimiento de los movimientos sociales y la creación de alternativas a través de la lucha cotidiana. La coyuntura legal y la tendencia del poder ejecutivo influyen, de alguna manera aunque sin ser un factor determinante, en la configuración de los movimientos sociales. Por ejemplo, en una situación donde esté reconocida en las leyes la libertad sindical, podría favorecer el surgimiento de sindicatos independientes, cosa que sería más difícil en otra donde dicha libertad esté restringida. Sin embargo, que la libertad sindical esté recogida en las leyes no hace que comiencen a brotar numerosas centrales sindicales ni que la clase trabajadora vaya en masa a organizarse en el sindicato, esto dependerá de otros factores. Puede darse el caso también que en situaciones más represivas surja un grado de organización popular y conflictividad social mayor que en otra donde se reconozcan más derechos y libertades.

La limitación de la vía institucional radica en que no es capaz de cambiar lo estructural, solo puede aspirar a reformar el capitalismo. Por ello, siempre en última instancia, será el grado de presencia de los movimientos populares, su organización y su politización lo que determinaría cómo se configuraría la correlación de fuerzas. Por tanto, un pueblo fuerte sería capaz de avanzar incluso en coyunturas donde la represión sea más fuerte que en las democracias liberales. Así pues, tomando como referencia el ejemplo del párrafo anterior, aunque estuviesen prohibidos los sindicatos al margen de los oficiales ni estuviese legalizado el derecho de reunión, aquel pueblo fuerte, o un movimiento popular fuertemente organizado, seguiría siendo capaz de organizarse y articularse como fuerza política capaz de dirigir una ofensiva contra las clases dominantes desafiando su orden y poner en marcha los programas políticos de carácter popular y revolucionario.

En resumen, hemos de destacar la separación entre lo institucional y el pueblo. Mientras que desde las instituciones se pueden aplicar medidas para aliviar los efectos de la reestructuración capitalista sobre la clase trabajadora, si el pueblo se constituyese como un actor político independiente, puede llegar a desestabilizar el viejo orden capitalista y llevarnos a una situación revolucionaria mediante la agudización de la lucha de clases. El poder popular desde una perspectiva anarquista es una vía alternativa al asalto institucional y a la conquista del poder político, lo cual quiere decir que en lugar de mirar hacia el Estado, concibe la articulación del pueblo como sujeto político, siendo una fuerza independiente y un actor político fuera del marco institucional. Pero independiente no significa marginalidad ni aislamiento, sino llevar discurso propio que no parta de las abstracciones ideológicas, sino del análisis de coyuntura, de la realidad de las luchas sociales, y de los problemas sociales inmediatos, impulsando la movilización social y defendiendo su autonomía frente a los intentos de ciertos partidos a fagocitarlos.

Por suerte, en estos momentos están saliendo propuestas interesantes como alternativas a la vía institucional y que apuesten por el poder popular frente al electoralismo³. Hay vida más allá de la abstención y de las críticas destructivas, y es la estrategia de acumulación de fuerzas. No olvidemos que la batalla se tiene que librar en el terreno social, que necesitamos crear hojas de ruta y un programa político que apunte a aumentar el grado de autoorganización popular con base en la lucha de clases, el feminismo, el antirracismo y el ecologismo. Porque si no planteamos alternativas a la vía institucional, de nuevo nos encontraremos en la impotencia viendo cómo la gente termina por abandonar las calles y poniendo sus esperanzas en el voto. Ahora más que nunca, toca construir y avanzar, o estaremos contemplando por los siglos de los siglos cómo construyen encima de lo que queremos derribar.

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Notas

1- Cabe señalar que desde la concepción marxista del poder popular sí se orienta a la conquista del poder político, no así entre anarquistas que adoptan la estrategia del poder popular. La orientación del poder popular dependerá de qué tendencia política sea la mayoritaria y la que articule el discurso político y las praxis.

2- Aunque cabría señalar una tercera fuerza que sería el brazo armado del Estado: policía y ejército. Estos cuerpos armados no siempre están subyugados al poder ejecutivo, sino que, dependiendo de su composición y de sus mandos, podrían sublevarse contra el gobierno legítimo dando un Golpe de Estado. No obstante, aquí no vamos a tratar este tema en profundidad ya que no es la intención de este artículo.

3- Equilibrismos, Proces Embat y Construir un Pueblo Fuerte.

Movimientos sociales. Algunos apuntes

En estos últimos años hemos visto/leído el término "movimiento social" en todos lados. De repente, como setas tras la lluvia, nos han surgido movimientos sociales por todas partes. Es cierto que en tiempos recientes la participación ciudadana en protestas políticas ha aumentado, así como el número de protestas en sí. También se han creado nuevas redes de activistas y renovado discursos políticos que animan a la participación de una forma u otra. No obstante, el indiscriminado uso del término "movimiento social" ha emborronado el significado sociológico del mismo, convirtiendo a toda protesta política en movimiento y configurando toda participación política como tal.

Habría que empezar reconociendo que una protesta política no es un movimiento social de por sí. Una protesta, en el mejor de los casos, es una técnica dentro del repertorio de técnicas de normal uso de los movimientos sociales occidentales. La protesta por tal o cual bosque en las montañas, o la protesta por tal o cual ley injusta, no son movimientos sociales ni tienen por qué darse desde movimientos sociales. En la historia de eso que llamamos Occidente, el término "movimiento" ha venido a significar "cambio": nos vamos de un punto a otro, no se sabe tal vez a qué punto llegaremos, pero nos ponemos en marcha. Frente a una concepción cíclica o estática de la sociedad, como la que se tenía en la antigüedad, la sociedad industrial empezó a concebir que grupos humanos podían poner en "movimiento" el cambio social, es decir, moverse hacia un punto deseado produciendo asimismo un cambio esperado. Aquí nacen los movimientos sociales "modernos" (relativamente modernos, pues el término también es usado para aquellos movimientos sociales centrados en valores post-materiales que surgen desde la década de 1960). Lo que caracteriza, pues, a un movimiento social son tres características comúnmente aceptadas en la sociología actual. Estas características son: prolongación en el tiempo de sus campañas colectivas, enfocadas a instituciones o autoridades oficiales, sentimiento de pertenencia a un grupo caracterizado por una serie de objetivos concretos e ideas/valores compartidos, y finalmente un repertorio más o menos flexible de prácticas de participación política bien conocidas (desde manifestaciones, pasando por recogidas de firmas, hasta apariciones en los medios de comunicación). La esencia, pues, de un movimiento social es su carácter colectivo y demandante, así como su prolongación en el tiempo con la finalidad de "mover" a la sociedad hacia un destino deseado por el movimiento.

Dicho esto, queda claro que una manifestación puntual no tiene por qué suponer la existencia de un movimiento social. Por ejemplo, profesionales de clase media protestando puntualmente por tal o cual medida del gobierno no significa, automáticamente, que conformen un movimiento social. Dichas personas pueden muy bien defender el sistema socio-económico y las estructuras políticas en su conjunto global, protestando al mismo tiempo contra medidas puntuales y específicas que realmente no modifican el sistema vigente. Pero por el contrario bien podrían conformar un movimiento social si se cumple con lo definido más arriba. Un ejemplo de movimiento social de clase media podría ser el movimiento anti-nuclear en Alemania, el cual sostiene a lo largo de varias décadas una campaña en contra de la energía nuclear, realizando para ello apariciones en los medios de comunicación, recogiendo firmas, organizando marchas, etcétera. A la dimensión temporal se le suma también una dimensión emocional o sentimental de corte personal (que se extiende a lo colectivo). Una persona siente, pues, que es ecologista, "verde", o tal o cual etiqueta, encontrando comodidad en la afinidad de descripciones que se manejan dentro del movimiento social. Otro ejemplo típico de movimiento social es el movimiento sufragista en Inglaterra a principios del siglo pasado.

Ahora, el estudio de movimientos sociales no es tarea fácil por el mero hecho de tener una definición más o menos aceptada universalmente. Los movimientos sociales, aunque siguen usando el repertorio de técnicas de participación/influencia "tradicionales", también pueden incorporar nuevas tácticas a medida que la sociedad cambia (sobre todo en el plano tecnológico, aunque la tecnología a menudo no trae nada nuevo sino que re-define lo ya existente). Por otro lado vemos cambios en lo que se demanda desde los movimientos sociales (ya mencioné el cambio en los sesenta de una cultura de demanda materiales, a una cultura de demanda post-materialista). Pero lo que, tal vez, puede fascinar más es la imbricación histórica de movimientos sociales, los cuales pueden beber unos de otros heredando (y transformando) viejas ideas y tácticas de participación/influencia. Habiendo dicho esto, y teniendo en cuenta las tres características clásicas expuestas más arriba, queda por pensar (con actitud crítica) qué ha sido, o qué ha quedado, de los movimientos sociales clásicos como, por ejemplo, el movimiento obrero. Desde el principio de la historia de estos movimientos sociales ha existido, en la mayoría de casos históricos, un fuerte deseo de influir en las instituciones del Estado (desde las cuales se organiza la vida de la ciudadanía de un estado-nación). Para ello, muchos movimientos sociales optaron por una de dos alternativas: o bien influenciar un partido político ya existente en el juego parlamentario, o crear un partido nuevo (los partidos socialistas europeos son un buen ejemplo de esto). Hoy en día también vemos estas dinámicas, siendo el ejemplo en el Estado español muy claro.

En definitiva, esto viene a ser el resumen escueto de cómo algunas personas entendemos el estudio de los movimientos sociales. Sin duda es un campo de estudio apasionante y que necesita todavía recorrer un largo camino, pues mucho ha cambiado desde la sociedad industrial de antaño (incluyendo, por supuesto, la forma en la que las personas se asocian y demandan cosas). Sin embargo, una faceta en el estudio de los movimientos sociales queda todavía por explorar con seriedad: la deriva institucionalista que observamos hoy en día en lugares como el Estado español. ¿Qué consecuencias a medio/largo plazo tiene la institucionalización de movimientos sociales? ¿Qué resultados reales para los estratos más desfavorecidos de la sociedad tiene la parlamentarización de sus demandas? A fin de cuentas nos topamos, otra vez, con la misma cuestión que el anarquismo siempre ha planteado: el poder del Estado.