Entre votantes y abstencionistas

Desde el arranque de la campaña electoral para las europeas, las calles y las redes se van inundando de propaganda electoral. A la par, la abstención empieza a preocupar tanto a partidos políticos de toda índole como personalidades de izquierdas y votantes. Mientras, a los y las anarquistas nos preocupan más el voto y no los datos de abstención que superan incluso al partido más votado, llevando el discurso de siempre a favor de la abstención activa. No obstante, urge también que repensemos la cuestión electoral más allá de repetir las consignas de siempre cada vez que se acerquen las elecciones. ¿Siempre es mejor no votar y dejar de participar en el juego electoral? ¿En qué circunstancias el voto sería una táctica más acertada? ¿Qué es mejor: un gobierno de derechas o uno de izquierdas? Esta última cuestión será tratada al final del artículo.

Bien es sabido que participar en el juego burgués es como "las herramientas del amo no van a desmontar la casa del amo", en ciertas ocasiones puede llegar a favorecer en parte, aunque simbólicamente, a la clase trabajadora o al menos llevar voces anticapitalistas al parlamento, como es el caso de las CUP catalanas, o en el caso de la CNT pidiendo el voto para el Frente Popular en 1936 para derrocar a la derecha y conseguir la libertad de los y las militantes presas. Debemos recordar que no somos ajenas a las políticas que salgan del parlamento. Nos afectan igual que al resto de mortales.  Sin embargo, ante prácticamente el monopolio de los grandes partidos, solo den a elegir entre neoliberalismo cercano a Margaret Thatcher o neoliberalismo con tintes socialdemócratas, sin que llegue a haber una ruptura radical con el sistema capitalista. Mientras, los partidos pequeños no consiguen casi pisar el parlamento, y más si se tratan de partidos a la izquierda de la socialdemocracia.

Entre votar o no, ronda una cuestión fundamental: la lucha de clases llevada a cabo desde las bases sociales, así como la lucha en el terreno político en las calles. Obviamente, el votar o pedir el voto para partidos minoritarios como Podemos, Izquierda Anticapitalista, Los Pueblos Deciden; e incluso IU, no implica necesariamente que solo se tome esa vía y se olvide de la lucha en las calles, aunque son casos que ocurren, en que ciertas personas solo se centran en la cuestión electoral olvidándose de la lucha en las calles. ¡Hasta hay votantes que, ante la impotencia de no poder cambiar nada, echa la culpa a los y las abstencionistas de que la derecha llegue al poder! ¿Quién es el enemigo? ¿El y la abstencionista o la injusta ley electoral y el capitalismo? Cada cual que saque conclusiones, pero las respuestas son claras: el orden burgués y el sistema capitalista. Por otro lado, la abstención de por sí no resulta nada concreto. Puede ser por pasividad, por desconfianza en las instituciones políticas, por negación a participar en el circo electoral, por no tener simpatías hacia ningún partido o porque, en el caso de los y las anarquistas, pensamos que la lucha no se puede delegar en ningún partido político, sino que se realiza en las calles a través de la organización popular y que la lucha política emane del pueblo. Es por ello que reivindicamos una abstención activa, que ponga énfasis en la autoorganización y no en el voto, en el empoderamiento (capacitación) del pueblo y no en las soluciones desde arriba. También, unos índices altos de abstención podrían significar la deslegitimación de las instituciones burguesas.

A quienes arremeten contra quienes optamos por la abstención, conviene recordarles que el derecho a la libre asociación se conquistó asociándonos; el derecho a la huelga, haciendo huelgas; así como la libertad de prensa, la jornada de 8h, los domingos festivos... ¡Incluso el mismo voto femenino! se consiguieron luchando y no votando, y que en el curso de esas luchas, derramaron mucha sangre obrera. Es en la clase trabajadora donde reside el poder y que solo se hará efectivo si se organiza y lucha contra el sistema capitalista desde las bases. Conviene recordar la frase de Voltairine de Cleyre la cual dice "los trabajadores tienen que aprender que su poder no está en la fuerza de su voto, sino en su capacidad de parar la producción".

¿Es entonces compatible el voto y la lucha en la calle? Si existe un peso mucho mayor en las bases sociales y es a través de esas bases donde se impulsan proyectos políticos, las acciones y las decisiones, siempre que la fuerza real resida en esas bases, podríamos decir que sí, como se da en el caso de la FeL Chile. De lo contrario, si no existe esa base social desde donde se articulan los movimientos sociales, es completamente inútil el voto. A partir de esta respuesta, elaboramos la contestación a la pregunta hecha en la introducción. Si bien diríamos que nos importará bien poco que gobierne la derecha o la izquierda, pues ambas posturas siguen manteniendo el sistema capitalista, nos sería más favorable un gobierno de izquierdas que uno liberal-conservador, ya que nos permitiría una mayor libertad a la hora de organizarnos y luchar que si estuviese un gobierno de derechas, que nos dificultaría más poniendo trabas legales a las organizaciones y las acciones. Por contra, un gobierno de izquierdas juega un papel apaciguador y de conciliación de clases en favor de la clase dominante, lo que se traduce en la neutralización de la lucha de clases y en la desmovilización del movimiento obrero dejándolo sin capacidad de respuesta ante las ofensivas neoliberales y/o fascistas, como ocurrió con la República de Weimar, que ante la reacción nazi, no pudieron pararles los pies.

A modo de conclusión. No obligamos a nadie a abstenerse, pero tampoco vamos a tolerar que nos obliguen a votar. Que la lucha social y de clase se gana en las calles, en los tajos, en los institutos y en las universidades y en todas partes donde el sistema capitalista pretenda abrir mercados. Pero quien quiera votar un partido minoritario o votar nulo, que sea libre de hacerlo, sin olvidar, claro está, que la lucha de clases no la ganaremos en las urnas.

Espacios de disputa

Ante una coyuntura de conflictividad social que involucre a diversas fuerzas políticas en pugna por ser la fuerza hegemónica, ¿qué papel tenemos como anarquistas? ¿En qué bando nos posicionamos y con quiénes trabajaremos? Preguntas así por el estilo nos llevan a la necesidad de espacios físicos en el cual llevar a la praxis nuestras aspiraciones a una sociedad libre. No basta con soñar modelos ideales de sociedad, pues no llegará inevitablemente con el paso del tiempo, sino que la posibilidad de su realización depende de la lucha que desarrollemos actualmente. No vivimos en universos paralelos, ni en mundos diferentes. Vivimos en una sola realidad material que compartimos con el resto de la clase obrera, que sufrimos la explotación capitalista y por tanto, las luchas populares en diversos ámbitos como la vivienda, la Educación, lo laboral, etc no nos son ajenas.

Es hora de aparcar la idea del "apaga y vámonos" solo porque dentro de un determinado espacio de lucha, los movimientos existentes no concuerde con nuestro corpus teórico y práctico. La coherencia se vuelve un lastre en tanto que obstaculiza el desarrollo de una orientación libertaria en dichos espacios y la inserción de los anarquistas en las luchas sociales. Requerimos de espacios de acción política, darles un contenido libertario ante su acaparamiento tanto por parte de la izquierda institucional como de los mercados. Dicho esto, vamos a repensar las tesis que algunos sostienen de actuar al margen de los movimientos sociales y populares en pos de avanzar hacia la idea de la inserción social y de crear espacios de disputa, de ganarnos un hueco en ella y no de abandonarlos. He aquí unos ejemplos que explicaré brevemente:

-El espacio educativo y la Universidad. Como es bien sabido, el actual sistema educativo no deja de ser un espacio de reproducción de la ideología dominante y que por ello, entre algunos colectivos, se opten por crear una educación alternativa al margen de éste. Sin embargo, estos proyectos educativos alternativos, pese a ser interesantes y demostrar que existe otro modelo educativo no basado en la competencia y la autoridad, bajo el sistema capitalista quedan como centros educativos privados y aislados de la conflictividad del mundo estudiantil. Si pretendemos un modelo educativo al servicio de la clase obrera y de carácter libertario, no podemos dejar un vacío político en los centros de enseñanza estatales, ni mucho menos apartarnos del movimiento estudiantil, de cuya estructura y orientación dependerá de las diversas fuerzas políticas que lo impulse. Ante el panorama actual de la ofensiva neoliberal sobre la Universidad, debemos responder que tenemos la necesidad inmediata de frenar su avance, pero a la vez, crear alternativas políticas y sociales encaminadas a la socialización del espacio universitario y de todo el ámbito educativo.

-Lo anterior nos lleva inevitablemente a conectar con el movimiento obrero y el sindicalismo, pues, además de que la mayoría de estudiantes se incorporarán en el mundo laboral, existe una clara contradicción en la existencia de una educación antiautoritaria en una sociedad capitalista. Desde el anarcosindicalismo, debe articularse un movimiento obrero que tenga fuerzas para hacer frente a las agresiones de la patronal y conseguir victorias en el terreno inmediato desde la autoorganización y la acción directa, y a la vez, que la clase obrera mediante el anarcosindicalismo y en el curso de las luchas, se prepare para la futura autogestión de los medios de producción en una futura sociedad anarquista. Las experiencias de las empresas autogestionadas en el capitalismo nos demuestran que la autogestión obrera es posible, como lo fue durante las colectivizaciones de gran parte de la industria catalana y del campo aragonés. Sin embargo, competir en el mercado capitalista como una empresa más, éstas acabarían siendo asimiladas por el sistema. Es por ello que vemos la necesidad de extender la lucha de clases.

-El problema de la vivienda y la okupación. No solo no vivimos del cuento, sino que al estar en dentro del sistema capitalista, también tenemos la necesidad de un techo. Y no todo el mundo puede marcharse a vivir al campo. Hoy más que nunca, el derecho a una vivienda digna se está convirtiendo -de hecho creo que ya lo está- en papel mojado, convirtiéndose éste en un privilegio y un negocio lucrativo para las inmobiliarias y la banca. Si bien la okupación es una respuesta directa contra el problema de la especulación, es necesario que conecte con las luchas por la vivienda y contra la especulación inmobiliaria.

-El fútbol de tradición obrera. El deporte de élite en que se ha convertido actualmente el fútbol ha hecho que en los estadios prácticamente no existieran mensajes reivindicativos y de carácter anticapitalista, convirtiéndose en un espectáculo de masas y vehículo transmisor de la ideología dominante. Sin embargo, el fútbol constituye un elemento aglutinador que puede generar en torno a ello un fuerte sentimiento colectivo, base esencial para la creación de cualquier movimiento revolucionario. El ejemplo de Bukaneros es una muestra de ello, de cómo los mensajes como la exigencia de la libertad de los y las detenidas del 22M aparecen en los estadios, cosa que sería imposible transmitir un mensaje así de no ser por esa hinchada. O de cómo otros casos como el St. Pauli y aficionados del FC Manchester United crearon su propio equipo de gestión democrática. Antes de que los clubes de fútbol pasasen a ser Sociedades Anónimas Deportivas, eran clubes con cierta democracia interna y financiada por socios, en los cuales tenían cierto poder de decisión sobre el club. Hoy en día, ese modelo quedó apartado de la LFP, que no así de otros clubes de categorías inferiores. Aquí los y las anarquistas debemos recuperar el fútbol como deporte de tradición obrera, pese a que se nos presente muy difícil; pero al fin y al cabo, de transformar un espacio de transmisión de la ideología dominante en espacios que aglutine las organizaciones populares.

-Las luchas de liberación nacional. No es posible concebir un internacionalismo homogéneo, con un marcado carácter eurocentrista. En cada territorio existe un componente sociocultural que caracteriza los numerosos pueblos del mundo. Así, el internacionalismo obrero debe construirse reconociendo esas particularidades socioculturales. Tanto el EZLN como el pueblo kurdo, o los pueblos indígenas latinoamericanos, llevan ese sentimiento de pertenencia a una comunidad, un territorio, una lengua, una historia y unas costumbres comunes que los une y que les impulsa a luchar contra imperialismo. En España, los pueblos catalán, andaluz, vasco, etc también llevan ese componente que no debemos dejar de lado, sino que debemos construir una alternativa libertaria en contra del concepto de nación Estado, haciendo hincapié en el pueblo trabajador.

Todos estos espacios nombrados responden a la necesidad de crear frentes de masas que conecten las reivindicaciones políticas del anarquismo con la lucha de clases y los movimientos populares, en pos de la construcción del socialismo libertario, que nos permitan mejorar las condiciones de vida en la sociedad capitalista, fortalecer las organizaciones populares y la creación de programas políticos de carácter libertario que nos permitan superar el capitalismo. No dejemos los espacios políticos vacíos, disputémonos, tanto a la izquierda institucional como al capital y la reacción fascista, un hueco entre ellos y desplacémosles.

La posibilidad del anarquismo en el contexto actual

Probablemente nos hayamos preguntado alguna vez si es posible materializar una sociedad anarquista a una mayor escala en el actual contexto o en un futuro cercano. Si bien existen ya comunidades que tienen un funcionamiento cercanas al anarquismo y al socialismo libertario en diversas zonas del mundo, nos planteamos aquí si sería posible realizar una sociedad anarquista en lo que llamamos «Occidente». A nivel general, en los países con un capitalismo más avanzado, el anarquismo se ve realizado a muy pequeña escala en okupas, en algunas fábricas recuperadas o en ciertas zonas rurales pero, ¿existe una posibilidad no muy remota de aplicar el socialismo libertario a gran escala? Probabilidades hay. No obstante, conforme vayamos analizando la complejidad del contexto actual, las probabilidades de materializar una sociedad libertaria en un plazo no muy largo tienden cada vez más a cero. Para comprender el por qué de las probabilidades casi nulas de realizar el anarquismo en un futuro cercano, nos situaremos en el panorama actual y conoceremos así la posición de los anarquistas en el espacio político presente.

Tras la caída del muro de Berlín y el colapso de la URSS, el neoliberalismo se impuso como el sistema dominante prácticamente a escala global debido principalmente a la carencia de una resistencia obrera organizada como aquella de principios del siglo XX. La conciencia de clases hoy en día se ha perdido casi por completo entre la clase trabajadora actual en «Occidente» y en su lugar se introdujo en el imaginario popular el individualismo pequeñoburgués, el éxito personal, la ilusión de la clase media y la ideología del emprendimiento. Sin embargo, a la llegada de la crisis para la clase trabajadora, ha habido cierto repunte de una conciencia crítica en la sociedad así como el crecimiento de la movilización social y una tendencia hacia la polarización que se traduce en: por un lado, la ultraderecha y sus discursos nacionalistas comienzan a calar cada vez más entre parte de los sectores populares y la pequeñaburguesía, como se observa en Francia, Grecia y Ucrania principalmente; y por otro, las izquierdas más allá de la socialdemocracia parece también ir ganando terreno entre la clase obrera, aunque muy tímidamente. Nuestra posición estaría dentro de la izquierda radical y revolucionaria, teniendo también dentro de esta misma izquierda a ciertas tendencias marxistas.

Los anarquistas estamos ante un panorama en el cual encontramos una mayoría social despolitizada o con poca formación política, un despertar de la conciencia política entre los sectores populares, lo que ocasionó una creciente movilización social; una izquierda revolucionaria muy dividida, incluso entre los círculos libertarios; y un movimiento obrero casi desarticulado, y de lo que queda, en su mayoría domesticado por los sindicatos amarillos, aunque el desprestigio de tales sindicatos favoreció en parte el crecimiento del sindicalismo de clase y combativo. Al frente, me refiero aquí a las fuerzas del Capital, nos encontramos ante dos tendencias: una conservadora caracterizada por el auge de la extrema derecha que cuenta con el apoyo del neoliberalismo y los sectores conservadores de la burguesía, que ante el aumento movilización social, necesitan reforzar sus aparatos represivos a través del Estado para mantener sus privilegios de clase. Esto sucede a la vez que el sector público sufre un progresivo desmantelamiento en favor del capital privado, al igual que la destrucción de los derechos sociales en favor de los intereses del capital. Y otra progresista caracterizada por el reformismo socialdemócrata tendiente al pacto social, la conciliación de clases y la vuelta del Estado del bienestar de los años de bonanza. Cuentan con el apoyo de la pequeña burguesía progresista que en base a las teorías keynesianas, pretenden reforzar el papel del Estado en el control sobre los mercados, así como el desarrollo de políticas que favorezcan a las pequeñas y medianas empresas.

Sabemos que para derrocar el orden capitalista es necesario una revolución, pero no somos la única fuerza política dentro del espectro socialista revolucionario, ni tampoco nos encontramos con una situación revolucionaria a la vuelta de la esquina. En el terreno de la lucha social, tenemos que contar con la existencia de movimientos sociales sin una línea política claramente definida pero con un discurso crítico contra el neoliberalismo, aunque no necesariamente revolucionario, y un funcionamiento articulado desde estructuras horizontales. En dichos movimientos sociales encontramos diversas fuerzas políticas que se disputan el espacio en ellos, que van desde la izquierda parlamentaria y extraparlamentaria, pasando por marxistas-leninistas hasta marxistas heterodoxos y anarquistas. Aquí la presencia anarquista en las luchas sociales -entre ellas la lucha de clases- es esencial para evitar que otras fuerzas políticas sean las que marquen la agenda a los movimientos sociales, pero sin descartar la posible colaboración en reivindicaciones inmediatas comunes sin caer en el apoyo político a ellas. El contenido político de una posible revolución dependerá pues de qué fuerza política sea la hegemónica. Pese a todo, aún queda lejos esa situación revolucionaria, y aún más la realización de una sociedad anarquista.

Y he aquí la pregunta del millón: ¿entonces por qué seguimos siendo anarquistas y seguimos luchando contra el capitalismo y el Estado si esta generación (la de los años '90 y anteriores) lo más probable es que no vivamos una posible situación revolucionaria, y me temo que mucho menos la realización del socialismo libertario en «Occidente»? La historia de los pueblos y, en particular, la historia del anarquismo nos demuestra que, pese a los errores que se cometieron en el pasado, la anarquía funciona y fue posible. Aunque en la actual coyuntura de «Occidente» estemos muy lejos de alcanzarla y sea muy difícil realizarla a una escala mayor, siguen siendo efectivas las herramientas de lucha que a día de hoy se pueden aplicar en la praxis como son las estructuras organizativas horizontales, el asamblearismo, la autogestión y la acción directa colectiva, y los principios de la cooperación, la solidaridad y la ayuda mutua. Si aspiramos a una revolución social de carácter libertario, nos toca en el ahora, además de organizarnos los anarquistas, participar en los movimientos sociales poniendo a disposición de todos y todas aquellas que quieran un cambio real nuestras herramientas de lucha y demostrar que la organización popular, de clase y la acción directa colectiva es más efectiva que la vía institucional, tanto para frenar los ataques del neoliberalismo como para avanzar hacia la construcción de una sociedad libertaria.

Sin embargo, aunque no la consiguiéramos ver, la lucha de hoy servirá para defender las conquistas de generaciones pasadas y evitar ser aplastadas por la barbarie neoliberal, sin olvidar, claro está, la articulación de una fuerza política revolucionaria y de carácter libertario.

Vía institucional, falsas ilusiones y organización popular

Eduardo Pérez

 “A los jóvenes del 15-M: fundad un partido y nosotros os lo financiaremos para que seáis como el resto” (El Roto)

De un tiempo a esta parte, se vienen repitiendo en algunos ámbitos de los movimientos sociales de izquierda análisis que propugnan, de una forma u otra, dar el salto hacia la política institucional. Por otro lado, la socialdemocracia clásica (IU y sus variantes) redobla su discurso, ya conocido, de intentar cooptar a estos movimientos sociales. Mientras que los intentos de IU, presa del recelo que despierta su papel histórico y su estructura interna, por el momento no han tenido mucho éxito, Catalunya ha sido el espacio de experimentación del autodenominado “caballo de Troya” en las instituciones del régimen. Características específicas de Catalunya, como el auge autodeterminista y la “necesidad de posicionarse en un momento histórico”, así como la habilidad por parte del independentismo de izquierda para abrirse a sectores de los movimientos sociales de los que ya formaba parte, con una práctica más horizontal que la acostumbrada por las verticales estructuras partidistas, ha favorecido que el “salto” se haya producido allí antes que en otro territorio.

Es probable que entre los activistas que defienden la participación institucional podamos encontrar personas ávidas de poder, fama o simplemente un sueldo digno, cuestiones que el ingrato activismo de base desde luego no garantiza. Sin embargo, para entender este cambio de discurso en unos movimientos sociales que tradicionalmente rechazaban o al menos ignoraban la participación en los órganos políticos del régimen, no basta con reduccionismos simplistas sino que hay que referirse a la situación política que se vive en el Estado español.

En primer lugar, ésta se caracteriza por una clase política, capitaneada por el bipartidista PPSOE, muy deslegitimada por su papel de gestora del huracán neoliberal en que nos ha sumido la dinámica del capitalismo global. No parece probable que a corto plazo éstos puedan ser sustituidos por partidos satélites como IU y UPyD, que por diversas circunstancias están lejos de alcanzar a sus hermanos mayores y desde luego no prometen nada especialmente diferente. La clase política o partitocracia nunca ha sido muy popular, manteniéndose sin problemas debido a la falta de alternativas y el sentimiento del “mal menor” en uno u otro sentido del espectro ideológico, pero ahora vive una de sus horas más bajas.

En segundo lugar, el proceso de movilización, tanto del 15-M como en sus repeticiones más o menos periódicas, como en la resistencia a las políticas neoliberales de saqueo generalizado impuestas primero por José Luis Rodríguez Zapatero y después por Mariano Rajoy, ha logrado escasas victorias.

Considerando ambas circunstancias, el razonamiento para entrar en las instituciones políticas del régimen puede argumentar fácilmente dos cuestiones. Primero, “si no nos representan, busquemos una nueva representación”. Segundo, “si no nos hacen caso en la calle, intentémoslo en las instituciones”.

“Una nueva representación”

Siempre quedó la duda de a qué se referían los millones de personas que en mayo-junio de 2011 gritaban “No nos representan”. ¿Quién no nos representa? Si son los políticos actuales, se pueden buscar otros que actúen de otra manera. Si es el sistema político

como tal, no hacemos nada ahí dentro. Quienes abogan por la participación institucional parecen inclinarse por la primera respuesta y, según versiones, proponen una entrada en las instituciones pero teniendo en cuenta consideraciones como la necesidad de una base asamblearia y participativa, con representantes obligados a respetar las decisiones desde abajo, etc.

El problema con este argumento es que considera al Estado como un órgano neutro, el cual puede virar hacia un lado u otro teniendo en cuenta la voluntad de quien ocupa sus cargos. Es un razonamiento sin base histórica y completamente utópico, que se olvida de que todas las formaciones que han intentado hacerse con el Estado han mutado de forma más o menos rápida, independientemente de su radicalidad inicial, y se han convertido en engranajes del Estado capitalista, llamado así precisamente porque sirve a quien sirve. Quizá deberíamos repasar la historia de movimientos sociales mucho más potentes y radicales que los nuestros que, tras la oleada de contestación de los ’60 y ’70 en distintos países, decidieron convertirse en “caballos de Troya”. Resultó que el caballo de Troya se lo habían metido a ellos. Lo mismo podemos decir de la socialdemocracia original: el PSOE, por extraño que parezca, no ha sido siempre este engendro capitalista, sino que en sus inicios tenía como objetivo conseguir una sociedad gestionada por los trabajadores. Pero buscaba hacerlo a través de las instituciones, y así ha acabado.

Además, es idealista (en el peor sentido de la palabra) pensar que el funcionamiento de unos cargos públicos puede someterse a los designios democráticos. Precisamente todo el entramado institucional español está diseñado para que funcione de forma antidemocrática, y los cargos públicos son absolutamente independientes de quienes les han colocado ahí con sus votos o con su trabajo de base. No son movimiento, son partitocracia. El Estado no es un centro social ni una asamblea en la Puerta del Sol, y no entiende ni de democracia, ni de participación ni de horizontalidad. La deformación total o parcial de la forma de funcionamiento que se defiende como justa es un riesgo que por lo menos deberían valorar quienes apuesten por la vía institucional.

“No nos hacen caso”

El segundo argumento es más comprensible. En efecto, el ciclo de movilizaciones 2011-2013 ha sido bastante potente en comparación con el período anterior. Los resultados de la movilización, del cansancio, los porrazos y las multas no son precisamente maravillosos. De hecho, cada vez estamos peor. Así que, ¿por qué no intentar entrar en las instituciones?

Responderé primero a la pregunta antes de adentrarme en nuestra falta de efectividad. Insistimos de nuevo en la memoria histórica, que no consiste sólo en saber a cuánta gente mató Franco sino en analizar el pasado para no repetir lo que no funciona. El mayor número de diputados y cargos públicos procedentes de los “movimientos sociales”, léase sindicatos, movimiento estudiantil y asociaciones vecinales de la época, se dio a principios de los ’80. Ésa fue precisamente la época conocida como “desencanto”, donde no sólo no se dio ningún auge en la conquista de derechos sino que se iniciaron los grandes vicios que hemos padecido durante 30 años: un sindicalismo burocratizado que más bien parece un ministerio y unas asociaciones vecinales esclerotizadas en su inmensa mayoría. Algo parecido ocurrió con otros movimientos populares de los ’60-‘70 como parte del ecologismo revolucionario alemán o, en Estados Unidos, con el Partido Panteras Negras. Este último caso fue especialmente curioso. Tras varios años despreciando la pugna electoral y estando en la punta de lanza

del movimiento revolucionario estadounidense, cayó bajo la represión. Después de ello, con el partido destrozado y derrotado, alcanzó sus mejores resultados electorales.

En cuanto a la falta de efectividad, primero hay que señalar que ésta no es absoluta. Las grandes mareas contra la privatización han conseguido en ocasiones frenar algunas medidas del saqueo. En el ámbito laboral, se han conseguido varias victorias defensivas en los últimos meses, tanto en sectores como la limpieza urbana como en otros como la informática. Mención aparte merecen la Plataforma de Afectados por la Hipoteca y los grupos Stop Desahucios del 15M, que han conseguido situar en todas las portadas el derecho a la vivienda y sus reivindicaciones, además de dar soluciones prácticas a miles de familias.

Ahora bien, hay que reconocer que, en general, vamos perdiendo. Y de goleada. Pero ¿de verdad podíamos esperar otra cosa tras décadas de dependencia de una izquierda institucional que en realidad es derecha o es inoperativa? ¿con unos sindicatos mayoritarios que no se merecen ese nombre y asociaciones profesionales corporativas que siguen siendo demasiado necesarios para que echen a andar formas relativamente novedosas como las mareas? ¿con una izquierda radical en buena parte dedicada, durante años, a buscar conflictos en su interior y empeñada en organizar cinefórums o manifestaciones en solidaridad con el país más recóndito del planeta, sin hacer el menor caso a la guerra de clases desde arriba que estábamos viviendo? Lo extraño es que no estemos peor.

¿Qué hacemos entonces?

La solución no está en la vía institucional. Como dice Carlos Taibo, “pretender que desde esa atalaya, o desde alguna parecida, podemos salir de esto me parece más ingenuo y trabajoso que la apuesta por la vía autogestionaria. Es, más allá de ello, una garantía sólida de que acabaremos absorbidos por lo que queremos contestar”. La solución está en crear, con las bases de las que disponemos, un movimiento popular potente que esté en posición de agrupar a las víctimas del sistema tanto en el terreno de la producción como en el del consumo. Tenemos sindicatos combativos que avanzan poco a poco y han mejorado sus relaciones. Tenemos cooperativas, redes de consumo y financiación solidarios. Tenemos las PAHs y un 15M proletarizado en base a la lucha por la vivienda. Tenemos organizaciones como Juventud Sin Futuro que están entrando en la arena de la lucha contra la precariedad.

El reto es mejorar y unificar esas redes económicas de cooperación y autodefensa. Buscar un programa de avance que, con las tácticas adecuadas, nos permita defendernos de forma efectiva y acumular fuerzas. Consensuar el tipo de sociedad en el que queremos vivir, la democracia real en la que disfrutemos de propiedad común, igualdad y libertad organizada de abajo hacia arriba.