[Reseña] Shame

Hasta 2008, Steve McQueen era el nombre de un mítico actor estadounidense ya fallecido (1930-1980). Ese año, de la mano de un guionista y director afrobritánico también llamado Steve McQueen, apareció Hunger, basada en los llamados troubles de Irlanda del norte y, concretamente, en Bobby Sands (1954-1981) y el conjunto de presos políticos republicanos, sus condiciones de encarcelamiento en aquel 1981 y su lucha contra estas.

No contento con eso, en 2011 este otro Steve McQueen nos trajo, también como guionista y director, una mirada a la masculinidad en nuestro tiempo: Shame ("Vergüenza").
Entre quienes intentamos deconstruir la masculinidad, nos gusta caricaturizar al macho típico como un hombre zafio, con sobrepeso o enclenque, sospechoso de ser autocomplaciente hasta la dejadez. Afortunadamente, Shame nos da un protagonista, Brandon, encarnado por Michael Fassbender: guapo, apolíneo, joven pero no demasiado, con un aire sofisticado y de cierto éxito. Tanto sus compañeros de empresa como su familia podrían hablarnos de ese éxito y esa imagen. También podrían decirnos que no saben bien qué hace fuera del trabajo ni qué le preocupa o qué podría hacerle feliz. Su hermana podría decirnos que Brandon no le coge el teléfono, así que, casi sin comunicación, la trama empieza cuando ella se le planta un día en casa. Ahí está el quid de la cuestión: ¿cómo se puede ser, a la vez, liberados sexuales y castrados emocionales? ¿Se puede vivir buscando la sexualidad y evitando la intimidad? ¿Cómo dar al placer su justa medida y evitar que se convierta en una evasión de aquello que nos da miedo, aunque sea porque lo desconocemos: el futuro, nuestras decisiones, nuestra autoconstrucción, ... ?

Unos años antes, American Psycho nos daba otro hombre de aparente éxito y, a través de él, nos hablaba del deseo de omnipotencia y de la cultura de las apariencias y el postureo. Con Shame, Steve McQueen nos trae un protagonista  más normal que Patrick Bateman para hablar de algo más cotidiano. El abordaje de la sexualidad como mera búsqueda del placer de uno, en un mundo de posibilidades cuando se trata de cosificar al otro y, especialmente, a la otra.

De aquel porno, estos lodos; y viceversa

Este artículo se aparece también en El Desperttador y se muestra aquí por decisión del propio autor.

En textos anteriores he querido llamar la atención sobre algunas de aquellas dinámicas sociales cotidianas y asumidas como banales que conforman el ideario o el sentido común patriarcal y que da luego lugar a prácticas de opresión por parte de los hombres hacia las mujeres. En esta ocasión quiero continuar con esta línea poniendo el foco sobre un elemento básico de la socialización sexual como es el porno. Este, que provoca habitualmente risas, expresiones de incredulidad o sonrojo, es un recurso utilizado diariamente, sin embargo, por miles de personas, especialmente hombres, como forma de encontrar un espacio de diversión, relajación, o simple pasatiempo sexual, según gustos y necesidades. De esto, cabe preguntarnos algunas cosas como, ¿por qué son mayoritariamente hombres quienes consumen porno? ¿De qué manera el porno construye o ayuda a construir las formas de relaciones sexuales más habituales? ¿Es el porno neutro?

Teniendo unos 15 años, aproximadamente, mi madre me regañó porque al mirar en el historial del ordenador había visto que yo había estado viendo porno. Recuerdo que me dijo que aquello no era para mí. No es por llevar la contraria a mi madre más de lo normal, pero creo que en esto se equivocaba. Aquello estaba ahí precisamente para mí. Era para mí porque yo era un proyecto de hombre comenzando a preguntarme cosas sobre el sexo, sintiendo la creciente hormonización y, más importante, entrando ya en rituales y prácticas de socialización de la masculinidad asumidas generalmente y que se van aplicando sobre cada hombre. Sin duda, una de las partes más importantes de la masculinidad imperante es la relación del hombre con el sexo. Es aquí donde el porno constituye la verdadera escuela de los jóvenes.

Todo estaría bien con esto si el tipo de porno que se produce mayoritariamente no crease una imagen problemática de lo que es la práctica del sexo. En este porno es siempre el hombre el que dirige, el que dispone del control para decidir qué se hace primero y qué se hace después, para introducir su pene allí donde le plazca y en el momento que quiera. Pese a ello, todas las miradas se dirigen hacia la mujer. Es el único objeto de deseo presente. Toda la escena se configura siguiendo parámetros masculinos, alejando de esta manera a las mujeres de algo que podría ser perfectamente objeto de diversión y placer, y dando a entender que somos solo los hombres quienes tenemos realmente derecho a sentirnos satisfechos con nuestras relaciones sexuales. Se desplaza a las mujeres a un espacio de cierta cosificación. Están ahí para que podamos follar como es debido. Evidentemente, nos gusta e incluso el sexo será más placentero si se observa un disfrute mutuo (de hecho ahí tenemos toda una retahíla de falsos gemidos y sonrisas), pero tampoco pasa nada si ella no acaba de sentirse a gusto. “Es natural en las mujeres, se quejan por todo.”

Esto que aquí describo en un tono que pudiera parecer de exageración, quizá no lo sea tanto si hacemos cuentas de nuestras experiencias sexuales pasadas, de nuestra forma de ver porno o si observamos las formas de referirse al sexo de la gran mayoría de hombres. Más que situaciones concretas, pretendo señalar una forma de entender el sexo y, a través de él, nuestra relación con las mujeres.

En tanto que representación cultural, el porno no puede ser neutro, como no lo es la televisión o la literatura. Bebe de la cultura en la que se ubica y a la vez es un mecanismo de reproducción de la misma, ya que repite los mismos patrones patriarcales que he señalado líneas arriba. De la misma manera que he comentado en algún texto anterior, esta reproducción no se realiza por medio de grandes gestos o formas muy visibles, sino que simplemente están ahí y determinan el espectro de lo posible, de lo que hay y no puede haber otra cosa.

¿No puede haber entonces otro porno diferente, emancipador, que no reproduzca cánones patriarcales, que enseñe una forma distinta de vivir la sexualidad? Quiero pensar que sí. Entiendo que, al igual que podemos imaginar formas más justas de organización social, debería sernos posible imaginar y llevar a la práctica formas más justas para con las mujeres de pornografía. De hecho, el potencial que podría tener un porno con contenido feminista de manera generalizada sería increíble. Estoy hablando de disputar un espacio de reproducción social de las formas dominantes para hacer brotar nuevas expectativas. No sabría decir si esto es realmente posible, pero probablemente valiera la pena intentarlo.

El objetivo de este texto no es, desde luego, hacer un análisis de la pornografía en 2 páginas, primero por la poca seriedad que tendría, y segundo, porque hay otras personas en mejor disposición para hacer un trabajo mucho más sólido. Lo que yo pretendo con este artículo es interpelar al resto de los hombres, potenciales consumidores de pornografía, para tratar de reconocer estos mecanismos de reproducción del patriarcado inscritos en buena parte de aquello que consumimos diariamente y evitar que perpetuemos esta dinámica de opresión. No se trata de no ver porno. Para nada. Mi intención está muy lejos de señalar el porno como algo a evitar, bien por indigno o inmoral, bien porque el que existe actualmente no nos vale. La clave está en dotarnos de las herramientas para anular los mecanismos de la dominación y explotar nuestra sexualidad en todo su potencial.

¿Cómo encontrar o construir estas herramientas? Desde luego no manteniendo las mismas actitudes inmovilistas que priman por lo general entre los hombres, sino que es necesario asumir una postura de disposición al aprendizaje de todo aquello que tiene que enseñarnos el feminismo. El terreno que pisamos no está inexplorado. Nuestras compañeras llevan ya cientos de años peleando y creando nuevas formas de entender nuestra cotidianidad y las relaciones de poder, por lo que lo primero debería ser aprender de todo ello y tratar de acompañar a partir de ahí. En este texto no se van a dar las herramientas necesarias para construir o visionar un porno no patriarcal, porque yo mismo no las tengo, pero sí que parece claro que el camino pasa por interesarnos humildemente por el feminismo, siendo conscientes de nuestra posición y nuestro papel. Animar a iniciar ese camino sí es la tarea de este texto.

Un ejemplo de una experiencia en este “otro porno” podría ser http://girlswholikeporno.com/

Con lo tranquilitos que estamos

Este artículo aparece también en El Desperttador y se reproduce en esta web por decisión del autor.

A menudo tendemos a pensar que el machismo es un obstáculo insalvable, que de algún modo esto es así y así seguirá siendo. En este artículo quiero señalar, mediante el uso de ejemplos de situaciones cotidianas y bien conocidas por todos, determinadas prácticas sociales que redundan en un refuerzo de comportamientos machistas.

Este tipo de comportamientos no surgen de la nada ni se generan de una forma “natural”. De ninguna manera estamos los hombres determinados a tratar a las mujeres como si estuviesen en el mundo para satisfacer nuestras necesidades y deseos, ni tampoco hay ningún gen que nos obligue a pensar que tenemos derecho a decidir sobre lo que hacen o dejan de hacer. Todos estos comportamientos tienen su base en la creación de un sentido común asentado en la dominación de los hombres sobre las mujeres.Este, como la ideología, impregna todas nuestras acciones y nuestra forma de ver, sentir y estar en el mundo.

Como he señalado en ocasiones anteriores, este sistema de dominación tiene unos claros beneficiarios, que somos los hombres en conjunto, pues nos dota de una serie de privilegios que irían desde el no ser violados por grupos de mujeres de noche en un callejón oscuro hasta el que sistemáticamente se preste más atención a nuestras declaraciones, por insignificantes que sean, que a las de las mujeres. No obstante, aquí se encontraría la brecha sobre la que nos hombres podemos incidir y actuar en favor del feminismo y de la liberación de las mujeres. Se trataría de tomar acciones cotidianas que reproducen socialmente esta dominación y trabajar para “desnaturalizarlas”, para minar ese sentido común de manera que vayamos despejando parte del camino que nos queda por recorrer.

Por situarlo en lo concreto, pongamos el ejemplo de una típica conversación entre hombres que repasan una noche de fiesta. El escenario perfecto en el que se muestra, entre risas y palmadas en la espalda, un refuerzo de actitudes machistas de lo más habitual. Un amigo cuenta cómo llegó al bar con intención de follarse a una chica que ya tenía en mente, para lo que se pasó toda la noche emborrachándola hasta que finalmente, ella, con la voluntad anulada por el alcohol, no se resiste a sus manoseos y acaba con él en el baño o en la cama. O también otro cuenta cómo, en otra ocasión y de forma improvisada, se encontró también a una chica totalmente borracha y lo fácil que fue tirársela. Alguien cuenta que su novia no tiene ganas de follar y tiene que insistirle. Otro se queja de que no es capaz de salir de la friendzone. Otro afirma que aquella es una guarra.

Situaciones como estas y similares, quizá no tan explícitas, las vivimos a diario, formamos parte de ellas.Todos los hombres nos hemos visto en encuentros parecidos. Y lo normal es que no hayamos dicho nada contrario al consenso general que se ha creado en ese contexto. Incluso si estamos pensando que lo que acaba de decir alguien es una barbaridad o que no tendría que ser de esa manera. Es mucho menos habitual que nos hayamos plantado y llamemos la atención sobre que lo que se acaba de decir es machista o describe una situación machista en la que uno de los presentes se ha comportado mal. No solemos decirle a nuestro colega que ha emborrachado a una chica para follársela que la ha violado. Pero es así.

Es complicado, plantea situaciones incómodas, tensión e incluso es posible que ruptura de amistades, pero también es necesario cortocircuitar esa normalidad que legitima o hace ver como aceptable que un desconocido piropee a una mujer por la calle o que lo primero que nos digan los medios de un asesinato machista es que ella no había denunciado. Sin embargo, contestar a nuestros amigos, familiares o con quien estemos discutiendo que lo que hay en el primer caso que describía es una violación o que una mujer no tiene la obligación de amarte porque tú sí lo hagas es una buena manera de romper con ese consenso tan peligroso.

Lo cotidiano, lo banal, aquello a lo que no damos importancia porque “es normal” o porque ha formado siempre parte de nuestras vidas es el medio de reproducción más común del imaginario patriarcal,afirmando así las bases de su sistema de dominación. Es por ello que este escenario cuenta con múltiples posibilidades de intervención efectiva.

Si no tenemos muy claro qué es lo que podemos hacer por el feminismo o qué es lo que nos piden las mujeres al respecto, siempre podemos empezar por no dejar que nuestro colega haga chistes machistas o que se regocije contando cómo acosó a una mujer.

Seguro que otras personas tienen otras y mejores ideas sobre cómo provocar estas rupturas con lo establecido. Se trata de encontrar herramientas que nos permitan llevar a cabo esta labor de zapa en lo cotidiano. Aunque este no tiene porqué ser el único escenario en el que podemos intervenir, sí que es el que nos muestra sus posibilidades más a menudo. A por ello.

Tenemos que hablar

Este artículo fue publicado el 3 de noviembre en www.eldesperttador.org y se publica nuevamente en este medio por el propio autor.

Cuando me propusieron escribir un artículo sobre feminismo lo primero que pensé fue que yo no tenía nada que decir sobre una lucha en la que ni soy ni quiero ser el principal afectado ni protagonista. Sin embargo, sí que vi que podía ser interesante sumarme a otras voces masculinas que han interpelado al resto de hombres sobre la necesidad de revisar nuestro papel en las relaciones de género y poner de nuestra parte para terminar con la desigualdad y la injusticia en estas.

Creo que es sumamente necesario que los hombres hablemos entre nosotros sobre el papel que estamos desempeñando en el sistema de dominación contra las mujeres que el feminismo ha definido como patriarcado y en el que somos nosotros quienes ejercemos esa opresión. Muchas veces no de forma consciente, no, pero esto tampoco es justificativo. Es nuestro deber tomar conocimiento de lo que significa ser hombre, de lo que implica en cuanto a privilegios y roles, y de la estructura social en la que nos inscribimos como sujeto. No se trata tanto de que tú o yo como hombres concretos no ejerzamos tal o cual violencia. El problema es de conjunto, por lo que actitudes victimistas del tipo de “yo no hago x”, y que todos en algún momento hemos sostenido, deberían quedar desterradas si realmente queremos avanzar hacia la construcción de un modelo más justo.

Es esa quizás la primera tarea que deberíamos abordar para encaminarnos a ese horizonte: reconocer nuestro lugar en el mundo y tomar nota de la forma en la que participamos en este sistema de dominación. Chris Crass señala en un genial y necesario texto (Partes de mí que me asustan, PDF) una serie de actitudes y modos de estar, más o menos sutiles, que resultan indudablemente machistas, producto de este modelo social.  Algunos de estos ejemplos en los que todos nos veremos reconocidos en mayor o menor medida es la infravaloración de lo que dice una mujer sin atender al contenido de su mensaje, la sexualización continua de los cuerpos de las mujeres, dejar que ellas asuman todas las tareas de cuidados o pensar que cuando se quejan de alguna de estas situaciones solo están exagerando. Ello por no hablar de todo tipo de tácticas dedicadas a conseguir tener sexo con una mujer, como insistir después de que ya nos ha dicho que no, emborracharla u otras acciones que ya ubicaríamos en el terreno de la agresión.

Seguro que entre todos somos capaces de sacar muchos ejemplos más en los que hemos visto a amigos o a nosotros mismos. Una vez reconocido que aquí existe un problema, debemos poner los medios para solucionarlo. Ello puede hacerse, precisamente, juntándonos para hablar sobre estos temas y tratar de desentrañar todo lo que implican. Muy probablemente no podremos hacer esto solos, dado el problema no es para con nosotros mismos. Por ello deberemos prestar atención a qué requieren de nosotros nuestras compañeras, dejar de lado cualquier tipo de actitud paternalista y asumir una posición de “aprendiz”, consultar a nuestras compañeras desde el más absoluto respeto y entender, además, que en algunos casos no quieren prestarse a esa labor pedagógica. En definitiva, se trata de asumir una actitud de profunda humildad, ya que, como se indica en el texto antes señalado, si nos ha llevado años construir nuestra conciencia política, ¿por qué iba a ser más fácil construir nuestra conciencia de género?

En cierta medida se ha venido creando un discurso que afirma que a los hombres también nos oprime o perjudica el patriarcado. Dejando a un lado el problema de que entonces no habría sujeto opresor y tendríamos que suponer que este modelo se perpetúa por ciencia infusa, este discurso ha dado lugar a algunas posturas dentro de los grupos de hombres que han decidido actuar por la igualdad  que se han centrado más concretamente en la masculinidad o en los roles que se asumen al ser hombre y que de alguna manera limitan su expresión. Estoy hablando de prestar atención a que usualmente los hombres no lloran, los hombres son duros, no pueden ser sensibles, etc. Si bien es un punto que resolver, considero que en absoluto es el principal, pues en modo alguno se produce aquí una reducción de los privilegios que por ser hombre se tienen. Muy al contrario, se despejan las pocas trabas que el patriarcado marcaba a los hombres. Tenemos muchos asuntos que resolver antes de esto, como atajar la cultura de la violación, los modelos de relaciones posesivas que siguen reproduciéndose en la adolescencia, hablar con nuestros familiares y amigos sobre todo esto, etc. En definitiva, antes de poder ganar aún más, debemos desprendernos de un montón de privilegios.

El texto resulta mucho más corto de lo que un asunto como este requeriría pero, en cualquier caso, la intención era la de señalar una realidad como la opresión hacia las mujeres, y una necesidad, que es que los hombres nos pongamos manos a la obra y asumamos nuestra responsabilidad.

Víctor Terrón Palacios

Los niños no lloran: un acercamiento a la construcción de la masculinidad

Cuando hablamos de heteropatriarcado solemos entenderlo como un sistema de opresión hacia las mujeres que las posiciona en una situación de inferioridad frente al hombre. Sin embargo, en esta concepción olvidamos que, si bien es cierto que nosotras somos las principales afectadas, esto no significa que los hombres no sufran ninguna consecuencia de este sistema desigual. Así, de la misma forma que el patriarcado construye e impone unos cánones y una forma de ser específica para las mujeres, también los hombres (en su posición de machos dominantes) se ven obligados a seguir unas reglas que les conviertan en “hombres de verdad”.

La idea de cómo debe ser un “hombre” es conocida  en la actualidad como “masculinidad”, descrita desde el feminismo como la construcción cultural de género que designa el rol de los varones en la sociedad (estrechamente relacionada con la “feminidad”, el papel que el patriarcado otorga a las mujeres). Uno de los elementos claves que conforman la masculinidad es la violencia, y todo lo que ello engloba: desde pensar que se es físicamente más fuerte hasta eliminar los sentimientos en detrimento de la otorgada superioridad de género, pasando por la obtención de poder a través de esa supuesta fuerza.

Esta construcción del hombre como ser fuerte se inicia desde la infancia, con imposiciones como “los niños no lloran, eso es de chicas”. ¿Cuántas veces no habremos oído esa frase? Desde pequeños se nos enseña que los niños no pueden mostrar sus sentimientos, mientras que las niñas deben ser completamente sentimentales. Esta idea lleva al niño a ocultar todo aquello que no demuestre dureza, fuerza (en el fondo, violencia), convirtiéndose después en un adulto ahogado por sus sentimientos: incapaz de expresar su malestar, acumulará interiormente el dolor y el daño de toda una vida. Este tipo de enseñanzas, sumadas a la capacidad de los niños para imitar todo lo que ven (padres que no lloran, que son fuertes, verdaderos machos), suponen el principio de una formación de la persona completamente condicionada por la presión social y el machismo imperante.

Conforme vamos creciendo, la presión se hace cada vez mayor y comienza a aparecer de forma más evidente. La forma en que actúas, cómo te comportas, todo tiene un significado y, si te sales de los patrones establecidos, unas consecuencias. De esta forma, en la adolescencia la construcción de la masculinidad a través de la violencia se orienta en mayor medida hacia la construcción corporal. Partimos de la base de que el físico, la forma en que nos vemos y nos ven los demás nos afecta en la construcción del género, no solo a las mujeres (concebidas como bellas, delgadas, etc.) sino también a los hombres. La sociedad actual percibe al hombre como un ser de complexión fuerte, que es bueno en los deportes (en especial en el fútbol) y un competidor nato. Los hombres, y en especial los jóvenes, por lo general se relacionan entre sí a través de la competición, intentando demostrar quién tiene más fuerza, quién corre más, quién salta más… en definitiva, quién es el más macho de todos. La visión de algunos adolescentes ante esta competitividad, en el caso de que se den cuenta de su existencia, es la de relacionarla con el deseo de sobresalir entre el resto para impresionar a las chicas. De esta forma, el hombre humano hace como el macho animal, compiten entre ellos porque el más fuerte es quien se lleva a las mujeres. No solo encontramos aquí la conversión de la mujer en un objeto, un trofeo que puede ser ganado en una competición; sino que observamos también la presión a la que están sometidos los jóvenes a la hora de “conquistar” a una chica. En vez de enseñarles que cuando se quiere a una persona lo mejor es decírselo, tratarle bien, etc.; se les enseña, primero, que hay que ganar a una mujer y, segundo, que para ganarla hay que demostrar que se es el más fuerte, el más macho. Asumir estos principios, como sucede en la sociedad actual, conlleva a pensar que la violencia del hombre, su masculinidad, no es una construcción social que puede ser modificada, sino que viene dictaminada por la biología. Es decir, nos lleva a biologizar la situación masculina, aceptando que el hombre es violento por naturaleza y la mujer es pasiva y débil por lo mismo, asumiendo con ello la superioridad del hombre.

Es interesante en este punto retomar el tema del deporte, mencionado levemente en el inicio de la construcción corporal dentro de la masculinidad. Desde las clases de educación física hasta la vida adulta posterior, los chicos consideran vergonzoso el hecho de ser vencidos en cualquier ejercicio físico, más aún si la ganadora es una mujer. Vemos por tanto de nuevo la importancia del físico y la fuerza en la formación del género masculino. No obstante, existe un daño mayor para los hombres dentro del deporte y, en concreto, del fútbol: el culto al cuerpo. En la época actual, amar el futbol como deporte estrella es uno de los pilares básicos de la masculinidad, y el sistema se aprovecha de ello para construir mejor esa idea de lo masculino. De esta forma, se nos muestra la figura del hombre perfecto como el futbolista fuerte, musculoso, exitoso, que tiene a todas las mujeres a sus pies, que no se deja ganar por nadie. Esto es lo que ven los niños, los jóvenes y los adultos día tras día y lo que luego tratan de reflejar en su vida. Pero la realidad es que no existen hombres "perfectos" (entendiendo como perfecto lo que dicta el sistema), lo cual lleva a los adolescentes a entrar en una espiral de presión e infelicidad cuando no son lo suficientemente musculosos, no les gustan las mujeres o no se les da bien los deportes. La consecuencia es que unos se convertirán en machos que se presionan a sí mismos por ser como esos deportistas de la tele, mientras que otros se culparán y se sentirán mal por no poder ni tan siquiera acercarse a ese canon de perfección.

El resultado final, tras las imposiciones en la infancia y la adolescencia, es un adulto fuerte, valiente, viril, triunfador, seguro, competitivo… en definitiva, un hombre. Este, forzado por la sociedad a ser de esta manera (a riesgo de ser humillado y marginado), levanta una fachada de macho tras la que se esconde su verdadero ser, ese que le enseñaron que debía estar oculto. Después de un aprendizaje de años y años, las ideas de violencia, fuerza y superioridad están tan arraigadas en el cerebro que el verdadero yo oculto tras la máscara se siente como algo despreciable, en vez de como lo bueno. Es en esta zona donde más vemos las consecuencias negativas que tiene el machismo para los hombres, en ese intento por guardar el equilibrio en ellos mismos. Todo gira en torno al miedo a la exclusión social por salirse de las reglas establecidas: es una lucha constante entre lo que deben ser y lo que verdaderamente son y sienten; entre intentar ser libres y vivir bajo la presión social que no les deja serlo.

Es por esto que una de las acciones básicas para romper con el heteropatriarcado y el machismo es romper con las masculinidades hegemónicas, y no solo con la feminidad; es decir, romper con los esquemas de género, permitiéndonos ser personas, ni hombre ni mujer. Es importante que comprendamos que no somos dos seres que se complementan, es decir, la mujer no le da la parte femenina que no tiene el hombre, al igual que el hombre no le da la parte masculina que no tiene la mujer, y ninguno de los dos tiene algo que el otro jamás podrá tener. Hombre y mujer se reflejan el uno al otro, ambos son masculinos y femeninos al mismo tiempo, porque tanto la masculinidad como la feminidad no son sino simples construcciones sociales cuya única función, en el fondo, es oprimirnos y distanciarnos.

Dedicado a una persona que me recordó que ellos también sufren, haciendo que rescatase este artículo del baúl de los recuerdos.

Nota de la autora: este artículo es sólo una aproximación a la construcción de la masculinidad, por lo que sus ejemplos y temas tratados se deben entender como una pequeña parte de un todo más complejo aún de lo presentado aquí. Es decir, que debido a la falta de espacio me he dejado muchas cosas en el tintero sobre las que trataré de escribir en otra ocasión.

La niña que grita