La anarquía a través de los tiempos, Max Nettlau

Autor y su pensamiento.

Max Nettlau es el autor de la obra «Histoire de l'anarchie», publicada en 1934, editada y traducida al castellano un año después, en 1935, como «La anarquía a través de los tiempos», gracias a la labor de una asociación de amigos del libro. Posteriormente, de esta edición se basan algunas publicaciones de esta obra en Latinoamérica, como una de importancia en México en 1970. Sin embargo, no es hasta 1977 que se vuelve a publicar este libro en España, con una introducción del actual profesor de Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid, Carlos Díaz. Este fue traductor y editor de muchos escritos anarquistas clásicos en los años 70. Ha sido amigo de viejos militantes anarquistas como Diego Abad de Santillán, Víctor Garcia y Angel Cappelletti.

Max Nettlau nació en Neuwaldegg, un pequeño pueblo austriaco que actualmente es un distrito de la ciudad de Viena, el 30 de abril de 1865, y murió en Amsterdam el 23 de julio de 1944. Max Nettlau fue un importante historiador del anarquismo internacional, partidario del anarquismo sin adjetivos y el panarquismo.

El anarquismo sin adjetivos es una idea que defiende que las diferentes escuelas de pensamiento anarquistas pueden y deben convivir simultáneamente. Da paso a la voluntariedad de las personas para elegir el tipo de asociación que considere cada cual más favorable y aboga por la libre experimentación de modelos políticos y económicos. Muy vinculado a este concepto, encontramos también en Nettlau el pananarquismo, que preconizó a principios del siglo XX. Es una filosofía política que aboga por el derecho de todo individuo para unirse o separarse libremente de la jurisdicción de cualquier ente de gobierno que elijan, sin ser forzados a abandonar el lugar donde viven.

Nettlau estudió lenguas y literaturas celtas en Viena, obtuvo a los veintitrés años el título de doctor en la Universidad de Leipzig con una tesis sobre la gramática de la lengua Címbrica. Sin embargo, se concentró rápidamente en la compilación de importantes documentos de la historia del movimiento anarquista. Para esta labor viajó a través de Europa y vivió en Londres. Desde 1885 a 1890, perteneció a la Liga Socialista, donde conoció al activista británico William Morris, y a partir de 1895, perteneció al Freedom Group, y participó en numerosas publicaciones anarquistas. También durante estos años conoció a otros destacados pensadores libertarios, como Piotr Kopotkin o Errico Malatesta, y además accede a las correspondencias de numerosos anarquistas de mediados del siglo XIX. Escribirá las biografías de Mikhail Bakunin o Élisée Reclus, entre otros. Nettlau mantuvo siempre contacto con España manteniendo una gran afinidad con personalidades como Federico Urales (pseudónimo de Juan Montseny) e interesándose por la documentación sobre la Primera Internacional que se conservaba en Barcelona.

Durante la crisis económica que siguió a la Primera Guerra Mundial, la inflación hizo perder a Nettlau la fortuna heredada de sus padres, lo que le hizo vivir en condiciones muy precarias, casi al borde de la miseria. Sin embargo, continuó recolectando documentos y publicando trabajos. En el año 1935, Nettlau vendió su inmensa colección de libros, periódicos, archivos y otros documentos sobre el socialismo y el anarquismo al Internationaal Instituut voor Sociale Geschiedenis. Defendió con entusiasmo la revolución española -el 19 de julio de 1936 se encontraba en Barcelona- y lanzó llamadas a todos sus amigos europeos o americanos para divulgar el heroico pasado del movimiento obrero español. Posteriormente, Nettlau vivió en Amsterdam desde 1938, donde trabajó catalogando el archivo del mencionado Instituto Internacional de Historia Social, donde aparentemente pasó desapercibido de las autoridades nazis,  hasta su muerte en 1944 por un cáncer en el estómago.

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Sobre el libro «Anarquía a través de los tiempos».

Max Nettlau es conocido como el «Heródoto de la anarquía» gracias a toda su labor de recopilación de documentación y archivos relacionados con el pensamiento y la acción anarquista. En este libro pone en valor que la historia de la idea anarquista es inseparable de la historia de todos los desarrollos y experimentos tangibles en torno a esa idea. Se trata de un ensayo histórico sobre la evolución del movimiento anarquista internacional, nos sumerge en un importante detallismo, una vasta complicación de nombres y fechas para construir una excelente bibliografía libertaria.

En un tiempo en el que las ideas anarquistas, como en la actualidad, eran cruelmente perseguidas, ofrecernos todos los datos que aporta Nettlau en esta obra es un tesoro de gran valor para no perder nunca la perspectiva de los orígenes y desarrollo de las teorías y prácticas libertarias. Las ideas anarquistas fueron teorizadas por importantes pensadores a partir de los siglos XIX y XX, sin embargo, la ética y el proceder libertario ha estado presente en las comunidades humanas, de manera más o menos extendida, a lo largo de toda la historia de la humanidad.

Además, Nettlau nos muestra cómo la evolución humana indica que en cada periodo histórico superado, siempre mediante la crisis del anterior sistema y a través de revueltas o revoluciones, el pueblo ha aspirado a conquistar mayores espacios de libertad y organizarse en asociaciones colectivas basadas en la libre federación y la fraternidad. Desgraciadamente ese desarrollo de la humanidad ha sido ahogado por los enemigos autoritarios, represores y también por dogmáticos que amenazan con constituir en base a ideas liberadoras intransigentes. Se pierde en el camino una correcta perspectiva global en el tiempo y en el espacio, no otorgando las herramientas para construir una sociedad más justa y libre en el futuro, sino tratando de construir desde el presente cómo deberá de ser la sociedad de las generaciones futuras.

Nuestra labor como personas libertarias, según Nettlau, será ampliar la base de conciencia entre las trabajadoras para lograr el colapso del capitalismo, a la par que se ponen en práctica diversas experiencias sociales libertarias que servirán de pedagogía futura. En este sentido, el autor nos enseña la inutilidad de enfrentar los sistemas económicos para el anarquismo: mutualismo, colectivismo y comunismo. La sociedad libertaria, afirma Nettlau, no deberá comprender una única forma de organización económica, sino que las diversas comunidades humanas, decidirán libremente qué sistema les va mejor según sus propias características ambientales y su bagaje socio-cultural. Si anarquista significa estar en contra de toda autoridad e imposición, por consecuencia, sea cual sea el sistema que se preconice, no se debe desear imponerlo a quienes no lo acepten.

En esta obra de Max Nettlau se pueden extraer vitales conclusiones como las expuestas, a través de un repaso detallado de las más antiguas concepciones libertarias hasta el siglo XVII. Posteriormente, se analiza con detenimiento la importancia de William Godwin o Robert Owen en Gran Bretaña, Proudhon o Fourier en Francia, pasando por el anarquismo individualista en los Estados Unidos, y la idea anarquista alemana en Max Stirner o Eugen Dühring. Los orígenes de los primeros anarquistas comunistas franceses y de los grupos defensores del colectivismo antiautoritario, precursores todos de la plasmación de las ideas libertarias en la Primera Internacional. A la larga resultará indispensable la propagación del pensamiento anarquista en España, Italia y Rusia, países que tendrán un desarrollo práctico fundamental en la implementación del libertarismo. En el siglo XX se extiende el sindicalismo revolucionario y la huelga general desde Francia, sin embargo, las actividades libertarias no se ciñen solo a la actividad sindical, porque el pensamiento libertario trata de emancipar a la sociedad en todos sus niveles, no solo en el mundo laboral.

Max Nettlau finaliza su obra con el siguiente mensaje a modo de conclusión que recoge el espíritu que ha querido imprimir:

«Todos los seres humanos de espíritu libre pueden convertirse en una fuerza de elementos que, conservando todas las autonomías, se apoyen recíprocamente derrocando la autoridad, desarrollándose por mil caminos para realizar la libertad en pequeño y en grande, en nosotros mismos y alrededor de nosotros, en todas partes y en todo.»

La panarquía, una aproximación

El término «panarquía» es un concepto que hunde sus raíces etimológicas en el griego («pan»; todo y «arquía»; autoridad, principio o gobierno) y que, empero, fue originalmente propuesto por el economista Paul Émile de Puydt como símil de competición pacífica entre gobiernos de distinta índole en su artículo «Panarchie», publicado en julio de 1860 en la Revista Trimestral de Bruselas [1]. A pesar de que se ha usado, y supongo se usa, también como «gobierno de todas», me centraré en la primera significación dada, que en cierta manera es la que tanto libertarianas*, no confundir con libertarias**, como las sedicentes anarquistas capitalistas han tomado e incorporado a su corpus teórico. (¡Pero no nos alarmemos, esto sólo es un dato accesorio!).

Abordando más profundamente su definición, tal como escribirá Émile de Puydt, la panarquía no sería sino «[...] la libre competencia en materia de gobierno»; es decir, la libertad que tendría una misma para elegir la forma de gobierno bajo el que querría languidecer, sea un día, sea toda la vida, en un régimen contractual un pacto entre la propia individua y el marco gobernativo; este contrato sería siempre revocable al instante, no pudiendo impedir u obligar en ningún caso a la persona a permanecer bajo su estela más tiempo del que su corazón, razón, o ambas, le indicasen. Así, el economista político nos dice que «[...] uno se encontrará a su gusto, pasando de la república a la monarquía, del parlamentarismo a la autocracia, de la oligarquía a la democracia e incluso a la anarquía del Sr. Proudhon». Sin embargo, no debemos pensar en este cambio de sistema sociopolítico como algo estático, como una mera migración a través de un territorio, sino como algo absolutamente voluble y disoluble; allá donde se encuentren un centenar de individuas con inquietudes similares se erige un sistema hecho a ellas mismas mediante un contrato revocable; ora se forma en aquel pedregal una república, ora una monarquía en aquel otro cenagal; por allí surge una anarquía y más adelante un sistema liberal, o un fascismo, según convengan; por supuesto, todos los gobiernos y Estados se diluyen con la misma facilidad con la que brotaron, o perduran a través de los años, si no siglos. La competencia entre los distintos gobiernos será la encargada de mantener los más prósperos en alza, así como de arrojar los más abyectos al abismo del olvido. Es, en fin, un mercado en toda su amplitud: un mercado que se autorregula, que no pone límite a la voluntad y a los apetitos vitales de las personas y que asienta todo su peso teórico bajo el conocido epígrafe liberal: «laissez faire, laissez passer» (literalmente: dejar hacer, dejar pasar). En efecto, el principio de no-agresión se torna piedra angular, inamovible, de este sistema; sin éste, todo el marco cae por su propio peso. Es así como el economista belga pretende solventar el problema que supone que gobiernos inherentemente imperialistas, expansivos, y nada respetuosos para con el resto de individuas o colectivos, tales como el fascismo, el comunismo estatista, la monarquía absolutista o la democracia liberal intenten anexionar, ocupar, explotar, etcétera., otros territorios libremente fundamentados.

En cualquier caso, sopesaré los principales inconvenientes, ya expuestos y contestados por el propio Puydt en el ensayo original, al cual podéis acceder más abajo, quizá en otro artículo. Ahora sólo pretendo bosquejar algunas trazas de esta idea, no tanto por rescatarla como panacea, sino como ejercicio que entiendo puede ser interesante para el replanteamiento del propio anarquismo.

Los intereses del belga al forjar este sistema son dos. Primero, extender la idea de libre mercado, a la que profesa mucha confianza, a los poderes políticos. Y segundo, eliminar cualquier atisbo revolucionario en el futuro. Pero por sobre todo es el segundo punto el que expone con más gusto: «Lo que es admirable en este descubrimiento [refiriéndose a la panarquía], es que suprime para siempre las revoluciones, motines, desórdenes callejeros y hasta las más mínimas emociones, la fibra política. ¿No está contento de su gobierno? Tome otro». La revolución y la rebelión son a ojos del economista algo execrable («detesto las revoluciones», afirma). El cambio no pasaría por una revuelta sangrienta, sino por un simple traspaso de competencias de un órgano social, gubernativo, a otro. «Pero si toda presión cesa; si todo ciudadano mayor es libre de elegir y no por una vez, como consecuencia de alguna revolución sangrienta, sino siempre y en todas partes, en el dédalo de los aspectos gubernamentales, los que corresponden a su espíritu y a su carácter o a sus necesidades personales; libre de elegir, entendámonos bien, pero no de imponer su elección a los demás: y todo desorden cesa, toda lucha estéril se vuelve imposible», dice más adelante. La estructura que se superpone y que cimenta todo esta doctrina es, reitero con la misma insistencia que de Puydt, la libre competencia entre gobiernos, la búsqueda original, individual, del orden que más case con las agitaciones intelectuales y emocionales de una misma; está sujeto, en fin, al libre examen de todas las personas, considerándose este modelo ley natural y sinónimo de progreso, de avance humano.

Max Nettlau, el Heródoto del anarquismo, fue uno de los que se sintieron atraídos por esta nueva cosmovisión del mundo. Si bien, como él mismo dice [2], no se identificaba con todas las premisas expuestas en las cuartillas originales de Émile de Puydt, quiero pensar que por sus connotaciones liberales, sí creía necesario al menos exponer la panarquía como idea ciertamente interesante. Y eso es lo que, humildemente y en mis limitaciones, he pretendido con este escrito. Si algún juicio personal se ha escurrido entre la tinta, lo lamento, pues no era ni mucho menos mi intención.

Ahora queda, ¡cómo no!, a juicio de cada una, en función a sus vicisitudes personales, el aceptar o no este modelo, el tomarlo como digno marco para el ideario ácrata, el renovarlo como molde de análisis, como sinónimo de libertad política absoluta; o bien al contrario: razonar que es imposible, que es una utopía contraproducente, reaccionaria, que podría llevar a sabe dios qué horrores y que, por todo ello, no merece ninguna atención, por lo que es mejor borrar todo lo leído y expuesto.

[1] Artículo de Paul Émile de Puydt.

[2] Artículo de Max Nettlau alrededor del mismo término.

*Para que no haya lugar a confusiones: me gustaría aclarar que en este artículo aquellas palabras que se refieran tanto a hombres como a mujeres (en este caso, libertarianos) serán escritas exclusivamente en la forma femenina. El motivo por el cual he decido llevar a cabo tal procedimiento es sencillo: visibilizar cómo el lenguaje es capaz de diluir o reforzar según qué actitudes y pensamientos. Espero, pues, que este uso impacte al lector y le anime a tener en cuenta el lenguaje inclusivo, o al menos que sea consciente de la importancia de éste. Si supone, por algún casual, un ejercicio demasiado arduo o un inconveniente de peso para una buena exégesis del ensayo, por favor, ruego se lo hagan mirar.

**Básicamente, los libertarianos, englobados en el más abstracto libertarismo, son liberales radicales que se están promulgando muy bien en según qué círculos de EEUU. Por contra, los libertarios son anarquistas socialistas.