Enlaces del mes: Agosto 2014

Con un poco de retraso llegan los enlaces de lo que más nos interesó el pasado mes:

Ante la muerte de un chaval afroamericano, Michael Brown, vimos la reacción de miles de personas manifestándose y enfrentándose a la policía en Missouri. Las palabras de Mummia Abu Jamal nos recuerdan que "lo que hace falta en los suburbios de St. Louis, Missouri –y en cada comunidad negra en Estados Unidos– son colectivos negros que sean independientes, resueltos y revolucionarios. Colectivos decididos a proteger la vida y bienestar de la gente negra".

En Manifiesto a la locura nos hacen un repaso sobre el origen del patriarcado, la propuesta feminista libertaria y la aportación actual del feminismo al movimiento anarquista.

En esta entrevista a John Holloway, el autor de Cambiar el mundo sin tomar el poder nos habla de cómo conectan todas las iniciativas dirigidas a "agrietar el capitalismo" y cómo iniciativas políticas como Syriza o Podemos, aunque pueden mejorar las condiciones de vida, no transforman el mundo, no cambian la vida.

En Diagonal se plantean: ¿Existe un turismo que no sea masivo y depredador?

Entre la luz y la sombra: últimas palabras del subcomandante Marcos, antes de dejar de existir, en audio y texto. Sobre su levantamiento, sobre el éxito/fracaso del proyecto zapatista, sobre la realidad de sus consignas y de los personajes que crean y luego desaparecen. Dice así: "En lugar de dedicarnos a formar guerrilleros, soldados y escuadrones, preparamos promotores de educación, de salud, y se fueron levantando las bases de la autonomía que hoy maravilla al mundo. En lugar de construir cuarteles, mejorar nuestro armamento, levantar muros y trincheras, se levantaron escuelas, se construyeron hospitales y centros de salud, mejoramos nuestras condiciones de vida. En lugar de luchar por ocupar un lugar en el Partenón de las muertes individualizadas de abajo, elegimos construir la vida. Esto en medio de una guerra que no por sorda era menos letal. Porque, compas, una cosa es gritar “no están solos” y otra enfrentar sólo con el cuerpo una columna blindada de tropas federales, como ocurrió en la zona de Los Altos de Chiapas, y a ver si hay suerte y alguien se entera, y a ver si hay un poco más de suerte y el que se entera se indigna, y otro poco más de suerte y el que se indigna hace algo."

En alasbarricadas leemos una joya de artículo que explica las claves de los conflictos en Oriente Medio, redactado por @BlackSpartak y que se complementa con este sobre cómo el PKK está impulsando una revolución social en el Kurdistán.

Al hilo de la apertura del blog Donbass Antifascista traemos este texto sobre la situación en Ucrania.

José Luis Carretero sobre empleo precario y juventud: "La juventud (y no sólo la universitaria) encara una vivencia laboral cada vez más discontinua, lábil y disfrazada de experiencia necesaria para su formación humana y personal. El “empresario de sí mismo”, la figura retórica en la que el mundo globalizado quiere que se subsuma la subjetividad proletaria, es responsable de su propia formación, lo que implica obtenerla más allá de la estructura institucional de la escuela pública, mediante el ejercicio para-laboral, en condiciones de precariedad, y normalmente en la gran empresa. Tras unos años agradecido por la emergente posibilidad de “formarse”, el joven trabajador puede empezar a ver que esa rueda, supuestamente liberadora, no tiene final, y que su única expectativa creíble es someterse a la precariedad continua y a la imposibilidad de edificar proyectos de vida coherentes.

Habrá, también, que plantearse el inicio de un proceso decidido de transformación social que, poniendo a los trabajadores en el centro de los lugares de toma de decisión empresarial y fomentando una economía social y ambientalmente sostenible, permita ensayar una salida progresiva del capitalismo."

Enlaces del mes: Julio-Agosto 2013

Esta vez me toca cubrir dos meses de enlaces recomendados:

[Recomendación] ¿Cómo se crearon las bases psicológicas de masas para la civilización autoritaria?

Dado que esta recomendación de domingo llega un poco tarde, os dejo un texto más bien cortito (pero de gran interés). Es un extracto del Ateneo Virtual que podéis visitar en ALasBarricadas.org, y lleva por título "¿Cómo se crearon las bases psicológicas de masas para la civilización autoritaria?"

En este texto encontraréis referencias a los roles que la familia, el nacionalismo, y el patriarcado tienen sobre la génesis de la mente autoritaria. Una buena lectura para cerrar una buena semana.

Lee ¿Cómo se crearon las bases psicológicas de masas para la civilización autoritaria? haciendo click aquí.

El hombre en la cultura patriarcal

El patriarcado, como sistema, tiene como función determinar ciertos aspectos y comportamientos de aquellos sujetos sometidos a él; esto es tanto la mujer como el hombre. No pretende este ser un ensayo de carácter científico-social como el excelente ejercicio al cual parafraseo en el título, sino más bien unas anotaciones en torno a unas influencias, quizás menos estudiadas, de las jerarquías de género en la sociedad capitalista contemporánea.

Los tentáculos del patriarcado no sólo succionan e inmovilizan a la mujer en una posición determinada del organigrama vertical de género, sino que encasillan, como consecuencia, también al hombre. Quizá puede pensarse, y se tendrán grandes dosis de razón superficial, que su situación es de privilegio, si consideramos el ejercicio de dominio como una circunstancia positiva. No obstante, la dominación, aunque a corto plazo pueda resultar beneficiosa para el poderoso y dañina para el desposeído, es un fenómeno maligno bidireccional.

Los imaginarios creados por el patriarcado vinculan tanto a la mujer como al hombre, aunque en graduaciones diferentes. A la simplificación y asignación de roles (que afectan por igual), las mujeres han de sufrir la estigmatización, circunstancia de la que los hombres tienen la lógica oportunidad de librarse por situarse en el pedestal jerárquico. No obstante, como digo, los roles impuestos afectan a ambos sexos, y no precisamente de forma emancipadora. Si bien la mujer ha de ser sumisa y débil, el hombre ha de ser dominante y fuerte. A priori, los hombres pueden pensarse beneficiados por este reparto cultural de papeles. Sin embargo, la dominación y la fortaleza son armas de doble filo que empobrecen su capacidad de relación social.

Los hombres, desde su infancia, crecen en la creencia de que mostrar algún signo de empatía o sentimentalismo supone ausencia de virilidad. Llorar en público, abrazar o besar a un amigo, no poseer destrezas deportivas, jugar con muñecas, vestir alguna prenda color rosa, no tener una complexión atlética o mostrar simpatía hacia los animales o hacia canciones románticas, por citar algunos comportamientos o aficiones, es sancionado en base a una supuesta pérdida de la masculinidad (cuyo germen es la penalización de la homosexualidad y la atribución de fragilidad femenina), eliminando o alterando la identidad del niño. Estos imaginarios sociales se perpetúan durante gran parte de la vida del hombre -si no toda-, afectando a su capacidad de amar y a su creatividad. Generan tabúes, limitaciones a la libertad. Las representaciones que difunde el patriarcado -y que soportan tanto mujeres como hombres- empobrecen las interacciones entre ambos sexos y entre iguales. Si el sistema concibe una dicotomía entre el Bien (el hombre) y el Mal (la mujer), todo aquel comportamiento asociado a la mujer alejará al hombre de sí mismo, es decir, del Bien.

Además, el Estado posee los mecanismos necesarios para beneficiarse de los roles de género masculinos en su autodefensa. La propaganda militar o policial se nutre de valores ya existentes en la sociedad -la virilidad como sinónimo de gallardía y como antónimo de feminidad- para cumplir el primero de sus propósitos: persuadir al hombre común de que debe ir a/apoyar la guerra. Los diez mandamientos de la propaganda de guerra de Lord Ponsonby, que pueden resumirse en todo lo que haga yo está bien y todo lo que haga el enemigo está mal, finalizaba con un recurrente "los que ponen en duda la propaganda de guerra son unos traidores". Es decir, quien contravenga las leyes de la masculinidad será una mujer y, por tanto, será una traidora. El honor, la valentía, el patriotismo, el orgullo, etcétera, son valores que pueden practicar tanto hombres como mujeres, pero serán los primeros quienes lo adopten como característica innata, y aquellas mujeres honorables o valientes habrán adoptado roles viriles -y tendrán que comportarse como tal, reprimiendo sus sentimientos y su identidad-.

Así, se repite necesario hacer pedagogía feminista para evitar caer en la maniquea percepción de la guerra entre sexos (concepción habitualmente compartida entre los hombres [1]) y comprender que el enemigo a batir es un fenómeno cultural, no biológico, y que la lucha en defensa de la igualdad de género no es un acto solidario del hombre hacia la mujer, sino un frente común de afectación general.

Adrián Tarín

----------------------------

[1] Algunas teorías feministas atribuyen a causas naturales la aparición de la guerra, haciendo hincapié más en una serie de características biológicas del hombre que en la atribución cultural de roles, así como observan una prolongación fálica en la morfología de misiles y balas. En mi opinión, no son teorías adecuadas.

La mujer en la cultura patriarcal (II)

[Viene de La mujer en la cultura patriarcal (I)]

La cultura es un objeto de construcción de la mujer, y la mujer es un objeto de construcción de la cultura. Mientras que una la fomenta por medio de la teoría, la otra la practica en su ámbito cotidiano. Si la mujer empieza por negar la cultura y al mismo tiempo a poner en práctica la otra, la ideal, la que la sacará de su opresión, tarde o temprano se reconstruirá para sí misma y desde sí misma. “La liberación de las situaciones o formas de alienación es parte de la tarea de construcción de [la mujer nueva]. Pero la construcción de [una mujer nueva] sólo se puede dar masivamente en el contexto de una nueva sociedad” (Ander-egg, 1983:21).

Así pues, en el contexto de la sociedad patriarcal, no se puede ser sujeto si, además, por encima de tal sujeto existen aparatos ideológicos que lo despersonalizan. El sentido de la despersonalización de tal sociedad, por lo común, inhibe por completo a la mujer en la posesión de su mente y de su cuerpo (3). Por tanto, si el ser humano es permeable, habrá que hablar entonces de una reconstrucción de esos aparatos ideológicos que dan forma a las conciencias de los seres humanos. El contenido que alberga las conciencias no es más que el contenido que albergan las instituciones. Y por lo común, tales instituciones son apoyadas por los gobiernos que permiten su cabal funcionamiento. Entonces, para que haya un cambio sustantivo en las conciencias, habrá que hacer también un cambio de gobierno y posteriormente un cambio en las instituciones.

De esta manera, se da por supuesto que hay otro ser humano separado, paradójicamente, de la concepción de ser humano. Digo “separado” porque no es considerado como tal. En dicha separación, no existe una relación de reciprocidad; de igual a igual, más bien, esa separación se encuentra delimitada en los roles de género establecidos por la cultura en la que surgen. Géneros que, desde luego, no poseen los mismos derechos.

En esta ausencia de reconocimiento se presenta la necesidad de reconocer a la mujer como a esa otra vinculada con el que hacer en (y de) la cultura, misma que pone en desventaja a la mujer y beneficia en buena medida al hombre. Estando así las cosas, reconocer a la mujer es integrarla no a la cultura prevaleciente, sino a una nueva en la que tanto el hombre como la mujer se respeten, ejerzan sus derechos, se reconozcan como seres humanos y se vinculen entre sí para beneficio de ambos.

De hecho, del capítulo Género, cultura y filosofía de Rubí de María Gómez, destaco algunos derechos de las niñas y las jóvenes, como el Derecho a no ser discriminadas por su sexo, edad, raza, etnia o religión: el Derecho a la eliminación de barreras que impiden que las niñas, las casadas, embarazadas o madres solteras inicien, continúen o concluyan su educación; el Derecho a una buena alimentación y a la no violencia, etc. Bajo esta consideración de los derechos de las mujeres, la cultura actual debe ser sustituida por otra que integre un nuevo tipo de mujer y un nuevo tipo de hombre.

Con la práctica desde las instituciones como en la sociedad en su conjunto, la cultura puede dar ese cambio sustancial para la transformación de ambos géneros. El hombre y la mujer hacen la cultura y simultáneamente la cultura hace a los seres humanos. Hablamos entonces de una cultura de respeto hacia las demás culturas, una cultura que se ubique en la tolerancia de otras formas de vida, con sus manifestaciones sociales, y claro está culturales. Es decir una cultura universal de respeto, capaz de abrazar a las demás culturas en las que éstas se sientan respaldadas y fortalecidas por esa otra cultura global que las envuelva.

Es cierto que, para que no se repitan los patrones culturales de la represión, también habrá que mirar hacia otros modelos, como el modelo de comportamiento de las amazonas (4), que debería ser un ejemplo de rebeldía para aquellas mujeres que deseen liberarse de las ataduras de la cultura patriarcal-occidental. Eso es lo que hace falta para cambiar su forma de vida. Oponerse a toda forma de organización que no les favorezca para ser sujetas pensantes y creadoras de su propia cultura. Como se ve, las amazonas no se doblegan, hacen la guerra y luchan por su libertad (5).

En el poema Penélope, de Enrique González Rojo, leemos el ejemplo de una amazona: “Penélope no se queda en la casa./ No permanece aquí para cuidar la hortaliza./ Para lavar la cara sucia de los pepinos,/ peinar a los elotes, plancharle a las lechugas/ los puños y los cuellos” (González Rojo, 1988:332). He aquí también un contra ejemplo del que hacer y el destino de muchas mujeres en la actualidad, principalmente de la clase trabajadora. Este tipo de mujer, vive en la cocina, no confronta, acata órdenes, es sumisa, abnegada y sometida por completo a las órdenes de la cultura impuesta. Como este tipo de mujer no es dueña de sí, “…se halla en la cocina todo el día incrustada/ mirando cómo hierve poco a poco su tedio,/ probando a qué le sabe su propia servidumbre” (ibid.: 332).

Vemos así dos tipos de mujer: la mujer “salvaje” de la mitología griega y la mujer civilizada, la que se rebela al orden establecido y la que se somete a él. Para que la mujer salga de su prisión “civilizada” tiene que ser un poco salvaje, como una amazona, que renuncie a ser para “otro” y sea para sí misma. Es más, se da el caso de que no sólo es para el marido, sino también para los hijos, y luego para los nietos. De modo que esta mujer nunca es para sí. No es proyecto de sí, sino de los otros. No es como Penélope, que “no lava los pañales./ No cuelga en un alambre la exposición completa/ de todo su fastidio, frustración, amargura/ encarnada en manteles, calcetines, calzones/ y camisas que lloran lentas lágrimas sucias” (ibid.: 332).

Lo ideal es que la “mujer civilizada” empiece por mirarse en el espejo de las otras mujeres, o lo que es lo mismo, en el espejo de la cultura. Que rompa el espejo de la frivolidad, y que vea no sólo si está mejor maquillada que su vecina, que no sólo se siente a mirar telenovelas y ver cómo de un día para otro le salieron arrugas, etc. Que mire por la ventana y sepa que afuera hay un mundo por cambiar para que cambie ella misma, y de paso la perspectiva de su marido, la de sus hijos, y de sus nietos. Que no nació para quedarse en casa.

Sin embargo, es común en muchas mujeres que se topen con la pared del prejuicio, al intentar salir del marco normativo de la cultura patriarcal, sin que sean un blanco de críticas negativas de su estrecho círculo social. En el caso de las mujeres de escasos recursos, por lo común, su única fuente de información es la televisión y las revistas del medio del espectáculo televisivo. En estas condiciones tan limitadas se conforman con lo que les da la televisión. Se conforman al orden cultural establecido. Y su forma de vida no cambia. Se incrustan cada vez más en la estructura del sistema machista, en la que su ser queda deliberadamente oprimido.

Finalmente, la cultura patriarcal trata de un círculo vicioso con el que deben luchar los hombres y las mujeres, para llegar a emanciparse. Deben dar razón de que la cultura se nos da por hábitos y costumbres que pone en práctica una sociedad. Mismas que pueden cambiarse según haya valor y dignidad en las mujeres, y en los hombres, que sean capaces de luchar en contra del orden cultural impuesto.

-------------

(3) Se entiende aquí por cultura al conjunto de aparatos ideológicos que dan un tipo de ser humano. A saber, la Iglesia, la escuela, la familia, lo jurídico, lo político, lo sindical, los medios de información masiva (prensa, radio, T.V., Internet, etc.), la literatura, las artes, etc. En suma no se es un tipo de ser humano sin un contexto que lo determine. Mismo que diseña tanto instituciones como seres humanos en una época.

(4) Las amazonas son producto de la mitología griega. De ellas se dice que “van a la guerra y se niegan a ser madres de varones, contradiciendo así la función que tradicionalmente cumplían (y cumplen) las mujeres. […] las amazonas rechazan su destino (el matrimonio) y prefieren pelear como los hombres […] representan un verdadero mundo invertido […] Las amazonas son guerreras pero no tienen ciudad y constituyen una amenaza permanente para el mundo civilizado”. (véase el capítulo La mujer en Grecia (mito y concepto) de Rubí de María Gómez, págs. 30-32).

(5) Si bien, en el mito de las amazonas, se asume que hay una advertencia de castigo, mutilación, humillación, y hasta de muerte, en caso de rebeldía, no por ello las mujeres deben frenar la lucha por su liberación. Un ejemplo eficaz de valor, arrojo, y confrontación abierta con el enemigo, lo hallamos en Fidel Castro y demás guerrilleros. Ellos no hubieran hecho un cambio de gobierno –para bien o para mal- en Cuba, si hubieran temido al castigo, la mutilación, etc. Lo mismo para quienes han participado en las revoluciones o para los que han luchado a favor de un cambio de régimen político, económico, social, etc.

Darío Yaparié

---------------

Bibliografía:

  • Ander-egg, Ezequiel (1983), Formas de alienación en la sociedad burguesa, Humanitas, Buenos Aires.
  • Gómez, Rubí de María (2001), “Género, cultura y filosofía” en Filosofía, cultura y diferencia sexual, Plaza y Valdés, México, pp. 75-107
  • Gómez, Rubí de María (2001), “La mujer en Grecia (mito y concepto)” en Filosofía, cultura y diferencia sexual, Plaza y Valdés, México, pp. 25-37
  • Gonzalez Rojo, Enrique (1982), La larga marcha, Oasis, México.
  • Toscano Medina, Marco Arturo (2001), “La filosofía, la mujer y la cultura” en Filosofía, cultura y diferencia sexual, Plaza y Valdés, México, pp. 161-171

La mujer en la cultura patriarcal (I)

Por  Darío Yaparié. Estudiante de Filosofía e Historia de las Ideas
en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México
No se nace mujer, se llega a serlo.
Simone de Beauvoir, El segundo sexo

 Para empezar a hablar de la mujer en la cultura, cabe preguntarse ¿qué es la cultura patriarcal?, ¿qué significa ser mujer en dicha cultura?, ¿cómo se concibe a las mujeres en el mundo occidental que, desde hace siglos, es construido, en gran parte, con la mente y la práctica de los hombres, pero también con la práctica de las mismas mujeres?, ¿por qué muchas mujeres son seres humanos que se encuentran en desventaja respecto de la posición de los hombres?, ¿qué situación viven las mujeres y cómo se puede intentar que mejoren sus vidas y se amplíen sus libertades?

Si empezamos por enfatizar en qué ha sido de la mayoría de las mujeres en la cultura patriarcal, veremos que han padecido, y siguen padeciendo, los embates de la represión machista, a partir de la idea de que el sexo femenino es un sexo acrítico y pasivo por “naturaleza”, misma naturaleza que, supuestamente, justifica y ordena que las mujeres (y los hombres) estén atrapadas en los tentáculos de la cultura. De hecho, para Rubí de María Gómez, “la humanidad de las mujeres ha estado en cuestión durante toda la historia de la cultura y la evidencia de este hecho – la ausencia de la mujer como sujeto cultural, y su carencia de derechos y prerrogativas que caracterizan y legitiman la existencia masculina- es tan apabullante que obnubila la misma posibilidad de preguntarse por ella” (Gómez, 2001:75).

Por consiguiente, las mujeres, por su escasa inserción en la cultura occidental, viven obedientes al someterse a las órdenes de los hombres, a un ámbito particular en su condición de mujeres. Tanto es así, que, a nivel cultural, existe una ruptura, además de un condicionamiento, desde los “otros” y con los “otros”, es decir, con los hombres. De hecho, el carácter de objetividad (1) que ostenta la cultura funge como separador de los seres humanos, e incluso se sitúa por encima de ellos. Digamos que se encuentran diferenciados el hombre y la mujer a pesar de que, paradójicamente, viven entrelazados al ser objetos de la misma cultura que subyace alrededor de ellos.

Además, dicho sea de paso, se aprecia que, en occidente, no sólo la mujer ha padecido los embates de la cultura patriarcal, sino también el hombre, a pesar de que de él manan las estructuras de la misma, el hombre mismo ha sido sujeto y objeto de su creación cultural. Debemos reflexionar en que indistintamente de los géneros separados con su respectiva posición social (si el hombre debe salir a trabajar, la mujer debe quedarse en casa para administrarla y cuidar a los hijos), se padece el problema de la deshumanización, consecuencia de las estructuras políticas, económicas, sociales, etc. A través de los siglos, el grueso de la humanidad del mundo occidental ha sido “deshumanizada” en pos de un sistema que produce y reproduce las relaciones sociales de producción cultural. Por esta razón, “las consecuencias de esta [especie de] colonización cultural son bien conocidas: mirar la propia realidad en un espejo en que se reflejan figuras de otra realidad, [se trata de un] buen sistema para distraernos de lo nuestro y para no emanciparnos culturalmente” (Ander-Egg, 1983:155).

Hay que tener en cuenta, que, la manera de concebir al hombre y a la mujer con su respectivo que hacer a nivel cultural, político e ideológico, se debe a la peculiar forma del pensamiento patriarcal, que circunscribe el ámbito de las relaciones humanas a una concepción supuestamente natural: los hombres y las mujeres son diferentes por naturaleza. Esto significa que la mujer es pasiva, obediente, sin pensamiento crítico, etc., y que el hombre es activo, replicante y capaz de pensar por sí mismo, y de paso por las mujeres. Tal pensamiento generador de abusos hacia la mujer, en suma, hace que los hombres sean los que gobiernen y las mujeres a que obedezcan. En buena medida, debemos semejante dualidad a los pioneros de las ideas que, como productos forjadores de la conciencia, han abonado el terreno de las relaciones humanas para influir de manera decisiva en ellas. A modo de ejemplo baste señalar la Biblia, los filósofos presocráticos, Pitágoras, Platón, Aristóteles, hasta los creadores de las teorías psicológicas como las de Sigmund Freud y Lacan. Cada uno de ellos justificará teóricamente el papel que deberá asumir el hombre y la mujer en el mundo occidental. Y la prueba es que, para Ezequiel Ander-Egg, con ellos sucede

Como tantos otros intelectuales europeos, incapaces de ver el mundo fuera de las gafas de su propia cultura, creían que aportaban el soplo espiritual del humanismo occidental, que sus voces eran proféticas […] Más todavía, ni siquiera repararon que esas ideas, más que alimento intelectual, constituían la justificación ideológica de la dominación […] que llevaban a la práctica los hombres de acción (Ander-Egg, 1983:155).

He aquí cómo comienza a forjarse un tipo de ser humano a partir de las “inteligencias” de unos cuántos sobre millones de “inteligencias” en el mundo occidental. De aquí, que también comience a forjarse una red cultural que entretejerán con sus actos los hombres y las mujeres. En todo ello se manifiesta el carácter simbólico o representativo de la construcción femenina y masculina como polos opuestos, como construcciones históricas dadas en un particular contexto.

El problema es que, aunque la fisonomía de los contextos cambie, las relaciones humanas con su respectiva construcción simbólica siguen vigentes y entretejidas en el uso y abuso del hombre hacia la mujer. Por ello es necesario que existan teorías o discursos desde el ámbito de la filosofía de la cultura, de la política, de la economía, del derecho y el Estado, de la ética, etc., que señalen los problemas de la cultura patriarcal que afectan directamente a la mujer, y también al hombre. “Es necesario que [se] piense a la mujer en el singular modo de ser que la ha distinguido y que, a la vez, la ha condenado a ser y existir en el mundo construido por el varón, […] la ha marginado de la creación y recreación de las formas de vida humana sociales y culturales” (Toscano Medina, 2001:161).

Así pues, es innegable que la mujer ha padecido los embates de la cultura. Esto es, que el ser de la mujer, a lo largo de la historia patriarcal, ha estado sujeto a las necesidades de dicha cultura. Pongamos por caso al ser de la mujer occidental en palabras del poeta mexicano Enrique González Rojo, un ser que hace la función de: “vulgar abono para que al árbol masculino [pronuncie] sus flores” (González Rojo, 1982:86). La mujer como un elemento vital para la construcción de lo masculino, y, al mismo tiempo, la mujer como un elemento de desconstrucción para sí misma. La mujer, en este problema, es para otro, pero no es para sí misma, se da al otro, pero no se da a sí misma, piensa en el otro, pero no piensa para sí y desde sí misma. En ella no se pronuncian sus flores como en el árbol masculino, lo cual es imposible, debido a que la mujer ni siquiera es árbol (un árbol que, por cierto, hunde sus raíces en la tierra y da frutos), simplemente es vulgar abono para nutrir al árbol masculino.

La mujer así, en la práctica cotidiana, se reduce a objeto, un objeto que no piensa por sí mismo, sino que lo piensan para el provecho del otro (del hombre),y también un objeto deseado por lo otro, es decir, por la cultura. Es importante, pues, que la mujer comience a pensarse desde sí y desde fuera de sí (desde la cultura del otro), si es su voluntad salir del lugar al que se le ha confinado; del papel de vulgar abono que reproduce las ramas y fortalece las raíces, tanto del árbol de la cultura como las del hombre mismo. “La mujer no ha jugado en ella ningún papel protagónico o relevante, si acaso el de cumplir el papel de una compañera cuya tarea es dar sosiego al conquistador, darle más hijos (que sean varones preferentemente) y que sea capaz de reproducir en el espacio doméstico (único espacio en el que encuentra su “realización”) la educación y los valores masculinos” (Toscano Medina, 2001:164).

En efecto, si la mujer empieza por pensarse desde sí y desde fuera de sí hará conciencia de cómo se entreteje la cultura del otro y de cómo ha sido entretejida ella misma. La cultura del otro posee un sentido y una significación, misma que da un sentido, sí, pero una des-significación para la mujer como ser humano con capacidades como las del hombre mismo. La mujer-objeto se des-significa como sujeto activo capaz de construir e imprimir su espíritu en la cultura del otro. En ésta des-significación, la conciencia de la mujer, que es conciencia de sí misma, pierde sentido, pues está allí, sin más, esperando y bien dispuesta para dar sentido a la cultura del otro.

Ya la naturaleza (2) misma de la mujer -como un ente en que culmina la gestación humana- le da un lugar en el mundo, pero aquella no construye su ser en él. Es decir, la mujer y el hombre nacen, sí, naturalmente, de las entrañas de la mujer, pero la cultura no nace ni nacerá de las entrañas de ninguna mujer, sino de las mentes creadoras de los o las sujetos.

Por tanto, si la mujer “da a luz”, desde sus entrañas, al ser humano en general, el ser de la mujer, desde que nace, es un ser “sin luz” para la cultura del otro, no para sí misma. Es un ser para sí desde lo biológico en el que su cuerpo le pertenece (aunque hay mujeres que se dan por completo, negándose a sí mismas, que a la cultura del otro le pertenece su cuerpo y su espíritu), pero su conciencia aún no está construida, no es conciencia para ser sí misma. Ésta más bien comienza a construirse a través del tiempo, bajo la influencia de la cultura en la que nace. Por tanto, cuando el ser, desde sus primeros días, es arrojado a la cultura, desde la cultura para la cultura, según el tipo de cultura que prevalezca, y según la tradición que la fortalezca, el ser del ser humano se oprimirá o se liberará.

En otras palabras, la tarea que se debe asumir para la reconstrucción de la cultura y de una nueva mujer, es, primero, la de construir un aparato crítico, capaz de cuestionar y minar las bases de la cultura que prevalece. Si se es un tipo de mujer desde el discurso de la cultura, es porque también existe una mujer que se autoconstruye con el discurso y la práctica de dicha cultura. Una no puede existir sin la otra. El contexto cultural delimita y conforma a la mujer restándole subjetividad, estableciendo así una relación paralela de mutua dependencia.

-----

(1) La cultura es objetiva cuando ésta deja de ser producto de la subjetividad de quien la crea, es decir, de la sociedad en su conjunto, que la construye a través de la práctica cotidiana. Así, la cultura patriarcal, más que atender a la subjetividad que intentamos revivir en las mujeres y en los hombres de ella, la anula, objetivándolos para ser sus instrumentos. Digamos que la cultura hace el papel de regidor donde ésta no les pertenece a los seres humanos, sino que a la cultura le pertenecen los seres humanos. En esta paradoja, la cultura se establece como una entidad viva, separada de los mortales, debido a que nacimientos y muertes de seres humanos pueden ir y venir con el paso de los años, pero la cultura puede estar ahí, inalterable por el paso del tiempo, pero más aún por los hombres y las mujeres que la fortalecen en la práctica.

(2) Hablo de “la naturaleza de la mujer” en el sentido que, en las mujeres –a no ser que nazcan con problemas de esterilidad- la naturaleza decidió que en ellas se gestara el producto humano, para que finalmente lo arroje al mundo de los demás seres humanos y, por tanto, de la cultura. Sin embargo, de la mujer misma depende si quiere ser madre o no, pero tal decisión será una decisión cultural, no natural. Así pues, en caso de que la mujer decida no parir, no significa que no sea mujer.

1 2 3 4