La izquierda que gobierna para la derecha

¿Cuánto ha llovido desde la toma de los ayuntamientos como los de Madrid, Zaragoza, Barcelona,...? La apuesta por el asalto institucional fue una salida hacia adelante frente al techo de cristal que alcanzaron los movimientos sociales, al ver la necesidad de generar discurso político frente a la hegemonía de la derecha. La movilización por la movilización, el activismo sin fin ni resultados a medio plazo, la frustración por los pocos resultados obtenidos a costa de invertir mucho trabajo provocó un gran desgaste entre muchos activistas. De allí la necesidad de articularse políticamente para escribir las demandas de los movimientos sociales en la realidad material. ¿Y por qué se puso sobre la mesa (o se puso de moda) la idea del asalto institucional? Porquela izquierda revolucionaria de entonces, en vez de estar asumiendo las demandas de los movimientos sociales, articularse como un agente político con legitimidad y capacidad para lograr cambios políticos en la coyuntura dada teniendo aspiraciones hegemonistas, se estaba mirando el ombligo y peleándose entre sí.

Pero lo pasado ya es pasado y ya nos hemos dado cuenta de nuestros errores. El asalto institucional fue una propuesta lo suficientemente atractiva como para que una buena parte de las activistas se ilusionaran para formar candidaturas ciudadanas como salida viable frente al estancamiento. Bien, es cierto que la irrupción en el escenario de estas nuevas candidaturas lograron arrebatar ayuntamientos al PP así como cambiar el mapa político del país, pero sigue sin ser suficiente. El triunfalismo con el que van esas candidaturas de la nueva política se hace añicos cuando se dan cuenta de que no es ganar unas elecciones y ya. No solo eso, sino que en algunas ciudades, como el caso de Huesca, la candidatura ciudadana Cambiar Huesca tuvo que hacer coalición con el PSOE y dándole encima el ayuntamiento. Y ni llegando a tener la llave del ayuntamiento las cosas son tan sencillas, como está pasando en Zaragoza, donde las medidas progresistas que iba proponiendo el equipo de Zaragoza en Común estaban siendo entorpecidas y boicoteadas por los partidos del régimen (PPSOE). Luego están las lamentables actuaciones de Ahora Madrid con respecto a las políticas de vivienda, abriendo una oficina antidesahucios que solo atiende casos hipotecarios y no de alquileres, dejando tiradas a la PAH, y cediendo ante el boicot de la derecha con respecto a las calles y monumentos franquistas. Finalmente, mencionar la caradura de Ada Colau con respecto a los y las huelguistas del metro, cargando contra la huelga en vez de enfrentarse a la directiva de TMB.

Podríamos decir que las anarquistas tenemos razón, pero no basta con tenerla. Ya lo dije en otras ocasiones. Si tenemos razón y no sabemos articular una alternativa política mejor, sería igual que no tenerla. Sabemos que han entrado en las instituciones del enemigo jugando con las reglas impuestas por el enemigo, y que es prácticamente imposible democratizar estas instituciones, con su Estado profundo arraigado en la herencia franquista. Sabemos que desde las instituciones burguesas es imposible lograr cambios estructurales en el sistema. No obstante, me parece que estamos pasando por alto que una cosa es gobernar y otra, tener el poder. En este caso, si bien hay candidaturas ciudadanas en los gobiernos municipales, realmente el poder lo sigue teniendo la derecha, que aun estando como oposición, saben cómo bloquear medidas progresistas y cargar contra cualquier movimiento, por muy pequeño que sea, hecho por la izquierda. Y es que no solo están en la oposición, están en los consejos de administración de grandes empresas, en los medios de comunicación, en los bancos y en las instituciones europeas. Fuera de nuestras fronteras, Syriza es otro ejemplo de que carecen de soberanía para poner en marcha medidas progresistas.

Así que, ¿quién dijo que fuese tan fácil como llegar al despacho y poner en vigencia todas las reivindicaciones de los movimientos sociales? Sí, han jugado con la ilusión de muchas personas que se dejaron la piel en las calles y plazas, y ahora estamos viendo cómo algunas personas que estuvieron en primera línea en las calles están ahora ocupando concejalías nos están dejando tirados. La decepción se hace todavía mayor cuando incluso esas candidaturas se achantan ante el boicot, el linchamiento mediático y judicial que está realizando la derecha de este país. Son gobiernos débiles, sin soberanía alguna, que sumado a la desmovilización tras el declive del 15M, son incapaces de realizar muchas de las demandas que se reivindican desde los movimientos sociales. Antes, la derecha solo temía la pérdida de su mayoría absoluta y el control de sus chiringuitos. Ahora, se están frotando las manos ante una nueva política que está envejeciendo prematuramente, que en vez de sacar pecho e imponerse, se echan atrás y agachan la cabeza.

Pero no es hora de lamentos. No es hora de quedarnos en el sofá con los brazos cruzados llevando como bandera el "os lo dije, teníamos razón y no nos hicisteis caso", porque, ¿dónde estábamos cuando las calles se llenaban de manifestantes, brotaban en cada ciudad asambleas de barrio, plataformas contra los recortes en Sanidad y Educación? Y cuando todas aquellas movilizaciones comenzaron a decaer, ¿dónde estábamos para sacar nuevas propuestas y trasladar todas las reivinidicaciones sociales al escenario político del país para construir un proyecto de poder popular? Sirvan estas cuestiones para mirar hacia adelante y mover ficha. El camino no es fácil, pero deberíamos tener claro que tenemos que dar el salto hacia el escenario político con propuestas, programas y hojas de ruta, articulándonos como agentes de cambio legítimos en esta actual coyuntura, en otras palabras, a construir el poder popular que aspire a arrebatarle el poder a la clase dominante y no a entrar en sus juegos para acabar gobernando para la derecha.

Manifiesto por una convergencia revolucionaria antiestatal

Es nuestra intención animar un proceso de convergencia revolucionaria previa definición de lo que consideramos Revolución.

Entendemos por Revolución el derrocamiento del Régimen vigente, económico, político y social, y su sustitución por un nuevo orden libremente acordado. Esto sólo puede venir por un proceso de lucha popular que mine la autoridad del Estado desde los cimientos, y para ello nos sobran los parlamentos, los ayuntamientos y los distintos gobiernos autonómicos y regionales. Este proceso debe ser impulsado por organismos populares horizontales autoorganizados que funcionen de manera asamblearia, que deben rechazar cualquier intento de absorción por parte de partidos y sindicatos si quieren continuar siendo libres a la hora de tomar decisiones y autónomos en la forma de funcionar. Entendemos pues que colaborar con las instituciones legitimando su función mediante las urnas y los mecanismos de participación acordados por el propio Sistema (como los partidos políticos y los sindicatos, sean éstos más o menos transparentes) es caminar en dirección opuesta a la de la Revolución Social.

Es absolutamente imprescindible que este proceso revolucionario tenga sus defensores, que la opción revolucionaria, rupturista, radical.... tenga voz propia, que exista, se manifieste y se dé a conocer enfrentándose dialécticamente con sus contrarios y enemigos, no ya el mismo Estado, el Régimen, el Orden, al que hay que denunciar y al que hay que enfrentarse a porfía con una estrategia meditada sino también a las diversas facciones que enmascaran y maquillan tras una apariencia más ó menos contestataria, asamblearia, opositora o antisistema, proyectos de legitimación de esta Dictadura Parlamentaria, de "regeneración democrática", de perfeccionamiento de la democracia, en resumen de apuntalamiento y sostenimiento del orden vigente. Esta es la labor de la izquierda del Capitalismo, parlamentaria ó extra-parlamentaria según convenga, más ó menos "extrema" y que ahora mismo cosecha éxitos en su programa de "reiniciar el Sistema", lema que no deja lugar a dudas sobre sus prístinas y aviesas intenciones, es un "volver a empezar", un "y vuelta la burra al trigo".

Por lo tanto, quienes tomamos partido por la Revolución hemos de criticar, denunciar y enfrentar el izquierdismo y a las izquierdas, sin complejos ni vacilaciones, con argumentos y públicamente. Debemos separarnos de la falsa oposición, la que sólo oposita al poder, quienes francamente nos oponemos a él y anhelamos no administrarlo sino combatirlo y eliminarlo, defendiendo la Revolución con vehemencia. Estar por la Revolución es estar contra el Capitalismo y contra el Estado, vístanse como se vistan. La denuncia de este régimen como una dictadura con la que hay que acabar y a la que hay que enfrentarse sin tregua, la defensa de su superación revolucionaria nos lleva a no aspirar a participar en sus instituciones y a boicotear y renunciar a la representación electoral y al entramado institucional no colaborando bajo ningún concepto en la gestión de este sistema de explotación, no justificándolo ni integrándolo.

La defensa de las asambleas como órganos soberanos de organización y poder popular es incompatible con la defensa del parlamentarismo, expresión máxima de la delegación. O auto-gobierno del Pueblo o dictadura del Estado. Quienes pretenden la coexistencia relajada de asambleas populares con las instituciones de la Dictadura Parlamentaria como proyecto de perfeccionamiento democrático, caricaturizando y reduciendo las asambleas a meros órganos consultivos y decorativos, son los defensores del Estado, son los mismos que las temen como instrumento de lucha y fortalecimiento popular, y de esta forma pretenden destruirlas como herramienta de combate y organización del pueblo. Las asambleas populares serán el legítimo auto-gobierno del Pueblo que ha de enfrentarse al gobierno dictatorial del Estado. Las asambleas no colaboran con el poder, lo deslegitiman, enfrentan y desprecian. La soberanía no puede ser representada, ninguna política es legítima democráticamente a menos que sea propuesta, discutida y decidida por el pueblo, no por representantes o sustitutos. Una democracia participativa no puede ser alcanzada por la sociedad en su conjunto mientras la vida pública esté disponible solo para aquellos con el suficiente tiempo libre para participar en ella.

Las soluciones dadas desde arriba se reducen a prometer trabajo, una mínima estabilidad económica, cierta capacidad de consumo y una dependencia absoluta. Desde la Izquierda la alternativa es mendigar trabajo, subsidio ó Renta Básica, una mínima estabilidad económica, cierta capacidad de consumo y unadependencia absoluta. Quienes sólo hablan el lenguaje económico del bienestar, de las necesidades materiales, de los derechos, son los que realmente no pasan de prometer una vida quizás materialmente aceptable pero ética e intelectualmente degradante y miserable. La carestía y el hambre, por sí mismas, no producen revoluciones sino enfermedad y muerte, la Revolución es un asunto de conciencia, de valores, de justicia social... no del monedero. Los revolucionarios hemos de hablar alto y claro contra el trabajo asalariado, contra la explotación y la legitimación del empresariado, en un momento histórico donde por primera vez han conseguido imponer el salariado generalizado y que éste no se viva como una imposición si no como la primera necesidad de la existencia. Desbaratar el maniqueismo de los defensores del Capitalismo que pretenden que solo se puede escoger entre trabajo asalariado o paro, derechas o izquierdas, monarquía o república...

Creemos que es urgente abandonar el lenguaje derechista que utiliza sobre todo la Izquierda, tener derechos, derecho al trabajo, a la educación, a la sanidad, al aborto.... es una perversión que los explotados y gobernados exijan serlo. Los pueblos, las comunidades, son capaces de ocuparse de lo suyo, de organizarse por su cuenta, de funcionar y satisfacer sus necesidades reales sin la tutela del Estado que vende cara su gestión y que como todo tutor administra los bienes del tutelado hasta su mayoría de edad, tratándonos a todos como incapaces, inútiles e inmaduros... y en este caso, la tutela del Estado es a perpetuidad.

Como enemigos del Estado lo somos del Estado del Bienestar. El bienestar del Estado es el bienestar del ganado. La humanidad que sueña con ser libre, con la igualdad y la justicia aspiramos a algo más que a un mejor establo. Se nos vende como el único freno a la sobreexplotación, el único capaz de controlar los
desmanes y excesos del “Capitalismo Salvaje” y de regalarnos derechos como la sanidad (sobremedicación, errores médicos, yatrogenia), educación (encierro forzoso desde temprana edad hasta la edad adulta para ser domesticados y encajar en el infame engranaje), ... que en realidad nos salen muy, muy caros. El Estado del Bienestar funciona en una pequeña parte del mundo coyunturalmente, se construyó desde arriba y no es fruto de pretendidas luchas sino de "favores", concesiones unilaterales que compraron la paz social y la renuncia al cambio social y a la justicia integral a cambio de ciertas mejoras que ya sin presión revolucionaria, como vienen se van. Esto ha permitido gobernar y explotar sin apenas conflicto ni contestación. Los actores y métodos políticos necesarios para perpetuar este pacto son los partidos, los sindicatos y las elecciones que no sirven en absoluto para otra cosa que no sea para sostener el sistema de explotación. Si se pretende luchar contra y no sostener al, se tiene que abandonar la defensa del Estado del Bienestar y no ceder a la tentación de aspirar a ralentizar su desmantelamiento. Esto no ha de ser tenido como victoria de los de abajo y menos aún como un objetivo deseable.

La defensa del Estado, del bienestar o no, de sus ministerios, de lo público, o sea, de lo estatal, es la defensa cerrada del orden vigente, ya sea la defensa de la educación pública, de la policía pública ó de la sanidad pública. Quienes hoy hablan de lo público, lo hacen como sinónimo de lo estatal. Esto nada tiene que ver con lo común, lo popular, es más, son términos enfrentados. El Estado destruye y esclaviza al Pueblo, domina, somete, explota, ningunea mediante jueces, policías, profesores, asistentes sociales, funcionarios de prisiones, psiquiatras, etc. El Estado del Bienestar produce adicción e inacción en sus “beneficiarios”, acomodaticios e inútiles a la hora de resolver sus problemas, satisfacer sus necesidades por si mismos o en colaboración con sus iguales. El Estado Social aplasta al individuo como garante de su propia conservación y neutraliza a la comunidad como ámbito de la ayuda mutua y la autogestión.

El Estado es, según el derecho, el administrador de la única violencia legítima en Democracia y en los últimos tiempos algunos movimientos sociales han tenido mucho interés en respetar este estado de las cosas, criminalizando a los manifestantes que se defienden de la policía y tratando de que las movilizaciones no rompan el decorado de las buenas maneras, siendo éstas movilizaciones el complemento de la única vía legítima de cambio social para él: la que salga de las urnas. No respetamos este Estado de Derecho que, al contrario, definimos como Estado de Excepción permanente, donde la propia ley legitima la violación de sus principios de igualdad ante la justicia.

La totalidad de los defensores del orden defienden, justifican y aplauden el uso de esta violencia, las amenazas y la coacción estatal contra quienes les cuestionan: Asesinatos, palizas, cárcel, multas... además, otro tipo de violencia mucho más sutil, la estructural, hoy se hace sentir con toda su fuerza: el terror impuesto en las clases populares mediante el binomio paro/trabajo precario, los desahucios, la marginación, etc.Entendemos la violencia como una herramienta más de lucha y en ciertos momentos y lugares ha de ser estratégicamente utilizada. La violencia por la violencia, el exhibicionismo y su mitificación son despreciables. Su uso no es obligatorio (pero sí necesario en ocasiones), como no puede serlo su renuncia. Puede haber sectores revolucionarios que nunca participen de ella, por precaución, por falta de compromiso, de decisión, por no asumir los riesgos o por defender activamente la desobediencia civil no violenta. Siempre ha pasado y siempre sucederá. Al enemigo se le puede enfrentar de muchas formas pero quienes conformamos el bando revolucionario hemos de respetarnos mutuamente, diferentes estrategias y acciones no son incompatibles sino complementarias. La falta de respeto sí lo es.

Es un buen momento para iniciar este proceso de convergencia revolucionaria: hoy en día el Sistema Democrático está pasando por una seria crisis de legitimidad, los viejos partidos se contraen carcomidos por la corrupción, escándalo tras escándalo la reputación negativa de los políticos y hombres públicos se deteriora más y más ante el hastío y la indignación de la gente. Por momentos parece que la población despierta, debate, discute, se interesa, se inclina a la reivindicación...Y es precisamente en este momento cuando tras casi cuatro décadas de Dictadura Parlamentaria la Democracia, los partidos, los políticos, el Sistema, se encuentra más débil, más devaluado que nunca, en peor posición, más cuestionado por todos, es ahora cuando en vez de hacer leña del árbol caído las izquierdas ven su oportunidad y estas izquierdas de todo tipo, hasta hace poco “anticapitalistas” e incluso algunas antiparlamentarias, echan un flotador al Sistema y nos pretenden convencer de que no falla el Régimen sino las personas y de que, qué casualidad, son ellos los más indicados para salvarnos, es decir, para explotarnos y oprimirnos más suave y éticamente (eso sí). Nos quieren convencer de que no hay alternativa a las instituciones del Estado y al Capitalismo, que pueden ser a lo sumo algo mejoradas, perfeccionadas, vestidas con “rostro humano”, pero nunca superadas, abolidas.

Ante el frentepopulismo nacionalista, ante el irresistible atractivo de los nacionalismos disfrazados de alternativa y de solución a ciertos problemas insistir en que sólo pretenden perpetuar idéntico sistema de dominación, repartírselo entre nuevos reyezuelos ansiosos de su propia taifa. No perderemos el tiempo dividiendo estados capitalistas en otros más pequeños ni haciéndolos más grandes. Lo principal para nosotros sigue siendo la cuestión social, o sea, el trabajo asalariado, la explotación del hombre por el hombre, el sistema de clases, el monopolio del poder político y económico, y los nacionalismos no la resuelven, la Revolución sí.

Nuestra lucha no tiene fronteras y como antaño seguimos creyendo que los oprimidos de todos los países y regiones deben unirse por encima de los nacionalismos chovinistas y que debemos establecer fuera de pactos políticos partidistas con fuerzas reaccionarias la solidaridad de la acción revolucionaria. Buscamos la formación de una comunidad en lucha, que se reconozca a sí misma, por si misma y en sí misma frente al enemigo, en la que caben disparidad de formas de acción, compartiendo la misma tendencia revolucionaria. Hemos de ser irrecuperables para la Izquierda, o sea para el Sistema. La comunidad en lucha reconoce, ampara, protege y apoya a quienes en la pelea sufren el acoso ó caen en manos del enemigo y desconfía y desprecia a quiénes le defienden y justifican. Tratamos de unir esfuerzos para el desarrollo y fortalecimiento del único proceso constituyente que consideramos necesario e inaplazable, el de la construcción de esta comunidad en lucha contra el poder con aspiraciones de justicia, libertad y equidad, regida por el apoyo mutuo, lo común, que sabe que la unión hace la fuerza y que separados estamos perdidos y vendidos, que sueña con un porvenir diferente y mejor para los suyos.

Se ha de ir esbozando el futuro, no posponer la solución de todo al día siguiente de la Revolución. Elaborar un proyecto revolucionario creíble, proponer, perfilar, premeditar cómo el pueblo autogobernado hará frente en la práctica a los diferentes asuntos de la problemática social (administración de la justicia, sanidad, defensa, logística, reparto a las comunidades de los nuevos bienes comunes --tierras, infraestructuras, viviendas--, qué se desmantela y qué se mantiene...). Hay mucho sobre lo que discutir y acordar, mucho que aprender, y por fortuna o no, tenemos tiempo de hacerlo. Somos conscientes de que es éste un proyecto a largo plazo (aunque la historia siempre da sorpresas) pero es el único por el que merece la pena pelear.Divulgar, hacer pedagogía revolucionaria, exponer, defender y debatir públicamente, existir, combatir, hacerse oír, para lograr más pronto que tarde tener entidad propia, ser identificados como fuerza por la sociedad y por nuestros enemigos de todos los colores. Por nosotros hablarán nuestras palabras y nuestros actos, nos cuidaremos de no caminar junto a quienes no aspiran a más, a ser más, más conscientes, unidos y mejores para llegar más lejos.

El reto no es pequeño : ¿Seremos capaces de romper el silencio, de acabar con esta paz de cementerio, de poner fin a la docilidad y a la apatía social ? , ¿Capaces de iniciar un sincero movimiento revolucionario en estos tiempos de derrota, de rendición y traición ? ¿Capaces de conseguir que parte del descontento madure en crítica social radical, en ansias de cambio real, en ilusión, en esperanza, en ganas de pelear y no sea cíclica e inexorablemente reabsorbido y reintegrado al Sistema, o sea, liquidado, quedando fuera únicamente una presencia residual, atomizada, paralizada, descorazonada, sin ambición alguna?

Quienes apostamos por la vía revolucionaria vivimos también sumergidos en el mundo del sexismo, del dinero, del consumo, la propiedad privada, lo material, las necesidades creadas, las comodidades. Acostumbrados a lo fácil, a recibir, a pedir, a competir y a asumir, inmersos en el mundo que ansiamos superar, vivimos en la contradicción, no podemos cuestionar este mundo sin cuestionarnos a nosotros mismos, combatirlo sin combatirnos. Todos estamos de uno u otro modo involucrados en los mecanismos de reproducción del Sistema, sabotearlo y atacarlo es, en ocasiones, atacar nuestra propia subsistencia. Vivir en esta contradicción sin que nos paralice y atempere es un reto tanto personal como colectivo que no podemos pasar por alto. Partiendo de las bases expuestas en este texto, invitamos a todas las personas de libre conciencia que sinceramente deseen acabar con el Capitalismo y el Estado, y que crean necesario, imprescindible e ineludible propagar por doquier la necesidad de un cambio revolucionario, a contactarnos para poder encontrarnos y discutir directamente y en profundidad sobre como empezar a avanzar con paso firme en esta dirección.

Salud y Anarquía,
¡Viva la Revolución!

Madrid, noviembre 2014.
CONTACTO:
cra@riseup.net

Los límites de la libertad de expresión

La libertad de expresión siempre ha estado y está presente en nuestras reivindicaciones y la defendemos como un derecho fundamental. Sin embargo, ¿hay límites en ella? ¿Todas y absolutamente todas las ideas se pueden expresar y tolerar? Así como la libertad social entendida por los y las anarquistas debe ir acompañada de responsabilidades tanto a nivel individual como colectivo, y que en ella no tiene cabida la libertad de explotación ya que la explotación supone la restricción de la libertad; en la libertad de expresión, ¿podrían tener cabida ideas que fomenten el odio o hagan apología de la opresión? Y es que la libertad de expresión no solamente apelamos a ello desde los sectores revolucionarios. En ocasiones, cuando de alguna manera ponemos trabas a la expresión de ideas contrarias, entre sectores reaccionarios también la van reivindicando y tratando de posicionarse como víctimas.

Pienso que para abordar este tema con mayor rigor debemos tener en cuenta las relaciones de poder¹, pues sin comprenderlas, podríamos llegar a poner al mismo nivel la censura de la clase dominante contra nosotras y nuestra "censura" hacia las ideas apologistas de la opresión. Recordemos que sino hay relaciones de poder equidistantes, no se pueden tratar usando la misma vara de medir. No obstante, censurar ideas que no concuerden con las nuestras es un acto autoritario y contradice con nuestros principios de libertad, además que la censura en ciertos casos puede producir el efecto contrario al deseado si se ha llevado unas campañas contra la censura y unos medios adecuados. Si tenemos argumentos sólidos para rebatir las ideas que reproducen las opresiones, sean clasistas, heteropatriarcales, racistas o ¿especistas? no tendríamos por qué impedir que se expresen. Pero sí que no las deberíamos tolerar en nuestros espacios ya que son las que combatimos. ¿Por qué tolerar las opresiones estructurales contra las que luchamos?

Los límites en la libertad de expresión están en que debemos defenderla frente a ideas que pretendan coartarla, reconocer las posturas victimistas que defienden las opresiones e impedir que, bajo el pretexto de la libertad de expresión, sean reproducidas en nuestros espacios. Pese a todo, en este artículo he decidido no dar nada por sentado y dejar un final abierto al debate. ¿Qué opináis al respecto?

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1- Para más información sobre las relaciones de poder, aquí.

Coherencia

Él era un anarquista curtido. Rondaba los cuarenta, y desde su juventud había participado en una infinidad de manifestaciones y acciones llamativas. También era conocido por sus escritos subversivos, incendiarios, abogando por la destrucción inmediata y completa del Estado y del capital. Él era sincero. Innumerables veces a lo largo de su vida había clamado contra la autoridad estatal, contra las relaciones de poder centralizadas y asimétricas y contra la imposición proveniente de toda jerarquía. Oponiéndose a cualquier tipo de tiranía política, siempre había sido fiel a la libertad y a la horizontalidad.

Él militaba en un colectivo formado por alrededor de treinta personas. Era específicamente anarquista, aunque entre sus integrantes había gentes de toda índole; estudiantes, okupas, trabajadores, feministas e incluso dos jubilados. Su principal objetivo era el de difundir la cultura ácrata, aunque los más jóvenes y aguerridos estaban constantemente en contacto con otras organizaciones afines para planear acciones, sobre todo en manifestaciones.

Él también tenía pareja sentimental. Aunque su pareja nunca se había declarado anarquista, era una persona lo suficientemente concienciada que entendía qué hacía él y por qué lo hacía. Con su pareja había tenido dos hijos, los cuales contaban con diez y once años. Hacía tiempo que él estaba en paro, de manera que aprovechaba todo el tiempo para dedicarlo a la causa de la anarquía.

No, Juan -dijo él-, eso no puede ser así. Las pegatinas y las pintadas deben de hacerse en el mismo momento que acontece la manifestación, no antes.

Pero si lo hacemos el día de antes disminuimos el riesgo a ser identificados, aparte de que al día siguiente, durante la manifestación, lo verían muchas más personas que si lo hiciésemos en el mismo momento de la manif...

He dicho que no puede ser así. Yo tengo experiencia. Sé de lo que hablo -dijo él-.

Yo también tengo experiencia en estas cosas, y te aseguro que...

Ya sabéis que yo no apoyo que se utilice el material urbano para hacer pintadas o poner pegatinas. No le veo la utilidad -replicó Javi-.

No empieces con eso otra vez, pesado. Si por ti fuese la revolución se haría pidiéndole por favor al que ostenta el poder -le respondió Sandra-.

Callaos, los dos -advirtió él-. Está decidido. Se hará durante la manifestación. ¿Estáis todos de acuerdo?

Vale... -respondieron al unisono los ocho integrantes que se encontraban ahí-.

Tras esta pequeña discusión y de haber tomado una decisión, él se marchó a casa para ultimar los últimos detalles respecto a lo que se proponían hacer en la manifestación. ¿Acaso no se daban cuenta que hacer las pintadas durante la manifestación era mejor? De esta manera la gente veía en vivo y en directo la acción, lo cual provocaba más impacto que lo que dijese el mensaje en sí. No entendían nada. Nadie entendía nada. Menos mal que él sabía cómo iban las cosas.

Al llegar a casa vio que sus hijos todavía estaban en el colegio -en esa maldita cárcel para niños-, y su mujer todavía tardaría un par de horas en llegar del trabajo. Así pues, se puso manos a la obra y empezó a trabajar con las pegatinas para tenerlas listas a tiempo.

Hola cariño, ya estoy aquí.

¿Dónde estabas? Has tardado más de lo habitual -inquirió él-.

Me he distraído un momento, no pasa nada.

¿Y dónde y con quién te has distraído? -persistió él-

Ay, cómo eres. El señor Ismael tenía una fuga en el grifo del tejado, y como él no puede subir debido a su avanzada edad, me ha pedido ayuda para que echase un vistazo, nada más.

Bien. Vamos a comer, que los niños nos esperan.

Esta mujer siempre desaparecía por una cosa u otra. Y siempre hablaba con todo el mundo.

¿Qué has hecho hoy en el colegio, Dani? -le preguntó él a uno de sus hijos-.

Hemos ido a ver una obra de teatro. Así que no tengo deberes.

Bien. Pues ahora te ordenarás la habitación y luego me acompañarás a pasear al perro.

No tengo ganas de pasear.

¿Qué? Tú vienes conmigo, aunque te tenga que llevar de la oreja.

Vale...

¿Y tú, Pedro? -preguntó a su otro hijo-.

Yo tengo deberes de matemáticas...

Pues tú me acompañarás otro día.

He recreado de forma muy breve lo que podría ser el día a día de cualquiera de nosotros. La vida cotidiana de alguien concienciado. Lo he hecho únicamente para que se entienda mejor y de manera más fácil lo que diré a continuación.

Llevo tiempo observando ciertos comportamientos dentro del ámbito libertario que, personalmente, no me gustan, y a veces hasta me asquean. Lo he presenciado sobre todo en las redes sociales, aunque también sé de primera mano otros casos fuera de las redes. No quiero generalizar, así que cada uno/a se sienta aludido/a si es el caso.

En muchas ocasiones son personas que han leído mucho, saben cómo se organiza la sociedad, poseen nociones generales sobre las estructuras y las relaciones de poder que imperan en nuestros días. Y de esta manera escriben y hablan sobre todo ello a grandes escalas. De manera macroscópica. Hablan del poder refiriéndose a la gran maquinaria del Estado, o critican duramente al patriarcado como estructura culturalmente determinada. Escriben sobre las relaciones sociales y de poder a grandes dimensiones, para comunidades o sociedades enteras. Sobre la libertad de todos. Sobre la organización y la horizontalidad de todos. Grandes estructuras, grandes relaciones de poder.

Pero de alguna manera olvidan las relaciones interpersonales, es decir, las relaciones de persona individual a persona individual. Olvidan, o ignoran, el tipo de interacción cotidiana entre nosotros y nosotras.

He presenciado muchos "debates" en los que poco les ha faltado para insultarse. Auténticas barbaridades por unas pequeñas discrepancias, totalmente nimias en comparación al resto de pensamientos e ideologías. He visto una cantidad ingente de intolerancia, más propia de ideologías autoritarias, y también mucha arrogancia por parte de gente que supuestamente rechaza la vanguardia profesional. Se llega a tales puntos de fanatismo que convierten en más grandes unas pequeñas diferencias que las enormes diferencias que nos separan de nuestros verdaderos rivales.

El hecho que subyace a este tipo de comportamientos es que reproducimos el mismo tipo de relaciones a pequeña escala que rechazamos a gran escala. En la historia que he narrado, he descrito a una persona que rechaza la autoridad del Estado, pero él es profundamente autoritario con sus congéneres. Alguien que escribiendo sobre la libertad de todos es sumamente intolerante con la opinión de unos pocos. Es alguien arrogante (por eso durante toda la historia le hacía llamar "él", para remarcar su supuesta unicidad), alguien que desprende chulería "porque tiene experiencia" o porque "ha leído esto". Alguien que siempre mira quién es más que quién, como si fuese una competición. Alguien dominador, posesivo. Todo esto a pequeña escala, en sus relaciones interpersonales, mientras que a gran escala clama todo lo contrario. Este hecho es completamente contrario a los principios anarquistas.

Lo descrito ocurría en un grupo reducido de personas, carente de influencia e importancia, un grupo que no tenía en sus manos la solución de ninguna cuestión de peso ni la decisión sobre asunto alguno de relevancia. Sucedía en un grupo de gente unida específicamente para hacer todo lo posible por la anarquía, es decir, para combatir las ficciones sociales, y para crear las bases de la libertad futura. Trasladar ahora el caso a un grupo mucho mayor, mucho más influyente, dedicado a problemas importantes y decisiones de carácter fundamental. Considerad a ese grupo encaminando sus esfuerzos hacia la formación de una sociedad libre. Y ahora decidme si a través de tal acumulación de pequeñas tiranías entrelazadas puede vislumbrarse alguna sociedad futura parecida a una sociedad libre o a una humanidad digna de sí misma.

La historia la he escrito como algo extremo, para remarcar lo que quiero decir. No creo que realmente ningún anarquista desarrollase tal grado de descaro.

No sé si este tipo de comportamientos son generalizados o excepcionales, pero sea como sea, independientemente de la frecuencia con que se den, es sumamente importante tener esto siempre en la cabeza. En nuestra vida cotidiana, junto con nuestras personas cercanas, debemos de recrear el tipo de interacciones que queremos en la sociedad futura. Sin puyas infundadas, sin intentar demostrar cuán equivocado es el supuesto del que parte el otro para verificar de esta manera el propio.

Que no se me malinterprete. No estoy diciendo con todo esto que no se tenga que debatir, al contrario, pero estos debates tienen que partir de la premisa fundamental del respeto mutuo. Sin arrogancias, ni chulerías, ni intolerancias. Tenemos que tener presente que diferencias siempre habrá (y es bueno que las haya, de hecho), y que es imposible hacer que todos concuerden en absolutamente todas las cosas. Aun así, todos nosotros compartimos unos principios básicos y comunes que nos sitúan dentro de la misma barricada. Hagamos de nuestra vida un ejemplo de lo que queremos en la sociedad, y no reproduzcamos los mismos esquemas de poder y las mismas conductas que decimos rechazar.

Una revolución en el exterior solamente será triunfante si anteriormente hemos revolucionado nuestros propios pensamientos, nuestras propias vidas, nuestra propia manera de relacionarnos con nuestros semejantes.

Radix

Lo estructural y las relaciones de poder

Estructura, poder y dominio son conceptos íntimamente relacionados y que debemos comprender para tener las herramientas de análisis para la transformación radical de la sociedad. Uno de los temas centrales en el anarquismo ha sido la cuestión del poder, donde se han escrito numerosos textos que apuntaban a que el ejercicio del poder resulta pernicioso y de ahí está el origen de todos los males y desigualdades en esta sociedad. Sin embargo, no podemos atendernos solo a la cuestión del poder, lo cual, he planteado ampliar el tema tratando la estructura y el dominio. ¿Es lo mismo poder y dominio? ¿Qué es la estructura? ¿Qué tienen que ver el dominio con la estructura? ¿Y el poder con la estructura? Cuestiones como éstas las iremos desarrollando a continuación.

Tenemos claro que vivimos en una sociedad con profundas desigualdades a todos los niveles: desde lo económico hasta lo político y social. Las desigualdades se producen por la existencia de grupos sociales dominantes y otros subordinados que sufren esa dominación. Dicha dominación se ejerce a través de unas bases materiales, como, por ejemplo, una posición económica ventajosa, a las cuales podemos denominar estructura o infraestructura y también ideológica llamada superestructura, en términos marxistas. Entonces, cuando hablamos de algo estructural en general, hacemos referencia a todas aquellas formas de opresión provenientes de los grupos sociales dominantes. Así por ejemplo, cuando hablamos de violencia estructural, hablamos de aquella que ejerce la clase dominante contra nosotras a través de la represión física de los porrazos, la criminalización de la pobreza, condenarnos a la miseria, etc. También, lo estructural puede hacer referencia a aquello que tiene causa directa en las bases materiales de un sistema, como por ejemplo, cuando hablamos de crisis estructural del capitalismo.

Hasta ahora, el concepto de poder en el anarquismo clásico ha ido asociado al dominio, pero las tesis sobre el poder de Foucault han abierto nuevas perspectivas para entender dicho concepto que rompe con el esquema clásico de poder igual a dominio. Según Foucault, el poder es, básicamente, una fuerza social que está presente y fluye en todo el cuerpo social sin unas direcciones determinadas, lo cual no es ejercido siempre desde el Estado o la clase dominante, sino que también puede provenir de instituciones organizadas fuera del Estado. Además, el poder no solo es meramente destructivo, también es creador, crea conocimientos y saberes en favor de los grupos sociales que los crean. Por tanto, podemos distinguir entre poder-dominio, aquel que se ejerce a través de la clase dominante y de carácter impositivo mediante la violencia y la creación de hegemonía y consenso para imponer los intereses de esa clase dominante; y el poder-fuerza social que es ejercido desde las clases explotadas a través de las organizaciones populares, la creación de contra-hegemonía y ruptura con el orden dominante para materializar los intereses de emancipación social.

Una vez aclarados los términos, es hora de relacionarlos y posteriormente ver su aplicación en la realidad social. La diferencia clave entre dominio y poder es que el dominio es un poder ejercido desde una posición ventajosa, es decir, el dominio se ejerce en un contexto donde no hay equidistancia en las relaciones de poder. Esa posición de ventaja lo da la estructura material e ideológica. Se podría decir entonces que el dominio es un poder estructural, aquel poder que se ejerce a través de una estructura material e ideológica construida a medida por aquel grupo social dominante. Es aquí donde tiene origen todas las opresiones que hoy en día conocemos: la opresión -o explotación- de clase, la heteropatriarcal y la racial. Todas estas opresiones comparten un común denominador que es la existencia de una base estructural mediante la cual se ejerce el dominio.

Así pues, en el plano económico podemos reconocer la dominación capitalista en el cual, los o las poseedoras de los medios de producción -la clase capitalista- les confieren una posición dominante frente a la clase obrera que carece de dichos medios. Es por ello que un o una trabajadora siempre está en una posición de desventaja frente al capitalista, lo que se traduce en una relación desigual de poder. No obstante, si la trabajadora se organiza junto con sus semejantes y construye a la vez un discurso que desafíe el discurso dominante, esta relación de poder puede cambiar en favor de la clase obrera mediante la lucha de clases. Asimismo, encontramos en la organización popular otra forma de articular un poder desde abajo.

Por supuesto que la opresión central es la de clases, pero no podemos restar importancia a las opresiones no clasistas, pues también sustentan el sistema capitalista. En este caso, el heteropatriarcado es una estructura socio-cultural en el cual los hombres heterosexuales adquieren una posición dominante respecto a los y las homosexuales y la mujer. Como en la opresión clasista donde la clase obrera está en una posición desfavorecida, la mujer y aquellas personas que se salen de la heteronormatividad se encuentran en una relación de poder con los hombres heterosexuales desfavorable. Consecuencia de ello es el machismo y la homofobia, manifestaciones de esta dominación heteropatriarcal. Lo mismo sucede con el racismo, en el cual el hombre blanco occidental se posiciona como dominante frente a otras etnias no blancas y no occidentales, juzgándolas en base a las concepciones sociales eurocentristas y etnocentristas, caracterizándoles principalmente como salvajes, delincuentes y esclavos.

La importancia de conocer estos conceptos nos permite reconocer correctamente las opresiones y no cometer errores como usar la misma vara de medir para un lado y para otro cuando las relaciones de poder son asimétricas. Para ello, pondré unos ejemplos breves que ilustren esta premisa: la violencia policial es ejercida desde la clase dominante y responde a sus intereses, al contrario que la violencia utilizada para la autodefensa. No es nada comparable robar artículos en un supermercado con el fraude fiscal, la fuga de capitales y con la explotación asalariada. El absentismo laboral o cualquier acto de "indisciplina" no es nada comparable a los ataques a los derechos de los y las trabajadores mediante las reformas laborales. Se culpa a la mujer de ser violada y que tiene que andarse con cuidado para evitarlo, cuando el culpable es el hombre quien comete las agresiones sexuales y que es él quien debe dejar de violarlas. Que una persona no blanca desprecie a un blanco o blanca por serlo no es nada comparable a las redadas racistas, la criminalización de la inmigración, su exclusión y discriminación, etc... Aquí de nuevo nos encontramos con el denominador común: lo estructural.

Una vez que sepamos en qué posición estamos y conozcamos las relaciones de poder en la realidad social, el siguiente paso es cómo articular respuestas contra ellas, no para crear nuevas formas de dominio sino en equilibrar la balanza de las relaciones de poder. Así por ejemplo, en el campo económico, solo podrá existir una relación de poder equidistante aboliendo el sistema capitalista e implantando un sistema socialista libertario que ponga los recursos, medios de producción e instrumentos de trabajo en común; en el político, en la abolición del Estado sustituyéndose por instituciones horizontales (asambleas, consejos, comités, confederaciones...) en las cuales los y las productoras y consumidoras sean quienes tomen las decisiones políticas; y en el plano socio-cultural, por el empoderamiento de las mujeres, homosexuales y minorías étnicas junto con la deconstrucción de los privilegios patriarcales y raciales. Suprimir el dominio implica destruir las estructuras del poder-dominio y crear otras estructuras materiales e ideológicas y junto a ello el poder popular, que sería el poder socializado donde las relaciones de poder entre distintos grupos sociales sean equidistantes.

Entre votantes y abstencionistas

Desde el arranque de la campaña electoral para las europeas, las calles y las redes se van inundando de propaganda electoral. A la par, la abstención empieza a preocupar tanto a partidos políticos de toda índole como personalidades de izquierdas y votantes. Mientras, a los y las anarquistas nos preocupan más el voto y no los datos de abstención que superan incluso al partido más votado, llevando el discurso de siempre a favor de la abstención activa. No obstante, urge también que repensemos la cuestión electoral más allá de repetir las consignas de siempre cada vez que se acerquen las elecciones. ¿Siempre es mejor no votar y dejar de participar en el juego electoral? ¿En qué circunstancias el voto sería una táctica más acertada? ¿Qué es mejor: un gobierno de derechas o uno de izquierdas? Esta última cuestión será tratada al final del artículo.

Bien es sabido que participar en el juego burgués es como "las herramientas del amo no van a desmontar la casa del amo", en ciertas ocasiones puede llegar a favorecer en parte, aunque simbólicamente, a la clase trabajadora o al menos llevar voces anticapitalistas al parlamento, como es el caso de las CUP catalanas, o en el caso de la CNT pidiendo el voto para el Frente Popular en 1936 para derrocar a la derecha y conseguir la libertad de los y las militantes presas. Debemos recordar que no somos ajenas a las políticas que salgan del parlamento. Nos afectan igual que al resto de mortales.  Sin embargo, ante prácticamente el monopolio de los grandes partidos, solo den a elegir entre neoliberalismo cercano a Margaret Thatcher o neoliberalismo con tintes socialdemócratas, sin que llegue a haber una ruptura radical con el sistema capitalista. Mientras, los partidos pequeños no consiguen casi pisar el parlamento, y más si se tratan de partidos a la izquierda de la socialdemocracia.

Entre votar o no, ronda una cuestión fundamental: la lucha de clases llevada a cabo desde las bases sociales, así como la lucha en el terreno político en las calles. Obviamente, el votar o pedir el voto para partidos minoritarios como Podemos, Izquierda Anticapitalista, Los Pueblos Deciden; e incluso IU, no implica necesariamente que solo se tome esa vía y se olvide de la lucha en las calles, aunque son casos que ocurren, en que ciertas personas solo se centran en la cuestión electoral olvidándose de la lucha en las calles. ¡Hasta hay votantes que, ante la impotencia de no poder cambiar nada, echa la culpa a los y las abstencionistas de que la derecha llegue al poder! ¿Quién es el enemigo? ¿El y la abstencionista o la injusta ley electoral y el capitalismo? Cada cual que saque conclusiones, pero las respuestas son claras: el orden burgués y el sistema capitalista. Por otro lado, la abstención de por sí no resulta nada concreto. Puede ser por pasividad, por desconfianza en las instituciones políticas, por negación a participar en el circo electoral, por no tener simpatías hacia ningún partido o porque, en el caso de los y las anarquistas, pensamos que la lucha no se puede delegar en ningún partido político, sino que se realiza en las calles a través de la organización popular y que la lucha política emane del pueblo. Es por ello que reivindicamos una abstención activa, que ponga énfasis en la autoorganización y no en el voto, en el empoderamiento (capacitación) del pueblo y no en las soluciones desde arriba. También, unos índices altos de abstención podrían significar la deslegitimación de las instituciones burguesas.

A quienes arremeten contra quienes optamos por la abstención, conviene recordarles que el derecho a la libre asociación se conquistó asociándonos; el derecho a la huelga, haciendo huelgas; así como la libertad de prensa, la jornada de 8h, los domingos festivos... ¡Incluso el mismo voto femenino! se consiguieron luchando y no votando, y que en el curso de esas luchas, derramaron mucha sangre obrera. Es en la clase trabajadora donde reside el poder y que solo se hará efectivo si se organiza y lucha contra el sistema capitalista desde las bases. Conviene recordar la frase de Voltairine de Cleyre la cual dice "los trabajadores tienen que aprender que su poder no está en la fuerza de su voto, sino en su capacidad de parar la producción".

¿Es entonces compatible el voto y la lucha en la calle? Si existe un peso mucho mayor en las bases sociales y es a través de esas bases donde se impulsan proyectos políticos, las acciones y las decisiones, siempre que la fuerza real resida en esas bases, podríamos decir que sí, como se da en el caso de la FeL Chile. De lo contrario, si no existe esa base social desde donde se articulan los movimientos sociales, es completamente inútil el voto. A partir de esta respuesta, elaboramos la contestación a la pregunta hecha en la introducción. Si bien diríamos que nos importará bien poco que gobierne la derecha o la izquierda, pues ambas posturas siguen manteniendo el sistema capitalista, nos sería más favorable un gobierno de izquierdas que uno liberal-conservador, ya que nos permitiría una mayor libertad a la hora de organizarnos y luchar que si estuviese un gobierno de derechas, que nos dificultaría más poniendo trabas legales a las organizaciones y las acciones. Por contra, un gobierno de izquierdas juega un papel apaciguador y de conciliación de clases en favor de la clase dominante, lo que se traduce en la neutralización de la lucha de clases y en la desmovilización del movimiento obrero dejándolo sin capacidad de respuesta ante las ofensivas neoliberales y/o fascistas, como ocurrió con la República de Weimar, que ante la reacción nazi, no pudieron pararles los pies.

A modo de conclusión. No obligamos a nadie a abstenerse, pero tampoco vamos a tolerar que nos obliguen a votar. Que la lucha social y de clase se gana en las calles, en los tajos, en los institutos y en las universidades y en todas partes donde el sistema capitalista pretenda abrir mercados. Pero quien quiera votar un partido minoritario o votar nulo, que sea libre de hacerlo, sin olvidar, claro está, que la lucha de clases no la ganaremos en las urnas.

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