Insurrección abierta

«Nos parece que lo que verdaderamente quita la libertad
y hace imposible la iniciativa,
es el aislamiento que vuelve impotente»
Errico Malatesta.

Se tiene una idea cuantitativa de revolución, algo así como una sobreproducción de actos de revuelta individual. Émile Henry escribió: "No perdamos de vista que la revolución no será sino el resultado de todas estas revueltas particulares". La historia desmiente abiertamente esta tesis. La revolución es el choque de un acto cualquiera (la toma de una prisión, una nueva okupación, el suicidio de alguien desahuciado) y la situación en general, y no la suma aritmética de actos de revuelta por separado. Aquellos que parten de esta tesis cuantitativa tienen el camino señalizado, ya que su desenlace es previsible: uno se agota en un activismo que no va a ninguna parte, uno se abandona a un discurso agotador de la acción donde todo gira entorno a actualizar su identidad radical. Esto dura un tiempo (el tiempo de la depresión o la represión). Y resulta que uno no ha cambiado nada. Su condición parece ser el autohundimiento permanente. Ninguna forma de acción es en sí misma revolucionaria. El sabotaje ha sido practicado tanto por reformistas como por fascistas. El grado de "violencia" en una manifestación no dice nada de su pretensión revolucionaria. No se mide el grado de "radicalidad" por el número de vitrinas rotas; este criterio únicamente es utilizado por aquellos preocupados en medir cuantitativamente los fenómenos políticos.

Un gesto es revolucionario no por su contenido propio, sino por los efectos que engendra. Revolucionario es aquello que efectivamente causa revoluciones. Es por el sentido que toma al entrar en contacto con el mundo que una acción es subversiva, o no. La verdadera actividad para los revolucionarios es la de hacer crecer las potencias en las que participan, en tratar bien a todas las personas susceptibles de abarcar una situación revolucionaria, independientemente de su ideología. Aquellos que oponen los "radicales" a los "ciudadanos", los "rebeldes" a la "población pasiva", solamente consiguen construir obstáculos para que se abarque dicha susceptibilidad. Y de paso anticipan el trabajo de la policía al señalarse a sí mismos como "revolucionarios profesionales". Es bastante sencillo entender que no están ocupados en construir una fuerza revolucionaria real, sino en mantener una fantasmal carrera hacia la radicalidad. Se teme ya no ser radical, como se teme en otras partes no ser cool o hipster. El aislamiento de estos medios es algo estructural: han puesto entre ellos y el resto del mundo el criterio de la radicalidad, y mientras no se entienda esto solo seremos impotentes con muchas ganas de perder el tiempo. Tiempo que, por otro lado, corre en nuestra contra.

Separar a los gobernados de su potencia de actuación política es lo que hace la policía cada vez que, al finalizar una manifestación, trata por todos los medios de "aislar a los violentos". Para aplastar una insurrección nada es más eficaz que producir una escisión en el seno de la población insurrecta, entre la minoría militarizada, generalmente clandestina y pronto "terrorista", y el resto de la población. Resulta interesante analizar los hechos ocurridos en Irlanda del Norte a finales de los años sesenta y principios de los setenta. En agosto de 1969, la fuerza del IRA formó un bloque con los barrios católicos que se habían declarado autónomos. Los guetos se habían sublevado, habían levantado barricadas en cada entrada y estaban cerradas a la policía. Algunos compraban comida para aquellos que ya no podían moverse libremente debido a su clandestinidad. Otros jóvenes alternaban la escuela por la mañana y las barricadas por la tarde. El IRA se fundió con el tejido extremadamente denso de esos guetos. En 1972 todo parecía posible. La respuesta de Gran Bretaña no se hizo esperar; vaciaron los barrios, seccionaron las comunicaciones y lograron separar a los revolucionarios profesionales del resto de la población amotinada, arrancándoles así las mil complicidades que habían logrado tejer. De esta manera se constriñó al IRA para que no fuese más que un grupo paramilitar, una fracción armada condenada al agotamiento, al encarcelamiento y a las ejecuciones. La táctica de la represión consistió en hacer existir a un sujeto revolucionario radical, para luego separarlo de todo lo que hacía de él una fuerza viva de la comunidad. Todo esto sumado a los falsos atentados atribuidos al IRA produjo que este fuese visto como un monstruo políticamente desligado. Conclusión: el aislamiento (producido por nosotros mismos o por el Estado) conduce al fracaso de cualquier levantamiento o insurrección.

No pensemos que se busca "destruirnos". Partamos más bien de que se busca "producirnos". Producirnos como sujetos políticos. Como "anarquistas", como "Black Bloc" o como "antisistemas". Disolvamos de una vez al sujeto-terrorista que el Estado se toma tanto trabajo en imitar.En el fondo esto abre el viejo debate de saber si hay que ir al encuentro de la sociedad para cambiarla, proponiéndole y dándole el ejemplo de otros modos de organización, o si hay simplemente que destruirla sin tomar en cuenta a aquellos que, por su pasividad o sumisión, aseguran que se perpetúe. Un error común es que los revolucionarios tratan de concienciar a la "población" desde la exterioridad vacía de no se sabe qué "proyecto de sociedad".

Es imposible establecer una comunicación eficaz cuando una de las partes es completamente ajena a la otra.

La minoría consciente tiene que partir más bien de su propia presencia, de los lugares que habita, de los territorios que les son familiares y cotidianos, de los vínculos que los unen a su alrededor. Raúl Zibechi escribía tras la insurrección de Bolivia en 2003: "Acciones de esta envergadura no pueden consumarse sin la existencia de una densa red de relaciones entre las personas; relaciones que son también formas de organización. El problema es que no estamos dispuestos a considerar que en la vida cotidiana las relaciones de vecindad, amistad, compañerismo, camaradería, son organizaciones de la misma importancia que el sindicato o el partido. Las relaciones y acuerdos pactados y codificados formalmente suelen tener más importancia que las fidelidades tejidas por vínculos afectivos. Son los mismos órganos que sostienen la vida cotidiana (asambleas de barrio) lo que sostienen el levantamiento".

Tenemos que conceder a los detalles más cotidianos, más ínfimos de nuestra vida común, el mismo cuidado que concedemos a la revolución. La mayoría de organizaciones y sindicatos hablan estando separados, aislados de toda vida comunitaria, y de esta manera es imposible incrementar potencia alguna. Al contrario, nos quema y al mismo tiempo el aislamiento nos señala ante el Estado como "sospechosos". El tacto con los demás, hoy en día, es el aspecto cardinal de todo revolucionario que se precie.

"La lucha está en la calle" no quiere decir solamente ir a tropecientas manifestaciones, pasearse por la ciudad o romper escaparates. La lucha en la calle tiene otro componente más simbólico, pero no por ello menos importante. Calle es vivirla, sentirla y estar con la gente, compartir, escuchar, aprender. Es recrear comunidades y barrios mediante la secesión. Es establecer vínculos, redes, solidaridades. Es disolverse en la comunidad para no tener un rostro reconocible que facilite el trabajo del Estado. A menudo la militancia nos aparta del mundo y de la calle real. Es hora de desembarazarse de toda la morralla mental que arrastramos y partir de lo que se da. La historia del movimiento revolucionario es, en primer lugar, la historia de los lazos que le otorgan su consistencia. La tarea revolucionaria se ha convertido en una tarea de traducción. No hay un "esperanto" de la revuelta. No se trata de que los demás aprendan a hablar anarquista, sino de que los anarquistas seamos políglotas.

Tampoco se trata de escoger entre el cuidado hacia lo que construimos y nuestra fuerza de choque política. Nuestra fuerza de choque está hecha de la intensidad misma de lo que vivimos, de las formas de expresión que se inventan, de la capacidad colectiva para soportar la prueba de aquello a lo que se enfrenta. Lo real es lo que resiste.

«¿Qué es la felicidad?
El sentimiento de que la potencia crece;
de que un obstáculo está a punto de ser superado»
Friedrich Nietzsche.

Radix

Coherencia

Él era un anarquista curtido. Rondaba los cuarenta, y desde su juventud había participado en una infinidad de manifestaciones y acciones llamativas. También era conocido por sus escritos subversivos, incendiarios, abogando por la destrucción inmediata y completa del Estado y del capital. Él era sincero. Innumerables veces a lo largo de su vida había clamado contra la autoridad estatal, contra las relaciones de poder centralizadas y asimétricas y contra la imposición proveniente de toda jerarquía. Oponiéndose a cualquier tipo de tiranía política, siempre había sido fiel a la libertad y a la horizontalidad.

Él militaba en un colectivo formado por alrededor de treinta personas. Era específicamente anarquista, aunque entre sus integrantes había gentes de toda índole; estudiantes, okupas, trabajadores, feministas e incluso dos jubilados. Su principal objetivo era el de difundir la cultura ácrata, aunque los más jóvenes y aguerridos estaban constantemente en contacto con otras organizaciones afines para planear acciones, sobre todo en manifestaciones.

Él también tenía pareja sentimental. Aunque su pareja nunca se había declarado anarquista, era una persona lo suficientemente concienciada que entendía qué hacía él y por qué lo hacía. Con su pareja había tenido dos hijos, los cuales contaban con diez y once años. Hacía tiempo que él estaba en paro, de manera que aprovechaba todo el tiempo para dedicarlo a la causa de la anarquía.

No, Juan -dijo él-, eso no puede ser así. Las pegatinas y las pintadas deben de hacerse en el mismo momento que acontece la manifestación, no antes.

Pero si lo hacemos el día de antes disminuimos el riesgo a ser identificados, aparte de que al día siguiente, durante la manifestación, lo verían muchas más personas que si lo hiciésemos en el mismo momento de la manif...

He dicho que no puede ser así. Yo tengo experiencia. Sé de lo que hablo -dijo él-.

Yo también tengo experiencia en estas cosas, y te aseguro que...

Ya sabéis que yo no apoyo que se utilice el material urbano para hacer pintadas o poner pegatinas. No le veo la utilidad -replicó Javi-.

No empieces con eso otra vez, pesado. Si por ti fuese la revolución se haría pidiéndole por favor al que ostenta el poder -le respondió Sandra-.

Callaos, los dos -advirtió él-. Está decidido. Se hará durante la manifestación. ¿Estáis todos de acuerdo?

Vale... -respondieron al unisono los ocho integrantes que se encontraban ahí-.

Tras esta pequeña discusión y de haber tomado una decisión, él se marchó a casa para ultimar los últimos detalles respecto a lo que se proponían hacer en la manifestación. ¿Acaso no se daban cuenta que hacer las pintadas durante la manifestación era mejor? De esta manera la gente veía en vivo y en directo la acción, lo cual provocaba más impacto que lo que dijese el mensaje en sí. No entendían nada. Nadie entendía nada. Menos mal que él sabía cómo iban las cosas.

Al llegar a casa vio que sus hijos todavía estaban en el colegio -en esa maldita cárcel para niños-, y su mujer todavía tardaría un par de horas en llegar del trabajo. Así pues, se puso manos a la obra y empezó a trabajar con las pegatinas para tenerlas listas a tiempo.

Hola cariño, ya estoy aquí.

¿Dónde estabas? Has tardado más de lo habitual -inquirió él-.

Me he distraído un momento, no pasa nada.

¿Y dónde y con quién te has distraído? -persistió él-

Ay, cómo eres. El señor Ismael tenía una fuga en el grifo del tejado, y como él no puede subir debido a su avanzada edad, me ha pedido ayuda para que echase un vistazo, nada más.

Bien. Vamos a comer, que los niños nos esperan.

Esta mujer siempre desaparecía por una cosa u otra. Y siempre hablaba con todo el mundo.

¿Qué has hecho hoy en el colegio, Dani? -le preguntó él a uno de sus hijos-.

Hemos ido a ver una obra de teatro. Así que no tengo deberes.

Bien. Pues ahora te ordenarás la habitación y luego me acompañarás a pasear al perro.

No tengo ganas de pasear.

¿Qué? Tú vienes conmigo, aunque te tenga que llevar de la oreja.

Vale...

¿Y tú, Pedro? -preguntó a su otro hijo-.

Yo tengo deberes de matemáticas...

Pues tú me acompañarás otro día.

He recreado de forma muy breve lo que podría ser el día a día de cualquiera de nosotros. La vida cotidiana de alguien concienciado. Lo he hecho únicamente para que se entienda mejor y de manera más fácil lo que diré a continuación.

Llevo tiempo observando ciertos comportamientos dentro del ámbito libertario que, personalmente, no me gustan, y a veces hasta me asquean. Lo he presenciado sobre todo en las redes sociales, aunque también sé de primera mano otros casos fuera de las redes. No quiero generalizar, así que cada uno/a se sienta aludido/a si es el caso.

En muchas ocasiones son personas que han leído mucho, saben cómo se organiza la sociedad, poseen nociones generales sobre las estructuras y las relaciones de poder que imperan en nuestros días. Y de esta manera escriben y hablan sobre todo ello a grandes escalas. De manera macroscópica. Hablan del poder refiriéndose a la gran maquinaria del Estado, o critican duramente al patriarcado como estructura culturalmente determinada. Escriben sobre las relaciones sociales y de poder a grandes dimensiones, para comunidades o sociedades enteras. Sobre la libertad de todos. Sobre la organización y la horizontalidad de todos. Grandes estructuras, grandes relaciones de poder.

Pero de alguna manera olvidan las relaciones interpersonales, es decir, las relaciones de persona individual a persona individual. Olvidan, o ignoran, el tipo de interacción cotidiana entre nosotros y nosotras.

He presenciado muchos "debates" en los que poco les ha faltado para insultarse. Auténticas barbaridades por unas pequeñas discrepancias, totalmente nimias en comparación al resto de pensamientos e ideologías. He visto una cantidad ingente de intolerancia, más propia de ideologías autoritarias, y también mucha arrogancia por parte de gente que supuestamente rechaza la vanguardia profesional. Se llega a tales puntos de fanatismo que convierten en más grandes unas pequeñas diferencias que las enormes diferencias que nos separan de nuestros verdaderos rivales.

El hecho que subyace a este tipo de comportamientos es que reproducimos el mismo tipo de relaciones a pequeña escala que rechazamos a gran escala. En la historia que he narrado, he descrito a una persona que rechaza la autoridad del Estado, pero él es profundamente autoritario con sus congéneres. Alguien que escribiendo sobre la libertad de todos es sumamente intolerante con la opinión de unos pocos. Es alguien arrogante (por eso durante toda la historia le hacía llamar "él", para remarcar su supuesta unicidad), alguien que desprende chulería "porque tiene experiencia" o porque "ha leído esto". Alguien que siempre mira quién es más que quién, como si fuese una competición. Alguien dominador, posesivo. Todo esto a pequeña escala, en sus relaciones interpersonales, mientras que a gran escala clama todo lo contrario. Este hecho es completamente contrario a los principios anarquistas.

Lo descrito ocurría en un grupo reducido de personas, carente de influencia e importancia, un grupo que no tenía en sus manos la solución de ninguna cuestión de peso ni la decisión sobre asunto alguno de relevancia. Sucedía en un grupo de gente unida específicamente para hacer todo lo posible por la anarquía, es decir, para combatir las ficciones sociales, y para crear las bases de la libertad futura. Trasladar ahora el caso a un grupo mucho mayor, mucho más influyente, dedicado a problemas importantes y decisiones de carácter fundamental. Considerad a ese grupo encaminando sus esfuerzos hacia la formación de una sociedad libre. Y ahora decidme si a través de tal acumulación de pequeñas tiranías entrelazadas puede vislumbrarse alguna sociedad futura parecida a una sociedad libre o a una humanidad digna de sí misma.

La historia la he escrito como algo extremo, para remarcar lo que quiero decir. No creo que realmente ningún anarquista desarrollase tal grado de descaro.

No sé si este tipo de comportamientos son generalizados o excepcionales, pero sea como sea, independientemente de la frecuencia con que se den, es sumamente importante tener esto siempre en la cabeza. En nuestra vida cotidiana, junto con nuestras personas cercanas, debemos de recrear el tipo de interacciones que queremos en la sociedad futura. Sin puyas infundadas, sin intentar demostrar cuán equivocado es el supuesto del que parte el otro para verificar de esta manera el propio.

Que no se me malinterprete. No estoy diciendo con todo esto que no se tenga que debatir, al contrario, pero estos debates tienen que partir de la premisa fundamental del respeto mutuo. Sin arrogancias, ni chulerías, ni intolerancias. Tenemos que tener presente que diferencias siempre habrá (y es bueno que las haya, de hecho), y que es imposible hacer que todos concuerden en absolutamente todas las cosas. Aun así, todos nosotros compartimos unos principios básicos y comunes que nos sitúan dentro de la misma barricada. Hagamos de nuestra vida un ejemplo de lo que queremos en la sociedad, y no reproduzcamos los mismos esquemas de poder y las mismas conductas que decimos rechazar.

Una revolución en el exterior solamente será triunfante si anteriormente hemos revolucionado nuestros propios pensamientos, nuestras propias vidas, nuestra propia manera de relacionarnos con nuestros semejantes.

Radix

[Recomendación] Perritos perdidos

Texto extraido de uno de los antiguos blogs de Alasbarricadas.org. En concreto el del Sr. Povondra, también conocido por otros nombres. Vaya el homenaje para él, donde quiera que esté:

Perritos perdidos

Un perro perdido es ese perro sin amo que se va siempre detrás del primero que pasa y que los puedes ahuyentar a pedradas si quieres o hacerles mil putadas. Todos tenemos necesidades afectivas y las relaciones, esporádicas o estables, nos ayudan a satisfacerlas y son buenas para la autoestima cuando son gratificantes. Otra cosa es cuando eso se busca compulsivamente o degrada a las personas que, por lo que sea, están dispuestas a intercambiar sexo por aceptación o un par de palabras amables y después se sienten un trapo.

Los "antisistema" estamos aburridos de advertir (casi siempre en ojo ajeno) sobre el peligro del consumismo compulsivo, el alcoholismo compulsivo, el pastilleo, los porros... La anorexia también la vemos mal, pero se nos queda fuera la sexualidad compulsiva, que es algo que también fomenta la televisión hora sí y hora también y se ha convertido en una forma de relación que todavía se contempla como guay y casi casi necesaria para no sentirte un miserable en esta vida. Y la sexualidad es algo muy delicado que influye en las personas por lo menos tanto como las drogas. ¿Qué pasa, que porque juguemos a detectar la sexualidad subliminal de la publicidad comercial y no compremos coches estamos ya liberados de todas las dinámicas mentales opresoras?

Cuando se habla de promiscuidad se trata de definir una conducta de sexualidad que puede ser libre o meramente desordenada, sin distinguir ni pararse a mirar en lo que mueve a las personas a adoptar esa forma de sexualidad. Desde el machismo tradicional hay muchos nombres para las promiscuas: calentorra, cachonda, ninfómana, puta... Esos nombres sirven para despreciar a las mujeres que no llegan vírgenes al matrimonio –qué escándalo- o no casan con las normas tradicionales, pero también etiquetan a algunas mujeres que realmente son incapaces de controlar su propia sexualidad y se convierten en objeto y presa de quien quiera pasárselas por la piedra.

En nuestra especie, como en todas, la sexualidad marca las relaciones sociales. La ligamos a la afectividad pero, a través del lenguaje, también a la jerarquía. El lenguaje de la sexualidad puede dividir nuestro mundo en jodidos y jodedores: las personas jodidas, machos o hembras, son rebajadas, valen menos. Esa ambigüedad en el lenguaje no es casual. A todos nos ha puesto el gato el culo en pompa para reconocer su sumisión y la sodomía también es una forma de establecer jerarquías entre animales gregarios. Hasta hace bien poco era normal entre las personas elegir una mujer y ligarla a ti por medio de la violación, que es lo habitual en el resto del reino animal y no deja de ocurrir entre personas. Violentar la voluntad ajena a través del sexo sigue siendo una forma de obtener sumisión.

De acuerdo con que hemos sido capaces de civilizarnos más allá de esos esquemas de manada de mandriles y sabemos que la sexualidad también se puede vivir de una manera más libre, pero también puedo visitar páginas porno y ver lo que esperan muchos hombres de las chicas que se abren de piernas ante la cámara: junto con toda la colección de mujeres de otras razas, sexo con animales y demás podemos encontrar: lolitas, cachondas, borrachas... y me temo que los ojos de algunas “sucias adolescentes rusas” mirando a la cámara los he visto fuera de las fotos, en la "vida real". El gran negocio del porno suele reproducir el esquema del sexo como acto de dominación. Las miradas de muchas de esas mujeres son terribles.

Igual que existe la figura del tonto del pueblo existe otra menos publicitada: la puta del pueblo. A la “puta” de mi pueblo se la han follado entre varios más de una vez, le han hecho de todo. También he oído contar historias de “putas” de pueblo tiradas desnudas en cunetas, con la memoria bloqueada, folladas entre varios sobre una mesa de billar, penetradas con animales, objetos... igual que sabemos que se viola en grupo a muchas inmigrantes para quebrar su voluntad y poder prostituirlas más cómodamente. A eso se le llama esclavitud sexual y no sólo lo practican los rumanos malosos, sino también Fuenteovejuna. Igual que el virgo sigue garantizando en más de medio mundo que quien lo rompa poseerá a la desvirgada para siempre. El lenguaje del sexo y la posesión vuelve a entrelazarse. No siempre hay violencia en estos actos, a menudo es mera cuestión de costumbre. A veces la función de los chulos se diluye en el colectivo pero sigue funcionando.

Hay veces que la “puta” tiene una necesidad compulsiva de cariño o aceptación (que aumenta con cada nueva humillación) y se deja arrastrar a donde sea. Piensa que a través de su sexualidad va a poder ejercer poder u obtener respeto y en realidad ...(susurro o apunte mental: “esta es una cachonda”). Piensa que obtendrá ese poder y esa autoridad, esa estima que se niega a sí misma, a través de las que tiene quien se la folla. Lo que se llama la erótica del poder, de donde nacen las groupies. Y seguro que hay infinidad de motivos más y que siempre se combinan tantos como el cacao mental de quien los arrastra. También hay mujeres que, efectivamente, ejercen y obtienen poder a través del sexo, pero ahora no estamos hablando de ellas.

No sé cómo habrán roto o abusado de la curiosidad sexual infantil de aquellas mujeres que sólo saben relacionarse afectivamente abriéndose de piernas, no sé qué hostias puede haberle pasado a cada una de ellas. Ahora no estamos hablando del subidón de ¡qué tía estás hecha!, sino de las mujeres que se entregan para escapar del bajón de ‘no valgo nada’. No son conquistas sino rendiciones, no son vencedoras sino carnaza. Mucha gente no consigue escapar de su papel de víctima, incluso se recrea en él. ¿debemos por ello aprovecharnos de la situación los demás? En la tele se hartan de decirnos que hay que follar mucho (risas enlatadas).

¿Miseria sexual? ¿Quién, nosotros? ¿Nosotras? ¡Pero si llevamos camisetas políticas y vamos a centros sociales! ¡No ponemos etiquetas machistas! ¡No existe algo así como la puta del centro social!

Cada fin de semana por lo menos un rollo, a ser posible, entre gente que se pone hasta el culo de todo y olvida que no se debe utilizar a los demás para satisfacer las propias necesidades y sálvese quien pueda y quien no, que se joda. A lo mejor estamos siguiendo conductas compulsivas, dañinas en muchos aspectos, mientras mantenemos la ficción del buen rollo, de creernos todos libres (¡nosotros: la vanguardia de las libertades venideras!) y curados de espanto. Al no empezar a plantearnos a partir de qué grado de borrachera te estás aprovechando de la situación. Al no reflexionar (es muy complicado todo) si puede haber daño sin violencia. Porque casi todos y casi todas podríamos llegar a sentirnos mal en un momento dado y es mejor correr un tupido velo que enfrentarse a las propias miserias. Y por eso la conciencia de la miseria sexual no se da ni en el ámbito privado, la única miseria sexual parece ser que no se folle, ¡como para abordar abiertamente el tema si mucha gente no conoce o no se plantea la mierda que le rodea!

Los machistas de toda la vida han condenado a mujeres con una labilidad que puede ser pasajera (un error o una mala racha) o simplemente entienden la sexualidad de otra manera a ser eternamente putas, cachondas, ninfómanas porque esa etiqueta da patente de corso a los triunfadores, que suelen ser ellos mismos una panda de borrachos frustrados de la vida. Sin embargo, sin ser puta oficial de ningún colectivo especialmente machista, también hay mujeres que van dando tumbos de grupo en grupo hasta que, se cansan de ellas, las rechazan o pasan a otro ambiente donde no las conocen todavía ni se les ocurre pensar que lo suyo es un problema. ¿Nadie ha conocido a nadie así? Tampoco ayuda lo contrario: pensar que esas personas que van dando tumbos de asiento trasero en asiento trasero, váter en váter y cama en cama son triunfadoras admirables.

Si ya es duro reconocer que se está deprimido o se tiene un desorden alimenticio, qué duro debe de ser vivir con un problema con implicaciones tan directas con nuestra afectividad y nuestro lugar en el grupo, qué duro ver que te has dejado utilizar, recuperar la autoestima y afrontar lo que viene después de la resaca con la cabeza alta y la mente despejada. No es raro que las personas huyamos hacia delante.