Del estado policial del bienestar ¿qué pasará y qué quedará?

Llevas cinco semanas sin salir de casa, salvo dos o tres escapadas semanales a hacer la compra y algunas más a tirar la basura. Oyes recuentos de muertes, de contagios, de altas médicas, diferentes cifras y gráficas que las representan, diferentes medidas tomadas en países distintos, ... Apenas sabes ya lo que oyes. Los sociólogos Tülay Umay y Jean-Claude Paye llamaron hace unos años "efecto de estupefacción" al efecto que consiguen las autoridades y los medios de comunicación –particularmente, los de información 24 horas al día– en casos como el Mohamed Merah: el público no sabe lo que ha visto. Los detalles se acumulan y, en algunos casos, se contradicen, la percepción queda más pasmada que sorprendida, no es tanto que el poder dé un mensaje, ya que el conjunto no parece tener sentido, como que sigue imponiendo hechos consumados mientras damos por ininteligible ese no-mensaje.
Total, que la primavera se está apoderando de la ciudad, los pájaros cantan como nunca y tú notas no sólo esa estupefacción, sino tu capacidad mental bajo mínimos: ¿cuánto hace que no consigues concentrarte en algo durante una hora? ¿Te sientes desanimada/o? Las cosas que te importaban antes ¿te siguen importando igual o vas camino de preguntarte aquello que escribía Jaime Gil de Biedma ("¿Todavía soy capaz de interesarme y de desesperarme por algo que no sea el espectáculo de mi propia insoportable y crónica incapacidad?")?. Quizá estés trabajando en algo oficialmente considerado como esencial o en una de esas actividades que durante dos semanas no han sido esenciales pero que ahora vuelven a serlo. Sabes que decenas de miles de personas están encerradas en prisiones, CIEs, CETIs y demás y otras no tienen hogar, pero, por mucha suerte que puedas tener en comparación, te tienen estabulada como ganado, sacándote de la jaula lo justo para que la CEOE no presione más al gobierno, pero no tanto como para sentirte un ser humano.

Arturo Soria quiso cambiar el urbanismo de Madrid –con más esfuerzo que éxito– entre 1882 y 1920 teorizando y organizando su propio modelo de desarrollo urbano, la ciudad lineal. Liberal progresista, fue debidamente criticado por el movimiento obrero y aplaudido por otros liberales por construir aquel barrio basado en la compra familiar de viviendas y donde grandes burgueses, clase media y clase trabajadora serían vecinas, aunque con viviendas distintas a precios distintos. ¿A cuento de qué viene esto? De que incluso el buen Soria, que no era obrero ni obrerista, propuso a las obreras algo mejor que lo que tenían. Concretamente, dos subtipos de vivienda distintos (las unas tendrían 67 m² y las otras, 31,5), pero siempre con el cuádruple de tierra para jardín y huerto que de vivienda, así que, aun en el peor de los casos, una familia obrera tendría 126 m² de aire libre. ¿Qué no daríamos ahora por eso?

Lo de "A cada familia una casa, en cada casa una huerta y un jardín", que decía Soria, quedó para las pocas personas que pudieran permitírselo y aquellas pretensiones ingenuamente reformistas fueron arrolladas por un siglo de capitalismo especialmente expansivo, bélico, privatizador.
Vemos al gobierno español acusado por los sectores a su derecha, día sí y día también, de ser responsable de la muerte de veinte mil personas y de tener el sistema de salud al borde del colapso. Acusaciones paupérrimas, teniendo en cuenta cómo lo están haciendo otros estados, los tiempos o el deterioro previo del sistema de salud (gracias a PP, PSOE y cía), pero que, si sólo convencen a quienes quieren ser convencidas, lo hace con la fuerza de las emociones. Este gobierno centrista lanza medidas de cierto coraje y ambición –anuncia cierta renta básica, rebautizada "ingreso mínimo vital", moratorias de algunos alquileres e hipotecas, etc.–, pero también ha dejado claras sus prioridades al anteponer la producción al derecho a despedir a los muertos o los derechos de circulación, reunión, etc., más compatibles con la distancia de seguridad, los guantes, etc. que el "derecho" a ir al supermercado o la fábrica para no quedarse en paro. Este gobierno centrista nos ha metido a las llamadas FSE (fuerzas policiales) y FFAA hasta en la sopa y, si el estado de alarma ya es una exageración dudosa en su justificación médica y en su legalidad, FSE y FFAA lo están exagerando aún más y las candidatas a multa son ya 651.884 y las detenidas, 5.740 (para hacernos una idea, en el estado de excepción franquista del 24-I al 25-III de 1969 fueron 735 las detenciones).
Sirva de contraste Alemania, donde el Tribunal constitucional ha contradicho a tribunales inferiores y al poder ejecutivo, reconociendo el derecho a manifestación mientras se guarde la distancia de seguridad.

Nos encontramos, pues, antes varios riesgos contrapuestos. Por un lado, si la actual coalición de gobierno fuera reemplazada por otra tipo PP-Vox o PPSOE, la gestión de esta crisis sería, como mínimo, igual de antisocial, probablemente lo sería más. Por otro, denunciar esta deriva represiva puede resultar bastante incómodo: en general las FFAA y FSE gozan de cierto reconocimiento social y en este momento incluso la izquierda, donde menos se les quiere, está haciendo un esfuerzo por mostrarse disciplinada y dispuesta al sacrificio. No se sabe si es porque hay motivos de peso o porque creíamos que los había cuando empezamos a tragar con ello hace ya cinco semanas y estamos en lo que la psicología llama "escalada de compromiso" –o sea, que, como hemos hecho algo, queremos autojustificarnos y ratificarnos y estamos dispuestas a esfuerzos aún mayores con tal de no cuestionar lo que hemos hecho–. No deja de ser necesario hacerlo y no ya de palabra, sino que necesitaremos movilizaciones de verdad (en la calle) más temprano que tarde y, para entonces, quizá estemos todavía bajo el estado de alarma. Por último, existe el riesgo de que sean las conspiranoicas, la derecha opositora o la ultraderecha quien intente pasarnos por la izquierda con esto de la desobediencia al estado de alarma.
Para enfrentarnos a estos últimos riesgos y recordarnos dónde debe estar la esperanza, las repartidoras de Glovo –cuya lucha por ser reconocidas como asalariadas y no autónomas aún no ha concluido– se manifestaron este jueves pasado en esas calles en que siguen trabajando, llevando comida a domicilio. Se manifestaron en sus bicis y motos manteniendo la debida distancia y fueron identificadas por la policía, vulnerando esa distancia y su derecho al uso del espacio público.

En teoría son provisionales, pero sabemos que las medidas y dinámicas de estos meses pueden volverse duraderas, ¿cuáles queremos permitir y ampliar y cuáles eliminar o restringir?
Sabemos que, entre reclusión masiva en casa y represión desenfrenada en los espacios teóricamente públicos, la clase trabajadora no se rinde. Ni iniciativas necesarias lanzadas desde casa como el Plan de choque social o la huelga de alquileres, ni el esfuerzo de información que están haciendo la PAH y los sindicatos y colectivos de clase, ni el personal sanitario que mantiene en pie el sistema de salud, ni las redes de apoyo vecinal surgido, ni quienes luchan por trabajar –ya que hay que hacerlo– en condiciones de higiene y seguridad, ni estas riders de Glovo que han reabierto la brecha del derecho de manifestación. Ese es el camino.

De qué hablo cuando hablo de autolesiones

Hace unas cuantas semanas que estaba deseando escribir acerca de este tema. Lo reconozco, tengo sentimientos encontrados mientras escribo y releo estas palabras, y todo es porque mi relato aquí es el de persona que se ha autolesionado. No ha sido fácil hacerlo, pero he caído en varias ocasiones en la trampas de las autolesiones. Con este texto pretendo hablaros de mi experiencia personal y también, al menos eso espero, sirva para quien esté en una situación similar sepa que hay muchas otras formas de expresar el dolor, más allá de las marcas en el cuerpo, más allá de coger un elemento puntiagudo y pasarlo sobre la piel hasta que la sangre se derrame.

¿Qué son las autolesiones?

Existen numerosos artículos en Internet al respecto y sorprende la frialdad con la que se habla de este tema. En realidad, y si se piensa bien, tal es la concepción que se tiene hacia cualquier enfermedad, en especial si es mental. Que quede claro ya: las enfermedades mentales son un gran tabú en nuestra sociedad. Son incómodas porque trastornan el comportamiento del ser humano, y todo el que se salga de la norma, aunque sea involuntario, es rechazado por una sociedad que se funda en un status quo débil que baila junto al vacío, a un hilo de romperse. Pero la autolesión no es una enfermedad, más bien es un síntoma. Algunos la definen como un comportamiento "parasuicida"1, que dicho así suena muy grandilocuente y hasta preocupante. En cualquier caso, las autolesiones son daños que el individuo se hace así mismo,cortándose, quemándose, golpeándose o envenándose. Los cortes son los más comunes.

¿Qué nos lleva hacia tales prácticas? He aquí la complejidad del tema. Existe un puñado de supuestas razones que llevan al sujeto a hacerse daño, incluso depende del momento, pueden mezclarse varias de ellas. Algunos lo hacen como castigo, sentirse culpables por algo o no merecedores de algo. Aquí una baja autoestima juega un papel muy relevante. Otras personas lo hacen para alejar un dolor emocional, si hay algo rondando en la cabeza y un dolor profundo en el pecho, la manera de distraer ese dolor es con otro dolor aún mayor. Las autolesiones pueden bloquear temporalmente los pensamientos negativos, depresivos y de ansiedad.

Al parecer las autolesiones también sirven como tanteo de personas con pensamientos suicidas, para el conocimiento previo de un dolor intenso. También hay situaciones que se salen de las manos y para asumir el control mental sobre las mismas, algunas personas deciden recurrir a la autolesión. Hay una causa más, y es la necesidad de sentir algo. El deseo de sentirse vivos, las autolesiones serían una especie de falso despertar del letargo. Rara vez es monocausal. Desde mi experiencia personal, los momentos de ansiedad, de ánimo bajo, o en el que sentía que todo me sobrepasaba, la manera de paralizarlo era precisamente así. El hecho también de pasar largas horas intentando buscar un sentido a algo y al no encontrar nada o, sencillamente al no ser capaz de deslumbrar nada, tenía que pellizcarme, metafóricamente, como así pudiera darme cuenta que no vivía en un sueño, que era todo real.

Todo el proceso de autolesión es muy complejo de describir, y lo que yo aquí comente bien pudiera ser absolutamente subjetivo, porque mi percepción probablemente sea muy diferente al de cualquier otra persona. No obstante, sí puedo afirmar que dista de existir placer en la autolesión. Tras un proceso autodestructivo, yo me sentía agotado, fatigado y hastiado conmigo mismo. Lo cual es aún peor, porque tras las lesiones viene el sentimiento de culpa, y es peligroso porque puede llevarnos a un círculo vicioso, ya que la culpa nos lleve a una situación extrema y, de nuevo, a otra autolesión.

¿Cómo afrontar las autolesiones?

Quien ha cometido alguna vez autolesiones sabe cuando "el león interior comienza a rugir" (así es como llamo yo a mis procesos de ansiedad) y probablemente intuya en qué momento puede darse una situación de peligro. En particular, mis autolesiones las he cometido en la privacidad de mi habitación, porque no es un momento que se quiera compartir con nadie, en especial al haber una sobreexcitación de las emociones. Lo ideal es sacar de ese ámbito los elementos peligrosos, las herramientas para cortar o quemar, y alejarse físicamente también de ese entorno que a veces alimenta la ansiedad. Si se está en casa, lo ideal es salir a dar una vuelta, llamar a alguien, hacer deporte... distraer a la mente, especialmente si es algo que implique actividad física. Yo a mi león lo duermo saliendo a correr o dando un paseo largo. Pero no todos tenemos esa facilidad o ese deseo, habrá que buscar, según las necesidades y deseos propios, las maneras de alejarse de las autolesiones. Por consejo de mi psicóloga, también llevo un kit de emergencia en mi mochila, consta de una bolsa pequeña para respirar en caso de hiperventilación y dos pelotas antiestrés.

También hay otros trucos que he leído, yo nunca los he probado, pero a cualquier otra persona podrían serles de utilidad: pintar con boli rojo en vez de cortar, vendar la zona, hacer una herida con maquillaje, golpear una almohada o un saco de boxeo, hacer ruido, aprender palabrotas en otros idiomas, meterse bajo una ducha de agua fría o caliente (no demasiado caliente, sería otra forma de autolesión), dibujar sobre las caras de la gente en revistas, masajear en vez de lesionar, pinchar globos, etc. Las opciones son variadas. En realidad todas se basan en la misma idea: distraer la mente hasta salir de ese estado que nos lleve a la autolesión.

Sin embargo, esto no es más que un parche, la verdadera solución es buscar ayuda profesional. Y también apoyo emocional en el entorno cercano. Comentar a la familia o a amigos lo que hacemos con nuestro cuerpo es una opción, pero al menos conocerán de dónde provienen las cicatrices y no preguntarán, ingenuamente, a qué gato has querido acariciar y te ha arañado. A extraños o compañeros de trabajo que no quería dar más explicaciones, inventé un gato malvado de una amiga para poder encubrir las heridas de los brazos.

A pesar de todo, tenemos que comenzar a tomar conciencia de lo que hay detrás de todo ello. Hemos de ser responsables de todo ello. Las autolesiones, como comentaba al principio, son síntomas de algo más, depresión, ansiedad, etc. Es cierto que vivimos en un contexto social, económico y político que no ayuda ni facilita tener una vida mentalmente sana, más bien promueve la existencia de una mentalidad desequilibrada. Es sencillo culpar al sistema, al capitalismo, a tal o cual persona, y puede que algo de razón haya detrás de esas justificaciones, pero la última palabra es nuestra. No es sentir culpa, es responsabilidad hacia nosotras mismas y nuestro entorno. Al fin y al cabo las decisiones son tan individuales como comunitarias. Además, la toma de responsabilidades es un gran paso previo al controlar nuestra vida, puesto que en el momento en el que emocionalmente se es responsable y consciente, podemos ser también un poco más libres. Más libres de nuestros prejuicios y también de la educación que nos han dado. Si queremos crear una sociedad nueva, esta no solamente ha de basarse en un sistema económico justo, horizontal y libre, también ha de ser justo, horizontal y libre con respecto a nuestras emociones. Aquí, probablemente, hay mucho trabajo por hacer. A mí aún me queda mucho camino por recorrer.

Desaconsejo afrontar esto solo. Yo lo intenté por orgullo y también por una ausencia de educación e inteligencia emocional de la que aun carezco, pues es contraproducente. Las cicatrices a veces son vergonzosas,  son las huellas de que algo hay en nuestra cabeza y debemos escucharla. Por otro lado, y esto me parece relevante, también tenemos que ser responsables en cómo gestionamos las emociones de quienes nos dan su cariño. Ellos también pueden sentirse fatigados, puesto que es difícil gestionar este tipo de comportamientos. A su amor hemos de ser responsables y responder con más amor. Amor hacia nosotras y hacia nuestros seres queridos.

¿Y si es alguien a quien conozco?

Es bastante duro ser consciente del problema en el que se encuentra un ser querido, estando sumido en situaciones extremas como estas. Probablemente quien ha de marcar los ritmos sea la persona que se autolesione, pero debe ser ella quien intente comunicarse y expresar, abiertamente y sin ambigüedades, sus necesidades. Hay momentos en los que se desea más soledad y otros, todo lo contrario, ¿pero cómo lo pueden saber ellos si no nos comunicamos? Por otro lado, y si esa comunicación es fluida, también tiene que ser en ambas direcciones. Creo que cuando alguien muestra su apoyo, también tiene todo el derecho de retirarse un poco cuando así lo necesite.

Por otro lado, creo que tampoco han de hacerse comentarios de lógica aplastante: "Pues no te lesiones" o "anímate". Eso ya lo sabe, es lo último que necesita escuchar, a mí me pone un tanto ansioso oír eso. Tampoco magnificar las heridas, ni mostrar repulsión hacia ellas, eso solo puede agravar los sentimientos de culpa y rechazo propio que se sienten. Si necesita asistencia médica o simplemente curando las heridas, vendarlas si es necesario, ya es mucho. Es una manera de sentirse arropado y querido.

A veces con saber que hay personas dispuestas a escuchar, que existen otras vías de expresión alternativas a las autolesiones, es suficiente. A lo mejor la persona decide apenas hablar del tema, o quizá se sienta más cómoda tratando con otras personas que se han autolesionado por empatía (ese es mi caso). Lo último que se debe hacer es, desde luego, juzgarlas, para eso ya tiene su conciencia, lo hará por él.

Las autolesiones se suelen vivir en silencio. Al menos solo un 10% de personas han perdido ayuda, las demás por vergüenza o miedo las mantienen en silencio y siguen ocultando su cuerpo para, así, poder ocultar las heridas a ojos de los demás. Y es que no es fácil en una sociedad de culto a la imagen, los cuerpos cicatrizados tienen mala recepción social, y ya que todo se vende y compra en una sociedad de mercado globalizada, luchemos para que nuestra salud mental no sea comercializada. Por ello, todo esto – y ya como colofón – también es política y su análisis debería estar integrada en un ideario revolucionario libertario, ya que la salud actualmente está basada en números y estadísticas, pero las cabezas que petan tienen nombres y apellidos. Sin embargo, y no está de más decirlo, amemos también nuestras heridas y sus cicatrices, también forman parte del proceso de curación.

1Se define como comportamiento parasuicida a cualquier actividad dirigida voluntaria e intencionadamente a infligirse daño y dolor, pero sin la intención de dar por finalizada la vida.

Autogestión de nuestra salud mental

No somos conscientes en muchas ocasiones de la manera en que ponemos a prueba nuestra salud mental, llevándola hasta límites ciertamente peligrosos. El activismo político y social conlleva un conjunto de dinámicas análogas en muchos ámbitos, los vínculos personales que establecemos en estos grupos están cargados de emociones muy intensas. Muchas de las consecuencias derivadas son transversales, aunque depende de la idiosincrasia personal y del bagaje que llevemos acumulado, nos sentimos identificadas al escucharnos unas y otras tras expresar lo que tantas veces hemos analizado y sentido en nosotras mismas. Esta militancia nos genera unos resultados, algunos de ellos negativos, y más si a ello le sumamos los efectos que en muchas ocasiones suponen los procesos represivos a los que nos tendremos que enfrentar directa o indirectamente.

A pesar de haberse realizado puntualmente algunas interesantes jornadas sobre este tema o disponer de algunas guías en base a la experiencia de diferentes activistas, me parece interesante recoger en este artículo algunas de las conclusiones personales que recogí tras haber asistido a la charla del XIII Encuentro del Libro Anarquista del 2015, celebrado en el Centro Social Okupado La 13-14, en Vallekas.

¿CÓMO ENFRENTAR EL DESGASTE DE LA MILITANCIA?

Es imprescindible conocerse a sí misma, conocer bien nuestra propia individualidad, y saber cuál es nuestro compromiso verdaderamente de corazón que queremos adquirir con los movimientos políticos que se enfrentan a una realidad que, en principio pretendemos cambiar porque nos hace sentir incómodas o aprisionadas. Debemos pensar previamente en dónde participar y con quién coordinarse para ejercer esta militancia.

Es fundamental establecer unos objetivos realizables en un contexto más amplio y global, puesto que caer en la frustración por no alcanzar metas suele ser una consecuencia habitual. Debemos construir el camino lo más asequible posible, una organización y un espacio en el que nos sintamos seguras y podamos crecer junto a otras compañeras. Se hace necesario, por lo tanto fijar algunas bases alcanzables y celebrar con compañeras pequeños hechos buscando una desconexión. No existe mejor manera de hacer confluir nuestros principios políticos y necesidad de ocio, mediante la creación común de espacios propios de fiesta, construidos en base a valores compartidos con nuestros grupos de afinidad.

Las luchas internas en grupos activistas provocan demasiado estrés y decepciones, casi más que la realidad externa, a veces caemos en la desidia al chocarnos contra un muro que parece infranqueable. Debemos comprender que los problemas no son individuales, sino que los problemas se resuelven colectivamente. Se nos aboca siempre a buscar soluciones individuales, es necesario crear vínculos comunitarios. Es útil partir de síntomas individuales para crear análisis colectivos que enriquezcan a todas.

Las consecuencias más frecuentes del estrés en la militancia son la irritabilidad, la falta de energía, el insomnio, la falta de apetito, la inseguridad o el miedo. Estas sensaciones nos conducen a desarrollar roles muy nocivos dentro de la militancia que debemos identificar cuanto antes mejor por el bien de todo el grupo. Antes de dormir cada noche, es aconsejable hacer algo entretenido, no relacionado con la militancia, debemos preparar a nuestro cerebro, que se dispone a descansar. De la misma manera que establecemos unos filtros de crítica con la información que recibimos, e intentamos acudir a medios alternativos para conocer otras realidades, también hay que fijarse filtros de intensidad de la información que deseamos recibir.

La militante política habitualmente sabe ayudar, es parte del potencial que le mueve a ser una activista, pero le cuesta dejarse ayudar dado el afán que sentimos de emanciparnos y lograr autonomía. Solicitar ayuda a nuestros familiares y amigas no supondrá que seamos menos autónomas o independientes, al contrario, saber cuándo pedir ayuda significa que nos conocemos bien a nosotras mismas y actuamos con responsabilidad con nuestra salud mental. Debemos separar decididamente los tiempos de escuchar activamente, y los tiempos que necesitamos ser escuchadas.

En nuestra cotidianeidad, en la realidad a la que nos vemos sometidos, no reaccionar nos resulta imposible, pero reaccionar siempre a todos los estímulos sociales a lo largo de nuestro día no es factible. Hay que superar el cortoplacismo, es decir, necesitamos anteponernos y construir a largo plazo, es la única manera de encontrar equilibrio y estabilidad frente a una vorágine social que nos sume en lo efímero e inmediato, no ofreciendo un tiempo razonable para enraizar nuestros valores. En el ámbito libertario es necesario tener bien claro que el anarquismo es una realidad ahora, un compromiso presente, no un ideal del mañana.

Es necesario centrarse en un solo trabajo, no tomar demasiadas responsabilidades, porque corremos riesgo de caer en la frustración por el trabajo incompleto. No ponerse un alto nivel de exigencia individual pensando que esto nos llevará a que nos perciban más útiles, cada una de nosotras aporta su granito de arena a las organizaciones sociales.

La tetralogía fundamental de cualquier activista se resumen en las siguientes cuestiones clave: piensa, actúa, revisa y experimenta.

Enlaces del mes: Abril 2013

Una nueva colección de enlaces con contenido interesante para los libertarios que pudieron leerse en Internet a lo largo del pasado mes: