Hannibal. Canibalismo para veganas y omnívoras

En 2013, la cadena NBC lanzó Hannibal, una serie de ficción basada en la saga de novelas en torno al doctor Hannibal Lecter que escribiera Thomas Harris y que ha dado cuatro películas entre 1991 y 2007 (aparte de Manhunter, una primera adaptación de El dragón rojo, de 1986, rápidamente olvidada). Dado que la saga de películas tiene una línea temporal atípica –una secuela y dos precuelas, la segunda anterior a su vez a la primera y, por tanto, a todas las demás– aclaramos que la serie empieza antes de El dragón rojo, concretamente, cuando los protagonistas Will Graham y Hannibal Lecter están a las puertas de conocerse.

La trama, en principio, es sencilla: Graham, interpretado por Hugh Dancy, es un funcionario del FBI que pasa de enseñar en su academia a asesorar en casos de asesinatos en serie por su gran talento para ponerse en el lugar de los asesinos. No sólo puede trazar perfiles en base a elementos lógicos deducidos de sus obras, sino que tiene algo creativo, irracional, para dar con hipótesis que permiten desbloquear las investigaciones más complejas.
Lecter (interpretado por Mads Mikkelsen, algo más joven, enigmático e imponente que el mítico Anthony Hopkins en cualquiera de las películas en que interpretó al doctor) es un psiquiatra que empieza a colaborar con la unidad de Graham con el aval personal de la doctora Alana Bloom, amiga común.
Esta base, que no chocará a quien haya visto la película de 2002, tiene una diferencia: si aquel Will Graham era un investigador con ese peculiar talento, lo de este Graham son prácticamente crisis de identificación con el asesino en las que su mente se traslada y que, comprensiblemente, le trastornan.
El espectador, salvo en el caso de que jamás haya oído hablar de El silencio de los corderos, Lecter y demás, parte de la ventaja de saber que Lecter es, de hecho, un asesino en serie que devora parte de los cuerpos de sus víctimas, pero los demás personajes no lo saben y esta es una entre la serie de tensiones que alimentan la trama y de las que la serie no abusa –al menos, no hasta la tercera temporada–.

En términos generales, este podría ser un retrato de la serie para recomendarla como producto de entretenimiento del género policiaco. Además de la tensión, hay algo intrigante y denso cociéndose entre el solitario y atormentado Graham y el críptico y no menos solitario Lecter, entre el investigador que se pone en la piel de los asesinos arriesgando su salud mental y el cazador de personas que juega a fingirse humano infiltrado en la investigación de sus propias fechorías.

Sin embargo, hay algo más. Parte del encanto de Hannibal estaba y está en el contraste entre lo civilizado y lo incivilizado/salvaje, su imagen de refinado hombre de éxito y su actividad como homicida caníbal. En este sentido, la serie llega más lejos: una y otra vez, el doctor (recordemos: varón blanco, posiblemente heterosexual, por lo poco que sabemos, con una formación y trabajo socialmente prestigiosos) cocina ante la cámara con dedicación y esmero la carne de sus víctimas siguiendo sofisticadas recetas y se complace en compartirla con sus ingenuas y agradecidas invitadas. El espectador que tenga estómago para ver la carne o incluso la casquería reconocerá que los platos que Lecter cocina mientras suena alguna composición de, pongamos, Bach parecen francamente apetitosos –la serie cuenta con la asesoría culinaria de José Andrés, que el lector quizá conozca por sus apariciones en TV–, pero siempre sabe o intuye que esa carne pertenecía a una persona, a alguien que no quería morir. Esta consciencia, que atraviesa la serie, le da un carácter especial para cualquiera que se haya cuestionado las relaciones que los seres humanos tenemos con las demás especies animales.
Si a esto añadimos la relación que tiene con los homicidios el personaje de Garret Jacob Hobbs nos encontramos con una serie que, sin pretender ser un ejercicio de denuncia del especismo, sí pone al espectador ante un espejo más que inquietante. Las observaciones que sobre el concepto de Dios lanza Hannibal son elocuentes: habla de Dios como posible ser omnipotente, pues el poder es lo que queda mientras todo lo demás pasa. Dios nos mata a todas antes o después porque puede, Hannibal Lecter mata a sus presas humanas porque puede y la espectadora espera que la industria cárnica y pesquera hagan lo propio con tantos animales por el mismo motivo. El buen sociópata, libre del lastre de la ética, consigue a menudo lo que quiere y, si una es lo bastante egocéntrica, la sangre, las súplicas y los debates morales son más fáciles de ignorar que la renuncia al plato que desea comerse.
Por esto y por todo lo antes dicho, es una serie a la que vale la pena dar una oportunidad.

En caso de que no queramos, por el contrario, ni pensar que, para pollos, terneras y demás, nosotras somos las Hannibal Lecter –peor: el doctor al menos no delega en matarifes y ejecuta de su propia mano sus apetencias culinarias–, siempre podemos probarla como una serie policiaca a secas, más aún si hemos visto las películas. Son tres temporadas de trece capítulos y 40-45 minutos de duración cada episodio, si bien el que esto escribe encuentra la tercera prescindible por ser un intento –o dos, ya que se compone de dos subtemporadas claramente distintas– de exprimir las posibilidades ya agotadas de la serie y el enganche emocional del espectador, con cada vez más esfuerzo por estirar la historia y menos por hacerla creíble.
Los personajes e intérpretes secundarias no desmerecen: Laurence Fishburne interpretando a Jack Crawford (por lo que deja de ser interpretado por actores blancos como Scott Glenn o Harvey Keitel), Lara Jean Chorostecki como Freddie Lounds (pasa a ser femenino el odioso personaje que interpretara Philip Seymour Hoffman), Katharine Isabelle y Joe Anderson como Margot y Mason Verger, Gillian Anderson o el británico Eddie Izzard (que algunas conocíamos como monologuista), entre otras. Todo ello con guiones cuya batuta lleva Bryan Fuller –que el lector quizá conozca de Criando malvas– y con la firma de una docena de directores distintos, de entre los que destacamos a Vincenzo Natali (seis episodios), que recordamos como director de películas como Cube, si bien ha trabajado mucho en televisión.

El único anuncio subtitulado que hemos encontrado tiene una traducción terrible, pero si el lector quiere echar un ojo a la versión original en inglés, lo puede ver aquí. Avisamos de que, al igual que la serie, contiene imágenes explícitas de violencia, sangre y casquería.
Bon appétit!

Distopías en línea III: Violación sistemática

En la última entrada de esta serie, nombrábamos de pasada el auge del autoritarismo en las sociedades capitalistas durante los últimos años de crisis económica y social. Mucho se ha escrito sobre cómo los nuevos liderazgos reaccionarios crecen sobre el descontento de grandes sectores de población que se sienten amenazados por avances sociales promovidos por el feminismo, el activismo homosexual y transgenero, o los movimientos contra la discriminación racial, entre otros.

El cuento de la criada (The Handmaid's Tale), serie de HBO basada en una novela de Margaret Atwood, nos da la oportunidad de reflexionar sobre el posible advenimiento de una sociedad profundamente autoritaria y patriarcal. Son muchas las reseñas que han trazado relaciones entre la teocracia que muestra la serie, Gilead, y la crecientemente autoritaria y machista sociedad norteamericana, comandada por el reaccionario Donald Trump. El hashtag #Gilead se ha asociado en twitter a la imagen de la comisión de la Casa Blanca que debatía sobre medidas relacionadas con la maternidad, formada completamente por hombres. Tampoco hay duda del profundo antifeminismo de la Alt-Right, la extrema derecha norteamericana que ayudó a aupar a Trump al poder. Dos ejemplos del machismo que manda y del que viene, que tiene su reflejo en los movimientos conservadores en auge en toda Europa.

En el contexto de España, el estreno de la serie irrumpe también en una época de debate político sobre la posibilidad de legislar el alquiler de vientres para la gestación subrogada. Muchas feministas, ante la retórica neoliberal y posmoderna en la que se envuelve el debate, y que esconde una mercantilización salvaje de la maternidad, están poniendo sobre la mesa el eje de clase que atraviesa esta cuestión en canal. La urgencia por legislar el alquiler de úteros surge, sobre todo, por el deseo de las clases altas de reproducirse genéticamente a costa de los vientres de las trabajadoras. La cuestión está impulsada además por la obtención de beneficios, componente encarnado en las agencias intermediarias y que no puede faltar nunca en las relaciones mercantiles que promueve el capitalismo. Algo que explica que, en cambio, no esté sobre la mesa la agilización del proceso de adopción.

Pero, volviendo a la serie, no se trata en Gilead de reproducción in vitro, si no de la reproducción forzada mediante una violación legalizada y sistemática que permita la supervivencia genética de la especie (o, más bien, de unos pocos). Para los comandantes de Gilead, la legalización de la violación es buena en tanto que es útil. Además, esta práctica pasa a ser aceptada internacionalmente desde el momento en que naciones extranjeras se deciden a comerciar con las criadas como medios de reproducción, ignorando cualquier tipo de juicio ético. No es casualidad tampoco que la diplomática mexicana representada sea una mujer, que además se entrevista en persona con las criadas. Esa elección refuerza la falta de empatía del momento y, por tanto, la derrota de los vínculos emocionales más innatos en favor de la solución técnica necesaria para la nación. Esto no es más que una versión, quizá más cruda, de lo que ocurre hoy cuando el empresariado encuentra beneficios en la precarización de empleos; la desvalorización del trabajo femenino; el uso y abuso de mano de obra infantil; la destrucción ambiental fruto de la sobreexplotación, el expolio de recursos, la contaminación y la proliferación de deshechos...

Y es que no se ha escrito tanto sobre cómo una sociedad embarazada de la razón técnica, que da respuestas unívocas a problemas sociales, y que camina directamente hacia el abismo ecológico por la senda de la fe inquebrantable en el progreso, gesta en su seno la semilla del autoritarismo antidemocrático. Porque hay también en este cuento de la criada un tema medular, que anida en lo profundo de la serie a pesar de que apenas se describe timidamente. Un tema al que, pese a todo, se hace referencia de manera constante.

Sabemos que, de manera previa a la fundación de Gilead, la infertilidad despertó los miedos de una amplia masa social. Esa condición material permitió el crecimiento de la secta religiosa que propugnaba una sociedad opresiva basada en el control social y la violación sistemática. Pero ¿Qué causó la infertilidad? ¿Por qué una amplia mayoría de mujeres son incapaces de gestar? El gran tema que se esboza es algún tipo de colapso ecológico, relacionado bien con el cambio climático o bien con la crisis de recursos. Un colapso inevitable para nuestro mundo real y del que ya sentimos los primeros efectos.

Lo más terrible de este cuento de la criada es que, de acuerdo a la interpretación técnica, la violación sistemática y la violencia sistémica del gobierno dictatorial no es más que una solución de manual para la mayoría de la sociedad. Sí, es una propuesta política de la secta victoriosa, pero se presenta con la envoltura de la inevitabilidad, de la única salida posible, y es quizás por eso tan capaz de volverse hegemónica. Como escribía la Encyclopédie des Nuisances, “un hombre aquejado de gangrena no está dispuesto a discutir las causas de su mal, ni a oponerse al autoritarismo de la amputación”. Es por eso tan importante oponer al desastre del colapso una propuesta radicalmente democrática, que discuta las razones técnicas y ponga la vida y la justicia social en el centro, que apueste por una tecnología y una organización social a escala humana, y que dibuje futuros que sean al mismo tiempo atractivos, realistas y sostenibles.

Porque sorprende que, finalmente, en contraposición al clima opresivo de Gilead y una vez superado el doloroso trance de escapar, la alternativa que muestra la serie sea una Canadá plenamente reconocible en cualquier sociedad capitalista liberal actual, incluyendo el paquete tecnológico necesario para la existencia y el uso de smartphones. No parece esta una sociedad post-colapso realista, y es triste la incapacidad de imaginar una sociedad próspera, sostenible y desligada de la hipertrofia tecnológica y urbana. Ese es el resultado, una vez más, de esa peligrosa fe inquebrantable en el progreso y sus ilusiones renovables.

Racismo en la cultura mainstream

El racismo es un hecho cultural y que se evidencia en grados diferentes en el cine o en las series que se emiten en diferentes plataformas de Internet. El cine y la televisión está dominada por hombres blancos, es el canon de lo correcto, de lo que se tiene que ser. Todo lo que salga de ahí, es una deformidad, una rareza. Así, la cultura mainstream1 ha reforzado un esquema de valores que se perpetúan en la sociedad, manteniendo, a través de su programación, prejuicios y privilegios que alimentan el racismo. La invisibilización de las personas no blancas y de las mujeres ha sido una constante en las series televisivas de mayor audiencia; en otras ocasiones, las personas no blancas han servido de aliciente para la broma fácil a través de estereotipos que se escudan en el humor.

Se podría afirmar que las cosas han cambiado, que el racismo en Hollywood o en el mundo del espectáculo ya no es como en años pretéritos, casi hay que agradecer que ya no se produzcan películas de añoranza de la esclavitud como Lo que el viento se llevó (1939), todo un largometraje que romantiza a los soldados confederados y presenta a unos personajes negros infantilizados, menores de edad, que tienen que ser tutelados por los blancos. Es cierto que han aparecido series tan interesantes como Master of None o Dear White People, series que critican abiertamente los privilegios de los blancos, a ellas irán dedicadas unas palabras más adelante.

La intención de estas líneas es poner el foco de atención sobre aquellas producciones audiovisuales contemporáneas o recientes donde el racismo se expresa de diferentes modos, tanto en la gran pantalla como en series de televisión bien conocidas por todos. Se parte de la premisa de que el racismo no es, necesariamente, el agravio a una persona en razón de su etnia u origen, sino que también lo es su invisibilización, la no presencia de actores no blancos (negros, latinos, asiáticos, etc.) es también racismo.

No vamos a hablar de aquellas tan evidentes como El nacimiento de una nación (1915), Un día de furia (1992), Una tribu en la cancha (1994), El precio del poder (1983)2, ¿De qué color me quieres? (1986), El Planeta de los simios (1968) o Apocalipsis Now (1979), La lista, por cierto, es aún más larga, simplemente aquí se han expuesto algunas películas donde el racismo es evidente.

Veamos, pues, algunos ejemplos de películas en las que su racismo podría pasar desapercibido, puesto que este mantenimiento de los privilegios de los blancos tiene que seguir existiendo, pero de una manera más disimulada, vamos a exponerlos según su fecha de estreno

  • La misión (1986): Este drama histórico dirigido por Roland Joffé nos cuenta la historia de unos jesuitas que quieren proteger a los indígenas de la caza furtiva de esclavos, para ello se enfrentan directamente a los intereses de las Coronas española y portuguesa. En ella vemos toda una justificación para la imposición cultural y la evanvelización de los indígenas y, por otro lado, se disfraza la labor de los jesuitas, la presencia de los blancos como salvadores y civilizadores.

  • La guerra de las Galaxias Episodio I: La amenaza fantasma (1999): En la ya penúltima trilogía, George Lucas desarrolló una serie de personajes en los que se reflejaban estereotipos raciales como el jamaicano con rastas Jar Jar Binks, que si se ve la película en su versión original, podrá escucharse el acento que le adjudican a este personaje. También tenemos al ávaro mercader judío representado en Watto.

  • La milla verde (1999): El afable papel de Michael Clarke no es más que la representación del negro dócil, incapaz de hacer nada, excepto violar a blancos. Esta misma docilidad de los negros aparece en libros como La cabaña del Tío Tom de la caucásica Harriet Beecher Stowe.

  • El último Samurai (2003): En esta película vemos una constante que aparece en otros largometrajes como Avatar (2009), Danza entre lobos (1990) o la reciente The Great Wall (2016) y que ya adelantamos en La misión: El blanco como salvador. Nathan Algren interpretado por Tom Cruise es un borracho soldado estadounidense que termina en Japón y, se desconoce cómo, pero decide que debe preservar el estilo de vida Samurai. A esto lo llamamos apropiación cultural.

  • Apocalypto (2006): Si antisemita fue su Pasión de Cristo mucho mejor no lo pudo hacer con esta película. La intención de Mel Gibson era promover la cultura maya y aupar a los jóvenes a hablar en su lengua, de ahí que se filmara en maya yucateco. Sin embargo, Gibson se deja llevar por los estereotipos y muestra una cultura violenta, sangrienta, sedienta de sangre y sacrifios humanos, cuando no existe evidencia histórica que permita hacer tales afirmaciones sobre los mayas. Lo que pudo haber sido una bonita oportunidad para hablar sobre estos maravillosos pueblos precolombinos fue desaprovechada.

  • Transformers (2007): Esta superproducción contó con la subvención del Ejército de los Estados Unidos y con su ayuda para grabar en varias bases del propio ejército. El personaje de Jazz, uno de los Autobots, es un negro cuyas frases están llenos de esterotipos y palabras mal sonantes. Este personaje tiene muy pocas líneas en el guión, disminuyendo su visibilización y reduciéndolo a frases como What's up, little bitches?, entre otras del mismo tipo.

  • El mayordomo (2013): Cecil Gaines (Forest Whitaker) es un afroamericano que comienza a servir como mayordomo en la Casa Blanca. En ella conoce a Eisenhower y a todos sus sucesores, al tiempo que se nos expone el crecimiento del descontento de los afroamericanos por la segregación racial existente. Aquí vemos dos líneas interesantes: por un lado a unos presidentes blancos preocupados por el racismo en su país, en una de las escenas aparece un John. F. Kennedy (James Marsden) realmente afligido por el ataque del Ku Klux Klan a un autobus lleno de afroamericanos, quien acaba promulgando la Ley de Derechos Civiles de 1964, de nuevo el blanco salvador. Por otro, uno de los hijos comienza a militar en los Black Panther y a seguir a Malcolm X, a lo que su padre, el mayordomo, se opone. Así pues hay dos tendencias: la de los afroamericanos que buscan acabar con la segregación con la acción directa y, por otro, a los Martin Luther King, quienes representan la docilidad y la obediencia al blanco.

A lo arriba comentado, hemos de sumar la práctica del whitewashing que sigue siendo muy habitual en el cine contemporáneo. Consiste en actores blancos que hacen de personas no son blancas, el caso más famoso es el de Mickey Rooney en Desayuno con diamantes (1961) donde su papel es un japonés. Sin embargo, en la última década son muchas las películas que han usado el whitewashing, impidiendo así la aparición en la gran pantalla de actores y actrices no blancos. Entre los más recientes tenemos títulos como Dragonball Evolution (2009) donde Justin Chatwin interpreta a Goku. A esta podemos sumar otros como Prince of Persia: las arenas del tiempo (2010), Jake Gyllenhaal interpreta a un príncipe persa; The social Network (2010) en la que Max Minghella tiene el papel de Divya Narendra, confundador de ConnectU quien es de origen indio; en Argo (2012) Ben Affleck interpreta al jefe de operaciones de la CIA, Tony Mendez; y más recientemente Ghost in the Shell (2017) donde Scarlett Johansson o Michael Pitt interpretan papeles que en los personajes animados son japoneses, por no hablar de toda la filosofía oriental que ha sido ignorada en el film.

Todo el cine representado ha sido producido en los Estados Unidos, no porque el cine europeo este libre de ello, sino porque la intención es mostrar la cultura mainstream, y el cine europeo suele estar fuera de dicha categoría. Por otro lado, hay series muy interesantes donde el racismo se ha expresado de una manera más fina y cuidada. Veamos algunas series o programas de televisión:

  • Friends (1994 – 2004): Esta sitcom no cuenta en su elenco a ningún personaje no blanco invisibilizando una parte de la demografía de una ciudad tan multicultural como es Nueva York. Solamente vemos la aparición de Charlie en las últimas temporadas, una paleontóloga afroamericana que saldrá con Joey y Ross. La serie Cómo conocí a vuestra madre (2005 – 2014), hija directa de Friends, caerá en los mismos defectos que esta serie, añadiendo al personaje de Barney, un auténtico misógino con unos chistes machistas que perpetúan el patriarcado.

  • The Big Bang Theory (2007 – actualidad): Que una serie contenga en su elenco a un personaje no blanco como Kunal Nayyar quien interpreta al indio Rajesh Koothrappali, no la hace no ser racista. El personaje de Koothrappali sirve como blanco perfecto para las bromas racistas sobre su condición de hindú, así como por su exagerado acento, que el guion le obliga a hacer. Mientras otros personajes son víctimas de los chistes por su comportamiento asocial (el caso de Sheldon Cooper), las que se hacen sobre el personaje indio son de índole racista o de burla contra su cultura. Por ejemplo, en uno de los episodios la madre de Sheldon ha ido a visitarles y dice la siguiente línea: "He hecho pollo, creo que no es uno de esos animales que tu gente cree que es mágico". Incluso la propia MTV de la India tiene un artículo muy interesante que se explaya más sobre por qué esta serie es racista3.

  • The Walking Dead (2010 – actualidad): Esta trama postapocalíptica tiene todos los estereotipos que desea toda buena serie estadounidense: el hombre heterosexual blanco proveedor y líder (Rick Grimes interpretado por Andrew Lincoln) y los personajes no blancos que cuando mueren son reemplazados por otros personajes no blancos. Es en las últimas temporadas cuando parece comenzar a vislumbarse cierta paridad racial y en la exposición social de los tramas, quizá porque así lo requiera. Sin embargo, los líderes de los clanes (por asignarle un concepto antropológico) son y han sido, en todas sus temporadas, blancos. Normalmente varones.

  • Juego de Tronos (2011 – actualidad): Esta superproducción nos muestra un mundo en el que los blancos son los amos y señores, ¿cuántos no blancos poseen algún señorío? Solo son sirvientes o guerreros incapaces de tener descendencia. Que quede bien claro: ¡los blancos son los amos y señores de los Siete Reinos!

Fuera de esta lista quedan series como Modern Family, Breaking Bad, The Strain entre otras por cuestión de espacio, pero con ello lo que se pretende es evidenciar la falta de personajes no blancos en un país donde los blancos ya no son la mayoría demográfica. No obstante, ha habido un cambio de paradigma, también de mercado y eso lo han sabido ver los productores en los Estados Unidos.

Así, han nacido series como Master of None (2015 – actualidad), protagonizada, producida, dirigida y escrita por Aziz Ansari (Dev Shah en la serie) un joven de origen indio quien tiene que lidiar con el racismo cotidiano al que se enfrenta. Es especialmente revelador como en el episodio 4 de la pimera temporada, en un capítulo llamado "Indios en la tele", vemos porqué está bien que haya más de un personaje gay blanco en una serie (clara referencia a Modern Family), pero no así que haya más de un indio, la respuesta es porque entonces los espectadores creerán que es un programa para minorías étnicas. Esto demuestra que los blancos están tan acostumbrados a ser los dueños del ocio televisivo que cualquier show que no los tenga a ellos como protagonistas, entonces estará dirigido a minorías.

También vale la pena mencionar Dear White People (2017 – actualidad) serie que se ambienta en la exclusiva Universidad de Winchester, es toda una denuncia a los privilegios de los blancos, serie dirigida, por cierto, por el afroamericano Justin Simien. A su estreno hubo un gran revuelo en las redes, se la calificó de racista contra los blancos, lo cual es realmente imposible, los blancos jamás podrán sufrir racismo, porque el racismo es una cuestión de privilegios y los blancos los tienen todos.

Sin embargo y a pesar del entusiasmo que puedan suscitar estas dos series, junto con otras como Orange is the New Black, Being Mary Jane, Insecure o la interesante The RuPaul Show, no podemos olvidar que bien pueden permitir un empoderamiento de las personas no blancas, solamente están aprovechando la influencia de movimientos sociales como el feminismo o el antirracismo para obtener buenos beneficios económicos.

El racismo está muy presente en nuestra cotidianeidad y es importante detectarlo, por muy escondido que se encuentre. Ya está bien que los no blancos nos veamos representados en personajes latinos como narcotráfiantes, camellos o bandas armadas. Tampoco queremos ser presentados como el Jim Crow u otro estereotipo que refuerce a los blancos. No parece que vayamos por mal camino, ya nuestra presencia incomoda como se evidenció en los Óscar del 2016, donde varios actores y directores acusaron de racismo a estos premios, ya que no hubo ningún no blanco nominado a los galardondes de mayor relevancia. No faltaron reacciones de blancos que ven sus privilegios amenazados, tal y como expresó la británica Charlotte Rampling, afirmando que boicotear los Óscar es racismo contra los blancos4... Cuando hayan sufrido la mitad de genocidios, discriminaciones y rechazo los blancos por su color de piel, entonces comprenderán que esas palabras esconden un profundo reforzamiento de los privilegios de los blancos. Cuando no de odio étnico.

Cerremos estas líneas con unas estadísticas recogidas en un estudio del que se hace eco la revista Cinemanía5 y veamos si, después de todo, sigue habiendo o no racismo en Hollywood. El 44% del público que va al cine en los Estados Unidos es no blanco, mientras que los filmes protagonizados por blancos son el 76% de lo que se estrena. De 500 películas estrenadas entre 2007 y 2012, solo 33 de ellas eran dirigidas por negros y dos mujeres. Sí, lo que vemos en nuestros cines y en las pantallas de nuestros ordenadores sigue siendo racista y machista.

1Es una dominación actual para el fenómeno de cultura de masas, con especial relevancia gracias a los medios de comunicación de los siglos XX y XXI

2Además de ser una película profundamente anticomunista

4https://elpais.com/cultura/2016/01/22/actualidad/1453466448_655181.html

5http://cinemania.elmundo.es/noticias/el-cine-de-hollywood-sigue-siendo-racista/

[Series] Narcos

Secuencia de Narcos

Hoy me voy a salir de lo habitual de las anteriores entradas. Qué no todo va a ser ideología-teoría-política-crítica 😉

Y es que me picaba algo en la cabeza, y de tanto rascarme...algo salió. Resulta que llevo un tiempo enfermo y he aprovechado para ponerme al día viendo series. Y de esto irán algunas entradas que iré sacando, de series. Intercaladas, eso sí, con otras cosas que están in progress.

Voy a empezar con una serie muy anunciada, y creo que ampliamente conocida: Narcos. Con sus paneles publicitarios en las carreteras anunciando el estreno de la última temporada nos regalaron alguna foto simpática, como la propaganda electoral de Feijóo (PP-Galicia) al lado de la Narcos. Para quien no lo sepa, es altamente conocida la relación entre un famoso "narco gallego" y él (sobradamente conocida es también la relación del PP y el narcotráfico):

Feijóo y un Narco

Portadas relacionadas con el caso Feijóo y el narco Marcial Dorado.

La realidad y la ficción se entrecruzan

Continúo con las series. Creo necesaria hacer esta introducción para que quede claro algo sobre el material cultural que consumismos. Quizás algo obvio para algunas personas, pero no tanto para otras. Y es que la realidad y la ficción se entrecruzan, y a veces se intenta re-escribir la realidad, o la historia, a través de un bombardeo cultural con un mensaje muy determinado.

El mítico caso sobre esto que comento es el de la segunda guerra mundial. Si preguntabas en los años 50-60, o incluso 70, quien había sido la potencia determinante que había liberado Europa del nazismo, la respuesta mayoritaria era la U.R.S.S., y si lo haces ahora la mayoría te dirá que EE.UU. ¿Qué ha cambiado? Pues un bombardeo/invasión cultural por parte de Hollywood donde nos explicaban sin más, sin aparente intencionalidad, lo imprescindible que fue la llegada de las tropas americanas a Europa (a última hora y de aquella manera...). Claro, después de décadas machacando con ese mensaje, ahora realizas la pregunta que indicaba y la respuesta ha cambiado, la percepción ha cambiado. Es decir, los bienes de consumo cultural que nos llegan y bombardean no son neutros, y reproducen la ideología dominante.

Los bienes de consumo cultural tienen un componente ideológico que no debemos dejar pasar, ni obviar. Cuando consumimos series tenemos que ser conscientes de lo que transmite más allá de la historia concreta.

Al lío, sobre Narcos

Pues este rollaco que he soltado, viene por un motivo. La serie Narcos. La he empezado a ver, como decía, estando con fiebre, pero no creo que haya sido ése el motivo para no aguantarla más de 4 capítulos. Estoy convencido que ha sido por ese relato plagado de re-escritura de la historia y la narración paternalista y plagada de superioridad moral de la voz en off.

Desde el primer capítulo se encargan de re-escribir, no sólo la historia del narcotráfico y de su incidencia en Colombia, si no que pretenden hacer un repaso al contexto político de la época. Por ejemplo, hablan de Chile y el golpe de Estado perpetrado por Pinochet & CIA como una circunstancia de simple despiste por parte de los EE.UU. el haber dado apoyo a Pinochet; ya que no previeron que después se "le iría la flapa" y mataría a miles de personas. Ya sólo ese comentario, me hizo dar un respingo y un escalofrío, que no tenían nada que ver con la fiebre.

Sí, cómo si los manuales de la CIA o los documentos desclasificados no señalasen la sistematización del apoyo logístico de EE.UU. a dictaduras y a la represión organizada por toda América Latina. Así como su relación con el narcotráfico como fuente financiadora de operaciones represivas y control de la población. También, y como no, en Colombia.

Normalmente veo las series en V.O.S. y quizás verla doblada esta vez, para no aumentar el malestar por la enfermedad, quizás ha condicionado este punto. Y es que me ha dejado descolocado, y se me han hecho insufribles los capítulos que he visto. Ha sido la voz en off del protagonista. Un agente de la D.E.A. prepotente y que te cuenta las cosas con una chulería que me resulta insoportable. No sé si está hecho expresamente para después, más adelante cambiarle el perfil, suavizarlo o "humanizarlo" pero es que no me voy a esperar a verlo. Porque no había indicios, ni insinuaciones de que así iba a ser.

Sobre el doblaje da para otro artículo entero, pero último apunte sobre el tema, y que merece mención es el intento de hablar con acento y giros colombianos del actor brasileño Wagner Moura. Aunque lo intenta, y lo intenta bastante, no acaba de colar. Cuando estás escuchando al resto del elenco, que sí que es colombiano, y de repente habla él...pues se produce una discordancia con lo que esperas a lo que oyes que también me resultó incomoda. No es fácil, no es su idioma, pero no ayuda a tener la sensación de historia falseada del conjunto de la serie.

En definitiva, no es que no la recomiende, pero tampoco le daría más vueltas a esta serie. Quizás no he visto los suficientes capítulos o sería la fiebre, o será que cuando se da tanto bombo a algo (una peli, un libro, etc). Después sabe a amargo, y a poca cosa. En fin, que si la ves y haces otra lectura, compártela por aquí.

Para la próxima entrega sobre series, si queréis echar un vistazo, trataré sobre Skam. Una serie noruega, que se sale un poco de lo convencional en "series juveniles".

¡Hasta pronto!