Anarca y Sumisa (II). Consenso y consentimiento.

Foto de Gemma Evans.

Puedes leer aquí la 1ª parte de la serie.


La Manada vs. La Realidad: ¿son situaciones tan distintas?

Volvamos a la lamentable historia de La Manada. La sentencia ha resonado con fuerza en gran parte de la sociedad debido a su injusticia y a que, quizá por primera vez, las mujeres en masa nos hemos empoderado para salir a la calle y gritar lo que ya sabíamos pero no decíamos: que algo diferente a un claro y contundente significa, simplemente, no*.

Tristemente, incluso cuando un no es articulado con claridad (tanto en el BDSM como en las relaciones vainilla), la voluntad de la persona puede ser atropellada –a esto nos referimos, en un contexto sexual, cuando hablamos de violación–. La gran lección que nos deja la respuesta ante agresiones como las de La Manada es que, en ocasiones, no negarse no significa inmediatamente sí. Es decir, que situaciones en las que la superviviente o la víctima no se defiende, no grita, no huye, no dice que no, son también, de facto, una violación. Quiero remarcar la importancia de esto para introducir un concepto, el de la date rape –violación durante una cita–, que suma un porcentaje muy alto de las agresiones sexuales. El término se refiere a las violaciones cometidas por una pareja, amigo, marido o conocido, y en EEUU supone el 78% del total**.

Por lo tanto, para hablar de consentimiento es necesario analizar cómo nos comunicamos y, sobre todo, cómo no nos comunicamos, pues es en este impasse de la duda o el silencio en el que las violaciones de los límites son más frecuentes.

Consentimiento explícito vs. consentimiento tácito.

En una entrada sobre la cultura del consentimiento (en inglés), Cliff Pervocracy escribe:

(…) forzar a la gente a que haga cosas forma parte de nuestra cultura, en general. Destierra esa mierda de tu vida. Si alguien no quiere ir a una fiesta, probar un plato nuevo, levantarse y bailar, o charlar durante la comida, está en su derecho [de no hacerlo]. Evita los “venga, anda”, y los “venga, sólo esta vez”, y los jueguecitos en los que obligas mediante bromas a alguien a participar [en algo que no quiere]. Acepta que no significa no –en cualquier situación.

Otro ejemplo, esta vez del mainstream más mainstream, acerca de la cultura de la no-comunicación y el no respeto a las necesidades de la otra persona: una reportera de Playground va entrevistando por la calle a hombres de todas las edades --y a alguna mujer-- sobre el sexo y el orgasmo. La respuesta media a la pregunta "y ella, ¿llega al orgasmo?" es "ni lo sé ni me importa" (o, alternativamente, "no lo puedo saber porque las mujeres fingen", o sea, "todo es culpa de las mujeres, una vez más").

La relación entre la cultura de la violación y la cultura de la no comunicación es bidireccional. No estamos educados para preguntar y, si preguntamos, no nos educan para respetar. La comunicación de los deseos no se enseña, y el consentimiento tácito, que es una práctica generalizada en la mayoría de interacciones sexuales, está basado en la normalización social de las mismas de acuerdo al patrón coitocéntrico que gira en torno al orgasmo masculino como punto final.

Quizá ayudaría, para comenzar a ponerle solución a esto, redefinir el consentimiento: pensar que va más allá de respetar una negativa, y enfocarlo desde la perspectiva de los privilegios, según la cual alguien en una situación de coerción no puede tomar una decisión plenamente voluntaria y consciente, dado que pesan muchas variables sobre su sí, quiero.

En un contexto como el BDSM, donde muchas veces las acciones pactadas acarrean dolor o incomodidad física, prima la necesidad de la comunicación clara y respetuosa. Dar por sentado el consentimiento puede llevar a malinterpretaciones con consecuencias graves, tanto físicas como psicológicas, por lo que la comunicación se establece como una parte fundamental de la relación desde un comienzo. Esto no significa que la escena kinkster esté exenta de dinámicas comunicativas nocivas; pero existe, por lo general, un interés muy marcado en el consentimiento, que tiene por resultado una defensa de la integridad de las personas y la denuncia de aquellos individuos que reiteradamente se niegan a respetar los límites marcados por sus compañeros. Es decir, que existe una comunidad local que vela, con más o menos éxito, por la seguridad y la ética de la práctica del BDSM.

La Lista de Límites: ¿realmente existe?

Usemos de nuevo ese boom editorial y cinematográfico que ha supuesto un aumento exponencial en la visibilización del (supuesto) BDSM: 50 Sombras de Grey y el resto de la saga***. Si no habéis leído la trilogía, no os lo recomiendo. Pero os cuento, para quien sea ajeno a la historia, que un multimillonario hecho a sí mismo se enamora perdidamente y a primera vista de una estudiante universitaria de último año. Además de acosarla, seguirla a todas partes y no permitirle ver a sus amigos sin que él esté presente, decidir por ella el método anticonceptivo que deberá usar, prohibirle la masturbación, e inundarla con regalos excesivos que ella no quiere y no puede reciprocar --una táctica de gaslighting y chantaje emocional en toda regla--, entre otras cosas, el tipo en cuestión le presenta una larga lista de actividades sexuales y kinks que ella debe aceptar o no.

Junto a cosas como el sexo anal, recibir latigazos, dejarse amordazar o el uso de pinzas en los pezones, aparecen las palabras mágicas: límite fuerte, límite débil, y no, en absoluto, de ninguna manera. Hasta aquí todo bien: las personas tenemos preferencias distintas, y si nos decidimos a mantener una relación sexual o de otro tipo con alguien lo más lógico es discutir qué y qué no nos gusta, qué nos apetece probar y qué está fuera de discusión. Lo que no es tan normal es pisotear las preferencias de alguien una vez que esta las ha expresado. Grey intenta convencer y revocar las decisiones de Ana en cada uno de los kinks que esta no quiere probar pero él sí. Esto es coacción, chantaje, y abuso. No BDSM.

La comunicación en torno a las preferencias sexuales o de juego de dos o más personas se articula siempre en base al consenso de todas las partes implicadas. Sin esto no puede existir el juego seguro. Recordemos los requerimientos para llegar a un consenso:

  1. Que todas las partes tengan un objetivo común.
  2. Que todas las partes quieran llegar al consenso.
  3. Que exista confianza y apertura entre las partes.
  4. Que las partes expresen sus deseos y necesidades, y que estos sean escuchados.
  5. Tiempo suficiente para hablar de los deseos y las necesidades de las partes implicadas.
  6. Un proceso definido para llegar a soluciones consensuadas.
  7. Participación activa de las partes implicadas.

Grey pasa como una apisonadora por encima de todos y cada uno de estos puntos: el objetivo no es común, sino el suyo propio; desde luego no quiere llegar al consenso, sino que la otra persona se atenga a sus normas; la confianza y la apertura desde luego no son su fuerte; las necesidades y deseos de la otra parte no están siendo escuchadas y consideradas con respeto; no le da a Anastasia el tiempo suficiente para reflexionar e impone límites; el proceso que se sigue para alcanzar el consenso es la firma sin cortapisas de un contrato redactado por él; y la participación activa no se valora, ya que él prefiere que Ana acepte y calle sin poner muchos problemas.

Nunca en mi vida me he encontrado con una persona dispuesta a relacionarse conmigo de esta forma. Espero que vosotras tampoco, sea en el BDSM o en cualquier otra relación. Y si lo habéis hecho, el consejo de hoy es: corred y no miréis atrás.

Negociaciones básicas.

No obstante, sí que existe una negociación inicial en el BDSM, especialmente si es tu primera experiencia con una persona. Se asume que existe un objetivo compartido --follar, pasárselo bien, recibir o dar dolor--, y las especificidades se consensúan de acuerdo a las necesidades y límites de las personas. --¿Quieres recibir dolor? +Sí, pero no con demasiada fuerza. --¿Está bien si utilizo una fusta? +No, no me gusta el dolor inflingido con instrumentos accesorios. --¿Sólo con las manos? + Sí, pero sólo con las palmas, no con los puños. --¿Podemos tener sexo mientras tanto? +No, cuando estoy sintiendo dolor no estoy en un estado emocional en el que quiera follar. --¡Perfecto!

Todo el mundo está contento, se ha hablado, los límites de la gente han sido escuchados y respetados, se han buscado soluciones comunes con las cuáles todo el mundo está cómodo, win-win, línea y bingo. Imaginémonos que por un momento todas nuestras interacciones fueran así; que no se asumiera que podemos abrazar o tocar el pelo a otra persona sin su consentimiento; que no insistiéramos para que otro nos acompañara a un festival o se bebiera otra copa más. Imaginémonos que un no significara siempre no, y que nada más que un sí, por favor significara sí.


*La polémica ha surgido, y con razón, en las redes sociales, cuando las violaciones sistemáticas denunciadas por un grupo de trabajadoras de la fresa no ha recibido tanta atención mediática ni la misma expresión de inconformismo y rabia social que el caso de La Manada; recibiendo críticas bastante acertadas sobre cómo afecta la racialización a este tipo de problemáticas y también cómo las respuestas de apoyo en Andalucía no han sido visibilizadas por el sector feminista mayoritario (o sea, urbano).

**No he encontrado estadísticas similares para el estado español o los países hispanohablantes, pero algo me dice que las cifras serían asombrosamente similares.

***Supuesto BDSM, porque nada en la relación de abuso psicológico entre los protagonistas tiene semejanza con un pacto voluntario y entusiasta entre dos personas.

Anarca y Sumisa (I). ¿Qué es esto del BDSM y por qué importa?

¿Qué se te viene a la cabeza cuando piensas en sadomaso? Quizá la infame saga de Cincuenta sombras de Grey. Quizá Donatien Alphonse François, alias Marqués de Sade. Quiźa, directamente, pienses que es pura violencia. ¡Vayamos por partes!

Definiciones básicas.

BDSM es un acrónimo múltiple que responde a bondage, disciplina, dominación, sumisión, sadismo y masoquismo. Es un término paraguas muy amplio que recoge comportamientos y formas de sexualidad no normativas, desde el fetiche sexual por los monos de látex hasta las relaciones de intercambio total de poder 24/7, pasando por el voyeurismo. En general, esta laxa comunidad también se acoge al término kink –literalmente: vicio– para autodefinirse. Porque, sobre todo, el BDSM es un vicio, algo que proporciona placer en un espacio de seguridad.

Algunos principios.

¿Qué pinta todo esto en el debate sobre los feminismos? Muchas cosas, en realidad. Empecemos con lo que define las relaciones BDSM: el intercambio de poder.

Desde los ochenta (¡e incluso antes!) nos venimos dando cuenta, cada vez más, de que la supremacía masculina (y blanca, y de clase alta) es el régimen que gobierna el mundo, no sólo en lo parlamentario sino en lo cultural. Cualquiera que pertenezca a un grupo marginalizado, sea del tipo que sea, experimenta el rechazo, la opresión y en ocasiones la represión que este entramado deja caer sobre su persona. Lo mismo da que seas mujer, que seas una persona de color, o que tu sexualidad no se ajuste al modelo heterosexual: lo hegemónico carga contra todas, apoyado en las muletas de la publicidad, los medios de comunicación, y las políticas estatales. La intención es mantener el control.

El BDSM entra a jugar en este espacio normativo de poderes impuestos involuntariamente. Su juego es una lucha. Su propuesta: hacer que esas dinámicas de poder se debatan, se discutan, sean consensuadas y consentidas entre los que participan de ellas. Una podría pensar que, a título personal, su opción es, simplemente, no acceder al intercambio de poder, evitar la dominación a toda costa; y eso está bien. Sin embargo, seguimos quedando a quienes nos interesa este pacto de dominación y encontramos en él un espacio para probar los límites, las estrategias y el funcionamiento de sus dinámicas.

A veces es difícil de entender, incluso para una misma. ¿Por qué posicionarse voluntariamente como una víctima de la dominación (que puede o no ser sexual) cuando luchas contra ella, cuando un mundo libre no puede existir sin la dominación? Vuelvo a un ejemplo histórico, a modo de analogía. El Movimiento de Objeción de Conciencia del estado español llevaba a cabo reclusiones voluntarias de sus miembros, con el objetivo de prepararlos para una posible estadía en la cárcel. Una vez dentro, cuando quisieron amnistiarlos a todos de manera silenciosa y sin hacer ruido, se organizaron y quisieron quedarse presas para levantar escándalo en la sociedad, para hacer de su encarcelamiento un asunto político.

Resignificar la violencia.

Intentemos trazar analogías con un ejercicio de similitud casi poética. El BDSM es un buen escenario para experimentar los distintos niveles de sumisión y violencia sexual que, ahí afuera, en el mundo, en La Vida Real®, acontecen todos los días (se estima que hay una media de tres o cuatro violaciones al día en España; los cinco de La Manada salen de la cárcel mientras esperan su sentencia definitiva, la violencia de género e infantil en el ámbito doméstico no parece estar decreciendo; han asesinado a 27 mujeres en lo que va de 2018; y así). Como las compañeras del MOC que participaban en los encierros voluntarios, los que en el sexo o en la vida nos alineamos con el BDSM experimentamos con la crudeza de la norma heteropatriarcal que asesina y humilla. Mediante el aprendizaje de los límites propios y las posibles respuestas ante la opresión analizamos y estudiamos el sistema en general: somos un pequeño nodo privado que replica el sistema. Es un ejercicio de sandboxing. Y, como tal, en ambos casos, el del MOC y el del BDSM, se realiza en una situación controlada, donde existen mecanismos de control por ambas partes para hacer del momento algo seguro.

Sí: mecanismos de control por ambas partes. Se habla mucho de cómo la persona en situación de inferioridad física es la que realmente lleva las riendas en una escena BDSM. De cómo, con una palabra, un gesto, o una simple mirada acordada de antemano, la violencia cesa y se ponen en marcha los mecanismos de cuidado. Porque el BDSM es, también y por encima de muchas cosas, cuidado mutuo.

Esto no es todo, claro. No todo el mundo que practica sexualidades disidentes lo hace en todo momento como reivindicación política. Muchas de nosotras, simplemente, lo hacemos por vicio. Porque nos da la gana. Porque nos gusta. Porque podemos. Porque estamos orgullosos de no fiscalizar nuestra (a)sexualidad ni la de los otros.

Lo cual, si nos fijamos, es también una acción política. Una profundamente feminista, liberadora y necesaria.


El resto de la serie aquí:

2ª parte.

El amor romántico es perjudicial para nuestra salud. Autogestión de las emociones afectivas

El amor romántico es una creencia cultural y social asentada en una serie de mitos, formulada de tal manera que aparece como una verdad eterna, por encima de cualquier razonamiento lógico y que construye la supuesta verdadera naturaleza del amor. En realidad, se trata de un conjunto de percepciones ficticias y engañosas que apuntalan el establecimiento de falsas expectativas amorosas o relaciones basadas en la desigualdad, y que conducen irremediablemente a la frustración, al fracaso afectivo y a la violencia.

Mitos del amor romántico

Algunos de estos mitos son la fe ciega en el destino y la existencia de una media naranja predestinada para cada persona; el mito del emparejamiento heterosexual y monógamo con exclusividad como algo imperecedero a lo largo de la historia de los seres humanos; el mito de los celos como algo positivo y que refuerza una pareja; el mito de que el amor todo lo puede y es necesario sacrificarse y crear un armazón hermético de unicidad; el mito de los llamados problemillas de pareja o discusiones y que los polos opuestos se atraen; y por último el mito de que amor y enamoramiento son equivalentes.

Todos estos mitos están íntimamente relacionados entre sí, conforman un todo fuertemente arraigado en el imaginario colectivo, aunque algunos tienen un mayor potencial de peligrosidad y en un terreno emocional correctamente abonado, puede construirse el espacio idóneo para la manipulación y las agresiones –no referidas a las físicas, aunque también se incluyen–.

Reconstruir sobre la igualdad nuestras relaciones

Para ir desgranando paulatinamente estas referencias del amor romántico, comenzaré diciendo que es absolutamente incompatible una relación afectiva si el vínculo que se establece se sienta sobre la desigualdad. En la totalidad de los casos en nuestras sociedades estructuradas bajo este paradigma, las relaciones se asientan desgraciadamente en una desigualdad sistémica conocida como heteropatriarcado. Esto quiere decir, que debemos atrevernos a conocer y analizar cuidadosamente esta creencia del amor romántico, para comenzar a construir relaciones afectivas basadas en la igualdad y el respeto.

Este gigantesco paso exige como piedra angular de nuestro nuevo objetivo hacer introspección sobre nosotrxs mismxs, y descubrir profundamente nuestras emociones y deseos, asignatura completamente pendiente en nuestro desarrollo educativo. Una sana educación afectivo-sexual debe incluir el aprendizaje profundo de nuestras emociones y saber gestionarlas responsablemente de manera personal y junto con las personas que nos rodean. Esta creencia romántica no es algo de lo que sentirse culpable o asustadx por no saber cómo salir de la toxicidad que genera, es normal la confusión y sentirnos con frustración o ansiedad, pero recordemos que con amigxs siempre es más sencillo y las soluciones colectivas basadas en la confianza son mucho más duraderas y estables.

Cuando estamos inmersxs en la creencia del amor romántico, habitualmente nos embarcamos en relaciones afectivas que miran nuestros ombligos, no comunicamos sinceramente porque no se nos enseña a hablar con libertad de nuestras emociones, no poseemos las herramientas adecuadas, y de esta manera cada persona en esa relación tirará hacia sus deseos individualmente.

No debemos vivir para otras personas sacrificándonos continuamente, y mucho menos para una media naranja inexistente, tenemos que aprender a amar libremente, y querernos a nosotrxs mismxs es el primer reto ante el cual nos situamos. El amor no es condicional, si está condicionado es opresión, y por lo tanto algún día nos cansamos de esa opresión. Aprendamos a amarnos pero de verdad, sin comparaciones, sin establecer vínculos entre las maneras de amar y situaciones completamente distintas. No nos dejemos decepcionar siempre en esta vida creando expectativas para absolutamente todo, permitamos la espontaneidad en nuestras experiencias cotidianas y recibamos abiertamente sin esperar algo predeterminado.

Tal y como ya apuntaba, no considero que las relaciones afectivas sean comparables, no es mensurable porque cada persona en una fase de su vida no tiene por qué amar de igual manera, ni en los mismos términos, estamos en una evolución constante. Tampoco se puede comparar la intensidad con la que se quiere a personas distintas, pues los lazos afectivos que tendemos con cada persona tienen características diversas, de esta manera es completamente cierto que se puede querer a varias personas a la vez.

Poliamor, compersión y otras cuestiones amatorias

El amor no es eterno, pero sí es un recurso ilimitado y la naturaleza humana es proclive a la poliamoría; la exclusividad y los celos impuestos por el amor romántico rompen el apacible devenir de las relaciones libres que podríamos disfrutar las personas. Querer a otras personas siempre suma exponencialmente, nunca resta, y por ello frente a esto situamos la compersión, un estado empático de felicidad experimentado cuando un amante disfruta de otra relación. En ocasiones las experiencias poliamorosas que tratamos de crear pueden no tener el resultado que esperábamos a la primera, no nos defraudemos por ello, porque muchas veces aún no estamos preparadxs por el bagaje que arrastramos del amor romántico. Se trata de ir descubriéndonos sin prisa y sentar las bases de cómo queremos amar en un futuro tras deconstruirnos los malos vicios que iremos dejando atrás.

Si creamos relaciones basadas en la monogamia, y con una base de nula comunicación de deseos y sentimientos, al final se acabará rompiendo el contrato, pero la raíz del problema está en la estructura de género y sexual, las personas son infieles porque no entienden en qué se fundamentan conceptualmente las relaciones humanas. El problema es la ideología cultural, no los actos individuales.

Si se aspira continuamente a una relación como las representadas en las películas, entonces acabaremos frustradxs, porque la ficción genera patrones a seguir, pero la realidad amorosa es otra distinta, y debemos crearla nosotrxs mismxs, según nuestra libre necesidad emocional, no reproducir lo que podemos comprobar que no funciona en la mayoría de casos.

Si siguiendo ese modelo romántico exigimos que nos amen exclusivamente como nosotrxs queramos, entonces estamos volcando la balanza hacia nuestro lado con condiciones, y si un vínculo que debería ser libre se desequilibra se transforma en desigual, y entonces no es amor ya, porque para que sea amor ha de ser libre, quizá lo otro sea  rutina, sumisión, lástima, temor...

Conclusiones prácticas en nuestra realidad

Es completamente cierto que en la teoría se puede ver muy claro y declararnos decididamente opuestos a estos mitos románticos, pero en la práctica esta creencia es sumamente invisible y alcanza todos los niveles de nuestra vida, colonizando nuestro lenguaje, nuestro pensamiento y por lo tanto, también nuestra actitud. Son puntos extremadamente nocivos y lo único que consiguen es que construyamos nuestro concepto de amor en torno a falsas ideas de lo que no es en realidad.

Ve viviendo y evolucionando según tus necesidades emocionales, ámate y ama libre a personas que tengas alrededor, desea tu cuerpo y desea libremente a personas de tu confianza. Muchas veces si hacemos caso de lo que nuestra cabeza nos indique, nos estará dando las pistas necesarias para saber con quién podremos compartir un vínculo saludable y placentero.

Concluyendo, creo  que el amor romántico convencional que nos enseñan desde pequeñxs y que la mayoría reproducimos porque creemos que no existe otra alternativa, o porque nos hemos acostumbrado cómodamente a ello, en una infinidad de casos, y unido hacia la falta de comunicación sobre sexualidad y emociones, consigue que la mayoría de las relaciones afectivo-sexuales que establecemos sean nefastas para nuestra salud mental. El amor romántico es una herramienta más de opresión hacia todxs nosotrxs.

A todas aquellas personas que hayan iniciado su experiencia personal con el feminismo como herramienta de liberación, y para lograr la igualdad de género, saquemos la teoría a la calle, a nuestros grupos de amigxs, en nuestras conversaciones, y pongamos en práctica aquellos conceptos que tan rápido estamos asumiendo como nuestros.

 

De aquel porno, estos lodos; y viceversa

Este artículo se aparece también en El Desperttador y se muestra aquí por decisión del propio autor.

En textos anteriores he querido llamar la atención sobre algunas de aquellas dinámicas sociales cotidianas y asumidas como banales que conforman el ideario o el sentido común patriarcal y que da luego lugar a prácticas de opresión por parte de los hombres hacia las mujeres. En esta ocasión quiero continuar con esta línea poniendo el foco sobre un elemento básico de la socialización sexual como es el porno. Este, que provoca habitualmente risas, expresiones de incredulidad o sonrojo, es un recurso utilizado diariamente, sin embargo, por miles de personas, especialmente hombres, como forma de encontrar un espacio de diversión, relajación, o simple pasatiempo sexual, según gustos y necesidades. De esto, cabe preguntarnos algunas cosas como, ¿por qué son mayoritariamente hombres quienes consumen porno? ¿De qué manera el porno construye o ayuda a construir las formas de relaciones sexuales más habituales? ¿Es el porno neutro?

Teniendo unos 15 años, aproximadamente, mi madre me regañó porque al mirar en el historial del ordenador había visto que yo había estado viendo porno. Recuerdo que me dijo que aquello no era para mí. No es por llevar la contraria a mi madre más de lo normal, pero creo que en esto se equivocaba. Aquello estaba ahí precisamente para mí. Era para mí porque yo era un proyecto de hombre comenzando a preguntarme cosas sobre el sexo, sintiendo la creciente hormonización y, más importante, entrando ya en rituales y prácticas de socialización de la masculinidad asumidas generalmente y que se van aplicando sobre cada hombre. Sin duda, una de las partes más importantes de la masculinidad imperante es la relación del hombre con el sexo. Es aquí donde el porno constituye la verdadera escuela de los jóvenes.

Todo estaría bien con esto si el tipo de porno que se produce mayoritariamente no crease una imagen problemática de lo que es la práctica del sexo. En este porno es siempre el hombre el que dirige, el que dispone del control para decidir qué se hace primero y qué se hace después, para introducir su pene allí donde le plazca y en el momento que quiera. Pese a ello, todas las miradas se dirigen hacia la mujer. Es el único objeto de deseo presente. Toda la escena se configura siguiendo parámetros masculinos, alejando de esta manera a las mujeres de algo que podría ser perfectamente objeto de diversión y placer, y dando a entender que somos solo los hombres quienes tenemos realmente derecho a sentirnos satisfechos con nuestras relaciones sexuales. Se desplaza a las mujeres a un espacio de cierta cosificación. Están ahí para que podamos follar como es debido. Evidentemente, nos gusta e incluso el sexo será más placentero si se observa un disfrute mutuo (de hecho ahí tenemos toda una retahíla de falsos gemidos y sonrisas), pero tampoco pasa nada si ella no acaba de sentirse a gusto. “Es natural en las mujeres, se quejan por todo.”

Esto que aquí describo en un tono que pudiera parecer de exageración, quizá no lo sea tanto si hacemos cuentas de nuestras experiencias sexuales pasadas, de nuestra forma de ver porno o si observamos las formas de referirse al sexo de la gran mayoría de hombres. Más que situaciones concretas, pretendo señalar una forma de entender el sexo y, a través de él, nuestra relación con las mujeres.

En tanto que representación cultural, el porno no puede ser neutro, como no lo es la televisión o la literatura. Bebe de la cultura en la que se ubica y a la vez es un mecanismo de reproducción de la misma, ya que repite los mismos patrones patriarcales que he señalado líneas arriba. De la misma manera que he comentado en algún texto anterior, esta reproducción no se realiza por medio de grandes gestos o formas muy visibles, sino que simplemente están ahí y determinan el espectro de lo posible, de lo que hay y no puede haber otra cosa.

¿No puede haber entonces otro porno diferente, emancipador, que no reproduzca cánones patriarcales, que enseñe una forma distinta de vivir la sexualidad? Quiero pensar que sí. Entiendo que, al igual que podemos imaginar formas más justas de organización social, debería sernos posible imaginar y llevar a la práctica formas más justas para con las mujeres de pornografía. De hecho, el potencial que podría tener un porno con contenido feminista de manera generalizada sería increíble. Estoy hablando de disputar un espacio de reproducción social de las formas dominantes para hacer brotar nuevas expectativas. No sabría decir si esto es realmente posible, pero probablemente valiera la pena intentarlo.

El objetivo de este texto no es, desde luego, hacer un análisis de la pornografía en 2 páginas, primero por la poca seriedad que tendría, y segundo, porque hay otras personas en mejor disposición para hacer un trabajo mucho más sólido. Lo que yo pretendo con este artículo es interpelar al resto de los hombres, potenciales consumidores de pornografía, para tratar de reconocer estos mecanismos de reproducción del patriarcado inscritos en buena parte de aquello que consumimos diariamente y evitar que perpetuemos esta dinámica de opresión. No se trata de no ver porno. Para nada. Mi intención está muy lejos de señalar el porno como algo a evitar, bien por indigno o inmoral, bien porque el que existe actualmente no nos vale. La clave está en dotarnos de las herramientas para anular los mecanismos de la dominación y explotar nuestra sexualidad en todo su potencial.

¿Cómo encontrar o construir estas herramientas? Desde luego no manteniendo las mismas actitudes inmovilistas que priman por lo general entre los hombres, sino que es necesario asumir una postura de disposición al aprendizaje de todo aquello que tiene que enseñarnos el feminismo. El terreno que pisamos no está inexplorado. Nuestras compañeras llevan ya cientos de años peleando y creando nuevas formas de entender nuestra cotidianidad y las relaciones de poder, por lo que lo primero debería ser aprender de todo ello y tratar de acompañar a partir de ahí. En este texto no se van a dar las herramientas necesarias para construir o visionar un porno no patriarcal, porque yo mismo no las tengo, pero sí que parece claro que el camino pasa por interesarnos humildemente por el feminismo, siendo conscientes de nuestra posición y nuestro papel. Animar a iniciar ese camino sí es la tarea de este texto.

Un ejemplo de una experiencia en este “otro porno” podría ser http://girlswholikeporno.com/

Charla: apropiación capitalista de las luchas GSD (Géneros y Sexualidades Diversas)

El 26 de junio, nuestra compañera Pavli junto a otras del colectivo Revuelta Violeta, dieron una charla en el CSOA L'Horta para CNT-Valencia. Esta charla trataba sobre la mercantilización de las luchas de personas con géneros no normativos, que se redujeron a un día del Orgullo Gay enfocado al consumo y ocio homosexual. ¿Por qué se habla de géneros y sexuales diversas en vez de LGTQBi+? Porque estas siglas parecen no incluir otras identidades de género no normativas, pues se está viendo que existen muchísimos más géneros y sexualidades que las propias siglas. Por ello, desde los colectivos e individualidades con identidades de género diversas, se pretende introducir el término GSD (Géneros y Sexualidades Divesas/Gender and Sexual Diversity), que englobaría todas esas identidades no recogidas en las siglas LGTQBi+. Antes de pasar al texto, aclarar que la expresión cis de cisgénero significa la conformidad de la persona con el género asignado al nacer. Hasta aquí mi reseña y os dejo el texto de Pavli:

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Perderme para encontrarme

Lo conocí hace un par de años en una de esas noches que sabes que ya nada puede irte a peor. Hacía ya un buen rato que caminaba perdida y sin rumbo con los pantalones verdes que me apretaban y con un par de cervezas encima. Se me hacía raro andar por esos sitios que tan poco frecuentaba pero me autoconvencía de que el trayecto podía valer la pena en cada paso que daba. Y en efecto, el camino estaba siendo agradable a pesar de que no fuese normal ni frecuente, cosas que te ocurren y ni te lo esperas…

Millones de cosas hacían colisiones en mi cerebro por eso intentaba relajarme al caminar. Al cabo de un rato lo vi a lo lejos y me pareció que era alguien conocido, seguramente le habré visto en alguna fiesta pensé. Conforme se iba acercando yo me ponía nerviosa, no sabía si largarme de allí o quedarme quieta, hasta que me decidí por correr el riesgo de seguir avanzando, a mi ritmo y mirando al frente, hasta tenerlo muy cerca. Casi podía tocarlo de lleno y el muy condenado no podía estar más bueno. Pasé de largo dejándolo atrás, pero sus murmullos hicieron que me diese media vuelta para escucharle. Por unos momentos temí porque me estuviese diciendo alguna guarrada mal llamada piropo como algunos viejos del barrio, pero en cambio me hablaba seriamente e intentaba decirme algo, importante supongo. No entendí nada de lo que dijo y se lo hice saber disculpándome. Era evidente que no hablábamos el mismo idioma pero su esfuerzo en que yo le comprendiese y su interesante tono de voz hicieron que me quedase unos minutos con él. Le miraba pero no veía nada, le escuchaba pero no entendía nada, intentaba adivinar su pasado pero no le conocía en absoluto. Entonces me desesperé, la paciencia nunca fue mi virtud y me largué sin decirle ni adiós, la simpatía tampoco. No estoy yo como para perder el tiempo joder, que el lunes tengo examen. Empecé a caminar muy rápido para largarme lo antes posible de aquellas callejuelas que desconocía y para ver si me alejaba de aquel ser extraño y sospechosamente intrigante, no sin antes sentirme tonta por no entender nunca nada.

Estuve meses sin volver a pisar aquellas calles rudas, grandes y desafiantes, supongo que por falta de legitimidad y porque al reloj parecían faltarle horas. Después de varios cubatas de ron y lágrimas, de intentos fallidos de rupturas con los roles, de postureos estudiantiles, después de faltas de presencia sin justificar, después del puta grabado a fuego lento en la piel, después de tener que cargar con una mochila llenita de culpa, después de estas cosas y otras de las que prefiero no acordarme precisamente ahora, decidí volver allí.

Esta vez no había bebido nada, no sé que pantalones llevaba y mucho menos qué talla pues eso importaba poquito la verdad. Recordaba el camino perfectamente, como si hubiese vivido allí toda la vida. Las calles parecían mías y en cierta manera me pertenecían. Busqué el sucio paraguas de la normatividad y no lo encontré ya que era del todo incapaz de abarcar todo aquello. Una vez más fracasa tu modelo, deja de imponérmelo pensé. En el fondo estaba enfadada ¿para qué disimular? La búsqueda de la aprobación infinita me agotaba.

Me sentía desnuda pero no libre, al fin y al cabo aquello no eran más que unos minutos de desconexión y una forma interesante de darme las buenas noches. Me acordé de él, quizás volvería a encontrármelo y quizás volvería a decirme cosas con esa sonrisa que excitaba. La verdad es que me apetecía volver a verle y poder recuperar el tiempo perdido de alguna manera. Llevaba ya un buen rato caminando y como no, seguía anclada en la rutina, a las 23:56 salía el último tren y perderlo significaba bus nit… Pensar en los exámenes y en los pajaritos que anidaban en mi cabeza, buitres incluidos, me hizo entrar en tensión. Un porro y algo de ron arreglarían esta rigidez y lo sé muy bien. No obstante, allí no había nada de nada:

Terreno árido muchas veces castigado, desierto peligroso con montañas…

Y por si fuera poco, a estas horas me ponía poeta. Recordar a Miguel Hernández siempre me hacía mojar las bragas. Con estilo, claro. Crucé más calles, no había ni un solo semáforo o paso de cebra, ni coches, ni bicicletas, ni polis. ¿Es que en este sitio no hay normas? El desorden, la provocación, las etiquetas arrancadas a cuajo y las cicatrices contestaban a la pregunta:

Parcela con dueña, propiedad privada con accesos restringidos…

Sin comerlo ni beberlo me tranquilicé, estar nerviosa suele servirme de poco a decir verdad. Canciones me vinieron a la mente, fue pensar en el rapero de voz muerta y mojar las bragas. A chorros, claro. Me olvidé de todo y todos para pensar en mí y en lo barato que me salía esto. Me dediqué a observar el paisaje y me di cuenta de que nunca me habían enseñado a gestionar y disfrutar de tanta curva. Estaba tan equivocada… curvas, estrías, cartucheras, piel de naranja, acné, pelos, arrugas, pliegues, celulitis, rincones o agujeros no se vendían, se defendían y eso era precisamente lo que estaba haciendo ahora, defenderme. De la basura de ahí fuera y de la de dentro de mi cabeza. En cada gesto me quitaba una pequeña carga de encima, aunque solo sea por unos minutos pensaba, aunque solo sea eso. Sabía que las cargas volverían y seguirían pesando, pero esos minutos de liberación no me los quitaba ni dios, ni el amo, ni el patrón tampoco por cierto. Me sentía cómoda y protegida en aquel lugar, por eso dejé de caminar para ponerme a flotar como si de un baile con ritmo se tratase. Cuando lo vi a lo lejos desplegué mis alas y empecé a prepararme para volar. -Te tengo ganas- dije en voz alta desando que me oyese.

Él no se movía, yo iba hacía él al tiempo que notaba como el calor me trepaba por el cuerpo. Hubiese ido a rastras o de rodillas, hubiese recorrido dos quilómetros o cien con tal de volver a verle. Aquello era amor autogestionado y coherencia, coherencia política. Mientras me acercaba pensaba en qué decirle y con qué voz, lígatelo por dios, lígatelo me gritaba el cuerpo enterito. De mientras él me observaba atentamente pero sin agobiar, me miraba con la mirada perfecta para excitarme: ni muy lascivo ni muy pasota. ¿A quién pretendo engañar? me daba igual como me mirase, si era ciego, bizco, miope o tenía seis ojos, ¡yo me ponía cachonda igual!

Uno delante del otro seguíamos hablando idiomas distintos como aquel día, él por un lado y yo por otro. Me decía algo y yo callaba, él en silencio y yo explicándole cosas. Joder, ¿esto qué es? Y volvíamos a no entendernos. La impaciencia me pellizcaba otra vez, ¿para qué haces esto? Serás guarra… y otra vez pensando en irme de ese puto sitio… pero entonces la fuerza me brotaba de no sé dónde para darme esa legitimidad tantas veces anhelada: no me iré, esta es mi casa. Fue entonces cuando el miedo y el asco me dieron una pequeña tregua y me dejaron escucharle de verdad. Él me contó historias con una voz que me abrazaba, me arropaba y me hacía sentirme querida, y yo le escuchaba al mismo tiempo que cerraba los ojos para irme, para irme de ese molde del que nunca podía escapar.

Y así un buen rato hasta que al final me escapé. Escapé en el momento en el que las calles me empezaron a gustar y las empecé a respetar. Aquel lugar era mío, bonito o feo, solo podía ser mío y tus etiquetas y tu podrida perfección sobraban. Jodido paraíso aquel, territorio perfecto para desafiar y cuestionarme desde mi género hasta mi orientación sexual. Jodida patria aquella, perfecta para batallar todas las guerras, las presentes y las futuras…

Y así hasta que dejé de escucharle las historias porque ya me había ido del todo, porque mi cuerpo se había escapado a otro lugar, porque mis dedos se separaban de mi coño, porque aquel señor se llamaba mi clítoris y yo había perdido años ignorando su poder, porque mi sexualidad se había vestido de represión y en cada gesto masturbatorio yo le desgarraba el traje. Me fui porque ya no era capaz de reprimirme los gemidos ni la corrida que fluía. Me escapé sin pedirle permiso a nadie y por eso mis fantasmas empezaron a morir: la timidez se cortó las venas, la soledad saltó por la ventana, el miedo buscaba la sobredosis al estilo Kurt Kobain y la culpa se rajó la aorta llenándome la habitación de sangre, bilis y cosas negras.

Yo acababa de encontrar una conexión muy rara y pura con mi cuerpo y por eso acababa de empezar una revolución: desde dentro y desde abajo. “En cada corrida una revolución”, sentencié para siempre. Mi mente se abría como una margarita y mi coño regaba todas las flores. No pude evitar sonreír. Bona nit petita insu, vuelve pronto a estas calles a las que siempre serás bienvenida.

Ana Poliquística (2-05-15)

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