El futuro [CrimethInc]

Llegamos al final de esta serie de artículos sobre tiempo, relojes (y espacio) en el capitalismo. Me ha costado unos días decidirme sobre el último texto, pero creo que al final quedo contento con lo que os voy a presentar hoy. Qué mejor que poner punto y final a una serie sobre tiempo capitalista que hablar sobre el futuro. The future ("El futuro") es el título de este texto que publicó CrimethInc en su libro Expect Resistance (de verdad, una de las mejores lecturas contemporáneas a la que podéis echar el guante). CrimethInc se define como un colectivo anarquista descentralizado formado por múltiples células independientes que actúan y publican cosas en la línea más rebelde. Sus textos, poesía en prosa irónica, tratan todos los temas imaginables, aunque hay un especial interés en la praxis anarquista de la acción directa. Si leéis inglés os recomiendo echar un vistazo a su web, en la cual (creo) también tienen alguna que otra cosa en castellano (sin estar seguro del todo sobre esto). Sin más, os dejo el texto.

El futuro [CrimethInc Ex-workers' Collective]

Traducción del inglés al castellano por La Colectividad

El mundo está llegando a su fin. No tengas duda, los días están contados. Allí donde estés ahora no te puedes ni imaginar como acabará cuando se toque fondo.

O en otras palabras, el mundo está siempre llegando a su fin. Lo que venga después depende de nosotrxs. Cada mañana nos despertamos, sudamos, y sangramos para crear una dúplica exacta del mundo de ayer. No tenemos por qué hacerlo, pero lo hacemos por miedo, por desesperación, o por una psicótica, ilusa, y mezquina ambición. O por pura testaruda falta de imaginación. En cualquier momento podríamos dejar de pagar el alquiler y parar de trabajar (nadie nos podría parar si todxs abandonamos a la vez) y reconstruir la sociedad desde cero, sin caserxs y sin préstamos que pagar. Dios sabe que todxs hemos soñado alguna vez con ello. No es ni la policía ni lxs políticxs quienes mantienen la rueda girando y los cuerpos ardiendo; es nuestra propia complicidad y nuestra propia complacencia, por no mencionar la falta de fe en lxs demás.

No obstante, aunque insistamos en continuar con ello, el Desastre[1] no es sostenible. El capitalismo tal como lo conocemos no estará aquí dentro de cinco generaciones (cualquier medioambientalista lo puede confirmar). De la misma manera, no hay por qué discutir sobre la destrucción de la clase media porque ya está destruida. Es la clase de la gente desperdiciada por su propio materialismo y duplicidad, que sufre consecuencias emocionales y psicológica de las que cualquier psiquiatra puede dar fe. Ya no se trata de si el sistema en el que hemos crecido ha creado el mejor de los mundos posibles (todo el mundo sabe la respuesta a esto), sino de cómo vamos a tratar el berenjenal después de que lxs terroristas se salten los controles; después de que agotemos las reservas de petróleo; después de que los ordenadores y las centrales de energía colapsen. Considerar alternativas, probar esas alternativas, no es radical sino sentido común cuando lo obvio está delante de tus narices.

Pero, ¿vamos a vivir lo suficiente para ver algo nuevo? ¿Nos atrevemos a creer en un mundo nuevo?

A pesar de la seriedad de esta situación, el futuro no es una monolítica e inevitable perdición. Existen numerosos futuros por venir, de la misma manera que hoy día hay personas que viven hombro con hombro pero habitan mundos distintos. El futuro que presencies dependerá de lo que hagas hasta que éste llegue. Esta pesadilla existe en la medida precisa con la que nos dedicamos a ella: todos los días la trabajamos, la compramos, entregamos nuestras vidas, investimos en la mafia que la protege y la permite existir. Correspondientemente, el mundo de nuestros sueños existe en la medida en la que nos comportamos como si ya estuviéramos viviendo en él, no existe otra forma de hacerlo existir. El punto de inflexión de cada individualidad es el punto de inflexión de la sociedad en miniatura. No preguntes cuándo va a llegar, o si va a llegar. Pregúntate cómo puedes alcanzar tu propio punto de inflexión, porque si tú puedes llegar a él, todo el mundo lo puede hacer también.

Cuando te mueves realmente por ello, cuando tus acciones crean un portal auténtico hacia otra forma de vida, otrxs saldrán de su escondite para unirse. Qué pasa, ¿acaso pensabas que eras aquí la única persona volviéndose loca? Se necesita toda una nación subyugada para mantener la rueda girando, pero hay mucha gente en esa nación que sabe lo poco beneficioso que es esto. Ellxs son los millones que no son preguntadxs en las encuestas de opinión, lxs que pueden que te recojan cuando haces auto-stop pero que no salen en televisión. Diez mil células durmientes aguardan a la llegada de la masa crítica[2], preparadas para pasar a la acción con sus propias ansias por respirar libres y poner punto final a sus cuentas privadas, desesperadas por luchar en una guerra que realmente merezca la pena, enamorarse tanto que redirija su atención. Mientras tanto, ellas matan el tiempo (y a ellas mismas) con anorexia y alcoholismo, con matrimonios muertos y carreras penosas. Todos los días, todxs nosotrxs posponemos aceptando los riesgos que sabemos tenemos tomar, esperando el momento idóneo, o a otra persona que tire la primera piedra, o simplemente nos sentimos demasiado maltratadxs como para intentarlo. Nuestras manos están manchadas de la sangre de todos los suicidios de aquellxs que no pudieron aguantar más, de los romances arruinados que no pudieron perdurar en el vacío, de todxs lxs artistas forajidxs enterradxs en el cadáver de unx míserx trabajadorx del sector servicios.

La próxima vez que el fin del mundo llegue no nos quedaremos paralizadxs observándolo en la televisión. Estaremos ahí fuera, decidiendo qué viene después, cortando postes de comunicación con moto-sierras si hiciera falta para hacer que otrxs se nos unan.

No es tarde para vivir como si no hubiera mañana (toda la esperanza en el futuro depende de ello). Recita tus últimas palabras ahora, y empieza desde allí con cualquiera que se te una. Los sueños crean a lx rebelde y se hacen realidad.

Notas

[1] Nota de traducción: a lo largo del libro, con "Desastre", se quiere reflejar la situación catastrófica de nuestra sociedad capitalista actual. Bajo mantos y capas de normalidad, paz, y orden, se esconde un gran Desastre que arrastra a la humanidad a una vida de muerte aburrida, sin libertad para imaginar.

[2] Nota de traducción: "masa crítica" es un término físico. Según la Wikipedia en castellano: ". . . es la cantidad mínima de material necesaria para que se mantenga una reacción nuclear en cadena."

El tiempo campesino, el tiempo zapatista

(Escribo a raiz de los artículos de La Colectividad sobre el tiempo en el capitalismo... y otras lecturas)

El tiempo no son los leds que se encienden y se apagan eléctricamente para obtener sentido, ni manecillas que giran incesantemente. No son granos de arena deslizándose desde el cono superior al vacío, amontonando el pasado. El tiempo tiene también que ver con la acción y la reflexión sobre lo que realizamos. Mucho tiempo, o poco... ¿Para qué? Conceptos que se vuelven abstractos por la valoración personal de aquello que está sucediendo, de lo que está por suceder.

El orgullo zapatista y su revolución lenta pero profunda es un ejemplo de transformación inaceptable para la modernidad. Así encontramos documentos infames que hablan de lo estéril de la acción zapatista en base a los criterios que marcan sus opositores y falsos compañeros. El nacimiento del Sup Marcos y su transformación en Galeano, movido por el entendimiento poético de que incluso los muertos siguen luchando, demuestra una posición firme frente al tiempo exterior que pretende imponerse. Su último comunicado es una rebelión frente a la posibilidad, real y en proceso, del etnocidio zapatista. Hace aparecer también a los desaparecidos en Ayotzinapa y devuelve la importancia a lo importante. "En lugar de tuits, hacemos escuelas y clínicas, en lugar de trending topics, fiestas para celebrar la vida derrotando a la muerte."

El reflejo de la derrota que podría haber sido se muestra a las claras en el mundo rural occidental, convertido en una mala copia de lo urbano. Según la flecha temporal que marca inevitablemente el progreso, el tiempo se trastocó para los labriegos y paisanos, pasando por encima de las impotentes y envejecidas comunidades campesinas al brutal estilo en que imaginaba Werner Rösener*: como un ferrocarril sobre una carretilla. La locomotora de la historia trae consigo la ociosidad y la explotación asalariada. Antes, el trabajo duro, reconfortante, en beneficio propio y comunitario, se repartía a lo largo de la vida con instantes de esparcimiento sujetos con los alfileres de la sociabilidad. Ahora, deja lugar a las largas horas vacías frente al televisor y largos segundos de trabajo industrializado, también en el campo. Mientras, la atomización mata a la sociedad como un cáncer.

Todas esas comunidades murieron por el mismo deseo de (hacerlas) "prosperar". Economía rentable, ultramovilidad, ayudas para la mecanización... ¿La prosperidad de quién, cabe preguntarse? La misma que llenó los suburbios de las grandes ciudades hace 50 años y los convirtió en espacios de concentración: Insalubres, sin servicios, sin futuro.

Late el mismo deseo de destrucción en quienes querrían hacer de la revolución zapatista una realidad mensurable, protocolarizada, parametrizada. Quien ignora el compromiso zapatista con el reencantamiento del mundo y olvida la oposición militar del Estado mexicano. Quien valora desde una mentalidad incapaz de reconocerse a sí misma, porque es incapaz de reconocer al otro.

*Werner Rösener, Los campesinos en la historia europea. Crítica, 1995.

Matando al rey Ábaco [Killing King Abacus]

Para la tercera entrega de esta serie contra los relojes del capitalismo, he decidido seguir en la vena insurreccionalista estadounidense (que por cierto, poco se lee fuera de estos círculos sobre la explotación que supone el reloj como símbolo del tiempo capitalista). Hoy os presento el texto que introdujo allá por el año 2000 el primer número de uno de los zines estadounidenses más incendiarios: Killing King Abacus ("Matando al rey Ábaco" en castellano). Killing King Abacus, que yo sepa, solamente publicó en 2000 y 2001 dos zines cargados de teoría insurreccionalista, análisis de la situación capitalista, y llamamientos a la acción directa. Se editaba en Santa Cruz, California, pero se distribuía ampliamente en Europa. Sin más, os dejo con el texto, el cual añade al problema temporal el problema espacial en nuestras vidas.

Matando al rey Ábaco [Killing King Abacus]

Traducción del inglés al castellano por La Colectividad

Matar al rey Ábaco es crear relaciones sin medida. Si pretendemos destruir el capitalismo no podemos reproducir su lógica necrofílica, la cual reduce las relaciones a meros números. Matar al rey Ábaco es destruir la red social que privilegia las transacciones e imágenes mediadas sobre las relaciones directas. Dado que el dinero es un equivalente universal y, por lo tanto, casi no tiene límites en sus usos, [el dinero] conquista otros significantes de valor; el capitalismo convierte a otros sistemas de valores en capitalismo. Matar al rey Ábaco es perturbar este proceso de cuantificación. Puede que el dinero sea la puta más indiscriminada, pero el capitalismo no es el único sistema que mide valor. La justicia, la moral, la ley, y la cultura también son sistemas de valores que sopesan, juzgan, y canalizan la acción humana. Nosotros queremos crear relaciones que desafíen tales ecuaciones. Nosotros, por lo tanto, no necesitamos modelos estandardizados dentro de nuestras luchas. En la ausencia de sistemas de valores nuestro deseo dispara en nuevas direcciones. La insurrección es deseo rebelándose contra el valor.

En la Antigua Inglaterra, las partes del cuerpo del rey eran la unidad de medida. El pie del rey era "un pie." La longitud de la mano del rey era  "un palmo." A medida que el Estado devino más estandardizado e impersonal, la medición también lo hizo. De esta manera, hoy en día estamos gobernados por un impersonal rey Ábaco, quien no tiene pasión pero está siempre calculando.

Los primeros relojes fueron construidos para regular los rezos islámicos y así poder rezar cinco veces al día en intervalos regulares. Durante la era colonial las misiones eran simultáneamente usadas tato para convertir a las gentes indígenas como para imponer el trabajo diario y semanal. Las campanas de las misiones regulaban ambas cosas: el rezo y el trabajo. El reloj fue un instrumento indispensable para la estandardización de la jornada laboral. La racionalización del tiempo nos ha arrojado a una espiral de apuros en constante crecimiento. Nosotros queremos matar al rey que intenta forzarnos a rezar al dios del trabajo.

Matar al rey Ábaco es crear una ruptura insurreccional con la la existente organización del lenguaje, del tiempo, y del espacio. [Matar al rey Ábaco] es hablar nuestra propia lengua; tomarnos nuestro propio tiempo; hacernos un espacio para nosotros mismo. Si solamente podemos concebir ideas construidas en base al lenguaje del Estado o del capital, entonces no podemos romper libres con su lógica restrictiva. No puede darse una ruptura con esta sociedad si recurrimos a las autoridades que la perpetúan en vez de actuar nosotros mismos. Para recurrir a un sistema o a una autoridad, primero tenemos que hablar su lengua, pero las relaciones que nosotros queremos crear no pueden ser habladas en el idioma de la autoridad. Si vivimos en una serie de momentos medidos por el reloj, el cual corre al ritmo de la productividad, entonces vivimos abstractamente en momentos equivalentes de insulsa repetición.

Al tiempo que el espacio público disminuye y es disciplinado, nos dejan prácticamente con un espacio cuyo uso está restringido a las demandas de la producción y el consumo. Si bien es cierto que teóricos sociales, anarquistas, marxistas, y burgueses han teorizado la dimensión temporal (la historia), el espacio, muy a menudo, ha tenido un papel secundario para detrimento de la teoría. Esto es en parte debido a la influencia que el darwinismo y las teorías de la evolución han tenido en el pensamiento de los siglos XIX y XX. El espacio únicamente re-entró en el marxismo con la teoría del imperialismo de Lenin, y solo a nivel estatal. Los debates desde aquellos días solamente se han centrado en la liberación nacional y en el colonialismo. El espacio ha empezado a tener un papel más destacado en la reciente teoría social, pero también es verdad que sigue enmarcado, a menudo, en el contexto de nacionalismo versus globalización. Esta teorización del espacio sirve a para dos cosas: para re-deificar y para naturalizar al Estado-nación. Nosotros pretendemos profundizar nuestro conocimiento histórico del espacio, nuestro conocimiento espacial del capitalismo, así como explorar la relación entre espacio, capitalismo, y Estado, todo ello en base a una escala bien distinta a la de la nación. Simone de Beauvoir resaltó la importancia del café para la revuelta. [El café] era un espacio donde podíamos encontrarnos directamente; donde podíamos hablar con amigos y con desconocidos. Pero el capitalismo ha comenzado a encontrar formas sobre cómo transformar un lugar de encuentro en un lugar controlado donde solamente podemos consumir y salir pitando para nuestro trabajo mientras miramos el reloj. Si no creamos espacios para nosotros mismos, no tendremos lugar donde encontrarnos, hablar, o actuar por nosotros mismos. Para poder conseguir esto, tenemos que ser capaces de imaginar lo que nos espera más allá de los límites de la racionalidad dominante que perpetúa lo existente.

La persona que se aventura a expandir sus posibilidades de vida más allá de las opciones limitadas que ofrecen el Estado y el capital, se halla afrontando las estructuras de poder y los sistemas de control mediante los cuales se impone la existencia medida. El trabajo, la ley, el gobierno, la escuela, la policía, el consumo de lujo... todo esto conforma un laberinto lleno de barreras para toda persona que desea alcanzar más allá de estos límites; para todo persona que desea vivir su vida a su propia ritmo y no al ritmo del reloj. Por ello, los que queremos proyectarnos hacia la calidad,[1] hacia una plenitud vital que no se puede medir, estamos confrontados con la necesidad de destruir ese laberinto, de crear nuestra proyección de vida de una manera insurreccional. Estamos, por lo tanto, en perpetuo conflicto con esta sociedad. Para destruir estos obstáculos a nuestra propia expansión necesitamos todas las herramientas a las que podamos echar mano; necesitamos tanto las ideas como el fuego.

Notas

[1] Nota de traducción: aquí "calidad" hace referencia al opuesto de "cantidad" ("cualitativo" versus "cuantitativo").

Destruyendo los relojes de la dominación [Willful Disobedience]

El otro día empecé la tarea de publicar textos anarquistas que reflexionan sobre el concepto de tiempo en el sistema capitalista. En el primer artículo, George Woodcock nos exponía una resumida historia del concepto de tiempo (y del reloj) en la civilización capitalista de Occidente. Para esta segunda entrega he decidido presentar algo más "contemporáneo" y agitador. "Destruyendo los relojes de la dominación" (Smashing the clocks of domination) es una corta narración de la guerra contra el reloj en Brasil publicada en Willful Disobedience, que durante los años 1996-2006 publicó numerosos zines repletos de textos explosivos e insurreccionalistas. Su editor era Wolfi Landstreicher, quien ha escrito (y sigue escribiendo, supuestamente) en numerosos proyectos bajo diferentes seudónimos. Wolfi se define como egoísta-personalista en el sentido que pensó Stirner, así como aboga por la práctica insurrecta y activa contra la autoridad y el capital. Sus ideas están plasmadas, pues, en los muchísimos textos de Willful Disobedience (que, por cierto, viene a significar "desobediencia deliberada"), que además tenía la idea de provocar reacciones en aquellas personas auto-definidas como anarquistas. Sin más, ahí os lo dejo.

Destruyendo los relojes de la dominación [Willful Disobedience]

Traducción del inglés al castellano por La Colectividad

El 22 de abril, el gobierno y la clase dominante de Brasil querían celebrar el 500º aniversario de su "descubrimiento" por europeos preparados para dominar y explotar los recursos y las gentes de esa tierra, imponiendo valores expansionistas y mercantilistas. Globo Network,[1] la corporación de entretenimiento más grande de Brasil, es el mayor promotor de esta celebración. Durante varios años, Globo ha venido organizando eventos para promocionar esta celebración, y para celebrar el 500º aniversario han ido construyendo grandes relojes en todas las capitales regionales de Brasil. No obstante, durante la semana que terminó con el 22 de abril, se dio lugar una gran movilización de indígenas, estudiantes, jornaleros, y otros que mostraron su rechazo a las ideas nacionalistas y capitalistas de dicha celebración.

Fue la mayor movilización indígena dada en Brasil hasta la fecha. Los indígenas se dirigían hacia Porto Seguro (donde los portugueses desembarcaron hace 1500 años, y donde la celebración oficial sucedería el 22 de abril), atravesaron Brasilia, la capital de Brasil, y allí dispararon flechas contra el reloj de Globo hasta que lo hicieron parar. Uno de ellos se las arregló para entrar en el Congreso Nacional, y pasando el control de seguridad con una flecha en mano encaró a uno de los hombres más poderosos de Brasil, el Senador ACM, "emperador" del estado de Bahía.

El presidente, Fernando Henrique Cardoso, tenía miedo de ir a Porto Seguro el 22 de abril debido a la movilización de indígenas, jornaleros, y gente en general que allí protestaría contra la celebración. Incluso una semana antes de la celebración, temiendo por su seguridad, este patético gobernante no tenía por seguro si acudiría a la cita. Un telediario tachó a los jornaleros de anti-democráticos por hacer temer a un presidente, democráticamente elegido, de ir a donde quisiera en su país (una acusación que, más que nada, revela la verdadera naturaleza de la democracia).

De hecho, el Estado democrático declaró la guerra a la gente; a los indígenas; a los jornaleros; a los negros; a cualquier persona que pretendiese ir a la movilización en Porto Seguro (o mejor dicho, el Estado calentó la guerra perpetua que los explotadores sostienen contra los explotados). Miles de maderos y soldados pararon a los jornaleros, indígenas, negros, y otros manifestantes en las carreteras de Porto Seguro. Durante las semanas previas a la celebración toda persona y coche que pretendía entrar en la ciudad era registrado en busca de objetos peligrosos.

Hubo una gran confrontación en una de las carreteras, donde un grupo mayoritariamente de indígenas (pero también de jornaleros, negros, trabajadores, estudiantes, y anarco-punks) batallaron a la madera. 150 personas fueron arrestadas. Se escuchó más sobre la violencia y las protestas que sobre la celebración en sí. El Estado democrático de Brasil se vio forzado a mostrar su cara real usando tácticas policiales en su intento de sofocar la movilización y poder así celebrar los 500 años de dominación. Pero, por supuesto, todos sabemos que tras cada democracia está la pistola y la porra para garantizar "la voluntad del pueblo."

El movimiento jornalero organizó su propia "celebración", intensificando de esta manera la ocupación de tierras. En muchas ciudades, los relojes de Globo (el principal símbolo de la celebración y cruel, irónico recordatorio de cómo el tiempo de la dominación pesa sobre los explotados) fueron destruidos en las semanas previas a la celebración. En Fortaleza, el 18 de abril, 400 estudiantes y trabajadores el reloj de Globo y combatieron a la madera. En Recife, el 22 de abril, jornaleros y sintecho lanzaron cócteles molotov contra el reloj. Se dice que en Río de Janeiro los indígenas destruyeron el reloj de Globo, aunque esto no ha sido confirmado. En Porto Alegre, una ciudad gobernada por izquierdistas en un Estado izquierdista, el reloj fue completamente quemado el 22 de abril. En Florianopolis, el mismo día, alrededor de 300 personas (la mayor parte estudiantes) lanzaron pintura al reloj y organizaron una manifestación con más acción directa, okupando así un parque que había sido cerrado por el alcalde. Hubo ocho arrestos y numerosas personas heridas, incluyendo una persona que fue herida en la cara por el impacto de una bala de goma. Es probable que los relojes de Globo en las otras 20 ciudades en las que fueron construidos también fueran atacados.

No coge por sorpresa que los celebrantes usaran el símbolo supremo de medida de la explotación para celebrar el aniversario del comienzo de su dominación en la región, como tampoco es de sorpresa que aquellos que se levantaron contra su gobierno atacaran el símbolo monstruoso que es el tiempo que gobierna sobre sus vidas.

Notas

[1] Nota de traducción: Rede Globo en Brasil. En el texto se usa el término inglés o simplemente Globo.

La tiranía del reloj [George Woodcock]

A lo largo de estos días que vienen iré presentando varios textos anarquistas que contemplan uno de los más potentes instrumentos de control masivo que tiene el capitalismo: el tiempo. Como concepto abstracto, el tiempo capitalista esclaviza a millones de personas a través de una herramienta material, que viene a ser el reloj. El reloj como objeto material no solamente presenta un problema para la libertad personal, sino que refuerza e impone las relaciones sociales que el concepto abstracto que existe detrás crea en el marco capitalista. Para introducir a aquellas personas que nunca antes se habían planteado el problema que se deriva del mismo concepto de tiempo, qué mejor que empezar con un texto del siempre interesante George Woodcock. "La tiranía del reloj" (The tiranny of the clock) es un ensayo corto originalmente publicado en War Commentary en el año 1944. Sin más, ahí os lo dejo.

La tiranía del reloj (George Woodcock)

No hay ninguna característica que separe con mayor claridad la sociedad que ahora existe en Occidente de las antiguas sociedades, tanto europeas como orientales, que su concepto de tiempo. Para los antiguos chinos y griegos, para los pastores árabes o los actuales peones mejicanos, el tiempo queda representado por los procesos cíclicos de la naturaleza, la alternancia de la noche y el día, el paso de una estación a la siguiente. Los nómadas y granjeros medían y aún miden su día desde el amanecer hasta la puesta de sol, y su año en términos de siembra y cosecha, de caída de las hojas y de deshielo de lagos y ríos. El granjero trabajaba según los elementos, el artesano durante todo el tiempo que le pareciera preciso para la perfección de su producto. El tiempo era visto como un proceso de cambios naturales, y la humanidad no se preocupaba por la exactitud con que fuera medido. Por este motivo, unas civilizaciones altamente desarrolladas en otros aspectos dedicaban instrumentos sumamente primitivos para el cómputo del tiempo: el reloj de arena o de gotas de agua, el reloj de sol, inútil en los días nublados, y las velas y candiles, cuyo remanente de aceite o cera indicaba las horas. Todos estos utensilios, aproximativos e inexactos, devenían con frecuencia inútiles a causa del clima o del grado de pereza de la persona a su cargo. En ninguna parte del mundo de la Antigüedad o del Medioevo se hallará sino una minoría de hombres que se preocupe por el tiempo en términos de exactitud matemática. El hombre moderno, occidental, habita sin embargo un mundo regido por los símbolos mecánicos y matemáticos del tiempo cronometrado. El reloj dicta sus movimientos e inhibe sus acciones. El reloj transforma el tiempo, que pasa de ser un proceso natural a una mercancía que puede ser medida, comprada y vendida como si de jabón o pasas se tratara. Y debido a que sin los medios para medir con precisión el tiempo nunca se hubiera llegado a desarrollar el capitalismo industrial ni podría seguir explotando a los trabajadores, el reloj representa un elemento de tiranía mecánica en las vidas de los hombres modernos mucho más poderoso que cualquier explotador en tanto individuo o que cualquier otra máquina. Es de utilidad recordar el proceso histórico mediante el cual el reloj ha influido en el desarrollo social de la civilización europea moderna.

Es un hecho frecuente en la historia que una cultura o civilización desarrolle la herramienta que posteriormente será propiciará su destrucción. Los antiguos chinos, por ejemplo, inventaron la pólvora, la cual fue desarrollada por los expertos militares de occidente y eventualmente condujo a la destrucción de la propia civilización china mediante los fuertes explosivos del armamento bélico moderno. Del mismo modo, el logro supremo del ingenio de los artesanos de las ciudades medievales europeas fue la invención del reloj mecánico, que, al trastocar revolucionariamente el concepto de tiempo, colaboraron materialmente con el crecimiento del capitalismo explotador y a la destrucción de la cultura medieval.

Según algunos relatos, el reloj apareció en el siglo XI, como dispositivo para hacer sonar las campanas a intervalos regulares en los monasterios, los cuales, con la vida organizada que imponían a sus internos, fueron el modelo más próximo de la edad media a las actuales fábricas. El primer reloj propiamente dicho, no obstante, apareció en el siglo XIII, y tan sólo a partir del siglo XIV comenzaron los relojes a adornar las fachadas de los edificios públicos de las ciudades alemanas.

Estos relojes primerizos impulsados pesas no eran especialmente precisos, y no se alcanzó un cierto grado de fiabilidad hasta el siglo XVI. Por ejemplo, se dice que el primer reloj preciso de Inglaterra fue el de Hampton Court, fabricado en 1540. E incluso la precisión de los relojes del siglo XVI resulta relativa, dado que sólo estaban equipados con manecillas para las horas. Ya en el siglo XIV habían pensado los primeros matemáticos en medir el tiempo en minutos y segundos, pero con la invención del péndulo en 1657 se obtuvo la precisión necesaria para la adición de una manecilla que señalara los minutos, mientras que la manecilla destinada a los segundos no fue introducida hasta el siglo XVIII. Ambos siglos, se observará, son aquellos en que el capitalismo creció en tal grado que le fue posible aprovechar la tecnología de la revolución industrial para así establecer su dominio sobre la sociedad.

El reloj, como ha señalado Lewis Mumford, representa la maquinaria cardinal de la era de la maquinaria, tanto por su influencia sobre la tecnología como por su influencia en las costumbres humanas. Técnicamente, el reloj fue la primera máquina auténticamente automática que adquirió verdadera importancia en la vida de las personas. Antes de su invención, las máquinas habituales eran de tal naturaleza que su manejo dependía de alguna fuerza externa y de escasa fiabilidad, como la musculatura humana o animal, el agua o el viento. Es cierto que los griegos habían inventado ciertos mecanismos automáticos primitivos, pero sólo se los empleaba, como ocurría con la máquina de vapor de Herón, para procurar efectos “sobrenaturales” en los templos o para entretener a los tiranos de las ciudades orientales. Pero el reloj fue la primera máquina automática que consiguió importancia pública y una función social. La fabricación de relojes se convirtió en la industria a partir de la cual fueron aprendidos los rudimentos de la fabricación de máquinas y se obtuvo la habilidad técnica necesaria para la revolución industrial.

Socialmente el reloj tuvo una influencia más radical que la de cualquier otra máquina, en tanto era el medio por el cual se podía obtener mejor la regularización y organización de la vida necesaria para un sistema industrial de explotación. El reloj proporcionaba los medios para que el tiempo —una categoría tan elusiva que ningún filósofo ha podido hasta el momento determinar su naturaleza— pudiera ser medido concretamente en los términos tangibles del espacio representado como circunferencia por la esfera de un reloj. Se dejó de considerar el tiempo como duración, comenzándose a hablar y pensar permanentemente de “tramos” de tiempo, como si se estuviera hablando de retales de tela. Y el tiempo, ahora mensurable en símbolos matemáticos, pasó a ser visto como una mercancía que podía ser comprada y vendida del mismo modo que cualquier otra.

Los nuevos capitalistas, en particular, devinieron rabiosamente conscientes del tiempo. El tiempo, que en este caso quería decir el trabajo de los obreros, era visto por ellos casi como si constituyera la materia prima principal de la industria. “El tiempo es dinero” se convirtió en uno de los eslóganes cruciales de la ideología capitalista, y oficial cronometrador fue el más representativo de los empleos creados por la administración capitalista.

En las primeras fábricas los patronos llegaron a manipular sus relojes o a hacer sonar las sirenas en momentos distintos a los indicados a fin de defraudar a sus trabajadores esta valiosa y nueva mercancía. Más adelante semejantes prácticas se hicieron menos frecuentes, pero la influencia del reloj impuso una regularidad en las vidas de la mayoría que previamente sólo se había conocido dentro de los monasterios. Las personas pasaron a ser de hecho similares a relojes, actuando con una regularidad repetitiva carente de parecido con la vida rítmica de un ser natural. Pasaron a ser, como reza el dicho victoriano, “puntuales como relojes”. Únicamente en los distritos rurales, donde las vidas naturales de animales y plantas y los elementos aún dominaban la vida podía librarse una parte mayoritaria de la población de sucumbir al mortífero tic-tac de la monotonía.

En un principio esta nueva actitud ante el tiempo, esta nueva regularidad de la vida, fue impuesta por los señores propietarios de relojes sobre los pobres, que se resistían a ella. El esclavo industrial reaccionaba en su tiempo libre viviendo en una caótica irregularidad que caracterizaba las barriadas empapadas en ginebra del industrialismo de principios del siglo XIX. Se huía hacia un mundo sin tiempo de bebida o de inspiración metodista. Pero gradualmente la idea de regularidad se fue extendiendo hasta llegar a las capas más bajas de los obreros. La religión del siglo XIX y la moral desempeñaron un papel nada desdeñable al proclamar que “perder el tiempo” era un pecado. La introducción de relojes y relojes de bolsillo producidos masivamente en los años 1850 extendió la conciencia del tiempo entre aquellos que previamente habían meramente reaccionado al estímulo de unos golpes en la puerta o de la sirena de la fábrica. En la iglesia y en la escuela, en la oficina y en el taller, se consideraba la puntualidad la mayor de las virtudes.

A partir de esta esclava dependencia del tiempo mecánico, que se extendió insidiosamente por todas las clases en el siglo XIX, creció la desmoralizadora regimentación de la vida que caracteriza el trabajo industrial de nuestros días. El hombre que no se adapta a ella se aboca a la censura de la sociedad y la ruina económica. El trabajador que llegue con retraso a la fábrica perderá su trabajo e incluso, en los días en que nos encontramos, puede verse encarcelado.[1] Las comidas presurosas, el periódico apiñarse en trenes y autobuses cada mañana y cada tarde, la tensión de tener que trabajar de acuerdo con horarios, todo ello contribuye a los desórdenes digestivos y nerviosos, a la ruina de la salud y a la brevedad de las vidas.

Tampoco puede decirse que, a largo plazo, la imposición financiera de regularidad conduzca a un mayor grado de eficacia. De hecho, la calidad de los productos es habitualmente muy inferior, debido a que el patrón, al considerar el tiempo una mercancía por la cual ha de pagar, obliga a sus operarios a mantener tal velocidad que necesariamente han de escatimar su trabajo. El criterio principal es preferir la cantidad a la calidad, y del trabajo en sí mismo desaparece todo disfrute. El trabajador no hace sino vigilar el reloj, preocupado únicamente por el momento en que pueda escaparse hacia el magro y monótono ocio de la sociedad industrial, en que se dedica a “matar el tiempo” atracándose de goces tan planificados y mecanizados como el cine, la radio y los periódicos en la medida que su salario y su cansancio se lo permitan. Únicamente si es capaz de aceptar los riesgos de vivir conforme a sus convicciones o su ingenio puede un hombre sin dinero salvarse de vivir como un esclavo del reloj.

El problema del reloj es, en general, similar al de la máquina. El tiempo mecánico es valioso como medio para coordinar las actividades en una sociedad altamente desarrollada, lo mismo que una máquina es valiosa como medio de reducir el trabajo innecesario al mínimo. Tanto el uno como la otra son valiosos por la contribución que realizan al buen curso de la sociedad, y sólo han de utilizarse en la medida en que sirvan a la humanidad para eliminar eficientemente entre todos el esfuerzo monótono y la confusión social. Pero no ha de permitirse que ninguno de los dos dominen la vida de las personas como ocurre hoy día.

Por ahora el movimiento del reloj establece el ritmo de las vidas humanas. El hombre se convierte en un criado del concepto de tiempo que él mismo ha creado, y en cuyo temor se le mantiene, como le sucedió a Frankenstein con su propio monstruo. En una sociedad cuerda y libre, semejante dominación de las funciones humanas por relojes y máquinas sería, como es obvio, impensable. La dominación del hombre por una creación del hombre resulta incluso más ridícula que la dominación del hombre por el hombre. El tiempo mecánico sería relegado a su verdadera función de instrumento para la referencia y coordinación, y la humanidad recobraría una visión equilibrada de la vida, que ya no estaría dominada por la adoración al reloj. Una plena libertad implica la liberación de la tiranía de abstracciones del mismo modo que rechaza las reglas humanas.

Notas

[1] El autor se refiere, evidentemente, a las regulaciones de guerra vigentes en el momento de la publicación de este artículo en War Commentary. Nota del ed.