La pureza onanista, o confundir los medios con los fines

A raíz de las expectativas creadas por la denominada “nueva política” y después de algunos debates espontáneos, el compañero Rubén Morvolution escribía en el grupo de Facebook Club de Oyentes de Radio Klara, unas reflexiones sobre la eterna discusión de la participación electoral con el título “La ceguera del corto plazo”. Aportaré mi visión sobre el tema trayendo a colación también ideas que, si bien no expresa directamente Rubén, forman parte del clásico argumentario anarquista en contra de tal participación.

Entre los argumentos en contra del voto, se expone en el citado texto que al querer participar de ellas [las instituciones del poder], (…), transmitimos activa y automáticamente la opresión a las personas que sustentan el sistema (mujeres, trabajadorxs, migrantes, jóvenes…). Ejercemos un control sobre los demás que cortocircuita cualquier proceso de empoderamiento social, de tomar conciencia y control de nuestras vidas, de formar un sujeto colectivo con una capacidad de acción sin restricciones“. Sin duda éste es, en el plano teórico, un análisis válido y, más aún, que comparto, pero olvida que la utilidad de un análisis proviene de su capacidad de generar, en lo concreto, en las situaciones reales en las que intervenimos, criterios de acción que nos lleven, o nos acerquen, a nuestro objetivo. Y utilizar ese análisis como argumento en contra de la participación electoral supone olvidar que en la sacrosanta Tra(ns)ición los poderes fácticos dejaron todo atado y bien atado: aunque el 50% la población se abstuviera en las próximas elecciones, igualmente se adjudicarían los escaños del congreso, quienes los ocupan votarían para formar un gobierno y… todo seguiría igual. Y la cosa no cambiaría con una abstención del 60%, del 70%, del 80%… porque los escaños se adjudican basándose en el voto válido, la abstención se desestima, no cuenta, no existe. Por tanto, a efectos reales, con el voto de quienes cuestionamos el sistema no se transmite más opresión ni se ejerce mayor control sobre nadie que con nuestra abstención. ¿o es que, hablando de cegueras, alguien piensa que vamos a convencer al 100% de la población, que sería prácticamente la única situación en que no podría llegarse a la conformación de un gobierno?

Es decir, que todo el valor de nuestra negativa a participar de la opresión y el control es simbólico, no tiene efecto real. Abstenerse sólo sirve para que podamos decir “yo no colaboro con el sistema” e inflarnos el ego sintiéndonos los más revolucionarios del universo. Puro onanismo.

Estoy de acuerdo también con Rubén en que los problemas no radican en las formas de gestión del capitalismo”, pero sólo si se da suficiente relevancia al verbo, radicar, ser la causa. En cambio, las formas de gestión del capitalismo sí que pueden modular, hasta cierto punto, la gravedad de esos problemas aliviando o agravando sus síntomas, la cada vez mayor dificultad de acceso a la alimentación, a la energía, a la vivienda, a la sanidad, a la educación… sin duda hay que combatir la causa del problema, pero mientras tanto ¿por qué no tratamos de paliar los síntomas en la medida de lo posible?

Vuelvo a coincidir en que para alcanzar una calidad de vida de modo duradero, sin que el poder constituido pueda derrocarlo como estamos viendo en Sudamérica es necesaria la generación de “un sujeto colectivo que luche por controlar, autogestionar, sus propias vidas”. Pero suponiendo como supongo que eso incluye a Venezuela (¿en algún debate de este país no aparece Venezuela? jajajajaja) decir que la opción de participar en unas elecciones “es caer en el más absoluto auto-engaño” es despreciar hechos tan significativos como, entre otros, reducir la pobreza extrema del 25% al 8,7%. Y lo dice UNICEF, a quien no creo que pueda acusarse de chavista. No seré yo quien le diga a ese 16,3% (que pueden ser entre 4 y 5 millones de personas, entre los que habrán much@s niñ@s que salvaron su vida por disponer de atención médica o de una mejor alimentación) que no, que no voten, que algún día, cuando destruyamos el estado, seremos libres. Sabemos que no hay más ciego que quien no quiere ver”, aunque igual de ciego es quien no pudo permitirse una operación de cataratas porque algun@s esperaban destruir algún día el Estado y tenían que ser coherentes.

Puedo aceptar la metáfora de considerar que gobierne quien gobierne seguiremos en la misma cárcel, es decir, seguiremos con nuestra libertad restringida, porque las estructuras del sistema seguirán siendo las mismas. Pero estúpida sería la persona presa a la que dan a elegir entre las diversas modalidades de confinamiento, desde FIES al tercer grado, y se niega a escoger ninguna porque considera que lo justo es la libertad. Aún así, sin embargo, habría que respetarlo porque en esta analogía ella sería responsable únicamente de su situación, pero cuando hablamos de elegir un gobierno para toda una comunidad la responsabilidad moral de nuestras acciones debe incluir las consecuencias que éstas tienen en el resto de personas que deberán someterse a ese gobierno. Mientras no transformemos radicalmente el sistema (y creo que coincidiremos en que estamos lejos de las condiciones para hacerlo) la opresión se dará votemos o no. Y renunciar a nuestra posibilidad de reducirla argumentando que toda participación en el sistema supone ser cómplice, mancharse las manos, no ser coherente con tus principios u otros argumentos de este tipo supone un mero ejercicio de onanismo moral. Puro egoísmo cuando más se necesita de solidaridad. Si el anarquismo es anteponer tu coherencia a la mejora de las condiciones de vida de l@s desfavorecid@s me borro ahora mismo, pero por suerte no recuerdo quien daba el carnet.

Y está muy bien eso de la coherencia, pero la verdad es que puede verse desde muchos ángulos: ¿es coherente manifestarse contra los desahucios y no perder 15 minutos para votar a algún partido comprometido con las 5 de la P.A.H.? ¿criticar la Ley Mordaza y no contribuir a que no siga gobernando quien la impuso? ¿denunciar la dictadura financiera y no apoyar a quien pretende enfrentarla, aun reconociendo que hay pocas posibilidades de vencerla en el corto plazo? ¿criticar el intercambio de favores entre los bancos que dan créditos a partidos políticos que después devuelven en forma de políticas públicas, y no premiar con un voto a un partido que sólo se financia con aportaciones particulares y transparentes?

Es más, ¿fueron incoherentes l@s ministr@s anarquistas en el 36, o supieron leer su contexto y vieron que entrando en el gobierno podían ampliar las libertades civiles y mejorar la situación de l@s oprimid@s? ¿Acaso, salvando las distancias, no estamos ante un momento también crítico en el que se está debatiendo un cambio de régimen que puede dejar atrás, por fin, las herencias franquistas para abrir una etapa que sin duda será imperfecta pero sin olor a naftalina? ¿De verdad consideramos irrelevante resistir o sucumbir a la embestida neoliberal que nos están queriendo colar por crisis? Respóndanse cada un@ a sí mism@.

Aun con todas las deficiencias que desde nuestra óptica libertaria apreciamos en lo que se ha denominado nueva política, es insostenible defender que ésta no supone un avance respecto a lo anterior. La conciencia de cada un@ deberá dictar si preferimos mantener la “pureza” onanista o contribuir a ese avance, por mucho que aún quede lejos de nuestro ideal. Preguntémonos para ello si los principios ideológicos deben servir al objetivo egoísta de darnos gusto o para reducir las injusticias sociales. Yo lo tengo claro.

Toni Yagüe

La abstención es un gesto pasivo: La política del día a día.

La abstención es un gesto pasivo. Un no-hacer. Da igual que lo acompañemos del adjetivo "activa" porque, al final, sigue expresando un dejar de hacer, más que un hacer activamente. El gesto activo, en cambio, es la lucha anticapitalista diaria, la organización libertaria, el trabajo de base: anarcosindicalismo, defensa de los servicios sociales, construcción de espacios de socialización y alternativas económicas, resistencia frente a procesos destructores de medio, enfrentamiento político... Quiero poner en duda que, al defender la abstención, incluso al incluir ese adjetivo de activa, estemos consiguiendo de manera efectiva transmitir un mensaje movilizador, que llame a la población a activarse. Quiero ponerlo en duda porque, desde mi punto de vista, la defensa de la abstención eclipsa, más que dar luz, a esa defensa de la toma de conciencia que se expresa de manera constante. Ese que es, en definitiva, el programa de los libertarios respecto a la participación en los asuntos comunes.

Vaya por delante que soy abstencionista, por si la cuestión personal resultase relevante para el debate. Considero que es la posición más coherente entre aquellos que rechazamos este modelo de participación política, además de la más util a nivel estratégico en el contexto actual. Pero entre anarquistas esta ha sido siempre una cuestión estratégica más que de principios. Por ello, tampoco creo que la abstención sea la posición más útil en todo contexto, aunque sí en la mayoría (si no todos) los contextos electorales en que pueda verse inmerso hoy día cualquier lector habitual de este artículo.

Pero lo que me interesa cuestionar es lo siguiente: si lo que pretendemos es defender la lucha diaria y de base, ¿por qué lo ocultamos tras la idea de la abstención? ¿De qué forma nos beneficia hablar de abstención (incluso de abstención activa) en lugar de hablar de organización y lucha, de participación directa en política, de devolver esta a una escala local y federalista?

Vale la pena dar una vuelta a la diferencia abstención/abstención activa. El argumento mil veces repetido es que añadir el adjetivo activa cambia el carácter del gesto de una decisión pasiva a una decisión resultado de una toma de conciencia. Bien pero ¿es la abstención requisito o, más bien, resultado del proceso de toma de conciencia y movilización? Porque si se trata de lo segundo, como defiendo, me parece más estratégico trabajar por difundir una toma de conciencia y apelar a la movilización. De tal modo que es ese mismo proceso, más fundamental, el que se concretará en un gesto abstencionista.

¿Por qué defiendo que añadir el adjetivo de "activa" no basta para mejorar la labor movilizadora del concepto? Porque no es lo mismo lo que queremos transmitir que aquello que efectivamente transmitimos. En esto vuelvo a una idea recurrente: La recepción correcta del mensaje no depende sólo de la intencionalidad del emisor, si no también y fundamentalmente de la capacidad del receptor para interpretar el mensaje. Para buena parte de la gente la abstención ACTIVA es aquella que se lleva adelante como gesto político consciente de rechazo al sistema, es decir, diferenciada de aquella abstención que ocurre por pasividad o vagancia. Hasta ahí de acuerdo. Sin embargo, eso no dirige necesariamente (como pretenden algunos) a la idea de la participación diaria y directa en política que defendemos los anarquistas. Valga el ejemplo de la izquierda abertzale que ha llamado a la abstención activa, consciente, cuando su partido de referencia ha sido ilegalizado, pero que no estaban por ello haciendo una defensa de la participación directa (no delegada) en política. De hecho, probablemente haya sido uno de los llamamientos a la abstención activa más exitosos (a nivel cuantitativo) de los últimos años en el estado español.

Otro ejemplo más de la poca capacidad movilizadora del concepto es que, en los pocos debates en los que participamos, se plantea la dicotomía como votar/abstenerse. En ese caso estamos dando lugar a un equívoco que resulta necesario explicar una y otra vez, que no basta con abstenerse sino que además hay que luchar. Sin resultado, porque la idea mayoritaria que permanece es que, simplemente, los anarquistas no votamos. Mi impresión es que la idea que debemos transmitir es que los anarquistas defendemos la participación diaria y directa en política y que por ello el voto nos parece secundario. Mi propuesta es hablar de "Política del día a día" en lugar de "Abstención activa". De otro modo, parece que defendemos la abstención como una alternativa efectiva (en términos de utilidad) al voto, cuando no es tal. La alternativa real está en lo que ya se ha nombrado y que merece la pena repetir: la lucha anticapitalista diaria, la organización libertaria, el trabajo de base... El objetivo está en difundir este mensaje de manera clara y sin vuelta de hoja; hacerlo el día de las elecciones, el día previo a las elecciones y, sobre todo, los días posteriores.

Un argumento recurrente en defensa de la abstención es que esta deslegitima al sistema. Tampoco me parece del todo correcto, si bien es el argumento más profundo en favor de su utilidad. La legitimidad de un gobierno con un porcentaje de voto ínfimo podría (y debería) ser puesta en entredicho: Este gobierno carece de apoyo para gobernar. Hasta ahí bien, puesto que es una importante baza con la que jugar, que además el resto de la izquierda se niega a contemplar cuando presenta sus propuestas electorales fragmentadas y con un margen de maniobra mínimo (y este es el caso incluso en el reciente "triunfo electoral" de Podemos). Con todo y haciendo un análisis realista, los gobiernos muy minoritarios siguen gobernando sin que su falta de legitimidad se lo impida. ¿Por qué? Porque si bien la abstención sirve para no-legitimar, el desgaste y la paralización real de los gobiernos solo puede venir de un movimiento organizado que trabaje de manera constante, que haga política en el día a día. Para ese movimiento la abstención podría ser un arma más, por supuesto. Pero de nuevo volvemos sobre la prioridad fundamental de potenciar la movilización, el trabajo diario y de base frente al gesto de la abstención. Gesto que sin movimiento real que lo justifique carece de potencia.

¿Qué aspectos positivos presenta, a cambio, el hecho de una defensa de un concepto como la política del día a día? Fundamentalmente, que activa el marco teórico de que la lucha es un compromiso constante. Que pone lo fundamental por encima: No el gesto abstencionista, si no el compromiso que lleva a cuestionar el voto.

Lo que quiero decir, en definitiva, es que la idea que ha calado es que el anarquismo no vota, frente a la idea que nos interesaría proyectar de que el anarquismo, ante todo, prima la organización y la lucha diaria. Afirmo que el uso del concepto abstención activa tiene mucho que ver en ese problema, ocultando lo fundamental y poniendo por delante lo accesorio. Que faltan conceptos que hagan referencia a la organización permanente en política, falta comunicarlos y desarrollarlos (¿Cómo nos organizamos? ¿Cómo se lucha?) y falta llevar estas propuestas a la práctica. La idea-fuerza que debe calar es que las cosas solo se consiguen luchando cada día y que esto es una evidencia práctica, no un principio rector ni un empeño teórico. Para ello, propongo adoptar el concepto de política del día a día, dándole forma como alternativa libertaria al voto desde el apoyo mutuo y la acción directa.

El irresponsable acto de ir a votar

Por Youqing

Controlar o al menos influir en el propio destino es no solo un anhelo humano sino también un desafío y un temor. A pesar del empeño, los sacrificios, emociones y tiempo que son puestos al servicio de cumplir un objetivo, ya sea individual o colectivo, para avanzar como persona o como sociedad; en numerosas ocasiones todo es en vano, es inútil, y nace el sentimiento de injusticia inherente a la vida misma.

Es bajo esta sensación de descontrol bajo la cual nacen las creencias mágico-religiosas, mecanismo de defensa que no viene a ser más que la rendición de la propia voluntad humana. Como seres racionales y emocionales nos vemos desbordados por la muerte de un niño, por la enfermedad, por la propia finitud de todo lo que amamos, incluída nuestra propia existencia.

Todas las culturas han buscado una explicación en formas alejadas de lo humano: dioses para todos los gustos, vidas tras la vida, reencarnación, mitos y leyendas que cuentan que no somos tan despreciables como parecemos, tarot, cartas, astrología...en fin...”no somos nada”.

Quizás no seamos mucho, pero lo somos todo.

La iniciativa griega de empezar a manejar conceptos filosóficos, científicos y democráticos surgió de la concesión al ser humano del protagonismo que merecía. Quizás ese potencial racional y organizativo, el intentar explicar lo que nos rodea y nos afecta de forma causal y no dependiente de fuerzas externas ante las cuales solo podemos someternos podría llevarnos a algún fin, alguna meta, una mejor vida, una mejor organización.

La ética pone el acento en el ser humano libre, Aristóteles nos dice nada menos que ético es desarrollar nuestro potencial, nos propone una ética teleológica, que se desarrollaría hacia un fin, una meta.

Pero si restamos importancia a factores externos, sobrehumanos, y somos nosotros los responsables de mejorar individual y colectivamente surge algo terrible: la responsabilidad.

El fracaso no vendrá dado por una alineación planetaria, ni por una ofensa a un dios, o por algo que hicimos en una anterior vida. Si creemos en nosotros como seres humanos con voluntad racional, creadora y organizativa, seremos responsables de los fracasos.

Las formas de control sobre las capacidades que definen al ser humano, es decir, la aniquilación de su capacidad de pensar, de actuar de forma afín a una voluntad y una ética , la decisión del propio destino y la organización con sus iguales para definir, decidir y discutir el destino común; la destrucción de todo ello bajo las formas de esclavitud, feudalismo, monarquías absolutas, fascismo o comunismo, dio paso tras la primera experiencia griega y más cercano a nuestros días a lo que se llama democracia.

El concepto de democracia actual se basa en la elección de una serie de representantes que obtienen tras un acto de segundos de duración por nuestra parte, el voto, legitimidad para actuar durante cuatro años en nuestro nombre.

Si bien nos repiten hasta la saciedad que en un sistema democrático es el pueblo el que decide, la realidad parece demostrar cada día que algo se nos escapa. ¿ Será cierto que de pocas décadas a ahora han desaparecido, por arte de magia las clases dominantes?, tras siglos , milenios, de sistemas injustos que condenaban a la mayoría de la población a ser explotada para beneficio de unos pocos, tras siglos de guerras justificadas únicamente por la ambición y el patológico orgullo de un puñado de descerebrados con poder que han causado millones de muertes inocentes, de seres que no han decidido su destino más que el cerdo que va a un matadero, con la diferencia de que el cerdo no se siente orgulloso de la granja donde nació y por cuyo dueño morirá; tras todo lo que cualquier libro de historia nos dice, hemos venido a nacer en una democracia.

Somos dueños de nuestro destino como sociedad, nosotros decidimos.

Pero parece obvio que para decidir realmente hacen falta , al menos, algunos elementos: información, comunicación, capacidad resolutiva y formación como seres racionales.

Son solo algunos elementos, os invito a encontrar más.

La información, ¿quién nos informa?, a quién pertenecen los grandes medios de información, si bien ahora tenemos acceso a múltiples fuentes no hay que olvidar la importancia del mensaje repetido hasta la saciedad desde la infancia, por no entrar en valores culturales y debates postmodernistas. Qué pertenece a la actualidad y qué no...al fin y al cabo: ¿ Cuál es el debate?. No importa el resultado del debate, importa por qué se debate esto, y no otra cosa.

Si tenemos información veraz y rica de algo que nos afecta como colectivo, ¿ tenemos la capacidad organizativa de debatirlo y posibilidad de comunicación?. La enfermiza individualización regada por las dificultades de la vida actual, que muchas veces no solo dificulta la interacción social,sino la propia formación de una familia, la escasez de tiempo, la sustitución de las plazas públicas por centros comerciales como lugar común y la desconfianza hacia “ el otro”, gracias a la supuesta escasez de todo aquello que necesitamos para vivir: techo,comida,trabajo; hacen que el debate colectivo aparezca como algo irrisorio, extravagante. Me llama la atención la enorme dificultad y miedo que expresan muchas personas a la hora de compartir experiencias, emociones en público; produce vergüenza, inseguridad, y de nuevo el miedo a asumir la propia responsabilidad como ser humano a tomar parte de una decisión, de algo colectivo...quizás seamos poca cosa, pero lo somos todo.

Si somos personas bien informadas, que debaten y toman decisiones conjuntas, ¿qué capacidad de ejecutar dichas decisiones tenemos?. Este es el momento en el que los bienpensantes se sobresaltan.

“La capacidad de decidir viene dada en las urnas”: todos los pensamientos, todas las experiencias vividas, todos los engaños aguantados por los supuestos representantes, todo...tenemos que compactarlo, sintetizarlo y expresarlo en una papeleta, que ya viene dada, que representa a un partido, formado por unos individuos que no conocemos y que tienen legitimidad, poder y capacidad de decisión en los próximos años. Que estará por encima de cualquier otro poder, de cualquier decisión colectiva.

A partir de ese momento quedan anuladas y por periodo de cuatro años, todas aquellas cualidades que verdaderamente nos harían responsables y partícipes de nuestro futuro: nuestro ser, nuestra voluntad queda congelada en un ínfimo acto. Podríamos entrar en todo el aparato manipulativo, de control, en las reales posibilidades de elección, en verdaderas opciones de cambios de sistema, de organización al fin y al cabo de la sociedad. Pero no es el tema, esas opciones no son reales.

No somos quizás los afortunados hijos de unas décadas en las que han desaparecido milenios de opresión, quizás es ingenuo pensar que tras siglos de dominación de unos pocos sobre el resto , esto ha cambiado justo ahora.

Al votar no hacemos más que alimentar la permanencia de este sistema, porque, incluso aunque nos gustara el sistema, estamos regalando en el peor de los casos a un farsante y en el mejor a un ingenuo; una parte fundamental de nuestro valor intrínseco como personas: la capacidad de decidir nuestro futuro, de ser parte activa del día a día de nuestra comunidad más allá de relaciones personales o intereses empresariales, nos negamos nuestra capacidad de cambiar de opinión, el pensamiento político queda reducido a la sobremesa.

¿Por qué se acepta de forma masiva?, quizás por la misma razón que nacieron las religiones, por lo tranquilizador que resulta evadir la responsabilidad. Cuando las desgracias vienen dadas por los actos de otros, la culpa no aparece.

Si la clase política fuera verdaderamente representativa los políticos serían objetos de adoración, pero no parece ser así. La clase política adopta la forma de representación divina, en este caso la divinidad no viene dada por mágicas leyendas de sus antecesores, ni por extraños poderes, sino por delegación de un supuesto poder del pueblo, que en un teatrillo dice a una clase intermedia ( entre la verdaderamente dirigente y el pueblo): “aquí tenéis lo que pedís, mi papeleta, yo mando ahora y os maldeciré en estos cuatro años”. Sin responsabilidad no hay culpa, la clase política es el voluntario escupidero de las miserias que cada día todos construimos, al huir de nuestra responsabilidad como seres sociales de informarnos, pensar, expresar, debatir y decidir, qué hacemos con esto...que no es mucho, pero es todo.

Sobre el autor:
Youqing es médico de familia, psicoterapeuta y estudiante de filosofía. Interesado en la psicología de la sociedad.