Cultura

Published on mayo 9th, 2014 | by Angel L. Fernández

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Acumular e incinerar

Uno lee el periódico y se extraña de que las noticias no se expandan como una llamarada que incendie todas sus páginas. Si uno de verdad leyese y no se limitase a posar la vista y suspirar ante los desastres cotidianos, se quemaría las manos. Cada uno de nosotros tiraría el diario al suelo y se levantaría para extender la deflagración por el vagón, la oficina o la plaza donde se encontrase leyendo. Cada uno de nosotros se vería imbuido de una irresistible pasión incineradora que, junto al deseo abrasador de nuestros semejantes, calcinaría esta realidad opresiva de una vez y para siempre.

Pero no ocurre así, y hay motivos. Las verdades dolorosas se limitan ya a ser molestas. Hoy las noticias se sufren en silencio. O, si uno aprende a destacar la bazofia insustancial y abstraerse de lo significativo, ni siquiera se sufren. Uno podría gritarle al presentador de las noticias, pero no lo hace porque sabe que nadie escucha tras la pantalla. Así que es mejor seguir comiendo sin alteraciones, menear el bigote y, como mucho, decirse a uno mismo que esto no puede ser… sin mover un dedo para que deje de serlo. La mayoría aún prefiere el arrullar de sirena de la miseria cotidiana que el discordante sonido atronador del cambio. La victoria de la apatía no es total, pero le anda cerca.

La teoría de la insurrección espontánea, que ve en cada individuo un resorte a punto de salirse de sus ejes, se demuestra también equivocada. El enfrentamiento cotidiano, vanguardista y de baja intensidad, no se extiende. Más bien al contrario, se criminaliza, se le apunta con el dedo acusador del poder y se le convierte en el Goldstein de turno para los minutos de odio. La vanguardia se aisla y acaba encerrada sin que una sola voz discordante se alce, porque para alzarse habría de tener la fuerza para hacerlo y esa fuerza, sin acumulación, no existe. El señor Assange nos dice que un nuevo orden se forma allí donde la gente se arma con la verdad. A esto cabe decir ¿De qué sirve sembrar verdades en el terreno baldío de la desidia? O lo que es peor ¿Quién tiene la capacidad de ser escuchado?

Esa falta de respuesta no es casual pero tampoco es parte de nuestra naturaleza. Se trata de una estrategia política derivada de una respuesta psicológica bien estudiada: La indefensión aprendida. Como esa profesora que plantea problemas irresolubles a sus alumnos solo para mostrarle cómo después tiran la toalla ante aquellos que sí tienen solución. Cuando nuestra acción deja de tener conexión con cualquier tipo de resultado, el aspecto motivacional que nos lleva a actuar decae; nos sentimos pequeños e incapaces y dejamos de responder. Las condiciones materiales que permiten que la ruptura se manifieste en actitudes valientes, solidarias, justas y revolucionarias parten de la existencia de herramientas que sustenten la lucha: Espacios de socialización, medios de subsistencia, redes de apoyo y aprendizaje conjunto en cada lucha. Y alegría por las victorias, aunque sean exiguas. Esa es la acumulación que puede servir de base para las insurrecciones cotidianas y convertirlas en rebeliones conscientes, en situaciones prerrevolucionarias.

Acumular es una palabra maldita. Parece que todo debiese ocurrir ya, en este mismo instante. Hijos de nuestro tiempo estamos acostumbrados a la recompensa instantánea, como de videojuego, y esperamos un cambio revolucionario a la vuelta de la esquina. Si no ocurre haremos arder los barcos, tiraremos por la borda todas las teorías y formas organizativas, daremos la vuelta a todo para empezar desde la nada. Como Sísifo, rodaremos eternamente la piedra ladera abajo para volver a cargar con ella… Nos cuesta aceptar que suele ser mejor encender una vela que maldecir a la oscuridad. Pero esas pequeñas velas, que individualmente a duras penas iluminan la habitación, quizá le sirvan a alguien para encontrar el lanzallamas oculto en una esquina; ese preparado para calcinar esta realidad opresiva de una vez y para siempre.

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About the Author

Socialista democrático, confederalista y ecologista radical. Firme defensor de que, sin la existencia de un pensamiento crítico y coherente que sepa comunicarse, un estado de opinión radical es imposible y, por lo tanto, el partido de la revolución no tiene ninguna posiblilidad de formarse.



3 Responses to Acumular e incinerar

  1. No comparto la idea de que la insurrección espontánea no se propague (aunque tampoco creo que lxs que se encapuchan en Seattle, por ejemplo, lo hagan para montar un espectáculo y "animar" a la gente). Lo interesante de la propagación de comportamientos radicales es que, al parecer (o eso nos dicen los estudios psico-sociales que han investigado esto con modelos matemáticos), hay un umbral numérico bajo el cual la gente no se suma a acciones ilegales. Este umbral varía según el contexto, país, y demás factores externos al individuo.

    Tampoco es ponerse a hacer números, pero la cosa parece tener sentido. Si vemos a un grupo de 10 personas empezando un motín, la gente puede que no se sume (o tal vez, desde la "masa", lo haga una fracción determinada pero NO suficiente para sumar a todxs). Sin embargo, si el motín comienza con 100 personas, la cosa cambia, y la probabilidad de unirse a él también cambia. La historia francesa está llena de pruebas.

    También hay que tener el efecto cadena en cuenta, porque cada individualidad potencialmente dispone de un "umbral" distinto. Imaginemos que un motín comienza ante los ojos de una muchedumbre. Al principio solamente lo empiezan 5 personas. De entre la muchedumbre, hay un grupo de 2 personas que con un umbral de "5" les basta para sumarse. Al sumarse hacen 7, lo que hace que 1 persona con un umbral de "6" se sume. Ahora son 8 personas, pero suficientes para que 4 personas de umbral "8" lo hagan también. Suma y sigue. El problema es ese "umbral" que varía muchísimo y es muy alto en sociedades "democráticas" (donde nos enseñan a obedecer a las instituciones, al Estado, etc). El umbral sería mucho más bajo, por ejemplo, en una sociedad claramente dictatorial donde la gente sufre a diario de manera obvia.

    El mismo modelo teórico se puede aplicar a las manifestaciones. El umbral para asistir es mucho menor que el de unirse a un motín (por razones obvias). Pero todxs hemos visto que cuanto más grande es una concentración inicial, más fuerza de "llamada" tiene.

    Por lo demás concuerdo plenamente con tu texto. La indefensión aprendida es un gran problema. No solamente nos hacen pasivxs, sino que también nos hacen cobardes. De ahí que personalmente vea necesaria la gente que, por los motivos que sean, la "montan", porque es una bofetada a nuestros rostros sumisos.

  2. Liberty Cravan says:

    Que la insurrección espontánea vanguardista no se propaga no es algo con lo que se pueda estar en desacuerdo, es un hecho: Las calles no están ardiendo. Lo que oculta tu teoría sobre el número de iniciadores es que los disturbios solo prenden cuando se llevan adelante con el apoyo popular y la legitimidad que este concede. Es consecuencia (y no causa) de esto el que los grupos iniciadores sean grandes. El ejemplo mil veces repetido es el de Gamonal. La situación de partida es bien distinta.

    Pero más allá de eso pondría en cuestión la propia radicalidad del disturbio. Si por radicalidad entendemos ir a la raíz de los problemas, dudo que la destrucción de mobiliario urbano sea más radical que, por ejemplo, llevar adelante un conflicto sindical en el curro. Lo que realmente ocurre es que la estética del disturbio resulta más atrayente, de ahí que parezca necesario justificarlo. Pero a nivel práctico, lo cierto es que determinadas acciones implican una fuerte represión y un efecto movilizador (llámalo "bofetada") más bien limitado. Si hablamos de capacidad movilizadora, mucho mayor es la de esas pequeñas luchas llevadas adelante por yayoflautas o por "gorditas".

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